Archivos de etiquetas: VictorMaldonadoC.

No habrá olvido para nuestros héroes ni perdón para sus verdugos, que también son los nuestros

18 Junio, 2017 resistencia Opinión 0

Víctor Maldonado

Corría el año 431 a.C. Atenas vive su esplendor, aun cuando se encuentra en los albores de una guerra terrible, la guerra del Peloponeso, que iba a enfrentar dos potencias cuya fortaleza se basaba en dos ideales absolutamente contrapuestos. Toda guerra trae consigo la tristeza por los caídos. Pericles, Comandante en Jefe de la Liga de Delos, encabezada por Atenas, tiene el deber de razonar los terribles costos de la guerra. Y lo debe hacer en presencia de aquellos cuyo valor y honor se había expresado con el irremisible costo de la muerte. Una fría mañana se dirige al Cementerio de El Cerámico, situado al suroeste de la Acrópolis. Le corresponde el triste papel de enterrar a sus mejores hombres, y frente a sus deudos, justificar tan espantosos hechos.

La libertad, arguye Pericles, es un resultado. Generaciones enteras de los que aquí han vivido, han defendido con coraje su heredad, y con mucho temple han hecho prosperar el legado que nos ofrecen a los contemporáneos. No siempre resultó fácil, pero nuestros padres siempre tuvieron la disposición de defenderla para que nosotros, sus hijos, y los hijos de nuestros hijos, sintiéramos el orgullo de sabernos dignos de la herencia que recibimos, y que también estamos dispuestos a defender. La democracia es un invento que todavía luce precario. ¿Vale la pena el sacrificio de todos los allí presentes por una idea que recién se está estrenando?

La argumentación debe ser sublime. Allí, frente a las tumbas abiertas, tiene que encontrarle sentido al dolor que todos sienten. La democracia, es una gestión de lo público, que intenta favorecer a las mayorías. Es inédita en ese esfuerzo, y en su apertura a otros. Abrimos nuestra ciudad al mundo conocido, para que los demás aprendan que es posible un régimen de convivencia que, apegado a la ley, sea heraldo y garante de una vida fructuosa para cada uno de los ciudadanos. Pero que quede claro, todas estas instituciones, toda nuestra concepción de la política, descansa en la confianza que tenemos en el arrojo indómito de nuestros ciudadanos. Son muchos los peligros que afrontamos. No es despreciable la envidia, tampoco la negación a ultranza del compromiso que tenemos con lo que somos: hombres libres dispuestos a defender la libertad aun a costa del sacrificio de los mejores de entre nosotros. Solamente la libertad merece toda esta inmolación.

Nosotros, prosiguió el Estrategos, educamos para que cada quien pueda realizar sus deseos. Aquí, todos nosotros vivimos exactamente como nos gusta. No vivimos para la guerra. No existimos para la ciudad. Vivimos para nosotros, pero sabemos construir unidad cuando nuestra forma de ser se ve amenazada. En ese momento nos alistamos de inmediato y nos convertimos en un enemigo invencible, capaz de demostrar un compromiso inalienable. Por eso nos temen aquellos que nos envidian. No es indiferencia ni descuido. Vivimos para nosotros, pero estamos preparados para enfrentar cualquier peligro con esta doble ventaja: escapamos de la experiencia de una vida dura, obsesionada por la aversión al riesgo; y sin embargo, en la hora de la necesidad, enfrentamos dicho riesgo con la misma falta de temor de aquellos otros que nunca se ven libres de una permanente dureza de vida. Nosotros no vivimos para la guerra. Vivimos libres, y en caso de necesidad, morimos para que los que quedan, puedan experimentar la inmensa alegría de la libertad.

Entre nosotros y cualquiera de los demás que se nos enfrenta hay una notable diferencia. Nosotros no nos sometemos a la esclavitud de un amo. No queremos tener un soberano absoluto, no queremos ser obligados a prosternarnos en presencia de nadie. Lucharemos, independientemente de los costos, sin pensar en que nuestros adversarios sean muchos más, o que sus armas sean más letales. Nosotros solo tenemos como dueño el imperio de una ley soberana, a la que tememos, y frente a la cual comprometemos nuestros esfuerzos. No somos esclavos ni vasallos de nadie. Vivimos bajo nuestra responsabilidad, y asumimos nuestra existencia con simplicidad, esfuerzo y estoicismo. Cada cual es el dueño de su vida y de sus resultados. Todos debemos ser capaces de producir y provocar nuestra propia prosperidad con nuestro trabajo, a la par de estar pendientes de la suerte de nuestra ciudad. Nuestros hombres públicos tienen que atender a sus negocios privados     al mismo tiempo que a la política, y nuestros ciudadanos ordinarios, aunque ocupados en sus industrias, de todos modos, son jueces adecuados cuando el tema es el de los negocios públicos. Aquí nadie vive para nadie. Ninguno de nosotros es el destinatario del esfuerzo de los demás. Pero entre todos mantenemos a nuestra ciudad, como la mejor expresión de cómo queremos seguir viviendo.

El suave viento marino, refrescado por los árboles circundantes, coreaba las palabras del dirigente de Atenas. La historia no tiene sentido si es la narración de los desmanes de un tirano. Nosotros hemos inventado una forma de convivir donde la lucha es otra. Darnos a cada uno de nosotros la oportunidad de reflexionar sobre nuestra propia trascendencia. Nosotros somos los dueños de nuestro propio destino, donde lo único reprobable, la única desgracia, es el desánimo que nos hace pobres e incapaces de salir del foso de nuestras propias circunstancias. Todos nosotros somos capaces de juzgar nuestro acontecer histórico, y solo los mejores de entre nosotros, reciben la encomienda de dirigir nuestros acontecimientos. Nosotros hemos inventado el mérito que producen los resultados y el compromiso con la causa de la libertad.

Nadie puede sentirse libre si está eximido de debatir sobre las causas y consecuencias de nuestro actuar. Somos libres porque discutimos abiertamente, y no le guardamos respeto al silencio adulante. Somos libres porque desafiamos y exigimos a los que nos dirigen, sin que medie la actitud servil que siempre impone la tiranía. Somos libres porque entre todos definimos y demarcamos nuestro que hacer. Somos libres porque representamos el espectáculo singular de atrevimiento irracional y de deliberación racional en nuestras empresas: cada uno de ellos llevado hasta su valor extremo y ambos unidos en una misma persona. Los otros no han sido capaces de descubrir el sacrificio audaz y de pronto inexplicable, pero que se fundamenta en razones trascendentes. Entre nosotros la inmolación no es locura irreflexiva, es determinación de un compromiso total con una causa que vale la pena: el que nosotros, los que aquí quedamos, vivamos como queremos, aun al costo terrible de la sangre derramada de los que enterramos hoy.

Por eso hoy celebramos el valor de los que pudiendo vivir, decidieron que morir valía la pena, porque la causa es Venezuela. Ellos, que disfrutaban de la vida, en su mejor momento, no retrocedieron ante el peligro, y ahora los vemos convertidos en símbolo de nuestra lucha. Una lucha que luce impostergable porque lo que está planteado es ganarlo todo, o perderlo todo de una buena vez. ¿Qué perdieron ellos para que nosotros tuviéramos una oportunidad de experimentarla? Ellos abonaron el fértil campo del poder ser libres para prosperar. Ellos lucharon para que la ley fuera el marco de la justicia. Ellos se inmolaron para que, en lugar de esta aplastante tiranía, todos pudiésemos convivir como ciudadanos dignos, dueños cada uno de su destino, al amparo de la ley, en libre competencia, con el respeto de lo propio, y de lo ajeno, al margen de la censura y el silencio autoimpuesto, sin miedo al otro, y sin el oprobio del hambre, la enfermedad, la ignorancia y la pobreza. Esta es la idea de país por la cual estos jóvenes, hombres y mujeres, han dado la vida, y por la cual muchos de nuestros mejores están sufriendo cárcel y destierro. Ellos lo han dado todo, y estoy seguro que los que aquí quedamos, para velar su heroísmo, estamos dispuestos a morir por la misma causa. La causa es Venezuela. Ellos lo invirtieron todo, por una idea. Ellos, nuestros mejores, lo terminaron siendo porque todas sus otras imperfecciones se lavaron en el altar de su propio sacrificio. Nadie los obligó, fue su propia ansia de no perder lo que, paradójicamente, muchos de ellos nunca tuvieron la oportunidad de experimentar plenamente. Para la mayoría, la experiencia de la libertad les fue confiscada por veinte años de trama autoritaria. Pero ellos, entre pecho y espalda, llevaban esas ganas de devolvernos a nosotros lo que ellos nunca tuvieron.

Y mientras se arrojaban hacia la esperanza de volcar la incertidumbre de la victoria, en la empresa que estaba frente a ellos, prefirieron morir resistiendo, en lugar de vivir sometiéndose. El esfuerzo de unos pocos, decían, será la oportunidad para muchos. No se cuidaron ellos, ni la tiranía les dio el chance. Pero nadie los vio retroceder. Algunos murieron incluso sonriendo, otros, sin dar crédito a la muerte que los invitaba irrevocablemente, susurraban palabras de libertad hasta el último aliento. Ellos huyeron solamente del deshonor. Y luego de un breve momento, que resultó la crisis de su fortuna, durante el cual pensaron en escapar, no de su miedo, sino de su gloria, enfrentaron la muerte cara a cara, por nosotros, y para que los que aquí quedamos tengamos algún chance de vivir en libertad.

¿Nos damos cuenta del compromiso que su sangre derramada nos impone a los que todavía sobrevivimos? Pericles tenía a la vista los cuerpos todavía insepultos, y al resto de la ciudad escuchando atentamente sus palabras. Los héroes tienen al mundo entero por tumba. Cada amante de la libertad, en cualquier época, en cualquier sitio, encontrará en nuestros héroes de hoy, el aliciente para seguir luchando. De esta forma su lucha será modelo y acicate a todos los desafíos que la libertad sufra en cualquier época.  Ellos, nuestros héroes, no optaron por la degradación de la cobardía, sino por la nobleza de ser, a partir de ahora, los protagonistas de una nueva gesta. Ellos son los libertadores del presente, y el aval moral para el futuro, que nosotros, en nombre de ellos, tendremos que labrar.

La tiranía acecha y asesina. Pretende reducirnos al criminal silencio de la opresión. Intenta ganar una batalla que, a lo largo de más de dos milenios, nunca ha podido ganar definitivamente. La tentación de lo absoluto siempre se estrella contra el pecho abierto de los que ni se resignan ni endosan su responsabilidad en la construcción de sus sueños. Muy malo tiene que ser el otro que derrama sin misericordia la sangre del que solo quiere vivir en paz para poder prosperar. Muy malo tiene que ser el que apunta a matar, sin saber que las ideas no mueren, y que la democracia, ese invento griego, es un ansia imbatible que se ha convertido en derecho adquirido por la lucha de nuestros mejores hombres. Los malos matan al hombre creyendo que con su muerte también asesinan sus convicciones. Los malos se equivocan. Las convicciones son imbatibles.

