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ARMANDO DURÁN @aduran111 | UN ENIGMA LLAMADO FUERTE PARAMACAY (LimboVision al aire -PM)

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MARTES 8 DE AGOSTO DE 2017

>>No hubo, pues, victoria militar del régimen en lo que solo fue un patético episodio militar del régimen y, en definitiva, el supuesto asalto no pasó de ser una humillante burla

Screen Shot 2017-08-07 at 12.32.21 PM¿Qué ocurrió realmente el domingo en el Fuerte Paramacay de Valencia? ¿Acción insurreccional, falso-positivo o falso falso-positivo?

download-1Screen Shot 2017-08-07 at 12.18.22 PMTemprano en la mañana un video de dos minutos disparó todos los resortes de la imaginación venezolana. Según el jefe de una veintena de insurrectos armados con potentes fusiles de asalto, que se identificó como el capitán de la Guardia Nacional Juan Carlos Caguaripano, prófugo del régimen desde 2014, en el escenario de ese campamento militar, asiento de la 41 Brigada Blindada, la de mayor poder de fuego de Venezuela, acababa de ingresar a la escena política nacional un movimiento cívico militar cuyo objetivo era devolverle su vigencia a la Constitución Nacional de acuerdo con las exigencias de sus artículos 330 y 350.

Screen Shot 2017-08-07 at 12.15.17 PMEl desconcierto y los rumores se adueñaron del ánimo de los venezolanos. Sobre todo, porque muy poco después se supo que numerosos ciudadanos se enfrentaban en las calles  de Valencia a efectivos de la Guardia Nacional tratando de llegar al Fuerte Pamaracay y sumarse al llamado de Caguaripano. Mucha mayor incertidumbre surgió minutos más tarde, cuando en nombre del Gobierno, Diosdado Cabello, no el general Vladimir Padrino, que es a quien en su condición de ministro de la Defensa le correspondía hacerlo, informó que esa madrugada había tenido lugar un asalto terrorista al Fuerte Paramacay, Screen Shot 2017-08-07 at 12.22.26 PMpero que la acción había sido repelida exitosamente y la situación ya estaba bajo control. Al final de la mañana esta confusión se hizo insoportable, pues al inexplicable silencio oficial se añadió la hipótesis de que aquel enredo era en realidad un falso-positivo, suerte de trampa cazabobos armada por el G2 cubano para provocar a supuestos conspiradores a precipitar su eventual participación en futuras acciones subversivas.

Al final de la tarde, sin embargo, la opinión pública pudo terminar de atar los múltiples cabos sueltos de la historia y montar una versión bastante verosímil del rompecabezas gracias a informaciones periodísticas y a la versión que en horas de la tardes dio el propio Maduro. El grupo asaltante, compuesto por apenas 20 hombres, ingresó al fuerte poco antes de la 4 de la mañana y, con la solitaria ayuda de un teniente destacado allí, se apoderó de 93 fusiles rusos AK 103, lanzagranadas y municiones. Casi cuatro horas después, mientras Caguaripano y 9 hombres se retiraban del fuerte cargando con este importante arsenal sin ser molestados, los otros 10 hombres del grupo se atrincheraron en el sitio para cubrir la retirada de sus compañeros. Y allí permanecieron hasta pasadas las 8 de la mañana, cuando un grupo de efectivos leales al gobierno por fin entró en acción. En un rápido intercambio de disparos murieron dos miembros de esta retaguardia, otro resultó herido y los 7 restantes fueron hechos prisioneros.

En otras palabras, a pesar de que Maduro se jactó esa tarde del domingo de haber vencido con las balas a quienes una semana antes había vencido con votos, comparación disparatada porque el domingo 30 de julio no hubo elección alguna sino burdo fraude electoral en el que además ni siquiera participó la oposición, lo que sí puede afirmarse es que un reducido grupo de hombres, en sus mayoría civiles, sin necesidad de disparar un solo tiro, bastó para entrar al Fuerte Pamaracay, apoderarse de toneladas de armas y municiones, trasladarlas a vehículos capaces de transportarlas y desaparecer en las brumas de la mañana sin ningún contratiempo.

Screen Shot 2017-08-07 at 1.04.53 PMNo hubo, pues, victoria militar del régimen en lo que solo fue un patéticoepisodio militar del régimen y, en definitiva, el supuesto asalto no pasó de ser una humillante burla. De ahí quizá la necesidad de confundir a propios y extraños, primero con el supuesto falso-positivo y después tratar de disimular la gravedad de lo ocurrido conScreen Shot 2017-08-07 at 1.34.38 PM la simulación de la simulación, un enrevesado falso falso-positivo desalentador. Quizá esa también sea la razón de que el diario Granma, que cada día le dedica espacio a glorificar las maravillas del régimen que preside Maduro, este lunes no le dedicara ni una línea a lo que la retórica oficial venezolana trata infructuosamente de convertir en una gran victoria militar. Como quiera que sea, la cubana es una revolución seria que con este prudente silencio trata de desvincularse por completo de la bochornosa chapuza madurista.

ARMANDO DURÁN @aduran111 | Laberintos ııı Final del camino ııı

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27 Jul 17Screen Shot 2017-07-28 at 4.18.21 AM

Por segunda vez en una semana Venezuela amanece en quietud casi absoluta. En esta ocasión, sin embargo, el paro cívico convocado por la opositora Mesa de la Unidad Democrática ha sido por dos días y sus dirigentes le han añadido un ingrediente de mucho fondo: la participación activa de las principales centrales obreras del país y los gremios y sindicatos del transporte. Una suma que ha determinado que hoy jueves, segundo día del paro cívico más huelga general, Venezuela amanezca en el mayor y más triste estado de desolación.

Lo relevante de esta fase de la confrontación entre la inmensa mayoría de los venezolanos y un régimen que se ha propuesto como único y terco objetivo político perpetuarse en el poder al precio que sea, es que el conflicto en realidad no termina este viernes a las 6 de la mañana con el fin del paro y la huelga general. Con ese final programado en realidad arranca lo que puede que sea el desenlace del gran drama venezolano. Según la convocatoria de la MUD, lo que sus organizadores han llamado la Toma de Caracas por ciudadanos de toda Venezuela, será la batalla decisiva, no violenta por supuesto, pero también al precio que sea, que en un primer momento impida cívicamente la ilegal elección del domingo y a la vez propicie el cambio político que le devuelva su vigencia a la Constitución de 1999 y al estado de Derecho.

