La libertad tiene enemigos // Victor Maldonado C.

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No hay nada más desalentador que pasearse por las calles de Caracas, una ciudad triste y agobiada por la desesperanza. No es solamente lo que pesa una economía deshecha, es también la sensación de ruptura, quiebre, disolución, separación y tiempo vencido que aqueja a los que todavía aquí vivimos. No es fácil transitar los días entre las angustias personales y las que sufren los demás. La hiperinflación hace estragos, y nos condena a un plazo, nos consigna un momento en el cual va a tratarnos como rama seca en medio de una ventolera. Pero no es solamente eso. La vida de cada uno depende de unas apuestas temerarias. No solamente porque los seguros han dejado de tener sentido, y por lo tanto sabemos que no tenemos ningún respaldo para enfrentar una calamidad. La gente sabe que está en la cuerda floja de una enfermedad posible, no importa su gravedad, lo relevante es que no hay especialistas, medicinas, ni insumos, ni posibilidad de atención en un hospital privado para un porcentaje mayoritario de la población. Y tampoco existe la alternativa pública. Del sistema hospitalario solo quedan los cascarones de una infraestructura que se ha venido perdiendo en la misma medida que el socialismo abrazador ha continuado la destructiva ruta que emprendió hace dos décadas. Y como esta crisis lleva por lo menos seis años de aguda presencia entre nosotros, el rebusque, las cadenas de favores, el compartir solidario, todas esas iniciativas que reflejan la buena disposición del venezolano están agotadas por sobreuso, y porque son más las necesidades que la capacidad de darle respuesta. Cada uno de nosotros es su propia ruleta rusa.
Pero es la mirada de los que progresivamente se han quedado solos lo que más agobia la percepción de los que queremos y debemos hacer análisis. Esa sensación de abandono y sueños rotos, de lejanía obligada y distancia asumida por la fuerza de los hechos lo que provoca más desazón. La gente anda por Caracas con la mirada perdida y la nostalgia al alza, buscando por los rincones las escasas alegorías de los que han debido partir, una cara conocida, una sonrisa parecida, un gesto que encarne a los que ya no están cerca. Y si, los niños y jóvenes sufren del encierro, de la violencia provocada por la inseguridad, de la incertidumbre constante, de la falta de estructura, del descalabro de los colegios, las partidas de los profesores y la disolución de los grupos.

Nuestros muchachos viven con infelicidad esta atroz etapa de nuestras vidas, esta guerra de exterminio cuyo campo de batalla es la dignidad de la gente. Lo que está en juego es la capacidad de resistir la determinación del régimen que quiere transformarnos a todos en siervos. Nadie puede ser libre si vive con miedo, si se siente infeliz, si la fuerza de las circunstancias lo obligan a tomar decisiones que no quiere, y si tiene que ceder espacios a sus principios para extender la mano y recibir una bolsa de comida que viene con extorsión, que es un vil chantaje. Nadie puede pretenderse libre si toto el tiempo tiene que pensar si lo que hace o deja de hacer constituye un peligro para su integridad personal, si le gusta o no le gusta al régimen, si lo que dice puede ser motivo de una parodia de demanda judicial, eso sí, con efectos concretos en términos de cárcel y expoliación.

Obviamente no vivimos un embrujo colectivo. Somos víctimas de una conspiración política e ideológica cuyo objetivo es la aniquilación de la libertad. No puede ser casualidad una trama tan destructiva. De ser así uno tendría que identificar islas de sensatez, llamados de atención y propuestas alternativas surgidas dentro del flanco del régimen. Pero no es así. Entre ellos hay variaciones del mismo tema, pases de factura, competencias de liderazgo, críticas al hacer, pero como desviaciones al legado del “comandante eterno” cuya trama ya la conocemos: el transito irreductible al comunismo intentado por etapas, de a poquito, para ir removiendo obstáculos y resguardar el aura de decencia que no tenían. El que vino después es obviamente más brutal, menos estratégico y mucho más temerario.

¿Cómo llegamos hasta aquí? El comunismo del siglo XXI ha descalabrado el amplio orden de cooperación capitalista que caracteriza a las sociedades modernas. Desmadró el mercado venezolano. Se montó en el discurso descalificador de la libre empresa y prometió encargarse directamente. No queremos decir con esto que el caso venezolano haya sido un ejemplo perfecto de sistema de mercado, habida cuenta de la obsesión redistribuidora de los “petroestados”, el arraigo cultural del socialismo silvestre, el mercantilismo de compinches y las ineficiencias derivadas de las empresas públicas. Venezuela siempre ha padecido de un estado demasiado fuerte y una sociedad debilitada por la intromisión desmedida del sector público. Lo que pasa es que la experiencia socialista del siglo XXI superó todos los límites.

Porque el régimen se concentró en destruir lo bueno y promover lo malo hasta crear el espacio perfecto para la corrupción y los negocios tóxicos. No hablemos de la devastación republicana. La extorsión sistemática y el acoso comenzó en el plano legal para continuar hasta la dimensión de las transacciones reales. Intervino las notarías y registros. Acabó con las posibilidades del sistema de mercado al permitir que el gobierno compitiera deslealmente, modificó maquiavélicamente el régimen laboral, controló costos y precios, expropió empresas y tierras productivas, estranguló al comercio, ahuyentó a las empresas de servicios, se ha servido de las empresas de telecomunicaciones para practicar la censura por mampuesto, ha perseguido periódicos, estaciones de radio, programas y comunicadores sociales. También ha asolado a las universidades autónomas, destrozado la integridad de las FFAAA, destruyó sindicatos, apresó a sus dirigentes, humilló a las iglesias, condicionó la educación popular y penetró la oposición política. No es casual que el PIB haya caído hasta llegar a ser solo el 50% de nuestra capacidad para producir bienes y servicios. Todo esto no puede ser otra cosa que un guión perfectamente delineado para acabar con las condiciones mínimas en las que germina la libertad. Pero la libertad es recalcitrante.