Pericles vivió su tiempo, su innovación política, y esa inmensa oportunidad de vivir las ideas y sus costos. Nosotros vivimos el nuestro, con el inmenso peso del yugo que cargamos, totalitario y astringente de cualquier posibilidad del vivir libres. Pero también somos espectadores y a la vez protagonistas de ese heroísmo que pocas veces reconocemos en nosotros, pero que ha estado allí siempre, y que se expresa con doloroso esplendor en los que, por nosotros, se han inmolado. Para ellos, solo una cosa no habrá: el olvido, como bien lo dijo Borges. Y cuando las batallas den paso a la victoria, que sean ellos las palabras que pronunciemos, la narración que contemos, y los héroes que aludamos. Porque ellos nos hicieron a todos libertadores, en esta gesta, que ojalá sea tan útil como para que nunca más caigamos .

Comentarios

Víctor Madonado C.: La democracia venezolana como problema (Entrevista imaginaria con Marcel Granier)

40 mins ago Opinión

thumbnailVictorMaldonado-3

Esta entrevista nunca ha ocurrido. Es el producto de tratar de entender su pensamiento, a través de la lectura de sus obras, entrevistas y notas de prensa. Mi reconocimiento a un venezolano imprescindible, ahora que recordamos que hace 10 años fue despojada RCTV.

Poco más de treinta y dos años han pasado desde la edición del libro “La Generación de Relevo vs. el Estado Omnipotente. ¿Perdió la batalla la generación de relevo? ¿Fue capaz de realizar los grandes cambios que Venezuela requería para hacer realidad el sueño de El Libertador? El que deseó esa trama de cambios, el que hizo todo lo posible para delinearlos, sigue aún hoy deseando lo mismo y enfrentándose al mismo adversario: el poder inescrupuloso y enfermizo, que se corrompe, que se organiza en mafias de solidaridades automáticas, y que construye para si una ideología autoafirmante que seduce e invita a una pasiva entrega a la mascarada más benigna de un monstruo terrible. El Estado providencial es el antifaz del populismo autoritario y desconfiado que para sobrevivir no tiene escrúpulos en aniquilar esperanzas y convicciones de los mejores venezolanos.

Treinta y tres años después el autor podría estar enfermo de escepticismo. Pero para eso es demasiado tarde. Sigue encarando los espectros de siempre, pero ahora lo hace con mayor claridad y firmeza, un privilegio que le dan los años y el haber permanecido aquí, entre nosotros, a pesar de la implacable persecución de la que ha sido objeto. Tal vez intuya que toda circunstancia es pasajera, y que todo lo que soñó que podía ser posible, al final se va a lograr, pero por los caminos más tortuosos. Un país condenado a estar siempre al límite, ese espacio inexplicable donde compiten los delirios con la ingenuidad y el conformismo. Un país que parece vivir de la nostalgia heroica, pero que no consigue recobrar la grandeza moral de la que hizo gala en los quince años de la declaración de independencia. Un país que perdió sus pasos y que se entregó sin demasiada resistencia al Estado.

¿Venezuela es ese país de las oportunidades perdidas?

No es casual que las preguntas que me formulé en 1984 sean las mismas que hoy podríamos hacernos, y que tengamos encima el mismo yugo. Hemos sido víctimas de una forma de relacionarnos con el Estado que nos ha transformado en sus víctimas propiciatorias. Las claves han sido el despilfarro, la corrupción y los espejismos de las empresas públicas. La frustración social sigue teniendo el mismo origen en un Estado que promete mucho pero que al final solo ha sido eficiente en la repartición de la pobreza y de la represión. Hemos sido engullidos y regurgitados por una entidad voraz e insaciable. Nos han convertido en un país aislado, intencionalmente desinformado, víctima indefensa de una violencia sistemática, de una corrupción que medra entre la promoción obscena y la más desfachatada impunidad. Sobrevivimos con muchas dificultades a las consecuencias cotidianas de una ausencia total de justicia y de la incapacidad pública y notoria, de quienes nos gobiernan, para administrar con eficiencia y transparencia. Habría que preguntarle a todos los que en el camino han sufrido algún tipo de perjuicio si se sienten ganadores o perdedores. Porque las consecuencias están a la vista. Es difícil ocultar esta convivencia trágica en la que cientos de venezolanos mueren mensualmente bajo el hampa descontrolada y los responsables no son castigados. Difícil obviar el sufrimiento por el deterioro de todos los servicios públicos y la perplejidad de los que se preguntan qué se ha hecho con toda la riqueza proporcionada por la renta petrolera. Difícil ser patrocinantes pasivos de la maraña de alianzas nacionales e internacionales que han significado un monumental costo de oportunidad para millones de venezolanos. Pero no debemos perder de vista que todas estas terribles circunstancias se repiten como si no pudiéramos deshacernos de un ciclo infernal. No podemos dejar de preguntarnos sobre las razones graníticas que nos mantiene estancados en el mismo guion y en esa angustiosa repetición. Tenemos que resolver el acertijo fundacional sobre por qué derrochamos las oportunidades que se nos presentan.

Un estado voraz y depredador sin que haya posibilidad de compensarlo desde lo privado

M.G. Ha habido una constante en la persecución del emprendedor, del inversionista, y de la empresa privada. El Estado nunca ha aceptado competencia ni ha permitido los contrastes. Las víctimas se pueden contabilizar en términos de pérdida de empleos y en esa dependencia creciente de todos los ciudadanos al tener que transar con los gobiernos sus fuentes legítimas de subsistencia. El aparato productivo privado ha sido sometido al asedio constante mediante un régimen de controles y condicionamientos que han llegado al colmo con la imposición de la violencia económica practicada por el socialismo del siglo XXI. ¿Cómo hemos podido llegar a experimentar esto? Una de las claves del poderío del Estado está en nuestra indefensión jurídica. Vivimos una ausencia absoluta de seguridad jurídica. Sufrimos un régimen donde no existe independencia del poder judicial y, por lo tanto, la débil referencia al imperio de la ley no es suficiente aval para el respeto de los derechos de propiedad. El Estado venezolano vive del chantaje y requiere una hegemonía absoluta en todos los órdenes. El ciudadano, empresario o trabajador, ha tenido que aprender a ser un gestor cuya dedicación casi absoluta tiene como referencia a un gobierno que inventa permisos, trámites y limites que terminan por obligarnos a la genuflexión. El que no esté en disposición de hincarse paga el precio. Por eso no es casual que Venezuela depende de un único recurso y que tengamos niveles de empresarialidad tan bajos.

Treinta y dos años después parece que la profecía apocalíptica terminó concretándose

M.G. Probablemente haya razones históricas y culturales de peso para que entre todos hayamos permitido la instauración del Estado Omnipotente. En aquel entonces advertí de la inconveniencia de endosarle toda nuestra libertad y responsabilidad, que son atributos individuales, a ese Estado que no paraba de exigir más y más grados de autonomía sin que por eso se dispusiera a rendir cuentas. Sin discutir demasiado renunciamos al debate con consecuencias sobre el desarrollo del país y el sistema de vida que queríamos edificar. Todo eso lo intercambiamos por consignas y personalismos que al final nos defraudaron. Confundimos la grandeza del Estado con prosperidad, y nos sentimos propietarios de un conjunto de proyectos y desafíos que al final solamente se convirtieron en deuda, pobreza y desencanto. El gobierno dispuso de la riqueza del país y se apoderó de todo lo que él mismo, de manera unilateral, definía como estratégico. Nada de eso ha impedido que seamos un pobre país que se cree rico. Y fue así porque los ciudadanos fuimos desempoderados a favor de un Estado que nunca tuvo la intención de reciprocar. Compramos la ilusión social de la riqueza súbita y transformamos la heroicidad de nuestros libertadores en el espejismo de que aquí todo es posible, incluso, prosperar sin trabajar productivamente. Nos engolosinamos con el providencialismo, extendimos la mano que pide con demasiada facilidad y por demasiadas veces. Y al final, compramos explicaciones falaces que nos hacían ver que era posible realizar todas esas aspiraciones siempre y cuando le diéramos el mandato al hombre fuerte del momento. Las razones de nuestro apocalipsis es nuestra ligereza excesiva, de la cual se ha aprovechado el Estado para aplastarnos definitivamente.

Y sin embargo la propaganda del gobierno lo muestra como si fuera todo lo contrario. Insiste en que todo el poder reside en el pueblo, y que como nunca antes el pueblo es ahora el protagonista de esta hora del país. 

M.G. La realidad dista mucho de ser la que pregona la propaganda oficial. Ellos presumen de lo que carecen. El esfuerzo ha sido el aislar al ciudadano y el usar una puesta en escena tras otra para traficar con la realidad. Este es un país silenciado, y RCTV es uno de sus esplendorosos ejemplos, el más notable, pero no el único. El gobierno cerró la estación aun contra la voluntad de los ciudadanos, y sabiendo que debía pagar un costo político altísimo. La razón de estado que esgrimió fue perversa y falaz. La verdad es que detrás de estas medidas estaba la decisión autoritaria de impedir que los venezolanos tengan una versión apropiada de la realidad que están viviendo, que la puedan compartir, y que sobre ella puedan ejercer su derecho a reclamar y a protestar. Pero salgamos, al menos por ahora, de lo anecdótico para seguir identificando viejas y nuevas tendencias. Este Estado Omnipotente quiere obtener toda la impunidad posible, sus operadores quieren seguir enriqueciéndose a toda costa mientras acusan a los empresarios de ser la razón de todos los males del país. Quieren exacerbar el secretismo para poder sortear los escasos obstáculos de un estado de derecho derribado y sometido. Y como lo sabemos hoy, todo esto lo quieren sin que les importe la suerte de los venezolanos. Todo lo contrario, más allá de las tramoyas y los escenarios de las cadenas presidenciales, un Estado todopoderoso termina odiando al pueblo y deseando su desaparición. El ciudadano ha sido silenciado y cegado. En este país no se sabe nada sobre el gobierno ni sobre el estado de la nación. No se rinden cuentas. No podemos dimensionar la magnitud de cada una de las crisis. Ni sobre el narcotráfico, ni sobre la situación de las cárceles, ni sobre el número de las casas construidas. Suponemos el crecimiento de la violencia y de los crímenes, pero el gobierno nos niega el derecho a saber cabalmente lo que efectivamente está ocurriendo. No se sabe dónde está el oro de las reservas internacionales. No se sabe la magnitud del desfalco. No tenemos idea de la deuda y de sus condiciones.  Vivimos a ciegas porque el gobierno pervirtió las estadísticas. No sabemos cuántos somos, cuántos sobreviven y cuántos mueren. Cualquier cifra es sospechosa porque los Estados Omnipotentes terminan siendo expertos en la mentira y en el fraude. Nos han impuesto por la fuerza el aturdimiento y esa condición terrible que se expresa en la verdad oficial. Nadie puede creer en bajo esas condiciones el pueblo esté realmente empoderado.

