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Manual para destruir un país: 10 pasos a seguir para cualquier tirano en el poder

OPINIÓN COLUMNISTAS POLÍTICA

No son únicamente las guerras y las catástrofes las que son capaces de destruir un país. También lo pueden hacer las malas decisiones de sus ciudadanos y de los convocados a dirigirlos

Victor Maldonado C.By Victor Maldonado C. Last updated Abr 24, 2018

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Un pueblo idiotizado, unas clases medias profundamente ignorantes y concupiscentes, y un líder disolvente, son tres características cruciales para acabar con cualquier país.(PU)

No son únicamente las guerras y las catástrofes las que son capaces de destruir un país. También lo pueden hacer las malas decisiones de sus ciudadanos y de los convocados a dirigirlos. Es, en ese sentido, una responsabilidad compartida alrededor de una misma disposición al saqueo. No puede denominarse de otra manera la adhesión fundamentalista al populismo y la concomitante sumisión al caudillo.

Un pueblo idiotizado, unas clases medias profundamente ignorantes y concupiscentes, y un líder disolvente, son tres características cruciales para acabar con cualquier país. Ese es el caldo de cultivo que luego permite avanzar sin mayores problemas hacia una fatal desintegración. Pero ¿cuál pudo ser la secuencia que nos trajo hasta aquí? ¿Cuáles serían los diez pasos que cualquier tirano debería considerar para imperar sobre las ruinas de su república?

Al parecer el siguiente compendio de indicaciones fue inicialmente escrito por Lenin, aunque se tienen por ciertas las enmendaduras y correcciones hechas por Stalin a solicitud de Lavrenti Beria. ¿Cómo llegó a las cálidas tierras cubanas? Algunos dicen que fue por intermedio de León Trotsky y que ese fue precisamente el cuadernillo que se extravió en ocasión de su asesinato.

Algunas hojas se han perdido con el paso del tiempo, pero lo que queda de él perteneció a la biblioteca perdida del Che Guevara. Fidel Castro hizo enmiendas importantes, por lo que se le reconoce su más reciente actualización.

  1. Apóyese en los mitos que afirman el fracaso de los latinoamericanos.Insista en las tesis de las décadas perdidas y de la traición contumaz a la gesta de los libertadores. Dude sistemáticamente de las instituciones y explote la insatisfacción con lo que hemos llegado a ser como países. Mantenga el desacuerdo generalizado sobre el futuro, acuse al “sistema” de negar cualquier posibilidad de mejora, tenga su lista de ladrones y corruptos, desmadre la política y declare enemigo a cualquiera que se oponga al cambio que merecen los pueblos. Insista en que solamente un hombre fuerte es capaz de recomponer la situación. Recuerde siempre que un pueblo que se sienta frustrado siempre buscará quien lo saque de su fiasco. Y lo hará ciegamente.
  1. Practique el populismo lo más intensamente posible. Invístase de ese halo mesiánico que caracteriza al que supuestamente “todo lo puede hacer”. Preséntese como el defensor de las causas del pueblo oprimido. Ofrezca venganza y un nuevo comenzar, sin esos partidos y dirigentes de la vieja guardia “que se lo robaron todo”. Amenace con tomar la justicia por su propia mano. Denuncie la voracidad de los empresarios. Señale los vínculos inconfesables de los privilegiados con el imperialismo. Acuse al neoliberalismo internacional de hambrear al país. Exija mejores precios para los commodities que soportan el rentismo nacional. Explote el nacionalismo más abyecto, y prometa sin pausa, y sin pensar en los costos. Proponga una Asamblea Nacional Constituyente que le entregue al pueblo el poder originario y restaure sus derechos arrebatados. No conceda cuartel a lo habido. Critique todo, ofrezca un cambio total, prometa distribuir la riqueza del país más igualitariamente, y repudie el mérito.
  1. Transfórmese en el líder que necesitan las masas.Construya para si mismo una épica “gloriosa”. Conspire, intente dar un golpe de estado, si es posible pase una temporada en la cárcel, visite a Cuba, hágale un altar al Che, adopte los “trajes Mao ” y guerreras militares como uniformes, mantenga un programa de televisión que se llame “aló presidente”, ordene cadenas de radio y televisión todos los días para cualquier cosa, hágase el imprescindible, centralícelo todo, y organice constantemente puestas en escena con el pueblo como telón de fondo. Cómprese tres o cuatro intelectuales de izquierda que lo deifiquen y escriban tesis sobre “el amanecer de los pueblos” gracias a su constante preocupación por la suerte de los oprimidos. Hágase reconocer por la lista de los “abajo firmantes” como el ciudadano esclarecido que necesita el país para restaurar la república. Cante, baile y vístase como los más desposeídos. Insista en su origen popular. Muestre orgullo por su carencia de estudios y su superficialidad intelectual. Búsquese rápidamente un enemigo externo, trate de mover las emociones del populacho e intente, incluso, hacer de si mismo una nueva religión donde usted es el santón. Nunca olvide que la crueldad es un atributo exclusivo de los dioses de la política, y usted es uno de ellos.
  1. Expropie, expropie, expropie. Olvídese de las garantías expropiatorias previstas en la constitución. Practique la justicia popular. Invoque esa falacia de que “toda propiedad es un robo”. Argumente que tierras, empresas, inmuebles, activos productivos, inventarios, e incluso el capital humano, pueden ser objeto de expoliación a favor de “esta nueva etapa revolucionaria”. Haga ver que las cosas son de quien las necesita y no de quien las produce. Sírvase de “teorías conspiparanoicas” para hacer ver que detrás de cada propietario hay una conjura contra el pueblo. Quíteles todo, póngalos presos, extorsionen a sus familiares, y hagan una gran celebración con la repartición de todo lo valioso. Si por casualidad no le conviene manejar la destrucción de la empresa, entonces regule los precios de los productos por debajo de los costos, organice la cola del saqueo y propóngase como el héroe de los precios justos. Cuando no quede nada que repartir, justifíquese diciendo que contra el gobierno hay una guerra económica que no quiere que el socialismo tenga éxito.

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  1. Cada idea descabellada transfórmela en una empresa pública.Organice monopolios con cualquier actividad que a usted le parezca “estratégica”. No importa si se trata de una vaquera, un chiquero, una siembra de maíz, cemento, centrales azucareras, siderúrgicas, minas de oro, o explotación de hidrocarburos. Todo lo que pueda arrebatarle al sector privado conviértalo en gasto público. Entregue la gestión a sus amigos más fieles, no importa si saben o no del negocio -porque en manos del socialismo no hay negocios sino saqueos-, no se olvide de darle la tajada correspondiente a los militares. Olvídese de la productividad, la calidad y la efectividad. Se trata de aparentar y de tener una masa crítica clientelar que se vean obligados a acatar cualquier decisión del régimen. Recuerde siempre que la consigna es “cada empleado público es un leal servidor del régimen”. Y no olvide tener esos propósitos descabellados como lanzar satélites, gasoductos continentales, energía nuclear y carrera armamentista.
  1. Asuma que la productividad es enemiga del pueblo y una trampa del capitalismo. No se trata de ser competitivo sino de ordeñar las ubres hasta que queden secas. Por eso mismo regule precios, limite los costos, aumente sistemáticamente el salario mínimo, eso sí, sin consultar a nadie, mucho menos a los patronos privados. No permita la libre importación y establezca aranceles altos para todos los bienes importados. Suba los impuestos y organice un sistema de tasas y contribuciones parafiscales para “ayudar al deporte”, “mejorar la tecnología”, “combatir las drogas”, “desarrollar las telecomunicaciones”, “financiar las universidades”, y cuanto se le ocurra patrocinar desde el sector público, pero usando los ingresos privados. Denuncie el egoísmo como un vicio de los capitalistas y enarbole la justicia social como excusa para acabar con todo lo que parezca eficiente. Como usted es el patrono de todos los empleados públicos, olvídese de la disciplina fiscal y de las restricciones presupuestarias. Gaste, gaste, gaste, sin tomar en cuenta si antes ha producido los recursos. Imprima dinero -para eso está el Banco Central y la Casa de la Moneda- y reparta bonos a todos sus trabajadores. Otorgue pensiones de jubilación a todos los que se lo pidan, y no intente ninguna relación entre los que aportan y los que reciben ese beneficio. Si se trata de construir casas, contrate las opciones más caras, aunque sean las más malas, porque primero está “la solidaridad entre los pueblos”. Eso sí, tenga cuidado de otorgar las viviendas, pero reservarse la propiedad. Allí está el truco, que todos mantengan esa dependencia que transforma a los hombres libres en siervos sumisos.
  1. Todos siervos del gran hermano llamado régimen.Destruya el mercado, acabe con la capacidad adquisitiva de los salarios, aniquile las empresas, devaste los empleos, asole a los empresarios, extinga el emprendimiento y cuando no haya ni oferta ni demanda organice un sistema de racionamiento de los beneficios a través del carnet de la patria -un sucedáneo del documento de identidad-. Entregue sin regularidad temporal una bolsa de comida, que solo sirva para sobrevivir, aunque se pierda peso. Olvídese de diferenciar entre familias con niños y familias con ancianos. Todos tienen que acostumbrarse a comer poco de lo mismo. La leche maternizada, los pañales, las proteínas, las toallas sanitarias o las pastillas anticonceptivas son todas ellas “instrumentos de dominación capitalista” y herramientas para la dependencia. Recuerde siempre que “ser rico es malo” y tener muchas cosas impide que los demás obtengan algo. De esta forma tendrá a buena parte de la población domesticada y ansiosa, esperando la próxima bolsa que conseguirá haciendo la siguiente fila.
  1. Dentro de la revolución todo. Aplique desde el principio el modelo socialista de la impunidad. Para un “buen revolucionario” no hay ley ni límites. Para el resto solo queda represión y el estar permanentemente en ascuas. Los disidentes tienen que sentirse observados, vigilados; deben estar constantemente padeciendo el miedo de que en cualquier momento llegue la policía política o la delincuencia -da lo mismo- y tome ventaja. Póngalos presos y no les otorgue ningún beneficio. Violente sus derechos y tírelos al olvido. Que sepan esos políticos divergentes “cómo es que se baila este tango cuando no llevas bien el ritmo”.  Hay que edificar dos países. El de la nomenclatura de privilegiados -elapparatchik- que sustenta al régimen, y el resto que debe pasar hambre, miedo, represión y desahucio. Para los primeros no objete nada, llénelos de dólares, permítales la corrupción, la posesión de armas, los crímenes, el narcotráfico, los coqueteos con la guerrilla, la articulación con el terrorismo internacional. Reserve para ellos las mejores mujeres, los mejores vinos, el “escoces” más sofisticado, y los trámites por la línea rápida. Al resto sométalos a la espera sin fin. Condicióneles la identidad, niégueles el pasaporte, háganles sentir los rigores de la extorsión y el chantaje, haga que se hinquen a los pies de su fotografía implorando piedad. Exaspérelos mientras ruegan por una medicina. Racióneles el agua, córteles el servicio eléctrico, no les permita trabajar en el sector público y tampoco en el sector privado. Construya listas de excluidos de cualquier beneficio. Humíllelos constantemente, trátelos como gusanos, llámelos gusanos.
  1. Haga todo lo posible para que las clases medias abandonen el país. Estimule la desbandada. Dé razones para que la gente pierda la esperanza. Fracture a las familias. Haga de las partidas una épica personal. Provoque a los que se vayan una sensación de triunfo y a los que se quedan sentimientos de derrota y de fracaso. Destruya el servicio consular y ponga payasos impresentables en las embajadas. Se trata de dejarlos al garete -a los que se van-, apátridas que no pueden votar, ni registrar a sus hijos, ni procesar documentos. No limpie el registro electoral para que esos ausentes hagan bulto y sean objeto de las trampas a favor del régimen. Ahórrese recursos que ellos demandarían en comida y servicios públicos. Mándele ese problema al resto de los países, oblíguelos a negociar con usted “porque si no lo haces te mando un gentío, recuerda a los marielitos”. El objetivo es la menor población posible.

