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El capital de Marx: 150 años

JUNIO 19TH, 2017 ANÍBAL ROMERO

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El capital de Marx: 150 añosOPINIÓN

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La primera edición del volumen I de la obra fundamental de Carlos Marx, El capital, fue publicada en Alemania en 1867. Cuando se cumplieron 100 años de su aparición en 1967, Ernest Mandel, un destacado teórico marxista del pasado siglo, escribió un artículo laudatorio acerca del libro, sosteniendo que “hay poco chance de que el capitalismo sobreviva el siglo XX”. Sus palabras no lucían entonces tan ingenuas o disparatadas como ahora, pues en ese tiempo las ideas de Marx todavía ejercían un poderoso impacto alrededor del mundo. No es sin embargo mi objetivo recapitular la historia del derrumbe de la URSS, del viraje de la otrora China comunista hacia el capitalismo salvaje, o de la conversión de los regímenes políticos que se aferran al socialismo –como ocurre con Cuba, Corea del Norte y Venezuela– en brutales despotismos dedicados a empobrecer y oprimir a sus pueblos. Lo que busco es aclarar en lo posible a los lectores qué quiso lograr Marx en El capital.

Se trata de una obra que fue siempre y a la vez influyente y poco leída. El impacto de las ideas marxistas tuvo y aún tiene un carácter político-ideológico dominante, solo de manera oblicua vinculado a los abstrusos análisis económicos de Marx en El capital. Hay que decirlo: El capital es un libro de difícil lectura y en nuestros días pocos se animan a explorarle, a menos que se vean forzados a ello por razones de investigación académica sobre la historia de las ideas económicas o los orígenes teóricos de las utopías totalitarias. Cabe también tener en cuenta que El capital es una obra en tres volúmenes de los cuales solo el primero se publicó en vida de su autor. Los siguientes tomos fueron compilados por Federico Engels, fiel amigo y colaborador intelectual, con base en el legado de borradores heredados de Marx, y aparecieron respectivamente en 1885 y 1894. Acá me referiré de modo exclusivo al volumen I.

Es justo reconocer que El capital pone de manifiesto, más allá de las limitaciones y errores de las concepciones marxistas, un esfuerzo intelectual masivo de parte de su autor, quien entregó su vida a desentrañar en sus aspectos históricos, sociales, económicos, políticos e ideológicos el modo de producción capitalista tal y como se patentizaba a mediados del siglo XIX. Marx analizó el capitalismo en momentos en que se mostraba plagado de contradicciones y a la vez se preparaba a iniciar un gigantesco salto cuantitativo y cualitativo, que le conduciría hacia nuevas y vertiginosas etapas de intensificación de la productividad, cobertura espacial y transformación material, cultural y técnica de sociedades en todo el planeta.

Para entender qué se propuso Marx es clave mencionar el título completo del libro: El capital. Crítica de la economía política. ¿Qué era para Marx la economía política? No otra cosa que los estudios sobre el modo de producción capitalista realizados por los denominados economistas burgueses que le habían precedido, entre los que sobresalen los nombres de Adam Smith y David Ricardo. Según Marx, dichos economistas no eran científicos sociales sino ideólogos, o en otras palabras analistas cuyos resultados intelectuales se deslizaban por la superficie de los fenómenos, sin penetrar en sus raíces profundas ni revelar sus latentes contradicciones. En una de sus obras tempranas (los Manuscritos de economía y filosofía de 1844), Marx afirmó que los economistas burgueses partían de aquello que en realidad debían esclarecer: “Así es también como la teología explica el origen del mal por el pecado original, dando por supuesto como hecho, como historia, aquello que debe explicar”.

En esos Manuscritos y otros estudios anteriores a El capital Marx escribió con más libertad y fluidez, menos atenazado por su pretensión cientificista, y se explayó acusando la economía política burguesa de cinismo, de perder de vista u ocultar que el capitalismo es un sistema basado en la explotación de unos seres humanos sobre otros. A Marx no se le escapaba que la explotación no era un fenómeno nuevo, que en una u otra versión había estado presente desde los albores de la historia, que la esclavitud todavía existía en algunos lugares así como diversos mecanismos de extracción del trabajo de unos para beneficio de otros. Ahora bien, lo que quiso hacer Marx en El capital fue explicar la especificidad de la explotación capitalista, de ese modelo concreto de organización económica, pero avanzando más lejos de lo que los economistas burgueses, limitados por sus gríngolas ideológicas, eran capaces de alcanzar.

