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Estos tiempos de desconcierto

Enero 15, 2018

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Victor Maldonado

Víctor Maldonado C.- La hiperinflación es una vivencia extrema. El experimentar que no hay salario que tenga sentido porque la moneda simplemente colapsó, y porque todos los venezolanos estamos obligados a vivir el triple encierro de un control de divisas ridículo, de la escasez respecto de la cual el régimen construye leyendas y no soluciones, y del saqueo de la productividad nacional instrumentado desde el guión del intervencionismo socialista, son parte de una sensación ingrata que muchos no logran soportar, en parte porque les provoca pánico, y en parte porque no la comprenden en términos causales.

No se pueden explicar el hambre y los extraños laberintos de la sobrevivencia personal. No se pueden explicar el miedo y la sensación de una vigilancia panóptica organizada desde la coalición integrada por el crimen y la policía política. No se pueden explicar la fragilidad ante la ocurrencia de cualquier enfermedad, y el desvalimiento que se siente al constatar que los ingresos no se corresponden con la magnitud de las obligaciones cotidianas, la comida, la escuela, la ropa, el jabón y artículos del aseo personal. No logran salir del aturdimiento y de la humillación de sentirse irreversiblemente pobres, pero, sobre todo no pueden organizar una estrategia que los saque de la conmoción sin pagar los altos costos que suponen, por ejemplo, el intentar comenzar de cero en otras latitudes.

Comencemos por lo más sencillo. Todo esto ocurre porque el socialismo del siglo XXI tiene estos resultados y no puede obtener otros. Cuando la planificación central interviene el libre mercado, comienza una espiral de fracasos que se intentan resolver con más intervenciones, con más estatismo, con la excusa de chivos expiatorios crecientemente rocambolescos, hasta que al final se vive una maraña de malas decisiones que quiebran la economía y exigen la aplicación creciente de represión, corruptelas y mentiras. En el fondo, la gran ambición de los socialistas es quedarse en el poder y con el poder en términos absolutos. Por eso, cualquier promesa de redención encalla en los malos manejos que intentan para eliminar cualquier competencia factible y cualquier signo de rebelión en la calle.

Una vez que sabemos la verdad, procede organizar nuestras vidas. Experimentamos la ausencia de un cierto orden que debería estar presente. En eso consiste el caos. En el afrontamiento de una nueva configuración de la realidad, que nos saca de nuestra área de confort, que nos exige tomar decisiones indeseables y que nos obliga a reformular planes, tareas y metas. Parte del problema es la desazón porque el reaprendizaje y la conmoción por el tiempo supuestamente perdido. No hay capacidad para hacer un cálculo racional del presente y del futuro cercano. Y solo contamos con nuestras reservas morales y de carácter para afrontarlo con éxito. Este esfuerzo requiere mucha serenidad.

La serenidad se asienta en cinco virtudes o competencias. A esas cinco virtudes yo las llamo el quinteto de la serenidad. La primera de ellas es la fortaleza. La Fortaleza es una virtud que robustece la mente para hacer el bien, para tolerar lo adverso y para vencer los vicios y todas las cosas nocivas. Es la diferencia entre hacer lo apropiado o cometer un error. No es la parálisis o la evasión sino la competencia personal que permite remover del camino de la vida todo lo que sea impedimento u obstáculo. No es evadir o evitar sino asumir con plena conciencia la realidad, y sin embargo no dejar de obrar, actuar y hacer.

La segunda es la sabiduría. La prudencia es una virtud esencial la vida. El buen carácter, el talante para dirigir a otros, o estar entre la gente, haciendo equipo, proporcionando soluciones, tiene como objetivo y premisa la capacidad para ver lo que es una buena solución para la circunstancia que se está viviendo y el problema que se está afrontando. La prudencia es equivalente a la sabiduría y es la base de sustentación de cualquier decisión moral. No es cuestión de lógica, tampoco de estética, sino la apropiada relación entre los medios que utilizamos para lograr los fines que deseamos. Esta virtud tiene varias expresiones. Se refleja en el discurso que soporta las decisiones tomadas y en la mesura con la que se transmiten las ideas. Se manifiesta también en la explicación de los riesgos que deben asumirse para cada caso y en el valor de los resultados.

La tercera es el sentido de realidad. Vamos a entenderla como la mezcla apropiada de carácter y conocimiento que nos evita caer en la trampa de los prejuicios o del pensamiento mágico, o peor aún, en el tenebroso terreno de los miedos o de las falsas ilusiones. La realidad es como es, y se vive sin clausulas condicionales.  Algunas interrogantes pueden ayudar a la sensatez.  ¿Te conformas con una sola explicación a la hora de definir los problemas?  ¿Te conformas con la primera “solución” que le encuentras a los problemas?  ¿Te parece importante asignarle tiempo a la deliberación sobre los problemas y sus soluciones? ¿Tratas de establecer los vínculos entre las implicaciones y los efectos de las conductas, y el impacto que estas tienen en las soluciones y las líneas de acción que decides? ¿Te anticipas a las preocupaciones del resto del equipo? ¿Eres capaz de cambiar tu concepción de los problemas cuando tienes a disposición información actualizada? ¿Te parece importante saber por qué ocurrió, cómo ocurrió y cuáles van a ser los desencadenantes? ¿Eres capaz de concentrarte en el foco del problema y diferenciar entre lo importante y lo accesorio? Al respecto  Emily Brontë dijo una frase genial: Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo.

La cuarta es tener una vida con propósito. Viktor Frankl reflexionó mucho al respecto. Recuerden que él tuvo que sufrir la terrible experiencia de sobrevivir a un campo de concentración. “¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella— en último término no merece ser vivida”. Lo que se le pide al hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la sensatez incondicional de esa vida. El desconcierto solamente puede ser llevadero si la vida tiene un compromiso trascendente.

La quinta es la espiritualidad. Hay tres razones. Porque mejora el bienestar social y la calidad de vida. La segunda, porque provee un sentido de propósito trascendente y le da significado a cada episodio vivencial. Y finalmente, porque la espiritualidad facilita un mejor sentido de interconexión y comunidad. Pero cualquiera que sea la intención con la que se asume la necesidad de abrirle espacios la espiritualidad, se debe entender como la facilitación o la promoción de “un proceso especialmente destinado a encontrarle una comprensión sostenible, integral y profunda de la propia existencia, y la relación que ella pueda tener con lo sagrado y lo trascendente.

Volvamos al principio. 2018 será un año especialmente difícil, pero todo pasa, también las partes malas de la vida. Los mejores encaran las dificultades con una sonrisa y con una oración. Aprendamos el texto del Salmo 44 y en los momentos más difíciles invoquemos la ayuda de Dios y el don de su compañía. ¿Por qué duermes, Señor? ¡Despierta! ¡No nos rechaces para siempre! ¿Por qué te escondes? ¿Por qué te olvidas de nosotros, que sufrimos tanto? Estamos rendidos y humillados, arrastrando nuestros cuerpos por el suelo. ¡Levántate, ven a ayudarnos y sálvanos por tu gran amor!

@vjmc

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Comercio en tiempos de totalitarismo

Noviembre 27, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- ¿Cómo puede haber comercio en el marco de las condiciones impuestas por el socialismo del siglo XXI? La respuesta es simple. Es casi imposible. En ausencia de reconocimiento y respeto por los derechos de propiedad toda economía termina envilecida, no resulta útil al proyecto de vida de nadie, con rendimientos decrecientes, y vaciada de significado, concentrada únicamente en resolver falsos dilemas de inflación, escasez, y una mecánica de costos y precios que siempre termina siendo un fraude. Nadie puede pretender hacer pasar por buena una economía que te obliga a buscar frenéticamente lo que sabes que no vas a conseguir, o que si la consigues es porque has hecho una larga e indignante cola para terminar dejando en el mostrador una porción muy importante del salario.

El comercio está estrangulado. No puede importar porque en Venezuela no hay un régimen cambiario que esté a favor del emprendimiento, pero que es muy bueno para los sinvergüenzas, para articular mafias que para nada tienen que ver con el sistema de mercado. Los comerciantes no pueden comprar mercancía nacional porque la industria venezolana está agonizando. Tampoco pueden calcular costos y precios con libertad, porque una legislación arbitraria, de excepción, y violentamente expoliadora, es una amenaza constante de confiscación y sanciones penales, además ejecutadas por la autoridad administrativa, sin que se garantice el derecho a la defensa y el debido proceso.

Los empresarios tienen los costos y precios controlados, pero con la obligación de asumir compromisos laborales crecientes. Ya sabemos que el gobierno decreta tantos aumentos de salarios como necesite su populismo para mantenerse vivo. No puedes cobrar más, pero tienes que pagar más. Esa ecuación no tiene solución diferente a la quiebra. Eso en el plano formal. Pero a esta situación hay que sumarle la trama de conspiraciones y conjuras que ocurren alrededor de “colectivos” que ejercen el chantaje, la cooptación e incluso la violencia abierta. Todo esto en ausencia de instancias a las cuales acudir, porque el régimen actúa como un bloque compacto, totalitario, cuya lógica excluyente es precisa: “Todo es posible dentro de la revolución. Nada es posible fuera de la revolución”. En otras palabras, la impunidad es una de las características más preclaras del socialismo del siglo XXI, y la navaja que corta certeramente cualquier intento de empresarialidad.

Entonces ¿Qué se puede hacer? Lo que estamos viendo es la trayectoria del colapso como consecuencia del destruccionismo económico. Vivimos la tragedia de un estatismo desmesurado y voraz que se está engullendo al sistema de mercado venezolano. Cientos de empresas públicas que solo acumulan déficit, millones de empleados públicos que exigen un gasto fiscal insostenible. Y la tragedia que significa el diletantismo con el que se manejan todos los integrantes del gobierno. La consecuencia no puede ser otra que soluciones de muy baja calidad, cuya mejor expresión son las colas, la debacle de los servicios públicos y la hiperinflación. El desorden fiscal, el patrocinar un populismo mágico, el creerse el cuento de que todos los problemas se resuelven a través de misiones y grandes misiones, solo pueden concluir con un país que se degrada constantemente, donde ninguna solución a los problemas resulta fácil, y en donde la paradoja de la estupidez se replica sin solución de continuidad. Me refiero a la paradoja de la estupidez como la sensación indescriptible de estar experimentando una situación contraria a la lógica. Aquí la gente se muere de mengua, la matan por un celular, o decide irse sin saber a dónde. Nada tiene sentido.