  1. Compre colaboración y financie el elenco que finge ser oposición. No hay nada más barato que un encuestador fraudulento para generar la necesaria confusión cada vez que se simulen elecciones libres. La cuenta no se incrementa demasiado con un puñado de intelectuales orgánicos que prestan servicio mercenario, y que dejan colar algún mensaje convenientemente desmoralizador. Los empresarios también suelen ser útiles. Me refiero a aquellos que están dispuestos a todo con tal de lograr un contrato, un privilegio, una protección, o simplemente algo de relevancia. Pero donde está el verdadero negocio es en la cooptación de políticos que estén dispuestos a desempeñar “el valioso papel” de ser la contraparte de todas y cada una de las jugadas del régimen, tanto si convoca a mesas de diálogo y negociación como si es necesario montar un fraude electoral. Esos “políticos” siempre estarán allí para argumentar a favor, usar los mismos alegatos de la tiranía, lubricar la percepción de la realidad, y hacerle más fácil la vida al régimen. Ellos compendian la traición de las élites ilustradas de los países. Ellos siempre son “la izquierda exquisita” que se lucra de la desdicha de sus connacionales. Al resto censúrelos, cierre los medios de comunicación, obstaculice su funcionamiento, oblíguelos a la quiebra, y cuando estén desesperados, cómprelos. Nada más barato que el silencio.

Al final del manual hay una frase garabateada por el autor original: “No puedes hacer una revolución con guantes de seda”. Ella lo dice todo.

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Víctor Maldonado: ¿A qué huele Caracas?

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Fran Tovar 20-04-2018 El pizarrón Opinión0

Petrogrado olía a ácido fénico. Así comienza Ayn Rand su primera novela y la más autobiográfica. Le tocó vivir el totalitarismo soviético en la época en donde comenzó todo, la violación de la dignidad, la instauración del resentimiento, el robo de las propiedades, el arrebato de la libertad, el desclasamiento, la igualación, la pobreza progresiva, el hambre, el confinamiento, y al final, la muerte.

El socialismo se sufre en carne propia. Tiene su propio olor y juega a sus propios tiempos, que son los de la servidumbre y el miedo. Es dolor, angustia y desolación. Es la tragedia de la madre que sufre porque su hijo no tiene zapatos, y sabe que no se los va a reponer nunca más. Es la frustración de la familia que se queda sin el televisor, y que no tiene cómo cambiarlo. Es la angustia del padre que ve cómo la nevera se quemó en el último apagón, y siente la podredumbre en la que se va convirtiendo la escasa comida que el frío preservaba. Se vive como un tormento y un revoloteo de la muerte. Es el dolor y el desespero del hambre, la imposibilidad de comprar un antibiótico, aun sabiendo que la partida final la pueda ganar esa infección que parecía ser irrelevante. Es el carro dañado, el caucho faltante, el transporte que no llega, el efectivo que no existe, el teléfono averiado, el internet que se cae, el agua que no llega, el salario que no alcanza, y los sueños trastocados en pesadillas. El totalitarismo hiede a fase terminal, a vida concluida, a esperanzas derrumbadas.

Caracas huele a silencio, miedo, angustia, violencia, basura, enfermedad, hambre y muerte. Huele a despedidas que nadie desea.  Apesta a abandono. Sus calles, las de la capital de un país sometido, amanecen con testimonios de una búsqueda ansiosa de restos, que cada vez son más escasos. Una ciudad abatida por la improductividad ni siquiera produce basura. Es la ciudad de las alucinaciones espurias, esas que transforman un río de detritos en una supuesta mina donde se puede encontrar ese recurso que puede salvar el día. Un país petrolero degradado a buscar entre las cloacas alguna esperanza para la supervivencia.

Caracas huele a indiferencia oficial, o si se quiere, a exterminio culposo. Apesta a contraste enloquecedor entre la violencia que se patrocina y esa vigilancia intensa contra cualquier intento de protesta. Caracas hiede a juramento traicionado.  Y padece el olor acre que despiden esos cuerpos militares y policiales que han dado la espalda a un país que todavía no es libre porque ellos se han convertido en sus carceleros. Caracas es una ciudad sitiada por la miseria. Caracas huele a comunismo. Y el comunismo se vende a si mismo como una maldición perpetua. Pero ¿acaso hay salida?

Rand invita a rebelarse contra la resignación. Vivir significa saber lo que se quiere hacer con la vida. Tener un guión. No dejarse arrebatar el propio protagonismo. Los socialismos quieren reducirnos a la servidumbre y a la angustia por la sobrevivencia. Pero ese intento de sometimiento se vale de la definición de un falso espacio, delimitado por confines ilusorios. La libertad, se logra o se pierde, se experimenta o se deja de sentir en carne propia. El desafío es absolutamente personal y objetivo. La batalla es de cada uno, el esfuerzo es individual, el optimismo o la desesperanza son opciones que cada uno debe resolver. Y el coraje es el arma que contiene todas las posibilidades, porque como advierte Ayn Rand en su novela “es una maldición, ya sabes, poder mirar más alto de lo que se te permite alcanzar”. En algún momento Caracas debería oler a liberación.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

Víctor Maldonado C: El mal se llama socialismo

Abr 16, 2018 6:47 am
Publicado en: Opinión

Víctor Maldonado C. @vjmcVíctor Maldonado C. @vjmc

El mal es real, y tiene consecuencias reales. No es solamente una disquisición académica. Es una pregunta que queda por responder en el transcurso de esto que estamos viviendo en términos de violencia, crueldad, muerte, hambre, enfermedad, infortunio y la indiferencia colectiva respecto de lo que otros conciudadanos están padeciendo. Algunos temen el planteamiento explícito de la vivencia del mal. Esto es así porque su reconocimiento obliga a la denuncia y a la decisión personal sobre cual flanco escoger. El mal, su presencia, obliga a las definiciones, y a las consecuencias de esas definiciones.

Los cuatro jinetes del apocalipsis están cabalgando sobre el país. Comencemos por lo obvio. El jinete de la muerte nos está afligiendo. Los venezolanos estamos sufriendo los estragos de una incomprensible violencia. 307.920 víctimas de un sistema que inhabilita el derecho a la vida equivalen a la afectación del 1% de la población actual. El jinete que complementa y da sentido a este baño de sangre es el de la guerra. Una guerra civil no declarada, cuyos argumentos son la impunidad y un estado en condiciones fallidas, colocan a todos los venezolanos en riesgo mortal. Una guerra civil emprendida contra la protesta civil, a la que se aplasta a sangre y fuego, con el costo terrible en vidas humanas, cárcel y exilio. Una estrategia de aniquilamiento que se hizo patente en los excesos aplicados al caso de Oscar Pérez, y que ahora permite al gobierno ir más allá de cualquier frontera del estado de derecho para lograr sus objetivos. El régimen tiene años en guerra contra la libertad. El jinete del hambre se ceba en los sectores más vulnerables de la población. Las cifras de desnutrición anticipan generaciones enteras desvalidas de la posibilidad de encarar, en condiciones competitivas, sus propios proyectos de vida. El hambre asola la capacidad para pensar y crear, pero sobre todo la capacidad para reaccionar. Los que comen basura han descendido a los infiernos donde la dignidad y los derechos se han subordinado a la precaria supervivencia. No es menos pavorosa la presencia del jinete de la conquista. A pesar de que nos cuesta reconocerlo, estamos invadidos por los intereses del narcoterrorismo regentados por Cuba, que actúa como potencia imperial, a pesar de lo insólito que resulta la forma como se apropió de nuestro territorio, recursos y centros de decisión. Hugo Chavez fue a la vez el mal encarnado y su canal más conspicuo. No puede ser otra cosa que el mal en acción el que permite tanto ultraje sin que nosotros consigamos sacarnos de encima toda esa iniquidad. O la conquista interna que supone la ocupación de los espacios institucionales a través del despotismo destructivo que practica la espuria entidad constituyente. Somos población invadida, cercada, confinada a los grises espacios de la sobrevivencia.