Ni siquiera somos ahora ese factor de producción que tanto criticabas en su momento porque negaba la posibilidad del poder compartido y compensado que es típico de las democracias.

M.G. Porque ahora no vivimos en democracia y resulta absolutamente fútil pretender compartir algo con un Estado Omnipotente, autoritario y de ideología radical marxista, como el que permitimos degenerar. Ahora es imposible la participación democrática, que por cierto siempre fue recelada por los políticos. Bajo la falsa consigna de que había que limitar el poder político de los factores económicos llegamos a entregar todo el potencial nacional a un caudillo golpista. Debemos seguirnos preguntándonos sobre los por qué. Los procesos de modernización a los que hemos sido expuestos no han podido desarraigarnos del misticismo y del realismo mágico. Aquí creemos en el milagro de la riqueza súbita y recelamos de las fortunas bien constituidas porque han sido el fruto del esfuerzo productivo. Eso que llamé el “complejo del maná” sigue siendo uno de nuestros elementos constitutivos, porque aun viviendo al borde, esperamos siempre que ocurra el milagro.  Los milagros, ya los sabemos, no existen. Pero si existe la tentación de vivir el infantilismo político que quiere sobreprotegerse a la sombra del providencialismo público. Ese abrazo es mortal porque sobre-exige al ciudadano que entrega todo a cambio de muy poco. La promesa es falsa, pero sus consecuencias son verdaderas. La renta petrolera nunca ha sido suficiente para financiar un Estado que no para de crecer. Pero los espejismos que utiliza, por ejemplo, la gasolina regalada, nos hacen perder de vista que la miseria y la inflación son exigencias que terminan siendo irrenunciables. El gobierno termina siendo un obstáculo tras otro para los que lo quieren hacer bien, mientras que los que apuestan al compadrazgo y la impunidad que permite la complicidad, terminan envileciendo a su favor todo el entramado social. El poder en manos del pueblo es un espejismo del que se han beneficiado los que están dirigiendo el proceso, que además son los patrocinantes de un caos social del que nos costará mucho salir. Eso que llaman “los colectivos” son bandas armadas que operan a favor del gobierno y mediante su patrocinio. Pero detrás de ese eufemismo no hay poder ciudadano sino desorden social que forma parte del esquema de sometimiento y silenciamiento de la sociedad. Nadie que viva con tanto temor puede creerse poderoso.

Algún día perderemos el miedo a la libertad, y comprenderemos las razones de Marcel Granier, el John Galt venezolano.

Opinión – LaPatilla.com

Agentes de cambio

 

Mayo 15, 2017

Print FriendlyImprimir

Compártelo con tus Amigos

Enviar a un amigo Enviar a un amigo

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Cuando hay insatisfacción con los resultados organizacionales, los directores y gerentes se preguntan cinco cosas. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué está ocurriendo? ¿Qué puede ocurrir en el futuro, de continuar la tendencia? ¿quién puede ayudar a discernir lo que hay que hacer? Y finalmente, ¿qué es lo que hay que hacer?

Lo que perturba a los directores y gerentes suele ser denominado por ellos mismos como problemas. Pero no necesariamente todos entienden lo mismo al usar ese concepto. Lo más obvio es asociarlo con malos resultados, por ejemplo, quejas de los clientes, pérdidas imprevistas, controles obsoletos, falta de recursos, conflictos internos, metas mal planteadas, o resistencia al cambio. Cuando eso es lo que se entiende como problema -error, fracaso, deficiencia u oportunidad perdida-, la atención se concentra en tomar medidas correctivas a partir de un proceso de crítica a la gestión y la determinación de responsabilidades. En este caso, la perspectiva del cliente y del consultor es “retrógrada”, anclados en lo que ocurrió, manteniendo el foco en el espejo retrovisor, y por lo tanto, perdiendo de vista el panorama completo que implica a la organización en su dinámica con el entorno.

Una concepción más amplia del término “problema” es sugerida por Milan Kubrn (1.999). Para el autor, un problema es “la diferencia entre situaciones comparables (pasado, presente o futuro) acerca de lo que nos interesa. Usando esta acepción los problemas no se harán presentes solamente cuando son obvios los malos resultados, sino que propone que cualquier expectativa que se plantee una empresa hacia el futuro, por ejemplo, mejorar las ventajas competitivas, asumir el liderazgo de un sector, innovar con la adquisición de nuevas tecnologías, intentar aprovechar una nueva oportunidad comercial, entre otras, serán parte del inventario de asuntos que deberán resolver directivos, gerentes y consultores.

Pero ¿Quién es ese que puede ayudar a discernir lo que hay que hacer, e incluso ayudar a instrumentar las soluciones? Se les llama consultores, y son “agentes de cambio” que colaboran con las organizaciones prestando un servicio de asesoramiento profesional, que ayuda a los gerentes a los gerentes a alcanzar los objetivos y fines organizacionales, mediante la solución de problemas gerenciales y empresariales, el descubrimiento y la evaluación de nuevas oportunidades, el mejoramiento del aprendizaje y la puesta en práctica de cambios.

Por lo menos hay diez maneras de utilizar a los agentes de cambio. Y con esto respondemos a la quinta pregunta, ¿qué hay que hacer? Por supuesto, cada situación será inédita y su solución también será peculiar. Sin embargo, se puede suponer que cualquier iniciativa que se intente se enmarcará en una o varias de las siguientes opciones:

1. Facilitación de información experta sobre mercados, cliente, tendencias del mercado, materias primas, competidores, socios potenciales, innovaciones, nuevas leyes y regulaciones.
2. Facilitación de especialistas para complementar al personal de la organización cliente. Estas intervenciones suelen ser por períodos determinados de tiempo y para conseguir objetivos muy precisos. Un caso especial es la “gestión provisional” por la cual algunas empresas piden a sus consultores que ocupen un puesto de dirección mientras consiguen el reemplazo.
3. Establecimiento de contactos y vinculaciones comerciales que les permita abrir nuevos mercados. Los consultores ayudan a sus clientes a definir, elegir y negociar las condiciones de una alianza o un acuerdo comercial, y actuar como intermediario en aquellas áreas o sectores en las que el cliente no tiene conocimiento suficiente.
4. Facilitación de dictámenes expertos cuando el cliente necesita disponer de un asesoramiento imparcial e independiente con el fin de tomar una buena decisión.
5. Establecimiento de un diagnóstico de una parte de la organización o de todo el sistema.
6. Elaboración de propuestas o medidas una vez realizado el diagnóstico.
7. Mejora de sistemas o métodos gerenciales o implantación de uno nuevo.
8. Planificación y gestión de los cambios de la organización con el fin de superar la resistencia y diluir las tensiones que ocurren en los grupos, hábitos de trabajo e intereses individuales que se ven afectados.
9. Capacitación y perfeccionamiento de los directivos y el personal.
10. Facilitación de asesoramiento personal, o coaching.

Lo verdaderamente crucial es poder solicitarle al consultor aquello que efectivamente puede proporcionar. Credenciales, experiencia y talante son los criterios que se deben considerar al momento de tener que tomar una decisión de contratación. Y luego, interacción y seguimiento hasta lograr el propósito deseado.

@vjmc

Víctor Maldonado: ¿Poder Popular?

 

Fran Tovar 2 Mayo, 2017 El pizarrón de Fran0

Nicolás Maduro acaba de cometer otro error político. Quiere disfrazar su escuálida base política y clientelar como poder constituyente. Esta convocatoria no es otra cosa que un llamado a las organizaciones de base del PSUV, clientelares y dependientes, para que lo ayuden a salir del atasco que significa el juego pluralista, las presiones de una Asamblea Nacional independiente, y para silenciar a la sociedad democrática que le está pidiendo cambios sustanciales y relevo político. Es un error porque los venezolanos saben qué son unas elecciones y qué es un juego limpio, pero también saben cuándo los están “caribeando”. Es un error porque se revela ante la comunidad internacional como un régimen inescrupuloso que es capaz de intentar cualquier jugarreta antes de conceder el poder. Y lo es porque van a significar nuevas presiones a la escasa confianza inversionista, que no va a resistir una nueva escalada populista de intervencionismo y nuevas medidas de regulación de precios. La inflación y la devaluación del tipo de cambio, que se nutren de las malas expectativas, serán aún peores, y la población sentirá en sus estómagos la tragedia política de esta nueva fase de la dictadura popular.

Mao, de quien Nicolás se dice seguidor, solía decir que la política, la guerra y la economía nunca tienen avances en línea recta, sino que se producen en distintas etapas, que tienen sus altibajos, como las olas, que una persigue a la otra, de acuerdo a las leyes del oleaje. ¿En qué etapa estaremos? El poder comunal -el comunismo- era uno de los sueños del extinto presidente Chávez, quien incluso llegó a decir que para ero él estaba investido del poder constituyente que le había otorgado el pueblo. Esa unción divina fue, tal vez, su delirio postrero, pero al final no tuvo tiempo. Pero hay que estar claros: El Plan de la Patria no era otra cosa sino el cronograma para llegar al “comunismo a la venezolana”, rentista y de base militar. Chávez no pudo, pero eso no significó que se haya dejado a un lado. Todo lo contrario, el sucesor, abrumado por el inmenso fracaso de su gobierno, sabe que no tiene otra salida que el barajo constituyente. Al parecer llegamos al momento de intentarlo. Esta asamblea constituyente espuria es su “gran salto adelante” o el gran asalto de la república para lograr el poder total. Y lo hace así, como aprendió de su mentor, intentándolo aun en las peores circunstancias y asumiéndolo con esa entereza que es propia de los fanáticos. Intentar una dictadura popular, invocar “al pueblo” para que sea esa la excusa que le permita aplastar la democracia y termine de enterrar la república, es entre otras cosas un acto de cobardía política.

No faltará mucho para que, ante este anuncio, comience la procesión de respaldos y de “abajo-firmantes”. Pronto veremos al TSJ y a los restos del Poder Moral, haciendo coro con los altos mandos, gobernadores y alcaldes de la revolución, para respaldar la brillante idea de Nicolás: “entregar todo el poder a los obreros y trabajadores revolucionarios”. La verdad es que todo ese conglomerado no llega a ser ni siquiera tres millones de personas. Por donde se saquen los cálculos, los restos de la revolución, los respaldos clientelares, el uso de las misiones como medio para la extorsión o el chantaje, por donde se intente se aprecia una minoría de la que todos los días desertan los que se van dando cuenta de que toda esa parafernalia socialista se reduce a un inmenso fraude social.

Ahora bien. Esto no es un problema que se puede abordar desde el derecho constitucional, ni se debe abordar desde las disquisiciones legales. Hace mucho tiempo la ley es un mero maquillaje para esta revolución. Esto es un problema político. El gobierno quiere gobernar solo. Al gobierno le estorba la disidencia. Nicolás no tolera el pluralismo, ni le gusta el escrutinio ciudadano, y por lo tanto, no le sirve una constitución democrática. El proyecto político del socialismo del siglo XXI es la dictadura totalitaria y la conformación, a la fuerza, de una comunidad totalitaria de ciudadanos sometidos a la servidumbre. Eso también está previsto en el Plan de la Patria. Pero, para que no queden dudas, Nicolás lo anunció: el proyecto en marcha supone el control total de toda la economía, desde la producción hasta la comercialización. El objetivo es no dejar resquicios para que por allí se cuele la libertad. Nicolás quiere todo el poder, y eso significa que nosotros, los ciudadanos venezolanos, estorbamos.

