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La importancia de la congruencia

Agosto 14, 2017

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VictorMaldonado

Víctor Maldonado.- Una persona congruente vive de acuerdo con sus principios, y toma sus decisiones a la luz de los valores que asume como propios. No practica la impostura ni pierde tiempos en simular lo que no es. Los valores son guías para la acción, y una persona genuina trasluce la ética que practica. Con esas herramientas a la mano construye su proyecto de vida, y muy probablemente encontrará muchas razones para la felicidad. Los valores son hábitos del carácter y obligan a tomar decisiones entre lo que parece correcto y lo que no es. Sin reflexión ética no hay forma de resolver situaciones dilemáticas, simplemente porque daría lo mismo una opción que otra. Lo cierto es que no hay condición menos agradable que sentirse obligado a practicar la perversidad. Es lo que dicen que ocurre en organizaciones que, sin respetar la condición humana, imponen por la fuerza la ideología imperante, amenazando a cualquiera que sea disidente, con el cese del trabajo, e incluso cosas peores. Eso se vive en Venezuela con demasiada frecuencia, sobre todo en el sector público, que usa a sus funcionarios como parte de una maquinaria político-partidista, sin preguntar antes cuan alineados están con esos propósitos.

Por eso vale la pena hacer un refrescamiento del set de valores desde donde se pone a prueba la congruencia personal, y que también vale para las organizaciones.

Si crees en la libertad del ser humano, entonces debes respetar los espacios de los otros, y practicar la tolerancia. Se puede debatir sobre las ideas, pero nunca se debe denigrar a la persona. Las relaciones entre hombres libres dejan fuera cualquier expectativa de servidumbre o abuso.

Para poder realizar el proyecto de vida, cualquiera que sea, hace falta coraje, la fuerza de voluntad que permite imponerse ante las dificultades, mantener el curso de la acción con perseverancia, e insistir en lograr los resultados. La fortaleza siempre tendrá como gran tentación la debilidad, la procrastinación y las ganas de abandonarlo todo. No hay nada valioso que no tenga como precio la persistencia, el sacrificio, la inversión de tiempo, y por supuesto, el tener que optar por el camino correcto, a pesar de los costos que se imponen en el corto plazo.

En relación con los otros hay que practicar la asertividad. Las comunicaciones con los otros deben ser corteses, distendidas, directas y apropiadas. Concentrados en el tema y en la solución de los problemas, o en el feed-back, cuando es necesario darlo, pero sin una agresividad innecesaria. Ser positivos y propositivos, siempre produce mejores resultados.

Una sana relación con los otros también exige transparencia. O sea, que lo que piensas, lo dices, y lo que dices, lo haces. Eso si, sobre la base del respeto, la tolerancia y la debida consideración por los otros, así como bien fundamentados en los principios y valores que se practican. La imprudencia es el sobreuso de la transparencia. La sobriedad la resguarda.

La medida de una vida abundante en realizaciones es la productividad, entendida como la capacidad de crear valor, y el presupuesto fundamental del ejercicio de los derechos de propiedad. Nadie puede aspirar a vivir como el parásito de otros, o violentando el derecho de propiedad de los otros, que intentan ser productivos. Al respecto decía Ayn Rand que “si algún hombre intenta sobrevivir mediante la fuerza bruta o el fraude, saqueando, robando, engañando o esclavizando a otros que producen, sigue siendo cierto que su supervivencia sólo es posible por el esfuerzo realizado por sus víctimas, aquellos hombres que han elegido pensar y producir los bienes que ellos, los saqueadores, les arrebatan. Tales saqueadores son parásitos incapaces de sobrevivir, que existen destruyendo a quienes sí son capaces, a quienes siguen el curso de acción propio del hombre”. Lo contrario a la meta de la productividad es, por tanto, el saqueo, que termina arruinando cualquier orden social.

Finalmente, nadie puede renunciar a la racionalidad. O sea, al intento de vincular medios con fines, a la valoración de cada uno de ellos, en relación con los otros, y la selección del que parece el mejor. Ser congruente es pensar siempre con la cabeza, sin dejar espacios a momentos de locura, o al éxtasis de los sentimientos. Nadie arrebatado por sus emociones es predecible.

En el libro de Jeremías hay algunas recomendaciones que pueden parecer apropiadas: Enderezar al bien todas nuestras acciones; administrar justicia entre los hombres; no hacer agravio al forastero, al huérfano y a la viuda; no derramar la sangre inocente; y no seguir los falsos ídolos que apuestan a la propia perversidad, y que te presionan para inclinarte hacia el mal. El que practique todo esto, vivirá en paz, y de acuerdo con Dios.

@vjmc

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Opinión

JULIO 17TH, 2017 EDITOR CONTENIDO OPINIÓN

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Victor Maldonado

Estamos en la hora más conspicua de la política. Y de la política más dura posible. Aquella que hizo decir a Carl Schmitt que era el ámbito que se reduce a la distinción entre amigos y enemigos. Y no porque necesariamente tenga que ser así. Contamos con definiciones más amigables de la política, pero lamentablemente estamos siendo determinados desde la mentalidad y las expectativas totalitarias de quienes tienen todo el poder, y se resisten a compartirlo o a cederlo. Se nos ha forzado a reaccionar ante esa definición de la realidad, distante por cierto de la confluencia de los que se preocupan por lo público, o los que intentan practicar la tolerancia para convivir felizmente entre los diversos. No es nuestro caso, aunque así lo quisiéramos. Vivimos tiempos extremos, en los que podemos perderlo todo, o como alternativa ganar una posibilidad para reconstruir la república.El objetivo del socialismo del siglo XXI siempre fue el poder total. Y lo dijo explícitamente en cada uno de los planes de desarrollo económico y social, en cada uno de sus textos políticos, en todas sus consignas, en cada discurso, en la forma como trataban a los que no pensaban como ellos, en la impunidad concedida a los suyos, en la persecución infligida a los políticos de la alternativa, en la preferencia de la corrupción sobre la probidad, en la constitución de mafias económicas y grupos paramilitares, en el daño ocasionado a la institucionalidad republicana, en el destruccionismo económico, y en la pretensión de que todos los ciudadanos nos convirtiéramos en siervos del sistema. No hemos llegado aquí por casualidad, y parte de la culpa política ha sido haber hecho caso omiso a cada una de las señales, intentando aplacar a una bestia voraz, pretendiendo domesticar al monstruo totalitario, ambicionando una convivencia con límites electorales, que nunca estuvo en los cálculos del régimen, que le es ajeno a su condición, y que por lo tanto, le resulta imposible de procesar.

Al régimen le cayó muy mal saberse en irrevocable minoría. La muerte de su caudillo, y el haberse tenido que contentar con quien aquel designó como heredero, abrió las compuertas de la lenta disolución de la que hoy hace gala. El carisma no se hereda. Y los líderes carismáticos son muy malos en lo único que les garantizaría una razonable sucesión, la construcción de instituciones fuertes que sean capaces de gobernar eficazmente. Nicolás luce ser víctima de sus propias circunstancias, tanto como su propio victimario. Recibió lo que él mismo ayudó a producir. Lo que recogió Nicolás fue un degradado sultanato tropical, lleno de trampas y coaliciones inestables. Recibió un país quebrado por la corrupción y el saqueo, que además debía lidiar con el colapso de los precios del petróleo. Sin recursos petroleros crecientes todo el modelo colapsó, al hacer imposible la lubricación del populismo distribuidor con el que narcotizaba y controlaba a buena parte de la sociedad. Sin recursos, y sin instituciones de gobierno, no había forma de transitar por los siniestros caminos de la crisis. Además, el realismo mágico no da para tanto. La ignorancia prepotente es el peor atributo para intentar gobernar, y al respecto, no ocurren milagros. Nicolás no solo no quería saber cómo resolver algo, sino que se rodeó de lo peor que podía procurar, porque la ignorancia es audaz, y porque se comió su propia premisa de ser un presidente obrero. No sabemos a ciencia cierta si él está al tanto de la magnitud de la crisis, lo cierto es que nunca ha pensado en irse. Su obsesión es la contraria, buscar las formas para quedarse para siempre, usando el poder tal y como le enseñaron, para el control total, y no para la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos. Su gran pecado es pensar que el poder es para eso, para su particular consumo, y no una capacidad que se pone al servicio de los más altos intereses del país.

Por esas razones nunca ha habido llamados genuinos y eficaces a la unidad nacional, ni a la constitución de un gobierno de ancha base para sortear lo peor del momento, ni siquiera la apertura de un justificado período de consultas para valorar las causas de la catástrofe. Las invocaciones a los diálogos, tanto como las ofertas de paz, no son otra cosa que una exigencia despótica de sumisión, que abarca desde la narrativa hasta las consecuencias prácticas de su imposición como dueño absoluto del país. Lo único que siempre ha ambicionado es el reconocimiento servil de su persona como gobernante supremo, y de su estilo y puestas en escenas, como la mejor forma de conducir a Venezuela.

El grupo que se mantiene en el poder decidió lo peor. Habiendo acabado con las reservas del país, comenzó a intensificar la represión política, y la más brutal indiferencia económica. Cárcel para la disidencia, y hambre para el pueblo han sido los resultados. El régimen dice, pero no hace. Está entrampado en una maraña de malos manejos que le incrementa los costos sin poder hacer nada al respecto. Intenta el desvarío de entregar una bolsa de comida para los sectores modestos, y pronto se descubre que cuestan cinco o seis veces más, gracias al peaje de la corrupción, y a una exigencia autorreferencial que les impide usar los mecanismos de mercado para resolver las crisis. El régimen se complace en sus esfuerzos propagandísticos, se cree sus propias mentiras, y acusa a todos los demás de tergiversar la realidad. Son ellos, empero, los que viven en un mundo perfecto pero falso.

El resto sufre las condiciones de la descomposición social en forma de violencia, crimen, inflación y depresión económica. El régimen no puede ver lo que no quiere ver, el hambre, la desnutrición, la muerte inexplicable, la enfermedad sencilla que se agrava por ausencia de lo más elemental, la cárcel, el exilio, la desbandada del talento, y el crimen que es producto de la cesión ilegítima del monopolio de la violencia, y de la explotación de negocios ilegales para favorecer a grupos cercanos. No le interesa ver lo que les ocurre a sus enemigos, que somos todos los venezolanos, despojados de derechos y garantías, y de cualquier posibilidad de encarar lo cotidiano con dignidad. Somos los enemigos del régimen, y así somos tratados.

Resulta extraño que, en el intermedio, alguien pueda pensar que el régimen muestre compasión, o quiera renunciar unilateralmente y pacíficamente a lo que considera exclusivamente suyo. Me parece ridículo que alguien crea que el régimen les va a oír sus súplicas para moverlo hacia la compasión o la vuelta a la legalidad. Eso solamente distrae y resta fuerzas a lo esencial. Porque el régimen no tiene interés en elecciones, no quiere pactar una salida política a la crisis, no está dispuesto a reconocer sus excesos y violaciones a los derechos humanos, no tiene como justificar el saqueo que ha protagonizado, y no cesa en violar cualquier atributo de dignidad. Las condiciones en las que mantienen a los presos políticos y el trato dado a la protesta son los argumentos más convincentes para asumir que, por ahora, el régimen no tiene entre sus escenarios de corto plazo un arreglo pacífico a la crisis del país. Peor aún, ni se da el tiempo, ni nos lo otorga.

