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Ser y parecer

Nos interesa quien tenga una propuesta alternativa y también nos diga que está haciendo lo indecible para recuperar la libertad

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Vivimos tiempos de definiciones. Ya no nos sirven los promedios. La tiranía escinde y tamiza la paja del trigo, lo bueno de lo malo, la farsa de la verdad y las opciones verdaderas de las que son una trampa. Cuando los tiempos exigen claridad y diferenciación, entonces son los tibios de los que hay que cuidarse. Llamemos tibios a los que no son ni una cosa ni otra, a los que no se comprometen, a los que les parece que es posible coger de aquí y de allá para hacer una composición particular en la que puedan quedar bien con todos. En estos persiste una recalcitrante necedad ante la cual ni la protesta ni la fuerza surten efecto, porque se trata de ese tipo de ignorancia culposa que se niega a reconocer la realidad, tal y como ella es. Es la trama del que asume como verdad lo que no es otra cosa que una falacia.

La seducción que ejercen los totalitarismos tiene que ver con la patética insistencia de las élites en tratarlos como lo que no son. Estas tiranías de izquierda no son equivalentes a las dictaduras autoritarias clásicas. Y tampoco son democracias imperfectas, o cualquier otro eufemismo que se inventen en los laboratorios de la ingenuidad politológica. Nada tiene que ver Pinochet con el castrochavismo que rige entre nosotros. Y sin querer indultarlo, debemos reconocer que los comunismos son más destruccionistas, arteros, perversos, criminales y corruptos. Por eso mismo no tiene sentido hacer entre ellos falsas analogías o identidad de soluciones. Lamentándolo mucho, el modelo de salida de la dictadura de Pinochet aquí no va a funcionar.

Algunos están demasiado interesados en propagar que el dictador chileno salió mediante unas elecciones que fueron posibles porque todas las oposiciones se unieron. Y que esas deben ser parte ineludible del guión que debemos protagonizar. Pierden de vista que las dictaduras de izquierda rápidamente se transforman en sistemas totalitarios cuyo objetivo es quedarse con el país, reducir a la servidumbre más abyecta a sus ciudadanos, demoler todas las instituciones morales que apuntalan las repúblicas y transformarlo todo en esta vivencia pobre, breve, solitaria y brutal que advirtieron los iusnaturalistas ante la caída del orden social. Los socialismos reales, o comunismos, son depredadores de los mercados. Los acaban, y con ellos mueren la libertad, la propiedad y la justicia. Lo realmente sórdido es que mientras ocurre una implacable devastación, una oposición institucional insiste en negociar lo innegociable, participar en unas elecciones imposibles de ganar y practicar una corrección política absolutamente necia, insensible y sobre todo inútil.

No nos sirven los “demócratas infantiles” que en lugar de estrategias robustas tienen un abecedario de lugares comunes y respuestas de salón. Porque estos son presas fáciles de un sistema interesado en violar todas las reglas y servirse de la necedad ajena para seguir engullendo poder y recursos. Tampoco nos sirven los mercenarios que se transan constantemente al mejor postor. Mucho menos útiles son los cobardes que se doblan para no quebrarse, pero que desde el inicio están convenientemente fracturados. Malos para el logro de los objetivos son los impostores y tránsfugas, pero peor son los que decidieron irse sin entregar el testigo. Todos ellos sobreviven gracias a la confusión y a la ambigüedad, mientras el resto del país languidece aceleradamente, practica la desbandada, o se pregunta sorprendido qué habremos hecho para merecer como heredad la más pueril mediocridad.

Nos sirve la integridad, la consistencia, el coraje y el compromiso con la verdad, aunque esos atributos no nos gusten demasiado porque nos exigen estar a la altura de su convocatoria. Nos son útiles los que no entregan sus banderas, los que no arrían sus principios ni se prostituyen al mal. Nos interesa quien tenga una propuesta alternativa y también nos diga que está haciendo lo indecible para recuperar la libertad. Y que no juegue al populismo ni al falso heroísmo que parece grandeza, pero es insana hinchazón. Es buena la humildad del que quiere estar en medio de la gente sin el uso pervertido de la demagogia. También quien no huye demasiado temprano, pero es inteligente en el cálculo del riesgo que debe asumir. Y quien haciendo un cálculo racional sobre lo que está ocurriendo, se prepara para una transición difícil, en la que no hay tiempo para perder, ni oportunidades para la mentira. No podemos prescindir de la sensatez del que calibra apropiadamente lo que nos está pasando y del que modela con su ejemplo. Necesitamos rectitud porque no hay otra forma de salir del laberinto del mal que nos aqueja que intentar llegar hasta su raíz, allí donde está esa fácil connivencia que nos seduce, esa conveniente ceguera, esa concesión al resentimiento, el aplauso fácil a la fuerza del que violenta, las falsas venganzas, y las fatuas reivindicaciones.

E-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

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Víctor Maldonado: ¿Cuánto vale la integridad?

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Un político sin integridad es un pobre político, porque nadie puede pretender ser el modelo y líder de una sociedad si no tiene un mínimo respeto por su propia imagen y por la congruencia que desde allí proyecta. Pero lamentablemente vivimos épocas menguadas, donde la presencia de un régimen tiránico se propone como la excusa perfecta para que todo parezca valedero. Sin embargo, no es así. Nadie puede combatir el mal con un mal peor, y nadie puede resolver la oscuridad con más oscuridad. Por lo tanto, si de lo que se trata es de batallar contra los efectos devastadores del socialismo del siglo XXI, debemos hacer todo lo posible para ser diferentes.

Los venezolanos están asqueados de la perversidad y la mentira. Ahora, que hay tanta escasez de probidad, se calibra mejor el valor de un líder que sea capaz de decir la verdad, a pesar de sus consecuencias. Por eso mismo el contraste es a veces tan devastador entre una sociedad que todavía aquí sufre y espera, y los que han asumido la impostura como forma de vida. Nuestro país, tan maltratado por la vanidad de los sistemas ideológicos que se le han impuesto, también está sometido ahora a la ingrata circunstancia de la falta de ubicuidad de los que deberían conducir la lucha, y correr la misma suerte de sus seguidores. Lamentablemente no es así, porque no solo es el gobierno quien practica la mentira y nos humilla con la disonancia a la que nos somete.

La farsa parece ser ahora una moda en la que muchos están incurriendo, invocando una ética escasa que los hace regodearse en la mentira. Vivimos la extraña circunstancia de periodistas que dicen estar aquí, pero que hace tiempo abandonaron el país. Intelectuales que pontifican sobre lo que aquí hacemos como si fueran uno más, pero que decidieron partir y hacer vida en otra parte. Políticos profesionales que, al presentir la inminencia de la represión, salieron furtivamente, pero en lugar de denunciar la violación de sus derechos, intentan llevar adelante una “agenda internacional” que les sirve para encubrir la triste realidad de la persecución, y la imposibilidad de volver a la patria. A estos ejemplos tan lamentables se suman esos personajes que no se deciden, que viven la tibieza, que no son ni chicha ni limonada, que tienen un pie en una posición y el otro pie en la posición contraria. Y que hoy dicen una cosa y mañana otra. Y para colmo, tartufean una falsa dignidad que no es otra cosa que la práctica aberrante de la ignominia. Ninguno de estos ejemplos son del tipo “mentiras piadosas”.

No se trata de juzgar los alegatos, valederos o no, que cualquiera tenga para tomar la decisión que más le convenga. Se trata de exigir la práctica de decir la verdad, ser transparentes, y plantearle al país una relación de dignidad, porque lo que ellos no tienen el coraje de decir, igual es conocido por todo el mundo.

Los déficits de integridad que estamos aludiendo plantean una realidad ficticia, una inventiva social en donde por pudor, o quién sabe si por mala resignación, nos vemos obligados a asumir como cierto lo que es falso, y actuar en consecuencia, lo que no deja de ser enloquecedor. Nos pasa algo similar a lo que le ocurre a la esposa cornuda, que prefiere ignorar el asunto y trata de ordenar su triste vida haciendo esfuerzos superlativos para que esa situación no la desborde, pero que en el fondo sabe que el desastre es inminente.  ¿Esto tiene algún sentido? Me temo que no. La integridad es, como vemos, una decisión personal y un compromiso estricto con la verdad y la transparencia como valores y principios preciosos. ¿Qué cuesta decir la verdad? El que miente debe asumir el costo de perder legitimidad, porque el que se apoya en la falsía pierde influjo sobre los demás. Practicar la integridad es más ganancioso.