El mal es un resultado que tiene actores. Es a la vez protagonismo y secuelas. El mal es el poder corrompido que deja de ser útil para el orden social de la libertad, y comienza a propagar la servidumbre. Y no hay puntos medios. Por eso mismo resulta inaceptable la práctica del “perdonavidismo de los promedios”. La descripción del mal no es exacta si se practica la tibieza argumental. Encararlo exige claras definiciones y la visualización de dolorosas tendencias. No hay derecho a la vida donde hay temor por la vida. No se respeta la propiedad si un funcionario, ejerciendo la más obscena impunidad, decide si la vas a conservar o no. No hay dignidad cuando para sobrevivir necesitas hurgar entre la basura. No hay felicidad si tienes hambre. No hay visión de futuro cuando el temor es constante. No hay humanidad en el silencio, la censura y la represión. Y la soberanía es una mascarada si las decisiones estratégicas y el destino de los recursos esenciales son decididos por Cuba. Como se aprecia, no es un tema de estadísticas, mucho menos de encuestas. No se trata de si el mal es popular. Se trata de que es inaceptable. Hitler era muy popular, y ya sabemos los ardores internos que provocaba Fidel Castro. Lo que pasa es que el mal se sirve de la seducción y el engaño. Por eso San Pablo en la segunda carta a los Corintios advertía contra su táctica: “No debe sorprendernos, porque el mismo satanás se disfraza de ángel de luz”.

El mal se aprecia en el sufrimiento de los demás. Permitir el desconsuelo, el dolor y la desolación de los otros exige primero un esfuerzo de cosificación mediante el cual se despoja de la condición humana a quienes se quiere someter o destruir. Por eso el mal se vale de la indiferencia criminal y de la explotación de los perjuicios. Se es indiferente desde la inacción o desde la mera expectación. Cuando el régimen deja morir de hambre a un preso, o no le importa dejar sin medicinas a los trasplantados, ejerce una apatía criminal que los hace culpables y responsables. Cuando un ciudadano no se escandaliza de los infortunios del prójimo, cuando no levanta su voz y sus manos exigiendo rectificación, está siendo corresponsable de lo que por cuenta del régimen está ocurriendo. El pecado capital de pereza se exhibe cuando en lugar de hacer, exigimos a los otros propuestas y acciones. No es endosable la responsabilidad ni la virtud. El mal abunda en la descalificación. Es desgraciadamente rico en la posibilidad de segmentar entre los propios y los demás. Es por eso por lo que gusta de la división y es abundoso en descalificativos. Ellos siempre se adjudican la esencia de lo indispensable, el resto terminan siendo descartable. El mal es discriminación ¿Por qué no nos rebelamos a seguir en el pozo de la displicencia?

El mal se solaza en el análisis y en la digresión retórica. En el plano de la teoría el mal se hace pasar por bien. Transforma crímenes en costos, y abismos en plataformas para seguir avanzando. El mal reducido a estadísticas se hace leve. El mal se despliega cómodamente en el cálculo de las conveniencias que asumen como perfectamente normales los tiempos de espera, progresividad y exigencias de conversión que resultan imposibles de implementar. El mal se alimenta y fortalece con esos desplantes de corrección política, de falsa decencia republicana que pide al hambriento que siga pasando hambre, al enfermo que se inmole, al preso que aguante y al que padece violencia y represión que siga sacrificándose, mientras ellos, los adalides de la falsa decencia juegan a los dados, negocian, y se pasean por el mundo pidiendo mejoras incrementales en la calidad de los procesos electorales. ¿Cuántos muertos, lágrimas y vidas desgastadas se habrán sacrificado en el altar de las malas estrategias, de la ingenuidad culposa, de los arreglos subyacentes?

San Agustín propone que el mal es la privación de todo bien, que nos conduce a la nada. En eso consiste la liquidación de cualquiera que se oponga, y para eso sirve la brutal capacidad que en la actualidad tiene el poder para violentar la promesa originaria de servir a la vida y a la propiedad de los ciudadanos a su cuidado. El mal siempre tiene vocación totalitaria, absoluta. El filósofo argentino Víctor Massuh lo narra como “la quiebra de la razón y la locura que pierde su pudor”. Toda experiencia totalitaria es irracionalidad lujuriosa, que se va perfeccionando con cada crimen. Parafraseando a Jorge Semprún, en nuestro caso “nada es verdad, salvo la lista personalizada de todos aquellos que han padecido y perecido por esta ráfaga de violencia socialista. Nada es verdad, salvo la ausencia y el vacío que todos ellos han dejado. Nada es verdad salvo el miedo, el sufrimiento acumulado, la rabia, la decepción y la desbandada”.

Algunos previenen contra este discurso centrado en el mal. Lo tildan de pretencioso y peligroso, porque ¿quién asegura que ellos son los malos, y que en todos los casos ellos participen de esta lógica del mal? ¿Quién nos permite escindirnos entre ellos y nosotros? El mal es actor y consecuencias, y también se ceba en nuestro recato. ¿Cómo sabemos que ellos son el mal y nosotros estamos en el flanco del bien? Jesús nos da la pista. Es malo quien produce el mal. Es bueno quien provoca el bien. Por sus obras los conoceréis, dice el evangelio. El mal germina en esos momentos de nuestra historia en los que las normas de moralidad mínimas, aquellas necesarias para la convivencia desaparecen o son fatalmente eliminadas. Y de allí se extiende hasta confines inenarrables de muerte, violencia y destrucción. ¿No es eso lo que estamos viviendo? ¿No sabemos nosotros cual es la causa raíz de todas nuestras angustias? ¿No hemos inventariado una y otra vez nuestras derrotas, duelos, traiciones, represión, sacrificios y muertes? ¿No nos sentimos ahora más desvalidos? ¿No se nos hacen lejanas la felicidad, la autonomía y la libertad? ¿No son acasos malos frutos, agrios y ponzoñosos, esos que nos da todos los días el socialismo del siglo XXI? Sus frutos son el mal, y el mal produce esos frutos.

Dos lecciones adicionales servirán de epílogo a esta larga reflexión. La primera lección es la irreversibilidad del mal. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos, dice el evangelio. La segunda lección es la necesidad de extirpar de raíz la causa del mal. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. No se preserva, se elimina porque no se puede convivir con el mal absoluto que siempre significa la desgracia del otro, el envilecimiento del otro, la ignominia del otro.

@vjmc

Vivir en socialismo: el eufemismo como sistema social

Internacional

Cómo salir de la trampa de la mentira institutionalizada en Venezuela

Hay dos problemas que complican aún más la trágica experiencia de vivir el socialismo. El primero de ellos tiene que ver con la sinuosidad de su discurso. Ellos se cuidan de aparentar lo que no son. Y lo hacen para sacar provecho de la confusión. El segundo problema tiene que ver con la implacable estupidez de los que constantemente validan como bueno lo que es un desastre.

En Venezuela, por ejemplo, hay quien todavía discute si esto es o no un socialismo; si los socialismos son diferentes a “las dictaduras de derecha”; si vivimos una semidemocracia o, por el contrario, una semidictadura; si eso que convocó el régimen es o no una elección; si hay que participar o no de esa convocatoria; si los que colaboran lo hacen de buena fe o, si por el contrario, forman parte de una tramoya de extorsión, chantaje y alineación de la cual el resto de los ciudadanos somos víctimas; si los que de alguna manera participan son parte del sistema que victimiza, aun sin querer reconocerlo; si los diálogos son o no el camino para resolver una tiranía totalitaria de ideología marxista. Incluso hay quienes discuten si esto que vivimos es o no una crisis humanitaria o, por el contrario, no son tantos los que mueren de hambre, de violencia, inseguridad ciudadana y desesperanza y, por lo tanto, es exagerado e impreciso hablar de tragedia nacional. Y de todas estas dudas, inducidas o silvestres, se aprovecha el régimen, que se complementa perfectamente con la indisposición nacional a asumir en bloque la realidad tal y como es: vivimos la desgracia de un totalitarismo marxista, excluyente y cruel.

Pero no todos lo ven tan claro. Asumir el totalitarismo exige un encaramiento preciso de las oportunidades y posibilidades políticas que deja por fuera algunas oportunidades de negocio. Los que se lucran de estos procesos, encuestadores, analistas, publicistas, mercadólogos y el clientelismo partidista, no pueden darse el lujo de perder la temporada. Lamentablemente de eso viven. Por eso juegan al relativismo y a la imprecisión. Tienen que dejar alguna rendija abierta por donde fluyan los recursos, sin importar cuanto fraude pueda haber y cuanto sacrificio ciudadano pueda significar. No quede ninguna duda que son estos intereses los que van a querer vender como buena, factible, útil, e incluso determinante, la participación en esos certámenes. Son los mismos que no pueden dejar de decir que esto que vivimos es una democracia “algo imperfecta”, pero que si todos, absolutamente todos, salimos a votar, resolvemos el problema. De esta forma los que deberían estar haciendo oposición dura se transforman en cooperadores implacables de la agenda del régimen. Hay mucho de perversidad en esto, porque los interesados ofrecen argumentos, pero no legitiman el conjunto, porque el contexto ofrece información que a los argumentadores no les conviene.

