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Confianza e integridad

Octubre 23, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Vivimos una crisis de confianza. Es propia de las sociedades que han sido despojadas del estado de derecho, y son víctimas del desguace institucional. La desconfianza no es otra cosa que la imposibilidad de predecir la conducta social, lo que obliga a encender todas las alarmas de la sobrevivencia. En ausencia de confianza no hay prójimo, sino la tragedia de ser oveja entre lobos, siempre pendientes del daño posible, atentos a la violencia que se anuncia como un nubarrón y respecto del cual nada se puede hacer. Sin confianza no hay reciprocidad imaginable. Todo se reduce a una relación de uso a destajo, en la que supuestamente nadie tiene que agradecer a nadie el esfuerzo de intentar la mínima solidaridad. Rige el fraude, también la violencia que a veces se expresa en el uso puro y duro de la fuerza, y muchas otras en la extorsión y cualquiera de las versiones de amedrentamiento social o psicológico. En ausencia de confianza no hay amor posible, porque la caridad siempre va a ser una virtud que se fundamenta en el reconocimiento del otro como sujeto digno y apreciable.

Se es confiable cuando se es íntegro. Obra con integridad quien actúa conforme a principios y valores trascendentes. El líder íntegro y confiable modela con el ejemplo, y a pesar de las complejidades de la vida, siempre decide a favor de sus valores. Cuando se es honesto el líder entiende que sus seguidores van a estar atentos a lo que hace, a la forma como resuelve dilemas y problemas, cuáles son los criterios que utiliza para estar disponibles y ayudar a los demás, y cuantas veces ha caído en contradicción. La integridad es un hábito arraigado en el carácter de la gente, que hace natural la consistencia. No puede ser una impostura.

Los compromisos son para vivirlos, no para declamarlos. Si prometes algo, debes cumplirlo. Por lo tanto, un líder integro no suscribe responsabilidades que no puede cumplir, y se cuida de asegurar los tiempos y recursos necesarios para llevar a cabo una tarea. De la misma forma, el líder es cuidadoso en el cumplimiento de su agenda y las citas que ha acordado. Si necesita más tiempo, lo pide, y explica los por qué. Si tiene que reagendar, lo hace en los tiempos apropiados para causar el menor daño posible. Ni la procrastinación ni el perfeccionismo son excusas suficientes para retardar un proceso o reprogramar un compromiso. La integridad considera a los otros como contrapartes importantes, a las que se cuida.

Nadie que tenga principios socava a los otros para obtener sobre el daño ocasionado ganancias indebidas. Un líder congruente no mejora su imagen a costa de la reputación de los demás. Dentro de las organizaciones los líderes practican una relación de equipo, con ganancias compartidas y un reconocimiento franco del mérito y aporte personal. Por eso se cuida de hablar a espaldas de los colaboradores, propagar rumores y hacer insinuaciones tendenciosas. Tampoco cuestiona la trayectoria, inteligencia o competencia de los colaboradores. Y mucho menos construye y difunde versiones tergiversadas de los hechos. Se cuida de hacer comentarios ácidos o sarcásticos. Comprende que su reputación se juega cotidianamente en el trato que da a los demás.

Si el líder se equivoca, acepta su responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Cuando ocurre transita el proceso de pedir disculpas, reparar el daño y compensar a los que se vieron afectados. No se comporta a la defensiva, ni busca “chivos expiatorios” a quien cargarle la falta. Asume la experiencia como una nueva oportunidad para el aprendizaje, y se enfoca en buscar las razones por las que incurrió en la equivocación, para comprender qué y cómo ocurrió, con la finalidad de intentar que no vuelva a pasar. No hay mejor modelaje que ver a un líder asumiendo sus errores, y actuando en consecuencia.

La congruencia es una fortaleza del carácter. Phillip Holden (2000) sugiere que practicarla obliga a veces a ser enfáticos. A continuación, te presento una lista de imperativos asociados al liderazgo con integridad:

  1. Aprende a decir “no” siempre que sea necesario.
  2. Exige ser tratado con respeto, y trata con consideración a los demás.
  3. Pide lo que necesites, pero tienes que estar consciente de que te lo pueden negar.
  4. Defiende la verdad y haz lo que creas correcto hacer.
  5. Decide con autonomía y responsabilidad si quieres aprender o saber más sobre una determinada cuestión.
  6. Exige y haz respetar tu privacidad, así como respetas la privacidad de los demás.
  7. Exige el mismo trato y las mismas oportunidades que los demás.
  8. Exige ser consultado acerca de las cuestiones que realmente te afectan.
  9. Controla tu propia vida con templanza y sobriedad.
  10. Ayuda a los demás, si crees que lo necesitan.

Heráclito de Efeso nos legó a los contemporáneos una recomendación que bien vale la pena seguir:  “El alma se tiñe del color de tus pensamientos. Piensa sólo en aquellas cosas que están en línea con tus principios y que puedan ver la luz del día. El contenido de tu carácter lo eliges tú. Día a día, lo que eliges, lo que piensas, y lo que haces, es en lo que te conviertes. Tu integridad es tu destino…Es la luz que guía tu camino”.

 

@vjmc

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Víctor Maldonado: debate de Víctor Maldonado, Erik Del Búfalo y Oscar Valles

Round 1. Víctor Maldonado

Vivimos tiempos oscuros. Si se quisiera utilizar algún criterio, son tiempos de volatilidad, complejos, inciertos y ambiguos. Tiempos, por tanto, propicios para que los zorros se metan en los gallineros y acaben con todo. La incertidumbre es el resultado porque desconocemos toda la trama, pero también porque no queremos reconocer lo que efectivamente está ocurriendo en una situación donde se perdió total transparencia. Hay dos flancos que no se contraponen, sino que parecen complementarse para garantizar que se mantenga un statu quo que cobra un alto precio a los ciudadanos venezolanos en términos de muerte, desbandada, enfermedad y pobreza. ¿Cómo se puede sortear esta trampa que ya lleva veinte años de éxito?

Round 2. Erik Del Bufalo

La trampa quizás no viene por la volatilidad de los tiempos o su inquietante oscuridad. Creo que padecemos, más bien, los efectos de una trampa primaria: creer que la democracia es independiente del Estado de derecho. En otros términos, pensar que democracia y dictadura de mayorías son la misma cosa. Esta confusión fue la que nos llevó a desmontar el estado democrático, que a pesar de que era precario, existía antes de Chávez. Digo desmontar, porque quienes comenzaron el desmantelamiento de la República no fueron las masas populares, fueron las élites acostumbradas al proteccionismo y al rentismo petrolero. Chávez es un producto del populismo de élites. Respondo entonces tu pregunta con otra pregunta: ¿Cómo formar un nuevo pacto de élites que nos lleve a refundar la República liberal donde solo es posible la democracia genuina?

Round 3. Óscar Vallés

No podremos salir de esta condición PSUVista, caracterizada por la explotación y la polarización extremas, si antes no consideramos primero cuál es la extensión y la intensidad del principio del estado de derecho, o más filosóficamente, el sentido de justicia que debe regir entre los venezolanos. Mientras no reflexionemos sobre la calidad y abundancia institucional de nuestro sistema político, será difícil llegar a tener la democracia que hace posible una sociedad de cooperación y pluralidad. Porque la democracia, como advierte Erik, no se reduce a un asunto plebiscitario que funciona bajo el imperio de la “regla de la mayoría”. La democracia es un orden de instituciones dispuesto para preservar ese poder que cada ciudadano tiene de concebir un plan de vida digno de vivirse, bajo un sistema de reglas y prácticas equitativas que le permita vivirlo, sin menoscabo de los planes de vida de los demás. Ese sistema de reglas y prácticas, que expresan la obligación política por consentimiento, y que es típica de la democracia, solo se hace posible por ese sentido de justicia, o principio del estado de derecho, que los ciudadanos admiten y asumen como elemento rector de la vida republicana. Como pueden ver, refundar una Democracia Republicana, así con mayúsculas, requiere consideraciones muy previas al papel que un pacto de élites puede tener en su instauración.

Round 4. Víctor Maldonado

Es indispensable volver a lo básico. Debemos desterrar la picardía política, y la posibilidad de tomar ventajas desde las posiciones de poder. Ese “tío conejo” vivaracho, improvisado, ocurrente, y que vive al margen de las reglas, siempre ha recelado de los acuerdos institucionales. Yo creo que la no reelección a todos los cargos ejecutivos es un punto de partida que se me ocurre crucial, porque implica la renuncia al odioso monopolio del poder y el dejar de lado la lógica del caudillo que necesita montoneras y seguidores no deliberantes. Creo que el libre mercado y el respeto a los derechos de propiedad son su equivalente para el sector privado. Y la renuncia a la condición de estado patrimonialista, supuestamente mejor administrador de los recursos del país, pero que en realidad es el manantial de una lógica rentista que transforma las relaciones institucionales en mafias. El chavismo es solamente una exacerbación de un curso de acción que ya venía antes. La doble vuelta para la selección del presidente de la república debería ser otra condición. Y el incentivo para desarrollar e instrumentar las alianzas programáticas que se puedan implementar en un período de gobierno. En resumen, el pacto de élites tiene que fundarse en la imposibilidad de mantener una apropiación indebida del poder. Ahora bien, ¿cómo hacemos esta transición entre lo que tenemos y lo que queremos?

Round 5. Erik Del Bufalo

El comentario de Óscar Vallés y tu pregunta nos obliga a distinguir más claramente la diferencia entre República o Estado de derecho, e igualdad de libertades civiles, de la mera democracia.  Efectivamente, un simple pacto de élites sustentado en el paternalismo y el rentismo no es en sí la solución. De hecho, el chavismo comenzó como un pacto de élites para impedir la perdida de privilegios oligárquicos atados al modelo rentista. Por Estado de derecho debemos entender no solo el imperio de la ley y la igualdad de todos los ciudadanos sometidos a ese imperio. Debemos entender también la lógica negativa del poder propia de las repúblicas modernas, es decir, la mayor contención posible del poder ante la libertad de los ciudadanos, que han renunciado o traspasado parcialmente su derecho natural a un estado de civilización, y esto lo han hecho por seguridad, pero jamás por sumisión. No obstante, como bien dice Víctor, de poco sirve un orden legal o constitucional que limite al poder si no hay un sustento real, objetivo, que lo haga posible. Ese sustento real es la sociedad abierta, que implica el libre mercado, la libre expresión, la propiedad privada y el empoderamiento de los individuos. Solo así es posible que la república no sea el cascarón vacío donde el parásito del totalitarismo vendría a infiltrase a través de la democracia como simple voluntad de las mayorías. La transición, entonces, entre esta “tiranía de mayorías sin mayoría” a una verdadera República no solo debe venir de un pacto de élites sino de cierta coerción geopolítica para que esas élites abran la economía. De allí que encuentro esencial las sanciones internacionales que deben hacerse aún más duras. ¿Pero es esto realmente posible en el contexto internacional que tenemos?

