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Ricardo Hausmann en Santo Domingo (I).- Por

enero 9, 2018 Bermneld

El pasado 2 de enero, bajo el título “El día D para Venezuela”, Ricardo Hausmann sacudió la conciencia opositora nacional con un argumento explosivo. Según el brillante profesor de Harvard, el desmoronamiento sistemático de Venezuela como nación, con una dirigencia política ostensiblemente insuficiente para articular una respuesta política adecuada, exige, como única alternativa factible para restaurar la normalidad institucional y humanitaria del país, que la Asamblea Nacional designe un gobierno en el exilio capaz de gestionar ante diversos gobiernos de la región reconocimiento internacional y asistencia militar, mecanismos sin los cuales no sería posible restaurar en la Venezuela actual el orden constitucional y el Estado de Derecho.

Más allá de la inevitable controversia, la inesperada audacia de este planteamiento extremo genera dos interrogantes incómodas. ¿Acaso Hausmann es tan ingenuo como para no saber que a estas alturas de la historia no parece practicable una intervención armada extranjera en América Latina? Entonces, ¿por qué sugerir este aparente imposible político precisamente ahora, a muy pocos días de que se reanude en la capital dominicana la reiterada parodia de diálogo con que el régimen aspira a profundizar su hegemonía totalitaria? ¿Pura coincidencia?

Otro distinguido profesor latinoamericano en el mundo académico estadounidense, el cubano Jorge Domínguez, en su libro sobre la política exterior de la revolución cubana (Cuba’s Foreign Policy, Harvard Press, 1989), recurre a las cambiantes relaciones entra La Habana y Moscú para señalar que en el desarrollo de cualquier relación de carácter hegemónico debemos distinguir, por una parte, lo que él llama “hegemonía abierta”, como la que marcó la política exterior cubana con la Unión Soviética entre 1960 y 1968, o la de Estados Unidos con Cuba hasta 1959, y la “hegemonía cerrada”, como terminó siendo el vínculo entre La Habana y Moscú después de 1968, hasta la desintegración del imperio soviético. En el primer caso, la parte sumisa de la relación conserva cierta autonomía y la parte dominante se lo permite en beneficio de ambos. En el segundo caso, como ocurrió entre Cuba y la Unión Soviética después de la visita de 37 días de Fidel Castro a Moscú en 1968, la sumisión del sumiso pasa a ser total. A este tipo de relación la llama Domínguez “hegemonía cerrada”. Por otra parte, destaca Domínguez que en ambos casos, y esto es importante, para que la relación hegemónica sea útil y estable, se requiere que la parte sumisa acepte de buen grado el dominio de la otra.

En el caso de Venezuela, está por producirse una modificación similar en los términos de la ecuación que define la naturaleza de la relación real entre el régimen y el sector más dialogante de la oposición. Un tránsito desde la relación de “hegemonía abierta” que impuso el régimen y aceptó la dirigencia opositora después de la derrota del llamado “paro petrolero” en diciembre 2002, hacia una nueva etapa, de “hegemonía cerrada”, que bien puede estar a punto de concretarse estos días en el escenario dominicano.

Las oscuras intenciones del régimen para ejercer el control absoluto de la oposición se pusieron abiertamente de manifiesto cuando Maduro convocó sin ningún contratiempo la elección de una fraudulenta asamblea nacional constituyente con el propósito de borrar del escenario político venezolano el mandato popular del 16 de julio y pulverizar así la esperanza de encontrar una solución feliz al drama venezolano. Tras aquella claudicación sin remedio de los dirigentes de la MUD, profundizada muy poco después por las elecciones regionales y municipales, el régimen puede ahora poner libremente sobre la mesa las cartas marcadas de su ambicioso proyecto hegemónico. Y es justamente en ese espacio tóxico, mientras monseñor Diego Padrón afirmaba la semana pasada en la instalación de la Asamblea Ordinaria de la Conferencia Episcopal que “el pueblo no tiene confianza en los actores ni en la calidad de los objetivos” del diálogo gobierno-oposición que se reanuda pasado mañana en Santo Domingo, donde debemos situar la inquietante propuesta Hausmann. Razón por la cual, aunque físicamente ausente, Hausmann, créanme, estará más que presente en el cónclave dominicano del jueves. De esa presencia nos ocuparemos la próxima semana.

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ARMANDO DURÁN @aduran111 | Laberintos ı ¿Venezuela en transición?

24 Nov 17Screen Shot 2017-11-25 at 8.25.53 AM

En el curso de los últimos días, diversos hechos han tensado las cuerdas del proceso político venezolano hasta extremos que parecen insuperables. A las medidas adoptadas por Estados Unidos y Canadá, a los pronunciamientos de la OEA y del llamado Grupo de Lima, se suman ahora sanciones aprobadas por unanimidad en el Parlamento de la Unión Europea y reunión informal del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para analizar el impacto social y humanitario de la crisis que padece Venezuela. Como dramático telón de fondo, la difteria, el paludismo, la desnutrición y el hambre se extienden sin cesar por todo el país, demostración de que la crisis ya se ha hecho terminal. Una magnitud de la catástrofe que se hace palpable al conocerse que un solo hospital de Venezuela, el de San Cristóbal, capital del estado Táchira, en lo que va de este mes de noviembre se han registrado las muertes de 7 niños menores de 5 años por efectos de la desnutrición. Una crisis a la que debe añadirse la escalofriante escasez de alimentos y medicamentos, la amenaza de que PDVSA, en otros tiempos ejemplar empresa petrolera, se vea dentro de muy poco obligada a suspender el pago de sus compromisos internacionales y de una tasa inflacionaria que este año puede superar la barrera de mil por ciento, un hecho que por supuesto ha pulverizado el poder adquisitivo de los venezolanos.

A estas plagas que hunden a los venezolanos en el más profundo abismo de su historia, prueba de la insuficiencia de un régimen que a duras penas conserva 20 por ciento de popularidad en las encuestas, se suman esta semana otros dos sucesos políticos que a todas luces pueden terminar agravando aún más la debilidad política del régimen.

El primero ha sido la evasión de Antonio Ledezma, alcalde metropolitano de Caracas, secuestrado el 19 de febrero de 2015 y encerrado durante varios meses en la prisión militar de Ramo Verde y después en su domicilio. Nadie sabe a ciencia cierta cómo logró Ledezma burlar la vigilancia de los numerosos agentes de la policía política que custodiaban su residencia, ni cómo logró pasar sin tropiezos las 29 alcabalas que jalonan de obstáculos los mil kilómetros de carretera que separan a Caracas de la frontera con Colombia. Una evasión que a la fuerza debió contar, tal como lo informó el propio Ledezma en sus declaraciones a la prensa, con la colaboración de muchas manos amigas, entre ellas las de numerosos miembros de la Fuerza Armada Nacional.