Frente a esa economía política y contrastando con ella, Marx postuló un método de análisis con el que esperaba hurgar más hondo, poniendo en evidencia tanto el proceso de producción del capital como la tendencia histórica de la acumulación capitalista. Dicho método abordaba los hechos a través de un prisma filosófico, de una convicción política y de una motivación moral. Durante su travesía analítica en El capital Marx focalizó las tensiones sociales del capitalismo de su tiempo, y aseveró que las mismas conducirían “desde la expropiación de la masa del pueblo por parte de unos pocos usurpadores hasta la expropiación de unos pocos usurpadores por parte de la masa del pueblo” (capítulo 32). Su conclusión se encuentra en ese capítulo en una nota a pie de página, que reproduce una frase del Manifiesto comunista de 1848: “La burguesía produce a sus propios sepultureros”. Esta convicción política e histórica es el eje teórico de El capital, un libro cuyas particularidades se deben a que no es una obra de teoría económica tradicional sino que tiene una meta ulterior de índole práctico-política, pretendiendo servir de sustento científico a una empresa revolucionaria. Esta empresa sería llevada a cabo por los explotados del capitalismo.

El fantasma filosófico de Hegel puede atisbarse en numerosos intersticios del volumen I de El capital. Para citar una instancia, en el ya mencionado capítulo 32 Marx expone su prueba acerca del proceso de expropiación de los expropiadores utilizando los términos hegelianos de “la negación de la negación”. Algunos estudiosos de la obra se han devanado los sesos con las elucubraciones de Marx en el capítulo 1 del libro, acerca del llamado “fetichismo de la mercancía”, sin reparar que detrás de Marx se asoma Hegel. No sugiero que Hegel sea más comprensible que Marx (no lo es), sino enfatizar que el método de Marx se afianza en Hegel. El capital deja entrever la indignación moral que impulsaba a su autor, quien estaba convencido de que “la economía, pese a su mundana y placentera apariencia, es una verdadera ciencia moral”. Marx se indignaba ante lo que percibía como la deshumanización de las personas bajo el capitalismo. Fueron las convicciones políticas de Marx acerca del imperativo de una transformación radical, más aún que sus tesis económicas propiamente dichas, así como su repudio moral a un orden de cosas que generaba crueles injusticias, los factores que de modo principal impulsaron al poderoso movimiento histórico que hizo del marxismo un estandarte revolucionario.

No pretenderé sintetizar las tesis económicas expuestas por Marx en El capital, tarea que excede los linderos de una reseña como esta. No obstante, el lector interesado puede hallar en el breve y lúcido estudio crítico del economista italiano Vilfredo Pareto, titulado también, como la obra que discute, El capital, un cometario claro y útil. Puedo asegurar que los dolores de cabeza inducidos por las tesis de Marx acerca de –por ejemplo– el valor de uso y de cambio de las mercancías, la plusvalía absoluta y relativa, el capital variable y constante, así como otros temas prominentes de su obra, encuentran en las páginas del conciso estudio de Pareto un alivio, pues el pensador italiano ofrece una explicación precisa y una crítica equilibrada de los planteamientos económicos marxistas.

Marx no se ocupó en El capital de indagar cómo podría funcionar en la práctica una economía socialista. Tampoco lo hizo en el resto de su vasta obra intelectual, y me pregunto si dicha tarea es realmente factible. La idea misma de “economía socialista” luce contradictoria, pues la escasez relativa es una realidad medular de todo orden económico y el socialismo es un modelo basado en el espejismo de la abundancia. De hecho, las pocas ocasiones en que Marx describió en líneas generales lo que sería en la práctica el comunismo lo pintó como una situación de abundancia sin límites. Lo que más me llama la atención de esta utopía no es su imposibilidad económica, sino la idea subyacente según la cual la satisfacción de las necesidades materiales es capaz de poner fin a los conflictos políticos. Es claro que Marx tenía una visión quimérica de la naturaleza humana, pero ese es otro tema de envergadura que dejo para una futura ocasión.

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¿Un juicio de Núremberg venezolano?