¿En qué anda el régimen? Luego de tres años de represión y fracaso, cree haber descontado los costos de sus excesos, y también apuesta a que lo puede seguir haciendo.  El cinismo político, del que hacen gala, se compone de esas jugadas temerarias. Asume que puede ser la otra Cuba, y que mediante desplantes y extorsiones puede lograr sortear la tormenta de indignación mundial. Sabe que no puede darse el lujo de tomar por la fuerza a la Asamblea Nacional, y que pocas ganancias le daría desalojar a la Fiscal al margen del procedimiento supuestamente constitucional.  Pero le siguen estorbando las instituciones autónomas. Le molesta esa denuncia de ruptura del orden constitucional lanzado a los cuatro vientos, y que deja en entredicho cualquier asunción que se pueda tener sobre la idoneidad del TSJ. Le molesta la inquietud de las FFAA, y las dudas de los mandos militares sobre lo que está haciendo la GNB y la PNB. Le perturba el ambiente insurreccional que se expresa en la calle, los trancones, las marchas, y cualquiera de las expresiones de desacato y desobediencia civil, y, por lo tanto, todos los afiliados al proceso están bajo sospecha, y todos los ciudadanos están bajo amenaza. Como ellos no disimulan, se inventaron “la operación tun-tun” que no es otra cosa que la violación del domicilio privado para detener indebidamente a los supuestos enemigos del régimen. Le estorba la Constitución y el inventario de derechos y garantías. Le molesta que la ley ponga límites a sus atribuciones, y que, al fin de cuentas, sea un contraste monstruoso entre lo que la ley define y lo que ellos son realmente. Ellos están convencidos de que esa constitución era apropiada para la etapa populista del proceso, lubricada por la renta petrolera. Ahora llegó el tiempo de la otra constitución, en la que régimen y patria son la misma cosa y, por lo tanto, disentir será calificado como una traición a la patria. Y no habrá obstáculo para eso, porque esa nueva constitución será buena para ellos, y tenebrosa para nosotros.

Nicolás no se ha guardado las intenciones asociadas al fraude constituyente. En primer lugar, no es un proceso democrático, sino una grosera simulación del voto, para asegurarse una mayoría que no tiene. En segundo lugar, pretende desahuciar a la Asamblea Nacional de inmediato, y sustituirla por un cuerpo de leales incondicionales que van a dictar las leyes que se necesitan para consolidar el proyecto autoritario. En tercer lugar, quieren lograr la sustitución de la titular de la FGR, para manejar la justicia como el ariete que derrumba cualquier oposición al proceso. Necesita un sistema judicial alineado a las necesidades de reprimir y exterminar cualquier disidencia, y para eso, ahora les estorba la que ahora está a la cabeza. En cuarto lugar, quieren decidir un proceso de centralización política, eliminando gobernaciones y alcaldías, para sustituirlas por las comunas, el gran sueño del comunismo. No será todo el poder para las comunas, sino que usaran a las comunas para controlar todo el poder.  En quinto lugar, necesitan eliminar la propiedad privada, al menos en términos de la disposición, con lo que se destierra definitivamente al sistema de mercado. En sexto lugar, quieren decidir una economía por decreto, destruir el sistema de precios, no dejar nada por fuera de los controles, acabar con cualquier resquicio de libertad económica, y transformar las necesidades de la gente en nuevas oportunidades de negocios para la cúpula militar-cívica dirigente. Por último, tienen que trasquilar la actual constitución, hacerla irreconocible para la democracia, y transformarla en un espejo de las ansias infinitas de poder que el grupo dirigente exhibe. Operará un ínterin de terror y revancha en la que todos sufriremos el colapso de las libertades. El régimen operará como ventrílocuo a través de este nuevo muñeco, y al final, si lo dejamos, anunciará una nueva legalidad, de la que se asirán desesperadamente para legitimar sus desafueros. No es la paz lo que buscan. La paz no les importa. Lo que realmente quieren es una base para disfrutar y disponer del poder total, sin que nadie pueda demandar una elección, sin que nadie pueda exigir un derecho. Vamos hacia el silencio totalitario.

Frente a esta amenaza estamos todos los venezolanos movilizados. Pero hay que entender la cualidad del desafío. No es un problema jurídico o procedimental. No es un problema que se va a resolver mediante un trámite legal. No es un problema que se resuelva invocando correctamente el articulado de una constitución violentada. No es un problema de semántica o de hermenéutica jurídica. Es un problema político, planteado en los términos más brutales. Y es un problema moral, porque estamos confrontando el mal con las limitadas posibilidades de la insurrección ciudadana, en representación de un chance para el bien.

En el diario filosófico de Hannah Arendt, se plantean tres preguntas cuyas respuestas pueden ser cruciales para nosotros. ¿De dónde viene el mal radical?  ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su suelo y fundamento? La experta en totalitarismos sugiere que en nada tienen que ver con lo psicológico o lo caracterológico. El mal depende y se expresa porque algunos -el régimen- se asumen como superiores frente al resto, y esa pretendida superioridad les hace pensar en consecuencia que pueden eliminarnos al resto en cualquier momento. Precisamente de eso se trata la amenaza constituyente, de la concepción de un proceso de exclusión, expulsión, abatimiento y liquidación del ser humano con dignidad, libertad, propiedad y sueños. Ellos decidieron que para eso necesitan un proceso turbulento, la constituyente, frente al cual supuestamente se hincarán para recibir a cambio todo lo que ellos quieren, y que está perfectamente previsto en el guión.

Insisto, no es un problema jurídico. El dilema es mucho más profundo. Tiene que ver con los derechos naturales del ser humano. Tiene que ver con la herencia de la civilización occidental, y sus 2500 años de construcción de la tolerancia y la convivencia. Tiene que ver con la antinomia que se plantea entre vivir o ser exterminados, ser libres o descubrir la servidumbre. No es un problema jurídico, es un problema humano. Por eso esta amenaza se conjura en las calles, con el desafío ciudadano, pero también con el escándalo internacional que siempre produce la cruel brutalidad del que solamente se apoya en la fuerza, sin entrar en razones, a cualquier costo. Escribo esto a 21 días de la consumación de lo que hoy es solo una posibilidad, recitando en voz baja los versículos del salmo 91, “Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora”, del régimen que envilece, de la represión que mata, del hambre y sed de justicia, del mal convertido en gobierno impío, de la ceguera y de la confusión que tanto daño hace, del que se entrega porque no entiende la tesitura de la lucha, del que se postra creyendo salvar algo,  y del odio que nos hace transitar una y otra vez por el desierto del resentimiento. Ante esta amenaza que no deja de acercarse, pidamos que El Señor sea nuestra guía, nuestra fuerza y la causa de nuestras victorias.

Víctor Maldonado: La amenaza

Fran Tovar 11 Julio, 2017 El pizarrón de Fran0 Comments

Estamos en la hora más conspicua de la política. Y de la política más dura posible. Aquella que hizo decir a Carl Schmitt que era el ámbito que se reduce a la distinción entre amigos y enemigos. Y no porque necesariamente tenga que ser así. Contamos con definiciones más amigables de la política, pero lamentablemente estamos siendo determinados desde la mentalidad y las expectativas totalitarias de quienes tienen todo el poder, y se resisten a compartirlo o a cederlo. Se nos ha forzado a reaccionar ante esa definición de la realidad, distante por cierto de la confluencia de los que se preocupan por lo público, o los que intentan practicar la tolerancia para convivir felizmente entre los diversos. No es nuestro caso, aunque así lo quisiéramos. Vivimos tiempos extremos, en los que podemos perderlo todo, o como alternativa ganar una posibilidad para reconstruir la república.

El objetivo del socialismo del siglo XXI siempre fue el poder total. Y lo dijo explícitamente en cada uno de los planes de desarrollo económico y social, en cada uno de sus textos políticos, en todas sus consignas, en cada discurso, en la forma como trataban a los que no pensaban como ellos, en la impunidad concedida a los suyos, en la persecución infligida a los políticos de la alternativa, en la preferencia de la corrupción sobre la probidad, en la constitución de mafias económicas y grupos paramilitares, en el daño ocasionado a la institucionalidad republicana, en el destruccionismo económico, y en la pretensión de que todos los ciudadanos nos convirtiéramos en siervos del sistema. No hemos llegado aquí por casualidad, y parte de la culpa política ha sido haber hecho caso omiso a cada una de las señales, intentando aplacar a una bestia voraz, pretendiendo domesticar al monstruo totalitario, ambicionando una convivencia con límites electorales, que nunca estuvo en los cálculos del régimen, que le es ajeno a su condición, y que por lo tanto, le resulta imposible de procesar.

Al régimen le cayó muy mal saberse en irrevocable minoría. La muerte de su caudillo, y el haberse tenido que contentar con quien aquel designó como heredero, abrió las compuertas de la lenta disolución de la que hoy hace gala. El carisma no se hereda. Y los líderes carismáticos son muy malos en lo único que les garantizaría una razonable sucesión, la construcción de instituciones fuertes que sean capaces de gobernar eficazmente. Nicolás luce ser víctima de sus propias circunstancias, tanto como su propio victimario. Recibió lo que él mismo ayudó a producir. Lo que recogió Nicolás fue un degradado sultanato tropical, lleno de trampas y coaliciones inestables. Recibió un país quebrado por la corrupción y el saqueo, que además debía lidiar con el colapso de los precios del petróleo. Sin recursos petroleros crecientes todo el modelo colapsó, al hacer imposible la lubricación del populismo distribuidor con el que narcotizaba y controlaba a buena parte de la sociedad. Sin recursos, y sin instituciones de gobierno, no había forma de transitar por los siniestros caminos de la crisis. Además, el realismo mágico no da para tanto. La ignorancia prepotente es el peor atributo para intentar gobernar, y al respecto, no ocurren milagros. Nicolás no solo no quería saber cómo resolver algo, sino que se rodeó de lo peor que podía procurar, porque la ignorancia es audaz, y porque se comió su propia premisa de ser un presidente obrero. No sabemos a ciencia cierta si él está al tanto de la magnitud de la crisis, lo cierto es que nunca ha pensado en irse. Su obsesión es la contraria, buscar las formas para quedarse para siempre, usando el poder tal y como le enseñaron, para el control total, y no para la satisfacción de las necesidades de los ciudadanos. Su gran pecado es pensar que el poder es para eso, para su particular consumo, y no una capacidad que se pone al servicio de los más altos intereses del país.

Por esas razones nunca ha habido llamados genuinos y eficaces a la unidad nacional, ni a la constitución de un gobierno de ancha base para sortear lo peor del momento, ni siquiera la apertura de un justificado período de consultas para valorar las causas de la catástrofe. Las invocaciones a los diálogos, tanto como las ofertas de paz, no son otra cosa que una exigencia despótica de sumisión, que abarca desde la narrativa hasta las consecuencias prácticas de su imposición como dueño absoluto del país. Lo único que siempre ha ambicionado es el reconocimiento servil de su persona como gobernante supremo, y de su estilo y puestas en escenas, como la mejor forma de conducir a Venezuela.

El grupo que se mantiene en el poder decidió lo peor. Habiendo acabado con las reservas del país, comenzó a intensificar la represión política, y la más brutal indiferencia económica. Cárcel para la disidencia, y hambre para el pueblo han sido los resultados. El régimen dice, pero no hace. Está entrampado en una maraña de malos manejos que le incrementa los costos sin poder hacer nada al respecto. Intenta el desvarío de entregar una bolsa de comida para los sectores modestos, y pronto se descubre que cuestan cinco o seis veces más, gracias al peaje de la corrupción, y a una exigencia autorreferencial que les impide usar los mecanismos de mercado para resolver las crisis. El régimen se complace en sus esfuerzos propagandísticos, se cree sus propias mentiras, y acusa a todos los demás de tergiversar la realidad. Son ellos, empero, los que viven en un mundo perfecto pero falso.

El resto sufre las condiciones de la descomposición social en forma de violencia, crimen, inflación y depresión económica. El régimen no puede ver lo que no quiere ver, el hambre, la desnutrición, la muerte inexplicable, la enfermedad sencilla que se agrava por ausencia de lo más elemental, la cárcel, el exilio, la desbandada del talento, y el crimen que es producto de la cesión ilegítima del monopolio de la violencia, y de la explotación de negocios ilegales para favorecer a grupos cercanos. No le interesa ver lo que les ocurre a sus enemigos, que somos todos los venezolanos, despojados de derechos y garantías, y de cualquier posibilidad de encarar lo cotidiano con dignidad. Somos los enemigos del régimen, y así somos tratados.

Resulta extraño que, en el intermedio, alguien pueda pensar que el régimen muestre compasión, o quiera renunciar unilateralmente y pacíficamente a lo que considera exclusivamente suyo. Me parece ridículo que alguien crea que el régimen les va a oír sus súplicas para moverlo hacia la compasión o la vuelta a la legalidad. Eso solamente distrae y resta fuerzas a lo esencial. Porque el régimen no tiene interés en elecciones, no quiere pactar una salida política a la crisis, no está dispuesto a reconocer sus excesos y violaciones a los derechos humanos, no tiene como justificar el saqueo que ha protagonizado, y no cesa en violar cualquier atributo de dignidad. Las condiciones en las que mantienen a los presos políticos y el trato dado a la protesta son los argumentos más convincentes para asumir que, por ahora, el régimen no tiene entre sus escenarios de corto plazo un arreglo pacífico a la crisis del país. Peor aún, ni se da el tiempo, ni nos lo otorga.