Manuel García Pelayo planteó en sus escritos una diferencia crucial entre el poder que somete y la auctóritas que provoca adhesiones. El autor llamaba así a cierta capacidad que llegan a tener algunos líderes para condicionar la conducta de los demás, es decir, lograr que los otros se inclinen a seguir una opinión o una conducta a pesar de mantener intacta la posibilidad de no acatar la recomendación propuesta. Es lograr “por las buenas” la afección de los otros, lo que exige ciertas condiciones de carácter en las que, sin dudas, tiene que estar presente la honestidad. La auctóritas es una relación de motivación, es decir, es un compromiso de actuar en conjunto en el marco de la madurez y de la libertad. No requiere montoneras ciegas, ni seguidores erotizados. Exige, por el contrario, madurez y carácter. El no practicar la integridad tiene el costo de perder cualquier posibilidad de construir productivamente una relación entre iguales.

Las definiciones vienen al caso porque corremos el peligro de perder cualquier conexión valiosa con la dirigencia del país. Y tenemos que saber por qué. Los ciudadanos nos estamos quedando sin auctores, aquellos que pueden dar garantías acerca del valor duradero de lo que se hace o se intenta hacer. Y eso está ocurriendo porque la dirigencia del país esta muy confundida sobre los cursos de acción que pueden intentar, las relaciones que deben establecer con los ciudadanos, las estrategias que conviene seguir, y los mensajes que, con su conducta, deben mandar a sus seguidores. Un Churchill no comunica lo mismo que un Pétain. El patetismo de PuYi como emperador rehén de Manchukuo fue indescriptible y su paso por la historia muy trágico. El presidente del régimen de Vichy y el depuesto emperador manchú tenían en común la farsa. Eran títeres, pero lo asumían como si ellos mantuvieran la capacidad de mover sus propios hilos. No eran autores, eran parte de un guión tramado por otros. ¿Cuántos PuYi tenemos a la mano? ¿Cuántos Pétain se ofrecen a la colaboración, incluso sin ser solicitada? ¿Con cuántos Churchill podemos compensarlos?

La integridad conduce a relaciones decentes en las que los otros son considerados en el plano de sus necesidades y expectativas. Ahora estamos sedientos de verdades y de dirigencias impecables, donde no sobran ninguna explicación sobre los qué, los cómo, los cuánto, y los “¿de dónde vienen los recursos para hacer lo que estás haciendo?”.  Las moralejas que sugieren ver a un Lula entrando a la cárcel por corrupción están a la orden para el que las quiera integrar. Las causas del fiasco que hemos experimentado hasta ahora tienen que ver con déficits de integridad, de congruencia, de verdad y de confianza. Si seguimos con los mismos déficits, seguiremos fracasando.

@vjmc

Los espejismos de abril, por Víctor Maldonado

Finalizada la semana santa queda por delante un complejo sistema de incertidumbres y de certezas. La debacle económica seguirá su curso hacia el abismo, sin que se sepa cómo ni cuando se va a revertir el proceso de desguace de la calidad de vida de los ciudadanos. Vivimos el vértigo de una experiencia indecible respecto de la cual los políticos de la MUD, devenida ahora en Frente Amplio, no se dan por aludidos. Ellos siguen pidiendo “condiciones electorales favorables a la participación” como si viviéramos una mínima normalidad en la cual pudiese separarse lo electoral del conjunto de aflicciones que viven los venezolanos.

El llamado “Frente Amplio” es otra alucinación. A estas alturas no ha podido enmascarar perfectamente la tragedia de cuatro partidos totalmente desprestigiados. Sin embargo, han logrado vender que la unidad es una condición necesaria y suficiente para salir del régimen. Ya hemos dicho que una unidad sin reflexión sobre las estrategias, los medios y los fines, es simplemente un fetiche que un grupo de oportunistas enarbolan para encubrir sus propias impudicias, como si se pudieran disolver en un promedio difícil de calcular. No hay tal cosa como un “Frente Amplio” que haya logrado organicidad, y lo que queda luego del carnaval de eventos que se realizaron en marzo no es otra cosa que un puño de liderazgos desgastados que todos los días se debaten entre participar del fraude electoral convocado por la espuria constituyente, o mantenerse al margen.

La Asamblea Nacional Constituyente sigue vigente, aunque es ilegítima y espuria. Es el altar donde se reconoce a una dictadura totalitaria, y donde doblan la cerviz los políticos que juegan al oportunismo clientelar. Tampoco fue una confusión el que cuatro gobernadores adecos y unos cuantos alcaldes de PJ (que actuaron por mampuesto) corrieron a juramentarse, y a reconocer lo que debió ser siempre irreconocible. En todo caso, para la ANC sus metas son innegociables. Ellos son la garantía estatuida de la declaración del comunismo mediante la constitución totalitaria.  Opera, eso sí, como un submarino, sumergido parte de su tiempo, con el periscopio siempre observando, y con capacidad para emerger cuando lo crean conveniente.

Las elecciones convocadas por la asamblea constituyente, espuria e ilegítima son también un espejismo. No son tales, pero hay gente, dinero e intereses intentando hacerlas pasar por buenas. El que funge de candidato de la oposición ha planteado una campaña insípida, propia de los que no quieren meterse en honduras. Un país bello, pleno de paisajes esplendorosos, lleno de gente buena y amable, que está comprometida con una Venezuela diferente. Para el comando de la izquierda exquisita, no hay crisis que denunciar, ni contrastes que resaltar. Aunque cada cierto tiempo, lanzan un guante, intentan un debate, amañan una seña, como para que todo el montaje no sea tan tedioso, vulgar y ordinario.

Soluciones a la escasez de divisas, como el Petro, son otra quimera que hacen ver al régimen como especialmente preocupado por el desastre que ellos mismos han provocado. A estas alturas resulta una total necedad prestarle atención a ese juego de prestidigitación que no logra ni siquiera explicar cómo vamos a pagar el pasaje del autobús en una ficción monetaria que no es canjeable libremente ni tiene claro cual es el soporte del valor que dicen tener. Eso sí, podemos estar completamente seguros de que giras y suministros de la nomenclatura oficial se financian en dólares contantes y sonantes y no en la falsa moneda que ellos quieren imponer a los demás.

El nuevo “cono monetario” llamado ahora “bolívar soberano” morirá antes de nacer porque será devorado por la hiperinflación que a su vez es producto de la indisciplina fiscal que practica el régimen con malévolo candor. El intento de quitarle ceros a la hiperinflación es un esfuerzo inútil, flor de un día, porque es el equivalente de cubrir con una “curita” un sarcoma purulento. Mientras tanto, la crisis de efectivo es generalizada y los grupos más vulnerables tienen que “comprar dinero” con un sobrecosto que llega en algunos casos al 100%.

Las soluciones a la devastación de la moneda son objeto de airados debates. Unos se plantean la dolarización como opción mientras que otros defienden la causa del rescate del bolívar. Los primeros, entre los que me cuento, plantean la necesidad de quitarle al gobierno su capacidad de maniobra monetaria, que siempre dispone a favor de sus ínfulas populistas. Los segundos tal vez no incorporen en sus ecuaciones el grado de deterioro del sistema institucional financiero y monetario, ni se imaginen que el BCV actual es su propio espectro, que la corrupción es el signo más conspicuo de veinte años de gestión, y que lo que hay que recuperar de la manera más rápida posible es el  bienestar ciudadano, y que eso depende en mucho de la posibilidad de frenar la hiperinflación.

La industria nacional no existe. Tampoco la agroindustria. Lo que queda son empresas y hatos arruinados por décadas de intervencionismo, violación de la propiedad, inseguridad jurídica y ciudadana, caída del consumo, imposibilidad de adquirir materias primas, bloqueo de las compras internacionales, y una corrupción con la que es imposible llevar adelante un negocio. Las empresas cierran sin que otras abran. El talento sigue en fuga y las ventajas para las nuevas inversiones no existen. Los comercios lucen agónicos y el ánimo emprendedor sigue su merma. En esas condiciones no hay ninguna posibilidad de recuperación mientras no se reviertan las causas, que son políticas. Con el socialismo del siglo XXI, lo único que es factible es la continuación de la miseria y la servidumbre.

Los servicios públicos también son ficciones. Escuelas, hospitales, agua potable, suministro eléctrico, telecomunicaciones, servicios de internet, prevención de epidemias y catástrofes, ninguna de ellas está operando normalmente. Todo lo contrario, están en el borde de la falla operacional irreversible, porque así son las revoluciones, expertas en la mentira, ávidas en la profusión de propaganda, y muy malas en la gestión. No hay institución pública que funcione.Tampoco las FFAA.