El otro suceso que ha puesto al descubierto la fragilidad política del régimen tuvo como protagonistas inesperados a José Ángel Pereira, presidente de Citgo, la importante empresa filial de PDVSA en Estados Unidos, y 5 de sus vicepresidentes, todos recluidos por sorpresa en la Prisión General de Venezuela, acusados por la Fiscalía General de cometer los delitos de peculado doloso propio, concierto de funcionario público con contratista, legitimación de capitales y asociación para delinquir. En un país donde desde hace 18 años la no independencia de los poderes públicos le permite a los funcionarios públicos actuar y robar con total impunidad siempre y cuando no den algún paso político en falso, la única razón plausible para explicar el por qué de esta nota disonante hay que buscarlo en los intereses contrapuestos de las facciones que conviven en el chavismo y que ahora, al calor de la crisis, se disputan el control político del régimen. Una lucha entre iguales que a pocos meses de la próxima elección presidencial agita peligrosamente los ánimos en la cúpula del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), guerra a muerte entre quienes a pesar de todo respaldan a Nicolás Maduro contra viento y marea, y quienes en cambio plantean con urgencia la necesidad de sacrificarlo para intentar salvar lo poco que aún queda del agonizante régimen del 4 de febrero.

La suma de estos factores hace que la realidad política del país sea un gran, inescrutable misterio. Nadie lo entiende. Por ejemplo, ¿cómo es posible que la acelerada profundización de una crisis que ya es terminal no haya dado lugar a un cambio substancial de esa realidad? ¿Cómo entender que los 30 millones de habitantes que tiene Venezuela se hayan dejado encerrar en el callejón sin aparente salida de la peor crisis económica, social y humanitaria de América Latina y nada, absolutamente nada, parece haber hecho mella en el régimen que precisamente ha ocasionado esta calamidad sin precedentes? ¿Y, cómo, después de casi 20 años de gobernar como les da la gana con los resultados que están a la vista, los jerarcas de esta mal llamada revolución bolivariana sigan gobernando con la misma combinación de absoluta impunidad y absoluta incapacidad?

Nadie en su sano juicio ofrece una razón convincente para descifrar el jeroglífico. Poco importa que Venezuela haya sido ejemplo de democracia y desarrollo para buena parte del continente; lo que cuenta es que hoy sólo es muestra bochornosa de la miseria física y moral que padece la inmensa mayoría de la población. Lo cierto es que tras haber ingresado a sus arcas centenares de miles de millones de dólares durante los últimos 18 años, un régimen que desde sus orígenes ha justificado su existencia en la solidaridad social, lo único que hace por ese pueblo que sufre sin esperanza los estragos del abandono y la marginalidad más extrema sea concederle los beneficios de pocos programas de beneficencia pública, siempre escasos y de pésima calidad, mientras la gente se pregunta dónde han ido a parar esos inconmensurables miles de millones de petrodólares que al menos en teoría les pertenecen a todos los venezolanos.

El argumento más simple para justificar que nada haya cambiado, el inmovilismo que proclama a los cuatro vientos el ostensible fracaso de la oposición a lo largo de estos años, ha sido el de la falta de unidad en el frente opositor. Sin embargo, en 2015, los partidos y movimientos políticos que se integraban en la Mesa de Unidad Democrática asumieron la unidad como objetivo imprescindible para enfrentar al régimen. La derrota aplastante de los candidatos chavistas en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de aquel año fue el auspicioso resultado de ese compromiso unitario. Por primera vez la oposición podía jactarse de controlar la Asamblea Nacional, un poder constitucionalmente incuestionable. Sobre todo, porque no sólo había conquistado ese día una histórica victoria política, sino que esa votación ponía ahora en manos opositoras dos terceras partes de la nueva Asamblea Nacional.

Ya sabemos lo que ha ocurrido desde entonces. Además de negarse a reconocer sistemáticamente las atribuciones que la Constitución Nacional le fija al Poder Legislativo, inmediatamente después el régimen designó al margen de la legalidad un nuevo y militante Tribunal Supremo de Justicia, cuya finalidad era anular todas y cada una de las decisiones tomadas por la Asamblea. Un auténtico golpe de Estado, que en enero llegó a al extremo de dictar dos sentencias mediante las cuales asumía porque sí la totalidad de las funciones de la Asamblea. Mientras tanto, el sumiso Consejo Nacional Electoral le negaba a los ciudadanos su legítimo derecho a solicitar la convocatoria de un referéndum revocatorio del mandato presidencial de Maduro, desafuero que a su vez provocó la denuncia de la MUD de esa injerencia inconstitucional, y el llamamiento que la alianza opositora le hizo al pueblo a declararse en rebelión civil; aunque muy poco después, preocupado por la magnitud de unas manifestaciones populares que no respondían a su agenda política, decidieron entrar por el aro de una trucada ronda de diálogo hacer abortar tanto esas incómodas protestas de calle como la iniciativa de Luis Almagro en la OEA para aplicarle al gobierno de Maduro la Carta Democrática Interamericana.

Una vez desactivada ambas acciones se suspendieron las conversaciones del gobierno y la MUD. Era de esperar. Ese engaño, y las persistentes violaciones a la Constitución y las leyes por parte del régimen, obligaron a la MUD a retomar la ruta de las protestas callejeras. Durante cuatro meses, desde el 2 de abril hasta el primero de agosto de este año, la unidad inquebrantable de centenares de miles de ciudadanos se encargó de llenar las calles de Venezuela, a pesar de los más de 130 manifestantes asesinados por las fuerzas represivas del régimen y de los miles de heridos y detenidos.

¿Qué pasó entonces? La unidad opositora era firme y había conseguido una victoria electoral histórica el 6 de diciembre de 2015. Esa misma unidad conseguía arrinconar ahora al régimen, estimular la condena de la comunidad internacional al despótico régimen chavista y entusiasmar a la opinión pública mundial con la conducta valiente y cívica de la sociedad civil venezolana. Sin embargo, cuando la unidad opositora estaba por fin a punto de alcanzar su objetivo de cambiar presidente, gobierno y régimen, aquella fuerza popular, a todas luces incontenible, se desvaneció de la noche a la mañana, sin pena ni gloria. Maduro pudo entonces constituir inconstitucionalmente y sin mayores contratiempos una supuesta Asamblea Nacional Constituyente como poder único sobre todos los demás poderes, y aquí, caballeros, como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo normal.

¿Por qué? ¿Por qué diablos esa unidad, ese inmenso esfuerzo colectivo, en lugar de avanzar hacia la restauración democrática de Venezuela, se hizo de repente humo y olvido? La próxima semana, trataremos de despejar esta incógnita.