Round 6. Óscar Vallés

Ahora la cuestión que venimos considerando tiene más claro sus elementos. Por un lado, tenemos un compromiso ineludible e irrenunciable con ese orden institucional de principios y valores que constituye una genuina democracia republicana, como la llamó Charles Taylor en su célebre conferencia de Chile, que requiere además una sensata y razonable apertura económica que estimule la innovación, la creatividad y el emprendimiento con el más amplio esquema de libertades. Por el otro, requerimos una sociedad civil y política bien estructurada, esto es, con asociaciones intermedias que tengan clara representación de sus afiliados y miembros, con directivas que tengan potestad de tomar decisiones que sean avaladas por sus bases, de modo que un proceso de negociación y acuerdo entre las fuerzas democráticas republicanas tenga la vinculación y el compromiso que la transición exigirá mantener al menos en los próximos 20 años. Finalmente, es preciso mantener un entorno internacional favorable para la inserción de Venezuela en el mercado internacional de bienes y capitales, que permita apalancar los requerimientos de financiamiento que la destartalada economía nacional necesita con urgencia. Sin embargo, en las actuales condiciones que el país presenta, aterrizando en esta Tierra de Gracia, el desenlace de este drama sigue dependiendo de la calidad del liderazgo nacional. Perdonen que lo tenga que reiterar una vez más aquí. Si ponemos en una balanza los últimos 100 años, Venezuela ha tenido todo para ser una nación donde sus ciudadanos viven como dignamente aspira vivir la humanidad. Lo que nunca hemos tenido es un liderazgo ilustrado, comprometido, honrado y leal con los ideales republicanos y democráticos. Esa es la variable que nos mantiene atado a la miseria. La pregunta ahora la regreso con punta: ¿tenemos hoy al menos algunos líderes políticos que rompan con ese déficit histórico?

Round 7. Víctor Maldonado

Han planteado dos preguntas que a mi juicio son cruciales. La primera tiene que ver con el grado de compromiso del concierto internacional con la vigencia de las libertades y derechos humanos en un país determinado, y la superación de un viejo fetiche, el respeto sacrosanto de la soberanía nacional, que siempre termina convirtiéndose en el santuario de los déspotas, los corruptos y los consumidores voraces del poder. También hay que señalar cómo han operado las imposturas ideológicas para encubrir la perversidad en el uso del poder. Las izquierdas, y el esfuerzo por mantener una versión contumaz de “lo políticamente correcto” han sido las alcahuetas de cualquier tipo de tropelías, como si fuera más importante conservar las viejas consignas y las desgastadas canciones de protesta que garantizarle a la población libertad y derechos. Eso, por supuesto, sin entrar a considerar la Realpolitik, la trama de intereses de los países, y cómo terminó Venezuela entrampada en una geopolítica donde Cuba y la paz colombiana importaban más que la suerte de nuestro país. Toda la era de Obama funcionó como apaciguador de una gran sinvergüenzura latinoamericana, respaldada por los bajos rendimientos y la escasa calidad de la dirigencia política local. Esa es la pregunta que deja en el aire Óscar Vallés. Luego de veinte años ya se torna imprescindible valorar las estrategias políticas y sus resultados. Y por qué las decisiones fueron para intentar una convivencia imposible y no una ruptura necesaria. Los partidos políticos venezolanos (salvo VENTE) se autodenominan de centroizquierda, todos son estatistas por convicción, y todos creen en una sustitución de actores en el marco de la misma lógica socialista. Ellos creen que este socialismo es viable si son ellos quienes lo administran. Incluso afirman que ellos pueden servir de injerto para mejorar lo que ya tenemos, pero conservando el mismo signo. Ahora están tratando de sortear una tragedia, y es que, con el colapso del socialismo del siglo XXI, ellos se quedaron sin propuestas y sin discurso. Les queda, eso sí, un inmenso resentimiento y mucha suspicacia contra cualquier oferta no populista, no demagógica, no patrimonialista, no estatista, no rentista. Es más, ellos no están habilitados para ofrecer a sus cuadros algo más que una relación básicamente clientelar y, por lo tanto, condenada a corromperse más temprano que tarde. ¿Son capaces de regenerarse ellos mismos? ¿Cuáles incentivos debe colocar la sociedad civil para que ellos expresen nuestras aspiraciones republicanas?

Round 8. Erik Del Bufalo

La crisis de la socialdemocracia es un fenómeno global y que se decanta no siempre hacía la izquierda, sino muchas veces hacia el populismo de derechas, que tanto azotó a Europa occidental en el siglo pasado. Esa crisis la vivimos también los venezolanos de un modo dramático con el chavismo, que nace como un populismo de derecha y que rápidamente se redescubre como estalinismo blando guiado por la tutela estratégica e ideología de Cuba totalitaria. En este contexto histórico calamitoso, y luego de casi dos décadas de decadencia, apartando la crisis política que ya existía y que condujo al chavismo, debemos decir la terrible verdad: la clase política venezolana, salvo admirables excepciones, no solo fue incapaz de reinventarse, sino que se atrincheró en lo peor de los viejos atavismos del Estado clientelar, rentista y asistencialista. Ello le ha dado al chavismo, mucha más vida de la que debía haber tenido y ha permitido el envilecimiento no solo de la política, sino, y más grave aún, de la sociedad entera. No obstante, en medio de esta ruina, pienso que ya se van consolidando minorías sustanciales capaces de tener una visión grande, de largo plazo y con un sentido profundamente republicano, que quiere ir más allá de la mera democracia competitiva que es, al fin y al cabo, a lo que se redujo nuestra “cultura democrática” después del pacto de Punto Fijo. Mi duda radica en saber cuál será la dinámica que hará que estas minorías puedan transformarse en agentes eficaces del cambio profundo del país y cuánto tiempo necesitarán para ello.

Round 9. Óscar Vallés

Esa duda, Erik, esa es la gran interrogante que nos hacemos después de esas décadas perdidas del puntofijismo mal entendido, de la neo-gerontocracia adeca, y de los nuevos adoquines de la internacional socialista en Venezuela, junto al pragmatismo utilitario no-doctrinal de sus actuales socios políticos, para no mencionar a la mafia criminal, vestida de organización política, que devasta el país. El surgimiento de los partidos políticos en Venezuela siempre estuvo asociado al ejercicio clientelar del Estado. Tener alcaldías y gobernaciones, cuando no el control del Ejecutivo Nacional, le permite a esas troikas partidistas emplear a sus cuadros políticos en cargos públicos, para mantener una estructura permanente y profesional al servicio del partido; financiar los costos de sus operaciones de proselitismo y expansión, con recursos públicos, para aumentar su base de militancia y su cartel de contratistas; y ganar más influencia y poder en la política local, estadal o nacional, según las ambiciones de su cúpula directiva. Organizar una nueva referencia política con una clara ambición de cambio profundo, incluso en sus prácticas de funcionamiento y expansión, no lo veo difícil, sino hasta necesario e indispensable, si queremos romper el círculo vicioso donde estamos girando, al menos, en los últimos 40 años. El asunto por tanto no está en cómo conformar una nueva organización política, porque hay miles de ciudadanos en todos los municipios del país dispuestos a ello, mucha ingeniería organizacional disponible y exitosas experiencias para hacerlo. La cuestión la encuentro en el tiempo requerido para fraguarlo, esto es, en la segunda interrogante que deja Erik en mesa. Estamos mal acostumbrados a la inmediatez y a las fórmulas mágicas. Se llevará el tiempo que requiera y puede ser varios meses de trabajo incesante y agiotador, pero también satisfactorio y enriquecedor. Sin embargo, el mayor obstáculo lo encuentro en donde tal vez uno menos lo esperaría. Porque una nueva referencia política tendrá enemigos, mucho más acérrimos y peligrosos, en quienes hoy monopolizan la oposición a la dictadura, que en la misma camarilla dictatorial. Pero el camino más largo es el que no se inicia. De modo que estoy convencido que no hay mejores condiciones para la conformación de una tercera fuerza política que las que ahora tenemos. Ni mejores ni más apremiantes. La invitación sigue abierta.

Round 10. Víctor Maldonado

Una amiga con quien comparto afanes radiofónicos siempre cierra su programa diciendo que los venezolanos no tenemos por qué resignarnos a esto que vivimos. ¿Qué es lo que vivimos? Sufrimos los efectos de una mala política, que necesariamente se decanta en una mala economía. Eso es lo primero que tenemos que aprender y asumir. Que política y economía vienen apareadas y que, por lo tanto, no podemos deslindar el discurso populista, irresponsable y taimado, de las secuelas que deja en la prosperidad de la gente. La gente es infeliz en regímenes populistas. Vive de decepción en frustración, con efímeros momentos de falsos entusiasmos. Los populistas obligan al saqueo del futuro, en eso consiste precisamente la depredación irresponsable de los recursos del país a través del estado patrimonialista. Pero hay que señalar que el populismo tiene su propia institucionalidad en los gobiernos extensos y en los partidos clientelares. Venezuela es un doloroso ejemplo. Millones de empleados públicos que presionan a la indisciplina fiscal, causante de la inflación, y partidos que, aunque se presentan como alternativa, no son otra cosa que la convalidación de lo mismo, una oferta demagógica, incumplible, pero sobre todas las cosas, ruinosa. El populismo tiene también su cultura y sus valores, por ejemplo, el rentismo petrolero, la necedad de mantener el criterio de empresas y sectores estratégicos y su concomitante capitalismo de estado, la alusión a la pobreza para justificar que ellos sigan a cargo, la perniciosa imaginación de que las cosas se resuelven por decreto, una especie de legalismo mágico, la ainstrunmentalidad implícita que se nota en la incapacidad de resolver cualquier problema, y lo peor, el creer que de una situación así se sale, por las buenas, y gracias a que en cualquier momento ocurre el milagrito. El desafío para nosotros, los radicales, es seguir insistiendo en romper este círculo perverso de complicidades y complementariedades del que vivimos el fatal momento culminante. Los venezolanos se están muriendo de hambre, no tienen como resolver una enfermedad, y muchos han partido en desbandada, apostándolo todo a la fortuna que a veces no les es propicia. La única salida fructuosa es la ruptura ideológica, ética, institucional y programática. Necesitamos apostar por la libertad, la libre empresa, el estado limitado, la soberanía del consumidor, la transparencia y rendición de cuentas de los que son encomendados para que gobiernen por nuestra cuenta. Que eso sea posible dependerá de una sublevación ciudadana que exija más, no siga jugando a la ingenuidad supuesta, asuma su responsabilidad con sus propios proyectos de vida, sea más realista, y se conforme menos. Los venezolanos están desperdigados por el mundo, echando el resto. Ahora corresponde echar el resto aquí para construir el país que merecemos, que soñamos y por el cual, en los últimos veinte años han dado la vida y sufrido persecución tantos venezolanos. Insisto, hay que darle un chance a la libertad, enterrar a todos los caudillos, y comenzar una etapa donde prive un nuevo pacto republicano. La invitación sigue abierta, entendiendo eso sí, que fuera de ese proyecto luminoso, habrá esta oscuridad, el llanto y crujir de dientes que ahora nos impone este totalitarismo.