JUNIO 3RD, 2017 ANÍBAL ROMERO

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¿Un juicio de Núremberg venezolano?OPINIÓN

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La exigencia de justicia es una de las motivaciones fundamentales de la conducta humana en la historia. En ciertas coyunturas y como resultado de procesos colectivos, sociedades enteras experimentan el imperativo ético de saldar cuentas consigo mismas, determinar responsabilidades, establecer culpas y asignar castigos, como una forma de conocer la verdad sobre el pasado, interpretar el presente y despejar un nuevo rumbo hacia el porvenir. Esta sed de justicia se está abriendo paso en la sociedad venezolana, sociedad que se ha visto sometida por casi dos décadas a una dinámica de severo descoyuntamiento moral y físico. Dicha dinámica ahora desemboca en un paroxismo de violencia y crimen, que acentúa y acentuará las ansias de buscar la verdad y revelarla.

La hora de la justicia no ha llegado todavía pero podría llegar. Imposible predecirlo. Más aún, la hora de la justicia debería llegar, pues de lo contrario la sociedad venezolana desperdiciaría la oportunidad de extraer –para usar los términos de Karl Deutsch– un aprendizaje creativo de lo ocurrido durante estos años de luchas, desencantos y esperanzas que a pesar de todo se renuevan. Un aprendizaje creativo es el que posibilita tanto corregir los errores cometidos como hacer más difícil su repetición en el futuro, y el mismo es lo contrario de un aprendizaje patológico, que conduce a repetir y profundizar las fallas incurridas.

Si y cuando llegase la hora de la justicia será fundamental hacerlo bien, es decir (y perdóneseme lo redundante), será fundamental hacerlo con justicia y no en función de la revancha. En tal sentido creo que los precedentes venezolanos no son alentadores. Sin entrar ahora en detalles, pienso que en líneas generales el fin de otras etapas históricas venezolanas, signadas por la arbitrariedad de los poderosos, no ha conducido a una adecuada aplicación de la justicia sino más bien a su uso tergiversado, o a la impunidad y el olvido. Ambos extremos son negativos, pues la manipulación interesada de la justicia arroja un aprendizaje social patológico, en tanto que la impunidad y el olvido impiden cualquier aprendizaje creador.

En este orden de ideas, comentaristas que combinan en sus personas la buena voluntad y la lucidez analítica han empezado a hablar acerca de un posible “juicio de Núremberg” venezolano, en referencia al famoso enjuiciamiento de dos docenas de jerarcas civiles y militares nazis que tuvo lugar en la ciudad alemana de Núremberg, entre noviembre de 1945 y octubre de 1946. El sitio fue escogido de manera deliberada ya que Hitler y sus seguidores acostumbraban celebrar en Núremberg los congresos anuales del partido nacional-socialista. En realidad, todos los diversos aspectos de este juicio tuvieron un hondo carácter simbólico, lo cual en modo alguno significa que en ellos la justicia no haya sido servida dignamente. Lo que he estudiado acerca de lo acontecido en Núremberg me indica que allí se hizo un notable esfuerzo de parte de jueces, fiscales y abogados defensores para actuar conforme a la justicia.

La historia, ha insistido Henry Kissinger, enseña por analogía, no por identidad. La mención de un posible Núremberg venezolano es, desde luego, una analogía. El punto no consiste en equiparar con exactitud, ni mucho menos, los eventos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y sus consecuencias para Alemania, con los desmanes de la versión castrista de totalitarismo que el régimen chavista procura implantar en Venezuela. El punto consiste en poner de manifiesto ciertas analogías entre procesos que destruyen las libertades individuales y la convivencia democrática. Por ello interesa señalar algunas similitudes entre lo ocurrido en Núremberg y la experiencia venezolana, lo cual requiere el despeje de tres importantes elementos.

En primer lugar, al tratar estos temas es esencial distinguir, como apuntó Karl Jaspers en su libro sobre El problema de la culpa, entre una culpa moral, una culpa política y una culpa criminal. En Núremberg se juzgaron crímenes atribuibles y comprobables con relación a personas concretas, crímenes que se llevaron a cabo en el contexto de una ideología política perniciosa y de un colapso ético de la sociedad. La culpa moral y la política están usualmente más extendidas que las responsabilidades criminales, y el juez de la culpa moral y política es con frecuencia la conciencia individual. En Venezuela se han cometido crímenes y delitos que van desde el asesinato y la tortura hasta el encarcelamiento arbitrario de muchas personas, y si llega la hora de la justicia nos enfrentaremos a dilemas bien conocidos. ¿Quiénes son los culpables, por ejemplo, los militares que consideran el uso de francotiradores contra la oposición y dan las órdenes, los que de hecho aprietan el gatillo, o los políticos e ideólogos que manejan los hilos detrás de todo esto? La enseñanza de Núremberg es que el que urde, el que planifica, el que estimula, el que ordena y el que ejecuta comparten una culpa criminal.