Los obcecados no quieren dejarnos ver lo que efectivamente ocurre. Una asamblea nacional constituyente, espuria en su origen e ilegal en su funcionamiento y decisiones, convocó a unas elecciones fuera de fecha; el Consejo Nacional Electoral, que ha practicado la trampa sistemática y permitido el ventajismo del régimen, acata el mandato indebido y se activa para organizar un certamen fraudulento; el Tribunal Supremo de Justicia del régimen, que es también una trampa de malas decisiones que están sesgadas, ha podado del tal forma a la oposición que ha permitido el diseño de una falsa alternativa, hecha a la medida de los intereses de la coalición gobernante. Ellos en su conjunto han inhabilitado, apresado, perseguido y disuelto dirigentes y partidos, hasta llegar a una relación minimalista con la oposición, castrada de toda posibilidad, domesticada en sus intenciones, y muy atenta a las posibilidades derivadas de la extorsión clientelar. El resultado no puede ser otro que la preservación de la tiranía. Pero eso no quieren que se sepa. Se oculta deliberadamente la verdad y se ofrece una versión más favorable. Resulta patético que todo se reduzca a un cálculo vil de utilidad marginal restringida a aquellos que se prestan a participar en el juego.

El sentido de la política es la libertad; y la libertad solo se puede fundar en la verdad. El vivir un sistema social de eufemismos, donde nada es lo que dice ser porque nos han confiscado el significado de las palabras y hay interés evidente en encubrir, enmascaras, trocear o edulcorar el contexto, no solamente nos somete a la servidumbre frente al sistema que narra la mentira, sino que nos niega el ejercicio de la cordura y de la política. Solamente la verdad nos hace libres y dueños de nuestros proyectos de vida.

En la caverna en la que estamos metidos y atados, o si se quiere, en el laberinto en el que estamos perdidos, no estamos conectados con la realidad, o si se quiere, estamos siguiendo falsas pistas. La convocatoria a unas supuestas elecciones son solo una trampa más y una nueva oportunidad para el régimen, que tendrá nuevas evidencias de que juega limpio, permite la participación y se somete al escrutinio ciudadano. Nada de eso es cierto, pero eso no importa en esta trama de espectáculos continuos. ¿Cómo salimos de la trampa de la mentira institucionalizada? ¿Cómo discernimos entre lo verdadero y valioso respecto de lo falso y deleznable si los villanos parecen héroes y los héroes son desprestigiados como villanos? ¿Cómo resolvemos la confusión?

Hannah Arendt propone una solución: “Si se quiere experimentar el mundo tal como es realmente, solo puede hacerlo si lo considera como algo común a muchos, que está entre ellos, que los separa y une, que se muestra a cada uno de forma diferente, y que deviene comprensible solo cuando muchos hablan entre sí, sobre él y se intercambian y confrontan sus opiniones y perspectivas. Solo en esa perspectiva poliédrica es posible que una única cosa se muestre en su plena realidad”. Contra el eufemismo como sistema social el único antídoto es la sensatez del debate, el coraje de una moral de interrogaciones practicada sistemáticamente, el continuo tránsito del mito al logos, que supone el meditar y reflexionar sobre las narrativas interesadas, para escrutar cuanto tienen de verdad y cuanto es solo mera apariencia, hasta lograr un sentido de la realidad que nos permita movilizarnos hacia la liberación. La solución es hacer política.

Victor Maldonado C./Panampost

16 Abril, 2018

Ser y parecer

Nos interesa quien tenga una propuesta alternativa y también nos diga que está haciendo lo indecible para recuperar la libertad

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Vivimos tiempos de definiciones. Ya no nos sirven los promedios. La tiranía escinde y tamiza la paja del trigo, lo bueno de lo malo, la farsa de la verdad y las opciones verdaderas de las que son una trampa. Cuando los tiempos exigen claridad y diferenciación, entonces son los tibios de los que hay que cuidarse. Llamemos tibios a los que no son ni una cosa ni otra, a los que no se comprometen, a los que les parece que es posible coger de aquí y de allá para hacer una composición particular en la que puedan quedar bien con todos. En estos persiste una recalcitrante necedad ante la cual ni la protesta ni la fuerza surten efecto, porque se trata de ese tipo de ignorancia culposa que se niega a reconocer la realidad, tal y como ella es. Es la trama del que asume como verdad lo que no es otra cosa que una falacia.

La seducción que ejercen los totalitarismos tiene que ver con la patética insistencia de las élites en tratarlos como lo que no son. Estas tiranías de izquierda no son equivalentes a las dictaduras autoritarias clásicas. Y tampoco son democracias imperfectas, o cualquier otro eufemismo que se inventen en los laboratorios de la ingenuidad politológica. Nada tiene que ver Pinochet con el castrochavismo que rige entre nosotros. Y sin querer indultarlo, debemos reconocer que los comunismos son más destruccionistas, arteros, perversos, criminales y corruptos. Por eso mismo no tiene sentido hacer entre ellos falsas analogías o identidad de soluciones. Lamentándolo mucho, el modelo de salida de la dictadura de Pinochet aquí no va a funcionar.

Algunos están demasiado interesados en propagar que el dictador chileno salió mediante unas elecciones que fueron posibles porque todas las oposiciones se unieron. Y que esas deben ser parte ineludible del guión que debemos protagonizar. Pierden de vista que las dictaduras de izquierda rápidamente se transforman en sistemas totalitarios cuyo objetivo es quedarse con el país, reducir a la servidumbre más abyecta a sus ciudadanos, demoler todas las instituciones morales que apuntalan las repúblicas y transformarlo todo en esta vivencia pobre, breve, solitaria y brutal que advirtieron los iusnaturalistas ante la caída del orden social. Los socialismos reales, o comunismos, son depredadores de los mercados. Los acaban, y con ellos mueren la libertad, la propiedad y la justicia. Lo realmente sórdido es que mientras ocurre una implacable devastación, una oposición institucional insiste en negociar lo innegociable, participar en unas elecciones imposibles de ganar y practicar una corrección política absolutamente necia, insensible y sobre todo inútil.

No nos sirven los “demócratas infantiles” que en lugar de estrategias robustas tienen un abecedario de lugares comunes y respuestas de salón. Porque estos son presas fáciles de un sistema interesado en violar todas las reglas y servirse de la necedad ajena para seguir engullendo poder y recursos. Tampoco nos sirven los mercenarios que se transan constantemente al mejor postor. Mucho menos útiles son los cobardes que se doblan para no quebrarse, pero que desde el inicio están convenientemente fracturados. Malos para el logro de los objetivos son los impostores y tránsfugas, pero peor son los que decidieron irse sin entregar el testigo. Todos ellos sobreviven gracias a la confusión y a la ambigüedad, mientras el resto del país languidece aceleradamente, practica la desbandada, o se pregunta sorprendido qué habremos hecho para merecer como heredad la más pueril mediocridad.

Nos sirve la integridad, la consistencia, el coraje y el compromiso con la verdad, aunque esos atributos no nos gusten demasiado porque nos exigen estar a la altura de su convocatoria. Nos son útiles los que no entregan sus banderas, los que no arrían sus principios ni se prostituyen al mal. Nos interesa quien tenga una propuesta alternativa y también nos diga que está haciendo lo indecible para recuperar la libertad. Y que no juegue al populismo ni al falso heroísmo que parece grandeza, pero es insana hinchazón. Es buena la humildad del que quiere estar en medio de la gente sin el uso pervertido de la demagogia. También quien no huye demasiado temprano, pero es inteligente en el cálculo del riesgo que debe asumir. Y quien haciendo un cálculo racional sobre lo que está ocurriendo, se prepara para una transición difícil, en la que no hay tiempo para perder, ni oportunidades para la mentira. No podemos prescindir de la sensatez del que calibra apropiadamente lo que nos está pasando y del que modela con su ejemplo. Necesitamos rectitud porque no hay otra forma de salir del laberinto del mal que nos aqueja que intentar llegar hasta su raíz, allí donde está esa fácil connivencia que nos seduce, esa conveniente ceguera, esa concesión al resentimiento, el aplauso fácil a la fuerza del que violenta, las falsas venganzas, y las fatuas reivindicaciones.

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Twitter: @vjmc

Víctor Maldonado: ¿Cuánto vale la integridad?

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Un político sin integridad es un pobre político, porque nadie puede pretender ser el modelo y líder de una sociedad si no tiene un mínimo respeto por su propia imagen y por la congruencia que desde allí proyecta. Pero lamentablemente vivimos épocas menguadas, donde la presencia de un régimen tiránico se propone como la excusa perfecta para que todo parezca valedero. Sin embargo, no es así. Nadie puede combatir el mal con un mal peor, y nadie puede resolver la oscuridad con más oscuridad. Por lo tanto, si de lo que se trata es de batallar contra los efectos devastadores del socialismo del siglo XXI, debemos hacer todo lo posible para ser diferentes.