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Humildad en la gerencia

Septiembre 18, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado.- Recientemente tuvimos la grata experiencia de asistir a una conferencia gerencial dictada por Ramón Piñango, profesor emérito del IESA y experto en tópicos gerenciales. Decía que, para salir indemne de una circunstancia tan ambigua e incierta, entre otras cosas había que desarrollar la virtud de la humildad. Y no se refería a la forma como los venezolanos entienden a veces esa palabra. No era por pobreza de resultados o modestia de desempeño, o el equívoco de asumir una impostura frente a los demás. Es, en efecto, una forma de relacionarse con los otros. Tiene que ver con un estilo de liderazgo que no acumula poder, ni ve en los otros la oportunidad de reafirmar la propia personalidad. Es enfocarse en el desempeño, dándole el valor que corresponde al aporte de los demás, cuando esos aportes son determinantes en los resultados que se obtienen.

Un análisis de la virtud de la humildad nos permite apreciar cuáles son sus indicadores conductuales. En primer lugar, es una virtud orientada al trato dado a los otros, y no una falsa referencia de uno mismo. Nadie es humilde respecto de si mismo. Lo es porque los demás aprecian en sus actos el respeto, la cercanía y la colaboración suficientes como para establecer una relación fructuosa, fundada en la confianza. Santo Tomás de Aquino decía que la humildad es “mantenerse uno mismo dentro de los propios límites” y, por lo tanto, lo contrario a la desmesura y proclive al respeto del otro. Pero la humildad es además la capacidad de alegrarse por el éxito de los demás, y también la disposición de ayudar al triunfo del todo, cuando eso es posible. El gerente que practica la virtud de la humildad comprende que hay una codependencia que lo vincula con sus colaboradores en la búsqueda de los mejores resultados posibles. Por eso el vínculo que mantiene con ellos es de mutua preocupación, y de escucha atenta, en el marco de un diálogo que no teme a la búsqueda de nuevas opciones para hacer las cosas de la mejore manera. Son gerentes que dan feedback pero también están muy atentos a las necesidades que los otros tienen de información, claridad y transparencia.

Confucio, en sus Analectas, sentenciaba que la humildad consistía en la disposición de aprender de todos los demás, sin importar la clase o condición social de quien podía enseñarle algo. Desde el punto de vista gerencial, parece implicar a los líderes que catalizan y refuerzan intensamente el desarrollo de una buena relación entre el líder y sus seguidores. Pero lo hace de manera constante, explícita y transparentemente, garantizando así una pedagogía del crecimiento mutuo. Al final se obtiene un ambiente de trabajo en el que resultados organizacionales como desempeño, satisfacción, orientación al objetivo de aprendizaje y compromiso con las metas del negocio se hacen presentes de manera más natural. Si un gerente es humilde contribuye al empoderamiento de los demás y mejora las posibilidades de éxito de los equipos de alta dirección. Al final la humildad es asumir que los demás también son capaces de hacer bien las cosas.

Vale la pena hacer una lista de chequeo de la virtud de la humildad, siguiendo en este caso Las Analectas de Confucio:

  1. Empoderas a tus colaboradores cuando les encomiendas una tarea. Respetas sus estilos y puntos de vista. Al final aprendes sobre sus modos y formas de asumir los desafíos.
  2. No te incomodas cuando tus méritos se disuelven en los éxitos del grupo. Confucio advertía “No te preocupes si los demás no reconocen tus méritos; preocúpate si no eres capaz de reconocer los suyos”.
  3. Practicas una conducta sobria y contenida que genera confianza y el respeto de los demás. No quieres ser el centro sino parte de un proceso en el que todos ganan y aprenden.
  4. Tres preguntas de oro: En relación con las tareas encomendadas ¿Has sido digno de confianza? En relación con los colaboradores ¿has sido leal? En relación con la experiencia de trabajo ¿has practicado lo que has aprendido?
  5. Haces tus tareas cotidianas con dignidad. Practicas la frugalidad y no los excesos. En relación con los demás, partes de la buena fe. Aprecias a todos los que trabajan contigo. Y exiges a los demás solo lo que necesitas, en el momento que lo necesites.
  6. Honras tu palabra. Prometes solo si puedes cumplir, y si el compromiso está asociado a lo que es correcto.
  7. Analizas los problemas pensando en todos los puntos de vista. Aceptas aportes diversos y al final construyes con los demás un diagnóstico compartido.
  8. Tratas de ser alegre sin ser licencioso. Tratas de estar triste sin mostrar amargura.
  9. Practicas la autoridad con generosidad y sencillez, sin reverencia ni permitiendo la adulancia.
  10. Soportas la adversidad sin buscar entre los otros un culpable. Asumes la responsabilidad.

Tal y como hemos visto, la humildad permite le cercanía productiva. Además, como ocurre con todas las virtudes, una trae consigo a las demás. Como Confucio advertía “La virtud no es solitaria, siempre tiene vecinos”.

 

@vjmc

Soy Liberal

Septiembre 11, 2017

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VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- La libertad es esa condición del hombre en la cual la coerción de unos sobre otros se reduce tanto como sea posible, sin que se rompa el orden social. Así lo planteaba Hayek, para quien la ley no tenía otro propósito que salvaguardar, preservar y extender la libertad, mediante la universalidad de sus postulados (una norma se refiere a un número indeterminado de casos futuros) y sin que estas leyes creen espacios odiosos para los privilegios y las discriminaciones. “Mientras que una persona no tenga que someterse a otras normas que aquellas que se aplican a todos los demás, y esté autorizado para hacer todo lo que cualquier otro esté autorizado a hacer, debe considerarse libre”.

El principal enemigo de la libertad es la organización social coercitiva. La tentación de los gobiernos de allanar los espacios de los individuos y tomar decisiones que solamente corresponden a la esfera individual. Por eso mismo hay que preguntarse constantemente si es uno, o es el gobierno el que toma las decisiones que uno quiere y debe tomar. Si es uno, o es el gobierno el que gasta el dinero que uno gana productivamente. Pero por supuesto, ser liberal es algo más que creer en el imperio de la ley y en un gobierno limitado. Para hacer el inventario de lo que eso significa, podemos seguir la línea reflexiva de David Boaz en su “Aproximación al Liberalismo” (1997):

1. El individualismo. La unidad básica de análisis no es la comuna. Es el individuo, que toma decisiones y es responsable por sus consecuencias. Es el ser humano, sujeto de dignidad y beneficiario de garantías y derechos.

2. Derechos individuales. Los individuos tienen el proyecto moral de procurarse seguridad para su vida, su libertad y sus bienes. Y los gobiernos tienen su razón de existir en transformar ese proyecto moral de cada uno, en garantías y derechos.

3. El orden espontáneo. El liberal no cree que el orden pueda y deba ser impuesto por una autoridad central, ni les confiere a los sistemas de planificación el beneficio de la duda. El orden surge espontáneamente, como resultado de la actuación de millones de individuos que coordinan sus conductas con las conductas de los demás con el fin de alcanzar sus objetivos. El liberal se reconoce en el legado civilizacional que se expresa en instituciones fundamentales como el lenguaje, las leyes, el dinero y los mercados.

4. El Estado de Derecho. Es la aspiración de construir y disfrutar de una sociedad libre, en virtud de las leyes, en la que los individuos gozan de libertad para vivir sus propias vidas en la misma medida que respeten los derechos de los demás. Marxistas y otras faunas del totalitarismo han demonizado esta convicción, porque desprecian al hombre y desconfían del orden espontáneo. Empero, todas las corrientes de pensamiento del paradigma liberal insisten en la convicción de que nadie puede ser siervo de nadie, y nadie puede exigirle a nadie servidumbre. Las leyes están para garantizar esta convicción.

5. El gobierno limitado. A nadie le sirve un gobierno que, en lugar de proteger la libertad, necesita de la servidumbre de sus ciudadanos. Los gobiernos extensos se transforman en su propia finalidad, se corrompen y se vuelven perversos. El capitalismo de estado, y la definición de sectores económicos como estratégicos y/o de interés público, son una aberración que terminan pagando los ciudadanos a través de la inflación y los impuestos excesivos. Por eso es necesario limitar y dividir el poder a través de una constitución escrita que enumere y delimite las atribuciones que los ciudadanos delegan en el gobierno.

6. Los mercados libres. El individuo se realiza en el trabajo productivo, en la apropiación legítima de sus resultados, y en la capacidad de realizar intercambios de propiedades, siempre que estas transacciones sean de mutuo acuerdo. El espacio social donde se realizan estas actividades se llama libre mercado, una condición necesaria para la creación de la riqueza y la experiencia de la innovación. Solo en el marco de la libertad se puede obtener una prosperidad sostenible.

7. La dignidad del hombre productivo. Ayn Rand señala que la virtud de la productividad está conectada con la virtud del propósito. Es la conveniencia de que cada hombre enfoque su mente y utilice la razón al logro de alguna meta productiva, que le permita conducir y sostener su propia vida. Desde la productividad cada hombre debe resolver los dilemas de su propia supervivencia.

8. La armonía natural de intereses entre personas pacíficas y productivas. No hace falta la intervención ni los incentivos del gobierno para que los planes y proyectos de vida de las personas encuentren sentido dentro de un sistema de mercado que opera libremente.

9. La paz. Las sociedades prosperan cuando no hay conflictos, y cuando los recursos productivos se dedican a la creación de la riqueza. No hay nada más ruinoso que una condición de crispación constante, el abuso de la imposición de las mayorías y la ausencia de consensos.

Los venezolanos estamos escaldados de colectivismo y de las falsas promesas socialistas. Cuando se habla de la fuga de talento, y de sus éxitos en otras latitudes, estamos aportando pruebas al argumento liberal: lo único verdaderamente necesario para la redención del hombre es la garantía de su libertad. En ese marco florece la productividad de los hombres buenos y pacíficos. Y es posible su felicidad. El liberalismo es un proyecto político tanto como una convicción centrada en la fuerza de la razón y en las capacidades de realización del ser humano cuando se encuentra libre de obstáculos insalvables, por lo general provistos por los gobiernos y sus intervenciones indebidas.

@vjmc

Decálogo del optimismo y la esperanza

Agosto 28, 2017

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Victor MaldonadoVíctor Maldonado C.- Hay épocas en donde la desolación hace estragos. Todo se confunde en esa sensación de hundimiento o de vacío en la que todo se da por perdido. El papa Francisco se refirió alguna vez a esa terrible condición espiritual, aludiendo a lo que le había ocurrido a Job, ese personaje de la Biblia que fue objeto de una apuesta terrible entre Dios y Satán.  “La desolación espiritual es algo que nos sucede a todos nosotros: puede ser más fuerte, más débil… Pero aquel estado oscuro del alma, sin esperanza, difidente, sin ganas de vivir, sin ver el fin del túnel, con tanta agitación en el corazón y también en las ideas… La desolación espiritual nos hace sentir como si tuviéramos el alma aplastada: no logra, no logra, y tampoco quiere vivir: ‘¡Es mejor la muerte!’. Es el deshago de Job. Mejor morir que vivir así. Nosotros debemos comprender cuando nuestro espíritu se encuentra en este estado de tristeza extendida, que casi no hay respiración: a todos nosotros nos sucede esto. Fuerte o no fuerte… A todos nosotros. Entender qué sucede en nuestro corazón”. Una sutil recomendación que no podemos dejar pasar. Esto que estamos sufriendo, debemos entenderlo. Y sólo entendiéndolo, administrarlo, sin caer en la desbandada y la evasión.