En segundo término, no será posible hacer justicia en Venezuela si persiste el despiste acerca de la naturaleza del régimen. En particular no debemos confundir, de un lado, el hecho cierto de que en muchos aspectos el régimen chavista, sus jerarcas, seguidores y quienes reprimen en su nombre ponen de manifiesto una conducta criminal, con la idea errada, de otro lado, según la cual el régimen es una mera organización mafiosa que se apoderó del Estado. También Stalin, Hitler, los Castro y otros de su calaña cometieron y cometen crímenes, pero sus regímenes también poseyeron y poseen sedimentos políticos e ideológicos que contribuyeron a impulsar la criminalidad de sus acciones. El régimen chavista participa de una sustancia mafiosa, pero es más que una mafia enquistada en el poder con el exclusivo fin de depredar. Es un régimen inspirado en la ideología y esquema de poder comunistas en Cuba y afianzado mediante las bien ensayadas técnicas castristas, entre ellas, el férreo adoctrinamiento y control operacional de las fuerzas militares, que son por desgracia convertidas en columna vertebral del sistema de opresión. Es debido a estos factores que el régimen chavista muestra rasgos totalitarios inequívocos, que contribuyen a su voluntad de sostenerse a como dé lugar en el poder y resistir toda aspiración democrática de la sociedad. Es clave entenderlo así a la hora de debatir los temas de la culpa moral y política, además de criminal, por la tragedia del país.

En tercer lugar, el juicio de Núremberg fue conducido por un Tribunal Internacional Militar, integrado en parte por jueces militares. Insisto, no obstante, que a mi manera de ver la justicia fue entonces alcanzada, y dicho proceso estuvo rodeado de importantes debates jurídicos y filosóficos. En cuanto a Venezuela, y una vez más salvando las necesarias distancias, se plantearán muy complejos desafíos, pues la guerra que tenemos es la de las fuerzas represivas del régimen, oficiales y no-oficiales, contra la ciudadanía en rebelión, y luce desaconsejable que los militares sean eventualmente jueces de la tragedia del país excepto en el estricto y restringido ámbito castrense. Los crímenes cometidos por civiles y militares podrían ser objeto de la atención de cortes internacionales, pero es bien sabido que en esas cortes el curso de la justicia tiende a eternizarse. La justicia en Venezuela, no la revancha ni la venganza, debería en todo lo posible ser adelantada por la propia sociedad venezolana.

El chavismo, cabe destacarlo nuevamente, encierra una fundamental vocación totalitaria dirigida aferrarse al poder e impedir su salida del mismo, excepto a través de la rebelión generalizada y persistente de la sociedad. El comunismo de raigambre cubana es parte integral del actual régimen venezolano; de allí que el régimen chavista haya durante años empujado de manera deliberada a nuestra sociedad al empobrecimiento y la desesperación, a objeto de someterla a un dominio irreversible. Con gran coraje, la sociedad venezolana y buena parte de sus dirigentes democráticos han admitido, finalmente, la angustiosa pero implacable verdad acerca de la naturaleza totalitaria del comunismo chavista, y están resistiendo con heroísmo los designios despóticos concebidos en La Habana.

Así como en Alemania, luego de derribado el nazismo, fue necesario no solo hacer justicia sino también llevar a cabo un proceso de “desnazificación”, que tomó años y se plasmó en diversas leyes que bloquean la reaparición de los movimientos totalitarios, del mismo modo será necesario enfrentar en Venezuela el grave reto que plantea un movimiento y un grupo de dirigentes civiles y militares negados a admitir las reglas de la democracia representativa. ¿Sobrevivirá el chavismo si es derrocado el actual régimen, y en qué términos? ¿Cómo puede el que está dispuesto a tolerar convivir con el que es y no quiere sino ser intolerante?

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Chavismo e ideología

 

MAYO 4TH, 2017 ANIBAL ROMERO

Chavismo e ideología

OPINIÓN

Numerosos indicios sugieren que el fin del régimen chavista está más cercano, aunque la agonía podría prolongarse. Imposible precisarlo pues se trata de un proceso histórico complejo e impredecible. Sin embargo, los evidentes síntomas de descomposición han suscitado otra vez un debate acerca del significado de la denominada revolución bolivariana en el plano político-ideológico, y de nuevo leemos opiniones según las cuales el régimen se reduce al más craso oportunismo, que carece por completo de ideología y que a sus cabecillas sólo les mueven la ambición de poder y el miedo. Pienso que tales puntos de vista ponen de manifiesto tres errores: un error histórico, un error conceptual y un error político.