   A lo largo de estos dos últimos meses la propaganda oficial ha querido generar una doble matriz de opinión. Por una parte, que las protestas ciudadanas, que ya llevaban un mes ocupando masivamente las calles de toda Venezuela cuando Nicolás Maduro recurrió a la maniobra de la Constituyente, es una acción golpista y violenta puesta en marcha para impedir la profundización de la democracia en Venezuela que se propone el régimen con su Constituyente. Por la otra, igual de falsa y canalla, es que en lugar de participar en la búsqueda de una solución pacífica de la crisis venezolana, la oposición, financiada y alentada por el imperio estadounidense y por los gobiernos de Colombia y la Unión Europea, se niega criminalmente a dialogar con el régimen y buscar una salida negociada al conflicto que mantiene en vilo al país desde el pasado 2 de mayo.

En realidad, un sector de la oposición sí ha venido reuniéndose con los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez bajo el manto protector de José Luis Rodríguez Zapatero, el mediador contratado por Maduro hace siglos para embaucar al pueblo opositor, pero no se ha llegado a ningún acuerdo porque en definitiva Maduro y compañía entienden la negociación como simple trampa para ganar tiempo. Para ellos el diálogo civilizado nunca ha sido el camino que de común acuerdo evite la explosión violenta de la crisis, sino un artificio en extremo útil para producir esas treguas unilaterales de la oposición que siempre le han devuelto a Maduro y compañía una relativa estabilidad cada vez que comienzan a sentir la falta de oxígeno. Es decir, lo que ocurrió en 2003, en 2015 y en 2016.

En esta ocasión la situación es otra. Ni siquiera el hecho de haberle concedido a Leopoldo López el relativo beneficio de la casa por cárcel ha conseguido atemperar la firmeza de un país que al fin ha dicho ¡Basta! y permanece en las calles resistiendo la represión oficial, cada día más brutal, desde hace tres meses y medio. Como quiera que se mire, lo cierto es que a estas alturas de la lucha, a los venezolanos ya no les bastan las mentiras de Maduro ni la sonrisita de Rodríguez Zapatero para desviar sus pasos del objetivo trazado desde la aplastante derrota del chavismo el 6 de diciembre de 2015.

Quizá algún día sepamos los detalles de las turbias maquinaciones del régimen para doblarle una vez más el brazo a la oposición, pero por ahora basta tener en cuenta que este pueblo ya no cree en los pajaritos preñados con que desde hace 15 años el oficialismo y parte de la oposición han logrado engatusarlo. Los ciudadanos sencillamente no están dispuestos a dar ni medio paso atrás y los dirigentes políticos de la oposición han terminado por entender que quien se atreva a desconocer esta realidad será brusca e inmediatamente expulsado del escenario político presente y futuro. Por su parte, el régimen luce resuelto a no escuchar las voces venezolanas ni las de la comunidad internacional que le piden cancelar la convocatoria de una Constituyente que tal como quedó demostrado en la histórica consulta popular del pasado 16 de julio, nadie la desea.

En todo caso, en el marco de la actual y decisiva confrontación con el régimen, los hechos políticos finalmente han reivindicado la decisión tomada por Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado en abril de 2014 al plantearle al país la salida, salir del régimen como primer paso imprescindible para poder reencauzar a Venezuela por el sendero de la democracia política y la racionalidad económica. Y lo que ahora resulta más importante aún: Gracias a ello, por ingenua o perversa que sea la duda, ya nadie pone en tela de juicio que la calle y el sacrificio de los ciudadanos son las herramientas esenciales de la lucha popular contra un régimen dictatorial. Tampoco puede ya presumir nadie que el final de esta historia vaya a darse recorriendo los caminos de una negociación fraudulenta armada por el dúo Maduro-Rodríguez Zapatero. Para todos los demócratas de Venezuela y del mundo, la solución del problema venezolano la crisis, como estos días han reiterado López, Ledezma y Machado, está en esas calles que no se rinden. Esa es una convicción absoluta. Sólo por ellas llegará Venezuela al final anhelado del camino.

Armando Durán: El ocaso de la negociación

26 de julio de 2017

Negociar con dictadura

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E
l pasado viernes la Asamblea Nacional, en abierto desafío a la autoridad política del régimen, juramentó a los 33 magistrados de un Tribunal Supremo de Justicia paralelo. ¡Bravo! Nadie entiende, sin embargo, por qué, en lugar de formalizar esa decisión en el Palacio Federal Legislativo, prefirieron hacerlo en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes.
Nuevos magistrados
Es decir, ¿por qué reducir lo que sin duda constituía un acto de legítima y categórica ruptura, perfectamente ajustado a la posición de desobediencia y rebelión civil adoptada por la MUD hace tres meses y medio, en un evento meramente protocolar? ¿Acaso se trató de un último gesto conciliador a ver si al fin Nicolás Maduro daba su brazo a torcer y aceptaba negociar la suspensión de la constituyente?

Esta ha sido la mayor debilidad de la dirección política de la oposición desde los remotos tiempos del llamado paro petrolero. Desde entonces, la estrategia ha sido la misma: confrontar al régimen, sí, pero no tanto, y sobre todo, por favor, despacito, despacito, para que no vayan a llamarlos golpistas, guarimberos y terroristas. Conducta pública impecable, con la infructuosa esperanza de resolver los conflictos entre el gobierno y la oposición por la vía civilizada del diálogo, la negociación y los acuerdos, herramientas políticas habituales en los procesos democráticos, pero que en situaciones como la que se vive en Venezuela desde 1999 solo sirven para permitirle al régimen, cada vez que se topa con un obstáculo de importancia, detener la marcha, dar un momentáneo y falso paso atrás y luego, superada la dificultad con argumentos de charlatán de feria, dar dos saltos adelante.