El totalitarismo siempre termina enredado en su propia trampa. No cae en cuenta que sin producción no hay ninguna posibilidad de redistribución. Pero no solo eso. No entienden que para producir es indispensable que haya libertad, mercado y propiedad. El socialismo es el traspaso indebido de los medios de producción de manos de la propiedad privada a manos del estado. La aspiración del estado socialista es terminar siendo propietario de todos los medios de producción, para controlarlo todo desde un intento de planificación central que siempre resulta infructuoso. Nada más errático que un plan socialista. Los planes de la nación ni siquiera se cumplen en el plano de sus premisas. No terminan logrando otra cosa que un intervencionismo destructivo que restringe la autonomía y la capacidad de acción de los ciudadanos. Ofrecen lo que saben que es imposible cumplir. Todo termina siendo más costoso. Todo se retarda indebidamente. Todo colapsa tarde o temprano, no importa si son areperas, acerías o empresas petroleras.

Lo único que garantiza el socialismo es el síncope social, luego de haber arruinado al país. Esto ocurre porque a nadie le interesan los resultados del largo plazo. Un burócrata carece del conocimiento, los incentivos y el compromiso para llevar adelante una empresa. El burócrata depende y está asegurado por un presupuesto público, y por la capacidad de endeudamiento irresponsable que tienen los gobiernos. Solamente el propietario tiene interés en producir para vender, y volver a producir, para vender de nuevo. Solamente el propietario corre riesgos, está atento a las innovaciones, las modas y la calidad de servicio. Solamente el propietario asume la soberanía del consumidor. Un burócrata se cree el jefe, pretende la sumisión de los demás, y no le importa ninguna otra cosa que acumular poder. La prueba está en las diferencias radicales entre un establecimiento público y uno privado.  El primero es patético y maltratador. El segundo, por lo general, intenta agradar al consumidor, porque depende de él. Por eso los monopolios son malos, y la competencia es innegociable.

La destrucción del sistema de costos y precios, a través de las leyes del intervencionismo económico, destruyen la posibilidad del cálculo económico. Sin el libre juego de la oferta y la demanda que ocurre en un mercado libre y competitivo, nadie sabe cuanto cuestan las cosas. Es lo que nos ocurre. No hay mercado de divisas, no sabemos cuanto es el precio del dólar. No hay mercado de productos intermedios, no hay mercado de bienes de productos finales. Y por eso mismo no sabemos cuanto cuestan realmente los insumos y productos terminados. Tampoco sabemos cuánto cuesta el trabajo, porque la única referencia es la arbitrariedad del decreto que aumenta el salario mínimo. Por eso, porque no hay cálculo económico posible, es que los socialismos solamente provocan una economía envilecida, que no es buena para nadie. La solución entonces es desterrar el socialismo.

 

@vjmc

 

Confianza e integridad

Octubre 23, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Vivimos una crisis de confianza. Es propia de las sociedades que han sido despojadas del estado de derecho, y son víctimas del desguace institucional. La desconfianza no es otra cosa que la imposibilidad de predecir la conducta social, lo que obliga a encender todas las alarmas de la sobrevivencia. En ausencia de confianza no hay prójimo, sino la tragedia de ser oveja entre lobos, siempre pendientes del daño posible, atentos a la violencia que se anuncia como un nubarrón y respecto del cual nada se puede hacer. Sin confianza no hay reciprocidad imaginable. Todo se reduce a una relación de uso a destajo, en la que supuestamente nadie tiene que agradecer a nadie el esfuerzo de intentar la mínima solidaridad. Rige el fraude, también la violencia que a veces se expresa en el uso puro y duro de la fuerza, y muchas otras en la extorsión y cualquiera de las versiones de amedrentamiento social o psicológico. En ausencia de confianza no hay amor posible, porque la caridad siempre va a ser una virtud que se fundamenta en el reconocimiento del otro como sujeto digno y apreciable.

Se es confiable cuando se es íntegro. Obra con integridad quien actúa conforme a principios y valores trascendentes. El líder íntegro y confiable modela con el ejemplo, y a pesar de las complejidades de la vida, siempre decide a favor de sus valores. Cuando se es honesto el líder entiende que sus seguidores van a estar atentos a lo que hace, a la forma como resuelve dilemas y problemas, cuáles son los criterios que utiliza para estar disponibles y ayudar a los demás, y cuantas veces ha caído en contradicción. La integridad es un hábito arraigado en el carácter de la gente, que hace natural la consistencia. No puede ser una impostura.

Los compromisos son para vivirlos, no para declamarlos. Si prometes algo, debes cumplirlo. Por lo tanto, un líder integro no suscribe responsabilidades que no puede cumplir, y se cuida de asegurar los tiempos y recursos necesarios para llevar a cabo una tarea. De la misma forma, el líder es cuidadoso en el cumplimiento de su agenda y las citas que ha acordado. Si necesita más tiempo, lo pide, y explica los por qué. Si tiene que reagendar, lo hace en los tiempos apropiados para causar el menor daño posible. Ni la procrastinación ni el perfeccionismo son excusas suficientes para retardar un proceso o reprogramar un compromiso. La integridad considera a los otros como contrapartes importantes, a las que se cuida.

Nadie que tenga principios socava a los otros para obtener sobre el daño ocasionado ganancias indebidas. Un líder congruente no mejora su imagen a costa de la reputación de los demás. Dentro de las organizaciones los líderes practican una relación de equipo, con ganancias compartidas y un reconocimiento franco del mérito y aporte personal. Por eso se cuida de hablar a espaldas de los colaboradores, propagar rumores y hacer insinuaciones tendenciosas. Tampoco cuestiona la trayectoria, inteligencia o competencia de los colaboradores. Y mucho menos construye y difunde versiones tergiversadas de los hechos. Se cuida de hacer comentarios ácidos o sarcásticos. Comprende que su reputación se juega cotidianamente en el trato que da a los demás.

Si el líder se equivoca, acepta su responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Cuando ocurre transita el proceso de pedir disculpas, reparar el daño y compensar a los que se vieron afectados. No se comporta a la defensiva, ni busca “chivos expiatorios” a quien cargarle la falta. Asume la experiencia como una nueva oportunidad para el aprendizaje, y se enfoca en buscar las razones por las que incurrió en la equivocación, para comprender qué y cómo ocurrió, con la finalidad de intentar que no vuelva a pasar. No hay mejor modelaje que ver a un líder asumiendo sus errores, y actuando en consecuencia.

La congruencia es una fortaleza del carácter. Phillip Holden (2000) sugiere que practicarla obliga a veces a ser enfáticos. A continuación, te presento una lista de imperativos asociados al liderazgo con integridad:

  1. Aprende a decir “no” siempre que sea necesario.
  2. Exige ser tratado con respeto, y trata con consideración a los demás.
  3. Pide lo que necesites, pero tienes que estar consciente de que te lo pueden negar.
  4. Defiende la verdad y haz lo que creas correcto hacer.
  5. Decide con autonomía y responsabilidad si quieres aprender o saber más sobre una determinada cuestión.
  6. Exige y haz respetar tu privacidad, así como respetas la privacidad de los demás.
  7. Exige el mismo trato y las mismas oportunidades que los demás.
  8. Exige ser consultado acerca de las cuestiones que realmente te afectan.
  9. Controla tu propia vida con templanza y sobriedad.
  10. Ayuda a los demás, si crees que lo necesitan.

Heráclito de Efeso nos legó a los contemporáneos una recomendación que bien vale la pena seguir:  “El alma se tiñe del color de tus pensamientos. Piensa sólo en aquellas cosas que están en línea con tus principios y que puedan ver la luz del día. El contenido de tu carácter lo eliges tú. Día a día, lo que eliges, lo que piensas, y lo que haces, es en lo que te conviertes. Tu integridad es tu destino…Es la luz que guía tu camino”.

 

@vjmc

Víctor Maldonado: debate de Víctor Maldonado, Erik Del Búfalo y Oscar Valles

Round 1. Víctor Maldonado

Vivimos tiempos oscuros. Si se quisiera utilizar algún criterio, son tiempos de volatilidad, complejos, inciertos y ambiguos. Tiempos, por tanto, propicios para que los zorros se metan en los gallineros y acaben con todo. La incertidumbre es el resultado porque desconocemos toda la trama, pero también porque no queremos reconocer lo que efectivamente está ocurriendo en una situación donde se perdió total transparencia. Hay dos flancos que no se contraponen, sino que parecen complementarse para garantizar que se mantenga un statu quo que cobra un alto precio a los ciudadanos venezolanos en términos de muerte, desbandada, enfermedad y pobreza. ¿Cómo se puede sortear esta trampa que ya lleva veinte años de éxito?

Round 2. Erik Del Bufalo

La trampa quizás no viene por la volatilidad de los tiempos o su inquietante oscuridad. Creo que padecemos, más bien, los efectos de una trampa primaria: creer que la democracia es independiente del Estado de derecho. En otros términos, pensar que democracia y dictadura de mayorías son la misma cosa. Esta confusión fue la que nos llevó a desmontar el estado democrático, que a pesar de que era precario, existía antes de Chávez. Digo desmontar, porque quienes comenzaron el desmantelamiento de la República no fueron las masas populares, fueron las élites acostumbradas al proteccionismo y al rentismo petrolero. Chávez es un producto del populismo de élites. Respondo entonces tu pregunta con otra pregunta: ¿Cómo formar un nuevo pacto de élites que nos lleve a refundar la República liberal donde solo es posible la democracia genuina?

Round 3. Óscar Vallés

No podremos salir de esta condición PSUVista, caracterizada por la explotación y la polarización extremas, si antes no consideramos primero cuál es la extensión y la intensidad del principio del estado de derecho, o más filosóficamente, el sentido de justicia que debe regir entre los venezolanos. Mientras no reflexionemos sobre la calidad y abundancia institucional de nuestro sistema político, será difícil llegar a tener la democracia que hace posible una sociedad de cooperación y pluralidad. Porque la democracia, como advierte Erik, no se reduce a un asunto plebiscitario que funciona bajo el imperio de la “regla de la mayoría”. La democracia es un orden de instituciones dispuesto para preservar ese poder que cada ciudadano tiene de concebir un plan de vida digno de vivirse, bajo un sistema de reglas y prácticas equitativas que le permita vivirlo, sin menoscabo de los planes de vida de los demás. Ese sistema de reglas y prácticas, que expresan la obligación política por consentimiento, y que es típica de la democracia, solo se hace posible por ese sentido de justicia, o principio del estado de derecho, que los ciudadanos admiten y asumen como elemento rector de la vida republicana. Como pueden ver, refundar una Democracia Republicana, así con mayúsculas, requiere consideraciones muy previas al papel que un pacto de élites puede tener en su instauración.