ARMANDO DURÁN @aduran111 | LA LIBERTAD DE ANTONIO LEDEZMA

 MARTES 21 DE NOVIEMBRE DE 2017Screen Shot 2017-11-21 at 7.20.41 AM

 

>> Esta libertad de Ledezma, además de denunciar esta falsa unidad que pregona el sector colaboracionista de la MUD, convoca directamente a todas las fuerzas democráticas de Venezuela a depurar la alianza

La noticia atrapó el pasado viernes la imaginación de Venezuela y de los medios de comunicación internacionales. Antonio Ledezma, secuestrado 1003 días antes, primero en la prisión militar de Ramo Verde y después en su propio domicilio, había logrado burlar la vigilancia de sus custodios y ya se encontraba en Cúcuta.
Más allá de lo anecdótico de la peripecia, la libertad de Ledezma tiene dos sentidos muy bien definidos. El primero, por supuesto, es el humano. A todos nos llena de alborozo la liberación de cualquier ciudadano privado de libertad por la fuerza de un régimen despótico. Pero sobre todo tiene un hondo sentido político. No se trata simplemente de devolverle su libertad a un hombre justo, sino de entender que esa libertad posee un valor que la trasciende. A partir de este instante, gracias a esa libertad, la correlación de fuerzas que acaparan el poder en Venezuela, la que representa Nicolás Maduro y la de una supuesta dirigencia política de oposición que después de desactivar la calle el pasado primero de agosto, cada día colabora aún más con el régimen, ha cambiado abruptamente. De ahí

la reacción grosera de Maduro ante un hecho que lo tomó por sorpresa

y de ahí también la bochornosa conducta de algunos escribidores de esa república criolla de Vichy al hablar, sin ningún pudor, de una presunta participación del alto gobierno en la liberación de Ledezma.
Por supuesto, ambas fuerzas tienen razón para actuar de esta impertinente manera. La libertad del alcalde constituye un peligro real para ambos. A fin de cuentas, la alianza de Ledezma con María Corina Machado es una combinación del carajo. De nada vale la sonrisa forzada de Maduro desde la pantalla del canal oficial para insultar y burlarse de Ledezma. Ya corren días muy difíciles para un chavismo que agoniza después de una semana verdaderamente demoledora. Primero fue el acuerdo de la Unión Europea contra el régimen. Después, la reunión informal del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en eso consiste precisamente la llamada fórmula Arria, condenando lo que muy pocos defienden. Por último, el rotundo fracaso de la intentona por refinanciar una deuda incalculable, bajo la perturbadora amenaza de una suspensión de pagos, al menos de PDVSA. Ahora, para colmo de males, les estalla en la cara la libertad de Ledezma.

Por otra parte, voces no precisamente del gobierno, se han entregado a esa empresa canalla de descalificar la libertad de Ledezma. Fue una fuga preparada por el gobierno, dice, porque esa libertad pone en evidencia la naturaleza espuria de una dirigencia opositora que se dispone a reanimar el próximo primero de diciembre en República Dominicana la parodia de diálogo, así la calificó Ledezma la mañana de este lunes en entrevista con el canal español Antena 3, que en ese mismo escenario caribeño pusieron en marcha Maduro y José Luis Rodríguez Zapatero hace poco más de año y medio con la única finalidad de hacer abortar, tanto la iniciativa de Luis Almagro en la OEA para aislar al régimen venezolano, como el ímpetu de las manifestaciones de protesta popular que comenzaban a estremecer por ese entonces las calles de Venezuela.

Screen Shot 2017-11-20 at 11.48.33 AMLedezma, sobre su fuga |Un guardia nacional me guiñó un ojo me dijo ‘continúe’; ahí… 

Esta libertad de Ledezma, además de denunciar esta falsa unidad que pregona el sector colaboracionista de la MUD, convoca directamente a todas las fuerzas democráticas de Venezuela a depurar la alianza para poder alcanzar una auténtica unidad. O sea, que la libertad de Ledezma, más allá de ser una indiscutible victoria personal, debe entenderse como lo que en verdad es, una estruendosa victoria política que, sin la menor duda, contribuirá muy poderosamente a devolverle el ánimo a los venezolanos para emprender el único camino a seguir para superar esta crisis terminal y restaurar el hilo constitucional y el estado de Derecho. ¡Bienvenida sea, pues, la libertad de Antonio Ledezma!

 

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ARMANDO DURÁN @aduran111 | Laberintos -El colapso de la economía venezolana

10 Nov 17Screen Shot 2017-11-11 at 5.39.56 AM

imagesHace pocos días, Nicolás Maduro ordenó, como si ello dependiera exclusivamente de su voluntad, la reestructuración de toda la deuda exterior venezolana, que ya supera con creces los 100 mil millones de dólares, impagable para una nación empobrecida, cuyas reservas internacionales ya no llegan ni a 10 mil millones de dólares. No obstante, según muchos analistas financieros de Estados Unidos y Europa, el régimen venezolano podrá eludir este peligro letal gracias a Rusia y China, dispuestos a cargar con el costo del rescate a cambio de que las autoridades bolivarianas le concedan generosas recompensas en territorios tan suculentos como el del petróleo, las refinerías, el oro, los diamantes y otros minerales preciosos o estratégicos.

Por ahora, a la espera de que se concreten estas complejas negociaciones, Venezuela parece haber recuperado momentáneamente el aliento. Por una parte, Rusia ha anunciado esta semana que reestructuraría los 3 mil millones de dólares de deuda venezolana. Por otra parte, este jueves Nicolás Maduro se anotó otros dos importantes tantos a favor.

Uno, que los dirigentes de Primero Justicia y Voluntad Popular, Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, y Luis Florido, presidente de su Comisión de Política Exterior, informaron que en los próximos días y en vista de la elección presidencial prevista para el año que viene, la oposición, es un decir, por supuesto, reanudará sus conversaciones con representantes del gobierno Maduro con la intención de descontaminar las viciadas condiciones electorales que impone el Consejo Nacional Electoral. Un nuevo paso en falso de lo poco que queda de la alianza opositora de la MUD, irremisiblemente rota por sus insuperables contradicciones internas, pero que les garantiza a sus sobrevivientes la posibilidad de no desaparecer del todo. Eso sí, a un precio que intoxicará irremediablemente el futuro de estas organizaciones políticas, pues la convivencia con el régimen entraña la obligación de aprobar en la Asamblea Nacional los acuerdos internacionales del régimen en materia de reestructuración o refinanciamiento de la deuda externa, exigencia constitucional sin cuyo cumplimiento esa deuda reestructurada o refinanciada carecería de legitimidad. Dos, que este jueves, a últimas horas de la tarde, aunque con varios días de retraso, Venezuela al fin hizo efectivo el pago de casi mil millones de dólares para cubrir la cuota de capital pendiente correspondiente a los bonos PDVSA 2017N.

La duda, sin embargo, persiste: ¿Logrará el régimen bolivariano ordenar sus finanzas públicas al precio de cederle a Rusia y China el control de sus riquezas y hasta de su soberanía, o a pesar de todos estos pesares tendrá finalmente que asumir el fracaso del proyecto chavista al verse obligado a suspender el pago de sus cuantiosos compromisos internacionales?

La realidad no perdona

Cualquiera que sea el desenlace de este inquietante episodio del drama venezolano, lo cierto es que la economía venezolana sencillamente ha colapsado. Y sus consecuencias sociales ya son demasiado visibles. A la escasez de alimentos y medicinas que caracterizó el desarrollo inicial de la crisis general que asola a Venezuela, se ha sumado en los últimos meses una hiperinflación de consecuencias imprevisibles. Enfermedades erradicadas hace décadas, como el paludismo y la difteria, han reaparecido y se propagan a gran velocidad por toda la geografía nacional; los billetes de banco han desaparecido de las calles y los bancos venezolanos y el hambre comienzan a generalizarse en los sectores de menores recursos, más de la mitad de la población de este país petrolero con reservas de crudo mayores que las de Arabia Saudita.