¿En qué anda el régimen? Luego de tres años de represión y fracaso, cree haber descontado los costos de sus excesos, y también apuesta a que lo puede seguir haciendo.  El cinismo político, del que hacen gala, se compone de esas jugadas temerarias. Asume que puede ser la otra Cuba, y que mediante desplantes y extorsiones puede lograr sortear la tormenta de indignación mundial. Sabe que no puede darse el lujo de tomar por la fuerza a la Asamblea Nacional, y que pocas ganancias le daría desalojar a la Fiscal al margen del procedimiento supuestamente constitucional.  Pero le siguen estorbando las instituciones autónomas. Le molesta esa denuncia de ruptura del orden constitucional lanzado a los cuatro vientos, y que deja en entredicho cualquier asunción que se pueda tener sobre la idoneidad del TSJ. Le molesta la inquietud de las FFAA, y las dudas de los mandos militares sobre lo que está haciendo la GNB y la PNB. Le perturba el ambiente insurreccional que se expresa en la calle, los trancones, las marchas, y cualquiera de las expresiones de desacato y desobediencia civil, y, por lo tanto, todos los afiliados al proceso están bajo sospecha, y todos los ciudadanos están bajo amenaza. Como ellos no disimulan, se inventaron “la operación tun-tun” que no es otra cosa que la violación del domicilio privado para detener indebidamente a los supuestos enemigos del régimen. Le estorba la Constitución y el inventario de derechos y garantías. Le molesta que la ley ponga límites a sus atribuciones, y que, al fin de cuentas, sea un contraste monstruoso entre lo que la ley define y lo que ellos son realmente. Ellos están convencidos de que esa constitución era apropiada para la etapa populista del proceso, lubricada por la renta petrolera. Ahora llegó el tiempo de la otra constitución, en la que régimen y patria son la misma cosa y, por lo tanto, disentir será calificado como una traición a la patria. Y no habrá obstáculo para eso, porque esa nueva constitución será buena para ellos, y tenebrosa para nosotros.

Nicolás no se ha guardado las intenciones asociadas al fraude constituyente. En primer lugar, no es un proceso democrático, sino una grosera simulación del voto, para asegurarse una mayoría que no tiene. En segundo lugar, pretende desahuciar a la Asamblea Nacional de inmediato, y sustituirla por un cuerpo de leales incondicionales que van a dictar las leyes que se necesitan para consolidar el proyecto autoritario. En tercer lugar, quieren lograr la sustitución de la titular de la FGR, para manejar la justicia como el ariete que derrumba cualquier oposición al proceso. Necesita un sistema judicial alineado a las necesidades de reprimir y exterminar cualquier disidencia, y para eso, ahora les estorba la que ahora está a la cabeza. En cuarto lugar, quieren decidir un proceso de centralización política, eliminando gobernaciones y alcaldías, para sustituirlas por las comunas, el gran sueño del comunismo. No será todo el poder para las comunas, sino que usaran a las comunas para controlar todo el poder.  En quinto lugar, necesitan eliminar la propiedad privada, al menos en términos de la disposición, con lo que se destierra definitivamente al sistema de mercado. En sexto lugar, quieren decidir una economía por decreto, destruir el sistema de precios, no dejar nada por fuera de los controles, acabar con cualquier resquicio de libertad económica, y transformar las necesidades de la gente en nuevas oportunidades de negocios para la cúpula militar-cívica dirigente. Por último, tienen que trasquilar la actual constitución, hacerla irreconocible para la democracia, y transformarla en un espejo de las ansias infinitas de poder que el grupo dirigente exhibe. Operará un ínterin de terror y revancha en la que todos sufriremos el colapso de las libertades. El régimen operará como ventrílocuo a través de este nuevo muñeco, y al final, si lo dejamos, anunciará una nueva legalidad, de la que se asirán desesperadamente para legitimar sus desafueros. No es la paz lo que buscan. La paz no les importa. Lo que realmente quieren es una base para disfrutar y disponer del poder total, sin que nadie pueda demandar una elección, sin que nadie pueda exigir un derecho. Vamos hacia el silencio totalitario.

Frente a esta amenaza estamos todos los venezolanos movilizados. Pero hay que entender la cualidad del desafío. No es un problema jurídico o procedimental. No es un problema que se va a resolver mediante un trámite legal. No es un problema que se resuelva invocando correctamente el articulado de una constitución violentada. No es un problema de semántica o de hermenéutica jurídica. Es un problema político, planteado en los términos más brutales. Y es un problema moral, porque estamos confrontando el mal con las limitadas posibilidades de la insurrección ciudadana, en representación de un chance para el bien.

En el diario filosófico de Hannah Arendt, se plantean tres preguntas cuyas respuestas pueden ser cruciales para nosotros. ¿De dónde viene el mal radical?  ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su suelo y fundamento? La experta en totalitarismos sugiere que en nada tienen que ver con lo psicológico o lo caracterológico. El mal depende y se expresa porque algunos -el régimen- se asumen como superiores frente al resto, y esa pretendida superioridad les hace pensar en consecuencia que pueden eliminarnos al resto en cualquier momento. Precisamente de eso se trata la amenaza constituyente, de la concepción de un proceso de exclusión, expulsión, abatimiento y liquidación del ser humano con dignidad, libertad, propiedad y sueños. Ellos decidieron que para eso necesitan un proceso turbulento, la constituyente,  frente al cual supuestamente se hincarán para recibir a cambio todo lo que ellos quieren, y que está perfectamente previsto en el guión.

Insisto, no es un problema jurídico. El dilema es mucho más profundo. Tiene que ver con los derechos naturales del ser humano. Tiene que ver con la herencia de la civilización occidental, y sus 2500 años de construcción de la tolerancia y la convivencia. Tiene que ver con la antinomia que se plantea entre vivir o ser exterminados, ser libres o descubrir la servidumbre. No es un problema jurídico, es un problema humano. Por eso esta amenaza se conjura en las calles, con el desafío ciudadano, pero también con el escándalo internacional que siempre produce la cruel brutalidad del que solamente se apoya en la fuerza, sin entrar en razones, a cualquier costo. Escribo esto a 21 días de la consumación de lo que hoy es solo una posibilidad, recitando en voz baja los versículos del salmo 91, “Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora”, del régimen que envilece, de la represión que mata, del hambre y sed de justicia, del mal convertido en gobierno impío, de la ceguera y de la confusión que tanto daño hace, del que se entrega porque no entiende la tesitura de la lucha, del que se postra creyendo salvar algo,  y del odio que nos hace transitar una y otra vez por el desierto del resentimiento. Ante esta amenaza que no deja de acercarse, pidamos que El Señor sea nuestra guía, nuestra fuerza y la causa de nuestras victorias.

Costa del Sol 93.1 FM – Calle Bideau N° 29 – Güiria – Venezuela

No habrá olvido para nuestros héroes ni perdón para sus verdugos, que también son los nuestros

18 Junio, 2017 resistencia Opinión 0

Víctor Maldonado

Corría el año 431 a.C. Atenas vive su esplendor, aun cuando se encuentra en los albores de una guerra terrible, la guerra del Peloponeso, que iba a enfrentar dos potencias cuya fortaleza se basaba en dos ideales absolutamente contrapuestos. Toda guerra trae consigo la tristeza por los caídos. Pericles, Comandante en Jefe de la Liga de Delos, encabezada por Atenas, tiene el deber de razonar los terribles costos de la guerra. Y lo debe hacer en presencia de aquellos cuyo valor y honor se había expresado con el irremisible costo de la muerte. Una fría mañana se dirige al Cementerio de El Cerámico, situado al suroeste de la Acrópolis. Le corresponde el triste papel de enterrar a sus mejores hombres, y frente a sus deudos, justificar tan espantosos hechos.

La libertad, arguye Pericles, es un resultado. Generaciones enteras de los que aquí han vivido, han defendido con coraje su heredad, y con mucho temple han hecho prosperar el legado que nos ofrecen a los contemporáneos. No siempre resultó fácil, pero nuestros padres siempre tuvieron la disposición de defenderla para que nosotros, sus hijos, y los hijos de nuestros hijos, sintiéramos el orgullo de sabernos dignos de la herencia que recibimos, y que también estamos dispuestos a defender. La democracia es un invento que todavía luce precario. ¿Vale la pena el sacrificio de todos los allí presentes por una idea que recién se está estrenando?

La argumentación debe ser sublime. Allí, frente a las tumbas abiertas, tiene que encontrarle sentido al dolor que todos sienten. La democracia, es una gestión de lo público, que intenta favorecer a las mayorías. Es inédita en ese esfuerzo, y en su apertura a otros. Abrimos nuestra ciudad al mundo conocido, para que los demás aprendan que es posible un régimen de convivencia que, apegado a la ley, sea heraldo y garante de una vida fructuosa para cada uno de los ciudadanos. Pero que quede claro, todas estas instituciones, toda nuestra concepción de la política, descansa en la confianza que tenemos en el arrojo indómito de nuestros ciudadanos. Son muchos los peligros que afrontamos. No es despreciable la envidia, tampoco la negación a ultranza del compromiso que tenemos con lo que somos: hombres libres dispuestos a defender la libertad aun a costa del sacrificio de los mejores de entre nosotros. Solamente la libertad merece toda esta inmolación.

Nosotros, prosiguió el Estrategos, educamos para que cada quien pueda realizar sus deseos. Aquí, todos nosotros vivimos exactamente como nos gusta. No vivimos para la guerra. No existimos para la ciudad. Vivimos para nosotros, pero sabemos construir unidad cuando nuestra forma de ser se ve amenazada. En ese momento nos alistamos de inmediato y nos convertimos en un enemigo invencible, capaz de demostrar un compromiso inalienable. Por eso nos temen aquellos que nos envidian. No es indiferencia ni descuido. Vivimos para nosotros, pero estamos preparados para enfrentar cualquier peligro con esta doble ventaja: escapamos de la experiencia de una vida dura, obsesionada por la aversión al riesgo; y sin embargo, en la hora de la necesidad, enfrentamos dicho riesgo con la misma falta de temor de aquellos otros que nunca se ven libres de una permanente dureza de vida. Nosotros no vivimos para la guerra. Vivimos libres, y en caso de necesidad, morimos para que los que quedan, puedan experimentar la inmensa alegría de la libertad.

Entre nosotros y cualquiera de los demás que se nos enfrenta hay una notable diferencia. Nosotros no nos sometemos a la esclavitud de un amo. No queremos tener un soberano absoluto, no queremos ser obligados a prosternarnos en presencia de nadie. Lucharemos, independientemente de los costos, sin pensar en que nuestros adversarios sean muchos más, o que sus armas sean más letales. Nosotros solo tenemos como dueño el imperio de una ley soberana, a la que tememos, y frente a la cual comprometemos nuestros esfuerzos. No somos esclavos ni vasallos de nadie. Vivimos bajo nuestra responsabilidad, y asumimos nuestra existencia con simplicidad, esfuerzo y estoicismo. Cada cual es el dueño de su vida y de sus resultados. Todos debemos ser capaces de producir y provocar nuestra propia prosperidad con nuestro trabajo, a la par de estar pendientes de la suerte de nuestra ciudad. Nuestros hombres públicos tienen que atender a sus negocios privados     al mismo tiempo que a la política, y nuestros ciudadanos ordinarios, aunque ocupados en sus industrias, de todos modos, son jueces adecuados cuando el tema es el de los negocios públicos. Aquí nadie vive para nadie. Ninguno de nosotros es el destinatario del esfuerzo de los demás. Pero entre todos mantenemos a nuestra ciudad, como la mejor expresión de cómo queremos seguir viviendo.

El suave viento marino, refrescado por los árboles circundantes, coreaba las palabras del dirigente de Atenas. La historia no tiene sentido si es la narración de los desmanes de un tirano. Nosotros hemos inventado una forma de convivir donde la lucha es otra. Darnos a cada uno de nosotros la oportunidad de reflexionar sobre nuestra propia trascendencia. Nosotros somos los dueños de nuestro propio destino, donde lo único reprobable, la única desgracia, es el desánimo que nos hace pobres e incapaces de salir del foso de nuestras propias circunstancias. Todos nosotros somos capaces de juzgar nuestro acontecer histórico, y solo los mejores de entre nosotros, reciben la encomienda de dirigir nuestros acontecimientos. Nosotros hemos inventado el mérito que producen los resultados y el compromiso con la causa de la libertad.