Round 4. Víctor Maldonado

Es indispensable volver a lo básico. Debemos desterrar la picardía política, y la posibilidad de tomar ventajas desde las posiciones de poder. Ese “tío conejo” vivaracho, improvisado, ocurrente, y que vive al margen de las reglas, siempre ha recelado de los acuerdos institucionales. Yo creo que la no reelección a todos los cargos ejecutivos es un punto de partida que se me ocurre crucial, porque implica la renuncia al odioso monopolio del poder y el dejar de lado la lógica del caudillo que necesita montoneras y seguidores no deliberantes. Creo que el libre mercado y el respeto a los derechos de propiedad son su equivalente para el sector privado. Y la renuncia a la condición de estado patrimonialista, supuestamente mejor administrador de los recursos del país, pero que en realidad es el manantial de una lógica rentista que transforma las relaciones institucionales en mafias. El chavismo es solamente una exacerbación de un curso de acción que ya venía antes. La doble vuelta para la selección del presidente de la república debería ser otra condición. Y el incentivo para desarrollar e instrumentar las alianzas programáticas que se puedan implementar en un período de gobierno. En resumen, el pacto de élites tiene que fundarse en la imposibilidad de mantener una apropiación indebida del poder. Ahora bien, ¿cómo hacemos esta transición entre lo que tenemos y lo que queremos?

Round 5. Erik Del Bufalo

El comentario de Óscar Vallés y tu pregunta nos obliga a distinguir más claramente la diferencia entre República o Estado de derecho, e igualdad de libertades civiles, de la mera democracia.  Efectivamente, un simple pacto de élites sustentado en el paternalismo y el rentismo no es en sí la solución. De hecho, el chavismo comenzó como un pacto de élites para impedir la perdida de privilegios oligárquicos atados al modelo rentista. Por Estado de derecho debemos entender no solo el imperio de la ley y la igualdad de todos los ciudadanos sometidos a ese imperio. Debemos entender también la lógica negativa del poder propia de las repúblicas modernas, es decir, la mayor contención posible del poder ante la libertad de los ciudadanos, que han renunciado o traspasado parcialmente su derecho natural a un estado de civilización, y esto lo han hecho por seguridad, pero jamás por sumisión. No obstante, como bien dice Víctor, de poco sirve un orden legal o constitucional que limite al poder si no hay un sustento real, objetivo, que lo haga posible. Ese sustento real es la sociedad abierta, que implica el libre mercado, la libre expresión, la propiedad privada y el empoderamiento de los individuos. Solo así es posible que la república no sea el cascarón vacío donde el parásito del totalitarismo vendría a infiltrase a través de la democracia como simple voluntad de las mayorías. La transición, entonces, entre esta “tiranía de mayorías sin mayoría” a una verdadera República no solo debe venir de un pacto de élites sino de cierta coerción geopolítica para que esas élites abran la economía. De allí que encuentro esencial las sanciones internacionales que deben hacerse aún más duras. ¿Pero es esto realmente posible en el contexto internacional que tenemos?

Round 6. Óscar Vallés

Ahora la cuestión que venimos considerando tiene más claro sus elementos. Por un lado, tenemos un compromiso ineludible e irrenunciable con ese orden institucional de principios y valores que constituye una genuina democracia republicana, como la llamó Charles Taylor en su célebre conferencia de Chile, que requiere además una sensata y razonable apertura económica que estimule la innovación, la creatividad y el emprendimiento con el más amplio esquema de libertades. Por el otro, requerimos una sociedad civil y política bien estructurada, esto es, con asociaciones intermedias que tengan clara representación de sus afiliados y miembros, con directivas que tengan potestad de tomar decisiones que sean avaladas por sus bases, de modo que un proceso de negociación y acuerdo entre las fuerzas democráticas republicanas tenga la vinculación y el compromiso que la transición exigirá mantener al menos en los próximos 20 años. Finalmente, es preciso mantener un entorno internacional favorable para la inserción de Venezuela en el mercado internacional de bienes y capitales, que permita apalancar los requerimientos de financiamiento que la destartalada economía nacional necesita con urgencia. Sin embargo, en las actuales condiciones que el país presenta, aterrizando en esta Tierra de Gracia, el desenlace de este drama sigue dependiendo de la calidad del liderazgo nacional. Perdonen que lo tenga que reiterar una vez más aquí. Si ponemos en una balanza los últimos 100 años, Venezuela ha tenido todo para ser una nación donde sus ciudadanos viven como dignamente aspira vivir la humanidad. Lo que nunca hemos tenido es un liderazgo ilustrado, comprometido, honrado y leal con los ideales republicanos y democráticos. Esa es la variable que nos mantiene atado a la miseria. La pregunta ahora la regreso con punta: ¿tenemos hoy al menos algunos líderes políticos que rompan con ese déficit histórico?

Round 7. Víctor Maldonado

Han planteado dos preguntas que a mi juicio son cruciales. La primera tiene que ver con el grado de compromiso del concierto internacional con la vigencia de las libertades y derechos humanos en un país determinado, y la superación de un viejo fetiche, el respeto sacrosanto de la soberanía nacional, que siempre termina convirtiéndose en el santuario de los déspotas, los corruptos y los consumidores voraces del poder. También hay que señalar cómo han operado las imposturas ideológicas para encubrir la perversidad en el uso del poder. Las izquierdas, y el esfuerzo por mantener una versión contumaz de “lo políticamente correcto” han sido las alcahuetas de cualquier tipo de tropelías, como si fuera más importante conservar las viejas consignas y las desgastadas canciones de protesta que garantizarle a la población libertad y derechos. Eso, por supuesto, sin entrar a considerar la Realpolitik, la trama de intereses de los países, y cómo terminó Venezuela entrampada en una geopolítica donde Cuba y la paz colombiana importaban más que la suerte de nuestro país. Toda la era de Obama funcionó como apaciguador de una gran sinvergüenzura latinoamericana, respaldada por los bajos rendimientos y la escasa calidad de la dirigencia política local. Esa es la pregunta que deja en el aire Óscar Vallés. Luego de veinte años ya se torna imprescindible valorar las estrategias políticas y sus resultados. Y por qué las decisiones fueron para intentar una convivencia imposible y no una ruptura necesaria. Los partidos políticos venezolanos (salvo VENTE) se autodenominan de centroizquierda, todos son estatistas por convicción, y todos creen en una sustitución de actores en el marco de la misma lógica socialista. Ellos creen que este socialismo es viable si son ellos quienes lo administran. Incluso afirman que ellos pueden servir de injerto para mejorar lo que ya tenemos, pero conservando el mismo signo. Ahora están tratando de sortear una tragedia, y es que, con el colapso del socialismo del siglo XXI, ellos se quedaron sin propuestas y sin discurso. Les queda, eso sí, un inmenso resentimiento y mucha suspicacia contra cualquier oferta no populista, no demagógica, no patrimonialista, no estatista, no rentista. Es más, ellos no están habilitados para ofrecer a sus cuadros algo más que una relación básicamente clientelar y, por lo tanto, condenada a corromperse más temprano que tarde. ¿Son capaces de regenerarse ellos mismos? ¿Cuáles incentivos debe colocar la sociedad civil para que ellos expresen nuestras aspiraciones republicanas?

Round 8. Erik Del Bufalo

La crisis de la socialdemocracia es un fenómeno global y que se decanta no siempre hacía la izquierda, sino muchas veces hacia el populismo de derechas, que tanto azotó a Europa occidental en el siglo pasado. Esa crisis la vivimos también los venezolanos de un modo dramático con el chavismo, que nace como un populismo de derecha y que rápidamente se redescubre como estalinismo blando guiado por la tutela estratégica e ideología de Cuba totalitaria. En este contexto histórico calamitoso, y luego de casi dos décadas de decadencia, apartando la crisis política que ya existía y que condujo al chavismo, debemos decir la terrible verdad: la clase política venezolana, salvo admirables excepciones, no solo fue incapaz de reinventarse, sino que se atrincheró en lo peor de los viejos atavismos del Estado clientelar, rentista y asistencialista. Ello le ha dado al chavismo, mucha más vida de la que debía haber tenido y ha permitido el envilecimiento no solo de la política, sino, y más grave aún, de la sociedad entera. No obstante, en medio de esta ruina, pienso que ya se van consolidando minorías sustanciales capaces de tener una visión grande, de largo plazo y con un sentido profundamente republicano, que quiere ir más allá de la mera democracia competitiva que es, al fin y al cabo, a lo que se redujo nuestra “cultura democrática” después del pacto de Punto Fijo. Mi duda radica en saber cuál será la dinámica que hará que estas minorías puedan transformarse en agentes eficaces del cambio profundo del país y cuánto tiempo necesitarán para ello.

Round 9. Óscar Vallés

Esa duda, Erik, esa es la gran interrogante que nos hacemos después de esas décadas perdidas del puntofijismo mal entendido, de la neo-gerontocracia adeca, y de los nuevos adoquines de la internacional socialista en Venezuela, junto al pragmatismo utilitario no-doctrinal de sus actuales socios políticos, para no mencionar a la mafia criminal, vestida de organización política, que devasta el país. El surgimiento de los partidos políticos en Venezuela siempre estuvo asociado al ejercicio clientelar del Estado. Tener alcaldías y gobernaciones, cuando no el control del Ejecutivo Nacional, le permite a esas troikas partidistas emplear a sus cuadros políticos en cargos públicos, para mantener una estructura permanente y profesional al servicio del partido; financiar los costos de sus operaciones de proselitismo y expansión, con recursos públicos, para aumentar su base de militancia y su cartel de contratistas; y ganar más influencia y poder en la política local, estadal o nacional, según las ambiciones de su cúpula directiva. Organizar una nueva referencia política con una clara ambición de cambio profundo, incluso en sus prácticas de funcionamiento y expansión, no lo veo difícil, sino hasta necesario e indispensable, si queremos romper el círculo vicioso donde estamos girando, al menos, en los últimos 40 años. El asunto por tanto no está en cómo conformar una nueva organización política, porque hay miles de ciudadanos en todos los municipios del país dispuestos a ello, mucha ingeniería organizacional disponible y exitosas experiencias para hacerlo. La cuestión la encuentro en el tiempo requerido para fraguarlo, esto es, en la segunda interrogante que deja Erik en mesa. Estamos mal acostumbrados a la inmediatez y a las fórmulas mágicas. Se llevará el tiempo que requiera y puede ser varios meses de trabajo incesante y agiotador, pero también satisfactorio y enriquecedor. Sin embargo, el mayor obstáculo lo encuentro en donde tal vez uno menos lo esperaría. Porque una nueva referencia política tendrá enemigos, mucho más acérrimos y peligrosos, en quienes hoy monopolizan la oposición a la dictadura, que en la misma camarilla dictatorial. Pero el camino más largo es el que no se inicia. De modo que estoy convencido que no hay mejores condiciones para la conformación de una tercera fuerza política que las que ahora tenemos. Ni mejores ni más apremiantes. La invitación sigue abierta.