Pero la historia es buena conciencia. Baste recordar los efectos del “comunismo de guerra” aplicado por Lenin. Por cierto, no es gratuito el uso del término “guerra económica” para justificar la estatización forzada, la planificación central y el control de los precios. El profesor Sheldon Richman apunta que “en Rusia, entre 1918 y 1921, operó la primera experiencia del comunismo. El mercado fue repentinamente declarado ilegal. El comercio privado, la contratación de mano de obra, el arriendo de la tierra y toda empresa y propiedad privada fueron abolidos, al menos en teoría, y sometidos a sanción por parte del Estado. Se confiscaron las propiedades de las clases altas. Se nacionalizaron las empresas y fábricas. El gobierno se apoderó del excedente de la producción agrícola de los campesinos para apoyar a los obreros y fuerzas bolcheviques de la guerra civil en las ciudades. Se reclutó la mano de obra organizándola militarmente. Se racionaron los bienes de consumo a precios artificialmente bajos y, más tarde, sin precio alguno. Como era de esperarse, se concedió tratamiento especial a quienes tenían poder e influencia. Los resultados fueron catastróficos. En 1920, la producción industrial fue igual al 20% del volumen anterior a la guerra. La producción agrícola bruta disminuyó de más de 69 millones de toneladas en el período 1909-1913 a menos de 31 millones de toneladas en 1921. La superficie cultivada bajó de más de 224 millones de acres en el período 1909-1913 a menos de 158 millones en 1921. Entre 1917 y 1922, la población disminuyó en 16 millones sin contar las defunciones por causa de la guerra ni la emigración. Entre 1918 y 1920, ocho millones de personas dejaron las ciudades para trasladarse a las aldeas. En Moscú y Petrogrado, la población disminuyó en un 58,2%”. El resultado fue el hambre y el sufrimiento de millones de rusos. ¿Les parece conocido el resultado?

Lo mismo ocurrió con el “gran salto adelante” intentado por Mao en 1957. Un delirante líder, aislado de la realidad, declaró que China debía avanzar hacia una economía no monetaria, donde se proporcionarían la comida, la ropa y la vivienda de manera gratuita. Proclamó que el camino al paraíso comunista eran las comunas populares. De un momento a otro quinientas millones de personas se vieron forzadas a vivir en organizaciones comunes del pueblo, donde debían compartir riquezas e infortunios con extraños a los que tocaba en suerte. La comuna se convirtió en la unidad básica de la sociedad y de la economía. Este experimento tuvo resultados tenebrosos. Entre 1959 y 1960 -solamente un año- murieron de hambre unos veinte millones de chinos, y nacieron quince millones menos de niños, todo esto por la hambruna y la debilidad concomitante de mujeres que no podían parir. Otros cinco millones murieron de hambre en 1961. Philip Short, biógrafo de Mao, señala que este experimento totalitario fue el peor desastre humanitario jamás acontecido en China. El gran salto había sido un error apocalíptico. ¿No estamos nosotros al borde de una tragedia humanitaria? ¿No estamos sufriendo los estragos del hambre? ¿No se está desplomando la economía socialista?

Debemos estar claros en una premisa: Al modelo político llamado comunismo -y esto es comunismo- corresponde unos resultados económicos y no otros: colapso y hambruna. Eso es lo que nos estamos jugando. En el caso que nos atañe, el comunismo del Diosdado-Madurismo, el orden de los factores no altera el producto. El gran asalto a la constitución es parte del mismo guión que, sin dudas, nos llevará a los mismos resultados. Un caos político y la debacle económica que en parte ya estamos viviendo. Tan socialista es esta desmesura autoritaria como la pobreza a la que estamos sometidos. Pero, ¿qué hay detrás de esta decisión tan radical? Un reconocimiento del fracaso político y económico del socialismo del siglo XXI. La confirmación de que se vaciaron de legitimidad y, por lo tanto, no les queda ninguna otra cosa que la represión y la mascarada. Porque este llamado al poder constituyente no es otra cosa que una payasada autoritaria. Ellos no van a permitir una elección libre y competitiva. Ellos cuentan con que van a poder arreglar los términos de la convocatoria para seleccionar a los suyos, a sus secuaces, a los que dependen de ellos, a los más ideologizados, a la turba fanatizada que todavía cree que el comunismo es el camino. Ellos cuentan que van a pasar la prueba de la falacia y el disimulo, invocando una entidad espuria que solo va a contar con la fuerza, pero en ningún caso con la razón. Es un salto adelante del proyecto socialista, pero que los lleva al vacío, y a nosotros, al momento de las definiciones.

El pactismo acaba de morir traicionado por sus socios implícitos. No hay espacio para el diálogo. Nunca lo hubo. Tampoco hay espacio para un cronograma electoral republicano. Eso nunca estuvo en los planes del régimen. Son tiempos de ruptura y de definiciones. Y de fortaleza de ánimo. En las calles de Venezuela los ciudadanos están demostrando que hay poder popular. El poder que se destila de un ciudadano comprometido con un cambio radical de las condiciones políticas y económicas. La convicción irrevocable de que hay que dar el debate de las ideas, porque este socialismo perverso ha colonizado voluntades y conciencias, usando el narcótico del populismo para hacer flaquear a más de uno. La exigencia siempre presente de que hay que preservar la unidad, y que sea unidad no se puede negociar en la mesa de la perversidad. Y que, llegados a este punto, no hay marcha atrás, no hay regreso posible, no hay cohabitación imaginable con aquellos que desean nuestra extirpación de la sociedad política para convertirnos en siervos y víctimas de una ideología insensata. Los resultados están allí, en el caldero de la historia, donde se cuecen en su propio caldo los comunistas de ayer, hoy y siempre, con sus fracasos y la cobardía que los comuniza a todos, porque ninguno fue capaz de reconocer la inevitable mediación entre el comunismo como ideología irrealizable, y el hambre, la represión y la pobreza como sus únicos resultados.

Que nadie se engañe. Esa invocación al poder constituyente no es para convocar al poder popular. Es para todo lo contrario, para concentrar aún más todas las opciones, todas las capacidades, todas las posibilidades en un grupo que tiene secuestrada la república y nos tiene a todos despojados de nuestras garantías y libertad. No es para entregar sino para acumular. No es para compartir sino para monopolizar. No es para sumar sino para restar. La escena está puesta. Elías Jaua es el coprotagonista. ¿Confiaría usted la suerte de sus hijos en Isturiz, Escarra, Isaías Rodríguez, Delcy Rodríguez, Cilia Flores, Earle Herrera y Ameliach, entre otros? ¿Verdad que no? Entonces no queda otra opción que seguir luchando.

Víctor Maldonado: La influencia moral

 

Fran Tovar 24 Abril, 2017 El pizarrón de Fran0

Estamos en un momento crucial. El sistema del socialismo del siglo XXI colapsó. Esto quiere decir que, dentro de su lógica, no hay avance posible, sino un deterioro que se incrementa geométricamente. No hay forma que una dictadura atroz se haga pasar por una democracia. No lo es, y son tantas las pruebas que se han acumulado al respecto, son tantas las violaciones, que su talante perverso es, no solamente inocultable, sino también penoso para los que hasta hace muy poco fueron leales aliados. Pero no solamente ocurre un fatal hundimiento en la reputación política del régimen. Lo peor ocurre en el ámbito de la economía. El país no tiene reservas líquidas y no cuenta con una administración eficiente de sus recursos. Como suele ocurrir en todos los sistemas totalitarios, la burocracia se ha convertido en un fin en sí mismo. El costo de mantener vigente la coalición entre militares y civiles radicales es cada vez más ruinoso para el país, que observa con perplejidad cómo las diferencias de clase se han transformado en diferencias muy marcadas entre la jerarquía gobernante y el resto del país. Hay un contraste inexplicable entre ellos, que exhiben lujos y privilegios, y una población asediada por la inflación, la escasez, la enfermedad y el hambre.

Pero el hartazgo por las condiciones de vida son solamente un dato. Lo realmente relevante es el inventario de razones que mantienen a la población alineada con su liderazgo político. Y allí está el detalle, porque esta condición es la que puede determinar la suerte de esta conflagración en el mediano plazo. Ciertamente estamos de nuevo disputando la república entre la opción de la barbarie y la alternativa de la civilización. Pero la barbarie es engañosa y ambigua. Muta entre el extremo conciliador rentista y el autoritario excluyente. Se mueve a lo largo y a lo ancho del espectro progresista. Pero el idioma es el mismo, el populismo, y los medios que utilizan son similares, el saqueo de los activos productivos del país para generar una ilusión de armonía que está indebidamente fundada en el efecto narcótico que tiene la repartición irresponsable de la renta.

El año 2016 -que ahora luce lejano- fue un compendio completo de dislates políticos. Se defraudó la confianza del país en la misma medida que la dirigencia no fue eficaz en el logro de una amnistía que permitiera liberar a los presos políticos, y no fue lo suficientemente justa y recta en las negociaciones intentadas con el gobierno. Puede resultar incómodo volver a recordar lo que sucedió hasta hace solamente seis meses, pero igual vale la pena señalarlo porque la tentación está allí, sigue estando presente en un grupo que prefiere cohabitar en paz que intentar de una vez por todas el cambio político que la gente desea.

A despecho de los que aspiran, con tenacidad fundamentalista, a que compremos como bueno el unanimismo de la oposición, la verdad es que tenemos un conglomerado de oposiciones aglutinadas por la brutal forma que ha tenido el gobierno de encarar la política. La ligazón de la oposición es la persecución de la que han sido objeto sus principales líderes y partidos. Sin embargo, aún así se pueden notar diferencias importantes entre los que desearían un pacto con el régimen, y los que pretenden hacer todo lo posible para que esto acabe de una buena vez. Los pactistas prefieren el camino del diálogo, se conformarían con una convocatoria a elecciones regionales, no les importa demasiado que la nómina de presos políticos e inhabilitados siga en los números que están ahora, incluso que se incremente, y por supuesto, les parece bien que alguna vez haya elecciones presidenciales, por allá a finales del 2018, si acaso. Como ya demostraron en el 2016, tampoco les parece relevante comprar las versiones de la realidad que interesan al gobierno, a saber, la guerra económica, la derecha golpista, las personas detenidas en lugar de hablar de presos políticos, los diputados indígenas que hicieron trampa, el desacato de la Asamblea Nacional, el carnet de la patria, las misiones, y el escozor anti-liberal, entre muchos otros aspectos que, al parecer, no resultan demasiado importantes en una mesa de negociación. En los pactistas, la abstracción de la realidad que viven los venezolanos es sorprendente. Les piden que “ya que han aguantado hasta aquí, resistan un poco más”.