Hasta hace poco, la versión oficial de la historia le achacaba la culpa de esta catástrofe a la caída abrupta de los precios del petróleo en los mercados internacionales. Desde hace un par de años la narrativa ha cambiado: ahora la culpa de todo la tiene una supuesta guerra económica desatada por los grandes poderes neoliberales del planeta, Estados Unidos a la cabeza, con la finalidad de destruir la revolución bolivariana y la esperanza del pueblo de llegar cuanto antes al mar de la felicidad socialista.

En efecto, los ingresos generados por la industria petrolera venezolana han sufrido una merma importante, en cierta medida como consecuencia del desplome de los mercados internacionales del petróleo, pero la causa principal de esta calamidad ha sido la pésima gestión de la industria petrolera, que se ha traducido en una reducción considerable de la producción de crudo, que de 3.2 millones de barriles diarios en 1999, primer año del régimen chavista, apenas llega estos días a 1.9 millones de barriles diarios. Y a que esa misma mezcla venenosa de incapacidad y corrupción que ha destruido la producción, ha reducido al mínimo la capacidad de las refinerías de PDVSA, incluyendo la del Centro Refinador de Paraguaná, el segundo mayor del mundo, lo cual obliga a la importación masiva de gasolina y otros productos terminados a precios internacionales para poder satisfacer la demanda interna, a los precios ridículos de esos productos en las estaciones de servicio del país.

Otros dos factores que han contribuido poderosamente a la destrucción de la economía del país han sido ocasionados directamente por el proyecto chavista de acosar al sector privado de la economía como objetivo esencial del proyecto, incluyendo en esa política suicida la sustitución de productos nacionales por productos importados, y el despilfarro continuado y sin medida de la riqueza petrolera con propósitos exclusivamente clientelares, tanto para ensanchar las bases sociales de apoyo al régimen en Venezuela, como la solidaridad de la comunidad latinoamericana y el desarrollo de un frente continental, la Alianza Latinoamericana Bolivariana, para enfrentar al imperio.

A estas distorsiones y deformaciones de la estructura económica y financiera del país debemos añadir los efectos devastadores de la insuperable insuficiencia del régimen para administrar el disparate de esta política económicaScreen Shot 2017-11-11 at 5.54.08 AM

La revolución chavista

La primera gran dificultad para aproximarse a aquella primera faena del chavismo era percibir en lo que a todas luces había sido un intento de golpe militar al mejor estilo de los carapintadas argentinos, con quienes luego Chávez entablaría vínculos muy estrechos, los ingredientes de una acción revolucionaria de izquierda. Esta confusión llegó a tal extremo, que incluso Fidel Castro condenó de inmediato la intentona golpista y le ofreció públicamente todo su respaldo a Carlos Andrés Pérez. No sería hasta algún tiempo más tarde que se supo que grupos y personalidades de la insurrecta izquierda venezolana de los 60 y 70 venían conspirando con Chávez desde hacía años. En 1998, pocos meses antes de iniciar su campaña electoral por la Presidencia de la República, ya no era un secreto para nadie la ideología de su proyecto.

Los objetivos principales de su plan para la Venezuela que se proponía construir los fijó Chávez en un folleto titulado Cinco polos para una nueva República, como resumen de su oferta electoral al país:

  • Convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente para sustituir la democracia representativa como fundamento político de Venezuela por lo que él llamó democracia participativa.
  • Impulsar el equilibrio social para avanzar hacia una sociedad justa, sin pobres ni ricos.
  • El desarrollo de una economía que él llamó humanista, autogestionaria y competitiva.
  • Crear un equilibrio territorial mediante la desconcentración del poder y de las inversiones públicas.
  • Defender la soberanía nacional mediante lo que él llamaba entonces “mundialización”, es decir, la promoción de un mundo multipolar para enfrentar la hegemonía unipolar de Estados Unidos y del neoliberalismo globalizador.

El triunfo chavista en el convencional ruedo electoral generaba algunas dudas significativas. ¿Cómo ver a Chávez entonces, como demócrata más o menos excéntrico pero demócrata al fin y al cabo, o como verdadero revolucionario comprometido con la idea de lanzar a Venezuela, al precio que fuera, por el despeñadero del odio social, rumbo a una transformación del Estado y la sociedad? ¿Su ascenso al poder por la vía de un evento electoral impecable lo obligaba a transitar, aunque a regañadientes, por los caminos de la tradicional democracia occidental, o su propósito político, aunque en paz y democracia, seguía siendo el mismo que años antes había intentado imponer por la fuerza? En otras palabras, ¿bastaba el origen democrático de su gobierno para calificar de democrática la naturaleza de su gestión presidencial por venir?

Durante los primeros meses de su gobierno, en la ruta emprendida por Chávez para refundar a Venezuela, se destacan dos hechos que marcarían el rumbo que de inmediato seguiría el país. El primero fue la elección de una Asamblea Nacional Constituyente, integrada por una inmensa y aplastante mayoría de chavistas incondicionales: a pesar de haber obtenido una mayoría relativa de votos, las triquiñuelas aritméticas de sus asesores electorales le permitieron conquistar 124 de los 131 escaños en disputa. El segundo, las 49 leyes redactadas en secreto y sin consultar a nadie bajo el cobijo constitucional y parlamentario de una Ley Habilitante que le daba poderes absolutos. Con la aprobación de estas leyes, anunciadas el 14 de noviembre de 2001, Chávez se adentraba en un terreno temerario, pues echaba las bases para intervenir y afectar la concepción de la propiedad privada, el funcionamiento de la economía y la autonomía de los gobiernos regionales. No obstante, ambas decisiones, cuyas intenciones eran claras, se habían adoptado sin violentar los límites formales del proceso democrático, una realidad con la que Chávez demostraba su astucia para conservar una imagen de gobernante democrático, ciertamente de estilo provocador, pero poco más. Entretanto, se deslizaba hacia el objetivo de construir y consolidar, por caminos muy distintos a los habituales, una revolución que a todas luces parecía imposible en la Venezuela del siglo XXI.

Hacia la suspensión de pagos

Los decretos-leyes de aquella Ley Habilitante condujeron a diversos actos y manifestaciones de protesta que terminaron en los sangrientos sucesos del 11 de abril de 2002 y al derrocamiento de Chávez durante 47 horas. Al igual que su derrota del 4 de febrero, este contratiempo constituyó en realidad una gran victoria política de Chávez. Por una parte, le permitió comenzar una implacable y definitiva purga de las Fuerzas Armadas, hasta terminar convirtiéndolas en la guardia pretoriana de su revolución. Por otra parte, desmontó la exitosa organización de PDVSA como empresa ejemplar y la convirtió en la caja chica que necesitaba su proyecto político para hacerse viable. Por último, le hizo ver a los partidos políticos, tan debilitados por el oportunismo y la corrupción que en 1998 le habían abierto a Chávez las puertas del poder político, que para enfrentarlo ahora tuvieron que poner en manos de las centrales obrera y patronal la conducción política del movimiento opositor, que su futuro no estaría jamás en esa tesis rupturista del “¡Chávez, vete ya!”, sino en el entendimiento permanente, la cohabitación, con el régimen que nacía a partir de ese crucial instante.