Round 10. Víctor Maldonado

Una amiga con quien comparto afanes radiofónicos siempre cierra su programa diciendo que los venezolanos no tenemos por qué resignarnos a esto que vivimos. ¿Qué es lo que vivimos? Sufrimos los efectos de una mala política, que necesariamente se decanta en una mala economía. Eso es lo primero que tenemos que aprender y asumir. Que política y economía vienen apareadas y que, por lo tanto, no podemos deslindar el discurso populista, irresponsable y taimado, de las secuelas que deja en la prosperidad de la gente. La gente es infeliz en regímenes populistas. Vive de decepción en frustración, con efímeros momentos de falsos entusiasmos. Los populistas obligan al saqueo del futuro, en eso consiste precisamente la depredación irresponsable de los recursos del país a través del estado patrimonialista. Pero hay que señalar que el populismo tiene su propia institucionalidad en los gobiernos extensos y en los partidos clientelares. Venezuela es un doloroso ejemplo. Millones de empleados públicos que presionan a la indisciplina fiscal, causante de la inflación, y partidos que, aunque se presentan como alternativa, no son otra cosa que la convalidación de lo mismo, una oferta demagógica, incumplible, pero sobre todas las cosas, ruinosa. El populismo tiene también su cultura y sus valores, por ejemplo, el rentismo petrolero, la necedad de mantener el criterio de empresas y sectores estratégicos y su concomitante capitalismo de estado, la alusión a la pobreza para justificar que ellos sigan a cargo, la perniciosa imaginación de que las cosas se resuelven por decreto, una especie de legalismo mágico, la ainstrunmentalidad implícita que se nota en la incapacidad de resolver cualquier problema, y lo peor, el creer que de una situación así se sale, por las buenas, y gracias a que en cualquier momento ocurre el milagrito. El desafío para nosotros, los radicales, es seguir insistiendo en romper este círculo perverso de complicidades y complementariedades del que vivimos el fatal momento culminante. Los venezolanos se están muriendo de hambre, no tienen como resolver una enfermedad, y muchos han partido en desbandada, apostándolo todo a la fortuna que a veces no les es propicia. La única salida fructuosa es la ruptura ideológica, ética, institucional y programática. Necesitamos apostar por la libertad, la libre empresa, el estado limitado, la soberanía del consumidor, la transparencia y rendición de cuentas de los que son encomendados para que gobiernen por nuestra cuenta. Que eso sea posible dependerá de una sublevación ciudadana que exija más, no siga jugando a la ingenuidad supuesta, asuma su responsabilidad con sus propios proyectos de vida, sea más realista, y se conforme menos. Los venezolanos están desperdigados por el mundo, echando el resto. Ahora corresponde echar el resto aquí para construir el país que merecemos, que soñamos y por el cual, en los últimos veinte años han dado la vida y sufrido persecución tantos venezolanos. Insisto, hay que darle un chance a la libertad, enterrar a todos los caudillos, y comenzar una etapa donde prive un nuevo pacto republicano. La invitación sigue abierta, entendiendo eso sí, que fuera de ese proyecto luminoso, habrá esta oscuridad, el llanto y crujir de dientes que ahora nos impone este totalitarismo.

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Humildad en la gerencia

Septiembre 18, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado.- Recientemente tuvimos la grata experiencia de asistir a una conferencia gerencial dictada por Ramón Piñango, profesor emérito del IESA y experto en tópicos gerenciales. Decía que, para salir indemne de una circunstancia tan ambigua e incierta, entre otras cosas había que desarrollar la virtud de la humildad. Y no se refería a la forma como los venezolanos entienden a veces esa palabra. No era por pobreza de resultados o modestia de desempeño, o el equívoco de asumir una impostura frente a los demás. Es, en efecto, una forma de relacionarse con los otros. Tiene que ver con un estilo de liderazgo que no acumula poder, ni ve en los otros la oportunidad de reafirmar la propia personalidad. Es enfocarse en el desempeño, dándole el valor que corresponde al aporte de los demás, cuando esos aportes son determinantes en los resultados que se obtienen.

Un análisis de la virtud de la humildad nos permite apreciar cuáles son sus indicadores conductuales. En primer lugar, es una virtud orientada al trato dado a los otros, y no una falsa referencia de uno mismo. Nadie es humilde respecto de si mismo. Lo es porque los demás aprecian en sus actos el respeto, la cercanía y la colaboración suficientes como para establecer una relación fructuosa, fundada en la confianza. Santo Tomás de Aquino decía que la humildad es “mantenerse uno mismo dentro de los propios límites” y, por lo tanto, lo contrario a la desmesura y proclive al respeto del otro. Pero la humildad es además la capacidad de alegrarse por el éxito de los demás, y también la disposición de ayudar al triunfo del todo, cuando eso es posible. El gerente que practica la virtud de la humildad comprende que hay una codependencia que lo vincula con sus colaboradores en la búsqueda de los mejores resultados posibles. Por eso el vínculo que mantiene con ellos es de mutua preocupación, y de escucha atenta, en el marco de un diálogo que no teme a la búsqueda de nuevas opciones para hacer las cosas de la mejore manera. Son gerentes que dan feedback pero también están muy atentos a las necesidades que los otros tienen de información, claridad y transparencia.

Confucio, en sus Analectas, sentenciaba que la humildad consistía en la disposición de aprender de todos los demás, sin importar la clase o condición social de quien podía enseñarle algo. Desde el punto de vista gerencial, parece implicar a los líderes que catalizan y refuerzan intensamente el desarrollo de una buena relación entre el líder y sus seguidores. Pero lo hace de manera constante, explícita y transparentemente, garantizando así una pedagogía del crecimiento mutuo. Al final se obtiene un ambiente de trabajo en el que resultados organizacionales como desempeño, satisfacción, orientación al objetivo de aprendizaje y compromiso con las metas del negocio se hacen presentes de manera más natural. Si un gerente es humilde contribuye al empoderamiento de los demás y mejora las posibilidades de éxito de los equipos de alta dirección. Al final la humildad es asumir que los demás también son capaces de hacer bien las cosas.

Vale la pena hacer una lista de chequeo de la virtud de la humildad, siguiendo en este caso Las Analectas de Confucio:

  1. Empoderas a tus colaboradores cuando les encomiendas una tarea. Respetas sus estilos y puntos de vista. Al final aprendes sobre sus modos y formas de asumir los desafíos.
  2. No te incomodas cuando tus méritos se disuelven en los éxitos del grupo. Confucio advertía “No te preocupes si los demás no reconocen tus méritos; preocúpate si no eres capaz de reconocer los suyos”.
  3. Practicas una conducta sobria y contenida que genera confianza y el respeto de los demás. No quieres ser el centro sino parte de un proceso en el que todos ganan y aprenden.
  4. Tres preguntas de oro: En relación con las tareas encomendadas ¿Has sido digno de confianza? En relación con los colaboradores ¿has sido leal? En relación con la experiencia de trabajo ¿has practicado lo que has aprendido?
  5. Haces tus tareas cotidianas con dignidad. Practicas la frugalidad y no los excesos. En relación con los demás, partes de la buena fe. Aprecias a todos los que trabajan contigo. Y exiges a los demás solo lo que necesitas, en el momento que lo necesites.
  6. Honras tu palabra. Prometes solo si puedes cumplir, y si el compromiso está asociado a lo que es correcto.
  7. Analizas los problemas pensando en todos los puntos de vista. Aceptas aportes diversos y al final construyes con los demás un diagnóstico compartido.
  8. Tratas de ser alegre sin ser licencioso. Tratas de estar triste sin mostrar amargura.
  9. Practicas la autoridad con generosidad y sencillez, sin reverencia ni permitiendo la adulancia.
  10. Soportas la adversidad sin buscar entre los otros un culpable. Asumes la responsabilidad.

Tal y como hemos visto, la humildad permite le cercanía productiva. Además, como ocurre con todas las virtudes, una trae consigo a las demás. Como Confucio advertía “La virtud no es solitaria, siempre tiene vecinos”.

 

@vjmc

Soy Liberal

Septiembre 11, 2017

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VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- La libertad es esa condición del hombre en la cual la coerción de unos sobre otros se reduce tanto como sea posible, sin que se rompa el orden social. Así lo planteaba Hayek, para quien la ley no tenía otro propósito que salvaguardar, preservar y extender la libertad, mediante la universalidad de sus postulados (una norma se refiere a un número indeterminado de casos futuros) y sin que estas leyes creen espacios odiosos para los privilegios y las discriminaciones. “Mientras que una persona no tenga que someterse a otras normas que aquellas que se aplican a todos los demás, y esté autorizado para hacer todo lo que cualquier otro esté autorizado a hacer, debe considerarse libre”.

El principal enemigo de la libertad es la organización social coercitiva. La tentación de los gobiernos de allanar los espacios de los individuos y tomar decisiones que solamente corresponden a la esfera individual. Por eso mismo hay que preguntarse constantemente si es uno, o es el gobierno el que toma las decisiones que uno quiere y debe tomar. Si es uno, o es el gobierno el que gasta el dinero que uno gana productivamente. Pero por supuesto, ser liberal es algo más que creer en el imperio de la ley y en un gobierno limitado. Para hacer el inventario de lo que eso significa, podemos seguir la línea reflexiva de David Boaz en su “Aproximación al Liberalismo” (1997):

1. El individualismo. La unidad básica de análisis no es la comuna. Es el individuo, que toma decisiones y es responsable por sus consecuencias. Es el ser humano, sujeto de dignidad y beneficiario de garantías y derechos.

2. Derechos individuales. Los individuos tienen el proyecto moral de procurarse seguridad para su vida, su libertad y sus bienes. Y los gobiernos tienen su razón de existir en transformar ese proyecto moral de cada uno, en garantías y derechos.