Nadie puede sentirse libre si está eximido de debatir sobre las causas y consecuencias de nuestro actuar. Somos libres porque discutimos abiertamente, y no le guardamos respeto al silencio adulante. Somos libres porque desafiamos y exigimos a los que nos dirigen, sin que medie la actitud servil que siempre impone la tiranía. Somos libres porque entre todos definimos y demarcamos nuestro que hacer. Somos libres porque representamos el espectáculo singular de atrevimiento irracional y de deliberación racional en nuestras empresas: cada uno de ellos llevado hasta su valor extremo y ambos unidos en una misma persona. Los otros no han sido capaces de descubrir el sacrificio audaz y de pronto inexplicable, pero que se fundamenta en razones trascendentes. Entre nosotros la inmolación no es locura irreflexiva, es determinación de un compromiso total con una causa que vale la pena: el que nosotros, los que aquí quedamos, vivamos como queremos, aun al costo terrible de la sangre derramada de los que enterramos hoy.

Por eso hoy celebramos el valor de los que pudiendo vivir, decidieron que morir valía la pena, porque la causa es Venezuela. Ellos, que disfrutaban de la vida, en su mejor momento, no retrocedieron ante el peligro, y ahora los vemos convertidos en símbolo de nuestra lucha. Una lucha que luce impostergable porque lo que está planteado es ganarlo todo, o perderlo todo de una buena vez. ¿Qué perdieron ellos para que nosotros tuviéramos una oportunidad de experimentarla? Ellos abonaron el fértil campo del poder ser libres para prosperar. Ellos lucharon para que la ley fuera el marco de la justicia. Ellos se inmolaron para que, en lugar de esta aplastante tiranía, todos pudiésemos convivir como ciudadanos dignos, dueños cada uno de su destino, al amparo de la ley, en libre competencia, con el respeto de lo propio, y de lo ajeno, al margen de la censura y el silencio autoimpuesto, sin miedo al otro, y sin el oprobio del hambre, la enfermedad, la ignorancia y la pobreza. Esta es la idea de país por la cual estos jóvenes, hombres y mujeres, han dado la vida, y por la cual muchos de nuestros mejores están sufriendo cárcel y destierro. Ellos lo han dado todo, y estoy seguro que los que aquí quedamos, para velar su heroísmo, estamos dispuestos a morir por la misma causa. La causa es Venezuela. Ellos lo invirtieron todo, por una idea. Ellos, nuestros mejores, lo terminaron siendo porque todas sus otras imperfecciones se lavaron en el altar de su propio sacrificio. Nadie los obligó, fue su propia ansia de no perder lo que, paradójicamente, muchos de ellos nunca tuvieron la oportunidad de experimentar plenamente. Para la mayoría, la experiencia de la libertad les fue confiscada por veinte años de trama autoritaria. Pero ellos, entre pecho y espalda, llevaban esas ganas de devolvernos a nosotros lo que ellos nunca tuvieron.

Y mientras se arrojaban hacia la esperanza de volcar la incertidumbre de la victoria, en la empresa que estaba frente a ellos, prefirieron morir resistiendo, en lugar de vivir sometiéndose. El esfuerzo de unos pocos, decían, será la oportunidad para muchos. No se cuidaron ellos, ni la tiranía les dio el chance. Pero nadie los vio retroceder. Algunos murieron incluso sonriendo, otros, sin dar crédito a la muerte que los invitaba irrevocablemente, susurraban palabras de libertad hasta el último aliento. Ellos huyeron solamente del deshonor. Y luego de un breve momento, que resultó la crisis de su fortuna, durante el cual pensaron en escapar, no de su miedo, sino de su gloria, enfrentaron la muerte cara a cara, por nosotros, y para que los que aquí quedamos tengamos algún chance de vivir en libertad.

¿Nos damos cuenta del compromiso que su sangre derramada nos impone a los que todavía sobrevivimos? Pericles tenía a la vista los cuerpos todavía insepultos, y al resto de la ciudad escuchando atentamente sus palabras. Los héroes tienen al mundo entero por tumba. Cada amante de la libertad, en cualquier época, en cualquier sitio, encontrará en nuestros héroes de hoy, el aliciente para seguir luchando. De esta forma su lucha será modelo y acicate a todos los desafíos que la libertad sufra en cualquier época.  Ellos, nuestros héroes, no optaron por la degradación de la cobardía, sino por la nobleza de ser, a partir de ahora, los protagonistas de una nueva gesta. Ellos son los libertadores del presente, y el aval moral para el futuro, que nosotros, en nombre de ellos, tendremos que labrar.

La tiranía acecha y asesina. Pretende reducirnos al criminal silencio de la opresión. Intenta ganar una batalla que, a lo largo de más de dos milenios, nunca ha podido ganar definitivamente. La tentación de lo absoluto siempre se estrella contra el pecho abierto de los que ni se resignan ni endosan su responsabilidad en la construcción de sus sueños. Muy malo tiene que ser el otro que derrama sin misericordia la sangre del que solo quiere vivir en paz para poder prosperar. Muy malo tiene que ser el que apunta a matar, sin saber que las ideas no mueren, y que la democracia, ese invento griego, es un ansia imbatible que se ha convertido en derecho adquirido por la lucha de nuestros mejores hombres. Los malos matan al hombre creyendo que con su muerte también asesinan sus convicciones. Los malos se equivocan. Las convicciones son imbatibles.

Pericles vivió su tiempo, su innovación política, y esa inmensa oportunidad de vivir las ideas y sus costos. Nosotros vivimos el nuestro, con el inmenso peso del yugo que cargamos, totalitario y astringente de cualquier posibilidad del vivir libres. Pero también somos espectadores y a la vez protagonistas de ese heroísmo que pocas veces reconocemos en nosotros, pero que ha estado allí siempre, y que se expresa con doloroso esplendor en los que, por nosotros, se han inmolado. Para ellos, solo una cosa no habrá: el olvido, como bien lo dijo Borges. Y cuando las batallas den paso a la victoria, que sean ellos las palabras que pronunciemos, la narración que contemos, y los héroes que aludamos. Porque ellos nos hicieron a todos libertadores, en esta gesta, que ojalá sea tan útil como para que nunca más caigamos .

Comentarios

Víctor Madonado C.: La democracia venezolana como problema (Entrevista imaginaria con Marcel Granier)

40 mins ago Opinión

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Esta entrevista nunca ha ocurrido. Es el producto de tratar de entender su pensamiento, a través de la lectura de sus obras, entrevistas y notas de prensa. Mi reconocimiento a un venezolano imprescindible, ahora que recordamos que hace 10 años fue despojada RCTV.

Poco más de treinta y dos años han pasado desde la edición del libro “La Generación de Relevo vs. el Estado Omnipotente. ¿Perdió la batalla la generación de relevo? ¿Fue capaz de realizar los grandes cambios que Venezuela requería para hacer realidad el sueño de El Libertador? El que deseó esa trama de cambios, el que hizo todo lo posible para delinearlos, sigue aún hoy deseando lo mismo y enfrentándose al mismo adversario: el poder inescrupuloso y enfermizo, que se corrompe, que se organiza en mafias de solidaridades automáticas, y que construye para si una ideología autoafirmante que seduce e invita a una pasiva entrega a la mascarada más benigna de un monstruo terrible. El Estado providencial es el antifaz del populismo autoritario y desconfiado que para sobrevivir no tiene escrúpulos en aniquilar esperanzas y convicciones de los mejores venezolanos.

Treinta y tres años después el autor podría estar enfermo de escepticismo. Pero para eso es demasiado tarde. Sigue encarando los espectros de siempre, pero ahora lo hace con mayor claridad y firmeza, un privilegio que le dan los años y el haber permanecido aquí, entre nosotros, a pesar de la implacable persecución de la que ha sido objeto. Tal vez intuya que toda circunstancia es pasajera, y que todo lo que soñó que podía ser posible, al final se va a lograr, pero por los caminos más tortuosos. Un país condenado a estar siempre al límite, ese espacio inexplicable donde compiten los delirios con la ingenuidad y el conformismo. Un país que parece vivir de la nostalgia heroica, pero que no consigue recobrar la grandeza moral de la que hizo gala en los quince años de la declaración de independencia. Un país que perdió sus pasos y que se entregó sin demasiada resistencia al Estado.

¿Venezuela es ese país de las oportunidades perdidas?

No es casual que las preguntas que me formulé en 1984 sean las mismas que hoy podríamos hacernos, y que tengamos encima el mismo yugo. Hemos sido víctimas de una forma de relacionarnos con el Estado que nos ha transformado en sus víctimas propiciatorias. Las claves han sido el despilfarro, la corrupción y los espejismos de las empresas públicas. La frustración social sigue teniendo el mismo origen en un Estado que promete mucho pero que al final solo ha sido eficiente en la repartición de la pobreza y de la represión. Hemos sido engullidos y regurgitados por una entidad voraz e insaciable. Nos han convertido en un país aislado, intencionalmente desinformado, víctima indefensa de una violencia sistemática, de una corrupción que medra entre la promoción obscena y la más desfachatada impunidad. Sobrevivimos con muchas dificultades a las consecuencias cotidianas de una ausencia total de justicia y de la incapacidad pública y notoria, de quienes nos gobiernan, para administrar con eficiencia y transparencia. Habría que preguntarle a todos los que en el camino han sufrido algún tipo de perjuicio si se sienten ganadores o perdedores. Porque las consecuencias están a la vista. Es difícil ocultar esta convivencia trágica en la que cientos de venezolanos mueren mensualmente bajo el hampa descontrolada y los responsables no son castigados. Difícil obviar el sufrimiento por el deterioro de todos los servicios públicos y la perplejidad de los que se preguntan qué se ha hecho con toda la riqueza proporcionada por la renta petrolera. Difícil ser patrocinantes pasivos de la maraña de alianzas nacionales e internacionales que han significado un monumental costo de oportunidad para millones de venezolanos. Pero no debemos perder de vista que todas estas terribles circunstancias se repiten como si no pudiéramos deshacernos de un ciclo infernal. No podemos dejar de preguntarnos sobre las razones graníticas que nos mantiene estancados en el mismo guion y en esa angustiosa repetición. Tenemos que resolver el acertijo fundacional sobre por qué derrochamos las oportunidades que se nos presentan.

Un estado voraz y depredador sin que haya posibilidad de compensarlo desde lo privado

M.G. Ha habido una constante en la persecución del emprendedor, del inversionista, y de la empresa privada. El Estado nunca ha aceptado competencia ni ha permitido los contrastes. Las víctimas se pueden contabilizar en términos de pérdida de empleos y en esa dependencia creciente de todos los ciudadanos al tener que transar con los gobiernos sus fuentes legítimas de subsistencia. El aparato productivo privado ha sido sometido al asedio constante mediante un régimen de controles y condicionamientos que han llegado al colmo con la imposición de la violencia económica practicada por el socialismo del siglo XXI. ¿Cómo hemos podido llegar a experimentar esto? Una de las claves del poderío del Estado está en nuestra indefensión jurídica. Vivimos una ausencia absoluta de seguridad jurídica. Sufrimos un régimen donde no existe independencia del poder judicial y, por lo tanto, la débil referencia al imperio de la ley no es suficiente aval para el respeto de los derechos de propiedad. El Estado venezolano vive del chantaje y requiere una hegemonía absoluta en todos los órdenes. El ciudadano, empresario o trabajador, ha tenido que aprender a ser un gestor cuya dedicación casi absoluta tiene como referencia a un gobierno que inventa permisos, trámites y limites que terminan por obligarnos a la genuflexión. El que no esté en disposición de hincarse paga el precio. Por eso no es casual que Venezuela depende de un único recurso y que tengamos niveles de empresarialidad tan bajos.