Dicho de otra manera, el régimen ha propuesto una percepción social totalitaria y caótica, destruccionista e invivible, indiferente a la dignidad y a la vida, depredadora de las libertades, que ha impactado el ánimo de los venezolanos hasta hacerles pensar si cualquier lucha en adelante tiene sentido. Pero hay esperanza. Porque en el intento de destruirlo todo también se están destruyendo ellos. Opera una especie de interrelación karmica entre lo que provocan y lo que ellos mismos se infligen. Nadie puede pretender regir la catástrofe absoluta y sobrevivir para contarlo. En este juego suma cero ellos no podían pretender hacer un corte quirúrgico entre lo que ellos necesitan y lo que los ciudadanos requieren. Por eso las reservas internacionales están acabadas y la industria petrolera acercándose peligrosamente al punto de no retorno, más allá del cual no hay presente rentable y se hace muy difícil gestionar el futuro inmediato. Y la guerra que el régimen ha emprendido contra los mercados la está perdiendo ominosamente. Porque en ese sentido los mercados son radicales: sin condiciones mínimas, sin honrar los compromisos, sin respetar los derechos de propiedad, sin posibilidad de repatriación de capitales, y para colmo, sin transparencia e integridad en el flujo de recursos, es imposible realizar cualquier transacción. En el camino el régimen se ha quedado sin crédito y sin beneficio de la duda.

El régimen le sacó los ojos al mercado venezolano, pero también se sacó los suyos, y ahora no hay ingresos ni forma de distribuirlos sin apelar al odioso racionamiento. El régimen quiso sustituir el mercado para planificar una nueva versión del mar de la felicidad. La realidad que han provocado no es otra que la ruina y la ansiedad mágica. La verdad es que generales presidentes de PDVSA andan haciendo cadenas de oración y misas de penitencia para salvar lo que queda de industria petrolera. ¿Qué estará haciendo el resto? Una empresa no se salva a punta de jaculatorias sino a partir del trabajo experto continuo y sistemático, contrario a lo que aquí se aplica desde que se decretó una PDVSA roja-rojita. Aquí sufrimos las devastadoras consecuencias de una rápida transición de la fatal arrogancia a la patética locura, donde las apelaciones a la razón no eran otra cosa que la prepotencia concentrada del caudillismo populista tradicional, el militarismo ingenuamente teórico, embobado por el romanticismo heroico de falsas gestas libertarias, y sin duda, la ideología marxista mal estudiada y peor digerida, pero así son todos los marxistas, consumidores de panfletos, cultivadores del resentimiento, cultores del odio social. La libertad se lleva muy mal con la ignorancia empoderada.

Entonces, ¿quiénes han sido los enemigos de la libertad? Los que siempre alentaron las dictaduras por encima de las soluciones constitucionales. Los que prefieren el intervencionismo a la eficiencia de los mercados libres. Los que aplauden las logias de compinches y enchufados por encima de cualquier consideración de competencia. Los que caen seducidos por el discurso populista. Los que no preguntan cómo se pagan los beneficios ni cuales son los costos. Los que son indiferentes a la violencia y la represión. Los que no se sienten afectados por lo que les pasa a los otros. Los que por temer ellos acallan las instituciones usando para ello argumentos falaces de corrección política. Y por supuesto, los que creen que este tipo de regímenes quieren negociar su salida o son capaces de someterse a elecciones limpias. Porque todos ellos son coautores de una situación social donde abunda la tristeza, la soledad, el sinsentido, la frustración, y la necesidad.

Recuperar la libertad implica remover los obstáculos y construir un nuevo proyecto donde las causas que nos trajeron hasta aquí queden extirpadas. Por eso hay que luchar contra la ligereza de la desmemoria tanto como tenemos que combatir el diletantismo político que procura mantener intactas las causas de nuestra perdición porque son susceptibles de ser controladas en manos más probas, las de ellos. Eso intentar dormir en un nido de serpientes, imposible sin perder la vida. La tristeza y el desasosiego de hoy fueron ayer cheques en blanco que se endosaron a un caudillo y sus promesas de refundar la república destruyendo todo lo que habíamos significado hasta ese momento. Ojalá que por lo menos ese sea el aprendizaje, que nunca más caigamos en la trampa de la demagogia y el populismo.

@vjmc

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Libre Empresa // Víctor Maldonado

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Venepress

Recientemente el régimen reunió a los empresarios para ratificarles su sentencia de quiebra. Se profundizarán las intervenciones, se “acordarán los precios” (un eufemismo para decir que entrarán a las empresas a decidir cuanto valen los productos), seguirá cerrado a cal y canto el cambio de divisas, no se hará nada para resolver la indisciplina fiscal y la emisión de dinero improductivo, se seguirán violando los derechos de propiedad, y para colmo, el régimen quiere establecer una tasa de confiscación equivalente al 70% de la producción de cincuenta rubros esenciales.

El régimen, poseedor de más de quinientas empresas quebradas, millones de hectáreas de las tierras más fructuosas del país, y de un sistema de distribución de alimentos, al llegar al nivel del colapso irreversible, prefiere medrar de la libre empresa, fagocitar su productividad, ganar indulgencia con escapulario ajeno, y surtir sus sistemas de racionamiento con el esfuerzo titánico de los empresarios que, con las peores condiciones del mundo, todavía son capaces de sembrar, cosechar, manufacturar y comerciar bienes o servicios.

Las consecuencias son predecibles. A mayor intervencionismo menos producción. Con mayores controles lo único que se va a lograr es la aceleración del colapso económico. No habrá suficiente comida, cada día será más difícil encontrar las medicinas, los escasos bienes serán vendidos a precios astronómicos, los mercados negros serán los únicos medianamente surtidos, y los ciudadanos no podrán comprender siquiera la velocidad hiperinflacionaria. Pero no estamos haciendo una profecía. Ya vivimos todo esto, pero el régimen es incapaz de darse cuenta de que las causas son sus propias decisiones, erróneas e incapaces de resolver el problema innato de todos los socialismos, su talante destructivo. Ya vivimos el socialismo, ya estamos experimentando sus secuelas, lo que hace todavía más tenebroso el tener que ser víctimas indefensas de la profundización del proceso.