Gabriela Mistral tiene un verso que encierra esa sensación de asfixia y ceguera emocional que tanto daño provoca: “miro crecer la niebla como el agonizante, y por no enloquecer no encuentro los instantes, porque la noche larga ahora tan solo empieza”. Es una contemplación de la nada, un ver venir “la bruma espesa, eterna, siempre ella, silenciosa, siempre, como el destino que ni mengua ni pasa, que desciende a cubrirme, terrible y extasiada”. La noche oscura del alma, que se niega a que haya un nuevo amanecer, que reniega de los ciclos que se alternan y en verdad suceden. Un estado de total conmoción interior que allana la capacidad de discernir y que conduce al error de apreciación. Entenderlo es el principio de su superación. Tener al menos la mínima conciencia de que todo no puede ser tan malo, y de que mientras haya vida, se impone el principio esperanza. Ernst Bloch señalaba al respecto que “el futuro contiene lo temido o lo esperado; según la intención humana, es decir, sin frustración, solo contiene lo que es esperanza. Espera, esperanza, intención hacia una posibilidad que todavía no ha llegado a ser”, pero que podría ser, y que solo depende del esfuerzo que le pongamos a su realización. Dejarse vencer, dar por terminado el esfuerzo, es lo contrario, la desesperanza.

No hay forma de asumir las dificultades de la vida sin contar con la cualidad del optimismo. No estamos refiriéndonos a la euforia insensata Más bien un estado de ánimo que se ensambla con nuestra capacidad para tomar decisiones, arriesgando el ser y el estar del presente, organizando el propio cosmos, sin cargar indebidamente la vida de falsas expectativas positivas o negativas. Es una buena actitud ante la vida, sin perder de vista el futuro como objetivo alcanzable, que todavía no está perfectamente delineado, o completamente decidido, pero que es factible por el esfuerzo que se ponga en concretarlo, y la paciencia invertida en un objetivo cuya realización solo es posible en el futuro mediato.

Pero ¿cómo podemos prepararnos y enfocarnos para repudiar la desolación? ¿qué hacer cuando vivimos esa terrible experiencia en donde todo parece oscuro, imposible de resolver, devastador? El alma también requiere de ejercicios. Ignacio de Loyola llamaba Ejercicios Espirituales a “todo modo de preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en el proyecto de vida de cada uno”. El no dejarse vencer puede tener como apoyo la sencillez de pequeños esfuerzos, siempre que se lleven a cabo con persistencia.

  1. No abandone sus rutinas más elementales. Levántese todos los días y cumpla con sus compromisos. En tiempos de desestructuración, el mantener vigentes los hábitos es el conjuro más apropiado contra la desesperación.
  2. Haga ejercicios. Si es posible, dedique unas horas a la semana a caminar. Contacte con la naturaleza. Aproveche la montaña o el campo. Reciba el sol en su cara. Y disfrute del silencio.
  3. Cada día haga una pequeña buena obra. Enfóquese en los demás, busque entre sus próximos (el prójimo) alguien que pueda necesitar de ti, o al que tú puedas marcarle la diferencia. Todos los días vuelve a aprender que no eres el único que sufre, ni el único que se siente desolado. Tal vez hay otros en peor condición. Ellos te enseñarán que todo es relativo. Ese será el pago que recibas.
  4. Trate de verbalizar y de escribir aquello que lo está angustiando. Salte de la preocupación estéril al plano de la ocupación resolutiva. Defina cuáles de los aspectos que le inquietan están en sus manos y puede resolverlos, y cuáles otros forman parte de un ambiente depredador. Solucione lo que esté en sus manos. Tome decisiones.
  5. 5.      Haga un inventario de aquellos aspectos que son esenciales en su vida. Afectos, experiencias y prácticas que le resultan valiosas e indispensables. Haga lo mismo con aquellas cosas de las que puede prescindir. Suelte el lastre. Deje atrás todo aquello que no le genera valor, y concéntrese en aquellas otras que le generan utilidad y satisfacción.
  6. Respóndase con nivel de detalle cuál es el proyecto de su vida y cuáles son las razones de su felicidad. No pierda de foco el futuro y su propia capacidad para llenarlo de realizaciones. Abunde en las preguntas y en las respuestas dadas con honestidad. Haga un inventario de los avances, y también de los obstáculos que le impiden más logros. Establezca las relaciones verdaderas entre lo que busca y lo que le da felicidad estable.
  7. Deslíndese de la gente tóxica que está a su alrededor. Evite la cercanía con aquellos que practican la queja constante, la envidia como forma de compararse con los demás, el victimismo que hace ver que el resto conspira contra nuestros intereses, la resignación irresoluta, la soberbia, la prepotencia, el narcisismo y la deslealtad.
  8. Disfrute de las pequeñas cosas que le aporta la vida. Desarrolle una actitud contemplativa que le permita centrar la atención en lo sublime. Observe son serena sobriedad aquello que está ocurriendo en su vida. Aprecie lo bueno, por pequeño que sea. Disfrute del bienestar que le produce estar en contacto con lo bello, lo bueno y lo trascendente. Tome distancia de los problemas, y aprécielos en perspectiva.
  9. Abunde en su desarrollo intelectual. Consuma cultura. Lea buenos libros, escuche música, estudie más y perfeccione sus competencias y habilidades. Siempre hay algo que puede hacer para ser mejor, aprovechar el tiempo y construir esos puentes que lo va a llevar al futuro.
  10. Construya, cuide e invierta en sus redes de relación. Manténgase en contacto con amigos, colegas y grupos de personas con las que tenga intereses en común. Asuma la realidad, tal y como es, pero pregúntese siempre como esa realidad puede mejorar, y cuál es el rol que cada uno debe desempeñar para lograr esos resultados.

Francisco recomienda que “cuando nos sintamos perdidos, debemos rezar a Dios con insistencia el Salmo 87, “Que llegue a ti mi oración Señor, yo, que estoy colmado de males”. No se puede salir del abismo, de lo hondo, sin contar con fortaleza espiritual, asumida con serenidad. No hay nada mejor que sentir la compañía de Dios cuando lo necesitamos con mayor intensidad. Pero recordar siempre lo que decía San Agustín: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”. Nadie duda de la aridez del momento. Pero eso no nos evita soñar un futuro mejor, que nosotros podamos, y debamos, contribuir a realizar.

@vjmc

Manual del perfecto colaboracionista “opositor” en Venezuela

Dictadura En Venezuela Opinión

POR: ESCRITOR INVITADO – AGO 21, 2017, 8:50 PM

(Twitter)Mantenga la convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la antipolítica, los radicales, el G-2 cubano y el régimen. (Twitter)

Por Victor Maldonado:

Comencemos por la definición más elemental. Un colaboracionista es aquel que favorece la agenda y los objetivos de otro. En política, el término tiene un origen terrible, y alude a quien coopera con el enemigo. Nos viene de la experiencia francesa en la segunda guerra mundial. Tuvo que ver con lo que fue el Gobierno de Vichy, remedo de la república francesa, pero con los hilos manejados desde Berlín.

En medio de una guerra en la que los franceses se dieron por vencidos demasiado temprano, el Mariscal Pétain llegó a una muy rápida conclusión: que nada se podía hacer ante la avanzada nazi, y por lo tanto, no había otra posibilidad mejor que una rendición pactada, un vasallaje disfrazado de supuesta independencia, una situación nada creíble y en la misma medida insostenible, y que al final le costó la vida a más de 130 mil judíos, que bajo su Gobierno fueron deportados hacia la muerte segura, en los campos de concentración nazi. El colaboracionismo, por tanto, no es nuevo. Es un espectro que aparece cada cierto tiempo, cuando el terror aprieta, y el coraje supuesto, desaparece. Se colabora cuando las opciones de decisión se asumen como si no se debieran a la moral o a la ética política, y cuando la excusa de la sobrevivencia se lleva por el medio cualquier amago de dignidad humana.

Los sistemas perversos no son necesariamente intencionados. Y por supuesto, nada que me resulte más perverso que cooperar con el mal, creyendo que se está haciendo lo debido. Decía M. L. King que “la comprensión superficial de los hombres de buena voluntad es más demoledora que la absoluta incomprensión de los hombres de mala voluntad. Resulta mucho más desconcertante la aceptación tibia que el rechazo sin matices”.

En su valiosa Carta desde la Cárcel de Birmingham de 1963, M. L. King hablaba del colaboracionismo pasivo del que se aprovechan los hombres de mala voluntad que “se han valido del tiempo con una eficacia muy superior a la demostrada al respecto por los hombres de buena voluntad”. Se quejaba el líder de los derechos civiles de la tibieza de los muchos que consentían un estatus quo abominable. “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no sólo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos”. Denunciaba ese fatalismo degradado a falsas dicotomías que solo contribuían a asegurar las cadenas de los oprimidos, gracias a la falta de imaginación, y de coraje, de los que necesariamente debían sentirse involucrados. “El progreso humano nunca discurre por la vía de lo inevitable. Es fruto de los esfuerzos incansables de hombres dispuestos a trabajar con Dios; y si suprimimos este esfuerzo denodado, el tiempo se convierte de por sí en aliado de las fuerzas del estancamiento social. Tenemos que utilizar el tiempo de modo creador, conscientes de que siempre es oportuno obrar rectamente…”. Nada peor que la resignación siempre dispuesta a la servil colaboración.

Colabora el que deja hacer, o el que ingenuamente compra como vías amplias los que no son otra cosa que callejones sin salida. Sus resultados son malos, pero a veces se mueven dentro de la lógica de los efectos contraintuitivos, la tragedia de los resultados no deseados, y de eso que señala el refrán popular, que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Pétain murió creyendo que él, y solo él, había defendido en esas horas oscuras los supremos intereses de su patria. Pero no fue así, colaboró, reprimió, no ahorró ni muertes ni sufrimientos, y al final fue juzgado severamente. Teniendo a su ejemplo a la vista, y a millares de sus émulos, la mayoría gente anónima, que dice operar de buena fe, para preservar sus intereses genuinos, el bienestar de su familia, sus compromisos ideológicos, pero también asumiendo como buen juicio la conjugación de sus peores vilezas, tal vez podríamos intentar organizar un manual para el colaboracionista perfecto

Niegue que lo que estamos viviendo es un régimen autoritario. Insista en que son exageraciones. Que esto, de ninguna manera puede llamarse dictadura. Que a lo sumo es una “semi-democracia”, presta a volver a la normalidad con las próximas elecciones.

Niegue que vivimos un socialismo marxista con vocación totalitaria. Afirme que esto es una mafia enquistada en el poder, pero que de ninguna manera puede ser calificada como de izquierda. Que ninguno de ellos tiene ideología, que los planes socialistas no existen, y que El Plan de la Patria de ninguna manera conduce al Estado Comunal, o sea, al comunismo.