Treinta y dos años después parece que la profecía apocalíptica terminó concretándose

M.G. Probablemente haya razones históricas y culturales de peso para que entre todos hayamos permitido la instauración del Estado Omnipotente. En aquel entonces advertí de la inconveniencia de endosarle toda nuestra libertad y responsabilidad, que son atributos individuales, a ese Estado que no paraba de exigir más y más grados de autonomía sin que por eso se dispusiera a rendir cuentas. Sin discutir demasiado renunciamos al debate con consecuencias sobre el desarrollo del país y el sistema de vida que queríamos edificar. Todo eso lo intercambiamos por consignas y personalismos que al final nos defraudaron. Confundimos la grandeza del Estado con prosperidad, y nos sentimos propietarios de un conjunto de proyectos y desafíos que al final solamente se convirtieron en deuda, pobreza y desencanto. El gobierno dispuso de la riqueza del país y se apoderó de todo lo que él mismo, de manera unilateral, definía como estratégico. Nada de eso ha impedido que seamos un pobre país que se cree rico. Y fue así porque los ciudadanos fuimos desempoderados a favor de un Estado que nunca tuvo la intención de reciprocar. Compramos la ilusión social de la riqueza súbita y transformamos la heroicidad de nuestros libertadores en el espejismo de que aquí todo es posible, incluso, prosperar sin trabajar productivamente. Nos engolosinamos con el providencialismo, extendimos la mano que pide con demasiada facilidad y por demasiadas veces. Y al final, compramos explicaciones falaces que nos hacían ver que era posible realizar todas esas aspiraciones siempre y cuando le diéramos el mandato al hombre fuerte del momento. Las razones de nuestro apocalipsis es nuestra ligereza excesiva, de la cual se ha aprovechado el Estado para aplastarnos definitivamente.

Y sin embargo la propaganda del gobierno lo muestra como si fuera todo lo contrario. Insiste en que todo el poder reside en el pueblo, y que como nunca antes el pueblo es ahora el protagonista de esta hora del país. 

M.G. La realidad dista mucho de ser la que pregona la propaganda oficial. Ellos presumen de lo que carecen. El esfuerzo ha sido el aislar al ciudadano y el usar una puesta en escena tras otra para traficar con la realidad. Este es un país silenciado, y RCTV es uno de sus esplendorosos ejemplos, el más notable, pero no el único. El gobierno cerró la estación aun contra la voluntad de los ciudadanos, y sabiendo que debía pagar un costo político altísimo. La razón de estado que esgrimió fue perversa y falaz. La verdad es que detrás de estas medidas estaba la decisión autoritaria de impedir que los venezolanos tengan una versión apropiada de la realidad que están viviendo, que la puedan compartir, y que sobre ella puedan ejercer su derecho a reclamar y a protestar. Pero salgamos, al menos por ahora, de lo anecdótico para seguir identificando viejas y nuevas tendencias. Este Estado Omnipotente quiere obtener toda la impunidad posible, sus operadores quieren seguir enriqueciéndose a toda costa mientras acusan a los empresarios de ser la razón de todos los males del país. Quieren exacerbar el secretismo para poder sortear los escasos obstáculos de un estado de derecho derribado y sometido. Y como lo sabemos hoy, todo esto lo quieren sin que les importe la suerte de los venezolanos. Todo lo contrario, más allá de las tramoyas y los escenarios de las cadenas presidenciales, un Estado todopoderoso termina odiando al pueblo y deseando su desaparición. El ciudadano ha sido silenciado y cegado. En este país no se sabe nada sobre el gobierno ni sobre el estado de la nación. No se rinden cuentas. No podemos dimensionar la magnitud de cada una de las crisis. Ni sobre el narcotráfico, ni sobre la situación de las cárceles, ni sobre el número de las casas construidas. Suponemos el crecimiento de la violencia y de los crímenes, pero el gobierno nos niega el derecho a saber cabalmente lo que efectivamente está ocurriendo. No se sabe dónde está el oro de las reservas internacionales. No se sabe la magnitud del desfalco. No tenemos idea de la deuda y de sus condiciones.  Vivimos a ciegas porque el gobierno pervirtió las estadísticas. No sabemos cuántos somos, cuántos sobreviven y cuántos mueren. Cualquier cifra es sospechosa porque los Estados Omnipotentes terminan siendo expertos en la mentira y en el fraude. Nos han impuesto por la fuerza el aturdimiento y esa condición terrible que se expresa en la verdad oficial. Nadie puede creer en bajo esas condiciones el pueblo esté realmente empoderado.

Ni siquiera somos ahora ese factor de producción que tanto criticabas en su momento porque negaba la posibilidad del poder compartido y compensado que es típico de las democracias.

M.G. Porque ahora no vivimos en democracia y resulta absolutamente fútil pretender compartir algo con un Estado Omnipotente, autoritario y de ideología radical marxista, como el que permitimos degenerar. Ahora es imposible la participación democrática, que por cierto siempre fue recelada por los políticos. Bajo la falsa consigna de que había que limitar el poder político de los factores económicos llegamos a entregar todo el potencial nacional a un caudillo golpista. Debemos seguirnos preguntándonos sobre los por qué. Los procesos de modernización a los que hemos sido expuestos no han podido desarraigarnos del misticismo y del realismo mágico. Aquí creemos en el milagro de la riqueza súbita y recelamos de las fortunas bien constituidas porque han sido el fruto del esfuerzo productivo. Eso que llamé el “complejo del maná” sigue siendo uno de nuestros elementos constitutivos, porque aun viviendo al borde, esperamos siempre que ocurra el milagro.  Los milagros, ya los sabemos, no existen. Pero si existe la tentación de vivir el infantilismo político que quiere sobreprotegerse a la sombra del providencialismo público. Ese abrazo es mortal porque sobre-exige al ciudadano que entrega todo a cambio de muy poco. La promesa es falsa, pero sus consecuencias son verdaderas. La renta petrolera nunca ha sido suficiente para financiar un Estado que no para de crecer. Pero los espejismos que utiliza, por ejemplo, la gasolina regalada, nos hacen perder de vista que la miseria y la inflación son exigencias que terminan siendo irrenunciables. El gobierno termina siendo un obstáculo tras otro para los que lo quieren hacer bien, mientras que los que apuestan al compadrazgo y la impunidad que permite la complicidad, terminan envileciendo a su favor todo el entramado social. El poder en manos del pueblo es un espejismo del que se han beneficiado los que están dirigiendo el proceso, que además son los patrocinantes de un caos social del que nos costará mucho salir. Eso que llaman “los colectivos” son bandas armadas que operan a favor del gobierno y mediante su patrocinio. Pero detrás de ese eufemismo no hay poder ciudadano sino desorden social que forma parte del esquema de sometimiento y silenciamiento de la sociedad. Nadie que viva con tanto temor puede creerse poderoso.

Algún día perderemos el miedo a la libertad, y comprenderemos las razones de Marcel Granier, el John Galt venezolano.

Opinión – LaPatilla.com

Agentes de cambio

 

Mayo 15, 2017

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VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Cuando hay insatisfacción con los resultados organizacionales, los directores y gerentes se preguntan cinco cosas. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué está ocurriendo? ¿Qué puede ocurrir en el futuro, de continuar la tendencia? ¿quién puede ayudar a discernir lo que hay que hacer? Y finalmente, ¿qué es lo que hay que hacer?

Lo que perturba a los directores y gerentes suele ser denominado por ellos mismos como problemas. Pero no necesariamente todos entienden lo mismo al usar ese concepto. Lo más obvio es asociarlo con malos resultados, por ejemplo, quejas de los clientes, pérdidas imprevistas, controles obsoletos, falta de recursos, conflictos internos, metas mal planteadas, o resistencia al cambio. Cuando eso es lo que se entiende como problema -error, fracaso, deficiencia u oportunidad perdida-, la atención se concentra en tomar medidas correctivas a partir de un proceso de crítica a la gestión y la determinación de responsabilidades. En este caso, la perspectiva del cliente y del consultor es “retrógrada”, anclados en lo que ocurrió, manteniendo el foco en el espejo retrovisor, y por lo tanto, perdiendo de vista el panorama completo que implica a la organización en su dinámica con el entorno.

Una concepción más amplia del término “problema” es sugerida por Milan Kubrn (1.999). Para el autor, un problema es “la diferencia entre situaciones comparables (pasado, presente o futuro) acerca de lo que nos interesa. Usando esta acepción los problemas no se harán presentes solamente cuando son obvios los malos resultados, sino que propone que cualquier expectativa que se plantee una empresa hacia el futuro, por ejemplo, mejorar las ventajas competitivas, asumir el liderazgo de un sector, innovar con la adquisición de nuevas tecnologías, intentar aprovechar una nueva oportunidad comercial, entre otras, serán parte del inventario de asuntos que deberán resolver directivos, gerentes y consultores.

Pero ¿Quién es ese que puede ayudar a discernir lo que hay que hacer, e incluso ayudar a instrumentar las soluciones? Se les llama consultores, y son “agentes de cambio” que colaboran con las organizaciones prestando un servicio de asesoramiento profesional, que ayuda a los gerentes a los gerentes a alcanzar los objetivos y fines organizacionales, mediante la solución de problemas gerenciales y empresariales, el descubrimiento y la evaluación de nuevas oportunidades, el mejoramiento del aprendizaje y la puesta en práctica de cambios.

Por lo menos hay diez maneras de utilizar a los agentes de cambio. Y con esto respondemos a la quinta pregunta, ¿qué hay que hacer? Por supuesto, cada situación será inédita y su solución también será peculiar. Sin embargo, se puede suponer que cualquier iniciativa que se intente se enmarcará en una o varias de las siguientes opciones:

1. Facilitación de información experta sobre mercados, cliente, tendencias del mercado, materias primas, competidores, socios potenciales, innovaciones, nuevas leyes y regulaciones.
2. Facilitación de especialistas para complementar al personal de la organización cliente. Estas intervenciones suelen ser por períodos determinados de tiempo y para conseguir objetivos muy precisos. Un caso especial es la “gestión provisional” por la cual algunas empresas piden a sus consultores que ocupen un puesto de dirección mientras consiguen el reemplazo.
3. Establecimiento de contactos y vinculaciones comerciales que les permita abrir nuevos mercados. Los consultores ayudan a sus clientes a definir, elegir y negociar las condiciones de una alianza o un acuerdo comercial, y actuar como intermediario en aquellas áreas o sectores en las que el cliente no tiene conocimiento suficiente.
4. Facilitación de dictámenes expertos cuando el cliente necesita disponer de un asesoramiento imparcial e independiente con el fin de tomar una buena decisión.
5. Establecimiento de un diagnóstico de una parte de la organización o de todo el sistema.
6. Elaboración de propuestas o medidas una vez realizado el diagnóstico.
7. Mejora de sistemas o métodos gerenciales o implantación de uno nuevo.
8. Planificación y gestión de los cambios de la organización con el fin de superar la resistencia y diluir las tensiones que ocurren en los grupos, hábitos de trabajo e intereses individuales que se ven afectados.
9. Capacitación y perfeccionamiento de los directivos y el personal.
10. Facilitación de asesoramiento personal, o coaching.

Lo verdaderamente crucial es poder solicitarle al consultor aquello que efectivamente puede proporcionar. Credenciales, experiencia y talante son los criterios que se deben considerar al momento de tener que tomar una decisión de contratación. Y luego, interacción y seguimiento hasta lograr el propósito deseado.

@vjmc

Víctor Maldonado: ¿Poder Popular?

 

Fran Tovar 2 Mayo, 2017 El pizarrón de Fran0

Nicolás Maduro acaba de cometer otro error político. Quiere disfrazar su escuálida base política y clientelar como poder constituyente. Esta convocatoria no es otra cosa que un llamado a las organizaciones de base del PSUV, clientelares y dependientes, para que lo ayuden a salir del atasco que significa el juego pluralista, las presiones de una Asamblea Nacional independiente, y para silenciar a la sociedad democrática que le está pidiendo cambios sustanciales y relevo político. Es un error porque los venezolanos saben qué son unas elecciones y qué es un juego limpio, pero también saben cuándo los están “caribeando”. Es un error porque se revela ante la comunidad internacional como un régimen inescrupuloso que es capaz de intentar cualquier jugarreta antes de conceder el poder. Y lo es porque van a significar nuevas presiones a la escasa confianza inversionista, que no va a resistir una nueva escalada populista de intervencionismo y nuevas medidas de regulación de precios. La inflación y la devaluación del tipo de cambio, que se nutren de las malas expectativas, serán aún peores, y la población sentirá en sus estómagos la tragedia política de esta nueva fase de la dictadura popular.