Otra parte de la oposición es rupturista. Habiéndose intentado todo, elecciones y diálogos, creen que llegó el momento de la manifestación ciudadana. Entienden que el dato del colapso político y económico tiene que significarse y transformarse en razones para el desafío. Opinan que ha habido una ruptura radical e irreversible del orden constitucional, desconfían del gobierno como interlocutor leal, no están dispuestos a ninguna transacción con el grupo gobernante, entre otras cosas porque eso les otorgaría una legitimidad que no merecen, y están dispuestos a acompañar y a canalizar las expectativas sociales de cambio eficaz. Para este grupo habrá elecciones cuando ocurra una restauración de la república civil y democrática, con instituciones garantes del derecho, y habiendo resuelto todo el daño que el régimen le ha infligido a la esencia de nuestras bases de convivencia. Comprenden que es inaceptable insistir en convalidar contiendas inequitativas en las que el régimen cuando pierde mantiene todas las condiciones y posibilidades para arrebatar las consecuencias del triunfo de sus adversarios. Han asimilado como datos relevantes del carácter del régimen el vaciado de atribuciones de la Alcaldía Mayor cuando la ganó Antonio Ledezma, los protectores regionales que operan, con abundante presupuesto, en las gobernaciones ganadas por la oposición, la forma como destituyen y apresan a los alcaldes que les resultan molestos, la destitución de oficio de diputados, la forma como el régimen ha prescindido nada más y nada menos que del Poder Legislativo, y de nuevo, el uso y abuso de las ficciones institucionales llamadas Poder Moral o TSJ, con cuya aquiescencia pueden ejercer una dictadura totalitaria y excluyente en la que una oposición que se comporte bajo los supuestos del manual de Carreño no tiene nada que buscar.

Por ahora priva el rupturismo. Las últimas semanas de movilización y provocación inteligente, con un liderazgo que ha estado al frente, corriendo los mismos riesgos que el común de la gente, les ha redituado ganancias importantes, equitativamente distribuidas. Podríamos incluso decir que estamos en una nueva ola, un nuevo estado de opinión, un nuevo estadio del humor social en el que todo lo que suene a transacción es inequívocamente censurado por los ciudadanos. Por ahora hay un pacto alrededor del hartazgo mutuo.  Entre otras cosas porque el régimen está dando señales de que, a pesar de su propio colapso, piensa quedarse para siempre, sin importarle los costos. Hasta hace poco, algunos se mantenían en la vana idea de que, mientras tanto, podían mantenerse las formas. Que con dos o tres pasos atrás la Asamblea sería restaurada en algunas de sus atribuciones, y que, por lo tanto, algo de normalidad se podía mantener. Y que esa posibilidad podía ser aprovechada por los pactistas para ganar tiempo y acumular recursos de poder. Eso, ya lo sabemos, no fue posible. Esa agenda no era la del país, y rápidamente fue superada por las exigencias de la realidad.

Porque volvamos al inicio. A los pactistas y al gobierno la realidad no les dio la holgura suficiente. El sistema del socialismo del siglo XXI ha colapsado, y como resulta obvio, es cuestión de tiempo y de acción política el que se haga evidente que no puede seguir al frente del país. Pero ¿qué es lo que ha colapsado? Una forma de ser políticos y de hacer política que en el caso venezolano cruza el populismo más bárbaro con el rentismo más primitivo. Estos políticos son patrimonialistas y particularistas. Entienden el acceso al poder como conexión a las finanzas públicas para privilegiar a sus camarillas. Son excluyentes y sectarios. No les gusta la competencia. Tienen un discurso rendencionista centrado en la reivindicación de los más pobres a costa de las clases productivas. Necesitan un gobierno extenso y con grandes facultades para la intervención. No respetan ni propiedad ni garantías. Y cada cierto tiempo necesitan montar un espectáculo de expoliación, para demostrar que el compromiso con la justicia social es irreductible. La oferta es extensa y falsamente sustentada en criterios de recursos y de riqueza que al final son solo promesas vanas, indisciplina fiscal, proyectos faraónicos, endeudamiento creciente, inflación y crisis recurrentes. El país no crece con sustento, su parque empresarial siempre es reducido, todos pugnan por su cuota de renta y de protección, se usa y se abusa de los controles, y todo político se presenta como la llave o la contraseña de portentosas prerrogativas. Esa forma de ser políticos está basada en el engaño a un pueblo que se desprecia, y en el saqueo del país. Es, en términos de corrupción, el aprovechamiento sistemático del poder encomendado para el lucro privado. ¿Y en qué consiste la política? En un intento, que siempre fracasa estruendosamente, de distribución ampliada de la renta, sin compromiso de productividad, para mantener la cohesión y la armonía social. La política es el intento inútil de darle a cada quien, según sus ganas. Además, ya no hay renta que repartir.

Me temo que la gente ya se conoce el libreto y el pavoroso final. Nadie puede apostar al largo plazo porque es imposible predecir o anticipar en un contexto de arbitrariedad que, por esa misma razón, es turbulento. La gente está harta de la paja populista, hasta el gorro del redencionismo que pide a cambio sumisión y carnet de la patria.  La gente quiere otra cosa. ¿Qué quiere la gente? Riqueza fundada en el trabajo, movilidad social basada en el mérito y en el esfuerzo, libertad y respeto por la condición humana, y una base de seguridad jurídica y personal provista por un sistema republicano y democrático. La gente quiere poder hablar, comer, pensar y progresar en libertad. No quiere que nadie lo haga por cuenta de ellos, y seguro habrán aprendido a valorar lo importante que resulta un gobierno que haga lo suyo y deje hacer a los privados su trabajo. La gente ha aprendido que sin justicia hay despotismo, y que el político populista al final es un peligroso fraude. La gente quiere decencia y tranquilidad, y por qué no decirlo, aspira a un país compasivo y solidario. Pero eso requiere otros políticos y otra política. Políticos que no se vendan como la panacea que todo lo puede, todo lo sabe y todo lo resuelve. Políticos que a veces digan “eso no es posible”. Y una política que establezca unas nuevas reglas del juego, donde el mercado sea determinante, y no la falsa ilusión de un estado benefactor que al final no beneficia a nadie.

Algunos se indignan y gritan de inmediato ¿Y quién se va a ocupar de los pobres?  El que los pactistas todavía lo pregunten indica que todavía hay mucho cinismo realengo. Este socialismo extremo, habiendo dilapidado toda la renta petrolera, solo tiene como saldo el habernos empobrecido a todos. El populismo rentista, los socialismos reales, dicen que vienen a salvar a los pobres, pero en realidad, solo se lucran de la pobreza, saben que necesitan a una sociedad hambreada y necesitada para montar un sistema de servidumbre donde ellos se vendan como insustituibles, a pesar de su precariedad intelectual, de su escasez moral y de su voracidad para dilapidar recursos y oportunidades.

¿Cuál debe ser el propósito de los políticos y la política alternativa? Refutar el socialismo, invalidar el populismo rentista, y vender un país viable, menos extravagante en sus promesas, una república civil que no asiente sus bases en la voracidad sectaria de la política de la barbarie, dejar de prometer un gobierno extenso y lleno de cualidades intervencionistas que al final no garantizan nada diferente al dispendio inflacionario, para darle un chance a la libertad, que tiene como condición un gobierno limitado, transparente, garante de reglas claras aplicadas con criterios universalistas, eficaz en hacer lo suyo, y respetuoso de la iniciativa de sus ciudadanos. El político alternativo tiene que ser capaz de contrastarse radicalmente con este socialismo, con la izquierda venezolana, tan exquisita como fracasada y nostálgica. Debe tener coraje y la influencia moral para señalar con claridad el camino y convencer a los ciudadanos que no hay alternativa. El reto es inmenso, porque en veinte años es mucho el daño que se ha hecho a la moral ciudadana. Pero algún día y por algún sitio tenemos que empezar. Aprovechemos el impulso rupturista para dejar atrás esta época y ser nosotros los fundadores de esa nueva república. Si no lo hacemos ahora, estaremos condenados a un espantoso ciclo de repeticiones del mismo militarismo radical que nos ha extraviado por tanto tiempo.

Loading.

Estos son los tiempos de Dios

Abril 10, 2017

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Para las organizaciones, ninguna decisión es fácil. La época de los faraones organizacionales pasó hace mucho tiempo, y por las mismas razones que hicieron desaparecer aquellos pesados imperios: la excesiva centralización y su consecuencia más conspicua, la arbitrariedad, que coloca a los líderes a las puertas de la corrupción institucional, o sea, en el peligro de comenzar a tomar malas decisiones, sin medir las consecuencias. Los buenos gerentes saben que las mejores decisiones son las más consultadas, las que tienen una mejor composición de tiempo y de lugar, las mejor discernidas, apropiadamente argumentadas y razonablemente consensuadas.

Uno de los desafíos más importante de los líderes empresariales está concentrado en tomar buenas decisiones fundadas en la colaboración interfuncional. Los gerentes de más alto nivel se tienen que coordinar, deben aprender a negociar, pero sobre todo recordar que la misión de la empresa es la razón de ser del negocio y la causa por la que ellos están ejerciendo sus funciones. No es fácil, porque cada equipo funcional tiene sus prioridades, y no necesariamente ven sus metas a la luz de los intereses de la empresa y de los clientes. La dificultad estriba en la lógica de poder subyacente que incentiva a cuidad los espacios propios y a no entender las necesidades del sistema.

Hay cuatro competencias necesarias para tomar buenas decisiones dentro de una empresa. La primera es capacidad para negociar un resultado. La segunda, capacidad para compartir información relevante. La tercera, capacidad para coordinar metas. La cuarta, responsabilidad sobre las decisiones que se deben tomar.

No todas las decisiones que se toman tienen la misma calidad de los resultados. Nadie es infalible. Por eso los líderes y gerentes tienen que asumir con humildad la posibilidad de revisar la forma cómo toman decisiones. Preguntarse, por ejemplo, si por lo general son acertadas. Estimar la relación costo-beneficio. Revisar si fueron tomadas en el tiempo justo. Hay decisiones que se retardan y que por eso mismo no terminan impactando apropiadamente. Hay otras que se precipitan y resultan siendo temerarias. Examinar si las decisiones fueron buen instrumentadas, o sea, si las instrucciones fueron claras y la capacidad de la empresa fue tomada en cuenta. Siempre existe el peligro de la insensatez, cuyo lema es “el hombre es del tamaño de la dificultad que tiene por delante”. Eso no es cierto, porque si el mandato no se acompaña con recursos y los lapsos apropiados, simplemente son una invitación al fracaso.

Las decisiones también dependen de involucrar en el proceso de deliberación a las personas correctas, y en el proceso de implementación a las personas apropiadas. También que la convocatoria al trabajo conjunto sea realizada con los formatos y procedimientos oportunos. Hay que hacer ver que el equipo es determinante en la suerte de los resultados que se buscan. El equipo tiene que reflejar su eficiencia en la calidad de las recomendaciones que se proponen, en la entrega de información pertinente, el respeto al que tiene la última palabra, y en el seguimiento que se haga a lo decidido para transformarlo en las soluciones que se buscan.