La más somera revisión de los orígenes del llamado chavismo muestra que un importante grupo de la izquierda radical venezolana, esa izquierda que jamás admitió la pacificación luego de la derrota de la lucha armada y nunca se reconcilió con la República Civil y sus normas, estuvo presente desde un comienzo en el seno de las conspiraciones y preparativos que desembocaron en la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998, contribuyendo gradualmente a definir lo que vino después. Por otra parte, sería imperdonable desdeñar en cualquier análisis de los orígenes ideológicos chavistas los vínculos de Hugo Chávez y el sociólogo anti-semita argentino Norberto Ceresole, cuyas tesis sobre la conjugación de un movimiento histórico centrado en la trilogía “Caudillo- Pueblo-Ejército” jugaron importante papel en las andanzas iniciales de Chávez, con posterior incidencia sobre la formulación de las estructuras de poder del régimen.

De modo que en el plano de las ideas el chavismo ha expresado, en términos casi siempre rupestres y primitivos pero reales, una mezcolanza de marxismo tropical y Nasserismo militarista (me refiero, desde luego, al líder militar egipcio de los años 50 y 60 del pasado siglo, Gamal Abdel Nasser). El hecho de que, de un lado, el desgaste del régimen y el fracaso revolucionario hayan devenido hoy en oportunismo, corrupción y miedo no implica que la ideología, en esta forma rudimentaria pero políticamente efectiva, no haya tenido y aún tenga un rol dentro del proceso. Y el hecho de que Chávez y el grupo militar que asumió el poder no hayan hecho otros aportes de significación en 18 años, no implica que no hayan sido expresión de una tendencia política con analogías en otras partes del mundo. Tampoco Nasser, Saddam Hussein o Muammar Gadaffi fueron ideólogos de relieve. La diferencia del caso venezolano con respecto a esos otros es que el chavismo incorporó múltiples postulados suministrados por el radicalismo de izquierda latinoamericano, tan irredento como confuso y fatal.

En segundo lugar, el error conceptual en que incurren quienes sostienen que el chavismo es una caja negra vacía de contenidos se deriva de una insatisfactoria comprensión del papel de la ideología en los procesos históricos, en particular de su papel sobre la motivación de los actores políticos. La ideología puede cumplir tres funciones y con frecuencia lo hace simultáneamente: primero, la función de proponer un destino a la lucha política, o si se quiere la de esbozar un ideal y una meta para la misma; segundo, la función de explicar las variables que intervienen en el camino de la historia concreta; tercero, y con especial relieve en lo que tiene que ver con la Venezuela actual, la de justificar la acción política y sus costos.

El chavismo creó su visión utópica mediante la quimera titulada “Socialismo del Siglo XXI”. No intentaré ahora desmontar semejante delirio conceptual, aunque su carácter fantasioso merece un análisis detenido –así sea para emitirle el acta oficial de defunción. En cuanto al rol explicativo de la utopía, la izquierda radical venezolana suministró los sueños guevaristas del “hombre nuevo” y el odio hacia los Estados Unidos, y de igual modo las pulsiones arcaicas de un indigenismo tan reaccionario como mal asimilado. Los militares radicalizados, con Chávez a la cabeza, acabaron por engullir la indigesta dieta teórica que esa izquierda del pasado podía llevar a la mesa, aderezada con los restos del colapso castrista en Cuba. El nasserismo ceresoliano, por su parte, aportó el mesianismo militar combinado con el control caudillista de la sociedad. Cabe apuntar, de paso, que estas dos líneas o tendencias ideológicas son profundamente socialistas ambas.

Dicho todo lo anterior, debo recalcar que en la actual etapa del proceso chavista la ideología ha pasado a jugar de modo principal un papel de justificación para las tropelías del régimen. En otras palabras, a estas alturas del camino, cuando la revolución desemboca en represión, miseria, opresión y crimen, los responsables del inmenso fracaso iniciado por Chávez y completado por sus seguidores acuden a la ideología para justificar el caos y atrincherarse en la decisión de pagar cualquier costo para sostenerse en el poder. La rocambolesca “Constituyente Comunal”, por ejemplo, lo expresa. Este mecanismo psicológico-político, que Alexander Solzhenitsyn analiza de modo magistral en su monumental Archipiélago Gulag, ofrece a nuestros revolucionarios las necesarias coartadas para asirse a su decisión de descender hasta los abismos del crimen, de ser ello necesario, para sostener el mito que ante sus ojos se derrumba.