La gestión de la soberanía también es un albur. El país es víctima de la violencia compartida entre grupos violentos de diferente tenor. Megabandas, grupos terroristas, guerrilleros, narcotráfico, paramilitares, y similares, parecen haberse repartido el país, con la complacencia de quienes deberían defender y garantizar el orden social y la vigencia de la ley. El viejo concepto de Estado cruje en Venezuela: Un gobierno que no logra garantizar a la población el control del territorio. También en esto son conspicuas las revoluciones.

Por todo esto debemos estar atentos, incluso suspicaces. Mantener el foco en la realidad nos inhabilita para creer en falsos profetas y en falsas soluciones. En estos tiempos menguados lo único que no podemos permitirnos es la alucinación:

  1. Esta crisis no se resuelve con “mejoras en las condiciones electorales”.
  2. Esta crisis no se resuelve con “negociaciones seriales” sin fuerza y respaldo popular.
  3. El régimen está organizando una farsa electoral para mantenerse en el poder.
  4. La unidad sin unidad de propósitos no es atributo de los estadistas, sino una vulgar trampa de la corrección política. El que juegue a la connivencia con el error, termina siendo víctima de sus equivocaciones.
  5. Nadie se acuerda del peligro subyacente en la vigencia espuria de una Asamblea Constituyente, sus poderes omnímodos, su constitución comunista, y la pretensión de ser lo que no es, allanando los poderes republicanos y siendo voceros oportunistas de una dictadura totalitaria.
  6. El petro no es una moneda. Es un cripto-canal para la corrupción y el lavado de dinero.
  7. El cono monetario no va a detener la hiperinflación. La va a encapuchar por un breve tiempo.
  8. Las empresas públicas están quebradas. El negocio petrolero ya no existe. Los servicios públicos viven el colapso. La industria nacional desapareció. La agroindustria dejó de tener sentido. No hay empresarialidad posible dentro de los cánones del socialismo del siglo XXI.
  9. La soberanía nacional está disuelta en un sinnúmero de grupos facciosos que se reparten el usufructo de la violencia.
  10. El país vive momentos de colapso, acelerado por los tiempos concedidos a los farsantes.
  11. Son tiempos para concentrarnos y mantener el foco en la realidad, a pesar de los espejismos de abril.

Víctor Maldonado

¿Cuándo “se jodió” Venezuela?

OPINIÓN COLUMNISTAS IDEOLOGÍA

Vivimos esa terrible circunstancia donde nada parece escandalizarnos

Victor Maldonado C.By Victor Maldonado C. On Mar 30, 2018

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German Carrera Damas, historiador venezolano, habló alguna vez del “barco de los locos” conducido por Hugo Chavez y su síntesis anacrónica de toda la barbarie militarista. (Flickr)

Escribo este artículo mientras las agencias internacionales no salen de su estupor por el resultado sangriento de un motín ocurrido en un centro de detención policial del estado Carabobo, en el centro norte de Venezuela. El saldo macabro sumó sesenta y ocho muertos, entre ellos dos mujeres que estaban allí de visita, con permiso de pernocta, una especie de autorización para la visita conyugal extendida. Lo ocurrido, primero fue censurado, los periodistas, que intentaron cubrir el hecho, hostigados, y luego simplemente inventariado, una reseña más de lo que aquí ocurre, dentro de la más absoluta normalidad socialista.

El fiscal general de la república despachó el hecho como si se tratara de hacer un inventario de oficina, eso sí, usando esa jerga leguleya-policial que pareciera darle distancia respecto de lo ocurrido. Un barniz peripatético de carácter discursivo, una especie de pañuelo en la nariz mediante el cual el responsable de la vigencia de los derechos humanos quisiera resaltar que él nada tuvo que ver “y que fueron designados cuatro fiscales para esclarecer los hechos”. El país de la mayor impunidad posible sonríe con irónico sarcasmo.

El inexorable colapso de las instituciones morales, la patética complicidad de las agendas subalternas, y la angustia ainstrumental de los ciudadanos, que no encuentran cómo enfrentar sus monstruos totalitarios, se trenzarán en un rápido olvido. También por eso estamos muy jodidos. Porque no somos capaces de hilvanar un argumento que nos haga ver que las sesenta y ocho personas que murieron fueron víctimas del descalabro judicial, la corrupción policial, y el desapego a los derechos humanos cuando se trata de los demás. La impunidad se ceba en ese deslave constante de acontecimientos, donde nada es suficiente, en el cual una cosa terrible sucede a otra más terrible aun, sin que se pueda procesar adecuadamente, sin que haya tiempo, ganas y energía para pedir un detente, exigir un reacomodo, y manifestar la convicción de que un país, conducido de esta manera tan primitiva, está condenado a la ruina.

Lo trágico es comprobar que esta tragedia carece de importancia a los ojos de la inmensa mayoría de los venezolanos, porque el país está reducido al espacio infinitesimal de la propia sobrevivencia en el cual los demás han dejado de ser parte de la república asediada que cada uno sufre intensamente.

Pero ¿cuándo comenzamos a jodernos de esta forma? ¿En qué momento llegamos a ser esto que indefectiblemente nos hace perder cualquier tipo de equilibrio? Si lo supiéramos perfectamente estaríamos mucho mejor de lo que realmente estamos. Pero hay atisbos que pueden convertirse en pistas. El primero de ellos ese complejo de sumisión ante el caudillo. Esas ganas de reducirnos a montoneras erotizadas cuyo proyecto vital es ir detrás de un líder autoritario que ni pregunta ni discute la ruta, que siempre es el abismo.

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También influye esa deuda impagada con la generación de libertadores, respecto de los cuales siempre sentimos una condición de inferioridad, incapaces de calzar las botas del mito. O esa negación constante de conectarnos con la realidad que nos impulsa a recorrer los senderos de lo imposible, que siempre terminan dándonos esos terribles encontronazos con lo factible, que nos frustra y nos hace repetir el ciclo con otro “que esta vez sí lo va a lograr, esta vez no nos va a defraudar”. Esa misma obsesión compulsiva que nos hace despreciar los esfuerzos constructivos de la república civil a la vez que somos recurrentemente permisivos con el saqueo practicado por los militares, esos “civiles armados” que, a juicio de Thais Peñalver, tienen como único proyecto la rapiña del presupuesto público y el uso abusivo del poder.

German Carrera Damas, historiador venezolano, habló alguna vez del “barco de los locos” conducido por Hugo Chavez y su síntesis anacrónica de toda la barbarie militarista, de raíces decimonónicas, mezclada perfectamente con un socialismo derrotado en sus consignas pero incapaz de perder la esencia de su ideología, que no es otra que esas ganas voraces de concentrar poder para reivindicarse ellos mismos, para empatucar de colores el inmenso fracaso vital que resulta ser un “hombre de izquierdas, progresista y humanista”, pero que no duda en mantener un coito intenso y perpetuo con la fuerza pura y dura ejercida por un militar inculto y lleno de resentimientos. El historiador propone que la simbiosis, entre estas dos formas de parasitismo político, se confabula para proponer una “ideología de reemplazo” donde la realidad se sustituye por visiones, por figuraciones, con las cuales quieren encubrir la debacle de sus consignas y la decadencia irreversible del ideario socialista.

Es el “barco de los locos” porque “los náufragos del socialismo autocrático se convirtieron en el vagón de cola del tren histórico del militarismo”. Y ninguno de ellos dudó siquiera de practicar esa amoralidad que les permite la contumacia con la guerrilla, los carteles y el terrorismo. Para ellos, todo es relativo, todo vale.

Venezuela se jodió cuando intelectuales, empresarios y clases medias se confabularon para tomar por asalto un estado patrimonialista, hecho a la medida de las ambiciones de todos ellos, porque no era otra cosa que la articulación casi perfecta del populismo, el militarismo, el socialismo silvestre y la decadencia etílica del pensamiento social venezolano. Todos ellos corrieron tras el fatuo mensaje de reivindicación y justicia, pero chocaron de frente contra su propia hecatombe. Todos ellos proclamaron que en sus manos si podía ocurrir esa Venezuela de la redistribución rentista perfecta, pero todo ellos cayeron víctimas del opio de la corrupción y de esa “vida fácil” que algunos encontraron a la sombra de la tiranía.