Mao, de quien Nicolás se dice seguidor, solía decir que la política, la guerra y la economía nunca tienen avances en línea recta, sino que se producen en distintas etapas, que tienen sus altibajos, como las olas, que una persigue a la otra, de acuerdo a las leyes del oleaje. ¿En qué etapa estaremos? El poder comunal -el comunismo- era uno de los sueños del extinto presidente Chávez, quien incluso llegó a decir que para ero él estaba investido del poder constituyente que le había otorgado el pueblo. Esa unción divina fue, tal vez, su delirio postrero, pero al final no tuvo tiempo. Pero hay que estar claros: El Plan de la Patria no era otra cosa sino el cronograma para llegar al “comunismo a la venezolana”, rentista y de base militar. Chávez no pudo, pero eso no significó que se haya dejado a un lado. Todo lo contrario, el sucesor, abrumado por el inmenso fracaso de su gobierno, sabe que no tiene otra salida que el barajo constituyente. Al parecer llegamos al momento de intentarlo. Esta asamblea constituyente espuria es su “gran salto adelante” o el gran asalto de la república para lograr el poder total. Y lo hace así, como aprendió de su mentor, intentándolo aun en las peores circunstancias y asumiéndolo con esa entereza que es propia de los fanáticos. Intentar una dictadura popular, invocar “al pueblo” para que sea esa la excusa que le permita aplastar la democracia y termine de enterrar la república, es entre otras cosas un acto de cobardía política.

No faltará mucho para que, ante este anuncio, comience la procesión de respaldos y de “abajo-firmantes”. Pronto veremos al TSJ y a los restos del Poder Moral, haciendo coro con los altos mandos, gobernadores y alcaldes de la revolución, para respaldar la brillante idea de Nicolás: “entregar todo el poder a los obreros y trabajadores revolucionarios”. La verdad es que todo ese conglomerado no llega a ser ni siquiera tres millones de personas. Por donde se saquen los cálculos, los restos de la revolución, los respaldos clientelares, el uso de las misiones como medio para la extorsión o el chantaje, por donde se intente se aprecia una minoría de la que todos los días desertan los que se van dando cuenta de que toda esa parafernalia socialista se reduce a un inmenso fraude social.

Ahora bien. Esto no es un problema que se puede abordar desde el derecho constitucional, ni se debe abordar desde las disquisiciones legales. Hace mucho tiempo la ley es un mero maquillaje para esta revolución. Esto es un problema político. El gobierno quiere gobernar solo. Al gobierno le estorba la disidencia. Nicolás no tolera el pluralismo, ni le gusta el escrutinio ciudadano, y por lo tanto, no le sirve una constitución democrática. El proyecto político del socialismo del siglo XXI es la dictadura totalitaria y la conformación, a la fuerza, de una comunidad totalitaria de ciudadanos sometidos a la servidumbre. Eso también está previsto en el Plan de la Patria. Pero, para que no queden dudas, Nicolás lo anunció: el proyecto en marcha supone el control total de toda la economía, desde la producción hasta la comercialización. El objetivo es no dejar resquicios para que por allí se cuele la libertad. Nicolás quiere todo el poder, y eso significa que nosotros, los ciudadanos venezolanos, estorbamos.

Pero la historia es buena conciencia. Baste recordar los efectos del “comunismo de guerra” aplicado por Lenin. Por cierto, no es gratuito el uso del término “guerra económica” para justificar la estatización forzada, la planificación central y el control de los precios. El profesor Sheldon Richman apunta que “en Rusia, entre 1918 y 1921, operó la primera experiencia del comunismo. El mercado fue repentinamente declarado ilegal. El comercio privado, la contratación de mano de obra, el arriendo de la tierra y toda empresa y propiedad privada fueron abolidos, al menos en teoría, y sometidos a sanción por parte del Estado. Se confiscaron las propiedades de las clases altas. Se nacionalizaron las empresas y fábricas. El gobierno se apoderó del excedente de la producción agrícola de los campesinos para apoyar a los obreros y fuerzas bolcheviques de la guerra civil en las ciudades. Se reclutó la mano de obra organizándola militarmente. Se racionaron los bienes de consumo a precios artificialmente bajos y, más tarde, sin precio alguno. Como era de esperarse, se concedió tratamiento especial a quienes tenían poder e influencia. Los resultados fueron catastróficos. En 1920, la producción industrial fue igual al 20% del volumen anterior a la guerra. La producción agrícola bruta disminuyó de más de 69 millones de toneladas en el período 1909-1913 a menos de 31 millones de toneladas en 1921. La superficie cultivada bajó de más de 224 millones de acres en el período 1909-1913 a menos de 158 millones en 1921. Entre 1917 y 1922, la población disminuyó en 16 millones sin contar las defunciones por causa de la guerra ni la emigración. Entre 1918 y 1920, ocho millones de personas dejaron las ciudades para trasladarse a las aldeas. En Moscú y Petrogrado, la población disminuyó en un 58,2%”. El resultado fue el hambre y el sufrimiento de millones de rusos. ¿Les parece conocido el resultado?

Lo mismo ocurrió con el “gran salto adelante” intentado por Mao en 1957. Un delirante líder, aislado de la realidad, declaró que China debía avanzar hacia una economía no monetaria, donde se proporcionarían la comida, la ropa y la vivienda de manera gratuita. Proclamó que el camino al paraíso comunista eran las comunas populares. De un momento a otro quinientas millones de personas se vieron forzadas a vivir en organizaciones comunes del pueblo, donde debían compartir riquezas e infortunios con extraños a los que tocaba en suerte. La comuna se convirtió en la unidad básica de la sociedad y de la economía. Este experimento tuvo resultados tenebrosos. Entre 1959 y 1960 -solamente un año- murieron de hambre unos veinte millones de chinos, y nacieron quince millones menos de niños, todo esto por la hambruna y la debilidad concomitante de mujeres que no podían parir. Otros cinco millones murieron de hambre en 1961. Philip Short, biógrafo de Mao, señala que este experimento totalitario fue el peor desastre humanitario jamás acontecido en China. El gran salto había sido un error apocalíptico. ¿No estamos nosotros al borde de una tragedia humanitaria? ¿No estamos sufriendo los estragos del hambre? ¿No se está desplomando la economía socialista?

Debemos estar claros en una premisa: Al modelo político llamado comunismo -y esto es comunismo- corresponde unos resultados económicos y no otros: colapso y hambruna. Eso es lo que nos estamos jugando. En el caso que nos atañe, el comunismo del Diosdado-Madurismo, el orden de los factores no altera el producto. El gran asalto a la constitución es parte del mismo guión que, sin dudas, nos llevará a los mismos resultados. Un caos político y la debacle económica que en parte ya estamos viviendo. Tan socialista es esta desmesura autoritaria como la pobreza a la que estamos sometidos. Pero, ¿qué hay detrás de esta decisión tan radical? Un reconocimiento del fracaso político y económico del socialismo del siglo XXI. La confirmación de que se vaciaron de legitimidad y, por lo tanto, no les queda ninguna otra cosa que la represión y la mascarada. Porque este llamado al poder constituyente no es otra cosa que una payasada autoritaria. Ellos no van a permitir una elección libre y competitiva. Ellos cuentan con que van a poder arreglar los términos de la convocatoria para seleccionar a los suyos, a sus secuaces, a los que dependen de ellos, a los más ideologizados, a la turba fanatizada que todavía cree que el comunismo es el camino. Ellos cuentan que van a pasar la prueba de la falacia y el disimulo, invocando una entidad espuria que solo va a contar con la fuerza, pero en ningún caso con la razón. Es un salto adelante del proyecto socialista, pero que los lleva al vacío, y a nosotros, al momento de las definiciones.

El pactismo acaba de morir traicionado por sus socios implícitos. No hay espacio para el diálogo. Nunca lo hubo. Tampoco hay espacio para un cronograma electoral republicano. Eso nunca estuvo en los planes del régimen. Son tiempos de ruptura y de definiciones. Y de fortaleza de ánimo. En las calles de Venezuela los ciudadanos están demostrando que hay poder popular. El poder que se destila de un ciudadano comprometido con un cambio radical de las condiciones políticas y económicas. La convicción irrevocable de que hay que dar el debate de las ideas, porque este socialismo perverso ha colonizado voluntades y conciencias, usando el narcótico del populismo para hacer flaquear a más de uno. La exigencia siempre presente de que hay que preservar la unidad, y que sea unidad no se puede negociar en la mesa de la perversidad. Y que, llegados a este punto, no hay marcha atrás, no hay regreso posible, no hay cohabitación imaginable con aquellos que desean nuestra extirpación de la sociedad política para convertirnos en siervos y víctimas de una ideología insensata. Los resultados están allí, en el caldero de la historia, donde se cuecen en su propio caldo los comunistas de ayer, hoy y siempre, con sus fracasos y la cobardía que los comuniza a todos, porque ninguno fue capaz de reconocer la inevitable mediación entre el comunismo como ideología irrealizable, y el hambre, la represión y la pobreza como sus únicos resultados.

Que nadie se engañe. Esa invocación al poder constituyente no es para convocar al poder popular. Es para todo lo contrario, para concentrar aún más todas las opciones, todas las capacidades, todas las posibilidades en un grupo que tiene secuestrada la república y nos tiene a todos despojados de nuestras garantías y libertad. No es para entregar sino para acumular. No es para compartir sino para monopolizar. No es para sumar sino para restar. La escena está puesta. Elías Jaua es el coprotagonista. ¿Confiaría usted la suerte de sus hijos en Isturiz, Escarra, Isaías Rodríguez, Delcy Rodríguez, Cilia Flores, Earle Herrera y Ameliach, entre otros? ¿Verdad que no? Entonces no queda otra opción que seguir luchando.

Víctor Maldonado: La influencia moral

 

Fran Tovar 24 Abril, 2017 El pizarrón de Fran0

Estamos en un momento crucial. El sistema del socialismo del siglo XXI colapsó. Esto quiere decir que, dentro de su lógica, no hay avance posible, sino un deterioro que se incrementa geométricamente. No hay forma que una dictadura atroz se haga pasar por una democracia. No lo es, y son tantas las pruebas que se han acumulado al respecto, son tantas las violaciones, que su talante perverso es, no solamente inocultable, sino también penoso para los que hasta hace muy poco fueron leales aliados. Pero no solamente ocurre un fatal hundimiento en la reputación política del régimen. Lo peor ocurre en el ámbito de la economía. El país no tiene reservas líquidas y no cuenta con una administración eficiente de sus recursos. Como suele ocurrir en todos los sistemas totalitarios, la burocracia se ha convertido en un fin en sí mismo. El costo de mantener vigente la coalición entre militares y civiles radicales es cada vez más ruinoso para el país, que observa con perplejidad cómo las diferencias de clase se han transformado en diferencias muy marcadas entre la jerarquía gobernante y el resto del país. Hay un contraste inexplicable entre ellos, que exhiben lujos y privilegios, y una población asediada por la inflación, la escasez, la enfermedad y el hambre.

Pero el hartazgo por las condiciones de vida son solamente un dato. Lo realmente relevante es el inventario de razones que mantienen a la población alineada con su liderazgo político. Y allí está el detalle, porque esta condición es la que puede determinar la suerte de esta conflagración en el mediano plazo. Ciertamente estamos de nuevo disputando la república entre la opción de la barbarie y la alternativa de la civilización. Pero la barbarie es engañosa y ambigua. Muta entre el extremo conciliador rentista y el autoritario excluyente. Se mueve a lo largo y a lo ancho del espectro progresista. Pero el idioma es el mismo, el populismo, y los medios que utilizan son similares, el saqueo de los activos productivos del país para generar una ilusión de armonía que está indebidamente fundada en el efecto narcótico que tiene la repartición irresponsable de la renta.

El año 2016 -que ahora luce lejano- fue un compendio completo de dislates políticos. Se defraudó la confianza del país en la misma medida que la dirigencia no fue eficaz en el logro de una amnistía que permitiera liberar a los presos políticos, y no fue lo suficientemente justa y recta en las negociaciones intentadas con el gobierno. Puede resultar incómodo volver a recordar lo que sucedió hasta hace solamente seis meses, pero igual vale la pena señalarlo porque la tentación está allí, sigue estando presente en un grupo que prefiere cohabitar en paz que intentar de una vez por todas el cambio político que la gente desea.