Max Weber decía que el capitalismo es, entre otras cosas, la superación del diletantismo. Pero los socialismos son la apoteosis de lo contrario. Estos creen que la lealtad ideológica, el compromiso con el proceso o el mantenerse dentro de los flancos revolucionarios, son motivos más que suficientes para el éxito en cualquier tarea. Pero se equivocan. Un general no sabe de petróleo. Un activista no tiene por qué saber de derecho del trabajo. Un abogado no tiene por qué saber de economía. Y para ser ministro de salud o de educación, hay que tener capacidad probada para abordar lo complejo, tener buenos conocimientos sobre los temas específicos, y además sensibilidad social demostrada en una preocupación constante asociado a lo humano. Pero no, el régimen privilegia otras cosas, aun al terrible costo de dañar irreversiblemente las instituciones, malograr la esencia del estado, y maltratar sistemáticamente a los ciudadanos.

Entonces, ¿qué pueden saber estos diletantes de la libre empresa? Ellos se han concentrado en odiar la libertad y cualquiera de sus expresiones. Y para odiar no hace falta ni inteligencia ni demasiada cultura. El odio es una pulsión básica que yo me atrevería a decir, se ha vuelto conspicua a cualquiera de los socialistas asociados al régimen. No saben, por ejemplo, que la libre empresa es competencia y riesgo. Tampoco saben que para que haya competencia tienen que permitirse los mercados libres, donde la oferta y la demanda compartan información relevante y permitan la coordinación de los actores económicos con el fin de producir opciones de solución a los problemas de los ciudadanos. No pueden imaginar que la libre competencia es el único antídoto para manejar la escasez. Y que la gente que vive en ambientes capitalistas es más feliz, más próspera y más libre. No saben que bastaría con que ellos se retiraran para que comenzáramos a ver normalidad económica y un detente al deterioro social. Porque ellos solo saben que quieren mantenerse en el poder sin importar los costos, y sin valorar nuestra opinión al respecto. Ellos ni siquiera quieren imaginar que las señales que están recibiendo son claras y precisas: nadie quiere que ellos sigan al frente. Son, en ese sentido, un producto que ha perdido todo valor de mercado. Y que, si viviéramos dentro de los parámetros del libre mercado, ellos habrían desaparecido hace mucho tiempo.

La libre empresa es competencia y riesgo. En los socialismos son solo un mal augurio. El riesgo no es mercantil, sino provocado por la arbitrariedad del funcionario, por los excesos de la arbitrariedad, y por la imposición de los hechos por la fuerza. El burócrata llega a la empresa, y siente que tiene la potestas de decretar precios justos. ¿Justos para quién?  Llega a las puertas de las haciendas y pretende recibir el 70% de los productos. Espera en las alcabalas los transportes para exigirles el 10% de la mercancía. Así no hay forma. Por esa razón, por la brutalidad del esquema, en Venezuela se está perdiendo aceleradamente capital y activos empresariales.

Los sobrevivientes quisieran una transición tranquila. Un tiempo de reposición, plácido y reivindicativo. Probablemente pretendan recuperar todo lo que han perdido. Pero ese no debería ser el guión ni esas las expectativas. Venezuela necesita libre empresa, o sea, competencia y riesgo, porque ese es el ambiente en el que se innova y se maneja de la mejor manera posible la escasez de recursos. El proteccionismo es un eufemismo que esconde malos acuerdos entre el gobierno y los empresarios. Los subsidios a los productos afectan la transparencia del mercado y les abren la puerta a nuevas formas de intervención. Las regulaciones encubren intereses disociados del interés del ciudadano. Y por supuesto, eso de tener y mantener empresas públicas quebradas a veces nos hace olvidar que no hay almuerzo gratis. Todas esas ineficiencias las pagamos en forma de inflación y un sistema de ineficiencias que no merecemos, pero que se nos ha impuesto desde el falso discurso populista, de gobiernos supuestamente fuertes, depredadores de la empresarialidad, y generosos en excusas.

El poder propiciar la libre empresa debería ser parte de cualquier pacto político. Sin resucitar el ánimo emprendedor los venezolanos seguiremos arrastrando consecuencias ingratas de esta experiencia terrible de socialismo totalitario. Sin miedo y sin volver a caer en la trampa de los providencialismos. Gobierno limitado y mucho mercado son la solución a estos problemas que hoy padecemos.

Las terribles trazas del socialismo

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OPINIÓN

El discurso habla de felicidad y dignificación, pero lo que siente la gente es una trágica caída de su dignidad

Las terribles trazas del socialismo

 

La propaganda política también está sufriendo la etapa de los rendimientos decrecientes. Ni siquiera mueve a la duda, porque la disonancia con la realidad es intensa. Solo por la televisión oficial se ven los autobuses. En la calle lo que se aprecia son las jaulas, las perreras, la improvisación y la degradación de la urgencia. El discurso habla de felicidad y dignificación, pero lo que siente la gente es una trágica caída de su dignidad. Y un aviso de la inminencia del punto final y definitivo de un régimen incapaz de resolver uno solo de los problemas del país.

 

La industria petrolera está en ruinas. El voluntarismo socialista y militar no pudo con la complejidad de una empresa que requiere experticia, atención y mucho talento. La propaganda prometió que con este socialismo PDVSA iba a ser del pueblo. Advirtieron que era “roja-rojita” para que no quedaran dudas. Y luego la desguazaron. Inauditable e incapacitada para revertir su quiebre definitivo, quedará como el más grande monumento a la imposibilidad del socialismo. Sin petróleo tampoco habrá gasolina. Seguramente resolverán un racionamiento rapaz, donde solamente ellos tendrán acceso, mientras los demás serán sometidos al andar.

 

El colapso eléctrico ya está en su etapa decisiva. Un monopolio manejado sin escrúpulos y sin talento no podía sino provocar la paradoja del apagón continuado. La propaganda insistió una y mil veces que se había superado la crisis. La realidad es que se favorecieron negocios sucios, enriquecimientos indebidos, y la debacle de ciudades y pueblos. La solución socialista es la irresponsabilidad y la evasión. Mandan a los ciudadanos a “autogenerar” su energía, otra alucinación voluntarista que terminará con la escasa reputación de sensatez que pueda quedarle al régimen. Tampoco hay velas.

 

Las ciudades están sedientas. El suministro de agua potable es escaso, cuando no es inexistente. Los embalses lucen abandonados a su suerte, con aguas putrefactas que luego no son tratadas porque todo el sistema está en condiciones deplorables. El régimen no entiende de sistemas complejos. Lo de ellos es una imagen, treinta segundos de propaganda, una promesa estafada, y malos operativos de emergencia que no conducen a ningún lado.