Esa ha sido la trampa en la que desde entonces ha caído mansamente una parte de la oposición, obsesionada con los caramelitos envenenados de un falso juego electoral y aquello de que hablando se entiende la gente. Ocurrió con la Mesa de Negociación y Acuerdos que Jimmy Carter y César Gaviria le sirvieron a Hugo Chávez en 2003; con la invitación a conversar en Miraflores que le hizo Maduro a los partidos “dialogantes” de la oposición para aislar a Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado en 2014.
Zapatero torrijos samper fernandez
El mismo esquema del año pasado, cuando la intervención del Vaticano, del Departamento de Estado norteamericano y de José Luis Rodríguez Zapatero con su combo de ex presidentes latinoamericanos logró apaciguar la impaciencia ciudadana. Y desde el pasado mes de mayo, primero en las sombras de una clandestinidad culpable y luego cada semana más a cara descubierta, con una negociación cuyos términos incluía desactivar las protestas ciudadanas que acorralan a Maduro y compañía desde el 2 de abril a cambio de suspender la constituyente, celebrar elecciones regionales y municipales en diciembre y comenzar a suavizar las condiciones de los presos políticos, incluyendo la liberación de algunos y otorgarle a otros el beneficio de la casa por cárcel.

Lamentablemente, el régimen no es democrático ni ha incluido nunca en su menú de opciones el verbo rectificar. Lo suyo, como se ha hecho en Cuba desde hace 58 años, la elasticidad política no existe. Chávez primero y Maduro después han sido hábiles en la tarea de simularlo, pero en cada encrucijada difícil del camino terminan imponiendo la violencia y la resistencia numantina al cambio. De ahí que el mismo viernes el Sebin comenzara a buscar y secuestrar a los 33 magistrados juramentados esa mañana y que el sábado reprimiera con furia inusitada la marcha que pretendía llegar al TSJ.

No ConstituyenteDe esta manera comienza esta decisiva semana de julio. Entre la frustrada negociación para desactivar la explosión que la oposición ha intentado evitar sin éxito y la elección de una asamblea nacional constituyente cuyo único propósito es darle la vuelta final al torniquete totalitario del llamado Alto Mando Cívico Militar de la Revolución. La amenaza es de tal magnitud, que ya nadie duda de que Venezuela puede verse arrastrada a vivir estos días el comienzo de la etapa más oscura de su historia reciente. El choque entre una población ansiosa de libertad y desesperada por los efectos devastadores de la crisis y un régimen sin apoyo popular, pero resuelto a perpetuarse en el poder a sangre y fuego. Aunque su pueblo y la historia lo condenen sin remedio y para siempre.
Armando Durán 1

Armando Durán
Periodista, político, escritor y ensayista venezolano

@aduran111

ARMANDO DURÁN @aduran111 | EL OCASO DE LA NEGOCIACIÓN

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Screen Shot 2017-07-25 at 6.31.39 AMMARTES 25 DE JULIO DE 2017

>>Nadie duda de que Venezuela puede verse arrastrada a vivir estos días el comienzo de la etapa más oscura de su historia reciente

El pasado viernes la Asamblea Nacional, en abierto desafío a la autoridad política del régimen, juramentó a los 33 magistrados de un Tribunal Supremo de Justicia paralelo. ¡Bravo! Nadie entiende, sin embargo, por qué, en lugar de formalizar esa decisión en el Palacio Federal Legislativo, prefirieron hacerlo en la plaza Alfredo Sadel de las Mercedes. Es decir, ¿por qué reducir lo que sin duda constituía un acto de legítima y categórica ruptura, perfectamente ajustado a la posición de desobediencia y rebelión civil adoptada por la MUD hace tres meses y medio, en un evento meramente protocolar? ¿Acaso se trató de un último gesto conciliador a ver si al fin Nicolás Maduro daba su brazo a torcer y aceptaba negociar la suspensión de la Constituyente?

   Este ha sido la mayor debilidad de la dirección política de la oposición desde los remotos tiempos del llamado paro petrolero. Desde entonces, la estrategia ha sido la misma: confrontar al régimen, sí, pero no tanto, y sobre todo, por favor, despacito, despacito, para que no vayan a llamarlos golpistas, guarimberos y terroristas. Conducta pública impecable, con la infructuosa esperanza de resolver los conflictos entre el gobierno y la oposición por la vía civilizada del diálogo, la negociación y los acuerdos, herramientas políticas habituales en los procesos democráticos, pero que en situaciones como la se vive en Venezuela desde 1999 sólo sirven para permitirle al régimen, cada vez que se topa con un obstáculo de importancia, detener la marcha, dar un momentáneo y falso paso atrás y luego, superada la dificultad con argumentos de charlatán de feria, dar dos saltos adelante.Screen Shot 2017-07-24 at 11.07.24 AM

   Esa ha sido la trampa en la que desde entonces ha caído mansamente una parte de la oposición, obsesionada con los caramelitos envenenados de un falso juego electoral y aquello de que hablando se entiende la gente. Ocurrió con la Mesa de Negociación y Acuerdos que Jimmy Carter y César Gaviria le sirvieron a Hugo Chávez en 2003; con la invitación a conversar en Mirafloroes que le hizo Maduro a los partidos dialogantes de la oposición para aislar a Leopoldo López, Antonio Ledezma y María Corina Machado en 2014; el mismo esquema del año pasado, cuando la intervención del Vaticano, del Departamento de Estado norteamericano y de José Luis Rodríguez Zapatero con su combo de ex presidentes latinoamericanos logró apaciguar la impaciencia ciudadana. Y desde el pasado mes de mayo, primero en las sombras de una clandestinidad culpable y luego cada semana más a cara descubierta, con una negociación cuyos términos incluía desactivar las protestas ciudadanas que acorralan a Maduro y compañía desde el 2 de abril a cambio de suspender la Constituyente, celebrar elecciones regionales y municipales en diciembre y comenzar a suavizar las condiciones de los presos políticos, incluyendo la liberación de algunos y otorgarle a otros el beneficio de la casa por cárcel. 

   Lamentablemente, el régimen no es democrático ni ha incluido nunca en su menú de opciones el verbo rectificar. Lo suyo, como se ha hecho en Cuba desde hace 58 años, la elasticidad política no existe. Chávez primero y Maduro después han sido hábiles en la tarea de simularlo, pero en cada encrucijada difícil del camino terminan imponiendo la violencia y la resistencia numantina al cambio. De ahí que el mismo viernes el Sebin comenzara a buscar y secuestrar a los 33 magistrados juramentados esas mañana y que el sábado reprimiera con furia inusitada la marcha que pretendía llegar al TSJ.