Nos jodimos cuando comenzamos a criticar la pobreza del país, sin señalar la ruta de la riqueza y la prosperidad, que no es otra que el mercado de libre competencia, el trabajo productivo y el respeto por la propiedad. Nos jodimos cuando nunca aludimos al verdadero responsable de esa pobreza, que no era otro que ese populismo con capacidad infinita de practicar el capitalismo de estado, que algunos incluso vieron como una segunda independencia. Nos jodimos cuando ratificamos que la riqueza del país debía administrarse desde el gobierno, sin participación de los privados. Nos jodimos cuando manoseamos el estado de derecho para ponerlo al servicio de facciones y de las mayorías circunstanciales. Nos jodimos cuando no supimos ubicar a tiempo el rol de subordinados a la republica civil que debían tener las FFAA. Nos jodimos cuando nos pretendimos potencia y comenzamos a pagar las alianzas y a prostituir la agenda internacional.

Nos jodimos cuando caímos en la adicción del mesianismo providencialista, cuando compramos que, si no eran estos los hombres, tenían que ser otros los que dirigieran con probidad un gobierno todopoderoso, inmanejable, azotado por las carencias institucionales, y sempiterno despreciador del ciudadano. Nos jodimos cuando asumimos que todas nuestras soluciones se encuentran en el gobierno, y en el hallazgo del hombre fuerte pero bueno, que nunca se encontrará, porque ya sabemos que el poder corrompe.

Ahora, vivimos esa terrible circunstancia donde nada parece escandalizarnos. Ni la muerte, ni el hambre, ni la violencia, ni la irresponsabilidad, ni la corrupción, ni la práctica cotidiana de la crueldad. Nos jodimos porque no hacemos las preguntas ontológicas sobre la política venezolana. Y mientras no nos escandalicemos, seguiremos jodidos, hundidos en el lodazal autoritario, perdidos para siempre, entregados a ficciones, integrados a facciones, o peor aún, resignados a falsas soluciones y ansiosos de un salvavidas fraudulento, que no nos van a lanzar, tal vez porque vivimos el fin de los tiempos, donde el trigo se separa de la paja, donde el adentro no es lo mismo que el afuera, donde la luz contrasta con la oscuridad.

¿Y SI NO NOS CREEN?

Victor Maldonado | 27/03/2018 | Artículos | No hay comentarios

Transcurre entre nosotros una clase intelectual siempre anegada de confusión, inmersa en un irresponsable compadrazgo

Cuenta Primo Levi en su libro “Los hundidos y los salvados” que las víctimas de los campos de concentración tenían una pesadilla recurrente “que los acosaba durante las noches de prisión y que, aunque variara en detalles, era en esencia la misma: haber vuelto a casa, estar contando con apasionamiento y alivio los sufrimientos pasados a una persona querida, y no ser creídos, ni siquiera escuchados”. Todos temían que en algún momento triunfase la desmemoria, y que todo ese sufrimiento atroz pasara a ser una fábula sin autor específico, que tal vez no ocurrió en ninguna parte, en ninguna época, y que por lo tanto no afectó a nadie. Afortunadamente, dice el autor, no fie así, entre otras cosas porque “hasta la más perfecta de las organizaciones tiene algún defecto, y la Alemania de Hitler, sobre todo en los meses anteriores a su derrumbamiento, estaba lejos de ser una máquina perfecta”. Quisieron borrar las trazas de sus crímenes, pero no lo lograron.

La desmemoria es una apuesta de las tiranías. Lo hacen a partir de la imposición forzada de sus propias versiones, el uso intensivo de la propaganda, y la duda cínica de un sector de la población que se niega a ser parte de tanta barbarie, aunque de hecho, lo sea.  Por eso mismo, parte de la obligación política de cada ciudadano venezolano es narrar su tragedia personal, contar cómo la está soportando, y no dejar de imaginar la desvergonzada trama de traiciones, colaboraciones y conspiraciones que se cebaron con el país hasta casi llegar a destruir sus cimientos morales y las posibilidades institucionales para la restauración futura de la normalidad.

Hay que decir que todo esto comenzó como una ansiedad siempre insatisfecha, nunca resuelta, de militares venezolanos, algunas veces investidos del providencialismo ideológico como excusa para conspirar abiertamente contra la república. Y el pago creciente que, como ofrenda sacrificial, hacían los sucesivos gobiernos democráticos para apaciguar esa ferocidad. Al final dieron el golpe definitivo, implantaron el socialismo del siglo XXI, arruinaron el país, organizaron el saqueo de sus recursos hasta no dejar nada en pie, y se confabularon en una red de represión fundada en la corrupción institucionalizada y la delincuencia organizada. Esa fuerza aparente les hace pensar que nada ni nadie puede desalojarlos del poder. Su ansiedad se alimenta de una extraña propensión, propia de los venezolanos, que parecen estar siempre dispuestos a seguir como montonera incondicional al caudillo, al hombre primordial, al uniforme y a la cachucha, a la palabra fácil y al engaño recurrente. Somos adoradores perpetuos e incondicionales del arquetipo del “hombre fuerte”. Pero ellos no son otra cosa que los bárbaros a los que alude Ayn Rand como enemigos rabiosos de la libertad.

Hay que decir que transcurre entre nosotros una clase intelectual siempre anegada de confusión, inmersa en un irresponsable compadrazgo, practicante del clientelismo, y muy proclive a la mendicidad ideológica. Todos estos atributos, propios del particularismo cultural que nos agobia, y de un familismo amoral que solo es bueno para organizar mafias y contubernios, hace que estemos azotados por una reflexión espuria en donde lo único importante es apuntalar al amigo y disimular las sinrazones. Es por eso por lo que historiadores, novelistas, poetas, dramaturgos, analistas, encuestadores, artistas, comunicadores, cómicos y afines conspiran en clanes, y se hacen practicantes asiduos del error, que les hace acompañar, con aplausos fáciles y explicaciones falaces, cursos de acción desacertados que solo conducen a la decepción sobre los alcances liberadores del pensamiento. Esos son los hechiceros a los que alude Ayn Rand como enemigos rabiosos de la libertad.

Hay que decir que a la oferta abierta y descarada de la corrupción se han articulado falsos empresarios, expertos en negocios sucios, vendedores del fraude, patrocinadores del descalabro ajeno, mentirosos de oficio, especuladores de bonos basura y tutores del endeudamiento irresponsable. Son los que, en lugar de resolver la crisis eléctrica, se enriquecieron. Los que, en lugar de importar alimentos, prefirieron imponer el hambre y la desnutrición entre los sectores más vulnerables del país. Son los que, en lugar de importar las medicinas, optaron por ser los patrocinantes indiferentes de la muerte absurda entre enfermos que hubiesen podido curarse. Ayn Rand no dudaría en calificarlos como los saqueadores feroces de la libertad.

Hay que decir que los venezolanos pasaron a ser tan pobres que hurgan entre la basura para lamer los restos que escasamente dejan los otros. Que los niños pobres no pueden tomar leche porque sus madres hambrientas no la producen, y mucho menos pueden comprar la sustituta. Que tampoco usan pañales porque son extremadamente costosos. Que intentan sobrevivir sin vacunas, porque no existen. Y que los más grandes no pueden ir a la escuela porque el hambre que sienten no los deja estudiar. No es que el país no tenga recursos. El problema es que los administra indebidamente un gobierno incapaz y depredador.

Hay que decir que los padres están abandonando a sus hijos recién nacidos porque no consiguen como criarlos. Y que familias renuncian a sus mascotas porque no hay forma de alimentarlas. Que muchos ancianos han quedado solos y abandonados porque sus hijos salieron huyendo, o se los mataron en medio de una epidemia de violencia imparable. Hay que decir que decir que, en los últimos 18 años, los del régimen del socialismo del siglo XXI, se han sumado 307.920 víctimas de la violencia, que la impunidad ronda el 96%, y que se está incrementando notablemente la tasa se suicidios. No es que el país se haya vuelto aversivo. El problema es un gobierno que patrocina el caos, la disolución y la anomia.

Hay que decir que vivimos azotados por la industria del secuestro. Que grupos paramilitares, afines al gobierno, se financian con el delito. Y que las mafias de las drogas han encontrado en Venezuela su santuario y facilidades para desarrollar sus negocios. Hay que decir que las guerrillas, falsamente desmovilizadas, operan en Venezuela y controlan porciones del territorio. Y que muchos aseguran que Hezbollah actúa en el país (http://elestimulo.com/climax/ esta-hezbollah-en-venezuela/). Hay que decir que el país parece haber sido entregado a una confederación del mal, a pesar del ostentoso discurso nacionalista que practican los que están al frente del país.