Compre como buenas todas las consignas pacifistas. Haga muy suyo el lema que dice “o dialogamos, o nos matamos”. Conviértase en un adalid del diálogo con el Gobierno, sin importar la agenda, sin tener presente quienes son los mediadores o facilitadores, sin inventariar los costos. Aplauda esos comunicados en los que la oposición usa el lenguaje y los argumentos del régimen, y espere que, por esa vía, y por solo esa vía, se resuelvan los problemas del país.

Acepte el argumento de que “la violencia de lado y lado” ha deteriorado la convivencia social. Que tanto el Gobierno como la oposición son igualmente culpables de los resultados en términos de víctimas de las protestas. No se ponga a creer esa tontería de que el Gobierno es el único responsable. Reconozca que todos tienen culpa.

Apúntese a la campaña que plantea la dicotomía “o votos o balas”. Argumente con abundancia que la oposición solamente tiene votos. Y que el régimen está dispuesto a usar las balas con frugalidad. Por lo tanto, esas odiosas actividades de calle deben ser detenidas, para pasar al festival electoral, cuyo cronograma y condiciones se debe cumplir sin poner ninguna objeción.

Sea un ferviente defensor de que “no hay que ceder espacios al régimen”. Y, por lo tanto, hay que ir a las elecciones, aun cuando los costos de esa decisión sean legitimar al régimen constituyente y concederle tiempo al Gobierno. Es más, usted no cree eso. Usted no convalida esa falacia interesada y odiosa que insiste en que se reconoce a la constituyente cuando se es interlocutor político de las instituciones que se les han subordinado y han aceptado su supremacía supraconstitucional.

Mantenga la firme convicción de que la MUD nunca se equivoca, pero que está siempre bombardeada por la anti-política, los radicales, el G2 cubano y por supuesto, el régimen. Compre cuanta teoría paranoica de la conspiración haya en el mercado para hacer pasar como conjuras y mala fe de otros lo que es en realidad falta de conducción política y de estrategia.

Erotice sus adhesiones políticas. Convierta a los líderes en santones inmarcesibles y merecedores de todo, absolutamente todo el reconocimiento que pueda darle. Conviértase en su perro de presa, trate de liderar su club de fans y practique con fe de carbonario las actividades propias de las beatas que operan en las redes sociales. Si puede, pídale a Mires su incorporación al chat desde donde se imparten las líneas maestras del establishment comunicacional.Asuma que la juventud de los dirigentes políticos es una condición necesaria y suficiente para que sean infalibles.

Asuma que por la vía de las elecciones regionales se va a lograr el cambio político que todos en aspiramos. Reniegue de aquel que le diga que los gobernadores son solo agentes del ejecutivo nacional, y que la pugna por el presupuesto los aquieta. Apueste a que ganando 23 de las 25 gobernaciones en juego, se va a demostrar suficiente fuerza como para que haya la estampida esperada.

No coma el cuento de que las elecciones son trucadas. Y que la sustitución de la objetada Smartmatic por una empresa de Jesse Chacón no va a terminar ocasionando menos transparencia y más trampa. Asuma que con suficientes testigos de mesa cualquier peligro se puede conjurar. Olvídese de eso que dicen unos malintencionados de que “gana el que cuenta los votos”. Y dispóngase a votar con alegría, entusiasmo y esperanza.

Mantenga la convicción de que es un acto de coraje ciudadano el salir a votar en cualquier condición. No establezca diferencia alguna entre este momento de turbulencia constituyente y cualquiera de las anormalidades anteriores. Es más, ignore el fondo constituyente y no piense en la agenda de centralización del poder que trae consigo.

Por supuesto no piense que hay ninguna otra opción que el ir a votar. No considere que el votar en ambientes totalitarios le concede al régimen tiempo para consolidar el golpe, y reconocimiento por la vía de los hechos. Siga insistiendo que trabajar con el CNE no es reconocerlo, y que reconocer al CNE no es convalidar la Asamblea Constituyente.

Asuma que la política es para entendidos. Lo suyo es el silencio y el seguimiento incondicional a los líderes de hoy. Defiéndalos a capa y espada de cualquier crítica.

Cambie los términos de la relación entre mandante y mandatario. Ocupe el rol de mandatario cuando en realidad es el mandante, y transforme a los políticos en sus amos y señores.

Nunca olvide responder a las críticas con la pregunta “¿Y tú que propones?” que opera como el abracadabra de la incondicionalidad. Úsela siempre que se sienta incómodo con el comportamiento de sus líderes. Practíquelo como un mantra, diez veces al día, escríbalo en sus redes sociales contra todos aquellos que adopten una posición crítica.

Y, por último, practique la desmemoria. Pase por alto las contradicciones y las incongruencias. No se atreva a revisar lo escrito, declarado o dicho de una semana para otra. Finja demencia y no voltee ni hacia atrás ni hacia los lados. Porque si lo hace, puede ser que agarre desprevenido y sin máscaras a su verdadero dueño, esta embestida totalitaria que te necesita así, incondicional y colaboracionista, para mantenerse ellos en el poder, y a algunos selectos adherentes como ficción opositora.

¡Y que Dios nos agarre confesados!

Victor Maldonado es catedrático. Miembro del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE) y articulista en varios medios. Es parte de la directiva del Centro de Comercio de Caracas. En Twitter: @vjmc.

Este artículo fue publicado en el portal La Cabilla el 19 de agosto de este año bajo el título «Manual de un colaboracionista perfecto».

¿Y tú qué propones?

Por Víctor Maldonado el día Agosto 24, 2017 en BLOG

¿Y tú qué propones? Esa pregunta, muy común en las redes sociales, tiene una profundidad psicológica que bien valdría la pena analizar. Lo más superficial es entenderla como un reproche. Ante cualquier posición disidente, la reacción de los seguidores de la tendencia principal es tratar la crítica como si fuera una apostasía. Pero el reproche no es la única conjetura que podemos hacer frente al interrogante. Puede ser que el que la plantee esté consciente de que está jugando con propuestas y reglas imperfectas, pero que esté resignado al curso de acción que ya está operando, aun sabiendo que no lleva a ningún lado. Tal vez quisiera que hubiera otra opción, pero lamentablemente no la ve dentro de lo que es razonable, esto es, sin abandonar su área de confort. Por último, están los que verdaderamente quieren ver otras posibilidades, porque su angustia es genuina.

Para cualquiera de los tres niveles de análisis debería valer una primera afirmación general: Una crítica a un curso de acción, ya es el principio de una propuesta alternativa. Afirmar que ese no es el camino, y proveer de las razones que argumentan esa posición, es un magnífico comienzo para enmendar cualquier error, o simplemente para demostrar que en el ámbito sociológico pocas cosas carecen de opciones plausibles. En el caso que nos atañe, me refiero a la lucha cívica para lograr el cambio político que tire por la borda al socialismo del siglo XXI, y permita a los venezolanos iniciar un esfuerzo consistente para lograr mejores hitos de prosperidad. Somos los protagonistas y herederos de una trayectoria de lucha y desafío que no puede analizarse por compartimientos estancos. Comprender lo que nos ha ocurrido y proponer un curso de acción, requiere una composición de tiempo y de lugar deslindada de fanatismos y compromisos partidistas. Exige claridad de propósitos y una revisión, tanto de lo que se ha hecho, como lo que se tiene que hacer.

Para no irnos tan atrás, ubiquemos el punto de partida en el año 2014. Los sucesos conocidos como “la salida” posibilitaron una mirada diferente desde el entorno internacional, y una revitalización del ciudadano en resistencia. Allí encontramos también cuatro características no deseadas del sistema político venezolano contemporáneo. La más terrible es la capacidad que ha demostrado el régimen para reprimir y extorsionar sin límites ni pudor alguno; la segunda, las obvias divisiones y diferencias de las oposiciones democráticas. La tercera, una incapacidad para formular consensos estables, tal vez asociada a que rige una rapaz lógica de mayorías circunstanciales, agendas particulares que se negocian con mucha opacidad, y grandes dosis de maquiavelismo para descartar a viejos aliados cuando ya no sirven. La cuarta, un endiosamiento de la improvisación y una fe ciega en supuestos liderazgos carismáticos.

Solo la mezquindad puede desconocer que los resultados del 2015 son hijos legítimos de la salida del 2014. Una ventanilla de oportunidad electoral fue aprovechada con inteligencia. El régimen en tránsito a lo que es hoy, una tiranía descarada, no pudo contrarrestar una inesperada capacidad para sorprender al régimen, que se vio imposibilitado de hacer una trampa tan monumental como la que debía hacer para voltear los resultados. Se logró una mayoría determinante en el parlamento, con la que se esperaba voltear la tortilla del poder. Usando el tiempo como variable estratégica fundamental, debían tomarse decisiones y hacer los cambios que posibilitaran el cambio político, esta vez de manera pacífica, constitucional y democrática. Una nueva mayoría estaba al frente, y tenía el mandato para hacer lo debido. Pasaron un mes decidiendo quién iba a ser el primer presidente del nuevo parlamento, tiempo perdido para lo sustancial, mientras la contraparte, más astuta, aprovechaba la distracción para acomodar el TSJ. No se puede bajar la guardia, no se puede caer en la imprudencia de la complacencia, no se acaba el juego hasta que se acaba, y este inning estaba recién comenzando. El régimen aprendió la lección. La tiranía se perfeccionó e hizo un control de daños para recuperar por las malas la hegemonía absoluta que perdió por las buenas. Y demostró que no quería ni podía operar en el marco de la diversidad, el pluralismo y la democracia.

Los venezolanos vimos como procesos de diálogo eran solamente formas para ganar tiempo y domesticar la oposición. La lamentable puesta en escena avergonzó a los ciudadanos, y la asunción de la neolengua usada por el régimen para encubrir la fatal realidad, ocasionó un desplome de esa alternativa, con la retirada del negociador vaticano, y la presentación de una carta de condiciones que todavía no se ha honrado. El régimen no quería negociar nada. Necesitaba tiempo, y tiempo obtuvo, porque en realidad evitaba el referéndum revocatorio usando triquiñuelas en las que, lo menos importante era cual excusa o procedimiento usaban. Lo mismo pasó con la renovación de gobernadores y alcaldes. El parlamento quedó como referente exclusivo de la legitimidad democrática, pero hay que decirlo, incapacitado para mostrarse como un bloque compacto, porque los partidos exhibieron diferencias respecto de los medios a usar, y los fines a obtener.

