Tres hipótesis sobre este socialismo

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OPINIÓN

En el socialismo del siglo XXI “necesitan destruir para intentar imperar”

Tres hipótesis sobre este socialismo

 

Hace unos años me pregunté sobre lo que hay detrás de toda esta parafernalia del socialismo del siglo XXI. Y no es una pregunta banal sino esencial para poder desentramar sus consecuencias más nefastas, porque supone un esfuerzo de comprensión que muchas veces desechamos para asumir en su lugar los prejuicios que todos disfrutamos cuando nos referimos al régimen. Esto que estamos viviendo no es el producto del caos, aunque sus principales resultados sean el desorden y la devastación. No nos equivoquemos, el destruccionismo socialista es el objetivo. Necesitan destruir para intentar imperar. No es que no saben lo que hacen. Ellos pretenden tener un plan que pasa por arrasar todo lo que hay para edificar sobre las ruinas esa patria nueva que ofrecen decenas de veces al día.  Fue Max Weber el primer sociólogo que sistematizó el reto que nosotros tenemos ahora por delante. Para el sabio alemán no había atajos a la necesidad de intentar comprender el sentido y el significado de la acción social, y el compromiso para alejar el análisis serio de los propios juicios de valor, sean estos optimistas o pesimistas, comprometidos o antagónicos a lo que se está observando. Sólo así se pueden construir hipótesis plausibles y manejables.

Volvamos a nuestro problema transformado en hipótesis trabajables. La primera hipótesis es que debe haber un ensamble razonable y racional entre los medios que se usan y los fines que se persiguen, aun cuando podamos también creer que las metas de este gobierno son una locura de destrucción e iniquidad. Este socialismo del siglo XXI tiene metas y ha definido una constelación de fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, sobre las cuales trabaja con una dedicación envidiable. Que nosotros no sepamos cual es su encuadre estratégico, o peor aún, no queramos reconocer que nosotros estamos ubicados en el cuadrante de aquellos factores que hay que suprimir o eliminar es otra cosa muy diferente a creer que detrás de esa conducta no hay un conjunto persistente de intenciones que ellos quieren transformar en realidades.

La segunda hipótesis es que la principal palanca de apoyo de esa conducta racional es la ideología, entendida como una versión “interesada” de la realidad que en el caso del socialismo del siglo XXI es una doctrina política compleja que intenta ser consistente, que se usa como medio de represión social, que intenta dar respuesta a las incoherencias que presenta la realidad y que como todo “ismo” está organizada para satisfacción de sus adherentes, que a partir de esa ideología pueden explicar cualquier hecho deduciéndolo de una única premisa: la necesidad urgente de superar lo que ellos entienden que ha sido la explotación del venezolano por un tramado de injusticias que ellos identificaron y que son capaces de resolver. Esta revolución tiene una connotación ideológica fundamentalista, del mismo tenor de todos los fascismos y socialismos reales. Ambos “ismos” desarrollado un plano de justificaciones que les ha permitido eliminar con sistematicidad organizacional a aquellos que han identificado como sus enemigos. Si esta hipótesis se comprueba nos obligaría a revisar con mucho detenimiento si vale la pena desmontar consignas para sustituirlas por otras.

La tercera hipótesis es que todos los regímenes ideológicos sufren la corrosión producida por la confrontación constante con la realidad. Ninguna ideología sobrevive demasiado tiempo a la disonancia entre lo que promete y lo que produce. Y en este caso, corresponde poner el énfasis en las diferencias entre lo que se dice y lo que efectivamente se hace. Prometen igualdad y generan más inequidad. Prometen liberación y organizan el sometimiento. Prometen prosperidad y han ocasionado un desastre económico. Prometen decencia y se han convertido en un aquelarre de corrupción como nunca antes se había experimentado en el país. Esa es la trama de debilidades y donde se puede golpear con fuerza la entereza de esta revolución. Sin embargo, esta evidencia requiere una constante confrontación cuyos requisitos todos conocemos.

Si de lo que se trata es dar la batalla en los flancos débiles, entonces hay que mantener la disciplina estratégica y el foco en la realidad. Eso significa sobre todo no comprar ni convalidar la agenda del régimen. El poder conjurar la vigencia del socialismo del siglo XXI no es un trabajo que se pueda realizar exitosamente al margen de un preciso conocimiento de las causas, consecuencias, principios y precedentes que están planteados luego de veinte años de infamia programada. Tampoco se puede encarar desde los eufemismos y las correcciones que se imponen desde una lógica del “sálvese quien pueda”. Si se entiende bien la trama, se podrá identificar con facilidad las decisiones y sus efectos contraintuitivos. La ideología marxista no da para otra cosa que la debacle que siempre provoca. Pero su combate no es ni para improvisados ni para pusilánimes. Max Weber sentenciaba que a una organización sólo la puede vencer otra organización. Y tenía razón. Desde el diletantismo nada de lo que hagamos puede ser lo suficientemente fructuoso como para deponer al socialismo del siglo XXI.  Eso sería como intentar domesticar a un animal salvaje. Tarde o temprano su verdadero temperamento se volverá contra sus domadores. No hay forma de convivencia con una propuesta cuya ideología sólo tiene sentido porque todos sus adversarios son aniquilados, reprimidos, apresados u obligados a la desbandada. En ese tipo de reflexiones no hay que perder el tiempo, ni los recursos. O ellos, o nosotros.

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Víctor Maldonado: ¿Cómo te sientes hoy?

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Inicio > El pizarrón de Fran > El pizarrón Opinión > Víctor Maldonado: ¿Cómo te sientes hoy?

18 de junio de 1940. Francia había sucumbido. De Gaulle se dirige a sus conciudadanos desde la BBC de Londres. Cuenta Churchill que el 15 de mayo, un mes antes, Paul Reynaud, presidente del Consejo y Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, lo había despertado a las siete y media de la mañana para anunciarle que habían sido derrotados. “Nos han vencido; hemos perdido la batalla. Los alemanes han roto el frente, cerca de Sedan, y están entrando en grandes cantidades con carros de combate y vehículos blindados. El ejército francés que tenían delante ha sido destruido o se dispersó. Detrás de las unidades blindadas invasoras vienen ocho o diez divisiones motorizadas para asegurar el territorio conquistado. Se mueven a toda velocidad, y en cuestión de días estarán entrando en París.  Para colmo de males, no hay reserva estratégica con la que se pueda compensar el descalabro ocurrido”.