Hay que decir que el régimen necesita una oposición dócil y asidua con su agenda política. Y que esas elecciones no son tales, sino una simulación fraudulenta que cuenta con la comparsa de Henri Falcón acompañado por buena parte de la izquierda exquisita, y el respaldo de los depredadores de la política, de aquellos que practican el mercenarismo partidista, o simplemente asumen la política como un buen negocio. Hay que decir que no existe unidad en el frente, que se perdió en la irrelevancia las esperanzas puestas en la Asamblea Nacional, que hay políticos que no quieren volver al país, pero no quieren reconocerlo, que otros se están yendo porque se sienten perseguidos, pero no lo aclaran a sus representados, y que cuatro partidos que viven de sus propias nostalgias tienen secuestrada la dirección estratégica para asegurarnos la bancarrota de la libertad.

Hay que decir que las mayorías estamos siendo víctimas de una minoría que fraterniza con el régimen. Y que el régimen es más que el gobierno, incluye esa oposición diletante y peripatética que no sabe cómo hacer, pero quiere seguir haciendo. Hay que decir que esto que vivimos es el comunismo. Que todas las experiencias de su tipo terminan en hambre, racionamiento, represión y muerte. Que esas cuatro maldiciones están concentradas en el carnet de la patria, y que las bolsas CLAP son el delivery de las tarjetas de racionamiento cubana.

Hay que decir que esto tiene que acabarse, pero solo concluirá cuando esto que estoy diciendo se transforme en una certeza universal. Porque, desde que lo estamos viviendo, que ya pasa de los veinte años, han sido muchas las ocasiones en que el olvido fácil ha jugado a favor de la tiranía. Por eso mismo debemos ser heraldos de la realidad, narrar nuestras vivencias y asumir con coraje que solo la verdad nos hará libres. Como bien dijo Samuel Taylor Coleridge en su Balada del viejo marinero, “desde entonces, en la hora incierta, regresa esa agonía: y hasta que se cuente mi espantosa historia, este corazón dentro de mí arde”. Y ojalá nos crean.

El régimen fallido

Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura

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Nada nuevo va a ocurrir el 22 de abril. Ese día se simulará una elección y se cometerá fraude nuevamente. La única diferencia es que esta vez todos lo sabemos, los que vivimos esta tragedia y la comunidad democrática internacional. Tampoco es cierto que ese día se va a instaurar definitivamente el comunismo. Lamentablemente ya vivimos ese proceso de devastación y prepotencia, y desgraciadamente experimentamos sus terribles efectos en la libertad y calidad de vida. El comunismo es planificación central y apropiación de la propiedad privada de los medios de producción. Es dirección coercitiva y expoliación de las libertades. Pero sobre todo es un sistema que reprime la verdad para que no sea evidente lo único que muestra la realidad: que el comunismo es un intento que siempre fracasa.

Algunos dudan sobre la cualidad comunista del régimen. Afiancemos nuestra convicción con lo que plantea Ayn Rand al respecto: ““No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio”. Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura. No nos comportemos entonces como los perdonavidas de la tiranía.

No hay comunismo que haya funcionado. El impedir la empresarialidad y el pretender que el sector público puede hacer mejor las cosas que los privados en régimen de competencia hunde a las utopías del igualitarismo en el estercolero de la bancarrota. El abatir el sistema de mercado y perseguir a los empresarios hasta arruinarlos siempre concluye en el tipo de catástrofe que experimentamos ahora los venezolanos. La huida hacia la nada que intentan todos los comunismos se llama “la solidaridad de los pueblos”, que no es otra cosa que el descuartizamiento de la soberanía nacional para entregarla a los intereses del comunismo internacional. Cuba es, en nuestro caso, el beneficiario de la estulticia de la izquierda venezolana. Y la obsesión de los comunistas locales complementa la desventura al construir amistades y relaciones orgánicas con todos los enemigos de la libertad. Es así como, siguiendo el guión castrista, Venezuela se ha convertido en el albergue de lo peor del mundo, hasta llegar a ser lo que somos hoy: un país sometido a la depredación de los que dicen ser sus aliados.

Los comunistas al final develan sus verdaderas intenciones, mantener el poder al precio que sea. Por eso se alían con las fuerzas armadas, a las que malogran y envilecen para hacer de ellas instrumentos serviles de un proyecto imposible de ser instrumentado. También por eso se fabrican una oposición a su medida, experta en perder oportunidades y en seguir a pie juntillas el libreto provisto por el régimen. Con el mismo objeto salen a reclutar pseudointelectuales que proclamen las maravillas del igualitarismo socialista y vean lo que ningún otro puede apreciar: los éxitos sociales, económicos y políticos logrados por el socialismo. Esta casta de prostitutas y meretrices del pensamiento, entre los cuales se encuentran los falsos encuestólogos, son esenciales para intentar versiones creíbles y amortiguadoras de la disonancia creciente con la realidad.

Pero la realidad es inexorable. Una hiperinflación que los más conservadores ubican a fin de año en cifras impensables, la desnutrición que asola a cerca del 90% de los niños venezolanos, la desbandada de la población que busca desesperadamente otros horizontes, el cierre masivo de empresas y comercios, la desaparición literal del efectivo, la depauperación de la moneda, la crisis inmanejable de los servicios públicos, las calles dejadas al arbitrio de la violencia, porciones crecientes del territorio nacional controladas por bandas, guerrillas, paramilitares y narcomafias, y una población que, en condiciones de depauperación, sufre amargamente la dependencia creciente de un estado irresponsable que los somete al chantaje del hambre a cambio de una completa y servil sumisión. En eso consiste el programa de bolsas CLAP y el carnét de la patria.

La economía está destrozada. Pero lo que más perturba es la obsesión totalitaria del comunismo. Su proyecto es de acumulación de poder. Y no para servir al ciudadano sino para aplastarlo. Necesitan control total porque la verdad es una denuncia feroz de su fracaso. Por eso imponen censura, persiguen la política y degradan su ejercicio a la complicidad y la connivencia. El silencio complaciente les sienta mejor que la denuncia valiente y causal de lo que efectivamente ocurre. Para mantener su poder en medio de la ruina que provocan, necesitan que todos los aspectos importantes de la vida de los ciudadanos dependan de ellos en condiciones de extrema necesidad. Un pasaporte, por ejemplo, o un dólar, el acceso a la comida, el sentirse seguros, el poder viajar, el recibir efectivo o tener la posibilidad de recibir una medicina, cualquier cosa está condicionada al reconocimiento del régimen y al sometimiento absoluto a su voluntad.

Este comunismo ha derivado en lo de siempre: un régimen fallido, incapaz de ser útil y eficaz, pero tratando de compensarse siendo cruel y desalmado. Las largas filas de venezolanos intentando salir del país de cualquier manera es la mejor demostración de lo revulsivo que termina siendo vivir la experiencia. Ayn Rand, que vivió en carne propia toda esta desolación, pero en su versión soviética, denunciaba con meridiana claridad que “cuando uno observa las pesadillas de desesperados esfuerzos hechos por miles de personas que luchan para huir de los países socializados…, de escapar a través de las alambradas, bajo el fuego de las ametralladoras, uno no puede seguir creyendo que el socialismo, en cualquiera de sus formas, esté motivado por la benevolencia y el deseo de alcanzar el bienestar humano”. El discurso del amor y paz socialista es pura paja. La realidad es tenebrosa: Ellos no tienen otro proyecto que el saqueo y la rapiña al precio de la violación sistemática de cualquiera de los derechos humanos, y con la crueldad, supuestamente aleccionadora, que los hace practicar la tortura y procesos sumarios en lugar de la justicia.

Por cierto, fue también Rand la que advirtió que practicar “piedad con el culpable es traicionar al inocente”. Hay que tener cuidado al tratar desde la perspectiva moral este proceso, sin hacer la debida reflexión. Es repugnante la impostura ética asumida como forma de aprovechamiento político. Mas asquerosa resulta la política de varios raseros al tratar los casos. Los que se rasgan las vestiduras por los propios y han guardado un escandaloso silencio por los ajenos. Los que presumen una superioridad moral porque supuestamente practican el perdón desde ya, un perdón incondicional, irreflexivo, inconsulto, y por esas razones, absolutamente denigrante de las víctimas.

Por eso, porque en cada esquina hay un bufón disfrazado de sacerdote, hay que hacer algunas aclaratorias y precisiones. Primero hay que aclarar que nada ha concluido. El comunismo ya lo estamos viviendo, pero no podemos decir que es un episodio consumado. ¿Es tiempo del perdón? No todavía. Es tiempo de desafío y de fortaleza, de decir la verdad y de separar la paja del trigo. De exigir responsabilidades y de determinar culpas, victimarios y víctimas. De pensar en qué tipo de justicia deberemos aplicar y con cuanta tolerancia. Y de determinar cual es el premio a los que deserten de la tiranía para contribuir a la causa de la libertad. El largo camino para el perdón comienza con el descubrimiento de la verdad, tiene que adoquinarse con el ideal de la justicia, la restitución que sea posible y necesaria, y la develación de las tramas de complicidades que apuntalaron al régimen y le dieron soporte. La verdad, la justicia y el perdón nos dará libertad. Pero debemos respetar la secuencia, so pena de pasar por ilusos y acompañar la complicidad.