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Los venezolanos no tienen derecho a la identidad. El servicio fue tomado por la ineficiencia y la perversidad mafiosa. Los que viven en el extranjero están indocumentados o en camino de perder sus documentos. Se le ha colocado tarifa a la posibilidad de tener una cédula o un pasaporte. Unas bandas sustituyen a otras, mientras el venezolano luce aturdido, aplastado por las diversas configuraciones que asume la misma persecución.

 

La libertad de información y de expresión están confiscadas o al menos tuteladas por un régimen que desprecia el pluralismo y teme el debate. Ya no existe la prensa libre, las radios han sido podadas al gusto de la tiranía, y ahora son los medios digitales los que sufren la embestida no solamente de la telefónica pública, sino también de las operadoras privadas, que se han plegado. Los socialismos manosean las concesiones para convertirlas en parte de su manejo hegemónico y perverso.

 

Los negocios siguen cerrando. La empresarialidad venezolana boquea por falta de libre mercado y respeto a la propiedad. El intervencionismo luce avasallante y pertinaz, acabando con lo poco que queda, sin importar el tamaño o la dedicación de la empresa. El socialismo no tiene imaginación ni repertorio diferente a la confiscación, la expoliación y la violencia. Solo en Venezuela la dedicación al comercio es tan riesgosa y peligrosa. Mientras tanto, al perderse empleos de calidad, solo quedan a la vista la infamante “chamba socialista” que ni es trabajo decente ni paga lo debido. El país sigue perdiendo talento, y en todo caso, sigue la estampida hacia otros países. El socialismo es cruel, y la política luce inhábil para incrementar la fortaleza y la esperanza.

 

La hiperinflación es un látigo que castiga al país sin dejar hueso sano. La economía se ha envilecido hasta el punto de no ser útil para nadie. La moneda ha dejado de ser un referente importante, no importa cuantos ceros le quiten. Y lo que está detrás es hambre e incapacidad para sobrellevar esta época. Los colegios se van a vaciar de alumnos, así como ya se están vaciando de profesores y maestros. Los mercados tienen mercancía que ya no se pueden comprar. Y las opciones son extremadamente dilemáticas, de vida o muerte, porque no alcanza para mucho más. El socialismo responde a la hiperinflación sin comprender, a ciegas y con una gran insensatez. Machacan un populismo malo, que solo asegura una aceleración de lo que ya tiene una velocidad inusitada. Y lo hacen a sabiendas que nueve de cada diez no tienen otra alternativa que el hambre socialista y la muerte lenta.

 

El socialismo es un mal en sí mismo, pero que tiene una inmensa capacidad para engañar. Sus trazas son esta hecatombe que nadie puede narrar por completo, pero muchos insisten en que esto no es socialismo, o peor aún, que toda esta tragedia no es verdad. Cuesta a veces discriminar porque hay demasiadas contradicciones implícitas. Pero la verdad es una sola: No hay gobierno. No tenemos presidente. No hay ministros. Porque esos cargos tienen una descripción de roles que aquí nadie está cumpliendo. Lo único que hay es una fachada, una puesta en escena constante, una trama. Su proyecto, el del socialismo del siglo XXI, no es gobernar. Es someter por hambre, desolación y violencia. Su objetivo es el exterminio. Ellos nos han convertido en su cantera. El comunismo se propone esclavizar al hombre, decía Ayn Rand, y este peligro solo se puede combatir usando la razón. En este momento, nuestra obligación más elemental es pensar, enfocados en la realidad, para no caer en el delirio.

 

El socialismo no soporta la alusión a la verdad. Ese es su flanco débil. Ese, por tanto, debe ser el foco de nuestra lucha. Insistir en la realidad y exigir que ellos se vayan, porque sus trazas son terribles.

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No hay normalización democrática posible mientras sigan vigentes la injusticia, la impunidad represiva y la arbitrariedad constituyente. No habrá normalización económica mientras continúe el plan de la patria, el horror del socialismo del siglo XXI,la indisciplina fiscal y la pavorosa corrupción. Represión y destrucción son dos caras de la misma moneda de curso corriente en nuestramaltratada Venezuela.

Pero el régimen sabe que juega una ecuación que nunca le va a cuadrar a favor. Tiene claro que la represión le resta legitimidad y también tiene conciencia de que está experimentando los rendimientos decrecientes de una economía que se ha convertido en su peor enemiga. Y no dejan de llover malas noticias. Las sanciones políticas y los mercados se han confabulado para organizar un bloqueo a cualquier posibilidad de seguir actuando abusivamente. E internamente ha caído en el más absoluto descrédito. Aun así, es poco lo que puede hacer porque una tiranía no puede dejar de serlo sin derrumbarse. No le queda otra alternativa que “morir con las botas puestas”.

Pero puede reciclarse. En eso consiste la liberación de los presos políticos. Salen del oprobio de las cárceles venezolanas para quedar, muchos de ellos, condicionados a unas medidas cautelares que exigen silencio y compostura. Con esto no se acaba la represión. Siguen muchos perseguidos en las mazmorras, otros continúan siendo víctimas de la persecución, pero lo peor de todo es que continúan vigentes las condiciones de injusticia y abuso que caracterizan a los policial-socialismos. Nada ha cambiado sino la rotación que se produce a través de las puertas giratorias de la represión política.

El régimen sabe que se excedió. Necesita un aire de normalización lo suficientemente creíble para evitar la velocidad y la intensidad de las sanciones. Actúa taimadamente para lograr estabilizar esa ganancia espuria que significó el inmenso fraude del 20 de mayo. ¿Cuánto esta dispuesto a pagar para que le reconozcan esa parodia electoral? ¿Cuánto esta dispuesto a conceder para que una fracción de la oposición (la complaciente y colaboracionista) deje de insistir en ese punto y se dedique a otra cosa?

La oposición colaboracionista es experta en la confusión. Piden a la tiranía que haga elecciones, celebran que la tiranía afloje algunos presos políticos, conceden una y otra vez el beneficio de la duda luego de veinte años de evidencias. Esta oposición es experta en aflojar cada vez que estamos llegando a un punto de quiebre. Lo de ella es una nueva versión de “la era de acuario”, psicodélica, alucinada, y llena de fatua hermandad y amor falsario, experiencias extremas que solo ellos sienten, porque los demás estamos sobreviviendo a los efectos de una tiranía en acción. Los demás vivimos en el plano de una realidad atroz. Ellos viven en otro plano, el de las fantasías exóticas y las creencias extremas. Ese error de composición continuo y sistemático les hace incurrir en errores políticos imperdonables, propios de una estupidez política irreversible.