3. El orden espontáneo. El liberal no cree que el orden pueda y deba ser impuesto por una autoridad central, ni les confiere a los sistemas de planificación el beneficio de la duda. El orden surge espontáneamente, como resultado de la actuación de millones de individuos que coordinan sus conductas con las conductas de los demás con el fin de alcanzar sus objetivos. El liberal se reconoce en el legado civilizacional que se expresa en instituciones fundamentales como el lenguaje, las leyes, el dinero y los mercados.

4. El Estado de Derecho. Es la aspiración de construir y disfrutar de una sociedad libre, en virtud de las leyes, en la que los individuos gozan de libertad para vivir sus propias vidas en la misma medida que respeten los derechos de los demás. Marxistas y otras faunas del totalitarismo han demonizado esta convicción, porque desprecian al hombre y desconfían del orden espontáneo. Empero, todas las corrientes de pensamiento del paradigma liberal insisten en la convicción de que nadie puede ser siervo de nadie, y nadie puede exigirle a nadie servidumbre. Las leyes están para garantizar esta convicción.

5. El gobierno limitado. A nadie le sirve un gobierno que, en lugar de proteger la libertad, necesita de la servidumbre de sus ciudadanos. Los gobiernos extensos se transforman en su propia finalidad, se corrompen y se vuelven perversos. El capitalismo de estado, y la definición de sectores económicos como estratégicos y/o de interés público, son una aberración que terminan pagando los ciudadanos a través de la inflación y los impuestos excesivos. Por eso es necesario limitar y dividir el poder a través de una constitución escrita que enumere y delimite las atribuciones que los ciudadanos delegan en el gobierno.

6. Los mercados libres. El individuo se realiza en el trabajo productivo, en la apropiación legítima de sus resultados, y en la capacidad de realizar intercambios de propiedades, siempre que estas transacciones sean de mutuo acuerdo. El espacio social donde se realizan estas actividades se llama libre mercado, una condición necesaria para la creación de la riqueza y la experiencia de la innovación. Solo en el marco de la libertad se puede obtener una prosperidad sostenible.

7. La dignidad del hombre productivo. Ayn Rand señala que la virtud de la productividad está conectada con la virtud del propósito. Es la conveniencia de que cada hombre enfoque su mente y utilice la razón al logro de alguna meta productiva, que le permita conducir y sostener su propia vida. Desde la productividad cada hombre debe resolver los dilemas de su propia supervivencia.

8. La armonía natural de intereses entre personas pacíficas y productivas. No hace falta la intervención ni los incentivos del gobierno para que los planes y proyectos de vida de las personas encuentren sentido dentro de un sistema de mercado que opera libremente.

9. La paz. Las sociedades prosperan cuando no hay conflictos, y cuando los recursos productivos se dedican a la creación de la riqueza. No hay nada más ruinoso que una condición de crispación constante, el abuso de la imposición de las mayorías y la ausencia de consensos.

Los venezolanos estamos escaldados de colectivismo y de las falsas promesas socialistas. Cuando se habla de la fuga de talento, y de sus éxitos en otras latitudes, estamos aportando pruebas al argumento liberal: lo único verdaderamente necesario para la redención del hombre es la garantía de su libertad. En ese marco florece la productividad de los hombres buenos y pacíficos. Y es posible su felicidad. El liberalismo es un proyecto político tanto como una convicción centrada en la fuerza de la razón y en las capacidades de realización del ser humano cuando se encuentra libre de obstáculos insalvables, por lo general provistos por los gobiernos y sus intervenciones indebidas.

@vjmc

Decálogo del optimismo y la esperanza

Agosto 28, 2017

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Victor MaldonadoVíctor Maldonado C.- Hay épocas en donde la desolación hace estragos. Todo se confunde en esa sensación de hundimiento o de vacío en la que todo se da por perdido. El papa Francisco se refirió alguna vez a esa terrible condición espiritual, aludiendo a lo que le había ocurrido a Job, ese personaje de la Biblia que fue objeto de una apuesta terrible entre Dios y Satán.  “La desolación espiritual es algo que nos sucede a todos nosotros: puede ser más fuerte, más débil… Pero aquel estado oscuro del alma, sin esperanza, difidente, sin ganas de vivir, sin ver el fin del túnel, con tanta agitación en el corazón y también en las ideas… La desolación espiritual nos hace sentir como si tuviéramos el alma aplastada: no logra, no logra, y tampoco quiere vivir: ‘¡Es mejor la muerte!’. Es el deshago de Job. Mejor morir que vivir así. Nosotros debemos comprender cuando nuestro espíritu se encuentra en este estado de tristeza extendida, que casi no hay respiración: a todos nosotros nos sucede esto. Fuerte o no fuerte… A todos nosotros. Entender qué sucede en nuestro corazón”. Una sutil recomendación que no podemos dejar pasar. Esto que estamos sufriendo, debemos entenderlo. Y sólo entendiéndolo, administrarlo, sin caer en la desbandada y la evasión.

Gabriela Mistral tiene un verso que encierra esa sensación de asfixia y ceguera emocional que tanto daño provoca: “miro crecer la niebla como el agonizante, y por no enloquecer no encuentro los instantes, porque la noche larga ahora tan solo empieza”. Es una contemplación de la nada, un ver venir “la bruma espesa, eterna, siempre ella, silenciosa, siempre, como el destino que ni mengua ni pasa, que desciende a cubrirme, terrible y extasiada”. La noche oscura del alma, que se niega a que haya un nuevo amanecer, que reniega de los ciclos que se alternan y en verdad suceden. Un estado de total conmoción interior que allana la capacidad de discernir y que conduce al error de apreciación. Entenderlo es el principio de su superación. Tener al menos la mínima conciencia de que todo no puede ser tan malo, y de que mientras haya vida, se impone el principio esperanza. Ernst Bloch señalaba al respecto que “el futuro contiene lo temido o lo esperado; según la intención humana, es decir, sin frustración, solo contiene lo que es esperanza. Espera, esperanza, intención hacia una posibilidad que todavía no ha llegado a ser”, pero que podría ser, y que solo depende del esfuerzo que le pongamos a su realización. Dejarse vencer, dar por terminado el esfuerzo, es lo contrario, la desesperanza.

No hay forma de asumir las dificultades de la vida sin contar con la cualidad del optimismo. No estamos refiriéndonos a la euforia insensata Más bien un estado de ánimo que se ensambla con nuestra capacidad para tomar decisiones, arriesgando el ser y el estar del presente, organizando el propio cosmos, sin cargar indebidamente la vida de falsas expectativas positivas o negativas. Es una buena actitud ante la vida, sin perder de vista el futuro como objetivo alcanzable, que todavía no está perfectamente delineado, o completamente decidido, pero que es factible por el esfuerzo que se ponga en concretarlo, y la paciencia invertida en un objetivo cuya realización solo es posible en el futuro mediato.

Pero ¿cómo podemos prepararnos y enfocarnos para repudiar la desolación? ¿qué hacer cuando vivimos esa terrible experiencia en donde todo parece oscuro, imposible de resolver, devastador? El alma también requiere de ejercicios. Ignacio de Loyola llamaba Ejercicios Espirituales a “todo modo de preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en el proyecto de vida de cada uno”. El no dejarse vencer puede tener como apoyo la sencillez de pequeños esfuerzos, siempre que se lleven a cabo con persistencia.

  1. No abandone sus rutinas más elementales. Levántese todos los días y cumpla con sus compromisos. En tiempos de desestructuración, el mantener vigentes los hábitos es el conjuro más apropiado contra la desesperación.
  2. Haga ejercicios. Si es posible, dedique unas horas a la semana a caminar. Contacte con la naturaleza. Aproveche la montaña o el campo. Reciba el sol en su cara. Y disfrute del silencio.
  3. Cada día haga una pequeña buena obra. Enfóquese en los demás, busque entre sus próximos (el prójimo) alguien que pueda necesitar de ti, o al que tú puedas marcarle la diferencia. Todos los días vuelve a aprender que no eres el único que sufre, ni el único que se siente desolado. Tal vez hay otros en peor condición. Ellos te enseñarán que todo es relativo. Ese será el pago que recibas.
  4. Trate de verbalizar y de escribir aquello que lo está angustiando. Salte de la preocupación estéril al plano de la ocupación resolutiva. Defina cuáles de los aspectos que le inquietan están en sus manos y puede resolverlos, y cuáles otros forman parte de un ambiente depredador. Solucione lo que esté en sus manos. Tome decisiones.
  5. 5.      Haga un inventario de aquellos aspectos que son esenciales en su vida. Afectos, experiencias y prácticas que le resultan valiosas e indispensables. Haga lo mismo con aquellas cosas de las que puede prescindir. Suelte el lastre. Deje atrás todo aquello que no le genera valor, y concéntrese en aquellas otras que le generan utilidad y satisfacción.
  6. Respóndase con nivel de detalle cuál es el proyecto de su vida y cuáles son las razones de su felicidad. No pierda de foco el futuro y su propia capacidad para llenarlo de realizaciones. Abunde en las preguntas y en las respuestas dadas con honestidad. Haga un inventario de los avances, y también de los obstáculos que le impiden más logros. Establezca las relaciones verdaderas entre lo que busca y lo que le da felicidad estable.
  7. Deslíndese de la gente tóxica que está a su alrededor. Evite la cercanía con aquellos que practican la queja constante, la envidia como forma de compararse con los demás, el victimismo que hace ver que el resto conspira contra nuestros intereses, la resignación irresoluta, la soberbia, la prepotencia, el narcisismo y la deslealtad.
  8. Disfrute de las pequeñas cosas que le aporta la vida. Desarrolle una actitud contemplativa que le permita centrar la atención en lo sublime. Observe son serena sobriedad aquello que está ocurriendo en su vida. Aprecie lo bueno, por pequeño que sea. Disfrute del bienestar que le produce estar en contacto con lo bello, lo bueno y lo trascendente. Tome distancia de los problemas, y aprécielos en perspectiva.
  9. Abunde en su desarrollo intelectual. Consuma cultura. Lea buenos libros, escuche música, estudie más y perfeccione sus competencias y habilidades. Siempre hay algo que puede hacer para ser mejor, aprovechar el tiempo y construir esos puentes que lo va a llevar al futuro.
  10. Construya, cuide e invierta en sus redes de relación. Manténgase en contacto con amigos, colegas y grupos de personas con las que tenga intereses en común. Asuma la realidad, tal y como es, pero pregúntese siempre como esa realidad puede mejorar, y cuál es el rol que cada uno debe desempeñar para lograr esos resultados.