Churchill no lo podía creer. Confusión, parálisis e incertidumbre se transformaron en una pésima versión de la realidad que estaban viviendo, en una disminución alarmante de la capacidad para valorar las opciones que tenían en la mano, y al final, en un aliciente para darse por vencidos demasiado temprano. No era poca cosa lo que estaba ocurriendo. Buena parte del cuerpo expedicionario británico estaba comprometido. Y debían calibrar muy bien hasta cuando seguir y en qué momento retroceder. Dunkerque terminó siendo la única alternativa posible.

Un mes después, el once de junio, Churchill volvió a Francia. Ya el gobierno no estaba en París. El cuartel general se había replegado cerca de Briare. El ambiente era lacónico. La reunión estaba presidida por los peores pronósticos. El general Weygand adelantó que podría ser que los franceses pidieran un armisticio. Toda la noche esa fue la carta que no quisieron enseñar claramente. Esa era la opción de Pétain. Cualquier aporte era banal. Se habían entregado y solo faltaba el que lo reconocieran y lo anunciaran. El primer ministro británico, al percatarse de la verdadera situación dijo: “Si a Francia, en su desesperación, le parece mejor que su ejército capitule no duden ustedes por nosotros porque, independientemente de lo que hagan ustedes, nosotros seguiremos luchando siempre, siempre”. Pétain, pensó Churchill, es peligroso en esta coyuntura; siempre ha sido un derrotista”. Y los derrotistas se rinden demasiado temprano. Estaba claro que Francia estaba al límite de la resistencia. A partir de ese momento debía continuar la lucha por otros medios. Incluso era posible que hubiera dos gobiernos franceses, uno que hiciera la paz y otro que organizara la resistencia.

¿Perderían la guerra? Esa era una posibilidad que no se podía obviar. Pero había que hacer todo lo posible para que no ocurriese. El 28 de mayo de 1940 Churchill emitió la siguiente orden general: “En estos días sombríos, el primer ministro agradecería a sus colegas en el gobierno, que mantuvieran elevada la moral en sus círculos y que, sin minimizar la gravedad de los acontecimientos, mostraran confianza en nuestra capacidad y en nuestra decisión inflexible de continuar la guerra hasta acabar con la voluntad del enemigo de someter a toda Europa a su dominio. No debería tolerarse la idea de que Francia consiga una paz independiente. Pero sea lo que fuere que ocurra en los demás países de Europa, no podemos dudar de nuestra obligación, y sin duda usaremos todos los medios a nuestro alcance para defender la isla, el imperio y nuestra causa”.

En la guerra: determinación. Esa es parte esencial de la moraleja de las memorias de Winston Churchill. Hubo otro que nunca cedió. Charles De Gaulle no era un personaje principal. Joven y enérgico, había sido subsecretario de Estado en el Ministerio Defensa del gobierno de Paul Reynaud, pero una vez perdida la batalla de Francia pretendía ser el líder de su país en el exilio.

Su pretensión era poco más que una entelequia. La situación era mucho más terrible. El país, bajo la conducción de Pétain, había decidido plegarse mansamente. La resistencia era solo una proclama y una exigencia incómoda. Churchill siempre lo tuvo como un personaje incómodo al que con toleraba con mucha dificultad. Tardaría años en consolidar su proyecto de resistencia, pero sin duda, no dejó pasar un día para asumir la representación legítima de la Francia libre e insistir que su condición fuera reconocida por los aliados.

Y así llegamos al punto de partida de su épica. El 18 de junio de 1940 lanza su proclama. Comienza reconociendo que la superioridad bélica alemana los había sorprendido. Y que el ejército francés había capitulado. Pero, y aquí viene el desafío, “¿se ha dicho la última palabra? ¿Debe perderse la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No! Creedme a mí que os hablo con conocimiento de causa y os digo que nada está perdido para Francia. Los mismos medios que nos han vencido pueden traer un día la victoria. ¡Porque Francia no está sola!”.

Dicho esto, termina con una invitación a la acción, asumida en primera persona. “Yo, general De Gaulle, actualmente en Londres, invito a los oficiales y soldados franceses que se encuentren o pasen a encontrase en territorio británico, con sus armas o sin ellas, invito a los ingenieros y a los obreros especialistas de las industrias de armamento que se encuentren o pasen a encontrarse en territorio británico, a poner se en contacto conmigo. Ocurra lo que ocurra la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará”.

La entelequia terminó siendo la única alternativa de sobrevivencia y la estaca de la dignidad nacional. Al principio fue visto con escepticismo. Luego como una molestia constante. Y al final como un aliado innegable.

Escribo esto con vistas al 21 de mayo y los días subsiguientes. Podría ser que te sientas perdido en la desilusión de asumir seis años más de tiranía. Podría ser que no estés dispuesto a escuchar a los que te convocan a la lucha. Podría ser que te sientas derrotado y quieras capitular. Si ese es tu caso, recuerda la determinación, el coraje y la capacidad de soñar de Churchill y De Gaulle. Cada uno con su estilo y sus intereses. Pero ambos inexpugnables en la esperanza que los llevó a la acción. Ni se rindieron, ni dejaron de convocar a sus conciudadanos a la lucha. Lo lógico es que reconozcamos las mismas virtudes en aquellos líderes venezolanos que convocan a la lucha con la misma convicción y pureza de finalidades.

La invitación de Charles De Gaulle fue emocionante. Se encontraba solo, él y su sueño. Lo estaba en un país extranjero, también en guerra. Los más prestigiosos militares de su país se habían abrazado al invasor. No tenía nada más que una promesa. Pero nada de eso lo amilanó, porque tenía una pregunta cuya raíz era moral: ¿Y si las fuerzas de la libertad triunfasen a la postre sobre las de la servidumbre, ¿cuál sería el destino de una Francia que se hubiese sometido al enemigo? Y con esa interrogante como herramienta de convencimiento convocó a todos sus conciudadanos, a cada uno, para que se sumaran y comenzaran a trabajar en conjunto, desde la particular condición y talento que tuvieran. El general francés invocó tres razones para la lucha: el honor, el sentido común y el interés de la Patria. Por ellas exigió a todos los franceses libres que prosiguieran el combate, allí donde se encontrasen, y en la medida de sus posibilidades. Al fin y al cabo, para él “el fin de la esperanza era el comienzo de la muerte”. Que nosotros no perdamos la esperanza.