Desde entonces, la suerte del proyecto chavista y el papel de la oposición, integrada primero en una alianza llamada Coordinadora Democrática y desde 2009 en la ahora difunta Mesa de la Unidad Democrática, estaban echadas. Hasta tal extremo, que no puede explicarse la actual realidad política de Venezuela sin entender que desde aquel día la revolución bolivariana vive y se desarrolla sin mayores quebraderos de cabeza, valga decir, sin oposición. Fenómeno sin duda único en la historia política de Venezuela, que ha terminado por institucionalizarse, en manos de Nicolás Maduro, seleccionado a dedo y públicamente por Chávez moribundo como su sucesor, y en las de su Asamblea Nacional Constituyente, en una hegemonía con pleno desarrollo al margen de la Constitución, de las leyes y de la racionalidad, no para dar paso a una patria socialista ni nada parecido, sino para darle rienda suelta a un poder absoluto, absolutamente incapaz y absolutamente perverso, que resuelva o no el agobiante problema de su deuda externa, y que ha colocado a Venezuela, inocente e indefensa, al borde de un colapso económico inevitable y de una catástrofe nunca vista en la historia republicana de Venezuela.Screen Shot 2017-11-11 at 6.02.46 AM

Armando Durán: Y ahora, la elección presidencial (I)

Oct 31, 2017 5:56 am
Publicado en: Opinión

thumbnailarmandoduran

De nuevo el mismo falso dilema de votar o abstenerse. Esta vez, ante la nueva trampa electoral de las municipales, que tiene dos objetivos políticos bien definidos. Uno, profundizar las contradicciones internas en la MUD; otro, preparar el terreno para sembrar al futuro precandidato presidencial de la oposición, seleccionado de antemano por Miraflores. Precisamente para eso sirvieron las negociaciones de Primero Justicia y Acción Democrática con los representantes del régimen, cuyo primer resultado fue la adjudicación de cinco gobernaciones y la genuflexa juramentación ante la ANC de cuatro de ellos, los de Acción Democrática.

Quizá por eso la alternativa de los partidos y electores de la oposición a participar en esta convocatoria no parece tan dilemática. Para comprender los dramáticos alcances de la perversa maniobra “bolivariana”, basta tener presente el desconocimiento progresivo y sistemático de la Asamblea Nacional desde el día siguiente de su instalación hasta el por ahora su último episodio, la grosera burla del 30 de julio para designar a dedo la llamada constituyente, cuya única finalidad ha sido usurpar las muy pocas funciones constitucionales que todavía conservaba el legítimo Poder Legislativo y poner en las manos de Nicolás Maduro todas las riendas del poder más personal y absoluto que haya ejercido jamás mandatario venezolano alguno.

Desde esta atroz perspectiva, si bien nadie puede poner en duda lo que significa dejar en manos del PSUV la totalidad de los poderes municipales, lo cierto es que tampoco puede dudarse de que los candidatos “opositores” que se midan en estas elecciones municipales y lleguen a ser beneficiados por la generosidad del régimen correrán la misma patética suerte de los diputados de la Asamblea y de los cuatro gobernadores adecos, que solo son, hasta que Maduro quiera, piezas insignificantes y desechables de un aparato estatal que apenas les reconoce su precaria presencia protocolar.

Esta es la encrucijada que le presenta al país y a la comunidad internacional la actual realidad política venezolana. Su única novedad, que la MUD, como alianza de partidos con fines electorales, está a punto de perder el único efecto positivo de su existencia, la unidad, un logro atado a las relativas oportunidades electorales que ofrecía el régimen para validar ante los ojos del mundo su supuesta naturaleza democrática. Una unidad cuya importancia los asesores electorales de Maduro no calcularon en todas sus dimensiones en diciembre de 2015, hasta que de pronto se vieron desbordados por el impacto de aquella derrota aplastante de los candidatos del PSUV. Nunca más se dejaría Maduro sorprender por ninguna excepcionalidad electoral. De ahí su estrategia negociadora para llegar a acuerdos constructivos con diversos sectores de la oposición, a veces juntos, pero mucho mejor por separado. Eso explica la insuficiencia de la Asamblea Nacional durante el vociferante, y nada más que vociferante, reinado de Ramos Allup, su desvanecimiento durante la más discreta pero igualmente inútil presidencia de Borges y el 15 de octubre.

Esta magnífica relación del gobierno y la oposición ha dado frutos suculentos. El primero, dejar sin respuesta cabal la desincorporación ilegal de los diputados electos por el estado Amazonas y despojar así a la oposición de su mayoría calificada. El último, presagio de lo que ocurriría el 15 de octubre y de lo que sucede desde entonces, el tajante abandono del mandato popular de casi 8 millones de electores, expresado en la consulta popular del 16 de julio, que le permitió a la MUD desactivar la calle y entregarse de lleno al tramposo llamado electoral de las regionales.

El desenlace de esa maniobra artera representa a su vez el paso necesario para llegar a estas elecciones municipales. De ahí, lo analizaremos la semana que viene, que gracias a estas elecciones el régimen quedará en condiciones de avanzar hacia lo que de veras le importa, su definitiva pirueta electoral, o sea, la elección presidencial, prevista para diciembre de 2018, pero que bien podría adelantarse para el próximo domingo 4 de febrero y aprovechar en su favor el valor simbólico del día, la fuerza actual del ejercicio del poder sin oposición y la honda desmoralización del pueblo opositor tras la bochornosa conducta de sus dirigentes desde el pasado 30 de julio.

CONTRA EL ODIO Y POR LA PAZ (I)

Septiembre 16, 2017

El pasado lunes 31 de julio, con la decisión de los cuatro principales partidos de la MUD de inscribir candidatos para las elecciones regionales anunciadas sin mucha precisión por el CNE para algún día del mes que viene, se inició una nueva y decisiva etapa del proceso “bolivariano”, la del entendimiento entre partes que hasta ese instante parecían irreconciliables y su consecuencia lógica, la cohabitación.

A partir de ese día desde todo punto de vista inesperado, Nicolás Maduro goza del extraordinario privilegio de gobernar sin oposición. Una situación sin duda asombrosa, sobre todo si tenemos en cuenta la magnitud de las turbulencias que se habían iniciado con la derrota aplastante del chavismo en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015 y que ahora, pocas horas antes de celebrarse la fraudulenta “elección” de los 545 delegados a una presunta asamblea nacional constituyente, estaban a punto de romper los frágiles equilibrios sobre los que aún se sostenía el régimen.