La agudeza del líder está en respetar y usar intensamente los roles, ser capaz de enhebrarlos para el mejor desempeño posible, y en el camino revisar y ajustar productivamente tiempos y procesos. Esto tiene como requisito previo la evitación de los fiascos. Para que todo fluya adecuadamente se debe contar con buena información, o sea, con una constatación de la realidad alejada todo lo posible de deseos y clausulas condicionales. Por eso, el compromiso ético que debe suscribir el líder con su equipo debe ser precisamente el de trabajar con datos precisos. Debería considerarse casi una traición el ocultar o tergiversar la información. La transparencia es una necesidad crucial para tomar buenas decisiones.

Los resultados siempre son el producto de una buena o mala decisión. No maduran con el paso del tiempo. No hay “tiempos de Dios”, sino esfuerzo humano que trata de perfeccionar la realidad. Por eso, estos y no otros son los tiempos de Dios. Sin esperar a que las cosas ocurran por su cuenta, aligerando procesos, eliminando los cuellos de botella, facilitando los procesos de cooperación, asumiendo la realidad tal y como es, usando el tiempo con eficacia, dándose la oportunidad de deliberar, pero permitiéndose escuchar la reflexión de los otros.

Decidir bien es el resultado de ciertos dones del Espíritu: Sabiduría, Entendimiento, Prudencia, Fortaleza y Discernimiento. Quien los tiene, lo hace bien, en los tiempos que son propicios.

@vjmc

Una guerra contra todos

4 ABRIL, 2017 POR EDITOR

 

//pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

admin

Víctor Maldonado C.El objetivo del régimen es su mera supervivencia. La buena economía no es una de las virtudes del socialismo del siglo XXI. Se ha convertido en un inmenso fardo que les hace casi que imposible el camino hacia la realización de una hegemonía irreversible. No es cierto que ellos lo tengan todo planificado. Lo que sí es verdad es que cualquier intento de imponer el socialismo deja una estela de destrucción que los más radicales aprovechan para insistir en crear las nuevas bases del comunismo. Nadie lo ha logrado. Ninguno de los experimentos ha ido más allá de una cartilla de racionamiento que somete a los sectores más frágiles de la población al hambre más abyecta. La obsesión por destruir al mercado los acerca irremediablemente al barranco del fracaso.

La represión tiene un costo que ellos, en teoría, están dispuestos a pagar. El insulto sistemático, las proclamas sucesivas contra la no intervención, y paradójicamente, la entrega en los brazos de quienes los quieran recibir, terminan también pesándoles abrumadoramente. Ya pasó la época en que Chávez se paseaba con la chequera petrolera para apaciguar los malos ánimos y las dudas. Esa coalición era tan espuria como creer que se podía presidir una nueva hegemonía y que podía mantenerse más allá de la ruina de las reservas internacionales del país. Ya el régimen ha probado las agrias mieles de la falsa solidaridad de los pueblos. Eso no era más que un eufemismo para encubrir un sistema muy bien articulado para vivir del régimen, para intercambiar loas por dólares contantes y sonantes, para canjear falsos apoyos por la posibilidad de cambiar radicalmente el nivel de vida. En eso si son radicales, en el cinismo de predicar una cosa a cambio de otra totalmente diferente. Ahora se están dando cuenta que algo cambió, la soledad no es de gratis, y que la violación de los derechos humanos no es una práctica de poca monta que cualquiera puede dejar pasar, que los presos políticos y la judicialización de la política traen sus consecuencias, y que esas secuelas se suman al descalabro generalizado, que los cerca más dentro de los confines de lo francamente inaceptable.

Algunos creen que el régimen es infalible. Otros sostienen que la inteligencia cubana es incapaz de equivocarse. Ni una cosa ni la otra. Este régimen es un compendio de equivocaciones apuntaladas por la fuerza. En eso consisten las dictaduras, en violaciones y errores sistemáticos que son impuestos como una nueva legalidad a la sociedad fragmentada y fragilizada por el miedo, la cooptación, el chantaje y el apaciguamiento. Lo que si es cierto es el arrojo y la excesiva capacidad de riesgo con la que asumen cada una de sus decisiones. En cada medida “se juegan a Rosalinda”, sabiendo que cada exceso les recorta la vida, y que llegará el momento en que todo será pérdida sin posibilidad de ganancia.

Un error fatal del gobierno ha sido la negación de la política. Se impuso todo lo contrario. Desde que el chavismo asumió el poder, lo hizo desde la lógica de una guerra de exterminio. “O ellos, o nosotros” es la consigna de una nueva guerra a muerte. Eso hizo que se ofreciera el premio de la impunidad a todos aquellos que defendieran -por todos los medios- a la revolución. “Dentro de la revolución, todo”, solía gritar el comandante, mientras sus leales mediocres aplaudían y tomaban debida nota. Desde esa idea fuerza se parieron los colectivos, el pranato, la alianza con las FARC y la ELN, las milicias, los grupos de choque, las inimaginables cárceles venezolanas, y la colonización de todas las instituciones públicas. Sólo dentro de la revolución un perdedor puede llegar a ser magistrado del más alto tribunal del país.

La corrupción y la impudicia son parte de la misma oferta. Dentro de la revolución el saqueo es una posibilidad al alcance de la mano de los leales, y de los que se hacen la vista gorda con los estropicios consecuencia de la revolución. Y el régimen de control cambiario, la carnada donde muerden y callan la boca la nueva camada de negociantes. Un sistema que regala divisas a cambio de sumisión es, a todas luces, inmoral, inaceptable e insostenible. Pero allí está la cola de ilustres forcejeando con anónimos pretendiendo obtener el último dólar y también el último privilegio. De esta forma el régimen pretendió hacernos cómplices y aspirantes a la repartición rentista, sabiendo incluso que eso iba a terminar en la tragedia de los más frágiles de la sociedad. La gente comiendo basura tiene como contraparte la masiva corrupción política y económica practicada por el socialismo del siglo XXI. Creyeron que dándole a cada uno lo suyo, podían en simultaneo negar la política y practicar el feroz totalitarismo con bozal que hasta hace poco creían posible.

Fue Margaret Thatcher la que dijo en 1976 que “el socialismo se acaba cuando se acaba el dinero de los demás”. Luego de todas las expoliaciones imaginables y del uso irresponsable de la renta petrolera, esa profecía ha llegado a las riberas del socialismo del siglo XXI. Se acabaron los reales, se acabó la fiesta, y comienza el lobo feroz a mostrar sus colmillos. Por cierto, ahora quiere, suplica, que los privados traigan sus “monedas convertibles” para canjearlos por bolívares sin valor en una sociedad donde no hay derechos de propiedad. Las caperucitas sonríen y evaden, eso sí, con la mano extendida y una frase en la boca, ¡tú primero, querido lobo!  Cuando se saquea hasta el último recurso solo queda esa represión y esos afanes de supervivencia que solo anticipan el principio del fin. El régimen está comenzando a equivocarse, y también está comenzando a desbordar el límite de lo aceptable de parte de muchos de sus secuaces. Y eso ocurre por dos razones, por la aridez de lo que antes era una repartición holgada que permitía llegarle a todos a su precio, y también porque la coalición está comenzando a ser excluyente entre los suyos. Los militares no dejan de exigir tajadas cada día más grandes, y lo están haciendo pasando de la circunstancia de un bono o el regalo de un carro, a construir un nuevo polo económico que no rinde cuentas ni está sujeto a control institucional real. Eso es lo que significa la empresa creada mediante el Decreto 2.231, la Compañía Anónima Militar de Industrias Mineras, Petrolíferas y de Gas (Caminpeg), empresa anónima militar cuya junta directiva de 5 miembros, también militares, rendiría cuentas directamente la Ministro de la Defensa.

Entonces, el golpe de estado al espíritu y propósito de la Constitución, que habla en otros términos y consensua otro tipo de país, es claro, irrefutable e irreversible. El país civil está al margen. Sus instituciones allanadas, cooptadas, ninguneadas o simplemente transformadas en eufemismos de una dictadura que exhibe muchas y variadas mascaradas. Las resoluciones del TSJ, ahora retractadas tácticamente, solo muestran hasta dónde puede llegar el régimen, si consigue el cómo. Chávez a veces avanzaba, a veces retrocedía, pero siempre intentaba salirse con la suya. Sus discípulos pueden intentar lo mismo. No se ha normalizado nada, no se ha resuelto ningún impasse. La Asamblea Nacional sigue castrada e inhabilitada, sus diputados maltratados en sus fueros, su autonomía, vulnerada, y la causa sigue abierta por un supuesto desacato que fue la punta del hilo desde donde el régimen tejió toda la celada. Los presos políticos siguen presos, la fiscalía sigue desacatada cuando manda las boletas de excarcelación, y opera un caos autoritario que debe tener un centro, una configuración, unos responsables, una trama que provoca decisiones, que calcula riesgos y que se equivoca cada vez con mayores costos.

El capítulo I del libro VII de la obra de Carl von Clausewitz habla de un factor esencial cuando se habla de los resultados de la guerra. Se refiere a lo que él denomina “el punto culminante de victoria”, respecto del cual no se puede seguir ganando más, independientemente de la estrategia, la fuerza relativa y otras condiciones relevantes de cualquier batalla. Se gana hasta cierto punto, y luego se comienza a perder. Eso es lo que está ocurriendo con las decisiones del TSJ. En lenguaje común, abusaron, como dicen los maracuchos, “están depravados”, han ido más allá de lo aceptable, cometieron el error fatal del exceso, y con eso activaron todas las alarmas de la decencia internacional y colmaron la paciencia interna.

Clausewitz sostiene que la victoria es el resultado de sumar fuerzas materiales y morales. Hemos intentado describir que este régimen esta materialmente exhausto y moralmente destruido. Está en un momento en donde no gana espacios, sino que a duras penas mantiene lo que tiene. Para mantenerse tiene que hacer esfuerzos crecientes que todavía lo dejan más debilitado económicamente, y menos decente moralmente. No puede mantener las apariencias de un sistema que cuando no es la gasolina que falla, es el trigo, las medicinas, los hospitales, la seguridad ciudadana, la inflación o la escasez. No puede tampoco sostener por mucho tiempo las excusas de una guerra económica y de una serie de conjuras y conspiraciones que no los deja gobernar. No puede invocar la penuria económica porque no puede renunciar a pregonar que “somos un país potencia”. Tampoco puede intentar la austeridad porque el poder presidencial solo tiene como base la asignación graciosa y arbitraria de prebendas, créditos, divisas y posibilidades. No puede evitar la contradicción entre una escena donde grita y proclama el respeto por las empresas, mientras en simultáneo se suceden allanamientos y violaciones a los derechos de propiedad. La procesión ya no va por dentro. Es pública y notoria. Pero, sobre todo, estas iniciativas de la represión están fisurando la coalición y deteriorando el aura de autoridad inapelable del jefe del régimen. El desaliento y la futilidad tocan a sus puertas, para indicarle que no puede seguir ganando. Lo que fue una estrategia ofensiva ahora es un intento defensivo, de supervivencia, de intentar el día siguiente, sin otra iniciativa que las excusas, la represión y las promesas irrealizables.