No es poca cosa ser responsables de destruir un país, de entregar la soberanía, de aniquilar las instituciones, de envilecer la economía y de humillar a los venezolanos al acabar con su dignidad. Eso es precisamente el legado de todos los comunismos, también de este. Hacernos fallida la vida y malograda la esperanza. O por lo menos intentarlo al altísimo costo de los que han muerto, sufrido violencia, padecido soledad y experimentado el hambre. El comunismo es el infierno. A las puertas de cada experiencia debería advertir, con las palabras de Dante, “”Por mí se va a la ciudad doliente,

por mí se ingresa en el dolor eterno, por mí se va con la perdida gente”.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

Víctor Maldonado: La verdadera guerra económica

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Fran Tovar 24-02-2018 El pizarrón Opinión0 Comments

Todo socialismo tiene como objetivo subyacente el colocar a la sociedad en condiciones de servidumbre. Para lograrlo debe acabar con el sistema de mercado y transformar al estado en la única entidad con capacidad para distribuir y garantizar control social. Lo que logra es el sometimiento por esclavitud. Necesita exacerbar la dependencia de los individuos respecto de Leviathan, que a la vez no siente tener ninguna obligación recíproca con sus gobernados. El régimen requiere que cada uno se relacione con el gobierno en condiciones de extrema sobrevivencia. No acepta competencia. Le parecen repugnantes las comparaciones. Necesita demoler cualquier modelo de gerencia. Pretende que todos y cada uno desgranen las horas de todos sus días en colas implacables que al final solo son la reiteración de las cadenas a las que están atrapados todos los que viven bajo su dominación. Repudia el trabajo productivo, degradándolo hasta hacerlo víctima de los comisarios políticos que privilegian la ideología sobre cualquier criterio de productividad. Niega la verdad, porque es desoladora.

El socialismo del siglo XXI es un depredador de la propiedad privada y un obsesivo conformador de monopolios. Ellos son una hegemonía política que también son dueños de sectores productivos completos. Las empresas siderúrgicas están en sus manos, perfectamente quebradas y abatidas en su operatividad. Las empresas del aluminio están también en sus manos, y también demolidas en su capacidad para aportar bienestar y recursos a las finanzas públicas. Las empresas cementeras fueron nacionalizadas para transformarlas en la representación más perfecta de la incapacidad y el desinterés. El 69% de las centrales azucareras del país (11 de 16) son propiedad del gobierno y ya sabemos cómo ha caído la producción de azúcar y cuánto cuesta conseguir un kilo del producto. Por ejemplo, los cañicultores afirmaron en 2017 que la cosecha de caña de azúcar se había contraído en un 70% ese año, lo que solamente permitía atender al 21% de la demanda de azúcar del país. Así podríamos narrar hasta el infinito la tragedia de cada uno de los sectores agrícolas, agroindustriales, y en general todos aquellos sectores donde el régimen ha metido la mano. Lo mismo se podría contar del sector eléctrico, del servicio de agua potable, de la recolección de la basura, de las escuelas públicas, de los hospitales, de la prevención de epidemias y enfermedades, del suministro de medicinas. La lista es tan amplia como los tentáculos intervencionistas del régimen y su afán por destruir todo lo que le haga sombra. Y por supuesto, el logro más sorprendente: la quiebra de la empresa petrolera.

La verdadera guerra económica se ha fraguado contra el sistema de mercado, la libre competencia, el respeto por los derechos de propiedad y el ánimo inversionista. Los comandantes de esa guerra económica han sido los ideólogos y ejecutores del socialismo del siglo XXI. Las armas de exterminio han sido el intervencionismo a través de la ley de la superintendencia de precios justos, el régimen de control de cambios, la inflexibilidad de una ley laboral que ha generado desempleo y desinversión, la fijación unilateral de salario mínimo, la competencia desleal de empresas públicas, la inseguridad en las carreteras del país, la arbitrariedad y el decomiso ilegal que se practica en las alcabalas, la corrupción de puertos y aduanas, la destrucción de los servicios públicos, el abatimiento del bolívar, la indisciplina fiscal, la intervención cubana de notarías y registros públicos, la expoliación generalizada de los bienes, activos e inventarios privados, el bloqueo del mercado internacional, el colapso del transporte aéreo nacional e internacional, y ahora, como resultado de todo esto, la caída del consumo por el empobrecimiento atroz de los venezolanos.

Los costos de esta guerra contra la economía venezolana se cuentan por miles. Miles de industrias que han cerrado. Miles de comercios que han quebrado. Miles de empleos que han desaparecido. Y la permanencia de un gobierno obeso que tiene más de 2.7 millones de empleados públicos, que presionan el desorden fiscal y provocan ingobernabilidad e ineficacia. El país ha sido víctima del desfalco de sus activos sociales, del tiempo que se ha perdido en estos experimentos, del atraso progresivo en relación con el resto de los países del continente y de la pérdida de una generación que no ha visto otra cosa que este desmontaje atroz de las posibilidades del país. La guerra económica emprendida por el socialismo del siglo XXI es parte de la trama de destruccionismo que intentan todos los comunismos para transformar a los ciudadanos en esclavos. Esas colas que se aprecian en todo el país, la gente comiendo basura, la desbandada que se aprecia en las fronteras, la crisis humanitaria que todos aluden, son caras del mismo esfuerzo: el socialismo en acción, emprendiendo contra todo indicio de modernidad y libertad. ¿La ganará definitivamente el régimen?

El peligroso pacifismo, por Víctor Maldonado C.

Por Víctor Maldonado C.

Fecha: 19/02/2018

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8de mayo de 1940. Hitler estaba mostrando las garras y para todos era absolutamente incontrovertible que la guerra era inevitable. Mejor dicho, que todos, sin importar lo que pensaran, desearan o dijeran, se iban a ver envueltos en una conflagración mundial.  En sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill describió el portentoso enemigo que estaban enfrentando. “Los acontecimientos eran tan violentos y las condiciones tan caóticas” que solamente mediante una dirección firme y consistente podían enfrentar el desafío con algún chance. “La superioridad de los alemanes en cuanto a diseño, gestión y energía eran evidentes. Ejecutaban sin piedad un plan de acción minuciosamente elaborado. Comprendían a la perfección cómo había que usar la fuerza de las armas”. Tanto en Francia como en Gran Bretaña persistía la división. No estaba claro el propósito, y la cuña soviética había provocado una falsa distensión. Narra Churchill que “desde el momento en que Stalin llegó a un acuerdo con Hitler, los comunistas franceses siguieron el ejemplo de Moscú y proclamaron que la guerra era un delito imperialista y capitalista contra la democracia”. A partir de ese momento facciones interesadas se dedicaron a minar la moral del ejército y dificultar la producción en los talleres.

No era una situación sencilla. Pero de lo que estaba muy seguro Churchill era que no podía despacharse desde “el carácter sereno y sincero, aunque rutinario, de un gobierno “que no era capaz de despertar y movilizar ese esfuerzo intenso que se necesitaba para salir del letargo y la evasión. No se podía ganar una guerra sin hacer la guerra, sin estar preparados para dirigirla y sin estar socialmente organizados para afrontarla. Eso requería otro liderazgo, que no perdiera el tiempo, que no se desgastara en negociaciones inútiles, que no intentara una paz sin esfuerzo. Eso sólo iba a ocurrir a partir del trauma. El autor lo dice sin caer en la tentación de la complacencia. La determinación que se iba a lograr no fue el resultado de la reflexión sesuda, de la aproximación analítica. Nada de eso, fue el producto de haber sentido al enemigo respirar en la nuca del país. Fue haberse sentido indefensos, al alcance de una maquinaria bélica impresionante, totalmente diferente a lo que hasta ese momento había sido intentado. “Hicieron falta el golpe de la catástrofe y el acicate del peligro para despertar la fuerza latente de la nación británica. Estaba a punto de sonar el toque a rebato”.