Nadie se explica, pues, por qué, de la noche del 30 de julio a la mañana siguiente el proceso político venezolano sufrió tan espectacular vuelco. En todo caso, a nadie le resulta sencillo entender cómo, al cabo de estos últimos 18 meses, uno tuviera la devastadora impresión de que en verdad nada, absolutamente nada fuera de lo común había ocurrido en Venezuela. Que todo lo que suponíamos que había sucedido era en realidad el fruto de un gravísimo desajuste de la imaginación colectiva. Que aquella histórica victoria del primer domingo de diciembre no pasó y que era falso que en un dos por tres, violando todas las normas constitucionales, la saliente Asamblea Nacional designara un nuevo y rojo-rojito TSJ, mucho menos que ese máximo y fraudulento tribunal de la República procediera de inmediato a desconocer de manera sistemática todas y cada una de las decisiones de la nueva Asamblea Nacional. Y como que tampoco la oposición asumió en algún momento el compromiso de cambiar de presidente, gobierno e incluso de régimen en un plazo no mayor de 6 meses.

Todo debía presumirse como lo que era, una inocente ilusión de fin de año. Vaya, que nunca se produjeron sucesivos golpes de Estado contra la legalidad democrática protagonizados por el TSJ y el CNE, ni que en consecuencia la MUD denunciara al régimen de haberse convertido en una vulgar dictadura, ni que todos los partidos políticos de la alianza, invocando los artículos 330 y 350 de la Constitución, habían convocado al pueblo a la rebelión.

Sin embargo, todo esto ocurrió. Y más: durante esos cuatro largos y duros meses de resistencia ciudadana a los despiadados embates de las fuerzas represivas del régimen en las calles de todo el país, al elevadísimo precio de más de 120 hombres y mujeres asesinados y de miles de heridos y detenidos, los ciudadanos le ofrecieron a la comunidad internacional un conmovedor ejemplo de compromiso con los valores de la democracia y la libertad. Y esa comunidad, en pleno, entendió por fin que esa lucha también era de ellos.

Eso fue lo que de golpe y porrazo desapareció un día del horizonte nacional. Como por arte de magia. Y que de pronto, sin previo aviso, Venezuela despertara a otra y muy distinta realidad. Como si hubiera bastado con que el CNE anunciara tanto el adelanto a octubre de las elecciones para gobernador y los supuestos resultados de la fantasmal elección del 30 de julio para ejecutar un impecable acto de pura magia revolucionaria, capaz de ponerle fin al caos organizado y financiado por la derecha internacional.

Atrás quedaba, aunque no para siempre todavía, la criminal incitación al odio y la violencia que encierran los discursos de algunos dirigentes de la oposición, pero que a partir de este mismo y luminoso día, el pueblo, de la mano de los 545 delegados electos para conformar la asamblea nacional constituyente, el verdadero y supremo poder popular de Venezuela, podrán emprender su patriótica marcha hacia el mar de la felicidad socialista. Comenzando, por supuesto, con la aprobación de la ley contra el odio y por la paz, la mirada clavada en quienes, como advirtiera Maduro, a pesar de hacer vida pública en Venezuela, “se muestran servil a los intereses foráneos y piden una intervención militar en nuestro país”.

LA RENDICIÓN DE LA MUD

Agosto 25, 2017

“No existe convivencia con la asamblea nacional constituyente”, sostuvo el sábado Freddy Guevara, vicepresidente de una Asamblea Nacional en proceso de disolución definitiva. “Estamos en resistencia frente a la dictadura”.

Falso, por supuesto. Completamente falso.

El componente final del proyecto chavista para avanzar hacia la conformación de un Estado socialista y comunal en Venezuela ha sido, tras la instalación de la constituyente el pasado 4 de agosto, la brusca y desalentadora desactivación de la calle y la posible, pero solo posible, celebración de elecciones regionales inmensamente amañadas en octubre.

Este desastre podría haberse evitado. En junio, el régimen se sentía acorralado. La aceptación de esta realidad impulsó a Nicolás Maduro a convocar una ilegítima asamblea nacional constituyente. ¿Su propósito? Reanudar las negociaciones con la oposición, una vez más para sofocar la explosiva situación política del país. Con esa finalidad conciliadora Tibisay Lucena anunció el 22 de junio que las suspendidas elecciones para gobernadores se celebrarían en diciembre y por esa misma e inesperada razón José Luis Rodríguez Zapatero venía ofreciéndole a los dirigentes de los partidos de oposición, incluso a Leopoldo López durante la visita de dos horas que le hizo el 4 de junio en la prisión militar de Ramo Verde, un grato ingrediente adicional: libertad inmediata para algunos presos de consciencia, casa por cárcel para otros y revisión a fondo de todos los casos de persecución política.

Por algún extraño motivo, la MUD rechazó de plano un eventual acuerdo con el régimen. Es probable que el optimismo cegara a sus jefes. Lo cierto es que la MUD respondió rápida y categóricamente a los mensajeros de Maduro por intermedio de Julio Borges, presidente de la AN, quien señaló con firmeza: “No caeremos en la trampa de las elecciones regionales”.

Maduro no tuvo entonces otra opción que escuchar a sus lugartenientes más radicales, que insistían en aprovechar las turbulencias de aquel difícil momento para dar el salto definitivo hacia un poder político y económico absoluto, comenzando por la ejecución del monumental fraude electoral del 30 de julio. Como vimos, sin ningún contratiempo, a pesar de que la MUD había incluido en su agenda de calle un “bloqueo cívico” de aquella elección.

Consumada ese domingo la rendición sin condiciones de la MUD, Acción Democrática, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y hasta Voluntad Popular, corrieron el lunes siguiente a inscribir a sus candidatos para las regionales.

La falta de una auténtica estrategia opositora produjo en ese instante la fractura actual que, mírese como se quiera, luce irreversible, entre el pueblo opositor y sus presuntos dirigentes. Y así, de golpe y porrazo, sin que nadie atinara a dar una explicación convincente, se perdió en un soplo el extraordinario esfuerzo popular de aquellos meses, una lucha que al fin había conmovido el corazón indiferente de la comunidad internacional. Y el pueblo, que había atendido sin miedo el llamado a la rebelión hecho por sus dirigentes, de ningún modo podía entender, mucho menos aceptar, que esos mismos dirigentes despojaran de sentido tanta sangre derramada y tantos sacrificios.

NOTA: Como en ocasiones anteriores, cedemos nuestro espacio editorial a un artículo de especial pertinencia y actualidad. El texto ha sido reducido para dar espacio a la diagramación.

ARMANDO DURÁN @aduran111 | UN ENIGMA LLAMADO FUERTE PARAMACAY (LimboVision al aire -PM)

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MARTES 8 DE AGOSTO DE 2017

>>No hubo, pues, victoria militar del régimen en lo que solo fue un patético episodio militar del régimen y, en definitiva, el supuesto asalto no pasó de ser una humillante burla

Screen Shot 2017-08-07 at 12.32.21 PM¿Qué ocurrió realmente el domingo en el Fuerte Paramacay de Valencia? ¿Acción insurreccional, falso-positivo o falso falso-positivo?

download-1Screen Shot 2017-08-07 at 12.18.22 PMTemprano en la mañana un video de dos minutos disparó todos los resortes de la imaginación venezolana. Según el jefe de una veintena de insurrectos armados con potentes fusiles de asalto, que se identificó como el capitán de la Guardia Nacional Juan Carlos Caguaripano, prófugo del régimen desde 2014, en el escenario de ese campamento militar, asiento de la 41 Brigada Blindada, la de mayor poder de fuego de Venezuela, acababa de ingresar a la escena política nacional un movimiento cívico militar cuyo objetivo era devolverle su vigencia a la Constitución Nacional de acuerdo con las exigencias de sus artículos 330 y 350.