El régimen cometió el error de intentar una guerra contra todos, de ampliar irracionalmente sus flancos, y de creer que todavía, en esas condiciones, podía hacer lo que le viniera en gana. La fatal arrogancia de los que se consideran sobrados. Ahora, diría Clausewitz, están entrampados en la meta irrealizable de ser una dictadura aceptable; ellos creen que el continente se va a calar a una nueva Cuba, aislada, prepotente y extremadamente cruel. Esa es una aspiración anacrónica e inviable. Cuba es una equivocación atragantada en la historia del siglo XX latinoamericano. El régimen intenta, por lo tanto, “un simple gasto de fuerza inútil, que no produce mayores resultados; es un gasto ruinoso, que causa reacciones, las cuales, de acuerdo con la experiencia universal, tienen siempre efectos desproporcionados”. No se puede luchar contra todo el mundo todo el tiempo. No se puede mentir a todo el mundo todo el tiempo. No se puede reprimir a todo el país a la vez. No se puede ser tan descarado. Me temo que el régimen ha invocado a sus monstruos y despertado a sus propios demonios. Por cierto, ojalá que así lo entiendan las oposiciones democráticas.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

La entrada Una guerra contra todos aparece primero en Noticias Venezuela.

Eso que llaman legalidad

 

Abril 3, 2017

Print FriendlyImprimir

Compártelo con tus Amigos

Enviar a un amigo Enviar a un amigo

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- A las empresas les va muy mal cuando el entorno no cuenta con la racionalidad suficiente para poder ser predecible. Esa racionalidad es provista por el estado de derecho. Si debiéramos definirlo en breves palabras, podríamos decir que se trata de aquel estado en los que se cumplen un catálogo de buenos principios, entre los que destacan la universalidad de la ley, la participación de los ciudadanos en la legislación, y que todo acto importante del gobierno debe obedecer a una ley. A esta última condición se le conoce como el principio de la reserva legal.

Por otra parte, todos los tribunales y organismos públicos quedan sujetos a la ley y al derecho. Con esto se descarta la arbitrariedad y la tiranía. Cuando impera la legalidad la conducta de las autoridades es predecible, porque no se concibe otra posibilidad que el apego irrestricto a una sana interpretación de la norma, de la que se aspira claridad, coherencia y estabilidad. La legalidad también se afianza en la división de poderes, con el fin de impedir el dominio totalitario que se derivaría de su ejercicio absoluto. La ley define y delimita al poder a favor del ciudadano.

La legalidad también garantiza la protección jurídica: la posibilidad que todos deben poseer de obtener sus derechos por la vía judicial. En suma, el Estado de Derecho es aquel Estado confiable que brinda orientación y protege la confianza depositada en él. Cuando está vigente es la mejor garantía de la paz, la propiedad y la libertad.

Las condiciones de marco jurídico son esenciales para la prosperidad. A los estados totalitarios corresponde una economía miserable, bajas tasas de inversión, escasa motivación para la productividad, y muy poca empresarialidad. Las empresas necesitan reglas universalmente aplicadas, entre otras cosas porque esa es una de las exigencias de la competencia: las mismas reglas, aplicadas de la misma manera, sin favoritismos ni excepciones. No es sano ni produce buenos dividendos cuando una empresa se sirve de su capacidad de influencia y cercanía al poder para obtener prebendas y beneficios que nunca obtendría en una condición competitiva. Tampoco es sano cuando el gobierno tiene la potestad de asignar privilegios a unos y violar los derechos de otros. Los productos más conspicuos de la asignación de privilegios son la corrupción y la ineficiencia. Tampoco es sano que la ley no garantice un límite a la capacidad de intervención del gobierno en la gestión de las empresas. Las violaciones a los derechos de propiedad, la manía expoliatoria que se expresa en las vías de hecho, y la prepotencia burocrática que llega a un establecimiento para multar, confiscar e incluso apresar a los dueños y gerentes, no traen otra consecuencia diferente a la pobreza de opciones que se aprecia en los países que sufren este estilo de gobierno sin legalidad. Las dictaduras que expresan las ideologías del socialismo radical son una buena demostración de las terribles consecuencias de vivir al margen del Estado de Derecho.

Sin legalidad no hay orden social posible, ni capacidad de cálculo económico. La arbitrariedad gubernamental es una fuente insuperable de caos. El intervencionismo agudo, propio de los socialismos, es hijo legítimo de esa arbitrariedad, y por lo tanto la forma como el caos se hace presente. La tentación del uso de la fuerza pura y dura para torcerle el pescuezo a la economía no trae bienestar, pero si conduce a una situación donde solamente las mafias asociadas al poder tienen algún escaso momento de prosperidad. Pero no es una prosperidad productiva sino es el producto del saqueo de las fuentes de riqueza del país.

La empresarialidad no se improvisa. Los éxitos empresariales son el resultado de una larga curva de aprendizaje donde se cruzan experticia con experiencia, persistencia y capacidad de riesgo. Pero hay algo más. A la empresarialidad hay que sumarle talante ético, porque no todo vale lo mismo, ni todas las estrategias conducen al mismo sitio. Hay aprovechamientos competitivos y aprovechamientos espurios. Los primeros cohesionan a la empresa y la empujan hacia el desafío de nuevos retos. Los segundos desaniman y marcan culturalmente a ese tipo de empresas. Mikel de Viana S.J. repetía como un mantra que “nadie sigue a un pirata, nadie está dispuesto a trabajar para una rata”. Y es que la gente sabe cuáles son las consecuencias corrosivas de acompañar la ilegalidad. Cuando no hay legalidad, hay trampa. Y donde hay trampa, hay tramposos. Y donde hay tramposos hay impunidad. Y la impunidad no permite la capacidad de cálculo racional que requieren las empresas para salir adelante.

Por eso es que cualquier agenda de política económica debe luchar porque no ocurra la concentración del poder, las tendencias al autoritarismo, al despotismo, al totalitarismo. El modelo económico de la legalidad es separación, distribución y equilibrio de poderes, reducción de la capacidad de intervención del estado, desburocratización, descentralización, y trasferencia de servicios públicos y empresas públicas a los privados. Estado mínimo con abundancia institucional. La receta contraria es esta barbarie que estamos viviendo.

@vjmc

El futuro no está escrito

 

28.03.17, 5:03 am / Editor /

admin

Víctor Maldonado C.Estamos en la peor de las circunstancias. Una inmensa tormenta se cierne sobre nosotros y no sabemos qué hacer. El país se sigue disolviendo en una crisis cuyos costos nadie quiere afrontar con seriedad propositiva. Persiste un lenguaje populista que provoca una inmensa decepción, porque la dirigencia política tiene mucho miedo de hablarle al país con claridad. El estado venezolano no es viable, no podemos financiar 2,7 millones de empleados públicos y más de 500 empresas públicas que en su conjunto lo único que aportan es distorsión, indisciplina fiscal y perdidas monumentales. Nadie sensato puede pensar que podemos salir de la crisis manteniendo vigente el estatismo y preservando para los que vienen el inmenso poder que tiene el ejecutivo nacional. Los venezolanos están pasando penurias, el hambre llegó a millones de familias que no saben qué hacer para preservar sus activos y su calidad de vida. La clase media está sumergida en una pobreza que los va a flagelar por muchos años. La violencia es la dueña de las calles y la escasez se ha transformado en un puñal que siempre está allí, a flor de piel, a punto de atravesarnos por el costado, porque nos hace víctimas potenciales de la adversidad. Ante este cuadro que resulta dantesco ofende la indiferencia con la que se trata la tragedia a la que están expuestos millones de venezolanos.

La indiferencia política es el resultado de no saber qué hacer y de cierta holgura que todavía mantiene la clase política. Algunos se han recluido en la negación. Otros han caído en el narcisismo político. Muchos de ellos creen que en estas circunstancias tiene algún sentido la preservación de unos signos, una tarjeta y una parcialidad. Todos ellos parecen cómodos con unas reglas en las que la ficción de unas mayorías aplasta, a través de un reglamento infame, el papel de las minorías.  No tienen ni demuestran esa generosidad que hace falta para ser una alternativa creíble a un régimen tan excluyente como el que vivimos. Las tragedias lucen distantes de una agenda que está centrada en preservar el espacio de los partidos, olvidando que el hambre, la enfermedad y la muerte cobran de contado. Resulta sorprendente que haya alguien que defienda el diálogo como vía de solución, y peor aún, que esta gente sea tan contumaz como para seguir insistiendo en confundir al país.  Ciertamente el diálogo es un logro civilizacional que tiene un valor ético. Ojalá todo se pudiera resolver por esa vía, pero esa ruta exige un conjunto de condiciones que ahora no están presentes en el país. Lamentablemente se ha montado una conjura, la conjura de los ingenuos, que pretenden desmontar un régimen como el que vivimos usando este mecanismo de resolución de conflictos. Esa conjura no puede ni podrá evadir su responsabilidad en el sufrimiento de los venezolanos.

La ingenuidad y la corrección política ha reducido a la alternativa democrática a un club de señoritas pudorosas que son incapaces de ver las jugadas perversas del régimen. Por eso es y fue imperdonable el haber afrontado de la forma más improvisada posible un ciclo de encuentros asimétricos, mal negociados, con mediadores que no son confiables, pero, sobre todo con un equipo que se armó allí, donde era más importante la indulgencia fotográfica que satisfacer las expectativas de la ciudadanía. Cuando se planteó el debate sobre su necesidad y su oportunidad, de inmediato se activó una línea comunicacional en la que “los influencers” convalidaron ardorosamente esa propuesta. Para colmo la entrada del Vaticano al equipo de mediadores fue confundida algo totalmente diferente, un halo de virtud e infalibilidad religiosa que los obligaba a seguir en la trama sin medir las consecuencias, como si la sola presencia de una sotana podía balancear un proceso que comenzó mal y por lo tanto tenía que concluir como terminó.

Solo ahora sale Chuo Torrealba a decir que “fracasó por incumplimiento del régimen, porque la oposición acudió sin tener claridad ni consenso alrededor de qué objetivos buscaba, y porque no usó el apoyo técnico que tenía a disposición”. Tres errores cometidos con una imperdonable arrogancia. Confiar en el régimen, y pretender el diletantismo como estilo político que puede darnos resultados. Pero ese peligro todavía no se ha conjurado. Sigue estando presente esa línea de acción como posibilidad, esperando que en una segunda oportunidad el régimen va a prestarse a su propio desarme de poder, va a convalidar la clausura del socialismo del siglo XXI, y va a comportarse republicanamente.