Neville Chambeerlain había asumido el mando de Inglaterra el mayo de 1937. A juicio de Churchill era “un hombre despierto, eficiente, dogmático y seguro de si mismo. Se había formado una opinión definitiva sobre todas las figuras políticas de la época, y se sentía capaz de tratar con ellas. Tenía la esperanza de pasar a la historia como el gran pacificador, para lo cual estaba dispuesto a luchar constantemente, a pesar de los hechos”. Era probablemente un obcecado comprometido con una paz imposible, con una personalidad que le impedía apreciar los hechos tal y como eran. “Lamentablemente, se topó con mareas cuya fuerza no pudo resistir y se enfrentó a huracanes a los que no se resistió pero que no pudo manejar”. Su error fue una decisión que no quiso rectificar hasta que fue demasiado tarde: Él resolvió que podía cortejar a los dictadores. “Quería mantener buenas relaciones con los dos dictadores europeos y creía que el mejor método era la conciliación y tratar de evitar todo lo que pudiera resultarles ofensivo”. Fue algo más que un error de cálculo. De tanto huir de la posibilidad de una guerra, se la consiguió de frente, como un hecho ineluctable. Pero había perdido tiempo, se había negado a preparar al país para el esfuerzo que ella significaba, la había obviado no solo en el discurso, también la había evitado en las decisiones financieras y presupuestarias del gobierno.  Querían la paz porque no podían ir a la guerra. Y no podían ir a la guerra porque no se habían preparado para la guerra. Empero, la causa de la guerra estaba allí, acechando todos los días, imbatible en el plano de la realidad. A la disposición de todo el que quisiera apreciarla. Pero algunas realidades son invisibles a los ojos de los que no las quieren ver. Era el caso de Neville Chamberlain.

Chamberlain llegó incluso a firmar en Múnich un acuerdo anglo-germano que representaba el deseo supuesto de no volver a combatir entre ellos nunca más. Con ese papel firmado aterrizó en su país bañado en las sagradas aguas de la paz y confortado por el apoyo popular que se sentía salvado de una época de oprobio. Es una paz honrosa, una paz para nuestro tiempo, gritaba desde las ventanas de Downing Street. Todo ese entusiasmo se disolvió rápidamente. Hitler era una encarnación del mal que, por supuesto, no tenía ningún problema con la mentira. Al final, “una larga serie de errores de cálculo y de juicio con respecto a hombres y hechos en los que se basó” lo hicieron perder el gobierno y pasar a la historia como un insensato que pensó que Hitler podía detenerse en algún punto y pactar un nuevo statu quo.

Los países se cansan de las direcciones erráticas. Los errores de pagan con la salida del gobierno. No hay experiencia notable en la que una conducción errática sea reconocida con la ratificación del poder. Esas cosas no pasan. Y cuando pasan son para empeorar lo que ya está mal. Los venezolanos vivimos la misma atrocidad. Líderes que son reiterados en el error y que practican esa prepotencia de los que creen que no se equivocan. Son los que callan cuando hay que pronunciarse, y hablan cuando hay que guardar silencio. Son los que yerran a destajo, pero quieren seguir en la dirección política. Son los que intentan seguir intentándolo a pesar de la desdicha de la cual son accionistas, y que intentan una y otra vez esa amalgama de falsa unidad, que ahora quieren llamar frente, pero con los mismos, con las mismas dudas, las mismas indefiniciones, la misma tragedia de estar unidos caballerosamente en el más brutal desacuerdo, que a veces silencian, pero no por eso cesan en el desmadre que provocan. El profesor Tulio Álvarez, colocó en su cuenta de Twitter la siguiente reflexión: “Peor que una respuesta inapropiada es el silencio ante una crisis brutal que coloca en riesgo a la sociedad. Recuerdo un aforismo quiritario que transmito a mis alumnos de derecho romano: “Magna negligentia, dolo est”. Hay culpas tan graves que solo pueden ser intencionadas”. No puede ser que estemos sometidos a la dictadura de un grupo autoreferencial que se paga y se da el vuelto, cuando no es que lo pide prestado.

¿Con estos bueyes hay que arar? Eso ya no es posible defenderlo en el plano de la realidad. El país se va por el despeñadero y tenemos al frente al equipo completo de Neville Chamberlain cerrándolo el paso a cualquier opción. Por esa vía estamos condenados al abismo sin fin. Pero volvamos a las lecciones de la historia. La situación del primer ministro es insostenible. Sus afanes pacifistas son ahora un lastre del que no pueden desentenderse. David Lloyd George, líder de la oposición argumenta la inminente necesidad de cambio: “No se trata de quienes son los amigos del primer ministro, sino de una cuestión mucho más importante. Nos ha pedido un sacrificio y la nación está dispuesta a hacer cualquier sacrificio siempre que haya un líder, mientras el gobierno muestre con claridad cuales son sus objetivos, mientras que la nación confíe en que aquellos que la dirigen lo están haciendo lo mejor posible”. Con ese discurso cayó el gobierno.

El 13 de mayo de 1940 Churchill solicitó a la Cámara de los Comunes un voto de confianza. En esa ocasión pronunció el histórico discurso donde dijo que no tenía nada que ofrecer salvo sangre, sudor, lágrimas y fatiga. Conviene leerlo una y otra vez. Sobre todo, los que se agotan en pedir a las demás propuestas, y explicitación de lo que hay que hacer. Algunos colaboran con el régimen cuando cierran toda discusión con esa cantaleta, que pretenden un infranqueable obstáculo contra todos los que criticamos el actual curso de acción. Quieren detalles que nadie puede dar. Churchill tampoco dio demasiados detalles. Repasemos ese discurso. “Me preguntan ¿cuál es nuestra política? Y yo les digo: combatir por mar, por tierra, por aire, con toda nuestra voluntad y con toda la fuerza que nos dé Dios; combatir contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el catalogo lamentable y oscuro de crímenes humanos. Esa es nuestra política. Me preguntan: ¿Cuál es nuestro objetivo? Puedo responder con dos palabras: la victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror; la victoria por largo y difícil que sea el camino; porque sin victoria, no hay supervivencia”.

Llegado el momento, la realidad se impone. Se acabó el tiempo de la condescendencia, de la falta de propósito, de la improvisación y de la duda. Se acabó el tiempo de la indefinición y los fatales voluntaristas que creen posible la connivencia con el régimen. Se acabó el tiempo de los confundidos que pretenden participar en unas elecciones que no son elecciones. Se acabó el tiempo de los que hasta ahora han practicado el error, la condescendencia, el diálogo y la fatal permisividad. Son los tiempos para Churchill. Se agotó el tiempo del peligroso pacifismo.

@vjmc

La fatal ceguera

El régimen ignora olímpicamente las consecuencias funestas de su socialismo del siglo XXI

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La sensatez del país está secuestrada al alimón. Por una parte, el régimen ignora olímpicamente las consecuencias funestas de su socialismo del siglo XXI, y por la otra vemos atónitos cómo colabora una oposición dispuesta a perder el tiempo, las oportunidades, la iniciativa estratégica y el apoyo de la gente para ir tras una quimera, el arreglo pactado, pacífico e indoloro de todo este desastre. Con razón decía Saramago que estábamos hechos de una masa increíblemente funesta, mitad indiferencia, mitad ruindad.

El diálogo siempre fue una calle ciega. Las exigencias de repudiar las sanciones internacionales, reconocer a la espuria constituyente y participar de la comisión estalinista de la verdad eran, de suyo, intragables. Todo para tratar de pactar unas elecciones desbordadas institucionalmente por el fraude, el ventajismo y la violación descarada del secreto del voto. Les guste oírlo o les parezca grotesco reconocerlo, en aras de mantener supuestamente abiertas las puertas falsas de ese diálogo simulado, todo lo demás, la política de verdad se abandonó. Se practicó un oprobioso silencio y nuevamente se practicó el uso indebido de las expectativas de los ciudadanos. Nada ocurrió, ninguna condición se planteó como supuesto previo a sentarse a negociar. La célebre carta de condiciones presentada en su momento por el Cardenal Parolin fue tirada al olvido. Prefirieron comenzar de cero, sin considerar que la gente, mientras tanto, iba muriendo de muchas maneras.  Ni el canal humanitario, ni el necesario auxilio a los que agonizaban por mengua, ni una posición firme en relación con todos los presos políticos. Todo pasó a ser subalterno y subsidiario de un cuidado escrupuloso para que no se disgustara la contraparte. Nada de eso fue suficiente, pero hay que decirlo, mientras ellos se dedicaban a un “correctismo político”, sin dudas sublime pero también contraintuitivo, la gente sufrió los efectos sociales demoledores de una política irresponsable que tampoco recibió contradicción. ¿Tuvo alguna vez sentido toda esa inversión? Los resultados a la vista dicen que no.