Screen Shot 2017-08-07 at 12.15.17 PMEl desconcierto y los rumores se adueñaron del ánimo de los venezolanos. Sobre todo, porque muy poco después se supo que numerosos ciudadanos se enfrentaban en las calles  de Valencia a efectivos de la Guardia Nacional tratando de llegar al Fuerte Pamaracay y sumarse al llamado de Caguaripano. Mucha mayor incertidumbre surgió minutos más tarde, cuando en nombre del Gobierno, Diosdado Cabello, no el general Vladimir Padrino, que es a quien en su condición de ministro de la Defensa le correspondía hacerlo, informó que esa madrugada había tenido lugar un asalto terrorista al Fuerte Paramacay, Screen Shot 2017-08-07 at 12.22.26 PMpero que la acción había sido repelida exitosamente y la situación ya estaba bajo control. Al final de la mañana esta confusión se hizo insoportable, pues al inexplicable silencio oficial se añadió la hipótesis de que aquel enredo era en realidad un falso-positivo, suerte de trampa cazabobos armada por el G2 cubano para provocar a supuestos conspiradores a precipitar su eventual participación en futuras acciones subversivas.

Al final de la tarde, sin embargo, la opinión pública pudo terminar de atar los múltiples cabos sueltos de la historia y montar una versión bastante verosímil del rompecabezas gracias a informaciones periodísticas y a la versión que en horas de la tardes dio el propio Maduro. El grupo asaltante, compuesto por apenas 20 hombres, ingresó al fuerte poco antes de la 4 de la mañana y, con la solitaria ayuda de un teniente destacado allí, se apoderó de 93 fusiles rusos AK 103, lanzagranadas y municiones. Casi cuatro horas después, mientras Caguaripano y 9 hombres se retiraban del fuerte cargando con este importante arsenal sin ser molestados, los otros 10 hombres del grupo se atrincheraron en el sitio para cubrir la retirada de sus compañeros. Y allí permanecieron hasta pasadas las 8 de la mañana, cuando un grupo de efectivos leales al gobierno por fin entró en acción. En un rápido intercambio de disparos murieron dos miembros de esta retaguardia, otro resultó herido y los 7 restantes fueron hechos prisioneros.

En otras palabras, a pesar de que Maduro se jactó esa tarde del domingo de haber vencido con las balas a quienes una semana antes había vencido con votos, comparación disparatada porque el domingo 30 de julio no hubo elección alguna sino burdo fraude electoral en el que además ni siquiera participó la oposición, lo que sí puede afirmarse es que un reducido grupo de hombres, en sus mayoría civiles, sin necesidad de disparar un solo tiro, bastó para entrar al Fuerte Pamaracay, apoderarse de toneladas de armas y municiones, trasladarlas a vehículos capaces de transportarlas y desaparecer en las brumas de la mañana sin ningún contratiempo.

Screen Shot 2017-08-07 at 1.04.53 PMNo hubo, pues, victoria militar del régimen en lo que solo fue un patéticoepisodio militar del régimen y, en definitiva, el supuesto asalto no pasó de ser una humillante burla. De ahí quizá la necesidad de confundir a propios y extraños, primero con el supuesto falso-positivo y después tratar de disimular la gravedad de lo ocurrido conScreen Shot 2017-08-07 at 1.34.38 PM la simulación de la simulación, un enrevesado falso falso-positivo desalentador. Quizá esa también sea la razón de que el diario Granma, que cada día le dedica espacio a glorificar las maravillas del régimen que preside Maduro, este lunes no le dedicara ni una línea a lo que la retórica oficial venezolana trata infructuosamente de convertir en una gran victoria militar. Como quiera que sea, la cubana es una revolución seria que con este prudente silencio trata de desvincularse por completo de la bochornosa chapuza madurista.

ARMANDO DURÁN @aduran111 | Laberintos ııı Final del camino ııı

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27 Jul 17Screen Shot 2017-07-28 at 4.18.21 AM

Por segunda vez en una semana Venezuela amanece en quietud casi absoluta. En esta ocasión, sin embargo, el paro cívico convocado por la opositora Mesa de la Unidad Democrática ha sido por dos días y sus dirigentes le han añadido un ingrediente de mucho fondo: la participación activa de las principales centrales obreras del país y los gremios y sindicatos del transporte. Una suma que ha determinado que hoy jueves, segundo día del paro cívico más huelga general, Venezuela amanezca en el mayor y más triste estado de desolación.

Lo relevante de esta fase de la confrontación entre la inmensa mayoría de los venezolanos y un régimen que se ha propuesto como único y terco objetivo político perpetuarse en el poder al precio que sea, es que el conflicto en realidad no termina este viernes a las 6 de la mañana con el fin del paro y la huelga general. Con ese final programado en realidad arranca lo que puede que sea el desenlace del gran drama venezolano. Según la convocatoria de la MUD, lo que sus organizadores han llamado la Toma de Caracas por ciudadanos de toda Venezuela, será la batalla decisiva, no violenta por supuesto, pero también al precio que sea, que en un primer momento impida cívicamente la ilegal elección del domingo y a la vez propicie el cambio político que le devuelva su vigencia a la Constitución de 1999 y al estado de Derecho.

   A lo largo de estos dos últimos meses la propaganda oficial ha querido generar una doble matriz de opinión. Por una parte, que las protestas ciudadanas, que ya llevaban un mes ocupando masivamente las calles de toda Venezuela cuando Nicolás Maduro recurrió a la maniobra de la Constituyente, es una acción golpista y violenta puesta en marcha para impedir la profundización de la democracia en Venezuela que se propone el régimen con su Constituyente. Por la otra, igual de falsa y canalla, es que en lugar de participar en la búsqueda de una solución pacífica de la crisis venezolana, la oposición, financiada y alentada por el imperio estadounidense y por los gobiernos de Colombia y la Unión Europea, se niega criminalmente a dialogar con el régimen y buscar una salida negociada al conflicto que mantiene en vilo al país desde el pasado 2 de mayo.

En realidad, un sector de la oposición sí ha venido reuniéndose con los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez bajo el manto protector de José Luis Rodríguez Zapatero, el mediador contratado por Maduro hace siglos para embaucar al pueblo opositor, pero no se ha llegado a ningún acuerdo porque en definitiva Maduro y compañía entienden la negociación como simple trampa para ganar tiempo. Para ellos el diálogo civilizado nunca ha sido el camino que de común acuerdo evite la explosión violenta de la crisis, sino un artificio en extremo útil para producir esas treguas unilaterales de la oposición que siempre le han devuelto a Maduro y compañía una relativa estabilidad cada vez que comienzan a sentir la falta de oxígeno. Es decir, lo que ocurrió en 2003, en 2015 y en 2016.