La verdad es otra. El régimen sigue descontando los costos de la represión mientras gana tiempo. La coalición cívico-militar está aprendiendo a ser todavía peor de lo que es, y a practicar esa indolencia que resulta tan desalentadora. No le importa los costos de la crisis. No le interesa las consecuencias del hambre, ni la fractura de las familias, ni el crimen enseñoreado de las calles, que por eso mismo lucen vacías al ocaso y hasta el amanecer. Tampoco le afecta el desempleo, el colapso empresarial o el crecimiento de la informalidad. Ni una vez se han dado por aludidos por las escenas dantescas que muestra a familias enteras comiendo basura, o los efectos evidentes de la desnutrición. Ellos están en otra cosa. Están en lo de siempre, en la dimensión fraudulenta de la propaganda y la puesta en escena. El carnet de la patria es un fiasco. Las bolsas CLAP se transformaron en lo de siempre, una oportunidad para que la corrupción raspe la olla de los escasos productos del país. Algunos las reciben una que otra vez, pero ni esos privilegiados se salvan de las penurias a las que todos los demás están expuestos. Cabría esperar que ese programa social padece, al igual que el resto, de una inflación de cifras y resultados que lo hacen parecer mucho mejor y más extendido de lo que realmente es. Pero imagínense ustedes lo que significa todo el gobierno reducido y dedicado a eso nada más: a repartir unas bolsas de comida, y a sobrevivir dentro de un statu quo que resulta incomprensible sin algo de aquiescencia de los que están en la oposición. Y sin que “los influencers” hagan lo suyo, quien sabe con qué tipo de retribución. Ya no se puede negar que hay algunas encuestas y análisis políticos que son una confesión de parte.

El régimen ha disfrutado de un libreto oposicionista que le perdona la vida una y otra vez. Los escándalos e impugnaciones internacionales aquí se tratan con sordina. Las iniciativas hemisféricas han chocado, reiteradamente con la contradicción entre lo que se denuncia y lo que se hace. Timoteo es una muestra de la desfachatez y el descaro con los que se practica la política local. Manuel Rosales tiene un discurso que en poco se diferencia del planteado desde el oficialismo. Henry Falcón se vende como puente y bisagra, sin que nadie le llame la atención o intenten ponerlo contra las cuerdas. Al parecer tiene la indulgencia plenaria de esa izquierda exquisita que no se cansa de vivirse al país y de equivocarse con desparpajo. Para muestra, valga el proceso de legalización de los partidos políticos. Luego de un buen tiempo señalando que el CNE es parte del problema, la MUD fue incapaz de resistirse a participar nuevamente del guión oficial. Habrá ganadores, perdedores, extorsiones, chantajes, nuevas alienaciones, y todo el 2017 perdido para la gente. Porque ahora todos los problemas del país parecen reducidos a tres: legalizar partidos, elegir candidatos para las elecciones regionales, y ganar las gobernaciones. Obviamente ellos creen que el hambre, la violencia, la escasez, los presos políticos y el colapso económico pueden esperar su turno. ¿Estamos ciegos o no queremos ver?

Todo parece indicar que la coalición goza de buena salud, y que por eso mismo el presidente puede perder tiempo en inexplicables cadenas, que se alternan con los espectáculos montados por Diosdado. Ellos ponen el guión, colocan la música y deciden el ritmo. La iniciativa está en sus manos, y la administran a su favor. Aquellos triunfos del 2015 fueron dilapidados en el 2016 y nadie puede apostar a que sea revertida la tendencia en el 2017. Y no será así hasta que la mayoría de descontentos se transforme en una inmensa fuerza concentrada en el cambio político. Hay un detalle. Se necesitan líderes que crean que tiene sentido y que es posible ese cambio político. Por ahora somos, como diría Isaiah Berlin, una mayoría blanda que está siendo gobernada por una mayoría que usa la fuerza pura y dura para imponer sus condiciones.

Ya sabemos que “los influencers” apuestan por la política de la sumisión, esperando “a ver qué pasa”. Pueden pasar años, puede que no pase nunca. Porque el futuro no está escrito. No existen estadísticas sobre el futuro, y ningún futuro es posible si no nos proponemos su ocurrencia con seriedad y disciplina. No pasará nada a favor si nos negamos a “mirar a lo lejos, a lo ancho, a lo profundo; si no tomamos riesgos, si nos negamos a pensar en la gente, en sus expectativas y también en su capacidad de aguante”. No pasará nada si no somos capaces de transformar en indignación activa lo que ahora es adaptación para la sobrevivencia. La diferencia entre una cosa y otra es la presencia o no de liderazgo político que denuncie la realidad y con mucha empatía convoque a la realización de un cambio político en el que todos se sientan representados. La diferencia es la misma que hay entre la resignación cínica y la creación de una visión compartida. Lamentablemente el liderazgo se ha conformado con ser los mayordomos de un régimen que necesita de antagonistas dóciles para simular pluralismo donde solo hay tiranía.

Los venezolanos ya saben cómo se puede perder tiempo valioso. Llevamos dos años dilapidando el tiempo de la anticipación, es decir de la prospectiva de los cambios posibles y deseables. No hay forma de que los partidos acuerden un pacto político que nos muestre verdadera disposición para gobernar el país, superar la crisis, realizar la justicia transicional que todos aspiran, y alternarse en el poder. Sin ese requisito no hay programa de gobierno que tenga sentido, porque nunca va a ser puesto en práctica. Lo triste es que sean esos personalismos de pigmeos los que lo impidan. Llevamos dos años perdiendo el tiempo de la preparación de la acción: es decir, no hemos podido elaborar y evaluar las opciones estratégicas posibles para allanar el camino a los cambios esperados (preactividad) y provocar los cambios deseables (proactividad). Ni podemos con la coyuntura, ni tenemos la más remota idea de cómo acordar los consensos mínimos para ser alternativa contrastante a lo que está ocurriendo.

No seremos alternativa mientras todos los partidos -salvo Vente- estén en la cola del socialismo, se declaren de izquierda, y pretendan ser la versión benigna del populismo estatista y personalista que nos está matando. Por eso, ni preactivos ni proactivos. Solamente la misma voracidad con la que quieren tener poder. Por eso, el repugnante populismo y la misma demagogia en boca de los políticos, que lucen perdidos en el intento fallido de decir y ofrecer lo que supuestamente quieren oír y recibir los venezolanos. Mientras tanto los problemas se agravan y ellos lucen deslucidos y espectrales.

Michel Godet, economista francés, profesor en el Conservatoire National des Arts et Métiers y titular de la cátedra de prospectiva estratégica plantea que solamente hay cinco actitudes posibles frente al futuro: la actitud delavestruz pasivo que sufre el cambio; la del bombero reactivo que se ocupa en combatir el fuego, una vez éste se ha declarado; la del asegurador pre-activo que se prepara para los cambios previsibles pues sabe que la reparación sale más cara que la prevención; y por último, la conducta del conspirador pro-activo que trata de provocar los cambios deseados.Nuestra tragedia es que hemos pasado veinte años entre avestruces y bomberos, mientras los otros, los del régimen, han logrado imponer el guión de la tiranía y la servidumbre.

¿Perfectos o neuróticos?

 

Marzo 13, 2017

Print FriendlyImprimir

Compártelo con tus Amigos

Enviar a un amigo Enviar a un amigo

VictorMaldonadoVíctor Maldonado C.- Hay profesionales que son presa de su propia inseguridad. Como si no estuvieran totalmente claros de que sus resultados son la consecuencia de sus esfuerzos, inteligencia, estudios y otras cualidades de carácter que terminan conjugadas y bien expresadas en secuelas virtuosas. No pueden hacer ese inventario a favor. Las dudas los carcomen, la angustia los hace pasar por crisis emocionales constantes y nunca se sienten a gusto. Son los antiguos estudiantes que siempre salían desolados de los exámenes, que seguramente habían reprobado, pero que luego les devolvían con la calificación más alta posible. En ellos el miedo y el estrés es abrumador porque a pesar de obtener buenos resultados, se consideran un perfecto fraude.

El sentirse un impostor sin llegar a serlo, es un peligro que acecha a profesionales que tienen un alto nivel de auto exigencia. El fenómeno fue estudiado por primera vez en 1978 por Pauline Clance y Suzanne Imes. Ellas llamaron “síndrome o fenómeno de impostor” a la incapacidad de internalizar y aceptar logros propios, y a la atribución de los resultados a la casualidad, la suerte, los contactos, la coyuntura, la perseverancia, el atractivo o la simpatía personal, e incluso, una sobre-exigencia de las propias habilidades.

Manfred Kets de Vries abundó en el fenómeno en un artículo que escribió para HBR en septiembre de 2005. El profesor, coach y psicólogo refiere que sus estudios sugieren “que estructuras familiares específicas pueden ser semilleros para los sentimientos de impostura neurótica. Ciertas familias disfuncionales -particularmente aquellas en que los padres ponen demasiado énfasis en el logro y donde falta calor humano- tienden a producir hijos propensos a la impostura neurótica”. Al final, esos niños pueden llegar a convertirse en profesionales con excelente desempeño, pero muy inseguras sobre las causas reales de esos resultados.

El detonante de la “impostura neurótica” casi siempre comienza con una crisis de perfeccionismo, que lo asumen con criterios absolutos y poco realistas. Comienza así una espiral perversa en la que se fijan metas inalcanzables a las que se responden con conductas auto-saboteadoras, cuando no pueden lograrlas. De allí concluyen que “realmente no son lo suficientemente buenos, pero que les iría mejor si solo trabajaran con más ahínco”, obligándolos a dar el salto para convertirse en “trabajólicos”: se llenan de trabajo para compensar su baja autoestima y rompen con cualquier tipo de balance de vida posible.

Como estrategia de salida, los impostores neuróticos simulan una excesiva humildad. Les cuesta aceptar un reconocimiento por su trabajo, porque temen que el éxito y la fama les produzca heridas emocionales y un alejamiento sustantivo de sus familiares y amigos. Mientras tanto, insisten en la microgestión, el perfeccionismo exagerado, la impaciencia y la presión desmesurada sobre los equipos a su cargo. Todos estos son síntomas de una peligrosa ansiedad por desempeño que daña el ambiente de trabajo y deteriora la moral del equipo.

Si se pudiera revisar cuáles son las causas de estas conductas, seguramente se encontraría temor al fracaso, miedo al éxito, perfeccionismo, postergación de las tareas -por autosaboteo- y adicción al trabajo. Kets de Vries propone que ante el menor indicio de esa conducta se deberá advertir a la persona que esos son rasgos autodestructivos que se deben corregir en tres dimensiones:

No es bueno un desbalance extremo entre el trabajo y la vida.

Toda responsabilidad es inseparable de la crítica constructiva.

Todos estamos expuestos a un auto-escrutinio exigente que algunas veces nos puede hacer dudar. Si eso llega a ocurrir, lo mejor es pedir feedback abierto y sincero.

El excesivo perfeccionismo paraliza. En estos casos lo perfecto es enemigo de lo bueno.

@vjmc