El error más reciente ha movido a unas organizaciones defensoras de DDHH a solicitar que se atenúen y reconsideren las sanciones financieras. Según ellos “no es moralmente aceptable, o políticamente efectivo utilizar el sufrimiento humano generalizado como una táctica para ejercer presión sobre el gobierno venezolano”. Esas organizaciones no gubernamentales que suscribieron ese comunicado bajo el paraguas de wola.org no caen en cuenta de la causa raíz de los problemas venezolanos. No es, como ellos proponen, que seamos víctimas de las sanciones. Sino que esas sanciones son el resultado de que el régimen haya convertido en víctimas a todos sus ciudadanos, haciendo oídos sordos a todos los llamados a la cordura que desde la OEA y países democráticos le hicieron constantemente. Tampoco es cierto que se hayan instrumentado sanciones al país, porque se ha concentrado en una nómina de dirigentes del régimen, y sus testaferros. Y por supuesto, impedir que siga el saqueo a los recursos del país. Claro está, la izquierda exquisita y falsamente humanitaria no quiere entrar en esos detalles.

Así como tampoco la oposición redimida por el régimen quiere dejar su agenda. Ellos siguen insistiendo en cursos de acción que le concede tiempo al régimen y a ellos innegables beneficios pecuniarios. Entre unos y otros, las ONG´s que humanitariamente piden un “taima” para el régimen, y esa oposición perversa, nosotros hemos estado entrampados. Ellos hacen perder de vista quienes son las verdaderas víctimas, y quien es el verdadero victimario. Ellos no quieren reconocer que mientras siga vigente el socialismo del siglo XXI no va a haber enmienda a la pobreza, la ruina económica y la persecución política. Ellos no quieren admitir que solamente por la vía de las sanciones el régimen aflojó a ese puñado de presos políticos. ¿O es que a alguien se le ocurre que el régimen accedió a las peticiones de Bertucci o Pedro Pablo Fernandez? ¿Alguien le da crédito a las “fianzas” otorgadas por los “gobernadores” adecos”? Todos ellos son fuego de artificio para darle aires de verosimilitud a una trama montada desde el régimen para parecer complaciente, compasivo y democrático. Y esa es la trampa.

La trampa es aparentar lo que no es. Es jugar, por ahora, al repliegue táctico con el fin de distraer la atención de lo esencial y tratar de espaciar la intensidad de las sanciones internacionales. En ese sentido, los que juegan a favor del régimen son cómplices de sus delitos contra la humanidad de los venezolanos y contra la estabilidad de la república. El régimen quiere que olvidemos el socialismo y sus destrucciones. Quiere que no recordemos que está vigente la espuria asamblea constituyente, que son ellos los que la mantienen por la vía de los hechos, y la usan con criterio de dueño de meretriz. Ellos aspiran a que nosotros no caigamos en cuenta del inmenso descontento en las FFAA, y que no apreciemos el descalabro de la administración pública.

Esas ONG´s abonan a las falacias fabricadas por el régimen. El descalabro económico y la brutal caída del producto interno no es causa de las sanciones, son la razón por la que la comunidad internacional está preocupada y miran con estupor la crueldad subyacente al esfuerzo de destrozar al país y a sus habitantes. Ellas no lo ven porque son parte del sistema que mira con complacencia y sin discernimiento las escaladas de la izquierda, encumbrada en falsos altares, imposible de violar por ellos, sus más conspicuos cómplices.

Aquí en Venezuela la tragedia continúa invicta a pesar de los giros tácticos del régimen. Sería una tontería aflojar una vez más. Pero la trampa está montada. De un lado operan los falsos humanistas, que prefieren el sufrimiento del venezolano a la caída de un régimen socialista. Del otro opera la falsa oposición que pretende simular una falsa normalidad con miras a negociar una entente con el régimen donde se cocine de todo: falsos diálogos y falsas elecciones. En esas componendas sobra la plata sucia y escasea la honradez. Una fiera no deja de serlo porque alguna vez decida jugar con sus presas en lugar de devorarlas de una buena vez.

A los venezolanos nos toca seguir pendientes y atentos, con mucho foco en la realidad. Y la realidad lo que nos dice es lo siguiente:

  1. Que este socialismo es una tiranía que nunca se va a degradar en democracia imperfecta.
  2. Que esta tiranía se sirve de las instancias de gobierno y de una parte de la oposición.
  3. Que los resultados de este socialismo son ruina, represión y colapso.
  4. Que vivimos tiempo de quiebre, porque las tendencias conspiran contra la estabilidad del régimen.
  5. Que, por eso mismo, por debilidad inmanente, el régimen quiere fingir una normalización del país. Pero es apariencia sin esencia.
  6. Que las bases del régimen continúan allí: el modelo económico, la asamblea constituyente, la incondicionalidad del TSJ y del Poder Moral, el alto mando militar, y los patrocinantes y beneficiarios de la impunidad y la corrupción. Y el uso indiscriminado y cruel de la represión.
  7. Que el régimen no tiene legitimidad ciudadana y tampoco reputación internacional.
  8. Que solamente mediante una perfecta alineación entre los esfuerzos nacionales y las sanciones internacionales ocurrirá la debacle de la tiranía.
  9. No habrá salida fácil. Requiere de fortaleza democrática, resiliencia personal y claridad política. Por eso mismo es preferible la claridad al presuntuoso unanimismo.
  10. Son tiempos de opciones claras. No se puede ser tibio. Ni estar jugando en dos tableros a la vez. Venezuela es un país, no un casino.

Son tiempos para actuar con convicción, sortear los obstáculos, evitar a los tramposos y conjurar las trampas. El camino correcto no es fácil, pero es el único que garantiza una oportunidad para la libertad.