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El regalo de Maradona

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OPINIÓN

No cabe duda de que lo que vivimos en Venezuela es un conflicto con lógica y propósito de exterminio

El regalo de Maradona

 

 La primera víctima de todas las guerras es la verdad. Y no cabe duda de que lo que vivimos en Venezuela es un conflicto con lógica y propósito de exterminio. Se nos ha tratado como enemigos de la patria por aquellos que estando en el poder confunden su propia condición con la esencia de la república. Pero de eso se trata el proceso de simplificación extrema de la realidad y el intento de implantar en la narrativa la presencia de un enemigo único a quien conferirle todas las culpas de todos los males. Ellos, que son la izquierda, y presumen precisamente de ser los turiferarios del marxismo, acusan al resto del país, la mayoría, de ser eso que ellos llaman “la derecha”. Y como tales, traidores contumaces contra los supremos intereses de un país de fantasía que ellos se inventaron a conveniencia. Ese país, vacío de realidad, pero lleno de corrupción y saqueadores voraces, pretende someter al país real, pero invocando la complacencia de sus ciudadanos. Empero, no hay violencia que no sea un astringente de la legitimidad. El “a juro” no se lleva bien con la seducción. Ellos lo saben. Ellos comprenden que es una mezcla imposible. Pero al finan a los comunistas eso no les importa. Ellos se conforman con la propaganda y lo que allí alucinan.

 

Todos somos víctimas y rehenes. Lo son los políticos que no se prestan a las transacciones indebidas. También los empleados públicos que no agachan la cabeza. Los militares que no ejercen una lealtad perruna. Los jóvenes que se resisten a pensar monocromáticamente. Los empresarios que no consienten el enchufe. Las mujeres que no se quieren prostituir. Los hombres que no se dejan seducir por la adulancia. Los niños que hacen preguntas incómodas. Los ancianos que se rebelan a una cola infame. Los medios de comunicación que no se callan. Las organizaciones gremiales que no dejan de exigir y de denunciar sin ambages. Todos, a pesar de la diversidad, somos esa suma individualizada que ellos despachan con la categoría de “escuálidos” y que les estorba intensamente. A ellos el país les parece un obstáculo.

 

Ellos no son culpables de nada. Ni siquiera de sus propios errores. La “guerra económica”, la “conspiración imperial”, los “vasallos del imperio”, los “hijos de Trump”, los “ladrones de cables y equipos eléctricos”, los “saboteadores de los servicios públicos”, “el niño o la niña”, la mala voluntad de los que quieren la infelicidad de los pueblos, los borbones, las apetencias coloniales de España, los bachaqueros, los contrabandistas, los golpistas, los traficantes de billetes, cualquier otro fenómeno o conjura, menos ellos. Ellos que tienen todo el poder, que han concentrado todos los recursos, que exhiben ese poderío armamentista y que ya no ocultan los signos exteriores de riqueza, nunca tienen la culpa de nada. Pero la realidad es otra. Ellos usan la propaganda para tratar de evadir, distraer y perturbar la capacidad de juicio de la gente. Pero la gente sabe intuitivamente que hay una relación entre poder, disposición de recursos y resultados.

 

Pero ellos exageran y agravan. Además, son expertos en las falacias conspirativas. Un precio mal marcado lo muestran como axioma de la guerra económica. Un almacén con inventarios para una semana lo transforman en la demostración palpable de una conspiración de especuladores. Ellos viven de la dramatización peripatética, de extremar cualquier ocurrencia, casual o no. Si se suspende el servicio eléctrico o hay un atasco en los sistemas, o por casualidad ocurre la escasez de alguna materia prima o insumo, de inmediato la transforman en la evidencia palpable de su discurso persecutorio. Ellos, siendo victimarios quieren mostrarse como víctimas. La tragedia es que ahora son muy pocos los que creen en esas patrañas. Se han transformado en un pasquín barato que nadie quiere leer.

 

Pero son los reyes de la vulgar banalización. Han popularizado el desparpajo. Se solazan en la igualación ramplona que los transforma a todos en compinches del mal gusto. Todo lo reducen a la más pueril simplificación. Como ocurre con los guiones de las malas telenovelas. Como si se trataran de zombis lingüísticos, apostando a la escasa capacidad receptiva de las masas y a su limitada comprensión. El uso de la neolengua hace estragos en las opciones de discernimiento.  Pero en el fondo es la instrumentación de un gran desprecio. Ellos creen que el pueblo es ignorante, bruto e ingenuo. Apuestan a que no sacan las cuentas, y a que no perfeccionan sus convicciones a través de la experiencia. En eso se equivocan tajantemente. Vivir tan de cerca y tan intensamente una tiranía deja secuelas dolorosas, pero sobre todo obliga a un aprendizaje sobre la verdad y la mentira, sobre lo que conviene y lo que nunca más se debe aceptar. Más allá del bailoteo del oprobio, más allá del estribillo reiterado, más allá del verso obligado que rima a Maduro con duro, seguro, apuro y quien sabe cual otra palabra, los significantes son pobres insinuaciones del vacío y exigencia forzada y entregarnos a la más atrevida improvisación. Los providencialismos impotentes no son atractivos, por eso ellos ya no encajan en ninguno de los rangos del carisma populista. No tienen nada que decir u ofrecer. Ni distraen ni alimentan. Son aburridos tanto como incapaces de proveer.

 

Porque la verdad ya luce inocultable. Lo cierto es el descrédito internacional y la quiebra de las empresas públicas, incluido el negocio petrolero. La verdad que trasluce es el colapso del país y la imposibilidad reiterada de cambiar el curso que nos lleva hacia el desastre si antes no cambiamos al régimen. La realidad que se escapa de la represión de las cadenas y de las propagandas nos relatan un país victimizado, lleno de presos políticos, hastiado de las muertes sin sentido y de las partidas hacia ningún destino. La verdad es que no hay comida en las casas ni forma de comprarla, sin importar demasiado en quién crean los comensales. Chavistas u opositores, civiles o militares, funcionarios o empleados privados, trabajadores o empresarios, pobres o clases medias, todos, absolutamente todos están pasando la dentera mientras ellos, unos pocos, desahuciados de sensatez todavía se exhiben con toda esa flagrancia mientras juran que no son culpables de nada. El reloj que Maradona le regaló a Nicolás en ocasión del cierre de la parodia de mayo es todo un signo: la vileza concentrada y exhibida a una congregación de menesterosos obligados a escuchar las mentiras de siempre pero ahora con una suspicacia infranqueable. ¿Cuánta hambre había acumulada en esa avenida que lucía más que vacía? ¿Cuánta desfachatez se mostraba desde la tarima? La hora de la verdad ha llegado, y llegó con una carga de frustración que costará manejar a los que hasta ahora han trajinado toda esta tramoya. Con mentiras no se llena el estómago. Y sin el estómago saciado, no hay mentira que caiga bien. La verdad es en ese sentido tan esplendorosa como amenazante. Y ellos la presienten como una lanza encajada en sus entrañas.