Francisco recomienda que “cuando nos sintamos perdidos, debemos rezar a Dios con insistencia el Salmo 87, “Que llegue a ti mi oración Señor, yo, que estoy colmado de males”. No se puede salir del abismo, de lo hondo, sin contar con fortaleza espiritual, asumida con serenidad. No hay nada mejor que sentir la compañía de Dios cuando lo necesitamos con mayor intensidad. Pero recordar siempre lo que decía San Agustín: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”. Nadie duda de la aridez del momento. Pero eso no nos evita soñar un futuro mejor, que nosotros podamos, y debamos, contribuir a realizar.

@vjmc

Manual del perfecto colaboracionista “opositor” en Venezuela

Dictadura En Venezuela Opinión

POR: ESCRITOR INVITADO – AGO 21, 2017, 8:50 PM

(Twitter)Mantenga la convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la antipolítica, los radicales, el G-2 cubano y el régimen. (Twitter)

Por Victor Maldonado:

Comencemos por la definición más elemental. Un colaboracionista es aquel que favorece la agenda y los objetivos de otro. En política, el término tiene un origen terrible, y alude a quien coopera con el enemigo. Nos viene de la experiencia francesa en la segunda guerra mundial. Tuvo que ver con lo que fue el Gobierno de Vichy, remedo de la república francesa, pero con los hilos manejados desde Berlín.

En medio de una guerra en la que los franceses se dieron por vencidos demasiado temprano, el Mariscal Pétain llegó a una muy rápida conclusión: que nada se podía hacer ante la avanzada nazi, y por lo tanto, no había otra posibilidad mejor que una rendición pactada, un vasallaje disfrazado de supuesta independencia, una situación nada creíble y en la misma medida insostenible, y que al final le costó la vida a más de 130 mil judíos, que bajo su Gobierno fueron deportados hacia la muerte segura, en los campos de concentración nazi. El colaboracionismo, por tanto, no es nuevo. Es un espectro que aparece cada cierto tiempo, cuando el terror aprieta, y el coraje supuesto, desaparece. Se colabora cuando las opciones de decisión se asumen como si no se debieran a la moral o a la ética política, y cuando la excusa de la sobrevivencia se lleva por el medio cualquier amago de dignidad humana.

Los sistemas perversos no son necesariamente intencionados. Y por supuesto, nada que me resulte más perverso que cooperar con el mal, creyendo que se está haciendo lo debido. Decía M. L. King que “la comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices”.

En su valiosa Carta desde la Cárcel de Birmingham de 1963, M. L. King hablaba del colaboracionismo pasivo del que se aprovechan los hombres de mala voluntad que “se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad”. Se quejaba el líder de los derechos civiles de la tibieza de los muchos que consentían un estatus quo abominable. “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos”. Denunciaba ese fatalismo degradado a falsas dicotomías que solo contribuían a asegurar las cadenas de los oprimidos, gracias a la falta de imaginación, y de coraje, de los que necesariamente debían sentirse involucrados. “El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente…”. Nada peor que la resignación siempre dispuesta a la servil colaboración.

Colabora el que deja hacer, o el que ingenuamente compra como vías amplias los que no son otra cosa que callejones sin salida. Sus resultados son malos, pero a veces se mueven dentro de la lógica de los efectos contraintuitivos, la tragedia de los resultados no deseados, y de eso que señala el refrán popular, que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Pétain murió creyendo que él, y solo él, había defendido en esas horas oscuras los supremos intereses de su patria. Pero no fue así, colaboró, reprimió, no ahorró ni muertes ni sufrimientos, y al final fue juzgado severamente. Teniendo a su ejemplo a la vista, y a millares de sus émulos, la mayoría gente anónima, que dice operar de buena fe, para preservar sus intereses genuinos, el bienestar de su familia, sus compromisos ideológicos, pero también asumiendo como buen juicio la conjugación de sus peores vilezas, tal vez podríamos intentar organizar un manual para el colaboracionista perfecto

Niegue que lo que estamos viviendo es un régimen autoritario. Insista en que son exageraciones. Que esto, de ninguna manera puede llamarse dictadura. Que a lo sumo es una “semi-democracia”, presta a volver a la normalidad con las próximas elecciones.

Niegue que vivimos un socialismo marxista con vocación totalitaria. Afirme que esto es una mafia enquistada en el poder, pero que de ninguna manera puede ser calificada como de izquierda. Que ninguno de ellos tiene ideología, que los planes socialistas no existen, y que El Plan de la Patria de ninguna manera conduce al Estado Comunal, o sea, al comunismo.

Compre como buenas todas las consignas pacifistas. Haga muy suyo el lema que dice “o dialogamos, o nos matamos”. Conviértase en un adalid del diálogo con el Gobierno, sin importar la agenda, sin tener presente quienes son los mediadores o facilitadores, sin inventariar los costos. Aplauda esos comunicados en los que la oposición usa el lenguaje y los argumentos del régimen, y espere que, por esa vía, y por solo esa vía, se resuelvan los problemas del país.

Acepte el argumento de que “la violencia de lado y lado” ha deteriorado la convivencia social. Que tanto el Gobierno como la oposición son igualmente culpables de los resultados en términos de víctimas de las protestas. No se ponga a creer esa tontería de que el Gobierno es el único responsable. Reconozca que todos tienen culpa.

Apúntese a la campaña que plantea la dicotomía “o votos o balas”. Argumente con abundancia que la oposición solamente tiene votos. Y que el régimen está dispuesto a usar las balas con frugalidad. Por lo tanto, esas odiosas actividades de calle deben ser detenidas, para pasar al festival electoral, cuyo cronograma y condiciones se debe cumplir sin poner ninguna objeción.

Sea un ferviente defensor de que “no hay que ceder espacios al régimen”. Y, por lo tanto, hay que ir a las elecciones, aun cuando los costos de esa decisión sean legitimar al régimen constituyente y concederle tiempo al Gobierno. Es más, usted no cree eso. Usted no convalida esa falacia interesada y odiosa que insiste en que se reconoce a la constituyente cuando se es interlocutor político de las instituciones que se les han subordinado y han aceptado su supremacía supraconstitucional.

Mantenga la firme convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la anti-política, los radicales, el G2 cubano y por supuesto, el régimen. Compre cuanta teoría paranoica de la conspiración haya en el mercado para hacer pasar como conjuras y mala fe de otros lo que es en realidad falta de conducción política y de estrategia.

Erotice sus adhesiones políticas. Convierta a los líderes en santones inmarcesibles y merecedores de todo, absolutamente todo el reconocimiento que pueda darle. Conviértase en su perro de presa, trate de liderar su club de fans y practique con fe de carbonario las actividades propias de las beatas que operan en las redes sociales. Si puede, pídale a Mires su incorporación al chat desde donde se imparten las líneas maestras del establishment comunicacional.Asuma que la juventud de los dirigentes políticos es una condición necesaria y suficiente para que sean infalibles.

Asuma que por la vía de las elecciones regionales se va a lograr el cambio político que todos en aspiramos. Reniegue de aquel que le diga que los gobernadores son solo agentes del ejecutivo nacional, y que la pugna por el presupuesto los aquieta. Apueste a que ganando 23 de las 25 gobernaciones en juego, se va a demostrar suficiente fuerza como para que haya la estampida esperada.

No coma el cuento de que las elecciones son trucadas. Y que la sustitución de la objetada Smartmatic por una empresa de Jesse Chacón no va a terminar ocasionando menos transparencia y más trampa. Asuma que con suficientes testigos de mesa cualquier peligro se puede conjurar. Olvídese de eso que dicen unos malintencionados de que “gana el que cuenta los votos”. Y dispóngase a votar con alegría, entusiasmo y esperanza.

Mantenga la convicción de que es un acto de coraje ciudadano el salir a votar en cualquier condición. No establezca diferencia alguna entre este momento de turbulencia constituyente y cualquiera de las anormalidades anteriores. Es más, ignore el fondo constituyente y no piense en la agenda de centralización del poder que trae consigo.

Por supuesto no piense que hay ninguna otra opción que el ir a votar. No considere que el votar en ambientes totalitarios le concede al régimen tiempo para consolidar el golpe, y reconocimiento por la vía de los hechos. Siga insistiendo que trabajar con el CNE no es reconocerlo, y que reconocer al CNE no es convalidar la Asamblea Constituyente.

Asuma que la política es para entendidos. Lo suyo es el silencio y el seguimiento incondicional a los líderes de hoy. Defiéndalos a capa y espada de cualquier crítica.

Cambie los términos de la relación entre mandante y mandatario. Ocupe el rol de mandatario cuando en realidad es el mandante, y transforme a los políticos en sus amos y señores.

Nunca olvide responder a las críticas con la pregunta “¿Y tú que propones?” que opera como el abracadabra de la incondicionalidad. Úsela siempre que se sienta incómodo con el comportamiento de sus líderes. Practíquelo como un mantra, diez veces al día, escríbalo en sus redes sociales contra todos aquellos que adopten una posición crítica.

Y, por último, practique la desmemoria. Pase por alto las contradicciones y las incongruencias. No se atreva a revisar lo escrito, declarado o dicho de una semana para otra. Finja demencia y no voltee ni hacia atrás ni hacia los lados. Porque si lo hace, puede ser que agarre desprevenido y sin máscaras a su verdadero dueño, esta embestida totalitaria que te necesita así, incondicional y colaboracionista, para mantenerse ellos en el poder, y a algunos selectos adherentes como ficción opositora.

¡Y que Dios nos agarre confesados!

Victor Maldonado es catedrático. Miembro del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE) y articulista en varios medios. Es parte de la directiva del Centro de Comercio de Caracas. En Twitter: @vjmc.

Este artículo fue publicado en el portal La Cabilla el 19 de agosto de este año bajo el título «Manual de un colaboracionista perfecto».

¿Y tú qué propones?

Por Víctor Maldonado el día Agosto 24, 2017 en BLOG

¿Y tú qué propones? Esa pregunta, muy común en las redes sociales, tiene una profundidad psicológica que bien valdría la pena analizar. Lo más superficial es entenderla como un reproche. Ante cualquier posición disidente, la reacción de los seguidores de la tendencia principal es tratar la crítica como si fuera una apostasía. Pero el reproche no es la única conjetura que podemos hacer frente al interrogante. Puede ser que el que la plantee esté consciente de que está jugando con propuestas y reglas imperfectas, pero que esté resignado al curso de acción que ya está operando, aun sabiendo que no lleva a ningún lado. Tal vez quisiera que hubiera otra opción, pero lamentablemente no la ve dentro de lo que es razonable, esto es, sin abandonar su área de confort. Por último, están los que verdaderamente quieren ver otras posibilidades, porque su angustia es genuina.