De esta manera comienza esta decisiva semana de julio. Entre la frustrada negociación para desactivar la explosión que la oposición ha intentado evitar sin éxito y la elección de una Asamblea Nacional Constituyente cuyo único propósito es darle la vuelta final al torniquete totalitario del llamado Alto Mando Cívico Militar de la Revolución. La amenaza es de tal magnitud, que ya nadie duda de que Venezuela puede verse arrastrada a vivir estos días el comienzo de la etapa más oscura de su historia reciente. El choque entre una población ansiosa de libertad y desesperada por los efectos devastadores de la crisis y un régimen sin apoyo popular pero resuelto a perpetuarse en el poder a sangre y fuego. Aunque su pueblo y la historia lo condenen sin remedio y para siempre.  

ARMANDO DURÁN: Triunfó la democracia

Added by admin on July 18, 2017.
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ARMANDO DURÁN, Triunfó la democracia

Este triunfo legitima la opción de
designar nuevos poderes públicos

La jornada del domingo fue una estruendosa victoria popular y demostró que los venezolanos sencillamente quieren un cambio político profundo. De presidente, de gobierno y de régimen. Que se le devuelva su vigencia a la Constitución Nacional y se restaure el Estado de Derecho…”

■ Ese fue el mandato de los ciudadanos en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, reiterado el domingo por más de 7 millones de electores.

Ante este hecho, la primera página del diario Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, publica una foto pequeñísima y fuera de foco de una multitud que festeja algo con alegría, y la tergiversa con un título canalla, “Venezuela dice sí a la constituyente”, como si en verdad correspondiera al fallido simulacro organizado por el CNE para sabotear la convocatoria opositora. Ventaja de un régimen que desde hace 58 años se resguarda tras el muro de un silencio sepulcral gracias a la más férrea censura mediática del continente, una falsedad a la que personajes como Jorge Rodríguez y Ernesto Villegas recurren sin el menor pudor en sus declaraciones del domingo a la prensa oficial, como si el régimen pudiera engañar a los ciudadanos con idéntica impunidad con que se le miente sistemáticamente a los cubanos.

Lo cierto es que frente a la melancólica participación de empleados públicos amenazados con perder su trabajo si no participaban y de humildes venezolanos que dependían de su asistencia para acceder a las humillantes bolsas del CLAP y mitigar el hambre que sufren, la Venezuela mayoritaria, la que desde hace más de 100 días ha tomado y resistido los embates de la brutal represión oficial en las calles de todo el país para expresar su categórico compromiso con los valores del orden democrático, protagonizó un acto de responsabilidad política ejemplar. Una avalancha de rechazo cívico a Nicolás Maduro y al régimen que representa, cuyo mayor impacto fue la posición adoptada por los habitantes de barrios que en otros tiempos fueron baluartes del chavismo. Fue precisamente esa bofetada la que provocó la inaudita violencia desatada por sicarios civiles custodiados por guardias nacionales en la avenida Sucre de Catia. Manifestación cabal de una intolerancia ciega, empeñada en el infructuoso y desesperado disparate de querer tapar el sol con un dedo.

En este sentido, vale la pena registrar dos verdades objetivas de lo ocurrido este ya histórico domingo 16 de julio. En primer lugar, que a pesar de solo disponer de una séptima parte de los centros de votación habituales, sin presencia alguna en las zonas rurales del país y sin contar con la supuesta tecnología del CNE ni con sus recursos financieros, sin propaganda, con censura de prensa previa desde varios días antes del evento y amenazantes colectivos armados rondando los puntos de concentración ciudadana, una vez totalizados 95% de los votos emitidos, se comprobó que la participación ciudadana fue de casi 7,2 millones de ciudadanos. Apenas 200.000 votos menos de los alcanzados por Maduro en la elección presidencial de 2014, con siete veces más de colegios electorales. En segundo lugar, que esta experiencia dejó bien en claro que la existencia del CNE y del Plan República son absolutamente innecesarias, así como la tramposa automatización del proceso. Que tal como ocurre en el resto del mundo democrático, basta el respeto a las normas, lápices y papel para convertir cualquier acto electoral en una experiencia rápida, sencilla, meramente institucional y civil.

Desde esta perspectiva podemos afirmar que el 16J se escenificó en Venezuela y en centenares de ciudades del resto del mundo un auténtico triunfo de la democracia. Y que ese triunfo legitima la opción de designar nuevos poderes públicos y colocar al país en el sendero que nos conduzca desde la dictadura actual hasta la democracia por venir. El desafío, sin embargo, se presenta inmenso. ¿Cómo obligar pacíficamente a un gobierno que no respeta la Constitución ni las leyes a adaptar sus pasos a las exigencias de un Estado de Derecho? De la respuesta a esta pregunta depende lo que pueda ocurrir dentro de dos semanas, cuando los jerarcas del régimen pretenden dar un triple salto mortal en el vacío y lanzar al país al abismo del que todavía, 58 años después, no ha logrado salir Cuba.

*Armando Durán. Político, escritor y ensayista. Fue director de El Diario de Caracas y La Verdad de Maracaibo y editor del semanario Viernes.


Por: Armando Durán
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Caracas, lunes, 17 de julio 2017

ARMANDO DURÁN @aduran111 | EN EL REINO DE LA VIOLENCIA

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Screen Shot 2017-07-10 at 4.29.07 AMLUNES 10 DE JULIO DE 2017

>>La más escabrosa de estas otras formas de violencia es la programada por el régimen desde sus primeros días de existencia con la creación de los círculos bolivarianos, semilleros de los actuales colectivos

El brutal asalto a la Asamblea Nacional por parte de bandas armadas afectas al oficialismo no es el final ni mucho menos de la ruta que ha recorrido Venezuela para convertirse en uno de los países más violentos del mundo. Lo peor de esta penosa realidad es que las cifras que registran la creciente cantidad de muertes violentas que cada día estremecen el alma nacional solo se refieren al capítulo de la inseguridad personal a manos del hampa, cuando lo cierto es que el índice de esta historia de terror abarca espacios muchísimo más amplios e igual de dolorosos o más.

No olvidemos que la aparición de Hugo Chávez en el escenario político está asociada a su impetuosa denuncia social en una sociedad de marcada desigualdad. Sin embargo, tras 18 años de régimen chavista, la vida de los venezolanos, en lugar de haber experimentado una mejoría notable, ha empeorado ostensiblemente. La amenaza constante de una muerte súbita en cualquier esquina sigue ahí, pero a ella se han sumado otras formas de violencia, quizá no tan llamativas, pero que en verdad constituyen situaciones y circunstancias tan o más peligrosas que las acciones del hampa común.