A despecho de los que aspiran, con tenacidad fundamentalista, a que compremos como bueno el unanimismo de la oposición, la verdad es que tenemos un conglomerado de oposiciones aglutinadas por la brutal forma que ha tenido el gobierno de encarar la política. La ligazón de la oposición es la persecución de la que han sido objeto sus principales líderes y partidos. Sin embargo, aún así se pueden notar diferencias importantes entre los que desearían un pacto con el régimen, y los que pretenden hacer todo lo posible para que esto acabe de una buena vez. Los pactistas prefieren el camino del diálogo, se conformarían con una convocatoria a elecciones regionales, no les importa demasiado que la nómina de presos políticos e inhabilitados siga en los números que están ahora, incluso que se incremente, y por supuesto, les parece bien que alguna vez haya elecciones presidenciales, por allá a finales del 2018, si acaso. Como ya demostraron en el 2016, tampoco les parece relevante comprar las versiones de la realidad que interesan al gobierno, a saber, la guerra económica, la derecha golpista, las personas detenidas en lugar de hablar de presos políticos, los diputados indígenas que hicieron trampa, el desacato de la Asamblea Nacional, el carnet de la patria, las misiones, y el escozor anti-liberal, entre muchos otros aspectos que, al parecer, no resultan demasiado importantes en una mesa de negociación. En los pactistas, la abstracción de la realidad que viven los venezolanos es sorprendente. Les piden que “ya que han aguantado hasta aquí, resistan un poco más”.

Otra parte de la oposición es rupturista. Habiéndose intentado todo, elecciones y diálogos, creen que llegó el momento de la manifestación ciudadana. Entienden que el dato del colapso político y económico tiene que significarse y transformarse en razones para el desafío. Opinan que ha habido una ruptura radical e irreversible del orden constitucional, desconfían del gobierno como interlocutor leal, no están dispuestos a ninguna transacción con el grupo gobernante, entre otras cosas porque eso les otorgaría una legitimidad que no merecen, y están dispuestos a acompañar y a canalizar las expectativas sociales de cambio eficaz. Para este grupo habrá elecciones cuando ocurra una restauración de la república civil y democrática, con instituciones garantes del derecho, y habiendo resuelto todo el daño que el régimen le ha infligido a la esencia de nuestras bases de convivencia. Comprenden que es inaceptable insistir en convalidar contiendas inequitativas en las que el régimen cuando pierde mantiene todas las condiciones y posibilidades para arrebatar las consecuencias del triunfo de sus adversarios. Han asimilado como datos relevantes del carácter del régimen el vaciado de atribuciones de la Alcaldía Mayor cuando la ganó Antonio Ledezma, los protectores regionales que operan, con abundante presupuesto, en las gobernaciones ganadas por la oposición, la forma como destituyen y apresan a los alcaldes que les resultan molestos, la destitución de oficio de diputados, la forma como el régimen ha prescindido nada más y nada menos que del Poder Legislativo, y de nuevo, el uso y abuso de las ficciones institucionales llamadas Poder Moral o TSJ, con cuya aquiescencia pueden ejercer una dictadura totalitaria y excluyente en la que una oposición que se comporte bajo los supuestos del manual de Carreño no tiene nada que buscar.

Por ahora priva el rupturismo. Las últimas semanas de movilización y provocación inteligente, con un liderazgo que ha estado al frente, corriendo los mismos riesgos que el común de la gente, les ha redituado ganancias importantes, equitativamente distribuidas. Podríamos incluso decir que estamos en una nueva ola, un nuevo estado de opinión, un nuevo estadio del humor social en el que todo lo que suene a transacción es inequívocamente censurado por los ciudadanos. Por ahora hay un pacto alrededor del hartazgo mutuo.  Entre otras cosas porque el régimen está dando señales de que, a pesar de su propio colapso, piensa quedarse para siempre, sin importarle los costos. Hasta hace poco, algunos se mantenían en la vana idea de que, mientras tanto, podían mantenerse las formas. Que con dos o tres pasos atrás la Asamblea sería restaurada en algunas de sus atribuciones, y que, por lo tanto, algo de normalidad se podía mantener. Y que esa posibilidad podía ser aprovechada por los pactistas para ganar tiempo y acumular recursos de poder. Eso, ya lo sabemos, no fue posible. Esa agenda no era la del país, y rápidamente fue superada por las exigencias de la realidad.

Porque volvamos al inicio. A los pactistas y al gobierno la realidad no les dio la holgura suficiente. El sistema del socialismo del siglo XXI ha colapsado, y como resulta obvio, es cuestión de tiempo y de acción política el que se haga evidente que no puede seguir al frente del país. Pero ¿qué es lo que ha colapsado? Una forma de ser políticos y de hacer política que en el caso venezolano cruza el populismo más bárbaro con el rentismo más primitivo. Estos políticos son patrimonialistas y particularistas. Entienden el acceso al poder como conexión a las finanzas públicas para privilegiar a sus camarillas. Son excluyentes y sectarios. No les gusta la competencia. Tienen un discurso rendencionista centrado en la reivindicación de los más pobres a costa de las clases productivas. Necesitan un gobierno extenso y con grandes facultades para la intervención. No respetan ni propiedad ni garantías. Y cada cierto tiempo necesitan montar un espectáculo de expoliación, para demostrar que el compromiso con la justicia social es irreductible. La oferta es extensa y falsamente sustentada en criterios de recursos y de riqueza que al final son solo promesas vanas, indisciplina fiscal, proyectos faraónicos, endeudamiento creciente, inflación y crisis recurrentes. El país no crece con sustento, su parque empresarial siempre es reducido, todos pugnan por su cuota de renta y de protección, se usa y se abusa de los controles, y todo político se presenta como la llave o la contraseña de portentosas prerrogativas. Esa forma de ser políticos está basada en el engaño a un pueblo que se desprecia, y en el saqueo del país. Es, en términos de corrupción, el aprovechamiento sistemático del poder encomendado para el lucro privado. ¿Y en qué consiste la política? En un intento, que siempre fracasa estruendosamente, de distribución ampliada de la renta, sin compromiso de productividad, para mantener la cohesión y la armonía social. La política es el intento inútil de darle a cada quien, según sus ganas. Además, ya no hay renta que repartir.

Me temo que la gente ya se conoce el libreto y el pavoroso final. Nadie puede apostar al largo plazo porque es imposible predecir o anticipar en un contexto de arbitrariedad que, por esa misma razón, es turbulento. La gente está harta de la paja populista, hasta el gorro del redencionismo que pide a cambio sumisión y carnet de la patria.  La gente quiere otra cosa. ¿Qué quiere la gente? Riqueza fundada en el trabajo, movilidad social basada en el mérito y en el esfuerzo, libertad y respeto por la condición humana, y una base de seguridad jurídica y personal provista por un sistema republicano y democrático. La gente quiere poder hablar, comer, pensar y progresar en libertad. No quiere que nadie lo haga por cuenta de ellos, y seguro habrán aprendido a valorar lo importante que resulta un gobierno que haga lo suyo y deje hacer a los privados su trabajo. La gente ha aprendido que sin justicia hay despotismo, y que el político populista al final es un peligroso fraude. La gente quiere decencia y tranquilidad, y por qué no decirlo, aspira a un país compasivo y solidario. Pero eso requiere otros políticos y otra política. Políticos que no se vendan como la panacea que todo lo puede, todo lo sabe y todo lo resuelve. Políticos que a veces digan “eso no es posible”. Y una política que establezca unas nuevas reglas del juego, donde el mercado sea determinante, y no la falsa ilusión de un estado benefactor que al final no beneficia a nadie.

Algunos se indignan y gritan de inmediato ¿Y quién se va a ocupar de los pobres?  El que los pactistas todavía lo pregunten indica que todavía hay mucho cinismo realengo. Este socialismo extremo, habiendo dilapidado toda la renta petrolera, solo tiene como saldo el habernos empobrecido a todos. El populismo rentista, los socialismos reales, dicen que vienen a salvar a los pobres, pero en realidad, solo se lucran de la pobreza, saben que necesitan a una sociedad hambreada y necesitada para montar un sistema de servidumbre donde ellos se vendan como insustituibles, a pesar de su precariedad intelectual, de su escasez moral y de su voracidad para dilapidar recursos y oportunidades.

¿Cuál debe ser el propósito de los políticos y la política alternativa? Refutar el socialismo, invalidar el populismo rentista, y vender un país viable, menos extravagante en sus promesas, una república civil que no asiente sus bases en la voracidad sectaria de la política de la barbarie, dejar de prometer un gobierno extenso y lleno de cualidades intervencionistas que al final no garantizan nada diferente al dispendio inflacionario, para darle un chance a la libertad, que tiene como condición un gobierno limitado, transparente, garante de reglas claras aplicadas con criterios universalistas, eficaz en hacer lo suyo, y respetuoso de la iniciativa de sus ciudadanos. El político alternativo tiene que ser capaz de contrastarse radicalmente con este socialismo, con la izquierda venezolana, tan exquisita como fracasada y nostálgica. Debe tener coraje y la influencia moral para señalar con claridad el camino y convencer a los ciudadanos que no hay alternativa. El reto es inmenso, porque en veinte años es mucho el daño que se ha hecho a la moral ciudadana. Pero algún día y por algún sitio tenemos que empezar. Aprovechemos el impulso rupturista para dejar atrás esta época y ser nosotros los fundadores de esa nueva república. Si no lo hacemos ahora, estaremos condenados a un espantoso ciclo de repeticiones del mismo militarismo radical que nos ha extraviado por tanto tiempo.

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Estos son los tiempos de Dios

Abril 10, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Para las organizaciones, ninguna decisión es fácil. La época de los faraones organizacionales pasó hace mucho tiempo, y por las mismas razones que hicieron desaparecer aquellos pesados imperios: la excesiva centralización y su consecuencia más conspicua, la arbitrariedad, que coloca a los líderes a las puertas de la corrupción institucional, o sea, en el peligro de comenzar a tomar malas decisiones, sin medir las consecuencias. Los buenos gerentes saben que las mejores decisiones son las más consultadas, las que tienen una mejor composición de tiempo y de lugar, las mejor discernidas, apropiadamente argumentadas y razonablemente consensuadas.

Uno de los desafíos más importante de los líderes empresariales está concentrado en tomar buenas decisiones fundadas en la colaboración interfuncional. Los gerentes de más alto nivel se tienen que coordinar, deben aprender a negociar, pero sobre todo recordar que la misión de la empresa es la razón de ser del negocio y la causa por la que ellos están ejerciendo sus funciones. No es fácil, porque cada equipo funcional tiene sus prioridades, y no necesariamente ven sus metas a la luz de los intereses de la empresa y de los clientes. La dificultad estriba en la lógica de poder subyacente que incentiva a cuidad los espacios propios y a no entender las necesidades del sistema.

Hay cuatro competencias necesarias para tomar buenas decisiones dentro de una empresa. La primera es capacidad para negociar un resultado. La segunda, capacidad para compartir información relevante. La tercera, capacidad para coordinar metas. La cuarta, responsabilidad sobre las decisiones que se deben tomar.

No todas las decisiones que se toman tienen la misma calidad de los resultados. Nadie es infalible. Por eso los líderes y gerentes tienen que asumir con humildad la posibilidad de revisar la forma cómo toman decisiones. Preguntarse, por ejemplo, si por lo general son acertadas. Estimar la relación costo-beneficio. Revisar si fueron tomadas en el tiempo justo. Hay decisiones que se retardan y que por eso mismo no terminan impactando apropiadamente. Hay otras que se precipitan y resultan siendo temerarias. Examinar si las decisiones fueron buen instrumentadas, o sea, si las instrucciones fueron claras y la capacidad de la empresa fue tomada en cuenta. Siempre existe el peligro de la insensatez, cuyo lema es “el hombre es del tamaño de la dificultad que tiene por delante”. Eso no es cierto, porque si el mandato no se acompaña con recursos y los lapsos apropiados, simplemente son una invitación al fracaso.

Las decisiones también dependen de involucrar en el proceso de deliberación a las personas correctas, y en el proceso de implementación a las personas apropiadas. También que la convocatoria al trabajo conjunto sea realizada con los formatos y procedimientos oportunos. Hay que hacer ver que el equipo es determinante en la suerte de los resultados que se buscan. El equipo tiene que reflejar su eficiencia en la calidad de las recomendaciones que se proponen, en la entrega de información pertinente, el respeto al que tiene la última palabra, y en el seguimiento que se haga a lo decidido para transformarlo en las soluciones que se buscan.