Lo cierto es que el régimen fue demostrando que no le iba a temblar el pulso para torcerle el pescuezo a las instituciones republicanas, pero nuevamente se excedió cuando su audacia rompió con la cohesión de la coalición gubernamental, al intentar quitarle las atribuciones al parlamento mediante una decisión del TSJ, que fue resuelta entre gallos y medianoche. Hay que señalar que el error del Diosdado-Madurismo fue activar la suspicacia de otros miembros de la coalición gobernante, temerosos del poder absoluto que iba asumiendo una facción respecto de las otras. Eso, por una parte, pero por la otra, el deterioro económico y la desfachatez política se coaligaron para despertar nuevamente la indignación ciudadana, aterrada por la expectativa de una dictadura desprovista de cualquier atenuante, y que en el plano económico aplicaba medidas que profundizaban la crisis. Al frente de la protesta se vieron, una y otra vez, líderes políticos, aunados a una resistencia combativa, seguidos por miles de ciudadanos que coincidían en que resultaba intolerable tanta miseria y represión repartidas. Se fueron acumulando el desgaste del régimen tanto como el agotamiento de un desafío ciudadano que no contaba con dos componentes determinantes: una estrategia, y una campaña asociada a la estrategia. Hubo momentos culminantes como la jornada del 16J, y otros no tan felices como el 30J. Así son los procesos políticos, pero no hay que olvidar que todo este período, lleno de héroes y mártires, posibilitó la alineación internacional que desconoció el fraude constituyente, y colocó al régimen en entredicho.

Entonces ocurrió algo que era absolutamente previsible. El régimen desplegó su estrategia, y convocó a elecciones regionales, subordinadas a la Asamblea Constituyente y a todas las instituciones que de ella dependen, incluido claro está, el Consejo Nacional Electoral. Los políticos decidieron agarrar esa banana envenenada que les tiraron, y ahora estamos enfrascados en un proceso regional, cayendo en contradicción, renegando de lo hecho hasta ahora, afirmando imposibilidades e incapacidades, y dejando a todo el mundo en la más absoluta perplejidad. Por esas razones, y porque hay discrepancias sobre su conveniencia o no, frente a la presión de la discusión, y la desorientación general, los ciudadanos responden con la pregunta de marras: ¿Y tú que propones?

La respuesta tiene dos vertientes. La primera y más fácil es que yo propongo que no le concedamos al régimen ni tiempo ni legitimidad a sus instituciones espurias. Y que asumamos de una buena vez que se ha perfeccionado, a nuestro pesar, un régimen totalitario cuya esencia es precisamente el no compartir espacios de poder. Que ese perfeccionamiento totalitario tiene agenda y actores en la asamblea nacional constituyente, y que, por lo tanto, carece de sentido ganar lo que ya se ha perdido. Y, por último, asumirnos de una buena vez como lo que somos: una mayoría determinante del país, victimizada por el régimen, que no necesita demostrar una y otra vez lo que desde hace mucho tiempo es: una mayoría victimizada por el totalitarismo comunista que desde hace 20 años se está implantando en Venezuela. Una mayoría que no puede jugar a las reglas del juego democrático, porque no existen condiciones democráticas, sino un régimen violento, que usa la fuerza pura y dura tanto como el fraude y el engaño. Entonces ¿qué propones?

  1. Habiendo evaluado la situación y puestos en perspectiva, podemos seguir adelante.
  2. Asumir que los venezolanos viven la inminencia de su propio colapso. No tienen tiempo que perder. Mueren 96 venezolanos todos los días, gracias a la inseguridad y la violencia. Uno de cada dos enfermos de cáncer muere, en el marco de una crisis de equipos, insumos y medicinas especializadas. En el año 2016 26 mil personas murieron de cáncer en Venezuela. Cada media hora muere un venezolano por enfermedad cardiovascular. En Venezuela el riesgo es 15 veces mayor que el en el resto del mundo. Y así podríamos hacer un inventario de las calamidades que aplastan la esperanza y la paciencia de los venezolanos. Por eso, los que pueden irse del país, se están yendo, acelerando una fuga de talento que hace mella en las empresas y que disuelve a las familias. Y los que no pueden irse del país están indignados y expectantes, porque saben que se juegan la vida, y las vidas de sus afectos. Están, por así decirlo, entre la espada y la pared, sabiendo por lo tanto que “o corren o se encaraman”.
  3. Asumir que es necesaria otra coalición diferente al “unanimismo impracticable” que hasta ahora hemos tenido. Los ciudadanos necesitan una nueva conjunción de partidos, organizaciones no gubernamentales, líderes civiles y líderes religiosos, vinculados a un mismo propósito, y con la influencia moral suficiente como para convocar a los ciudadanos al esfuerzo de cambio político que los ciudadanos desean, tomando en cuenta que cualquier curso de acción tiene riesgos y dificultades. Esta influencia moral se fundamenta en un liderazgo benevolente, justo, recto, transparente, confiable, hábil y estratégico. Sin agendas ocultas. Sin intereses subalternos. Capaz de mantener el curso, y con destreza estratégica para anticiparse a la jugada del adversario.
  4. Diseñar y decidir una estrategia, y alrededor de esa estrategia armar un plan de campaña. Las opciones estratégicas tienen que ver con las metas y objetivos. Si el objetivo es el cambio político, rápido y eficaz, entonces la estrategia tiene que ser compatible, apropiada, unívoca, y resistente a las tentaciones del momento. Tiene que acordarse disciplina y consistencia, y debe buscarse el éxito en el menos tiempo posible, al menor costo posible en vidas y esfuerzos, y causando al adversario el mayor desgaste posible. Las acciones de calle, el discurso político que significa apropiadamente la crisis, la repulsa internacional, y el desenmascaramiento de la tiranía tienen que acoplarse. Las buenas estrategias destrozan las estrategias del adversario. Nuestro mayor enemigo es la improvisación ocurrente.
  5. Determinar las propias capacidades y las capacidades del adversario. Esto requiere análisis cualitativo y cuantitativo sobre el país y cada una de sus regiones. También sobre la propia organización, tanto como las del adversario. Conocer nuestra psicología y estar perfectamente claros sobre cuál es la psicología que respalda las decisiones del contrincante. Este análisis debe ser sistemático. No son, por cierto, las encuestas que se airean públicamente para satisfacer el ego de los supuestos encuestólogos, las que pueden ser el fundamento analítico.  Es información relevante y esencial a los efectos de perfeccionar la estrategia y sus cursos de acción. Y por lo tanto confidencial. Hay que recordar la recomendación de Sun Tzu: Conoce a tu adversario. Conócete a ti mismo. Conoce el terreno. Conoce el clima, y tu victoria será irrevocable.
  6. No cazar güiro ni pescuecear falsas oportunidades. Es cuestión de disciplina el concentrar los esfuerzos en donde den más resultados, en relación con la meta formulada y aplicando la estrategia acordada. Entender que las aproximaciones actuales tienen contexto y relevancia dentro de un continuo histórico. Aceptar que no puede haber una campaña sin recursos, y que esos recursos hay que recaudarlos. Pero sobre todo asumir que la causa es Venezuela. No son los partidos políticos y sus intereses los que deben primar. Por eso, ante cada iniciativa del régimen hay que preguntarse: ¿esto mejora, facilita, nos acerca a la causa? ¿O por el contrario debilita, divide, reduce posibilidades y nos aleja de la causa?
  7. Diseñar una estrategia comunicacional eficaz, con voceros eficaces, con guiones debidamente preparados, con una puesta en escena apropiada. El medio y el vocero son parte de lo que se quiere comunicar. Evitar el pescueceo y atenerse al guión. Una buena estrategia comunicacional informa lo que debe informar, y mantiene la alineación entre la meta, la estrategia, los líderes y la base social de sustentación. Es comunicar para ganar, no para perder.
  8. Definir, articular y activar las bases sociales de la nueva coalición. Hay que determinar con qué base social se cuenta, y qué están dispuestos a hacer. Hay que saber encomendar tareas a cada cual, de acuerdo con sus talentos. Hay que saber organizar a los grupos en torno a un propósito. Y hay que administrar las angustias y las expectativas de los ciudadanos. Hay que salir a la calle, hablar con la gente, ser empáticos, construir conjuntamente el curso de acción. No hay que decepcionarlos más con esos giros inexplicables. Y hay que ser serenos.  Confucio alguna vez dijo que nunca escogería para ayudarlo a dirigir una batalla “al tipo de hombre que estuviese dispuesto a desafiar a un tigre o a atravesar un río sin preocuparle si va a vivir o morir en el intento. Tomaría ciertamente a alguien con la debida cautela, y que prefiriese tener éxito con la debida estrategia”. La estrategia debe ser el jefe.
  9. Afinar aún más el soporte internacional, crucial para el logro de los objetivos planteados. Respetar la buena fe de las iniciativas, y no caer en el despropósito de desautorizarlos. Mantener una interlocución respetuosa y eficaz, descartando manejarse dentro de “lo políticamente correcto” si eso te aleja del logro de tus objetivos. Un solo vocero y un solo equipo debería ser el encargado de manejar las relaciones internacionales de la coalición.
  10. Mantener un sistema de evaluación de la estrategia asociado a resultados e indicadores de avance. Sin indicadores, cualquier cosa puede ser erróneamente alentadora o desalentadora. Sin una visión compartida, la deserción ante la primera dificultad será notoria. Sin un liderazgo cohesionado, disciplinado y recto, la traición a la estrategia será obvia. Los factores externos son esenciales. Hay que cuidarlos. La capacidad organizacional y el soporte de la base social son determinantes. Las fortalezas propias hay que abundarlas, y la motivación al logro y la disciplina son factores irrenunciables.

Quien esperaba una respuesta digerible, mágica o fácil de asumir, probablemente se sentirá desalentado. Además, no todo se puede decir. Porque mi propuesta es comenzar de cero, pero aprovechando el capital social y político que como sociedad hemos acumulado, con mucho sacrificio. Lo que no podemos seguir haciendo es equivocando la estrategia, la organización y el liderazgo. Los ciudadanos están allí, esperando una convocatoria genuina y eficaz, que no los desgaste a ellos más de lo que desgastan al adversario. Están ansiosos de una alternativa estratégica inteligente, creativa y profesional. Los líderes tienen que salir a la calle, estar en medio de la gente, escucharlos con atención, y liderar el descontento y las expectativas. Cada uno debería escuchar del líder lo que hay que hacer, y lo que cada uno puede aportar. Los líderes no pueden ir a la calle a pedir respaldo para una candidatura insensata. Deberían estar en la calle ofreciendo opciones de cambio político. Eso si, sin caer en la tentación demagógica de decir que ese cambio es por la vía de ganar unas gobernaciones. Eso es equivalente a tratar de llegar a Cumaná por la vía que conduce a Maracaibo. Una nueva coalición debería tener relevancia ética. Si estuviera en mis manos, esta estrategia contaría con un estratega de la talla de J.J. Rendón, porque esta etapa requiere del uso de todos los recursos que estén disponibles. Y porque no hay tiempo que perder.

Este artículo no busca necesariamente la satisfacción de todo el mundo. Es un intento de demostrar que no debemos resignarnos a malos cursos de acción, que solo nos llevan más rápido a la servidumbre. Al final, hago mías las palabras de San Pablo a los Corintios: “En el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual, y dirá lo que vale. Si uno participó en la construcción y su obra resiste el fuego, será premiado. Si su obra se convierte en cenizas, sufrirán el daño”. La historia será, por tanto, el juez severo al que nos acogemos.