Víctor Maldonado

Tres hipótesis sobre este socialismo

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OPINIÓN

En el socialismo del siglo XXI “necesitan destruir para intentar imperar”

Tres hipótesis sobre este socialismo

 

Hace unos años me pregunté sobre lo que hay detrás de toda esta parafernalia del socialismo del siglo XXI. Y no es una pregunta banal sino esencial para poder desentramar sus consecuencias más nefastas, porque supone un esfuerzo de comprensión que muchas veces desechamos para asumir en su lugar los prejuicios que todos disfrutamos cuando nos referimos al régimen. Esto que estamos viviendo no es el producto del caos, aunque sus principales resultados sean el desorden y la devastación. No nos equivoquemos, el destruccionismo socialista es el objetivo. Necesitan destruir para intentar imperar. No es que no saben lo que hacen. Ellos pretenden tener un plan que pasa por arrasar todo lo que hay para edificar sobre las ruinas esa patria nueva que ofrecen decenas de veces al día.  Fue Max Weber el primer sociólogo que sistematizó el reto que nosotros tenemos ahora por delante. Para el sabio alemán no había atajos a la necesidad de intentar comprender el sentido y el significado de la acción social, y el compromiso para alejar el análisis serio de los propios juicios de valor, sean estos optimistas o pesimistas, comprometidos o antagónicos a lo que se está observando. Sólo así se pueden construir hipótesis plausibles y manejables.

Volvamos a nuestro problema transformado en hipótesis trabajables. La primera hipótesis es que debe haber un ensamble razonable y racional entre los medios que se usan y los fines que se persiguen, aun cuando podamos también creer que las metas de este gobierno son una locura de destrucción e iniquidad. Este socialismo del siglo XXI tiene metas y ha definido una constelación de fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, sobre las cuales trabaja con una dedicación envidiable. Que nosotros no sepamos cual es su encuadre estratégico, o peor aún, no queramos reconocer que nosotros estamos ubicados en el cuadrante de aquellos factores que hay que suprimir o eliminar es otra cosa muy diferente a creer que detrás de esa conducta no hay un conjunto persistente de intenciones que ellos quieren transformar en realidades.

La segunda hipótesis es que la principal palanca de apoyo de esa conducta racional es la ideología, entendida como una versión “interesada” de la realidad que en el caso del socialismo del siglo XXI es una doctrina política compleja que intenta ser consistente, que se usa como medio de represión social, que intenta dar respuesta a las incoherencias que presenta la realidad y que como todo “ismo” está organizada para satisfacción de sus adherentes, que a partir de esa ideología pueden explicar cualquier hecho deduciéndolo de una única premisa: la necesidad urgente de superar lo que ellos entienden que ha sido la explotación del venezolano por un tramado de injusticias que ellos identificaron y que son capaces de resolver. Esta revolución tiene una connotación ideológica fundamentalista, del mismo tenor de todos los fascismos y socialismos reales. Ambos “ismos” desarrollado un plano de justificaciones que les ha permitido eliminar con sistematicidad organizacional a aquellos que han identificado como sus enemigos. Si esta hipótesis se comprueba nos obligaría a revisar con mucho detenimiento si vale la pena desmontar consignas para sustituirlas por otras.

La tercera hipótesis es que todos los regímenes ideológicos sufren la corrosión producida por la confrontación constante con la realidad. Ninguna ideología sobrevive demasiado tiempo a la disonancia entre lo que promete y lo que produce. Y en este caso, corresponde poner el énfasis en las diferencias entre lo que se dice y lo que efectivamente se hace. Prometen igualdad y generan más inequidad. Prometen liberación y organizan el sometimiento. Prometen prosperidad y han ocasionado un desastre económico. Prometen decencia y se han convertido en un aquelarre de corrupción como nunca antes se había experimentado en el país. Esa es la trama de debilidades y donde se puede golpear con fuerza la entereza de esta revolución. Sin embargo, esta evidencia requiere una constante confrontación cuyos requisitos todos conocemos.

Si de lo que se trata es dar la batalla en los flancos débiles, entonces hay que mantener la disciplina estratégica y el foco en la realidad. Eso significa sobre todo no comprar ni convalidar la agenda del régimen. El poder conjurar la vigencia del socialismo del siglo XXI no es un trabajo que se pueda realizar exitosamente al margen de un preciso conocimiento de las causas, consecuencias, principios y precedentes que están planteados luego de veinte años de infamia programada. Tampoco se puede encarar desde los eufemismos y las correcciones que se imponen desde una lógica del “sálvese quien pueda”. Si se entiende bien la trama, se podrá identificar con facilidad las decisiones y sus efectos contraintuitivos. La ideología marxista no da para otra cosa que la debacle que siempre provoca. Pero su combate no es ni para improvisados ni para pusilánimes. Max Weber sentenciaba que a una organización sólo la puede vencer otra organización. Y tenía razón. Desde el diletantismo nada de lo que hagamos puede ser lo suficientemente fructuoso como para deponer al socialismo del siglo XXI.  Eso sería como intentar domesticar a un animal salvaje. Tarde o temprano su verdadero temperamento se volverá contra sus domadores. No hay forma de convivencia con una propuesta cuya ideología sólo tiene sentido porque todos sus adversarios son aniquilados, reprimidos, apresados u obligados a la desbandada. En ese tipo de reflexiones no hay que perder el tiempo, ni los recursos. O ellos, o nosotros.

Víctor Maldonado: ¿Cómo te sientes hoy?

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18 de junio de 1940. Francia había sucumbido. De Gaulle se dirige a sus conciudadanos desde la BBC de Londres. Cuenta Churchill que el 15 de mayo, un mes antes, Paul Reynaud, presidente del Consejo y Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, lo había despertado a las siete y media de la mañana para anunciarle que habían sido derrotados. “Nos han vencido; hemos perdido la batalla. Los alemanes han roto el frente, cerca de Sedan, y están entrando en grandes cantidades con carros de combate y vehículos blindados. El ejército francés que tenían delante ha sido destruido o se dispersó. Detrás de las unidades blindadas invasoras vienen ocho o diez divisiones motorizadas para asegurar el territorio conquistado. Se mueven a toda velocidad, y en cuestión de días estarán entrando en París.  Para colmo de males, no hay reserva estratégica con la que se pueda compensar el descalabro ocurrido”.