La agudeza del líder está en respetar y usar intensamente los roles, ser capaz de enhebrarlos para el mejor desempeño posible, y en el camino revisar y ajustar productivamente tiempos y procesos. Esto tiene como requisito previo la evitación de los fiascos. Para que todo fluya adecuadamente se debe contar con buena información, o sea, con una constatación de la realidad alejada todo lo posible de deseos y clausulas condicionales. Por eso, el compromiso ético que debe suscribir el líder con su equipo debe ser precisamente el de trabajar con datos precisos. Debería considerarse casi una traición el ocultar o tergiversar la información. La transparencia es una necesidad crucial para tomar buenas decisiones.

Los resultados siempre son el producto de una buena o mala decisión. No maduran con el paso del tiempo. No hay “tiempos de Dios”, sino esfuerzo humano que trata de perfeccionar la realidad. Por eso, estos y no otros son los tiempos de Dios. Sin esperar a que las cosas ocurran por su cuenta, aligerando procesos, eliminando los cuellos de botella, facilitando los procesos de cooperación, asumiendo la realidad tal y como es, usando el tiempo con eficacia, dándose la oportunidad de deliberar, pero permitiéndose escuchar la reflexión de los otros.

Decidir bien es el resultado de ciertos dones del Espíritu: Sabiduría, Entendimiento, Prudencia, Fortaleza y Discernimiento. Quien los tiene, lo hace bien, en los tiempos que son propicios.

@vjmc

Una guerra contra todos

4 ABRIL, 2017 POR EDITOR

 

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admin

Víctor Maldonado C.El objetivo del régimen es su mera supervivencia. La buena economía no es una de las virtudes del socialismo del siglo XXI. Se ha convertido en un inmenso fardo que les hace casi que imposible el camino hacia la realización de una hegemonía irreversible. No es cierto que ellos lo tengan todo planificado. Lo que sí es verdad es que cualquier intento de imponer el socialismo deja una estela de destrucción que los más radicales aprovechan para insistir en crear las nuevas bases del comunismo. Nadie lo ha logrado. Ninguno de los experimentos ha ido más allá de una cartilla de racionamiento que somete a los sectores más frágiles de la población al hambre más abyecta. La obsesión por destruir al mercado los acerca irremediablemente al barranco del fracaso.

La represión tiene un costo que ellos, en teoría, están dispuestos a pagar. El insulto sistemático, las proclamas sucesivas contra la no intervención, y paradójicamente, la entrega en los brazos de quienes los quieran recibir, terminan también pesándoles abrumadoramente. Ya pasó la época en que Chávez se paseaba con la chequera petrolera para apaciguar los malos ánimos y las dudas. Esa coalición era tan espuria como creer que se podía presidir una nueva hegemonía y que podía mantenerse más allá de la ruina de las reservas internacionales del país. Ya el régimen ha probado las agrias mieles de la falsa solidaridad de los pueblos. Eso no era más que un eufemismo para encubrir un sistema muy bien articulado para vivir del régimen, para intercambiar loas por dólares contantes y sonantes, para canjear falsos apoyos por la posibilidad de cambiar radicalmente el nivel de vida. En eso si son radicales, en el cinismo de predicar una cosa a cambio de otra totalmente diferente. Ahora se están dando cuenta que algo cambió, la soledad no es de gratis, y que la violación de los derechos humanos no es una práctica de poca monta que cualquiera puede dejar pasar, que los presos políticos y la judicialización de la política traen sus consecuencias, y que esas secuelas se suman al descalabro generalizado, que los cerca más dentro de los confines de lo francamente inaceptable.

Algunos creen que el régimen es infalible. Otros sostienen que la inteligencia cubana es incapaz de equivocarse. Ni una cosa ni la otra. Este régimen es un compendio de equivocaciones apuntaladas por la fuerza. En eso consisten las dictaduras, en violaciones y errores sistemáticos que son impuestos como una nueva legalidad a la sociedad fragmentada y fragilizada por el miedo, la cooptación, el chantaje y el apaciguamiento. Lo que si es cierto es el arrojo y la excesiva capacidad de riesgo con la que asumen cada una de sus decisiones. En cada medida “se juegan a Rosalinda”, sabiendo que cada exceso les recorta la vida, y que llegará el momento en que todo será pérdida sin posibilidad de ganancia.

Un error fatal del gobierno ha sido la negación de la política. Se impuso todo lo contrario. Desde que el chavismo asumió el poder, lo hizo desde la lógica de una guerra de exterminio. “O ellos, o nosotros” es la consigna de una nueva guerra a muerte. Eso hizo que se ofreciera el premio de la impunidad a todos aquellos que defendieran -por todos los medios- a la revolución. “Dentro de la revolución, todo”, solía gritar el comandante, mientras sus leales mediocres aplaudían y tomaban debida nota. Desde esa idea fuerza se parieron los colectivos, el pranato, la alianza con las FARC y la ELN, las milicias, los grupos de choque, las inimaginables cárceles venezolanas, y la colonización de todas las instituciones públicas. Sólo dentro de la revolución un perdedor puede llegar a ser magistrado del más alto tribunal del país.

La corrupción y la impudicia son parte de la misma oferta. Dentro de la revolución el saqueo es una posibilidad al alcance de la mano de los leales, y de los que se hacen la vista gorda con los estropicios consecuencia de la revolución. Y el régimen de control cambiario, la carnada donde muerden y callan la boca la nueva camada de negociantes. Un sistema que regala divisas a cambio de sumisión es, a todas luces, inmoral, inaceptable e insostenible. Pero allí está la cola de ilustres forcejeando con anónimos pretendiendo obtener el último dólar y también el último privilegio. De esta forma el régimen pretendió hacernos cómplices y aspirantes a la repartición rentista, sabiendo incluso que eso iba a terminar en la tragedia de los más frágiles de la sociedad. La gente comiendo basura tiene como contraparte la masiva corrupción política y económica practicada por el socialismo del siglo XXI. Creyeron que dándole a cada uno lo suyo, podían en simultaneo negar la política y practicar el feroz totalitarismo con bozal que hasta hace poco creían posible.

Fue Margaret Thatcher la que dijo en 1976 que “el socialismo se acaba cuando se acaba el dinero de los demás”. Luego de todas las expoliaciones imaginables y del uso irresponsable de la renta petrolera, esa profecía ha llegado a las riberas del socialismo del siglo XXI. Se acabaron los reales, se acabó la fiesta, y comienza el lobo feroz a mostrar sus colmillos. Por cierto, ahora quiere, suplica, que los privados traigan sus “monedas convertibles” para canjearlos por bolívares sin valor en una sociedad donde no hay derechos de propiedad. Las caperucitas sonríen y evaden, eso sí, con la mano extendida y una frase en la boca, ¡tú primero, querido lobo!  Cuando se saquea hasta el último recurso solo queda esa represión y esos afanes de supervivencia que solo anticipan el principio del fin. El régimen está comenzando a equivocarse, y también está comenzando a desbordar el límite de lo aceptable de parte de muchos de sus secuaces. Y eso ocurre por dos razones, por la aridez de lo que antes era una repartición holgada que permitía llegarle a todos a su precio, y también porque la coalición está comenzando a ser excluyente entre los suyos. Los militares no dejan de exigir tajadas cada día más grandes, y lo están haciendo pasando de la circunstancia de un bono o el regalo de un carro, a construir un nuevo polo económico que no rinde cuentas ni está sujeto a control institucional real. Eso es lo que significa la empresa creada mediante el Decreto 2.231, la Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Caminpeg), empresa anónima militar cuya junta directiva de 5 miembros, también militares, rendiría cuentas directamente la Ministro de la Defensa.

Entonces, el golpe de estado al espíritu y propósito de la Constitución, que habla en otros términos y consensua otro tipo de país, es claro, irrefutable e irreversible. El país civil está al margen. Sus instituciones allanadas, cooptadas, ninguneadas o simplemente transformadas en eufemismos de una dictadura que exhibe muchas y variadas mascaradas. Las resoluciones del TSJ, ahora retractadas tácticamente, solo muestran hasta dónde puede llegar el régimen, si consigue el cómo. Chávez a veces avanzaba, a veces retrocedía, pero siempre intentaba salirse con la suya. Sus discípulos pueden intentar lo mismo. No se ha normalizado nada, no se ha resuelto ningún impasse. La Asamblea Nacional sigue castrada e inhabilitada, sus diputados maltratados en sus fueros, su autonomía, vulnerada, y la causa sigue abierta por un supuesto desacato que fue la punta del hilo desde donde el régimen tejió toda la celada. Los presos políticos siguen presos, la fiscalía sigue desacatada cuando manda las boletas de excarcelación, y opera un caos autoritario que debe tener un centro, una configuración, unos responsables, una trama que provoca decisiones, que calcula riesgos y que se equivoca cada vez con mayores costos.

El capítulo I del libro VII de la obra de Carl von Clausewitz habla de un factor esencial cuando se habla de los resultados de la guerra. Se refiere a lo que él denomina “el punto culminante de victoria”, respecto del cual no se puede seguir ganando más, independientemente de la estrategia, la fuerza relativa y otras condiciones relevantes de cualquier batalla. Se gana hasta cierto punto, y luego se comienza a perder. Eso es lo que está ocurriendo con las decisiones del TSJ. En lenguaje común, abusaron, como dicen los maracuchos, “están depravados”, han ido más allá de lo aceptable, cometieron el error fatal del exceso, y con eso activaron todas las alarmas de la decencia internacional y colmaron la paciencia interna.

Clausewitz sostiene que la victoria es el resultado de sumar fuerzas materiales y morales. Hemos intentado describir que este régimen esta materialmente exhausto y moralmente destruido. Está en un momento en donde no gana espacios, sino que a duras penas mantiene lo que tiene. Para mantenerse tiene que hacer esfuerzos crecientes que todavía lo dejan más debilitado económicamente, y menos decente moralmente. No puede mantener las apariencias de un sistema que cuando no es la gasolina que falla, es el trigo, las medicinas, los hospitales, la seguridad ciudadana, la inflación o la escasez. No puede tampoco sostener por mucho tiempo las excusas de una guerra económica y de una serie de conjuras y conspiraciones que no los deja gobernar. No puede invocar la penuria económica porque no puede renunciar a pregonar que “somos un país potencia”. Tampoco puede intentar la austeridad porque el poder presidencial solo tiene como base la asignación graciosa y arbitraria de prebendas, créditos, divisas y posibilidades. No puede evitar la contradicción entre una escena donde grita y proclama el respeto por las empresas, mientras en simultáneo se suceden allanamientos y violaciones a los derechos de propiedad. La procesión ya no va por dentro. Es pública y notoria. Pero, sobre todo, estas iniciativas de la represión están fisurando la coalición y deteriorando el aura de autoridad inapelable del jefe del régimen. El desaliento y la futilidad tocan a sus puertas, para indicarle que no puede seguir ganando. Lo que fue una estrategia ofensiva ahora es un intento defensivo, de supervivencia, de intentar el día siguiente, sin otra iniciativa que las excusas, la represión y las promesas irrealizables.

El régimen cometió el error de intentar una guerra contra todos, de ampliar irracionalmente sus flancos, y de creer que todavía, en esas condiciones, podía hacer lo que le viniera en gana. La fatal arrogancia de los que se consideran sobrados. Ahora, diría Clausewitz, están entrampados en la meta irrealizable de ser una dictadura aceptable; ellos creen que el continente se va a calar a una nueva Cuba, aislada, prepotente y extremadamente cruel. Esa es una aspiración anacrónica e inviable. Cuba es una equivocación atragantada en la historia del siglo XX latinoamericano. El régimen intenta, por lo tanto, “un simple gasto de fuerza inútil, que no produce mayores resultados; es un gasto ruinoso, que causa reacciones, las cuales, de acuerdo con la experiencia universal, tienen siempre efectos desproporcionados”. No se puede luchar contra todo el mundo todo el tiempo. No se puede mentir a todo el mundo todo el tiempo. No se puede reprimir a todo el país a la vez. No se puede ser tan descarado. Me temo que el régimen ha invocado a sus monstruos y despertado a sus propios demonios. Por cierto, ojalá que así lo entiendan las oposiciones democráticas.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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