Venezuela: la clausura de un país

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Los venezolanos somos víctimas ancestrales del falso cuento de El Dorado, que nos ha convertido en buscadores ansiosos y siempre frustrados de falsas rutas y malas soluciones

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Todo comenzó con el hechizo de una desgraciada imagen. (YouTube)

Esta revolución es inédita. Isaiah Berlin, en su ensayo sobre “El sentido de la realidad” señaló que la única forma de aproximarnos a la tragedia de una revolución era destacando lo que le era particular, único, peculiar y propio de una línea de sucesos y decisiones que siempre terminaban en el desencanto, de tal manera que cualquiera pudiese ser capaz de comprender, por ejemplo, cómo ocurrió en el siglo XXI venezolano un despropósito tan contumaz y tan dañino a sus ciudadanos.

Se trata -continuó argumentando el autor- de una intuición para advertir lo que es singular e irrepetible, la particular concatenación de circunstancias, las singulares combinaciones de atributos que terminan en una realidad atroz. ¿Cómo puede comenzar una tiranía tan perversa desde los espacios reservados a la democracia? ¿Cómo puede instaurarse el comunismo por medios pacíficos? ¿Por qué les dimos la oportunidad?

Todo comenzó con el hechizo de una desgraciada imagen

Un “por ahora” tramado desde la traición de un cuerpo de militares cuya única aspiración era dar un golpe de estado para volver a lo de siempre, una sucesión de hechos de fuerza por el que unos grupos relevaban a otros. Pero esa es una sola cara de la moneda.

La otra es más siniestra. Una población que se solaza una y otra vez en el hombre fuerte, que exige cada cierto tiempo un “mandamás” que haga “justicia”, una cachucha que les quite a los que tienen y les de a ellos una tajada de la renta.  La moneda en ambas caras expresa una carencia ancestral de cultura cívica y compromiso republicano. Por estas calles venezolanas la ley no es el imperio del cual todos somos súbditos.

Las cosas funcionan de otra manera, particularmente, dependiendo del quién y del cómo. La arbitrariedad es el signo determinante de este orden social imperfecto que tiene como requisito al caudillo populista. “Que me pongan donde hayga” es el grito de guerra que precede al saqueo.

El descontento perenne

Expresado en los discursos de la insatisfacción y el resentimiento fue azuzado constantemente por una intelectualidad podrida de socialismo. La hipercrítica siempre se acompañó de las falsas soluciones estatistas y de los “mitos conspiparanoicos” del marxismo. Más que solución, los exquisitos pensadores debían tener un culpable, porque ellos se vendían a si mismos como lo que se debía hacer y los que deberían conducir.

Los venezolanos somos víctimas ancestrales del falso cuento de El Dorado, que nos ha convertido en buscadores ansiosos y siempre frustrados de falsas rutas y malas soluciones. El argumento tramposo de ser un país rico tenía como consecuencia funesta el preguntar quién se había robado la parte correspondiente al pueblo. Sobraban los dedos acusadores que se cebaban en las ganas colectivas de contar con un culpable.

Exacerbada la masa llegaba la hora del redentor, que debía recomponer los entuertos y reestablecer un orden peculiar: nada más y nada menos que cielo y tierra nueva, donde todo podía ser debidamente planeado para lograr la máxima felicidad posible.

No nos llámenos a engaños

Nunca se trató de acometer el trabajo productivo como fuente de riqueza, sino aplaudir y respaldar el saqueo ordenado desde el gobierno y vivir la cómoda plenitud del que se siente con derecho a recibir su parte, sin preguntar si cuesta algo, quién lo paga y de qué manera. Todo líder mesiánico merece su montonera de secuaces.

En el caso venezolano se trataba de llegar al palacio de gobierno, cenit de todo el poder. El patrimonialismo estatal lubricaba cualquier despertar incómodo. Allí estaba el petróleo para amortiguar cualquier golpe de realidad. Controlar al país era tan sencillo como controlar la factura petrolera. Eso solo podía hacerse desde Miraflores.

Esta izquierda irreflexiva y carente de escrúpulos no dudó ni un segundo en apropiarse de un muñecón militar

El éxito perfecto era tener de ariete al uniformado de marras, con ese discurso tan vacuo, lleno de citas infelices y alusiones espurias a los héroes. Prometer un paraíso imposible requiere de un discurso lleno de anacronismos.

Ellos lo sabían. Por años se intentó sacralizar como epopeya los esfuerzos independentistas, haciendo que cada generación se sintiera desvalida de heroísmo y huérfana de metas trascendentales. Nos convertimos en un pueblo errante en el desierto infinito de sus frustraciones, gritando maná y mirando al horizonte pretendiendo el regreso a un pasado imposible porque nunca fue tal y como lo contaron.

Estábamos condenados al infierno de querer revivir nuestros mitos. Lo cierto es que, con precisión de relojero, llegó el momento donde todo era propicio: una crisis, un militar golpista, una clase política desacreditada, una clase media amargada e inmadura, unas élites erráticas, un empresariado voraz en sus expectativas proteccionistas, y una intelectualidad que, sin más, se degradó a ser suscriptora de la entrega del país a una potencia extranjera. Cuba y Fidel por fin ganaron una batalla que duró 31 años.

Esta vez Fidel no necesitó armas

Le bastó la alucinación de un militar en apuros que corrió a sus brazos. Un complejo de carencias psicológicas y la taimada aproximación de Fidel como supuesto padre político tuvo como antecedente y justificación social la genuflexión de los intelectuales venezolanos que veían en el dictador cubano “el conductor fundamental de una Revolución que ha logrado en favor de la dignidad de su pueblo y, en consecuencia, de toda América Latina la liberación de la tiranía, la corrupción y el vasallaje… y que continúa siendo hoy una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa independiente y solidaria”.