Se perdió el tiempo de la gente. Se perdió el ritmo de la política. Y se perdió la iniciativa. Esos son los costos más notables; por eso mismo no es posible que se deba premiar y reconocer a los que decidieron ese curso de acción. La ceguera también es lo suficientemente aguda como para no apreciar debidamente la tesitura de la unidad. La unidad de propósitos no existe. Se mantiene, a lo sumo, una confluencia por conveniencias, llena de episodios arteros, de vetos caprichosos, miedos infantiles, narrativas fantásticas, cláusulas condicionales aplicadas a la realidad y un unanimismo que solo sirve para encubrir los errores. Pero todo esto es más propio de la picaresca que del discurso grandilocuente que a veces son capaces de intentar. Lo cierto es que entre una cosa y otra perdimos el segundo semestre del 2017 y el primero del 2018.

No hay ruta electoral. No hay espacios para intentar un diálogo con esas condiciones. La comunidad internacional sigue expectante. Y nosotros deberíamos comenzar a reconocer que este monstruo totalitario secuestró al país y esta dispuesto a devorárselo. ¿Qué es lo que viene ahora? Debería venir una revisión del liderazgo, de su discurso complaciente, de la ficción unitaria, de los vacíos estratégicos y de la falta de iniciativa. Deberíamos deslindarnos de los colaboracionistas más audaces, y convocar al país a una nueva época de lucha, donde lo único seguro son la sangre, el sudor y las lágrimas que tendremos que derramar para intentar la libertad que ahora mismo no tenemos. Y como decía Saramago, pedirle a Dios no caer en la ceguera que significa vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza.

Estos tiempos de desconcierto

Enero 15, 2018

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Victor Maldonado

Víctor Maldonado C.- La hiperinflación es una vivencia extrema. El experimentar que no hay salario que tenga sentido porque la moneda simplemente colapsó, y porque todos los venezolanos estamos obligados a vivir el triple encierro de un control de divisas ridículo, de la escasez respecto de la cual el régimen construye leyendas y no soluciones, y del saqueo de la productividad nacional instrumentado desde el guión del intervencionismo socialista, son parte de una sensación ingrata que muchos no logran soportar, en parte porque les provoca pánico, y en parte porque no la comprenden en términos causales.

No se pueden explicar el hambre y los extraños laberintos de la sobrevivencia personal. No se pueden explicar el miedo y la sensación de una vigilancia panóptica organizada desde la coalición integrada por el crimen y la policía política. No se pueden explicar la fragilidad ante la ocurrencia de cualquier enfermedad, y el desvalimiento que se siente al constatar que los ingresos no se corresponden con la magnitud de las obligaciones cotidianas, la comida, la escuela, la ropa, el jabón y artículos del aseo personal. No logran salir del aturdimiento y de la humillación de sentirse irreversiblemente pobres, pero, sobre todo no pueden organizar una estrategia que los saque de la conmoción sin pagar los altos costos que suponen, por ejemplo, el intentar comenzar de cero en otras latitudes.

Comencemos por lo más sencillo. Todo esto ocurre porque el socialismo del siglo XXI tiene estos resultados y no puede obtener otros. Cuando la planificación central interviene el libre mercado, comienza una espiral de fracasos que se intentan resolver con más intervenciones, con más estatismo, con la excusa de chivos expiatorios crecientemente rocambolescos, hasta que al final se vive una maraña de malas decisiones que quiebran la economía y exigen la aplicación creciente de represión, corruptelas y mentiras. En el fondo, la gran ambición de los socialistas es quedarse en el poder y con el poder en términos absolutos. Por eso, cualquier promesa de redención encalla en los malos manejos que intentan para eliminar cualquier competencia factible y cualquier signo de rebelión en la calle.

Una vez que sabemos la verdad, procede organizar nuestras vidas. Experimentamos la ausencia de un cierto orden que debería estar presente. En eso consiste el caos. En el afrontamiento de una nueva configuración de la realidad, que nos saca de nuestra área de confort, que nos exige tomar decisiones indeseables y que nos obliga a reformular planes, tareas y metas. Parte del problema es la desazón porque el reaprendizaje y la conmoción por el tiempo supuestamente perdido. No hay capacidad para hacer un cálculo racional del presente y del futuro cercano. Y solo contamos con nuestras reservas morales y de carácter para afrontarlo con éxito. Este esfuerzo requiere mucha serenidad.

La serenidad se asienta en cinco virtudes o competencias. A esas cinco virtudes yo las llamo el quinteto de la serenidad. La primera de ellas es la fortaleza. La Fortaleza es una virtud que robustece la mente para hacer el bien, para tolerar lo adverso y para vencer los vicios y todas las cosas nocivas. Es la diferencia entre hacer lo apropiado o cometer un error. No es la parálisis o la evasión sino la competencia personal que permite remover del camino de la vida todo lo que sea impedimento u obstáculo. No es evadir o evitar sino asumir con plena conciencia la realidad, y sin embargo no dejar de obrar, actuar y hacer.

La segunda es la sabiduría. La prudencia es una virtud esencial la vida. El buen carácter, el talante para dirigir a otros, o estar entre la gente, haciendo equipo, proporcionando soluciones, tiene como objetivo y premisa la capacidad para ver lo que es una buena solución para la circunstancia que se está viviendo y el problema que se está afrontando. La prudencia es equivalente a la sabiduría y es la base de sustentación de cualquier decisión moral. No es cuestión de lógica, tampoco de estética, sino la apropiada relación entre los medios que utilizamos para lograr los fines que deseamos. Esta virtud tiene varias expresiones. Se refleja en el discurso que soporta las decisiones tomadas y en la mesura con la que se transmiten las ideas. Se manifiesta también en la explicación de los riesgos que deben asumirse para cada caso y en el valor de los resultados.

La tercera es el sentido de realidad. Vamos a entenderla como la mezcla apropiada de carácter y conocimiento que nos evita caer en la trampa de los prejuicios o del pensamiento mágico, o peor aún, en el tenebroso terreno de los miedos o de las falsas ilusiones. La realidad es como es, y se vive sin clausulas condicionales.  Algunas interrogantes pueden ayudar a la sensatez.  ¿Te conformas con una sola explicación a la hora de definir los problemas?  ¿Te conformas con la primera “solución” que le encuentras a los problemas?  ¿Te parece importante asignarle tiempo a la deliberación sobre los problemas y sus soluciones? ¿Tratas de establecer los vínculos entre las implicaciones y los efectos de las conductas, y el impacto que estas tienen en las soluciones y las líneas de acción que decides? ¿Te anticipas a las preocupaciones del resto del equipo? ¿Eres capaz de cambiar tu concepción de los problemas cuando tienes a disposición información actualizada? ¿Te parece importante saber por qué ocurrió, cómo ocurrió y cuáles van a ser los desencadenantes? ¿Eres capaz de concentrarte en el foco del problema y diferenciar entre lo importante y lo accesorio? Al respecto  Emily Brontë dijo una frase genial: Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo.

La cuarta es tener una vida con propósito. Viktor Frankl reflexionó mucho al respecto. Recuerden que él tuvo que sufrir la terrible experiencia de sobrevivir a un campo de concentración. “¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella— en último término no merece ser vivida”. Lo que se le pide al hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la sensatez incondicional de esa vida. El desconcierto solamente puede ser llevadero si la vida tiene un compromiso trascendente.

La quinta es la espiritualidad. Hay tres razones. Porque mejora el bienestar social y la calidad de vida. La segunda, porque provee un sentido de propósito trascendente y le da significado a cada episodio vivencial. Y finalmente, porque la espiritualidad facilita un mejor sentido de interconexión y comunidad. Pero cualquiera que sea la intención con la que se asume la necesidad de abrirle espacios la espiritualidad, se debe entender como la facilitación o la promoción de “un proceso especialmente destinado a encontrarle una comprensión sostenible, integral y profunda de la propia existencia, y la relación que ella pueda tener con lo sagrado y lo trascendente.

Volvamos al principio. 2018 será un año especialmente difícil, pero todo pasa, también las partes malas de la vida. Los mejores encaran las dificultades con una sonrisa y con una oración. Aprendamos el texto del Salmo 44 y en los momentos más difíciles invoquemos la ayuda de Dios y el don de su compañía. ¿Por qué duermes, Señor? ¡Despierta! ¡No nos rechaces para siempre! ¿Por qué te escondes? ¿Por qué te olvidas de nosotros, que sufrimos tanto? Estamos rendidos y humillados, arrastrando nuestros cuerpos por el suelo. ¡Levántate, ven a ayudarnos y sálvanos por tu gran amor!

@vjmc