Los venezolanos están asqueados de la perversidad y la mentira. Ahora, que hay tanta escasez de probidad, se calibra mejor el valor de un líder que sea capaz de decir la verdad, a pesar de sus consecuencias. Por eso mismo el contraste es a veces tan devastador entre una sociedad que todavía aquí sufre y espera, y los que han asumido la impostura como forma de vida. Nuestro país, tan maltratado por la vanidad de los sistemas ideológicos que se le han impuesto, también está sometido ahora a la ingrata circunstancia de la falta de ubicuidad de los que deberían conducir la lucha, y correr la misma suerte de sus seguidores. Lamentablemente no es así, porque no solo es el gobierno quien practica la mentira y nos humilla con la disonancia a la que nos somete.

La farsa parece ser ahora una moda en la que muchos están incurriendo, invocando una ética escasa que los hace regodearse en la mentira. Vivimos la extraña circunstancia de periodistas que dicen estar aquí, pero que hace tiempo abandonaron el país. Intelectuales que pontifican sobre lo que aquí hacemos como si fueran uno más, pero que decidieron partir y hacer vida en otra parte. Políticos profesionales que, al presentir la inminencia de la represión, salieron furtivamente, pero en lugar de denunciar la violación de sus derechos, intentan llevar adelante una “agenda internacional” que les sirve para encubrir la triste realidad de la persecución, y la imposibilidad de volver a la patria. A estos ejemplos tan lamentables se suman esos personajes que no se deciden, que viven la tibieza, que no son ni chicha ni limonada, que tienen un pie en una posición y el otro pie en la posición contraria. Y que hoy dicen una cosa y mañana otra. Y para colmo, tartufean una falsa dignidad que no es otra cosa que la práctica aberrante de la ignominia. Ninguno de estos ejemplos son del tipo “mentiras piadosas”.

No se trata de juzgar los alegatos, valederos o no, que cualquiera tenga para tomar la decisión que más le convenga. Se trata de exigir la práctica de decir la verdad, ser transparentes, y plantearle al país una relación de dignidad, porque lo que ellos no tienen el coraje de decir, igual es conocido por todo el mundo.

Los déficits de integridad que estamos aludiendo plantean una realidad ficticia, una inventiva social en donde por pudor, o quién sabe si por mala resignación, nos vemos obligados a asumir como cierto lo que es falso, y actuar en consecuencia, lo que no deja de ser enloquecedor. Nos pasa algo similar a lo que le ocurre a la esposa cornuda, que prefiere ignorar el asunto y trata de ordenar su triste vida haciendo esfuerzos superlativos para que esa situación no la desborde, pero que en el fondo sabe que el desastre es inminente.  ¿Esto tiene algún sentido? Me temo que no. La integridad es, como vemos, una decisión personal y un compromiso estricto con la verdad y la transparencia como valores y principios preciosos. ¿Qué cuesta decir la verdad? El que miente debe asumir el costo de perder legitimidad, porque el que se apoya en la falsía pierde influjo sobre los demás. Practicar la integridad es más ganancioso.

Manuel García Pelayo planteó en sus escritos una diferencia crucial entre el poder que somete y la auctóritas que provoca adhesiones. El autor llamaba así a cierta capacidad que llegan a tener algunos líderes para condicionar la conducta de los demás, es decir, lograr que los otros se inclinen a seguir una opinión o una conducta a pesar de mantener intacta la posibilidad de no acatar la recomendación propuesta. Es lograr “por las buenas” la afección de los otros, lo que exige ciertas condiciones de carácter en las que, sin dudas, tiene que estar presente la honestidad. La auctóritas es una relación de motivación, es decir, es un compromiso de actuar en conjunto en el marco de la madurez y de la libertad. No requiere montoneras ciegas, ni seguidores erotizados. Exige, por el contrario, madurez y carácter. El no practicar la integridad tiene el costo de perder cualquier posibilidad de construir productivamente una relación entre iguales.

Las definiciones vienen al caso porque corremos el peligro de perder cualquier conexión valiosa con la dirigencia del país. Y tenemos que saber por qué. Los ciudadanos nos estamos quedando sin auctores, aquellos que pueden dar garantías acerca del valor duradero de lo que se hace o se intenta hacer. Y eso está ocurriendo porque la dirigencia del país esta muy confundida sobre los cursos de acción que pueden intentar, las relaciones que deben establecer con los ciudadanos, las estrategias que conviene seguir, y los mensajes que, con su conducta, deben mandar a sus seguidores. Un Churchill no comunica lo mismo que un Pétain. El patetismo de PuYi como emperador rehén de Manchukuo fue indescriptible y su paso por la historia muy trágico. El presidente del régimen de Vichy y el depuesto emperador manchú tenían en común la farsa. Eran títeres, pero lo asumían como si ellos mantuvieran la capacidad de mover sus propios hilos. No eran autores, eran parte de un guión tramado por otros. ¿Cuántos PuYi tenemos a la mano? ¿Cuántos Pétain se ofrecen a la colaboración, incluso sin ser solicitada? ¿Con cuántos Churchill podemos compensarlos?

La integridad conduce a relaciones decentes en las que los otros son considerados en el plano de sus necesidades y expectativas. Ahora estamos sedientos de verdades y de dirigencias impecables, donde no sobran ninguna explicación sobre los qué, los cómo, los cuánto, y los “¿de dónde vienen los recursos para hacer lo que estás haciendo?”.  Las moralejas que sugieren ver a un Lula entrando a la cárcel por corrupción están a la orden para el que las quiera integrar. Las causas del fiasco que hemos experimentado hasta ahora tienen que ver con déficits de integridad, de congruencia, de verdad y de confianza. Si seguimos con los mismos déficits, seguiremos fracasando.

@vjmc

Los espejismos de abril, por Víctor Maldonado

Finalizada la semana santa queda por delante un complejo sistema de incertidumbres y de certezas. La debacle económica seguirá su curso hacia el abismo, sin que se sepa cómo ni cuando se va a revertir el proceso de desguace de la calidad de vida de los ciudadanos. Vivimos el vértigo de una experiencia indecible respecto de la cual los políticos de la MUD, devenida ahora en Frente Amplio, no se dan por aludidos. Ellos siguen pidiendo “condiciones electorales favorables a la participación” como si viviéramos una mínima normalidad en la cual pudiese separarse lo electoral del conjunto de aflicciones que viven los venezolanos.

El llamado “Frente Amplio” es otra alucinación. A estas alturas no ha podido enmascarar perfectamente la tragedia de cuatro partidos totalmente desprestigiados. Sin embargo, han logrado vender que la unidad es una condición necesaria y suficiente para salir del régimen. Ya hemos dicho que una unidad sin reflexión sobre las estrategias, los medios y los fines, es simplemente un fetiche que un grupo de oportunistas enarbolan para encubrir sus propias impudicias, como si se pudieran disolver en un promedio difícil de calcular. No hay tal cosa como un “Frente Amplio” que haya logrado organicidad, y lo que queda luego del carnaval de eventos que se realizaron en marzo no es otra cosa que un puño de liderazgos desgastados que todos los días se debaten entre participar del fraude electoral convocado por la espuria constituyente, o mantenerse al margen.

La Asamblea Nacional Constituyente sigue vigente, aunque es ilegítima y espuria. Es el altar donde se reconoce a una dictadura totalitaria, y donde doblan la cerviz los políticos que juegan al oportunismo clientelar. Tampoco fue una confusión el que cuatro gobernadores adecos y unos cuantos alcaldes de PJ (que actuaron por mampuesto) corrieron a juramentarse, y a reconocer lo que debió ser siempre irreconocible. En todo caso, para la ANC sus metas son innegociables. Ellos son la garantía estatuida de la declaración del comunismo mediante la constitución totalitaria.  Opera, eso sí, como un submarino, sumergido parte de su tiempo, con el periscopio siempre observando, y con capacidad para emerger cuando lo crean conveniente.

Las elecciones convocadas por la asamblea constituyente, espuria e ilegítima son también un espejismo. No son tales, pero hay gente, dinero e intereses intentando hacerlas pasar por buenas. El que funge de candidato de la oposición ha planteado una campaña insípida, propia de los que no quieren meterse en honduras. Un país bello, pleno de paisajes esplendorosos, lleno de gente buena y amable, que está comprometida con una Venezuela diferente. Para el comando de la izquierda exquisita, no hay crisis que denunciar, ni contrastes que resaltar. Aunque cada cierto tiempo, lanzan un guante, intentan un debate, amañan una seña, como para que todo el montaje no sea tan tedioso, vulgar y ordinario.

Soluciones a la escasez de divisas, como el Petro, son otra quimera que hacen ver al régimen como especialmente preocupado por el desastre que ellos mismos han provocado. A estas alturas resulta una total necedad prestarle atención a ese juego de prestidigitación que no logra ni siquiera explicar cómo vamos a pagar el pasaje del autobús en una ficción monetaria que no es canjeable libremente ni tiene claro cual es el soporte del valor que dicen tener. Eso sí, podemos estar completamente seguros de que giras y suministros de la nomenclatura oficial se financian en dólares contantes y sonantes y no en la falsa moneda que ellos quieren imponer a los demás.

El nuevo “cono monetario” llamado ahora “bolívar soberano” morirá antes de nacer porque será devorado por la hiperinflación que a su vez es producto de la indisciplina fiscal que practica el régimen con malévolo candor. El intento de quitarle ceros a la hiperinflación es un esfuerzo inútil, flor de un día, porque es el equivalente de cubrir con una “curita” un sarcoma purulento. Mientras tanto, la crisis de efectivo es generalizada y los grupos más vulnerables tienen que “comprar dinero” con un sobrecosto que llega en algunos casos al 100%.