Debo enfatizar que está lejos de mi propósito otorgar dignidad o méritos a quienes han provocado la tragedia venezolana, atribuyéndoles convicciones e ideas de una entidad y peso acreedores de algún respeto intelectual. El término “ideología” no tiene en estas notas una connotación moral, sino que se refiere a una realidad política en sentido restringido. Por ello insisto que es imperativo aclarar la responsabilidad de la izquierda latinoamericana en general en el drama que dolorosamente experimenta Venezuela. No es admisible refugiarse en el argumento según el cual “el chavismo no es de izquierda”, o “los términos derecha e izquierda son obsoletos”, o “esto no es verdadero socialismo”, entre otros recursos retóricos dirigidos a esquivar el problema. Ni en Europa ni en Estados Unidos se han enterado aún de semejante obsolescencia de los términos “izquierda” y “derecha”, pues se trata de designaciones de vital y concreta relevancia política.

A lo anterior se suma que los intentos de eximir de responsabilidades al pensamiento político de izquierda en lo que respecta a Venezuela, obstaculizan su crítica y enjuiciamiento, impiden que tenga lugar el indispensable proceso de pedagogía política que debería ocurrir, si es que los venezolanos aspiramos a construir un futuro distinto y mejor, y por último abren las puertas a un posible retorno, pasado un tiempo, de las mismas pesadillas y engaños que han envenenado los espíritus de un pueblo confundido durante casi dos décadas.

Es comprensible que la izquierda moderada venezolana e internacional procure distinguirse del chavismo, cuyas ejecutorias han puesto de manifiesto de manera patente la profundidad del foso al que conducen las ilusiones del socialismo; pero esa ruta de diferenciación no debería entonces estancarnos en las banalidades del socialismo blando, socialdemócrata y socialcristiano, que por tantos años han congelado la reflexión teórica de nuestros partidos y movimientos políticos. Los instintos anti-capitalistas de costumbre, el apego a los mitos estatistas de siempre, la idolatría hacia planteamientos etéreos que significan la repetición de los errores del pasado, son riesgos todavía vigentes en una Venezuela a la que en algún momento tocará asomarse a un porvenir distinto a la pesadilla chavista. Lamentablemente, a esos instintos y mitos socialistas de buena parte de nuestras fuerzas políticas –con excepciones como las de María Corina Machado y su movimiento “Vente Venezuela”—se añaden ahora los constantes desatinos políticos del Papa Francisco, todavía enredado en las telarañas ideológicas de la gaseosa Teología de la Liberación. A los polacos, para su fortuna, les tocó Juan Pablo II; a los venezolanos, en cambio, nos tocó Francisco.

No obstante, en medio de los combates por la libertad en Venezuela, tengamos con absoluta claridad presente que el chavismo es otro experimento revolucionario hondamente enraizado en una larga y poderosa tradición política latinoamericana, caracterizada por la mezcla de militarismo y pensamiento de izquierda. No afirmo que sea coherente, ni mucho menos que se trate de algo valioso en el terreno de la reflexión o de la ética. De lo que no me cabe duda es que la ideología de izquierda, en algunas de sus versiones, forma parte de la tragedia venezolana, y es y será el último salvavidas de justificaciones al que se aferrarán los tripulantes de la nave que naufraga.

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Anibal Romero: Exploraciones geopolíticas (1): El rey está desnudo

Aníbal Romero: Exploraciones geopolíticas (1): El rey está desnudo

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ENERO 27TH, 2017 EDITOR CONTENIDO NOTICIAS

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Leí una vez en algún libro ya olvidado, que los franceses percibieron con claridad que se hallaban en medio de una revolución unos tres años después de la toma de la Bastilla. La moraleja del asunto es que los grandes cambios históricos toman tiempo antes de penetrar las conciencias de quienes les viven en carne propia.

Las siguientes líneas responden a dos convicciones. La primera es que estamos viviendo un importante cambio histórico, en presuroso camino hacia el decisivo fin del sistema internacional creado a partir de la Segunda Guerra Mundial. El signo fundamental de ese cambio es la redefinición de la competencia geopolítica por parte de los principales actores mundiales, con base al interés nacional interpretado de modo más estrecho, focalizado y limitado. Pero ese cambio histórico todavía está borroso para nuestras conciencias contemporáneas.