Víctor Maldonado

VÍCTOR MALDONADO

Lo perverso

Agosto 21, 2017

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VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Vivir en un sistema perverso no es lo mismo que definirlo. Cuando se vive, se aprecian sus resultados, por ejemplo, esa desazón que provoca el no saber a qué atenerse, el no poder confiar en nadie, y el temer la traición de todos los que nos rodean. No es bueno vivir así, dentro de una lógica en la que la fuerza lo determina todo, y los valores no son determinantes, o simplemente no existen. Un ejemplo de sistema perverso era la mafia de los cuarenta ladrones que relata el cuento de Alí Baba. ¿Qué congregaba a cuarenta personajes tan disímiles? La respuesta no era otra que el cuidar el botín, y tratar de conservar la parte que les correspondía. No había allí confianza, tampoco intención de trascender. Solamente garantizar el secreto del conjuro que permitía abrir y cerrar la cueva, y por supuesto, asegurar que nadie se llevara una porción de lo allí acumulado. En el transcurso, toda jugada era válida, todo crimen era justificado.

Esa es la esencia de la perversidad. Jorge Etkin (1993) lo muestra como el deterioro social que ocurre con el cambio arbitrario de valores, según las circunstancias y conveniencias de los actores sociales que actúan de forma egoísta o inmoral. No es tan fácil como la maldad frontal, pura y dura. En el caso de la perversidad, la táctica esencial es el disimulo de lo que se es realmente. Es el uso de la doble moral, el planteamiento sistemático del eufemismo y la inversión de los significados. Luis A. Herrera O (2015) plantea que la perversidad es un medio de dominación que usa el lenguaje dentro de “un proceso deliberado de intervención, deformación y manipulación del lenguaje común con pretensiones de control total… de las emociones, ideas, creencias y deseos de las personas…”.

Perverso es, por tanto, predicar una cosa y aplicar otra. Mantener un discurso que encubre actuaciones inconfesables, eso si, dentro de una lógica circular, o círculo vicioso, afincado en la mentira y en la impostura. La perversidad exhibe la moral de la hipocresía, donde se fomentan los ambientes de complicidad e impunidad, que facilita, por ejemplo, a los cuarenta ladrones hacer ver a los demás que son gente honorable y que su causa es justa. Perverso es, por ejemplo, decir que se está pensando en los más altos intereses del país, cuando en verdad el interés no va más allá de querer obtener una gobernación, y disfrutar de sus beneficios en términos de poder y renta. ¿Alguien lo puede decir así, de manera tan ramplona y simple? Nadie que lo diga, sobrevive. Entonces comienzan a operar procesos de racionalización y justificación para legitimar una decisión que no tiene demasiado fundamento en la moral convencional. No es lo que se espera de un político decente y, por lo tanto, no se dice lo que se piensa, y a la corta, tampoco se hace lo que se dice.

La mentira, que siempre tiene patas cortas, cuando se trata de política, se arrastra. Etkin sostiene que los sistemas perversos profundizan sus propias desviaciones, se perfeccionan en sus defectos, y son incapaces de tomar conciencia y de corregirse por si solos. Dicho de otra forma, pasan de mal a peor, y de peor a infame, de manera natural y sin mayores esfuerzos. En este contexto no hay forma de resolver la contradicción inmanente entre el orden de la acción y el orden moral. Entre el pensar, el decir y el hacer se provocan puntos de ruptura respecto de lo que se espera, aludiendo a los principios morales y la transparencia en las relaciones. La ruptura entre el pensar y el decir le abren el espacio a la hipocresía y a la mentira. Comprender cómo opera esta ruptura requeriría leer a Tartufo, esa invicta obra de Moliere, el hipócrita por excelencia, el falso devoto, que al final es descubierto en su malevolencia.

Si hay ruptura entre el decir y el hacer se aprecia el falso discurso.  Por ejemplo, las preguntas del 16J, redactadas por una conducción política, que luego se desentendió, decepcionando a todos los que esperaban acción contundente, o por lo menos, la instrumentación de un guión que permitiera acercar la meta de cambio que todos aspiran. Y si se trata del rompimiento entre el pensar y el hacer, nos encontramos con los actos irracionales, la insensatez, el jugar contra si mismo, el apostar a la ruina y al fracaso, es decir, los espacios propicios para la retórica y el doble discurso. Un maquiavelismo mal entendido, la lógica del necio que asume la desmemoria y la resignación de los demás.

Lo malo de la perversidad es que se practica desde el poder. Y, por lo tanto, no es de fácil disolución. Hay que esperar a que se desencadenen los acontecimientos, y se provoque el colapso. Vale la pena leer de nuevo La Tragedia de Ricardo III, de William Shakespeare, para comprender que con suerte, a pesar de la robustez de los sistemas perversos, el protagonista puede terminar en desventaja, abandonado a su suerte en un campo de batalla, desamparado por su montura, implorando al vacío y a la nada que por favor le concedan un caballo, que cambia su reino por un caballo.

@vjmc

La importancia de la congruencia

Agosto 14, 2017

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VictorMaldonado

Víctor Maldonado.- Una persona congruente vive de acuerdo con sus principios, y toma sus decisiones a la luz de los valores que asume como propios. No practica la impostura ni pierde tiempos en simular lo que no es. Los valores son guías para la acción, y una persona genuina trasluce la ética que practica. Con esas herramientas a la mano construye su proyecto de vida, y muy probablemente encontrará muchas razones para la felicidad. Los valores son hábitos del carácter y obligan a tomar decisiones entre lo que parece correcto y lo que no es. Sin reflexión ética no hay forma de resolver situaciones dilemáticas, simplemente porque daría lo mismo una opción que otra. Lo cierto es que no hay condición menos agradable que sentirse obligado a practicar la perversidad. Es lo que dicen que ocurre en organizaciones que, sin respetar la condición humana, imponen por la fuerza la ideología imperante, amenazando a cualquiera que sea disidente, con el cese del trabajo, e incluso cosas peores. Eso se vive en Venezuela con demasiada frecuencia, sobre todo en el sector público, que usa a sus funcionarios como parte de una maquinaria político-partidista, sin preguntar antes cuan alineados están con esos propósitos.

Por eso vale la pena hacer un refrescamiento del set de valores desde donde se pone a prueba la congruencia personal, y que también vale para las organizaciones.

Si crees en la libertad del ser humano, entonces debes respetar los espacios de los otros, y practicar la tolerancia. Se puede debatir sobre las ideas, pero nunca se debe denigrar a la persona. Las relaciones entre hombres libres dejan fuera cualquier expectativa de servidumbre o abuso.

Para poder realizar el proyecto de vida, cualquiera que sea, hace falta coraje, la fuerza de voluntad que permite imponerse ante las dificultades, mantener el curso de la acción con perseverancia, e insistir en lograr los resultados. La fortaleza siempre tendrá como gran tentación la debilidad, la procrastinación y las ganas de abandonarlo todo. No hay nada valioso que no tenga como precio la persistencia, el sacrificio, la inversión de tiempo, y por supuesto, el tener que optar por el camino correcto, a pesar de los costos que se imponen en el corto plazo.

En relación con los otros hay que practicar la asertividad. Las comunicaciones con los otros deben ser corteses, distendidas, directas y apropiadas. Concentrados en el tema y en la solución de los problemas, o en el feed-back, cuando es necesario darlo, pero sin una agresividad innecesaria. Ser positivos y propositivos, siempre produce mejores resultados.

Una sana relación con los otros también exige transparencia. O sea, que lo que piensas, lo dices, y lo que dices, lo haces. Eso si, sobre la base del respeto, la tolerancia y la debida consideración por los otros, así como bien fundamentados en los principios y valores que se practican. La imprudencia es el sobreuso de la transparencia. La sobriedad la resguarda.

La medida de una vida abundante en realizaciones es la productividad, entendida como la capacidad de crear valor, y el presupuesto fundamental del ejercicio de los derechos de propiedad. Nadie puede aspirar a vivir como el parásito de otros, o violentando el derecho de propiedad de los otros, que intentan ser productivos. Al respecto decía Ayn Rand que “si algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta o el fraude, saqueando, robando, engañando o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción propio del hombre”. Lo contrario a la meta de la productividad es, por tanto, el saqueo, que termina arruinando cualquier orden social.

Finalmente, nadie puede renunciar a la racionalidad. O sea, al intento de vincular medios con fines, a la valoración de cada uno de ellos, en relación con los otros, y la selección del que parece el mejor. Ser congruente es pensar siempre con la cabeza, sin dejar espacios a momentos de locura, o al éxtasis de los sentimientos. Nadie arrebatado por sus emociones es predecible.

En el libro de Jeremías hay algunas recomendaciones que pueden parecer apropiadas: Enderezar al bien todas nuestras acciones; administrar justicia entre los hombres; no hacer agravio al forastero, al huérfano y a la viuda; no derramar la sangre inocente; y no seguir los falsos ídolos que apuestan a la propia perversidad, y que te presionan para inclinarte hacia el mal. El que practique todo esto, vivirá en paz, y de acuerdo con Dios.

@vjmc

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Opinión

JULIO 17TH, 2017 EDITOR CONTENIDO OPINIÓN

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Victor Maldonado

Estamos en la hora más conspicua de la política. Y de la política más dura posible. Aquella que hizo decir a Carl Schmitt que era el ámbito que se reduce a la distinción entre amigos y enemigos. Y no porque necesariamente tenga que ser así. Contamos con definiciones más amigables de la política, pero lamentablemente estamos siendo determinados desde la mentalidad y las expectativas totalitarias de quienes tienen todo el poder, y se resisten a compartirlo o a cederlo. Se nos ha forzado a reaccionar ante esa definición de la realidad, distante por cierto de la confluencia de los que se preocupan por lo público, o los que intentan practicar la tolerancia para convivir felizmente entre los diversos. No es nuestro caso, aunque así lo quisiéramos. Vivimos tiempos extremos, en los que podemos perderlo todo, o como alternativa ganar una posibilidad para reconstruir la república.El objetivo del socialismo del siglo XXI siempre fue el poder total. Y lo dijo explícitamente en cada uno de los planes de desarrollo económico y social, en cada uno de sus textos políticos, en todas sus consignas, en cada discurso, en la forma como trataban a los que no pensaban como ellos, en la impunidad concedida a los suyos, en la persecución infligida a los políticos de la alternativa, en la preferencia de la corrupción sobre la probidad, en la constitución de mafias económicas y grupos paramilitares, en el daño ocasionado a la institucionalidad republicana, en el destruccionismo económico, y en la pretensión de que todos los ciudadanos nos convirtiéramos en siervos del sistema. No hemos llegado aquí por casualidad, y parte de la culpa política ha sido haber hecho caso omiso a cada una de las señales, intentando aplacar a una bestia voraz, pretendiendo domesticar al monstruo totalitario, ambicionando una convivencia con límites electorales, que nunca estuvo en los cálculos del régimen, que le es ajeno a su condición, y que por lo tanto, le resulta imposible de procesar.