Las soluciones a la devastación de la moneda son objeto de airados debates. Unos se plantean la dolarización como opción mientras que otros defienden la causa del rescate del bolívar. Los primeros, entre los que me cuento, plantean la necesidad de quitarle al gobierno su capacidad de maniobra monetaria, que siempre dispone a favor de sus ínfulas populistas. Los segundos tal vez no incorporen en sus ecuaciones el grado de deterioro del sistema institucional financiero y monetario, ni se imaginen que el BCV actual es su propio espectro, que la corrupción es el signo más conspicuo de veinte años de gestión, y que lo que hay que recuperar de la manera más rápida posible es el  bienestar ciudadano, y que eso depende en mucho de la posibilidad de frenar la hiperinflación.

La industria nacional no existe. Tampoco la agroindustria. Lo que queda son empresas y hatos arruinados por décadas de intervencionismo, violación de la propiedad, inseguridad jurídica y ciudadana, caída del consumo, imposibilidad de adquirir materias primas, bloqueo de las compras internacionales, y una corrupción con la que es imposible llevar adelante un negocio. Las empresas cierran sin que otras abran. El talento sigue en fuga y las ventajas para las nuevas inversiones no existen. Los comercios lucen agónicos y el ánimo emprendedor sigue su merma. En esas condiciones no hay ninguna posibilidad de recuperación mientras no se reviertan las causas, que son políticas. Con el socialismo del siglo XXI, lo único que es factible es la continuación de la miseria y la servidumbre.

Los servicios públicos también son ficciones. Escuelas, hospitales, agua potable, suministro eléctrico, telecomunicaciones, servicios de internet, prevención de epidemias y catástrofes, ninguna de ellas está operando normalmente. Todo lo contrario, están en el borde de la falla operacional irreversible, porque así son las revoluciones, expertas en la mentira, ávidas en la profusión de propaganda, y muy malas en la gestión. No hay institución pública que funcione.Tampoco las FFAA.

La gestión de la soberanía también es un albur. El país es víctima de la violencia compartida entre grupos violentos de diferente tenor. Megabandas, grupos terroristas, guerrilleros, narcotráfico, paramilitares, y similares, parecen haberse repartido el país, con la complacencia de quienes deberían defender y garantizar el orden social y la vigencia de la ley. El viejo concepto de Estado cruje en Venezuela: Un gobierno que no logra garantizar a la población el control del territorio. También en esto son conspicuas las revoluciones.

Por todo esto debemos estar atentos, incluso suspicaces. Mantener el foco en la realidad nos inhabilita para creer en falsos profetas y en falsas soluciones. En estos tiempos menguados lo único que no podemos permitirnos es la alucinación:

  1. Esta crisis no se resuelve con “mejoras en las condiciones electorales”.
  2. Esta crisis no se resuelve con “negociaciones seriales” sin fuerza y respaldo popular.
  3. El régimen está organizando una farsa electoral para mantenerse en el poder.
  4. La unidad sin unidad de propósitos no es atributo de los estadistas, sino una vulgar trampa de la corrección política. El que juegue a la connivencia con el error, termina siendo víctima de sus equivocaciones.
  5. Nadie se acuerda del peligro subyacente en la vigencia espuria de una Asamblea Constituyente, sus poderes omnímodos, su constitución comunista, y la pretensión de ser lo que no es, allanando los poderes republicanos y siendo voceros oportunistas de una dictadura totalitaria.
  6. El petro no es una moneda. Es un cripto-canal para la corrupción y el lavado de dinero.
  7. El cono monetario no va a detener la hiperinflación. La va a encapuchar por un breve tiempo.
  8. Las empresas públicas están quebradas. El negocio petrolero ya no existe. Los servicios públicos viven el colapso. La industria nacional desapareció. La agroindustria dejó de tener sentido. No hay empresarialidad posible dentro de los cánones del socialismo del siglo XXI.
  9. La soberanía nacional está disuelta en un sinnúmero de grupos facciosos que se reparten el usufructo de la violencia.
  10. El país vive momentos de colapso, acelerado por los tiempos concedidos a los farsantes.
  11. Son tiempos para concentrarnos y mantener el foco en la realidad, a pesar de los espejismos de abril.

Víctor Maldonado

¿Cuándo “se jodió” Venezuela?

OPINIÓN COLUMNISTAS IDEOLOGÍA

Vivimos esa terrible circunstancia donde nada parece escandalizarnos

Victor Maldonado C.By Victor Maldonado C. On Mar 30, 2018

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German Carrera Damas, historiador venezolano, habló alguna vez del “barco de los locos” conducido por Hugo Chavez y su síntesis anacrónica de toda la barbarie militarista. (Flickr)

Escribo este artículo mientras las agencias internacionales no salen de su estupor por el resultado sangriento de un motín ocurrido en un centro de detención policial del estado Carabobo, en el centro norte de Venezuela. El saldo macabro sumó sesenta y ocho muertos, entre ellos dos mujeres que estaban allí de visita, con permiso de pernocta, una especie de autorización para la visita conyugal extendida. Lo ocurrido, primero fue censurado, los periodistas, que intentaron cubrir el hecho, hostigados, y luego simplemente inventariado, una reseña más de lo que aquí ocurre, dentro de la más absoluta normalidad socialista.

El fiscal general de la república despachó el hecho como si se tratara de hacer un inventario de oficina, eso sí, usando esa jerga leguleya-policial que pareciera darle distancia respecto de lo ocurrido. Un barniz peripatético de carácter discursivo, una especie de pañuelo en la nariz mediante el cual el responsable de la vigencia de los derechos humanos quisiera resaltar que él nada tuvo que ver “y que fueron designados cuatro fiscales para esclarecer los hechos”. El país de la mayor impunidad posible sonríe con irónico sarcasmo.

El inexorable colapso de las instituciones morales, la patética complicidad de las agendas subalternas, y la angustia ainstrumental de los ciudadanos, que no encuentran cómo enfrentar sus monstruos totalitarios, se trenzarán en un rápido olvido. También por eso estamos muy jodidos. Porque no somos capaces de hilvanar un argumento que nos haga ver que las sesenta y ocho personas que murieron fueron víctimas del descalabro judicial, la corrupción policial, y el desapego a los derechos humanos cuando se trata de los demás. La impunidad se ceba en ese deslave constante de acontecimientos, donde nada es suficiente, en el cual una cosa terrible sucede a otra más terrible aun, sin que se pueda procesar adecuadamente, sin que haya tiempo, ganas y energía para pedir un detente, exigir un reacomodo, y manifestar la convicción de que un país, conducido de esta manera tan primitiva, está condenado a la ruina.

Lo trágico es comprobar que esta tragedia carece de importancia a los ojos de la inmensa mayoría de los venezolanos, porque el país está reducido al espacio infinitesimal de la propia sobrevivencia en el cual los demás han dejado de ser parte de la república asediada que cada uno sufre intensamente.

Pero ¿cuándo comenzamos a jodernos de esta forma? ¿En qué momento llegamos a ser esto que indefectiblemente nos hace perder cualquier tipo de equilibrio? Si lo supiéramos perfectamente estaríamos mucho mejor de lo que realmente estamos. Pero hay atisbos que pueden convertirse en pistas. El primero de ellos ese complejo de sumisión ante el caudillo. Esas ganas de reducirnos a montoneras erotizadas cuyo proyecto vital es ir detrás de un líder autoritario que ni pregunta ni discute la ruta, que siempre es el abismo.

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También influye esa deuda impagada con la generación de libertadores, respecto de los cuales siempre sentimos una condición de inferioridad, incapaces de calzar las botas del mito. O esa negación constante de conectarnos con la realidad que nos impulsa a recorrer los senderos de lo imposible, que siempre terminan dándonos esos terribles encontronazos con lo factible, que nos frustra y nos hace repetir el ciclo con otro “que esta vez sí lo va a lograr, esta vez no nos va a defraudar”. Esa misma obsesión compulsiva que nos hace despreciar los esfuerzos constructivos de la república civil a la vez que somos recurrentemente permisivos con el saqueo practicado por los militares, esos “civiles armados” que, a juicio de Thais Peñalver, tienen como único proyecto la rapiña del presupuesto público y el uso abusivo del poder.

German Carrera Damas, historiador venezolano, habló alguna vez del “barco de los locos” conducido por Hugo Chavez y su síntesis anacrónica de toda la barbarie militarista, de raíces decimonónicas, mezclada perfectamente con un socialismo derrotado en sus consignas pero incapaz de perder la esencia de su ideología, que no es otra que esas ganas voraces de concentrar poder para reivindicarse ellos mismos, para empatucar de colores el inmenso fracaso vital que resulta ser un “hombre de izquierdas, progresista y humanista”, pero que no duda en mantener un coito intenso y perpetuo con la fuerza pura y dura ejercida por un militar inculto y lleno de resentimientos. El historiador propone que la simbiosis, entre estas dos formas de parasitismo político, se confabula para proponer una “ideología de reemplazo” donde la realidad se sustituye por visiones, por figuraciones, con las cuales quieren encubrir la debacle de sus consignas y la decadencia irreversible del ideario socialista.

Es el “barco de los locos” porque “los náufragos del socialismo autocrático se convirtieron en el vagón de cola del tren histórico del militarismo”. Y ninguno de ellos dudó siquiera de practicar esa amoralidad que les permite la contumacia con la guerrilla, los carteles y el terrorismo. Para ellos, todo es relativo, todo vale.