En esta ocasión la situación es otra. Ni siquiera el hecho de haberle concedido a Leopoldo López el relativo beneficio de la casa por cárcel ha conseguido atemperar la firmeza de un país que al fin ha dicho ¡Basta! y permanece en las calles resistiendo la represión oficial, cada día más brutal, desde hace tres meses y medio. Como quiera que se mire, lo cierto es que a estas alturas de la lucha, a los venezolanos ya no les bastan las mentiras de Maduro ni la sonrisita de Rodríguez Zapatero para desviar sus pasos del objetivo trazado desde la aplastante derrota del chavismo el 6 de diciembre de 2015.

Quizá algún día sepamos los detalles de las turbias maquinaciones del régimen para doblarle una vez más el brazo a la oposición, pero por ahora basta tener en cuenta que este pueblo ya no cree en los pajaritos preñados con que desde hace 15 años el oficialismo y parte de la oposición han logrado engatusarlo. Los ciudadanos sencillamente no están dispuestos a dar ni medio paso atrás y los dirigentes políticos de la oposición han terminado por entender que quien se atreva a desconocer esta realidad será brusca e inmediatamente expulsado del escenario político presente y futuro. Por su parte, el régimen luce resuelto a no escuchar las voces venezolanas ni las de la comunidad internacional que le piden cancelar la convocatoria de una Constituyente que tal como quedó demostrado en la histórica consulta popular del pasado 16 de julio, nadie la desea.

En todo caso, en el marco de la actual y decisiva confrontación con el régimen, los hechos políticos finalmente han reivindicado la decisión tomada por Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado en abril de 2014 al plantearle al país la salida, salir del régimen como primer paso imprescindible para poder reencauzar a Venezuela por el sendero de la democracia política y la racionalidad económica. Y lo que ahora resulta más importante aún: Gracias a ello, por ingenua o perversa que sea la duda, ya nadie pone en tela de juicio que la calle y el sacrificio de los ciudadanos son las herramientas esenciales de la lucha popular contra un régimen dictatorial. Tampoco puede ya presumir nadie que el final de esta historia vaya a darse recorriendo los caminos de una negociación fraudulenta armada por el dúo Maduro-Rodríguez Zapatero. Para todos los demócratas de Venezuela y del mundo, la solución del problema venezolano la crisis, como estos días han reiterado López, Ledezma y Machado, está en esas calles que no se rinden. Esa es una convicción absoluta. Sólo por ellas llegará Venezuela al final anhelado del camino.

Armando Durán: El ocaso de la negociación

26 de julio de 2017

Negociar con dictadura

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E
l pasado viernes la Asamblea Nacional, en abierto desafío a la autoridad política del régimen, juramentó a los 33 magistrados de un Tribunal Supremo de Justicia paralelo. ¡Bravo! Nadie entiende, sin embargo, por qué, en lugar de formalizar esa decisión en el Palacio Federal Legislativo, prefirieron hacerlo en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes.
Nuevos magistrados
Es decir, ¿por qué reducir lo que sin duda constituía un acto de legítima y categórica ruptura, perfectamente ajustado a la posición de desobediencia y rebelión civil adoptada por la MUD hace tres meses y medio, en un evento meramente protocolar? ¿Acaso se trató de un último gesto conciliador a ver si al fin Nicolás Maduro daba su brazo a torcer y aceptaba negociar la suspensión de la constituyente?

Esta ha sido la mayor debilidad de la dirección política de la oposición desde los remotos tiempos del llamado paro petrolero. Desde entonces, la estrategia ha sido la misma: confrontar al régimen, sí, pero no tanto, y sobre todo, por favor, despacito, despacito, para que no vayan a llamarlos golpistas, guarimberos y terroristas. Conducta pública impecable, con la infructuosa esperanza de resolver los conflictos entre el gobierno y la oposición por la vía civilizada del diálogo, la negociación y los acuerdos, herramientas políticas habituales en los procesos democráticos, pero que en situaciones como la que se vive en Venezuela desde 1999 solo sirven para permitirle al régimen, cada vez que se topa con un obstáculo de importancia, detener la marcha, dar un momentáneo y falso paso atrás y luego, superada la dificultad con argumentos de charlatán de feria, dar dos saltos adelante.

Esa ha sido la trampa en la que desde entonces ha caído mansamente una parte de la oposición, obsesionada con los caramelitos envenenados de un falso juego electoral y aquello de que hablando se entiende la gente. Ocurrió con la Mesa de Negociación y Acuerdos que Jimmy Carter y César Gaviria le sirvieron a Hugo Chávez en 2003; con la invitación a conversar en Miraflores que le hizo Maduro a los partidos “dialogantes” de la oposición para aislar a Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado en 2014.
Zapatero torrijos samper fernandez
El mismo esquema del año pasado, cuando la intervención del Vaticano, del Departamento de Estado norteamericano y de José Luis Rodríguez Zapatero con su combo de ex presidentes latinoamericanos logró apaciguar la impaciencia ciudadana. Y desde el pasado mes de mayo, primero en las sombras de una clandestinidad culpable y luego cada semana más a cara descubierta, con una negociación cuyos términos incluía desactivar las protestas ciudadanas que acorralan a Maduro y compañía desde el 2 de abril a cambio de suspender la constituyente, celebrar elecciones regionales y municipales en diciembre y comenzar a suavizar las condiciones de los presos políticos, incluyendo la liberación de algunos y otorgarle a otros el beneficio de la casa por cárcel.

Lamentablemente, el régimen no es democrático ni ha incluido nunca en su menú de opciones el verbo rectificar. Lo suyo, como se ha hecho en Cuba desde hace 58 años, la elasticidad política no existe. Chávez primero y Maduro después han sido hábiles en la tarea de simularlo, pero en cada encrucijada difícil del camino terminan imponiendo la violencia y la resistencia numantina al cambio. De ahí que el mismo viernes el Sebin comenzara a buscar y secuestrar a los 33 magistrados juramentados esa mañana y que el sábado reprimiera con furia inusitada la marcha que pretendía llegar al TSJ.

No ConstituyenteDe esta manera comienza esta decisiva semana de julio. Entre la frustrada negociación para desactivar la explosión que la oposición ha intentado evitar sin éxito y la elección de una asamblea nacional constituyente cuyo único propósito es darle la vuelta final al torniquete totalitario del llamado Alto Mando Cívico Militar de la Revolución. La amenaza es de tal magnitud, que ya nadie duda de que Venezuela puede verse arrastrada a vivir estos días el comienzo de la etapa más oscura de su historia reciente. El choque entre una población ansiosa de libertad y desesperada por los efectos devastadores de la crisis y un régimen sin apoyo popular, pero resuelto a perpetuarse en el poder a sangre y fuego. Aunque su pueblo y la historia lo condenen sin remedio y para siempre.
Armando Durán 1

Armando Durán
Periodista, político, escritor y ensayista venezolano

@aduran111