¿Por qué no lo iba a asumir así el comandante-presidente, si así había sido descrito por la intelectualidad venezolana?  El proceso no podía ser otro que la entrega del país al “nuevo padre de la nación.

El poder y la capacidad de disposición conferida a “los cubanos” siempre tuvo un precio.

Algunos adujeron que había que pagarlo. Para eso también sirven sus mitos. Para justificar la comisión, la emergencia y los estados de excepción. En el mundo de “la solidaridad de los pueblos” tampoco hay almuerzo gratis. Pero en este caso el precio que se paga todavía es el de la depredación.

Llevamos tiempo en eso, además sorprendentemente dóciles, o por lo menos, carentes de un liderazgo que llegue hasta las últimas consecuencias, sin “paradas de burro” ni transacciones inconfesables.  Lo cierto es que el reyezuelo que nos tocó en suerte comenzó a depender crecientemente de las soluciones castristas, canalizadas a través de una especie de Compañía Guipuzcoana degradada a la explotación vil de un país por cuenta de otro, gracias al usufructo insano del poder.

¿Cuánto costó al país la estabilidad precaria de la revolución socialista del siglo XXI? ¿Cuánto costó la ofuscación con el voluntarismo castro-comunista, supuestamente bueno para todo en todos los ámbitos? ¿Cuánto nos sigue costando la permisividad ideológica de esa izquierda exquisita que se ha negado sistemáticamente a denunciar el vil papel de Cuba y la verdadera cara de la revolución venezolana? ¿Cuánto nos costó esa declaración serial de ser “partidos de izquierda” como lo hicieron todos los partidos de la alternativa, a excepción de Vente-Venezuela? ¿Cuánto nos costó la alineación fanática con Lula y el Foro de Sao Paulo?

Lo sorprendente es que ahora, cuando el hambre y la represión nos igualan en la nefasta experiencia totalitaria, algunos están comenzando a callar, otros a ceder, pero muchos siguen cabalgando en la fantasía de la connivencia, pensando que es posible sacar al comunismo por medio de elecciones, intentando ese otro saqueo tan peligroso, el de la sensatez.

Un país se clausura así, con la traición de sus intelectuales, la aquiescencia de sus ciudadanos, la colaboración de sus élites, la confusión de parte de sus políticos, la obsesión irreductible por “el hombre fuerte” y la imposible realización del discurso revolucionario.

La historia ha demostrado que toda trama similar termina en desventura, porque una y otra vez los marxistas obtienen cálculos malos en la aritmética social usada. Esa ecuación totalitaria que rechaza la propiedad, el mercado y la libertad termina dando como resultado violencia, escasez y pobreza. Insistir no la va a hacer más eficaz sino más devastadora.

Una brújula por favor

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OPINIÓN

Lo insano es precisamente tener que vivir en disociación constante entre el oprobio y su negación

Una brújula por favor

 

Alguna cosa buena debe tener la ingrata experiencia de vivir este socialismo del siglo XXI, la posibilidad de ratificar que es una ideología desvalida de la más mínima posibilidad para tener éxito. Para colmo, también esta incapacitada para reconocerlo. Mientras peor nos va, más propaganda que lo niega. Lo insano es precisamente tener que vivir en disociación constante entre el oprobio y su negación. Entre la mascarada y quienes aplauden ese carnaval de la infamia. Porque eso es lo que nos está ocurriendo vale la pena intentar un decálogo de la sensatez, un guión de lo correcto, un conjunto de aforismos que nos impida el extravío definitivo. Invoquemos a Hayek para el que esfuerzo sea válido.

 

  1. El socialismo solo puede funcionar como remedo de los sistemas medievales, con hambrunas y desbandadas quitándoles el exceso de la población. El resto lo hace la represión y el culto a la personalidad.

 

  1. El socialismo está destinado a fracasar como sistema económico, porque solo los mercados libres, accionados por individuos conduciéndose y negociando en su propio interés, podrían generar la información necesaria para coordinar inteligentemente el comportamiento social. En otras palabras, la libertad es un ingreso de información imprescindible en una economía próspera.

 

  1. Los populismos se asientan en una falacia. Que es posible estimular el consumo -y con el consumo, una ilusión de armonía- mediante el crecimiento del gasto público y su concomitante penalización del ahorro. Comerse el futuro, permitir el festín del gasto irresponsable, más temprano que tarde conduce a los países a crisis imposibles de manejar sin que los sectores más vulnerables y las clases medias no reciban un brutal castigo a sus condiciones de vida.

 

  1. No hay mejor posibilidad para el logro de la prosperidad que una política económica asentada en el quinteto del buen gobierno: ahorro voluntario, inversión privada, límites al gasto del gobierno y equilibrios presupuestarios, competencia de libre mercado y estímulo a la productividad. La ausencia de esta fórmula en la esencia de la economía política lo único que asegura es crisis creciente porque afecta la confianza inversionista y atenúa el espíritu emprendedor.

 

  1. Las economías de la libertad se piensan para el largo plazo. Los desafueros populistas se trajinan en el corto plazo. Los socialismos son falsas soluciones para problemas políticos planteados erróneamente. Tal y como lo dijo Isaiah Berlin, detrás del discurso redentorista de los enemigos de la libertad se esconde una voraz ambición de poder. En la locura desenfrenada que desempeñan para mantenerse en el poder los socialistas corrompen la economía y se aseguran la ruina y el descalabro para sus sociedades. Tarde o temprano el castillo de naipes se derrumba. La peor maldición posible es la interferencia del gobierno en la economía. Las justificaciones siempre suenan muy bien, los resultados siempre son muy malos.

 

  1. Hay que desprenderse de la idea de que las soluciones públicas no tienen costos sociales. Un “estado de bienestar con seguridad social y seguro contra el desempleo” tiene que estar apalancado por ingresos reales y no por la ficción de la impresión de billetes sin respaldo. Las soluciones que se proveen los países tienen que ver con su productividad. El caso venezolano, amparado en la renta petrolera -pretendidamente creciente e infinita- no se sale de la predicción. Un país destruido productivamente, sin empresas privadas, no tiene otra solución posible que renunciar a la alucinación de la renta y ponerse a trabajar. Esto tiene dos exigencias cruciales: el repliegue del intervencionismo y el derrumbe de todas las barreras que obstaculizan el emprendimiento.