Para cualquiera de los tres niveles de análisis debería valer una primera afirmación general: Una crítica a un curso de acción, ya es el principio de una propuesta alternativa. Afirmar que ese no es el camino, y proveer de las razones que argumentan esa posición, es un magnífico comienzo para enmendar cualquier error, o simplemente para demostrar que en el ámbito sociológico pocas cosas carecen de opciones plausibles. En el caso que nos atañe, me refiero a la lucha cívica para lograr el cambio político que tire por la borda al socialismo del siglo XXI, y permita a los venezolanos iniciar un esfuerzo consistente para lograr mejores hitos de prosperidad. Somos los protagonistas y herederos de una trayectoria de lucha y desafío que no puede analizarse por compartimientos estancos. Comprender lo que nos ha ocurrido y proponer un curso de acción, requiere una composición de tiempo y de lugar deslindada de fanatismos y compromisos partidistas. Exige claridad de propósitos y una revisión, tanto de lo que se ha hecho, como lo que se tiene que hacer.

Para no irnos tan atrás, ubiquemos el punto de partida en el año 2014. Los sucesos conocidos como “la salida” posibilitaron una mirada diferente desde el entorno internacional, y una revitalización del ciudadano en resistencia. Allí encontramos también cuatro características no deseadas del sistema político venezolano contemporáneo. La más terrible es la capacidad que ha demostrado el régimen para reprimir y extorsionar sin límites ni pudor alguno; la segunda, las obvias divisiones y diferencias de las oposiciones democráticas. La tercera, una incapacidad para formular consensos estables, tal vez asociada a que rige una rapaz lógica de mayorías circunstanciales, agendas particulares que se negocian con mucha opacidad, y grandes dosis de maquiavelismo para descartar a viejos aliados cuando ya no sirven. La cuarta, un endiosamiento de la improvisación y una fe ciega en supuestos liderazgos carismáticos.

Solo la mezquindad puede desconocer que los resultados del 2015 son hijos legítimos de la salida del 2014. Una ventanilla de oportunidad electoral fue aprovechada con inteligencia. El régimen en tránsito a lo que es hoy, una tiranía descarada, no pudo contrarrestar una inesperada capacidad para sorprender al régimen, que se vio imposibilitado de hacer una trampa tan monumental como la que debía hacer para voltear los resultados. Se logró una mayoría determinante en el parlamento, con la que se esperaba voltear la tortilla del poder. Usando el tiempo como variable estratégica fundamental, debían tomarse decisiones y hacer los cambios que posibilitaran el cambio político, esta vez de manera pacífica, constitucional y democrática. Una nueva mayoría estaba al frente, y tenía el mandato para hacer lo debido. Pasaron un mes decidiendo quién iba a ser el primer presidente del nuevo parlamento, tiempo perdido para lo sustancial, mientras la contraparte, más astuta, aprovechaba la distracción para acomodar el TSJ. No se puede bajar la guardia, no se puede caer en la imprudencia de la complacencia, no se acaba el juego hasta que se acaba, y este inning estaba recién comenzando. El régimen aprendió la lección. La tiranía se perfeccionó e hizo un control de daños para recuperar por las malas la hegemonía absoluta que perdió por las buenas. Y demostró que no quería ni podía operar en el marco de la diversidad, el pluralismo y la democracia.

Los venezolanos vimos como procesos de diálogo eran solamente formas para ganar tiempo y domesticar la oposición. La lamentable puesta en escena avergonzó a los ciudadanos, y la asunción de la neolengua usada por el régimen para encubrir la fatal realidad, ocasionó un desplome de esa alternativa, con la retirada del negociador vaticano, y la presentación de una carta de condiciones que todavía no se ha honrado. El régimen no quería negociar nada. Necesitaba tiempo, y tiempo obtuvo, porque en realidad evitaba el referéndum revocatorio usando triquiñuelas en las que, lo menos importante era cual excusa o procedimiento usaban. Lo mismo pasó con la renovación de gobernadores y alcaldes. El parlamento quedó como referente exclusivo de la legitimidad democrática, pero hay que decirlo, incapacitado para mostrarse como un bloque compacto, porque los partidos exhibieron diferencias respecto de los medios a usar, y los fines a obtener.

Lo cierto es que el régimen fue demostrando que no le iba a temblar el pulso para torcerle el pescuezo a las instituciones republicanas, pero nuevamente se excedió cuando su audacia rompió con la cohesión de la coalición gubernamental, al intentar quitarle las atribuciones al parlamento mediante una decisión del TSJ, que fue resuelta entre gallos y medianoche. Hay que señalar que el error del Diosdado-Madurismo fue activar la suspicacia de otros miembros de la coalición gobernante, temerosos del poder absoluto que iba asumiendo una facción respecto de las otras. Eso, por una parte, pero por la otra, el deterioro económico y la desfachatez política se coaligaron para despertar nuevamente la indignación ciudadana, aterrada por la expectativa de una dictadura desprovista de cualquier atenuante, y que en el plano económico aplicaba medidas que profundizaban la crisis. Al frente de la protesta se vieron, una y otra vez, líderes políticos, aunados a una resistencia combativa, seguidos por miles de ciudadanos que coincidían en que resultaba intolerable tanta miseria y represión repartidas. Se fueron acumulando el desgaste del régimen tanto como el agotamiento de un desafío ciudadano que no contaba con dos componentes determinantes: una estrategia, y una campaña asociada a la estrategia. Hubo momentos culminantes como la jornada del 16J, y otros no tan felices como el 30J. Así son los procesos políticos, pero no hay que olvidar que todo este período, lleno de héroes y mártires, posibilitó la alineación internacional que desconoció el fraude constituyente, y colocó al régimen en entredicho.

Entonces ocurrió algo que era absolutamente previsible. El régimen desplegó su estrategia, y convocó a elecciones regionales, subordinadas a la Asamblea Constituyente y a todas las instituciones que de ella dependen, incluido claro está, el Consejo Nacional Electoral. Los políticos decidieron agarrar esa banana envenenada que les tiraron, y ahora estamos enfrascados en un proceso regional, cayendo en contradicción, renegando de lo hecho hasta ahora, afirmando imposibilidades e incapacidades, y dejando a todo el mundo en la más absoluta perplejidad. Por esas razones, y porque hay discrepancias sobre su conveniencia o no, frente a la presión de la discusión, y la desorientación general, los ciudadanos responden con la pregunta de marras: ¿Y tú que propones?

La respuesta tiene dos vertientes. La primera y más fácil es que yo propongo que no le concedamos al régimen ni tiempo ni legitimidad a sus instituciones espurias. Y que asumamos de una buena vez que se ha perfeccionado, a nuestro pesar, un régimen totalitario cuya esencia es precisamente el no compartir espacios de poder. Que ese perfeccionamiento totalitario tiene agenda y actores en la asamblea nacional constituyente, y que, por lo tanto, carece de sentido ganar lo que ya se ha perdido. Y, por último, asumirnos de una buena vez como lo que somos: una mayoría determinante del país, victimizada por el régimen, que no necesita demostrar una y otra vez lo que desde hace mucho tiempo es: una mayoría victimizada por el totalitarismo comunista que desde hace 20 años se está implantando en Venezuela. Una mayoría que no puede jugar a las reglas del juego democrático, porque no existen condiciones democráticas, sino un régimen violento, que usa la fuerza pura y dura tanto como el fraude y el engaño. Entonces ¿qué propones?