La más escabrosa de estas otras formas de violencia es la programada por el régimen desde sus primeros días de existencia con la creación de los Círculos Bolivarianos, semilleros de los actuales colectivos, cuya organización se la encargó Chávez a dos de sus compañeros golpistas del 4 de febrero, Diosdado Cabello y Miguel Rodríguez Torres. La acción de estos grupos paramilitares, cuyo bautismo de fuego tuvo lugar el funesto 11 de abril en los alrededores del Palacio de Miraflores, es la que se repitió este 5 de julio en el recinto de la Asamblea Nacional, un asalto que ha disparado todas las alarmas de una comunidad internacional que ya no puede seguir haciéndose la que no ve ni sabe nada, amparada en un cómodo distanciamiento diplomático. La fuerza de las imágenes que recorrieron las pantallas de la televisión mundial este jueves sangriento en que se conmemoraba el 206 aniversario de la proclamación de nuestra independencia hizo muy palpable la verdadera naturaleza de un régimen cuyo único objetivo es perpetuarse en el poder a toda costa.  O sea, a sangre y fuego. Demasiado para un mundo al que pronto se le agotará la paciencia y dentro de nada le harán saber a Nicolás Maduro la magnitud de su torpeza.

Estas formas de aparatosa violencia física, del hampa común y del hampa política, son las más visibles, pero no las únicas ni necesariamente las más punzantes. El colapso del sistema de salud, de manera muy impactante en el caso de la atención a niños, como ilustra perfectamente el estado actual del J M de los Ríos, en otros tiempos ejemplo hemisférico de hospital infantil y hoy vergüenza del régimen, condena sin piedad y sin remedio a corto plazo a los venezolanos de menores recursos. A la mengua sistemática de la asistencia sanitaria, derecho humano fundamental, debemos añadir la escasez cada día mayor de medicamentos y alimentos, y el hecho de que la mayoría de estos productos que llegan a farmacias y supermercados son en su inmensa mayoría importados con dólares adquiridos en el mercado paralelo y, por lo tanto, se venden a precios inalcanzables.

Si estos males fueran poco, el cuarto jinete del apocalipsis chavista, la hiperinflación, ya es una realidad devastadora en Venezuela. En los últimos treinta días, los precios se han duplicado y triplicado, nada permite presumir que la situación vaya a mejorar y los nuevos créditos chinos, necesarios para pagar el servicio de una deuda externa gigante a cambio de una producción petrolera cada vez menor porque en el régimen no saben qué hacer con una empresa como Pdvsa, que hasta el año 2002 fue ejemplo de empresa estatal altamente eficiente, empobrecen todavía más si cabe la salud financiera de un país que ya no produce nada.

El resultado de esta catástrofe nacional es lo que realmente tenemos entre manos, vivir en un reino de terror absoluto, quién sabe hasta cuándo si no logramos resolver a tiempo este entuerto. En plan realista podemos afirmar sin el menor temor a equivocarnos, que esa es el dramático dilema que la realidad política le presenta a los venezolanos de bien.

INTERROGANTES

Julio 7, 2017

¿El desenlace?

Tras 90 días de masivas y continuas manifestaciones de protesta ciudadana, lo que podemos señalar son un par de certezas categóricas y 3 dudas mortales.

La primera certeza es la acelerada descomposición interna del régimen, acosado por los efectos devastadores de su propio fracaso. La posición adoptada por Luisa Ortega Díaz, militante comunista desde la cuna y figura histórica del régimen del 4 de febrero, no es un caso único ni un simple gesto retórico, sino la revelación de esa razonable inquietud que se ha venido apoderando del ánimo chavista por culpa de las torpezas de Nicolás Maduro y compañía a la hora de transitar las turbulentas aguas de la actual crisis política y económica. Una realidad irrefutable y desesperante que pone en evidencia el hecho de que si no se produce a corto plazo un profundo cambio político, el chavismo corre peligro de desaparecer como fuerza política, situación que hasta Maduro ha tenido que reconocer. De ahí que, con la intención de conjurar el temor haciendo ruido, le advirtiera a Venezuela y al mundo la pasada semana que, si la “revolución bolivariana” cae en manos de sus enemigos, él recurriría a las armas para recuperarla.

Consecuencia directa de esta escandalosa amenaza es que lo único conseguido por el régimen a lo largo de estos tres meses de represión brutal haya sido acrecentar la voluntad de los venezolanos a resistir en las calles hasta lograr la restauración del orden democrático.

La segunda certeza es comprobar a diario que la convocatoria a las urnas para elegir (es un decir) a los 545 miembros de una ilegítima constituyente, el 30 de julio, en lugar de quebrar la unidad opositora y desmovilizar la calle ha provocado lo contrario. Más aún, porque hoy por hoy a la indestructible firmeza del pueblo democrático se ha añadido el creciente rechazo dentro y fuera de Venezuela de los desmanes y desafueros del TSJ, del CNE y de la Guardia Nacional, y se ha reforzado el repudio popular a la infeliz decisión madurista de “legalizar”, con una presunta asamblea constituyente, su decisión de violar, ya de manera definitiva, lo poco que queda del orden constitucional y el Estado de Derecho.

A partir de estas certezas surgen las dudas. La primera es si el CNE tiene capacidad para armar contra reloj el andamiaje de una espuria convocatoria electoral sin que se le vean demasiado las costuras, o si esta nueva maniobra antidemocrática del régimen terminará siendo otro patético desastre “revolucionario”. Peor resulta el hecho de que a cuatro semanas del 30 de julio no cabe la menor duda de que esta farsa electoral convertirá a Venezuela en un auténtico campo de batalla. ¿Qué pasará entonces? ¿Será esa batalla el escenario donde las diversas facciones en que finalmente se ha fraccionado el chavismo después de la muerte de su jefe natural diluciden sus diferencias? En todo caso, no son pocos quienes manejan la eventualidad de que de esta elección entre puros candidatos y electores chavistas salga Diosdado Cabello presidente del resultante poder rojo rojito de todos los poderes. Pero ¿con qué finalidad? ¿Para respaldar a Maduro o para desafiarlo?