La segunda convicción que me guía es que, como con frecuencia ocurre durante estos intensos procesos de cambio, existe una tendencia a confundir causas con efectos, orígenes con síntomas, raíces con manifestaciones. En tal sentido, como intentaré explicar, Donald Trump es un efecto, no una causa, un síntoma del cambio y no su origen, aunque es también un factor de aceleración de los cambios.

Así como el sistema construido sobre los pilares de las derrotas de Alemania, Italia y Japón en 1945 fue obra primordial de la creatividad de las élites políticas y económicas occidentales, en particular estadounidenses, de igual manera la agonía del sistema es producto de los múltiples desatinos de dichas élites dirigentes estas pasadas dos décadas. Señalo tres aspectos: 1) Mareadas y despistadas por un rumbo de globalización tan rápido como impactante y perturbador, las élites occidentales, incluidas por supuesto las europeas, empezaron a perder de vista una realidad clave: perdieron de vista a sus electorados democráticos. Las colisiones generadas por la globalización han tenido y tienen consecuencias demoledoras sobre sociedades enteras, entre ellas vastas porciones de los Estados Unidos, pero los políticos occidentales, enceguecidos por el brillo de la utopía cosmopolita y multicultural dejaron olvidadas a millones de personas, quienes sin embargo

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preservaron un arma para contra-atacar: el voto. 2) La inmigración masiva en Europa y Estados Unidos generó una honda sacudida en sociedades que no son suficientemente permeables a ello, ni capaces de asimilar tales fenómenos con la velocidad que las élites, ubicadas en sus confortables torres de marfil, permitieron con enorme miopía. 3) La denominada “corrección política”, ideología del denominado progresismo en Occidente, acabó por desbordar la paciencia de millones. Tal ideología, mezcla de sentimentalismo, ingenuidad, e ignorancia de la historia, ha tenido numerosas expresiones a lo largo de estos años, pero quizás una de las más elocuentes fue el rechazo, por parte de Barack Obama, a pronunciar siquiera una vez durante ocho años en la Casa Blanca la frase “terrorismo islamista radical”, para identificar con precisión y veracidad la fuente de los incesantes actos de terror ejecutados contra Occidente.

Un episodio lleno de simbolismo sobre este tema, es decir, sobre la voluntad política de identificar las amenazas con la verdad, y de esa forma cumplir uno de los deberes centrales de un líder que intente actuar con franqueza ante sus ciudadanos, fue la referencia al radicalismo islámico en el discurso pronunciado por Trump el pasado día 20 de enero. Tal episodio marca una línea divisoria inequívoca entre dos momentos de la historia en nuestros días, entre Obama y Trump, entre un pasado agonizante y un porvenir incierto.

Las alarmas de que el paciente se encontraba en estado terminal se dispararon con el Brexit, y desde luego el panorama empezó a ser mejor descifrado con la victoria de Trump. Pero los fundamentos del llamado “sistema internacional liberal” ya estaban severamente resquebrajados antes del tumultuoso 2016. En este orden de ideas, Trump ha venido actuando como el niño del famoso relato de Andersen, en el que se narra la historia de un vanidoso Rey cuyos sastres, acosados por las exigencias del Monarca, decidieron engañarle, hasta que creyó estar vestido con las más finas y delicadas telas cuando en realidad andaba desnudo ante sus súbditos. Sin embargo llegó el momento en que un niño, provisto de la inocencia propia de su edad, en plena calle y contemplando al Rey que se paseaba, exclamó a toda voz: “¡Pero es que el Rey está desnudo!”

Lo que ha logrado Trump es poner de manifiesto, con su característico estilo, que el sistema internacional sobre el que sus antecesores presidieron está corroído en sus cimientos, y que la sociedad norteamericana está muy agrietada. Trump proclama que el Rey está desnudo.

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Este papel no es simpático, especialmente para el Rey, y el progresismo internacional, entre otros sectores comprometidos con el pasado o beneficiarios del mismo, jamás le perdonará a Trump haber revelado la vaciedad y desgaste de sus ilusiones. Por ello son estériles las pretensiones de que Trump pueda unificar a los estadounidenses con meras palabras, o complacer las quimeras de los europeos. Ese no es su rol ni lo sería aunque quisiera. Trump seguirá adelante como factor que intensifica mutaciones y alteraciones, enraizadas en lo que le antecedió. No tiene alternativa y seguramente no le interesa tenerla.