 

  1. El mantra de la buena política es estabilidad económica con seguridad jurídica. La forma de instrumentarla es mediante la disciplina fiscal y la abundancia institucional provista por el estado de derecho. No se puede pretender que le vaya bien a una política monetaria subordinada a las expectativas populistas del momento. El caso venezolano, patético por extremo, es una demostración palpable: Un bono inventado cada 15 días. Aumentos seriales del salario mínimo, son manipulaciones indebidas que usa el régimen para tratar de sobrevivir un día más. Eso no tiene ningún sentido si comprendemos que “no hay almuerzo gratis”. Ya sabemos que el desempleo no se resuelve con gasto público. La estructura de la población económicamente activa solo cambia su configuración si y solo si se promueve la inversión privada, el libre mercado y la vigencia irreductible del estado de derecho como garante de las libertades.

 

  1. Los controles de precios son una obsesión perversa que provocan el envilecimiento creciente de la economía hasta hacerla inútil a los efectos de la prosperidad. La ofuscación intervencionista destruye la capacidad del mercado para ser un importante co-ordenador social. Los precios son un instrumento de comunicación y guía, que incorporan información esencial. Al destruir el sistema de precios nos vemos inhabilitados para cualquier cálculo económico. Cada vez que se confunde valor con mérito se plantea una terrible confusión. Los individuos no deberían ser remunerados de acuerdo con algún concepto de justicia. Nadie merece nada que primero no haya trabajado y que por lo tanto no sea el resultado de su capacidad productiva.

 

  1. Es muy fácil distribuir la riqueza ajena.  Los venezolanos tienen una cultura que favorece el intervencionismo carnívoro, la gente aplaude el rol falazmente justiciero del régimen, asumiendo como verdad que los empresarios tienen alguna culpa que redimir, o que hay una porción del pueblo que “merece” una reivindicación.  Los regímenes intervencionistas practican y se lucran del saqueo, hasta que no queda nada que saquear, lo que los coloca siempre en la necesidad criminal de usar indiscriminadamente la represión. Terminado el festín se cae en cuenta que los pobres terminan siendo más pobres y más violentados en sus derechos, y que sus “justicieros” no eran otra cosa que una banda de ladrones corruptos.

 

  1. La violencia y la inseguridad ciudadana generan costos incuantificables a las sociedades que las padecen. Si un gobierno no puede garantizar la vida y la propiedad entonces tiene que ser sustituido por otro cuyo enfoque ideológico y prioridades de políticas comprendan la importancia de destinar recursos a lo esencial, aunque deban sacrificar lo accesorio. El capitalismo de estado, una forma muy decente de designar malos arreglos entre compinches, es una muy cara excusa que presentan los regímenes socialistas para no hacer lo debido.

 

Como corolario recordemos siempre que la violencia socialista es una forma de encubrir su nefasta incapacidad.

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Víctor Maldonado: Las preguntas de la gente

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Fran Tovar 07-05-2018 El pizarrón Opinión0

Algunos analistas están muy equivocados. Los venezolanos ya decidieron lo sustancial. No creen en las supuestas bondades del régimen. Saben que su esencia es perversa. Sufren en carne propia los desmanes de un sistema que se debate entre la corrupción, la complicidad y la prevaricación, pero no tienen al respecto ninguna expectativa de remisión. Tienen plena conciencia sobre el deterioro. Nada va a mejorar, ni la economía, ni la condición de la infraestructura, ni el régimen de libertades. Y además han llegado a la conclusión de que poco o nada pueden esperar de una oposición errática, plegada a la agenda del gobierno, sin iniciativa y poco dada a decir la verdad.  Muy pocos siguen aferrados al fetiche de la unidad. Preferirían claridad de propósitos al mal avenimiento de líderes que han demostrado ser incapaces de construir y practicar un proyecto colectivo, sin caer en el despropósito de la zancadilla o el puntapié. Por eso la mayoría decidió, y no porque están siguiendo una línea partidista, que no hay ruta electoral para sacar al régimen del poder.

Este régimen es una revolución en proceso destruccionista. Para poder hacer realidad el legado de Chávez necesita echar abajo todas las instituciones burguesas. No pueden convivir con la división de poderes, tampoco pueden tolerar una economía de mercado plena, con empresas sólidas y respeto por la propiedad. No saben de alternancia o de pluralismo. Sus “falsas verdades” no son compatibles con el debate o el contraste con la realidad. En el camino han demostrado impericia tanto para destruir como para intentar lo nuevo. En ambos casos los costos son la principal amenaza a la estabilidad del proceso. Pero en eso consiste precisamente el comunismo, su fatal arrogancia y su trágica terminación. En el desprecio por el talento que los deja al margen de poder resolver cualquiera de los problemas, y la revalorización de la lealtad a la revolución que los hace presas fáciles de sus propios errores. Cuando un ferviente revolucionario está al frente de un problema técnico, que sepa de memoria las canciones de Alí Primera y los cuentos del arañero no van a servir de nada. O sabes o no sabes. ¿Y saben qué? ¡Nunca saben! Tampoco importa que el revolucionario sea un vivo, o que tenga un “talento especial para el saqueo”. Repito de nuevo, o sabes del tema o no puedes ir más allá de la desidia y la ignorancia que se confabulan para dejar sin agua a las ciudades, no poder resolver el problema del suministro eléctrico, ni siquiera manejar la logística de recolección de la basura de un pueblo del interior. Eso sí, todos ellos se muestran hiperexcitados si de lo que se trata es de llenar un teatro, vestirse del consabido rojo, y gritar consignas contra el imperio. Eso, ya lo sabemos, no ha resuelto una sola de las crisis, pero los ha mostrado tal y como son. La gente tiene al respecto una decisión tomada y una opinión asumida.

La crueldad no necesita una inteligencia especial. Forma parte de esas pulsiones presociales y de esos desarreglos de la conducta humana que pueden llegar a configurar la sociopatía. Trescientos mil muertos por violencia no pueden dejar en pie ninguna duda. Si al régimen le da lo mismo que haya luz o que prive la oscuridad. Si no le importa que poblaciones enteras carezcan de agua. O que los hospitales estén desprovistos de lo mínimo indispensable. Si no se conmueve ante la muerte por que no se encuentran vacunas o medicinas. Si no le asusta las nuevas embestidas de las viejas epidemias. Y si le da lo mismo que la gente se muera de hambre, tenemos que llegar a la conclusión de que sufrimos un régimen indolente y brutal. La gente lo sabe.