Peor aún, si bien nadie puede vaticinar cuál será el desenlace de este lamentable suceso, puede afirmarse que en estas cuatro semanas que faltan para la votación, sobre todo durante la semana del 24 al 30 de julio, día en que decenas de miles de soldados se desplegarán por todo el país para dar inicio al Plan República, pueden pasar dos cosas, ambas dramáticas. Por una parte, la oposición, invocando los artículos 333 y 350 de la Constitución Nacional, se ha declarado en abierta desobediencia civil y ha convocado al pueblo a impedir que ese día Maduro se salga con la suya. Por su parte, el CNE ha declarado que cometerá delito quien lo intente.

¿Aceptarán los mandos del Ejército la responsabilidad de enfrentar y reprimir a sangre y fuego a un pueblo indignado y resuelto a impedir la consumación de una patraña que borraría del horizonte nacional el final de toda esperanza, o se unirán al pueblo en el empeño común de enderezar el torcido rumbo que ha emprendido Venezuela como nación hacia el mar de la felicidad cubana? Lo que sí cierto es que de la resolución de este dilema depende el futuro nacional.

¡Fuera Maduro!

18 Junio, 2017 resistencia Opinión 0

Armando Durán Ache

El clamor recorre las calles de Venezuela, cada día con mayor intensidad, con mucha mayor indignación. “¡Fuera Maduro!”. Eso es lo que se escucha en todas partes. Lo mismo le ocurrió a Dilma Rousseff. En Brasilia, en Sao Paulo, en Río de Janeiro. La irritante consigna “¡Fora Dilma!” la acompañó, implacable, durante las últimas semanas de su mandato presidencial. La diferencia entre aquella experiencia y la nuestra es que en Brasil existía una sólida institucionalidad democrática y los poderes públicos pudieron enjuiciar y destituir a la presidenta Rousseff con absoluta libertad. Aquí, en cambio, esos poderes, con la única excepción de la Asamblea Nacional, secuestrados desde el año 2000, son simples oficinas al servicio exclusivo de Miraflores.

No obstante esta ingrata especificidad del régimen, los venezolanos no deben dejarse confundir. La suerte política de Nicolás Maduro ya está echada, también de manera definitiva, desde que el pueblo ha agrupado en ese “¡Fuera Maduro!” la suma de todos los reclamos políticos, económicos y sociales que acorralan a la población. O sea, que ya nadie protesta por la escasez de alimentos y medicinas, por el colapso de los sistemas de salud pública y educación, o por la costosa devaluación del bolívar y los efectos devastadores de la hiperinflación. Ni siquiera por la celebración de las elecciones y referendos que han sido cancelados porque sí. Lo que el pueblo demanda es libertad. Los ciudadanos han entendido que la solución del problema es más sencilla de lo que parece, porque la culpa de esta gran catástrofe nacional se concentra en Maduro.

Nada ni nadie podrá modificar esta convicción. Todo lo contrario. Cada día que pasa se agrava la crisis de Venezuela como nación. Y crece la certeza de que la solución pasa por la urgente sustitución de Maduro en la Presidencia de la República. Solo así tiene el país la posibilidad de detener su precipitada marcha hacia ese mar de la felicidad que los cubanos sufren desde hace casi 60 años. Por eso, “no queremos –gritan millones de venezolanos desesperados– una dictadura como la cubana. Queremos libertad”. A sabiendas de que el primer e imprescindible paso para hacer realidad esa ilusión de cambio político a fondo es la salida anticipada de Maduro de la Presidencia. Lo que nadie parece saber con precisión es cómo transformar el impulso indetenible de la marea humana que desde hace más de 40 días recorre las calles de Venezuela y demanda la salida inmediata de Maduro en una nueva y esperanzadora realidad política.

Hace bastantes años, en vísperas del referéndum revocatorio del mandato presidencial de Hugo Chávez en 2004, Heinz Dieterich, su entonces principal asesor político, se lo advirtió: “Quien pierda el referéndum lo pierde todo”. Chávez tomó las palabras del alemán con la seriedad del caso y sus múltiples amaños, para sorpresa de los dirigentes de la Coordinadora Democrática, le permitieron aquel 15 de agosto ganarlo todo. Maduro no necesita que le repitan ahora ese aviso. Sabe que quien pierda esta batalla que comenzó el pasado 2 de abril lo perderá todo. Para siempre. Y como Chávez entonces, ha decidido agotar todos sus recursos, incluso el insólito cierre de calles y avenidas con contenedores para cerrarles el paso a las marchas de protesta. Y sin importarle para nada que la represión desatada se haga cada día más brutal ni que cada día se cubra el asfalto de las calles con más y más sangre inocente.

Esta es la penosa contradicción de estos días. Si bien la rebelión pacífica de los ciudadanos que ocupan las calles de Venezuela no basta por sí sola para producir el anhelado cambio político, Maduro tampoco podrá permanecer en el poder más allá del plazo más corto. La dinámica desencadenada por este rotundo “¡Fuera Maduro!” tampoco ya la puede parar el régimen. En cualquier momento, tarde o temprano, al menos para salvar algo del naufragio que se avecina, los factores internos y externos del poder, al son de esa consigna terminante, terminarán por aceptar su sentido más estricto. Fuera Maduro. Ya.

EL DILEMA DEL CHAVISMO

Una Venezuela, la que desde hace 15 años se resiste a aceptar, así como así, el proyecto hegemónico de Hugo Chávez, desde el pasado 2 de abril se manifiesta en las calles de todo el país, resuelta a producir el cambio político necesario para enderezar este monumental entuerto político, económico y cultural que acorrala a los ciudadanos.

Una Venezuela indignada hasta la exasperación, que hoy en día representa más de 80% de la población y que ha emprendido la tarea de restaurar el orden democrático secuestrado por el régimen con una fuerza de voluntad tan descomunal que los cimientos del chavismo comienzan a resquebrajarse.

Tan intensa es la lucha, que la comunidad internacional ha dejado de lado su habitual indiferencia ante lo que ocurre por estas latitudes y ahora le exige a Nicolás Maduro tomar conciencia de que las reglas del juego son otras y que por el inadmisible y tortuoso sendero de la dictadura, la grosería del lenguaje oficial y el despilfarro y la corrupción como herramientas principales de la gestión pública solo se llega al infierno y a la nada.