Al régimen le cayó muy mal saberse en irrevocable minoría. La muerte de su caudillo, y el haberse tenido que contentar con quien aquel designó como heredero, abrió las compuertas de la lenta disolución de la que hoy hace gala. El carisma no se hereda. Y los líderes carismáticos son muy malos en lo único que les garantizaría una razonable sucesión, la construcción de instituciones fuertes que sean capaces de gobernar eficazmente. Nicolás luce ser víctima de sus propias circunstancias, tanto como su propio victimario. Recibió lo que él mismo ayudó a producir. Lo que recogió Nicolás fue un degradado sultanato tropical, lleno de trampas y coaliciones inestables. Recibió un país quebrado por la corrupción y el saqueo, que además debía lidiar con el colapso de los precios del petróleo. Sin recursos petroleros crecientes todo el modelo colapsó, al hacer imposible la lubricación del populismo distribuidor con el que narcotizaba y controlaba a buena parte de la sociedad. Sin recursos, y sin instituciones de gobierno, no había forma de transitar por los siniestros caminos de la crisis. Además, el realismo mágico no da para tanto. La ignorancia prepotente es el peor atributo para intentar gobernar, y al respecto, no ocurren milagros. Nicolás no solo no quería saber cómo resolver algo, sino que se rodeó de lo peor que podía procurar, porque la ignorancia es audaz, y porque se comió su propia premisa de ser un presidente obrero. No sabemos a ciencia cierta si él está al tanto de la magnitud de la crisis, lo cierto es que nunca ha pensado en irse. Su obsesión es la contraria, buscar las formas para quedarse para siempre, usando el poder tal y como le enseñaron, para el control total, y no para la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos. Su gran pecado es pensar que el poder es para eso, para su particular consumo, y no una capacidad que se pone al servicio de los más altos intereses del país.

Por esas razones nunca ha habido llamados genuinos y eficaces a la unidad nacional, ni a la constitución de un gobierno de ancha base para sortear lo peor del momento, ni siquiera la apertura de un justificado período de consultas para valorar las causas de la catástrofe. Las invocaciones a los diálogos, tanto como las ofertas de paz, no son otra cosa que una exigencia despótica de sumisión, que abarca desde la narrativa hasta las consecuencias prácticas de su imposición como dueño absoluto del país. Lo único que siempre ha ambicionado es el reconocimiento servil de su persona como gobernante supremo, y de su estilo y puestas en escenas, como la mejor forma de conducir a Venezuela.

El grupo que se mantiene en el poder decidió lo peor. Habiendo acabado con las reservas del país, comenzó a intensificar la represión política, y la más brutal indiferencia económica. Cárcel para la disidencia, y hambre para el pueblo han sido los resultados. El régimen dice, pero no hace. Está entrampado en una maraña de malos manejos que le incrementa los costos sin poder hacer nada al respecto. Intenta el desvarío de entregar una bolsa de comida para los sectores modestos, y pronto se descubre que cuestan cinco o seis veces más, gracias al peaje de la corrupción, y a una exigencia autorreferencial que les impide usar los mecanismos de mercado para resolver las crisis. El régimen se complace en sus esfuerzos propagandísticos, se cree sus propias mentiras, y acusa a todos los demás de tergiversar la realidad. Son ellos, empero, los que viven en un mundo perfecto pero falso.

El resto sufre las condiciones de la descomposición social en forma de violencia, crimen, inflación y depresión económica. El régimen no puede ver lo que no quiere ver, el hambre, la desnutrición, la muerte inexplicable, la enfermedad sencilla que se agrava por ausencia de lo más elemental, la cárcel, el exilio, la desbandada del talento, y el crimen que es producto de la cesión ilegítima del monopolio de la violencia, y de la explotación de negocios ilegales para favorecer a grupos cercanos. No le interesa ver lo que les ocurre a sus enemigos, que somos todos los venezolanos, despojados de derechos y garantías, y de cualquier posibilidad de encarar lo cotidiano con dignidad. Somos los enemigos del régimen, y así somos tratados.

Resulta extraño que, en el intermedio, alguien pueda pensar que el régimen muestre compasión, o quiera renunciar unilateralmente y pacíficamente a lo que considera exclusivamente suyo. Me parece ridículo que alguien crea que el régimen les va a oír sus súplicas para moverlo hacia la compasión o la vuelta a la legalidad. Eso solamente distrae y resta fuerzas a lo esencial. Porque el régimen no tiene interés en elecciones, no quiere pactar una salida política a la crisis, no está dispuesto a reconocer sus excesos y violaciones a los derechos humanos, no tiene como justificar el saqueo que ha protagonizado, y no cesa en violar cualquier atributo de dignidad. Las condiciones en las que mantienen a los presos políticos y el trato dado a la protesta son los argumentos más convincentes para asumir que, por ahora, el régimen no tiene entre sus escenarios de corto plazo un arreglo pacífico a la crisis del país. Peor aún, ni se da el tiempo, ni nos lo otorga.

¿En qué anda el régimen? Luego de tres años de represión y fracaso, cree haber descontado los costos de sus excesos, y también apuesta a que lo puede seguir haciendo.  El cinismo político, del que hacen gala, se compone de esas jugadas temerarias. Asume que puede ser la otra Cuba, y que mediante desplantes y extorsiones puede lograr sortear la tormenta de indignación mundial. Sabe que no puede darse el lujo de tomar por la fuerza a la Asamblea Nacional, y que pocas ganancias le daría desalojar a la Fiscal al margen del procedimiento supuestamente constitucional.  Pero le siguen estorbando las instituciones autónomas. Le molesta esa denuncia de ruptura del orden constitucional lanzado a los cuatro vientos, y que deja en entredicho cualquier asunción que se pueda tener sobre la idoneidad del TSJ. Le molesta la inquietud de las FFAA, y las dudas de los mandos militares sobre lo que está haciendo la GNB y la PNB. Le perturba el ambiente insurreccional que se expresa en la calle, los trancones, las marchas, y cualquiera de las expresiones de desacato y desobediencia civil, y, por lo tanto, todos los afiliados al proceso están bajo sospecha, y todos los ciudadanos están bajo amenaza. Como ellos no disimulan, se inventaron “la operación tun-tun” que no es otra cosa que la violación del domicilio privado para detener indebidamente a los supuestos enemigos del régimen. Le estorba la Constitución y el inventario de derechos y garantías. Le molesta que la ley ponga límites a sus atribuciones, y que, al fin de cuentas, sea un contraste monstruoso entre lo que la ley define y lo que ellos son realmente. Ellos están convencidos de que esa constitución era apropiada para la etapa populista del proceso, lubricada por la renta petrolera. Ahora llegó el tiempo de la otra constitución, en la que régimen y patria son la misma cosa y, por lo tanto, disentir será calificado como una traición a la patria. Y no habrá obstáculo para eso, porque esa nueva constitución será buena para ellos, y tenebrosa para nosotros.

Nicolás no se ha guardado las intenciones asociadas al fraude constituyente. En primer lugar, no es un proceso democrático, sino una grosera simulación del voto, para asegurarse una mayoría que no tiene. En segundo lugar, pretende desahuciar a la Asamblea Nacional de inmediato, y sustituirla por un cuerpo de leales incondicionales que van a dictar las leyes que se necesitan para consolidar el proyecto autoritario. En tercer lugar, quieren lograr la sustitución de la titular de la FGR, para manejar la justicia como el ariete que derrumba cualquier oposición al proceso. Necesita un sistema judicial alineado a las necesidades de reprimir y exterminar cualquier disidencia, y para eso, ahora les estorba la que ahora está a la cabeza. En cuarto lugar, quieren decidir un proceso de centralización política, eliminando gobernaciones y alcaldías, para sustituirlas por las comunas, el gran sueño del comunismo. No será todo el poder para las comunas, sino que usaran a las comunas para controlar todo el poder.  En quinto lugar, necesitan eliminar la propiedad privada, al menos en términos de la disposición, con lo que se destierra definitivamente al sistema de mercado. En sexto lugar, quieren decidir una economía por decreto, destruir el sistema de precios, no dejar nada por fuera de los controles, acabar con cualquier resquicio de libertad económica, y transformar las necesidades de la gente en nuevas oportunidades de negocios para la cúpula militar-cívica dirigente. Por último, tienen que trasquilar la actual constitución, hacerla irreconocible para la democracia, y transformarla en un espejo de las ansias infinitas de poder que el grupo dirigente exhibe. Operará un ínterin de terror y revancha en la que todos sufriremos el colapso de las libertades. El régimen operará como ventrílocuo a través de este nuevo muñeco, y al final, si lo dejamos, anunciará una nueva legalidad, de la que se asirán desesperadamente para legitimar sus desafueros. No es la paz lo que buscan. La paz no les importa. Lo que realmente quieren es una base para disfrutar y disponer del poder total, sin que nadie pueda demandar una elección, sin que nadie pueda exigir un derecho. Vamos hacia el silencio totalitario.

Frente a esta amenaza estamos todos los venezolanos movilizados. Pero hay que entender la cualidad del desafío. No es un problema jurídico o procedimental. No es un problema que se va a resolver mediante un trámite legal. No es un problema que se resuelva invocando correctamente el articulado de una constitución violentada. No es un problema de semántica o de hermenéutica jurídica. Es un problema político, planteado en los términos más brutales. Y es un problema moral, porque estamos confrontando el mal con las limitadas posibilidades de la insurrección ciudadana, en representación de un chance para el bien.

En el diario filosófico de Hannah Arendt, se plantean tres preguntas cuyas respuestas pueden ser cruciales para nosotros. ¿De dónde viene el mal radical?  ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su suelo y fundamento? La experta en totalitarismos sugiere que en nada tienen que ver con lo psicológico o lo caracterológico. El mal depende y se expresa porque algunos -el régimen- se asumen como superiores frente al resto, y esa pretendida superioridad les hace pensar en consecuencia que pueden eliminarnos al resto en cualquier momento. Precisamente de eso se trata la amenaza constituyente, de la concepción de un proceso de exclusión, expulsión, abatimiento y liquidación del ser humano con dignidad, libertad, propiedad y sueños. Ellos decidieron que para eso necesitan un proceso turbulento, la constituyente, frente al cual supuestamente se hincarán para recibir a cambio todo lo que ellos quieren, y que está perfectamente previsto en el guión.

Insisto, no es un problema jurídico. El dilema es mucho más profundo. Tiene que ver con los derechos naturales del ser humano. Tiene que ver con la herencia de la civilización occidental, y sus 2500 años de construcción de la tolerancia y la convivencia. Tiene que ver con la antinomia que se plantea entre vivir o ser exterminados, ser libres o descubrir la servidumbre. No es un problema jurídico, es un problema humano. Por eso esta amenaza se conjura en las calles, con el desafío ciudadano, pero también con el escándalo internacional que siempre produce la cruel brutalidad del que solamente se apoya en la fuerza, sin entrar en razones, a cualquier costo. Escribo esto a 21 días de la consumación de lo que hoy es solo una posibilidad, recitando en voz baja los versículos del salmo 91, “Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora”, del régimen que envilece, de la represión que mata, del hambre y sed de justicia, del mal convertido en gobierno impío, de la ceguera y de la confusión que tanto daño hace, del que se entrega porque no entiende la tesitura de la lucha, del que se postra creyendo salvar algo,  y del odio que nos hace transitar una y otra vez por el desierto del resentimiento. Ante esta amenaza que no deja de acercarse, pidamos que El Señor sea nuestra guía, nuestra fuerza y la causa de nuestras victorias.