Churchill no lo podía creer. Confusión, parálisis e incertidumbre se transformaron en una pésima versión de la realidad que estaban viviendo, en una disminución alarmante de la capacidad para valorar las opciones que tenían en la mano, y al final, en un aliciente para darse por vencidos demasiado temprano. No era poca cosa lo que estaba ocurriendo. Buena parte del cuerpo expedicionario británico estaba comprometido. Y debían calibrar muy bien hasta cuando seguir y en qué momento retroceder. Dunkerque terminó siendo la única alternativa posible.

Un mes después, el once de junio, Churchill volvió a Francia. Ya el gobierno no estaba en París. El cuartel general se había replegado cerca de Briare. El ambiente era lacónico. La reunión estaba presidida por los peores pronósticos. El general Weygand adelantó que podría ser que los franceses pidieran un armisticio. Toda la noche esa fue la carta que no quisieron enseñar claramente. Esa era la opción de Pétain. Cualquier aporte era banal. Se habían entregado y solo faltaba el que lo reconocieran y lo anunciaran. El primer ministro británico, al percatarse de la verdadera situación dijo: “Si a Francia, en su desesperación, le parece mejor que su ejército capitule no duden ustedes por nosotros porque, independientemente de lo que hagan ustedes, nosotros seguiremos luchando siempre, siempre”. Pétain, pensó Churchill, es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista”. Y los derrotistas se rinden demasiado temprano. Estaba claro que Francia estaba al límite de la resistencia. A partir de ese momento debía continuar la lucha por otros medios. Incluso era posible que hubiera dos gobiernos franceses, uno que hiciera la paz y otro que organizara la resistencia.

¿Perderían la guerra? Esa era una posibilidad que no se podía obviar. Pero había que hacer todo lo posible para que no ocurriese. El 28 de mayo de 1940 Churchill emitió la siguiente orden general: “En estos días sombríos, el primer ministro agradecería a sus colegas en el gobierno, que mantuvieran elevada la moral en sus círculos y que, sin minimizar la gravedad de los acontecimientos, mostraran confianza en nuestra capacidad y en nuestra decisión inflexible de continuar la guerra hasta acabar con la voluntad del enemigo de someter a toda Europa a su dominio. No debería tolerarse la idea de que Francia consiga una paz independiente. Pero sea lo que fuere que ocurra en los demás países de Europa, no podemos dudar de nuestra obligación, y sin duda usaremos todos los medios a nuestro alcance para defender la isla, el imperio y nuestra causa”.

En la guerra: determinación. Esa es parte esencial de la moraleja de las memorias de Winston Churchill. Hubo otro que nunca cedió. Charles De Gaulle no era un personaje principal. Joven y enérgico, había sido subsecretario de Estado en el Ministerio Defensa del gobierno de Paul Reynaud, pero una vez perdida la batalla de Francia pretendía ser el líder de su país en el exilio.

Su pretensión era poco más que una entelequia. La situación era mucho más terrible. El país, bajo la conducción de Pétain, había decidido plegarse mansamente. La resistencia era solo una proclama y una exigencia incómoda. Churchill siempre lo tuvo como un personaje incómodo al que con toleraba con mucha dificultad. Tardaría años en consolidar su proyecto de resistencia, pero sin duda, no dejó pasar un día para asumir la representación legítima de la Francia libre e insistir que su condición fuera reconocida por los aliados.

Y así llegamos al punto de partida de su épica. El 18 de junio de 1940 lanza su proclama. Comienza reconociendo que la superioridad bélica alemana los había sorprendido. Y que el ejército francés había capitulado. Pero, y aquí viene el desafío, “¿se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No! Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola!”.

Dicho esto, termina con una invitación a la acción, asumida en primera persona. “Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”.

La entelequia terminó siendo la única alternativa de sobrevivencia y la estaca de la dignidad nacional. Al principio fue visto con escepticismo. Luego como una molestia constante. Y al final como un aliado innegable.

Escribo esto con vistas al 21 de mayo y los días subsiguientes. Podría ser que te sientas perdido en la desilusión de asumir seis años más de tiranía. Podría ser que no estés dispuesto a escuchar a los que te convocan a la lucha. Podría ser que te sientas derrotado y quieras capitular. Si ese es tu caso, recuerda la determinación, el coraje y la capacidad de soñar de Churchill y De Gaulle. Cada uno con su estilo y sus intereses. Pero ambos inexpugnables en la esperanza que los llevó a la acción. Ni se rindieron, ni dejaron de convocar a sus conciudadanos a la lucha. Lo lógico es que reconozcamos las mismas virtudes en aquellos líderes venezolanos que convocan a la lucha con la misma convicción y pureza de finalidades.

La invitación de Charles De Gaulle fue emocionante. Se encontraba solo, él y su sueño. Lo estaba en un país extranjero, también en guerra. Los más prestigiosos militares de su país se habían abrazado al invasor. No tenía nada más que una promesa. Pero nada de eso lo amilanó, porque tenía una pregunta cuya raíz era moral: ¿Y si las fuerzas de la libertad triunfasen a la postre sobre las de la servidumbre, ¿cuál sería el destino de una Francia que se hubiese sometido al enemigo? Y con esa interrogante como herramienta de convencimiento convocó a todos sus conciudadanos, a cada uno, para que se sumaran y comenzaran a trabajar en conjunto, desde la particular condición y talento que tuvieran. El general francés invocó tres razones para la lucha: el honor, el sentido común y el interés de la Patria. Por ellas exigió a todos los franceses libres que prosiguieran el combate, allí donde se encontrasen, y en la medida de sus posibilidades. Al fin y al cabo, para él “el fin de la esperanza era el comienzo de la muerte”. Que nosotros no perdamos la esperanza.

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El regalo de Maradona

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OPINIÓN

No cabe duda de que lo que vivimos en Venezuela es un conflicto con lógica y propósito de exterminio

El regalo de Maradona

 

 La primera víctima de todas las guerras es la verdad. Y no cabe duda de que lo que vivimos en Venezuela es un conflicto con lógica y propósito de exterminio. Se nos ha tratado como enemigos de la patria por aquellos que estando en el poder confunden su propia condición con la esencia de la república. Pero de eso se trata el proceso de simplificación extrema de la realidad y el intento de implantar en la narrativa la presencia de un enemigo único a quien conferirle todas las culpas de todos los males. Ellos, que son la izquierda, y presumen precisamente de ser los turiferarios del marxismo, acusan al resto del país, la mayoría, de ser eso que ellos llaman “la derecha”. Y como tales, traidores contumaces contra los supremos intereses de un país de fantasía que ellos se inventaron a conveniencia. Ese país, vacío de realidad, pero lleno de corrupción y saqueadores voraces, pretende someter al país real, pero invocando la complacencia de sus ciudadanos. Empero, no hay violencia que no sea un astringente de la legitimidad. El “a juro” no se lleva bien con la seducción. Ellos lo saben. Ellos comprenden que es una mezcla imposible. Pero al finan a los comunistas eso no les importa. Ellos se conforman con la propaganda y lo que allí alucinan.