En el marco de esta turbulenta realidad, se han escuchado en estos días dos voces del chavismo más duro que rompen la supuesta verticalidad revolucionaria del régimen y nos obligan a la reflexión. La primera ocurrió el martes de la semana pasada, cuando el general Vladimir Padrino López, desde la elevada atalaya de su autoridad militar, se sumó al clamor popular que repudia masivamente la brutal política represiva aplicada sin piedad por la Guardia Nacional Bolivariana a las pacíficas protestas ciudadanas. “No quiero ver más a un guardia nacional cometiendo atrocidades”, sostuvo el poderoso ministro de la Defensa en un explosivo tweet publicado el martes. De nada sirvió, sin embargo, su advertencia. Al día siguiente, la Guardia Nacional, sin ningún pudor, se encargó de mostrarle a Padrino López, al resto del país y al mundo la saña criminal con que ella reprime las movilizaciones de ciudadanos indefensos.

Dos días después, Luisa Ortega Díaz, desde la sede del TSJ, adonde había acudido para introducir un recurso de nulidad contra la convocatoria a elegir una nueva asamblea nacional constituyente hecha por Maduro y el CNE, al margen de las normas que establece la Constitución, en gesto de abierta rebeldía, llamó “a todos los venezolanos a rechazar su elección.”

Y como a finales de marzo ya había denunciado que las sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional del TSJ rompían el hilo constitucional, no por casualidad, aprovechó la ocasión para invocar el deber que según el artículo 333 de la carta magna tienen todos los ciudadanos de “colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia”.

Por supuesto, esta nueva arremetida de la fiscal sobre lo que ella considera un distanciamiento madurista de la democracia “participativa y protagónica” que consagra la mejor Constitución del mundo pero que para Maduro se ha convertido, desde las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, en un obstáculo insalvable, tampoco tendrá efecto práctico alguno.

La respuesta del TSJ a la solicitud de la fiscal será la negación de siempre. Por otra parte, la Guardia Nacional sencillamente les impedirá a los ciudadanos ingresar a la sede del TSJ para ejercer su derecho de respaldar este recurso de nulidad.

Políticamente, sin embargo, las denuncias de uno y otro tienen una significación determinante. Sería muy ingenuo pensar que Padrino López y Ortega Díaz hayan actuado por su cuenta, impetuosamente. Igualmente ingenuo, sería pensar que son dos voces solitarias, que desentonan de la uniformidad dominante en el pensamiento y la acción del chavismo.

Ya hemos escuchado otras voces de disidencia interna y, sin la menor duda, en los próximos días y semanas escucharemos otras. En definitiva, y esa es la incógnita inevitable que los chavistas deben despejar a muy corto plazo, hoy por hoy todos dudan y se preguntan: ¿Qué será mejor, morir abrazados a Maduro con las botas rojas bien puestas, o sacrificar algo para no perderlo todo? A esta decisiva duda existencial se reduce en estos días cruciales del proceso político venezolano el menú de opciones que les presenta la realidad a los chavistas de todos los colores.

Armando Durán @aduran111 ‏/ Laberintos —La Constituyente de Maduro

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   El pasado primero de mayo lo celebró Nicolás Maduro con un anuncio imprevisto. Convoco una constituyente ciudadana, dijo en cadena de radio y televisión, no una constituyente de los partidos ni de las élites, sino una constitución ciudadana, obrera, comunal, campesina, familiar, de la juventud, de los estudiantes, de los indígenas. Luego añadió que le hará llegar al Poder Electoral las condiciones para la elección de los constituyentes, que serán unos 500. Es decir, la elección de una Asamblea Nacional Constituyente sectorial y comunal para ajustar el modelo de Estado y su ordenamiento jurídico a la obsesión de Maduro y compañía de conservar el poder político indefinidamente, pues la contaminación democrática del texto constitucional aprobado por iniciativa de Hugo Chávez en diciembre de 1999 ya no le sirve para alcanzar ese objetivo absolutista sino todo lo contrario.

   Hace 10 años Chávez sintió una urgencia similar. A pesar de que la Constitución de 1999 sustituía el tradicional estado de Derecho por un novedoso estado de Derecho y de Justicia, y transformaba la tradicional concepción de la democracia representativa de los sistemas políticos de occidente por otra, es decir, un sistema que le quitaría a los partidos políticos la función de representar los intereses de los ciudadanos, y propiciar lo que los redactores del texto constitucional definieron como democracia participativa y protagónica, aunque nada se dijo (era demasiado pronto para dar ese paso) sobre cómo hacer realidad el ideal de un régimen en el que los ciudadanos pudieran prescindir de la intermediación de los partidos políticos para hacerse escuchar y ejercer el poder directamente.

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     En esa ocasión los electores le negaron a Chávez su solicitud. A fin de cuentas, la democracia protagónica y participativa no bastaba para darle ese vuelco decisivo al Estado venezolano. Fue el primer revés político de Chávez, porque en definitiva los mecanismos electorales contemplados en la Constitución de 1999, aunque actuaran en nombre de ese vaporoso carácter participativo y protagónico de la nueva democracia venezolana, seguían siendo un freno democrático al poder personal del presidente de la República. Solo que Chávez nunca fue un buen perdedor, y si bien tuvo que reconocer su derrota descalificando el triunfo opositor llamándolo victoria pírrica*, rápidamente se repuso. Aprovechando el hecho de contar con mayoría calificada en la Asamblea Nacional, se hizo dar poderes extraordinarios para dictar leyes, incluso leyes orgánicas por decreto, y así puso en vigencia algunos de los proyectos que le habían sido negados por los ciudadanos en el referéndum de diciembre. De este modo sinuoso nacieron formalmente las dichosas comunas como fundamento esencial de lo que debía haber terminado siendo y no fue un Poder Popular absoluto, procedente de esas mismas comunas, en el que se concentrarían todos los poderes públicos.

   La derrota aplastante de los candidatos chavistas en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 tuvo el mismo significado de aquella derrota de Chávez en las urnas del referéndum de 2007. La diferencia estriba en el hecho de que esta victoria opositora colocó a Maduro y al régimen en el atolladero de verse obligados a negociar a diario acuerdos con una Asamblea Nacional con tres cuartas partes de sus escaños ocupados por diputados de la oposición. Una realidad, desde la perspectiva hegemónica de Maduro y compañía, sencillamente inadmisible. Sobre todo, porque este fenómeno imprevisto se producía en el peor momento del régimen, mientras el país se hundía ostensiblemente y al parecer sin remedio en los sumideros de una crisis económica y social sin precedentes en la historia republicana, realidad que a su vez había sido la causa principal del desastre electoral del chavismo en aquellas elecciones parlamentarias.