Venezuela se jodió cuando intelectuales, empresarios y clases medias se confabularon para tomar por asalto un estado patrimonialista, hecho a la medida de las ambiciones de todos ellos, porque no era otra cosa que la articulación casi perfecta del populismo, el militarismo, el socialismo silvestre y la decadencia etílica del pensamiento social venezolano. Todos ellos corrieron tras el fatuo mensaje de reivindicación y justicia, pero chocaron de frente contra su propia hecatombe. Todos ellos proclamaron que en sus manos si podía ocurrir esa Venezuela de la redistribución rentista perfecta, pero todo ellos cayeron víctimas del opio de la corrupción y de esa “vida fácil” que algunos encontraron a la sombra de la tiranía.

Nos jodimos cuando comenzamos a criticar la pobreza del país, sin señalar la ruta de la riqueza y la prosperidad, que no es otra que el mercado de libre competencia, el trabajo productivo y el respeto por la propiedad. Nos jodimos cuando nunca aludimos al verdadero responsable de esa pobreza, que no era otro que ese populismo con capacidad infinita de practicar el capitalismo de estado, que algunos incluso vieron como una segunda independencia. Nos jodimos cuando ratificamos que la riqueza del país debía administrarse desde el gobierno, sin participación de los privados. Nos jodimos cuando manoseamos el estado de derecho para ponerlo al servicio de facciones y de las mayorías circunstanciales. Nos jodimos cuando no supimos ubicar a tiempo el rol de subordinados a la republica civil que debían tener las FFAA. Nos jodimos cuando nos pretendimos potencia y comenzamos a pagar las alianzas y a prostituir la agenda internacional.

Nos jodimos cuando caímos en la adicción del mesianismo providencialista, cuando compramos que, si no eran estos los hombres, tenían que ser otros los que dirigieran con probidad un gobierno todopoderoso, inmanejable, azotado por las carencias institucionales, y sempiterno despreciador del ciudadano. Nos jodimos cuando asumimos que todas nuestras soluciones se encuentran en el gobierno, y en el hallazgo del hombre fuerte pero bueno, que nunca se encontrará, porque ya sabemos que el poder corrompe.

Ahora, vivimos esa terrible circunstancia donde nada parece escandalizarnos. Ni la muerte, ni el hambre, ni la violencia, ni la irresponsabilidad, ni la corrupción, ni la práctica cotidiana de la crueldad. Nos jodimos porque no hacemos las preguntas ontológicas sobre la política venezolana. Y mientras no nos escandalicemos, seguiremos jodidos, hundidos en el lodazal autoritario, perdidos para siempre, entregados a ficciones, integrados a facciones, o peor aún, resignados a falsas soluciones y ansiosos de un salvavidas fraudulento, que no nos van a lanzar, tal vez porque vivimos el fin de los tiempos, donde el trigo se separa de la paja, donde el adentro no es lo mismo que el afuera, donde la luz contrasta con la oscuridad.

¿Y SI NO NOS CREEN?

Victor Maldonado | 27/03/2018 | Artículos | No hay comentarios

Transcurre entre nosotros una clase intelectual siempre anegada de confusión, inmersa en un irresponsable compadrazgo

Cuenta Primo Levi en su libro “Los hundidos y los salvados” que las víctimas de los campos de concentración tenían una pesadilla recurrente “que los acosaba durante las noches de prisión y que, aunque variara en detalles, era en esencia la misma: haber vuelto a casa, estar contando con apasionamiento y alivio los sufrimientos pasados a una persona querida, y no ser creídos, ni siquiera escuchados”. Todos temían que en algún momento triunfase la desmemoria, y que todo ese sufrimiento atroz pasara a ser una fábula sin autor específico, que tal vez no ocurrió en ninguna parte, en ninguna época, y que por lo tanto no afectó a nadie. Afortunadamente, dice el autor, no fie así, entre otras cosas porque “hasta la más perfecta de las organizaciones tiene algún defecto, y la Alemania de Hitler, sobre todo en los meses anteriores a su derrumbamiento, estaba lejos de ser una máquina perfecta”. Quisieron borrar las trazas de sus crímenes, pero no lo lograron.

La desmemoria es una apuesta de las tiranías. Lo hacen a partir de la imposición forzada de sus propias versiones, el uso intensivo de la propaganda, y la duda cínica de un sector de la población que se niega a ser parte de tanta barbarie, aunque de hecho, lo sea.  Por eso mismo, parte de la obligación política de cada ciudadano venezolano es narrar su tragedia personal, contar cómo la está soportando, y no dejar de imaginar la desvergonzada trama de traiciones, colaboraciones y conspiraciones que se cebaron con el país hasta casi llegar a destruir sus cimientos morales y las posibilidades institucionales para la restauración futura de la normalidad.

Hay que decir que todo esto comenzó como una ansiedad siempre insatisfecha, nunca resuelta, de militares venezolanos, algunas veces investidos del providencialismo ideológico como excusa para conspirar abiertamente contra la república. Y el pago creciente que, como ofrenda sacrificial, hacían los sucesivos gobiernos democráticos para apaciguar esa ferocidad. Al final dieron el golpe definitivo, implantaron el socialismo del siglo XXI, arruinaron el país, organizaron el saqueo de sus recursos hasta no dejar nada en pie, y se confabularon en una red de represión fundada en la corrupción institucionalizada y la delincuencia organizada. Esa fuerza aparente les hace pensar que nada ni nadie puede desalojarlos del poder. Su ansiedad se alimenta de una extraña propensión, propia de los venezolanos, que parecen estar siempre dispuestos a seguir como montonera incondicional al caudillo, al hombre primordial, al uniforme y a la cachucha, a la palabra fácil y al engaño recurrente. Somos adoradores perpetuos e incondicionales del arquetipo del “hombre fuerte”. Pero ellos no son otra cosa que los bárbaros a los que alude Ayn Rand como enemigos rabiosos de la libertad.

Hay que decir que transcurre entre nosotros una clase intelectual siempre anegada de confusión, inmersa en un irresponsable compadrazgo, practicante del clientelismo, y muy proclive a la mendicidad ideológica. Todos estos atributos, propios del particularismo cultural que nos agobia, y de un familismo amoral que solo es bueno para organizar mafias y contubernios, hace que estemos azotados por una reflexión espuria en donde lo único importante es apuntalar al amigo y disimular las sinrazones. Es por eso por lo que historiadores, novelistas, poetas, dramaturgos, analistas, encuestadores, artistas, comunicadores, cómicos y afines conspiran en clanes, y se hacen practicantes asiduos del error, que les hace acompañar, con aplausos fáciles y explicaciones falaces, cursos de acción desacertados que solo conducen a la decepción sobre los alcances liberadores del pensamiento. Esos son los hechiceros a los que alude Ayn Rand como enemigos rabiosos de la libertad.

Hay que decir que a la oferta abierta y descarada de la corrupción se han articulado falsos empresarios, expertos en negocios sucios, vendedores del fraude, patrocinadores del descalabro ajeno, mentirosos de oficio, especuladores de bonos basura y tutores del endeudamiento irresponsable. Son los que, en lugar de resolver la crisis eléctrica, se enriquecieron. Los que, en lugar de importar alimentos, prefirieron imponer el hambre y la desnutrición entre los sectores más vulnerables del país. Son los que, en lugar de importar las medicinas, optaron por ser los patrocinantes indiferentes de la muerte absurda entre enfermos que hubiesen podido curarse. Ayn Rand no dudaría en calificarlos como los saqueadores feroces de la libertad.

Hay que decir que los venezolanos pasaron a ser tan pobres que hurgan entre la basura para lamer los restos que escasamente dejan los otros. Que los niños pobres no pueden tomar leche porque sus madres hambrientas no la producen, y mucho menos pueden comprar la sustituta. Que tampoco usan pañales porque son extremadamente costosos. Que intentan sobrevivir sin vacunas, porque no existen. Y que los más grandes no pueden ir a la escuela porque el hambre que sienten no los deja estudiar. No es que el país no tenga recursos. El problema es que los administra indebidamente un gobierno incapaz y depredador.

Hay que decir que los padres están abandonando a sus hijos recién nacidos porque no consiguen como criarlos. Y que familias renuncian a sus mascotas porque no hay forma de alimentarlas. Que muchos ancianos han quedado solos y abandonados porque sus hijos salieron huyendo, o se los mataron en medio de una epidemia de violencia imparable. Hay que decir que decir que, en los últimos 18 años, los del régimen del socialismo del siglo XXI, se han sumado 307.920 víctimas de la violencia, que la impunidad ronda el 96%, y que se está incrementando notablemente la tasa se suicidios. No es que el país se haya vuelto aversivo. El problema es un gobierno que patrocina el caos, la disolución y la anomia.

Hay que decir que vivimos azotados por la industria del secuestro. Que grupos paramilitares, afines al gobierno, se financian con el delito. Y que las mafias de las drogas han encontrado en Venezuela su santuario y facilidades para desarrollar sus negocios. Hay que decir que las guerrillas, falsamente desmovilizadas, operan en Venezuela y controlan porciones del territorio. Y que muchos aseguran que Hezbollah actúa en el país (http://elestimulo.com/climax/ esta-hezbollah-en-venezuela/). Hay que decir que el país parece haber sido entregado a una confederación del mal, a pesar del ostentoso discurso nacionalista que practican los que están al frente del país.