El sistema que hoy expira, un punto que por cierto olvidamos a veces, se levantó sobre los pilares de la Guerra Fría. El mismo encarnaba un principio de orden sustentado en la confrontación de dos grandes potencias, portadoras a la vez de ideologías seculares frontalmente enfrentadas, así como en la disuasión nuclear y en una concepción suma-cero de los choques geopolíticos. El fin de la URSS y de la Guerra Fría modificaron estos esquemas, los de un juego estratégico que ya venía abriéndose con el acercamiento de Nixon y Kissinger a China. Más tarde se sumaron los ataques del 11-S contra Estados Unidos, el desafortunado fracaso del intento de democratizar las sociedades islámicas del Medio Oriente y sus secuelas, el avance económico y militar chino, la paulatina recuperación geoestratégica de Rusia, así como la crisis financiera de 2008 y su impacto social y político.

En posteriores artículos procuraré analizar con mayor detalle este nuevo panorama geopolítico, y en especial los casos de Estados Unidos, China, Rusia y Europa. Por los momentos sólo voy a destacar esto: 1) La correlación de fuerzas internacional de nuestros días es percibida como negativa, en términos relativos y coyunturalmente, para Estados Unidos; pero hay que tener sumo cuidado de no subestimar a ese país y en paralelo sobrestimar a China y Rusia. Estados Unidos tiene dificultades y también gran potencial y opciones. Un nuevo liderazgo, con la energía y realismo exigidos por los actuales y previsibles desafíos, puede concretar un reacomodo de importancia. 2) Por décadas Europa se fortaleció protegida por el poderío militar estadounidense. Esto no fue un acto de altruismo. Washington tenía y tiene intereses en la estabilidad y prosperidad de Europa. Pero las fiebres utópicas que se desataron en la Unión Europea, con los sueños de un super- Estado federal, han acabado por fragmentarla severamente. Dentro del novedoso cuadro geopolítico, la infantilización estratégica de una Europa que se acostumbró a depender para su defensa de los Estados Unidos, la deja ahora sin brújula ante una situación distinta, pues

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Washington redefine sus intereses nacionales en tanto que Europa atraviesa una crisis de identidad. 3) El pueblo estadounidense, al menos una parte sustancial del mismo, desea que sus dirigentes concentren su atención en los graves problemas económicos, sociales, de la infraestructura, la salud y la educación que aquejan a millones y que en buena medida explican el triunfo de Trump.

Visto todo ello en conjunto y extrayendo las necesarias conclusiones, es patente que los ejercicios de nostalgia con relación al pasado se han convertido en un teatro inútil. Trump halló un mundo muy distinto al que existía hasta hace poco, así como a un pueblo estadounidense fracturado, resentido, confuso y abrumado por la incertidumbre. Las prioridades de Trump son internas y tienen que ver con la recuperación económica y social de su país. De modo que su política exterior va a estar íntimamente vinculada al logro de los mencionados objetivos domésticos.

Llegaron a su fin tanto el intervencionismo indiscriminado como la globalización sin controles, se acabó el rol de policía del mundo y empieza una etapa de definiciones restringidas, concretas y focalizadas del interés nacional, concebido de manera más pragmática, con el propósito de buscar en lo posible arreglos beneficiosos para el bienestar de la población de Estados Unidos. La sobre-extensión del poder por años hegemónico se verá reducida a marcos más manejables y en función de relaciones costo-beneficio. Las nociones de soberanía, patriotismo y fronteras, entre otras, recobrarán la vigencia que habían perdido. De allí que las decenas de miles de personas que salieron a manifestar contra Trump hace unos días tendrán que aprender, por mucho que les duela, que no es el mundo el que elige al Presidente norteamericano sino los electores estadounidenses, según lo establecido en su ya dos veces centenaria Constitución. Y esos electores son la prioridad de Trump.

Maquiavelo escribió que para un político es preferible ser temido que ser amado. Pienso en tal sentido que Donald Trump cometería un error si pretendiese ser amado en lugar de ser temido. No creo que lo haga. No es su tendencia ni está en su temperamento. Pero en todo caso, el repudio casi delirante que el progresismo bien-pensante y los medios de comunicación tradicionales profesan hacia Trump es insuperable, no tiene arreglo posible y va más allá de lo estrictamente político. Semejante repudio tiene que ver, como ya sugerí,

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con el hecho de que Trump simboliza el fin de muchas ilusiones y a nadie le gusta constatar la muerte de sus ilusiones, menos aún que sea otro quien lo anuncie. No fue Trump el autor del fallecimiento de tantas quimeras, pero me temo que actuará como su sepulturero.