Ese fue el origen de dos hechos que han marcado dramáticamente el desarrollo del proceso político venezolano a los largo de los últimos 18 meses. Por una parte, el empleo de un Tribunal Supremo de Justicia al servicio exclusivo del régimen para desconocer de hecho todas las competencias constitucionales de la Asamblea Nacional. Por otra parte, la utilización del también sumiso Poder Electoral para anular el derecho que la Constitución consagra de solicitar la celebración de un referéndum revocatorio del mandato de cualquier funcionario de elección popular a mitad del período para el que fue electo, en este caso, del mandato presidencial de Maduro, y para ignorar poco después su propio cronograma electoral, que contemplaba la celebración de elecciones regionales para el último trimestre de 2016.

El régimen pudo navegar a través de las turbulencias generadas por estas violaciones flagrantes de la Constitución y las leyes gracias a la trampa que volvieron a tenderle a la oposición con la convocatoria a un diálogo, en principio facilitado por el ex presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, asistido por otros ex presidentes latinoamericanos, todos a sueldo del gobierno venezolano. Este recurso, que desde los sobresaltos del año 2002 le había servido al régimen para desactivar situaciones explosivas, contaría en octubre de 2016 con dos aliados de mucho peso: el Vaticano y el Departamento de Estado norteamericano. Las grandes tomas de Caracas y otras ciudades del país desaparecieron del horizonte nacional y Maduro se dio el lujo de instalar personal y cordialmente una nueva Mesa de Diálogo entre el gobierno y la oposición. Ya sabemos cómo terminó aquella grosera burla. Superadas las dificultades el régimen se quitó sus caretas, el Vaticano y el Departamento de Estado abandonaron el escenario y a la alianza opositora no le quedó más remedio, primero, que seguir los pasos de tan importantes mediadores, y después, ante el repudio del pueblo opositor, proceder a reorganizar su estructura interna, una forma de disimular la realidad: la MUD, como tal, dejaba de existir.

Con el nuevo año creció el malestar ciudadano y los partidos de la oposición comenzaron a explorar por su cuenta nuevos caminos de acción, centrados todos ellos en la Asamblea Nacional, a pesar de haber sido reducida a ser una simple referencia política como consecuencia de la negación recurrente de todas sus decisiones por parte del Tribunal Supremo de Justicia. La buena fortuna intervino entonces, cuando los magistrados de la Sala Constitucional del TSJ cometieron el gran error político de dictar el pasado 28 de marzo dos sentencias, la 155 y la 156, para arrebatarle a la Asamblea Nacional las pocas competencias constitucionales que le quedaban. O sea, para borrar de la realidad institucional de Venezuela la misma existencia del Poder Legislativo. Dos sentencias, que tal como de inmediato denunció Luisa Ortega Díaz, Fiscal General de la República a pesar de ser ficha clave del chavismo desde sus orígenes, representaron una ruptura del orden constitucional.

Por su parte, los partidos de oposición, para sorpresa de muchos, señalaron que el régimen había dado un golpe de Estado y, en consecuencia, convocaron al pueblo a la rebelión civil con el objeto de cumplir el mandato constitucional de hacer lo necesario para restituir la vigencia de la Carta Magna. Y ahí mismo, desde el 2 de abril, centenares de miles de ciudadanos se han movilizado casi a diario para protestar del golpe y exigir la restauración del ordenamiento democrático y el estado de Derecho. La voluntad de los ciudadanos y la represión brutal de ciudadanos pacíficos e indefensos, que hasta la fecha ha sumado más de 70 asesinatos, centenares de heridos y miles de detenidos ha demostrado que ni la fuerza criminal de la Guardia Nacional Bolivariana puede ya apaciguar los ánimos y la indignación de un país resuelto a pagar el precio que sea para devolverle a Venezuela la libertad y la decencia.

La convocatoria de Maduro a una Asamblea Nacional Constituyente sin cumplir con las normas que fijan la Constitución y las leyes persigue tres propósitos. Uno es, por supuesto, aprovechar la gravedad de la situación para producir el cambio radical del Estado y de su ordenamiento que los venezolanos le negaron a Chávez hace diez años comenzando por la sustitución de todos los poderes constituidos por el poder absoluto de una Asamblea Nacional Constituyente 100 por ciento chavista. En segundo lugar, eliminar del futuro venezolano la celebración de elecciones, una instancia de efectos por definición inciertos. Por último, ante el evidente fracaso de las fuerzas represivas del régimen para aquietar por las malas las movilizaciones de calle, lanzar sobre la mesa de esas conversaciones clandestinas entre gobierno y oposición que nunca han cesado, un producto de intercambio perfectamente negociable: por ejemplo, cancelar una convocatoria que no cuenta ni con el respaldo del gobierno de Cuba, a cambio de desactivar las protestas, que es lo que el régimen necesita desesperadamente. Una negociación, por cierto, que podría incluir casa por cárcel para muchos presos políticos y elecciones regionales en el último trimestre del año.

En todo caso, Maduro se sacó de la manga la amenaza de una Asamblea Nacional Constituyente que muy difícilmente podría realizarse incluso en agosto, porque en definitiva su menú de opciones se le ha reducido hasta quedar en casi nada. Y esta Constituyente, en el peor de los casos, le ofrece la oportunidad de contar con una carta a la que puede jugarse su destino político al clásico todo o nada. Si su propuesta hace vacilar a la oposición, Maduro podría salirse con la suya y Venezuela entraría de lleno en el oscuro túnel de una dictadura comunista a la manera cubana. Si en cambio la oposición logra no escuchar los cantos de sirena que pueda llegar a entonar el régimen, incluso con un apoyo renovado del Vaticano, podría salvar los últimos escollos que obstaculizan los avances de la oposición en este tramo final del drama venezolano, y Venezuela podría iniciar un período de transición, aunque haya dirigentes, como Henry Ramos Allup, que se oponen tercamente a una transición, sin importarle su color, porque como señaló Ramos Allup en un controversial discurso pronunciado el martes pasado en la Asamblea Nacional, en la Constitución no se menciona para nada la palabra transición como posible y legal forma de gobierno.

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