 

Todos somos víctimas y rehenes. Lo son los políticos que no se prestan a las transacciones indebidas. También los empleados públicos que no agachan la cabeza. Los militares que no ejercen una lealtad perruna. Los jóvenes que se resisten a pensar monocromáticamente. Los empresarios que no consienten el enchufe. Las mujeres que no se quieren prostituir. Los hombres que no se dejan seducir por la adulancia. Los niños que hacen preguntas incómodas. Los ancianos que se rebelan a una cola infame. Los medios de comunicación que no se callan. Las organizaciones gremiales que no dejan de exigir y de denunciar sin ambages. Todos, a pesar de la diversidad, somos esa suma individualizada que ellos despachan con la categoría de “escuálidos” y que les estorba intensamente. A ellos el país les parece un obstáculo.

 

Ellos no son culpables de nada. Ni siquiera de sus propios errores. La “guerra económica”, la “conspiración imperial”, los “vasallos del imperio”, los “hijos de Trump”, los “ladrones de cables y equipos eléctricos”, los “saboteadores de los servicios públicos”, “el niño o la niña”, la mala voluntad de los que quieren la infelicidad de los pueblos, los borbones, las apetencias coloniales de España, los bachaqueros, los contrabandistas, los golpistas, los traficantes de billetes, cualquier otro fenómeno o conjura, menos ellos. Ellos que tienen todo el poder, que han concentrado todos los recursos, que exhiben ese poderío armamentista y que ya no ocultan los signos exteriores de riqueza, nunca tienen la culpa de nada. Pero la realidad es otra. Ellos usan la propaganda para tratar de evadir, distraer y perturbar la capacidad de juicio de la gente. Pero la gente sabe intuitivamente que hay una relación entre poder, disposición de recursos y resultados.

 

Pero ellos exageran y agravan. Además, son expertos en las falacias conspirativas. Un precio mal marcado lo muestran como axioma de la guerra económica. Un almacén con inventarios para una semana lo transforman en la demostración palpable de una conspiración de especuladores. Ellos viven de la dramatización peripatética, de extremar cualquier ocurrencia, casual o no. Si se suspende el servicio eléctrico o hay un atasco en los sistemas, o por casualidad ocurre la escasez de alguna materia prima o insumo, de inmediato la transforman en la evidencia palpable de su discurso persecutorio. Ellos, siendo victimarios quieren mostrarse como víctimas. La tragedia es que ahora son muy pocos los que creen en esas patrañas. Se han transformado en un pasquín barato que nadie quiere leer.

 

Pero son los reyes de la vulgar banalización. Han popularizado el desparpajo. Se solazan en la igualación ramplona que los transforma a todos en compinches del mal gusto. Todo lo reducen a la más pueril simplificación. Como ocurre con los guiones de las malas telenovelas. Como si se trataran de zombis lingüísticos, apostando a la escasa capacidad receptiva de las masas y a su limitada comprensión. El uso de la neolengua hace estragos en las opciones de discernimiento.  Pero en el fondo es la instrumentación de un gran desprecio. Ellos creen que el pueblo es ignorante, bruto e ingenuo. Apuestan a que no sacan las cuentas, y a que no perfeccionan sus convicciones a través de la experiencia. En eso se equivocan tajantemente. Vivir tan de cerca y tan intensamente una tiranía deja secuelas dolorosas, pero sobre todo obliga a un aprendizaje sobre la verdad y la mentira, sobre lo que conviene y lo que nunca más se debe aceptar. Más allá del bailoteo del oprobio, más allá del estribillo reiterado, más allá del verso obligado que rima a Maduro con duro, seguro, apuro y quien sabe cual otra palabra, los significantes son pobres insinuaciones del vacío y exigencia forzada y entregarnos a la más atrevida improvisación. Los providencialismos impotentes no son atractivos, por eso ellos ya no encajan en ninguno de los rangos del carisma populista. No tienen nada que decir u ofrecer. Ni distraen ni alimentan. Son aburridos tanto como incapaces de proveer.

 

Porque la verdad ya luce inocultable. Lo cierto es el descrédito internacional y la quiebra de las empresas públicas, incluido el negocio petrolero. La verdad que trasluce es el colapso del país y la imposibilidad reiterada de cambiar el curso que nos lleva hacia el desastre si antes no cambiamos al régimen. La realidad que se escapa de la represión de las cadenas y de las propagandas nos relatan un país victimizado, lleno de presos políticos, hastiado de las muertes sin sentido y de las partidas hacia ningún destino. La verdad es que no hay comida en las casas ni forma de comprarla, sin importar demasiado en quién crean los comensales. Chavistas u opositores, civiles o militares, funcionarios o empleados privados, trabajadores o empresarios, pobres o clases medias, todos, absolutamente todos están pasando la dentera mientras ellos, unos pocos, desahuciados de sensatez todavía se exhiben con toda esa flagrancia mientras juran que no son culpables de nada. El reloj que Maradona le regaló a Nicolás en ocasión del cierre de la parodia de mayo es todo un signo: la vileza concentrada y exhibida a una congregación de menesterosos obligados a escuchar las mentiras de siempre pero ahora con una suspicacia infranqueable. ¿Cuánta hambre había acumulada en esa avenida que lucía más que vacía? ¿Cuánta desfachatez se mostraba desde la tarima? La hora de la verdad ha llegado, y llegó con una carga de frustración que costará manejar a los que hasta ahora han trajinado toda esta tramoya. Con mentiras no se llena el estómago. Y sin el estómago saciado, no hay mentira que caiga bien. La verdad es en ese sentido tan esplendorosa como amenazante. Y ellos la presienten como una lanza encajada en sus entrañas.