El régimen es la práctica de un mal radical que nunca nos ha debido suceder. ¿Cómo es posible que no los vimos venir? ¿Cómo pudimos aceptar tanta interpretación permisiva, tanta audacia en la tergiversación? ¿Cómo es que podemos seguir conviviendo con tanta connivencia? Con tanta cooperación maléfica no podemos reconciliarnos. No podemos perdonar a quienes han falseado las encuestas para beneficiar al régimen. Tampoco es posible olvidar a quienes con criminal sistematicidad han argumentado a favor de salidas imposibles. ¿Acaso vamos a dejar pasar que un conglomerado de intelectuales exquisitos lleva veinte años enmascarando al régimen, haciendo todo lo posible para encubrir la trama marxista, la confabulación con los cubanos, el desguace de los recursos del país, la sinvergüenzura de las expoliaciones, la escalada temeraria de persecución contra los disidentes, y el acoso a las empresas privadas?

Ahora que todos somos víctimas indelebles del régimen comenzamos a saber que en la política el asunto de unos es el asunto de todos. Tal y como lo sugería Clemenceau “la injusticia que se inflige públicamente a uno solo es asunto de todos los ciudadanos, es una injusticia pública”. La gente sabe que no puede seguir asomada al balcón del silencio mientras muelen a los otros que nos parecen tan ajenos. Se trata, por el contrario, de un esfuerzo disolvente que busca eliminar derechos y transformarnos en siervos. Solamente esa sensación de daño universal es capaz de movilizarnos y dirigirnos hacia el cambio deseable.

El mal radical se encarna en esta ideología excluyente y negadora de la dignidad humana. Ellos, los líderes del proceso asumen como cierto el sentido superior de su ideología, y en consecuencia lo que plantean es imponerla totalitariamente. Que nadie pueda sustraerse a la presencia intensa del régimen, ni siquiera para los aspectos más elementales. El marxismo te confisca la libertad y la atribución de construir e instrumentar tu proyecto de vida, e intenta sustituirlo por tu rol de masa en la revolución socialista. Para ellos eres un número, un código QR, un requisito para llenar una calle, un miembro del ejército del chantaje, que debe ir a simular elecciones fraudulentas, levantar la mano o desfilar cada vez que la tiranía necesite una puesta en escena. Pero, además este mal radical tiene como objetivo hacernos superfluos y prescindibles. Por eso mismo auspician la muerte y la desbandada. La gente lo sabe, por eso huye.

La gente tiene claro que este régimen no sirve y que es irreversible la tendencia a la miseria. También ha llegado a la conclusión de que hay cursos de acción inservibles, tales como las falsas negociaciones, los diálogos insulsos, las falsas candidaturas y las simulaciones electorales. Eso los prepara para asumir que superar esta infausta etapa requerirá de lucha más integrada y de esfuerzos más inteligentes. Y de tener el coraje para tirar por la borda el lastre que nos hace peso inútil.

Los consensos en la base social son muy amplios y muy sólidos. La gente sabe lo que quiere, tiene claridad en lo que quiere dejar atrás, y mucha conciencia de los caminos que quedan por recorrer. Por eso mismo el régimen está sometido a esa corrosiva soledad e indiferencia de las que reniega constantemente. El régimen y su falsa oposición van a tener que conformarse con los espejismos de la propaganda mientras el colapso hace estragos en su legitimidad.

@vjmc

Mérida en tres días

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La noche se hace más sombría y la ciudad sufre una avalancha de mayor oscuridad cuando de repente el servicio eléctrico deja de funcionar

Mérida en tres días

Los caraqueños no tenemos la más remota idea de lo que significa la tragedia de vivir el socialismo del siglo XXI en el interior de la república. La ciudad capital, a pesar de todo, es todavía refractaria a una crisis que se extiende por el resto del país con una crueldad inédita. Mérida no es la excepción. Apagones continuados, semanas enteras sin suministro de agua potable, la basura que se acumula en las calles sin que nadie las recoja, la falta de transporte, la inseguridad, y la represión panóptica se confabulan para hacer miserable la vida de sus habitantes. La universidad sufre la crisis inaudita de la deserción de buena parte de sus estudiantes, la indigencia salarial de sus profesores, y el deterioro de sus instalaciones. Hoy, como nunca, mantener las aulas abiertas es un acto de heroísmo en el que se articulan lo mejor de cada uno de los profesores y el aguante y fortaleza de sus estudiantes. En camino desde el aeropuerto de El Vigía se puede apreciar con toda su impudicia los restos inservibles, y ahora desvalijados, de una estación de generación eléctrica que nunca sirvió para otra cosa que para demostrar la corrupción imbatible de un sistema económico especializado en saquear al país. Todas ellas son imágenes desarticuladas que se acumulan en mi memoria gracias a una visita en la que la política, la academia y la observación sociológica me dieron indicios de hasta donde puede llegar la destrucción socialista.

Sin embargo, la gente aguanta. Tuve la oportunidad de reunirme con estudiantes y profesores de la escuela de estudios políticos. La reflexión y el debate dieron cuenta de una institución que se resiste a caer en los pantanos de la resignación acrítica. Decenas de jóvenes acompañados de sus profesores mantuvieron el interés por la ética, la democracia y la libertad, para concluir que el socialismo es barbarie y destrucción masiva que se logra por la desgracia taumatúrgica que intenta planificar la libertad, el progreso y la felicidad. La pregunta que se planteó el auditorio fue cuanta responsabilidad tienen las universidades en la justificación ideológica del marxismo, a pesar del evidente fracaso habido en cada uno de los intentos de implementarlo. No es una pregunta retórica. ¿Cuantos alumnos se ven obligados a estudiar como materia obligatoria la economía marxista mientras los pensum ignoran olímpicamente otras escuelas como la economía austríaca? ¿O cómo se transformó en nostalgia militante la épica guerrillera, como si desde esa experiencia se pudiese aprender algo diferente al sempiterno intento de tomar por la fuerza lo que no otorga la razón? Afortunadamente la áspera experiencia de vivir en socialismo es también la mejor forma de desmentir los supuestos sobre los que se monta su oferta teórica. Y en Mérida esa brecha se experimenta con dramatismo.