  1. Habiendo evaluado la situación y puestos en perspectiva, podemos seguir adelante.
  2. Asumir que los venezolanos viven la inminencia de su propio colapso. No tienen tiempo que perder. Mueren 96 venezolanos todos los días, gracias a la inseguridad y la violencia. Uno de cada dos enfermos de cáncer muere, en el marco de una crisis de equipos, insumos y medicinas especializadas. En el año 2016 26 mil personas murieron de cáncer en Venezuela. Cada media hora muere un venezolano por enfermedad cardiovascular. En Venezuela el riesgo es 15 veces mayor que el en el resto del mundo. Y así podríamos hacer un inventario de las calamidades que aplastan la esperanza y la paciencia de los venezolanos. Por eso, los que pueden irse del país, se están yendo, acelerando una fuga de talento que hace mella en las empresas y que disuelve a las familias. Y los que no pueden irse del país están indignados y expectantes, porque saben que se juegan la vida, y las vidas de sus afectos. Están, por así decirlo, entre la espada y la pared, sabiendo por lo tanto que “o corren o se encaraman”.
  3. Asumir que es necesaria otra coalición diferente al “unanimismo impracticable” que hasta ahora hemos tenido. Los ciudadanos necesitan una nueva conjunción de partidos, organizaciones no gubernamentales, líderes civiles y líderes religiosos, vinculados a un mismo propósito, y con la influencia moral suficiente como para convocar a los ciudadanos al esfuerzo de cambio político que los ciudadanos desean, tomando en cuenta que cualquier curso de acción tiene riesgos y dificultades. Esta influencia moral se fundamenta en un liderazgo benevolente, justo, recto, transparente, confiable, hábil y estratégico. Sin agendas ocultas. Sin intereses subalternos. Capaz de mantener el curso, y con destreza estratégica para anticiparse a la jugada del adversario.
  4. Diseñar y decidir una estrategia, y alrededor de esa estrategia armar un plan de campaña. Las opciones estratégicas tienen que ver con las metas y objetivos. Si el objetivo es el cambio político, rápido y eficaz, entonces la estrategia tiene que ser compatible, apropiada, unívoca, y resistente a las tentaciones del momento. Tiene que acordarse disciplina y consistencia, y debe buscarse el éxito en el menos tiempo posible, al menor costo posible en vidas y esfuerzos, y causando al adversario el mayor desgaste posible. Las acciones de calle, el discurso político que significa apropiadamente la crisis, la repulsa internacional, y el desenmascaramiento de la tiranía tienen que acoplarse. Las buenas estrategias destrozan las estrategias del adversario. Nuestro mayor enemigo es la improvisación ocurrente.
  5. Determinar las propias capacidades y las capacidades del adversario. Esto requiere análisis cualitativo y cuantitativo sobre el país y cada una de sus regiones. También sobre la propia organización, tanto como las del adversario. Conocer nuestra psicología y estar perfectamente claros sobre cuál es la psicología que respalda las decisiones del contrincante. Este análisis debe ser sistemático. No son, por cierto, las encuestas que se airean públicamente para satisfacer el ego de los supuestos encuestólogos, las que pueden ser el fundamento analítico.  Es información relevante y esencial a los efectos de perfeccionar la estrategia y sus cursos de acción. Y por lo tanto confidencial. Hay que recordar la recomendación de Sun Tzu: Conoce a tu adversario. Conócete a ti mismo. Conoce el terreno. Conoce el clima, y tu victoria será irrevocable.
  6. No cazar güiro ni pescuecear falsas oportunidades. Es cuestión de disciplina el concentrar los esfuerzos en donde den más resultados, en relación con la meta formulada y aplicando la estrategia acordada. Entender que las aproximaciones actuales tienen contexto y relevancia dentro de un continuo histórico. Aceptar que no puede haber una campaña sin recursos, y que esos recursos hay que recaudarlos. Pero sobre todo asumir que la causa es Venezuela. No son los partidos políticos y sus intereses los que deben primar. Por eso, ante cada iniciativa del régimen hay que preguntarse: ¿esto mejora, facilita, nos acerca a la causa? ¿O por el contrario debilita, divide, reduce posibilidades y nos aleja de la causa?
  7. Diseñar una estrategia comunicacional eficaz, con voceros eficaces, con guiones debidamente preparados, con una puesta en escena apropiada. El medio y el vocero son parte de lo que se quiere comunicar. Evitar el pescueceo y atenerse al guión. Una buena estrategia comunicacional informa lo que debe informar, y mantiene la alineación entre la meta, la estrategia, los líderes y la base social de sustentación. Es comunicar para ganar, no para perder.
  8. Definir, articular y activar las bases sociales de la nueva coalición. Hay que determinar con qué base social se cuenta, y qué están dispuestos a hacer. Hay que saber encomendar tareas a cada cual, de acuerdo con sus talentos. Hay que saber organizar a los grupos en torno a un propósito. Y hay que administrar las angustias y las expectativas de los ciudadanos. Hay que salir a la calle, hablar con la gente, ser empáticos, construir conjuntamente el curso de acción. No hay que decepcionarlos más con esos giros inexplicables. Y hay que ser serenos.  Confucio alguna vez dijo que nunca escogería para ayudarlo a dirigir una batalla “al tipo de hombre que estuviese dispuesto a desafiar a un tigre o a atravesar un río sin preocuparle si va a vivir o morir en el intento. Tomaría ciertamente a alguien con la debida cautela, y que prefiriese tener éxito con la debida estrategia”. La estrategia debe ser el jefe.
  9. Afinar aún más el soporte internacional, crucial para el logro de los objetivos planteados. Respetar la buena fe de las iniciativas, y no caer en el despropósito de desautorizarlos. Mantener una interlocución respetuosa y eficaz, descartando manejarse dentro de “lo políticamente correcto” si eso te aleja del logro de tus objetivos. Un solo vocero y un solo equipo debería ser el encargado de manejar las relaciones internacionales de la coalición.
  10. Mantener un sistema de evaluación de la estrategia asociado a resultados e indicadores de avance. Sin indicadores, cualquier cosa puede ser erróneamente alentadora o desalentadora. Sin una visión compartida, la deserción ante la primera dificultad será notoria. Sin un liderazgo cohesionado, disciplinado y recto, la traición a la estrategia será obvia. Los factores externos son esenciales. Hay que cuidarlos. La capacidad organizacional y el soporte de la base social son determinantes. Las fortalezas propias hay que abundarlas, y la motivación al logro y la disciplina son factores irrenunciables.

Quien esperaba una respuesta digerible, mágica o fácil de asumir, probablemente se sentirá desalentado. Además, no todo se puede decir. Porque mi propuesta es comenzar de cero, pero aprovechando el capital social y político que como sociedad hemos acumulado, con mucho sacrificio. Lo que no podemos seguir haciendo es equivocando la estrategia, la organización y el liderazgo. Los ciudadanos están allí, esperando una convocatoria genuina y eficaz, que no los desgaste a ellos más de lo que desgastan al adversario. Están ansiosos de una alternativa estratégica inteligente, creativa y profesional. Los líderes tienen que salir a la calle, estar en medio de la gente, escucharlos con atención, y liderar el descontento y las expectativas. Cada uno debería escuchar del líder lo que hay que hacer, y lo que cada uno puede aportar. Los líderes no pueden ir a la calle a pedir respaldo para una candidatura insensata. Deberían estar en la calle ofreciendo opciones de cambio político. Eso si, sin caer en la tentación demagógica de decir que ese cambio es por la vía de ganar unas gobernaciones. Eso es equivalente a tratar de llegar a Cumaná por la vía que conduce a Maracaibo. Una nueva coalición debería tener relevancia ética. Si estuviera en mis manos, esta estrategia contaría con un estratega de la talla de J.J. Rendón, porque esta etapa requiere del uso de todos los recursos que estén disponibles. Y porque no hay tiempo que perder.

Este artículo no busca necesariamente la satisfacción de todo el mundo. Es un intento de demostrar que no debemos resignarnos a malos cursos de acción, que solo nos llevan más rápido a la servidumbre. Al final, hago mías las palabras de San Pablo a los Corintios: “En el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual, y dirá lo que vale. Si uno participó en la construcción y su obra resiste el fuego, será premiado. Si su obra se convierte en cenizas, sufrirán el daño”. La historia será, por tanto, el juez severo al que nos acogemos.

Víctor Maldonado

VÍCTOR MALDONADO

Lo perverso

Agosto 21, 2017

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VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Vivir en un sistema perverso no es lo mismo que definirlo. Cuando se vive, se aprecian sus resultados, por ejemplo, esa desazón que provoca el no saber a qué atenerse, el no poder confiar en nadie, y el temer la traición de todos los que nos rodean. No es bueno vivir así, dentro de una lógica en la que la fuerza lo determina todo, y los valores no son determinantes, o simplemente no existen. Un ejemplo de sistema perverso era la mafia de los cuarenta ladrones que relata el cuento de Alí Baba. ¿Qué congregaba a cuarenta personajes tan disímiles? La respuesta no era otra que el cuidar el botín, y tratar de conservar la parte que les correspondía. No había allí confianza, tampoco intención de trascender. Solamente garantizar el secreto del conjuro que permitía abrir y cerrar la cueva, y por supuesto, asegurar que nadie se llevara una porción de lo allí acumulado. En el transcurso, toda jugada era válida, todo crimen era justificado.

Esa es la esencia de la perversidad. Jorge Etkin (1993) lo muestra como el deterioro social que ocurre con el cambio arbitrario de valores, según las circunstancias y conveniencias de los actores sociales que actúan de forma egoísta o inmoral. No es tan fácil como la maldad frontal, pura y dura. En el caso de la perversidad, la táctica esencial es el disimulo de lo que se es realmente. Es el uso de la doble moral, el planteamiento sistemático del eufemismo y la inversión de los significados. Luis A. Herrera O (2015) plantea que la perversidad es un medio de dominación que usa el lenguaje dentro de “un proceso deliberado de intervención, deformación y manipulación del lenguaje común con pretensiones de control total… de las emociones, ideas, creencias y deseos de las personas…”.

Perverso es, por tanto, predicar una cosa y aplicar otra. Mantener un discurso que encubre actuaciones inconfesables, eso si, dentro de una lógica circular, o círculo vicioso, afincado en la mentira y en la impostura. La perversidad exhibe la moral de la hipocresía, donde se fomentan los ambientes de complicidad e impunidad, que facilita, por ejemplo, a los cuarenta ladrones hacer ver a los demás que son gente honorable y que su causa es justa. Perverso es, por ejemplo, decir que se está pensando en los más altos intereses del país, cuando en verdad el interés no va más allá de querer obtener una gobernación, y disfrutar de sus beneficios en términos de poder y renta. ¿Alguien lo puede decir así, de manera tan ramplona y simple? Nadie que lo diga, sobrevive. Entonces comienzan a operar procesos de racionalización y justificación para legitimar una decisión que no tiene demasiado fundamento en la moral convencional. No es lo que se espera de un político decente y, por lo tanto, no se dice lo que se piensa, y a la corta, tampoco se hace lo que se dice.

La mentira, que siempre tiene patas cortas, cuando se trata de política, se arrastra. Etkin sostiene que los sistemas perversos profundizan sus propias desviaciones, se perfeccionan en sus defectos, y son incapaces de tomar conciencia y de corregirse por si solos. Dicho de otra forma, pasan de mal a peor, y de peor a infame, de manera natural y sin mayores esfuerzos. En este contexto no hay forma de resolver la contradicción inmanente entre el orden de la acción y el orden moral. Entre el pensar, el decir y el hacer se provocan puntos de ruptura respecto de lo que se espera, aludiendo a los principios morales y la transparencia en las relaciones. La ruptura entre el pensar y el decir le abren el espacio a la hipocresía y a la mentira. Comprender cómo opera esta ruptura requeriría leer a Tartufo, esa invicta obra de Moliere, el hipócrita por excelencia, el falso devoto, que al final es descubierto en su malevolencia.

Si hay ruptura entre el decir y el hacer se aprecia el falso discurso.  Por ejemplo, las preguntas del 16J, redactadas por una conducción política, que luego se desentendió, decepcionando a todos los que esperaban acción contundente, o por lo menos, la instrumentación de un guión que permitiera acercar la meta de cambio que todos aspiran. Y si se trata del rompimiento entre el pensar y el hacer, nos encontramos con los actos irracionales, la insensatez, el jugar contra si mismo, el apostar a la ruina y al fracaso, es decir, los espacios propicios para la retórica y el doble discurso. Un maquiavelismo mal entendido, la lógica del necio que asume la desmemoria y la resignación de los demás.

Lo malo de la perversidad es que se practica desde el poder. Y, por lo tanto, no es de fácil disolución. Hay que esperar a que se desencadenen los acontecimientos, y se provoque el colapso. Vale la pena leer de nuevo La Tragedia de Ricardo III, de William Shakespeare, para comprender que con suerte, a pesar de la robustez de los sistemas perversos, el protagonista puede terminar en desventaja, abandonado a su suerte en un campo de batalla, desamparado por su montura, implorando al vacío y a la nada que por favor le concedan un caballo, que cambia su reino por un caballo.

@vjmc