Hay que decir que el régimen necesita una oposición dócil y asidua con su agenda política. Y que esas elecciones no son tales, sino una simulación fraudulenta que cuenta con la comparsa de Henri Falcón acompañado por buena parte de la izquierda exquisita, y el respaldo de los depredadores de la política, de aquellos que practican el mercenarismo partidista, o simplemente asumen la política como un buen negocio. Hay que decir que no existe unidad en el frente, que se perdió en la irrelevancia las esperanzas puestas en la Asamblea Nacional, que hay políticos que no quieren volver al país, pero no quieren reconocerlo, que otros se están yendo porque se sienten perseguidos, pero no lo aclaran a sus representados, y que cuatro partidos que viven de sus propias nostalgias tienen secuestrada la dirección estratégica para asegurarnos la bancarrota de la libertad.

Hay que decir que las mayorías estamos siendo víctimas de una minoría que fraterniza con el régimen. Y que el régimen es más que el gobierno, incluye esa oposición diletante y peripatética que no sabe cómo hacer, pero quiere seguir haciendo. Hay que decir que esto que vivimos es el comunismo. Que todas las experiencias de su tipo terminan en hambre, racionamiento, represión y muerte. Que esas cuatro maldiciones están concentradas en el carnet de la patria, y que las bolsas CLAP son el delivery de las tarjetas de racionamiento cubana.

Hay que decir que esto tiene que acabarse, pero solo concluirá cuando esto que estoy diciendo se transforme en una certeza universal. Porque, desde que lo estamos viviendo, que ya pasa de los veinte años, han sido muchas las ocasiones en que el olvido fácil ha jugado a favor de la tiranía. Por eso mismo debemos ser heraldos de la realidad, narrar nuestras vivencias y asumir con coraje que solo la verdad nos hará libres. Como bien dijo Samuel Taylor Coleridge en su Balada del viejo marinero, “desde entonces, en la hora incierta, regresa esa agonía: y hasta que se cuente mi espantosa historia, este corazón dentro de mí arde”. Y ojalá nos crean.

El régimen fallido

Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura

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Nada nuevo va a ocurrir el 22 de abril. Ese día se simulará una elección y se cometerá fraude nuevamente. La única diferencia es que esta vez todos lo sabemos, los que vivimos esta tragedia y la comunidad democrática internacional. Tampoco es cierto que ese día se va a instaurar definitivamente el comunismo. Lamentablemente ya vivimos ese proceso de devastación y prepotencia, y desgraciadamente experimentamos sus terribles efectos en la libertad y calidad de vida. El comunismo es planificación central y apropiación de la propiedad privada de los medios de producción. Es dirección coercitiva y expoliación de las libertades. Pero sobre todo es un sistema que reprime la verdad para que no sea evidente lo único que muestra la realidad: que el comunismo es un intento que siempre fracasa.

Algunos dudan sobre la cualidad comunista del régimen. Afiancemos nuestra convicción con lo que plantea Ayn Rand al respecto: ““No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio”. Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura. No nos comportemos entonces como los perdonavidas de la tiranía.

No hay comunismo que haya funcionado. El impedir la empresarialidad y el pretender que el sector público puede hacer mejor las cosas que los privados en régimen de competencia hunde a las utopías del igualitarismo en el estercolero de la bancarrota. El abatir el sistema de mercado y perseguir a los empresarios hasta arruinarlos siempre concluye en el tipo de catástrofe que experimentamos ahora los venezolanos. La huida hacia la nada que intentan todos los comunismos se llama “la solidaridad de los pueblos”, que no es otra cosa que el descuartizamiento de la soberanía nacional para entregarla a los intereses del comunismo internacional. Cuba es, en nuestro caso, el beneficiario de la estulticia de la izquierda venezolana. Y la obsesión de los comunistas locales complementa la desventura al construir amistades y relaciones orgánicas con todos los enemigos de la libertad. Es así como, siguiendo el guión castrista, Venezuela se ha convertido en el albergue de lo peor del mundo, hasta llegar a ser lo que somos hoy: un país sometido a la depredación de los que dicen ser sus aliados.

Los comunistas al final develan sus verdaderas intenciones, mantener el poder al precio que sea. Por eso se alían con las fuerzas armadas, a las que malogran y envilecen para hacer de ellas instrumentos serviles de un proyecto imposible de ser instrumentado. También por eso se fabrican una oposición a su medida, experta en perder oportunidades y en seguir a pie juntillas el libreto provisto por el régimen. Con el mismo objeto salen a reclutar pseudointelectuales que proclamen las maravillas del igualitarismo socialista y vean lo que ningún otro puede apreciar: los éxitos sociales, económicos y políticos logrados por el socialismo. Esta casta de prostitutas y meretrices del pensamiento, entre los cuales se encuentran los falsos encuestólogos, son esenciales para intentar versiones creíbles y amortiguadoras de la disonancia creciente con la realidad.

Pero la realidad es inexorable. Una hiperinflación que los más conservadores ubican a fin de año en cifras impensables, la desnutrición que asola a cerca del 90% de los niños venezolanos, la desbandada de la población que busca desesperadamente otros horizontes, el cierre masivo de empresas y comercios, la desaparición literal del efectivo, la depauperación de la moneda, la crisis inmanejable de los servicios públicos, las calles dejadas al arbitrio de la violencia, porciones crecientes del territorio nacional controladas por bandas, guerrillas, paramilitares y narcomafias, y una población que, en condiciones de depauperación, sufre amargamente la dependencia creciente de un estado irresponsable que los somete al chantaje del hambre a cambio de una completa y servil sumisión. En eso consiste el programa de bolsas CLAP y el carnét de la patria.

La economía está destrozada. Pero lo que más perturba es la obsesión totalitaria del comunismo. Su proyecto es de acumulación de poder. Y no para servir al ciudadano sino para aplastarlo. Necesitan control total porque la verdad es una denuncia feroz de su fracaso. Por eso imponen censura, persiguen la política y degradan su ejercicio a la complicidad y la connivencia. El silencio complaciente les sienta mejor que la denuncia valiente y causal de lo que efectivamente ocurre. Para mantener su poder en medio de la ruina que provocan, necesitan que todos los aspectos importantes de la vida de los ciudadanos dependan de ellos en condiciones de extrema necesidad. Un pasaporte, por ejemplo, o un dólar, el acceso a la comida, el sentirse seguros, el poder viajar, el recibir efectivo o tener la posibilidad de recibir una medicina, cualquier cosa está condicionada al reconocimiento del régimen y al sometimiento absoluto a su voluntad.

Este comunismo ha derivado en lo de siempre: un régimen fallido, incapaz de ser útil y eficaz, pero tratando de compensarse siendo cruel y desalmado. Las largas filas de venezolanos intentando salir del país de cualquier manera es la mejor demostración de lo revulsivo que termina siendo vivir la experiencia. Ayn Rand, que vivió en carne propia toda esta desolación, pero en su versión soviética, denunciaba con meridiana claridad que “cuando uno observa las pesadillas de desesperados esfuerzos hechos por miles de personas que luchan para huir de los países socializados…, de escapar a través de las alambradas, bajo el fuego de las ametralladoras, uno no puede seguir creyendo que el socialismo, en cualquiera de sus formas, esté motivado por la benevolencia y el deseo de alcanzar el bienestar humano”. El discurso del amor y paz socialista es pura paja. La realidad es tenebrosa: Ellos no tienen otro proyecto que el saqueo y la rapiña al precio de la violación sistemática de cualquiera de los derechos humanos, y con la crueldad, supuestamente aleccionadora, que los hace practicar la tortura y procesos sumarios en lugar de la justicia.

Por cierto, fue también Rand la que advirtió que practicar “piedad con el culpable es traicionar al inocente”. Hay que tener cuidado al tratar desde la perspectiva moral este proceso, sin hacer la debida reflexión. Es repugnante la impostura ética asumida como forma de aprovechamiento político. Mas asquerosa resulta la política de varios raseros al tratar los casos. Los que se rasgan las vestiduras por los propios y han guardado un escandaloso silencio por los ajenos. Los que presumen una superioridad moral porque supuestamente practican el perdón desde ya, un perdón incondicional, irreflexivo, inconsulto, y por esas razones, absolutamente denigrante de las víctimas.

Por eso, porque en cada esquina hay un bufón disfrazado de sacerdote, hay que hacer algunas aclaratorias y precisiones. Primero hay que aclarar que nada ha concluido. El comunismo ya lo estamos viviendo, pero no podemos decir que es un episodio consumado. ¿Es tiempo del perdón? No todavía. Es tiempo de desafío y de fortaleza, de decir la verdad y de separar la paja del trigo. De exigir responsabilidades y de determinar culpas, victimarios y víctimas. De pensar en qué tipo de justicia deberemos aplicar y con cuanta tolerancia. Y de determinar cual es el premio a los que deserten de la tiranía para contribuir a la causa de la libertad. El largo camino para el perdón comienza con el descubrimiento de la verdad, tiene que adoquinarse con el ideal de la justicia, la restitución que sea posible y necesaria, y la develación de las tramas de complicidades que apuntalaron al régimen y le dieron soporte. La verdad, la justicia y el perdón nos dará libertad. Pero debemos respetar la secuencia, so pena de pasar por ilusos y acompañar la complicidad.

No es poca cosa ser responsables de destruir un país, de entregar la soberanía, de aniquilar las instituciones, de envilecer la economía y de humillar a los venezolanos al acabar con su dignidad. Eso es precisamente el legado de todos los comunismos, también de este. Hacernos fallida la vida y malograda la esperanza. O por lo menos intentarlo al altísimo costo de los que han muerto, sufrido violencia, padecido soledad y experimentado el hambre. El comunismo es el infierno. A las puertas de cada experiencia debería advertir, con las palabras de Dante, “”Por mí se va a la ciudad doliente,

por mí se ingresa en el dolor eterno, por mí se va con la perdida gente”.

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