Los empresarios también están resistiendo. Los centros comerciales lucen desolados. Las tiendas y restaurantes abren media semana. Los apagones hacen lo suyo en los hoteles y posadas. La noche se hace más sombría y la ciudad sufre una avalancha de mayor oscuridad cuando de repente el servicio eléctrico deja de funcionar. Para colmo, el agua es un servicio recurrentemente ausente. Empero, la cordialidad propia del merideño intenta compensar las carencias brindando esa mirada de mutua entereza, que logra sellar la cofradía del sufrimiento, mientras un solo pensamiento los reúne en la convicción de que esto tiene que acabarse lo más rápido posible. La Cámara de Comercio e Industria del Estado Mérida sigue de pie, y sus directivos y asociados mantienen la preocupación por lo que está ocurriendo. En todos ellos la convicción del inmenso daño provocado a las empresas por la ideología mandante les obliga a pensar sobre el qué hacer. Porque mientras la crisis avanza las empresas languidecen en una ciudad que juega toda su suerte a la oferta turística. Es difícil, sin embargo, salir adelante con tanto en contra, a lo que hay que sumarle las embestidas contra la propiedad, ahora falsamente justificadas por la hambruna.

La política tiene sus pilares. Ciudadanos indispuestos a dejar de luchar se congregan para escuchar y aportar. Partidos políticos que se coaligan para plantear una alternativa diferente a tanta desidia colaboracionista se reúnen para compartir sus experiencias y plantear sus dudas. Las preguntas más obvias sobre los cómo y los cuando surgen con desenfreno. La respuesta tiene la intención de esquivar los pantanos de la demagogia y el populismo que tiene tan indignados a los venezolanos. La resolución de esta tragedia no será ni mágica, ni indolora, ni necesariamente inminente. Pero la convicción es que todos debemos trabajar para que sea lo más rápida posible. No se esperan milagros, pero se aspira a que la lucha disciplinada y guiada estratégicamente rinda sus frutos. Nada será fructuoso en los campos de la improvisación y en la contradicción que suponen las pequeñas agendas personalistas, o las que se imponen desde el campo del colaboracionismo. Los ciudadanos agradecen la caracterización precisa de la tiranía que estamos viviendo, la explicación de los falsos dilemas con los que nos han querido domesticar, la insistencia en la regla de hacer bien lo que cada uno sabe hacer, el enfoque misionero para difundir un único mensaje, y el compartir con todos la visión de un país diferente, esa Venezuela que es tierra de gracia y no de desolación. Ese es el mensaje de la coalición Soy Venezuela. Pero no es fácil abrirse paso porque el camino de la política está minado de falsos positivos. Hay mucho por hacer en el terreno del discernimiento para que la gente aprenda distinguir las opciones reales de los despeñaderos de la equivocación.  Se nota en el fondo la perplejidad por un fraude que de lejos parece una elección, y ese torbellino de llamados a la unidad, patéticamente alejado de la construcción de un propósito común. La gente tiene derecho a dudar, porque llevamos muchos años sufriendo los efectos de una política donde el pescueceo, las puestas en escena y la militancia de la ciega solidaridad han hecho estragos. Y porque la realidad es escurridiza, se pierde entre tantas versiones y promesas que aseguran un tránsito fácil entre la más feroz tiranía y una transición sosegada. No podemos seguir sometidos a la perversidad de una dirigencia que trata a los venezolanos como niños, a los que hay que proteger de las noticias incómodas. Tampoco es una experiencia de moral y cívica por la que estamos obligados a ir juntos, aunque la ruta sea el vacío. De eso no se trata. Hay compañías que restan, y “compañeros” prestos a la traición. Así no podemos seguir. Nosotros no podemos concederle espacio a la oportunidad de la connivencia con un régimen que quiere una oposición domesticada mientras ellos siguen saqueando al país hasta los tuétanos.  La política que se necesita es de diferenciación y ruptura, porque los ciudadanos merecen referentes precisos en este camino laberíntico y lleno de abismos.   

¿Y si no es votar, cuál es la opción? Ante esa pregunta recurrente, planteada desde la ciudadanía más comprometida, la respuesta tiene que contar con el esplendor de la verdad.  La opción es seguir luchando al margen de los espejismos provocados por la simulación política. Nada nos será concedido con la facilidad de una alucinación. Tenemos que luchar sabiendo que somos víctimas de un régimen cruel e inteligente. Y como víctimas indefensas debemos pedir ayuda. Los países amigos de la libertad tienen que seguir presionando y exigiendo la superación de la tiranía. Su desaparición como forma de opresión. Su dimisión por presión creciente. Recordemos que se trata de desmontar un sistema metastásico que va mucho más allá de los actores más relevantes. Necesitamos claridad de propósitos de las devastadas instituciones republicanas. Gremios, iglesias y universidades tienen que precisar su compromiso con el objetivo de salir del socialismo que nos está exterminando. Y de los ciudadanos se espera claridad, disciplina y convicción, porque no pueden seguir siendo víctimas de la duda, ni presas de las falsas consignas. Tenemos que insistir en el sentido de realidad. Y tener presente que todo lo que le otorgue tiempo al régimen es mala medida. Todo lo que reste validez al régimen, es bueno.

Mérida es una ciudad que se resiste a claudicar. No puedo dejar de hacer un homenaje a sus mujeres, jóvenes, maduras e incluso de la tercera edad, que se confiesan luchadoras de calle, activistas políticas, expresión de ese país anónimo que rebosa heroísmo y dedicación plena a la causa de la libertad. Ellas modelan y lideran a un grupo de buenos hombres, con los que hacen equipo perfecto, todos ellos gente de a pie y de autobús, que suben y bajan por las calles de la ciudad articulando esfuerzos y llevando un solo mensaje: No podemos resignarnos. No debemos bajar la guardia. No queremos morir en tiranía. La libertad es un deseo, una consigna, una dedicación y una oración que siempre está a flor de labios: ¡Esto se tiene que acabar, o va a acabar con nosotros!

Mérida es la tierra de mi padre. Por eso me parece conocida y la siento como propia. Deseo para ella todo lo que ahora no tienen. Ojalá vuelvan a sobrevolar sus claros y luminosos cielos las cinco águilas blancas que la india Caribay persiguió con tanto anhelo. La libertad, la civilidad, el respeto, la felicidad y el progreso vendrán más temprano que tarde a posarse sobre sus montañas para ser testigos del renacimiento del país. Y como testimonio vigilante de lo que nunca más debemos permitir.

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