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El arte venezolano que se fue sin olvidar

 

Al igual que 4 millones de sus compatriotas, muchos artistas venezolanos se han visto obligados a emigrar. De lejos, la patria continúa

Los artistas quizás sean empujados al exilio. Pero el arte permanece. (Emilia Cantor)

«Siempre me dijeron, desde pequeño, que los artistas no se bañaban ni pagaban el alquiler…pero yo hago ambas cosas».

La frase es del artista -o artivista, como prefiere definirse- Daniel Arzola, venezolano radicado en Chile. Y en esa frase, hay una definición del artista que para la sociedad venezolana termina siendo una especie de paria, de ermitaño que no tiene un trabajo «de verdad» y, además, se muere de hambre.

 

«Ser artista en Venezuela es morirse de hambre» era una frase usual. Pero hoy, cuando un país entero muere de hambre sin ser artista y sin que haya nada artístico en su padecer, la estampida de venezolanos allende las fronteras ha dejado también al talento nacional en otras tierras. Pintando otros lienzos o exponiendo otros colores, el arte nacional también termina exiliado y extrañado. Convertidos en célebres por sus trabajos que adornan galerías, se multiplican en obras públicas o se viralizan en redes sociales. Arte que otros venezolanos ven por las calles de esas ciudades que los recibieron, sin saber que detrás de cada trazo colorido se esconde el tricolor nacional y aquellas siete estrellas blancas que nos enseñaron a dibujar desde preescolar, sobre el azul marino, haciendo un arco singular.

Cuando el arte se va

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Emilia Cantor, artista desde su más tierna edad, igual que todos los entrevistados, vive en Costa Ricaen sana paz con su arte. En su caso, el exilio fue por períodos, por oleadas personales quizás accidentales, inesperadas. Arte del destino.

«Me fui de Venezuela dos veces. La primera vez en el 2003 después de haber participado en la gran marcha del 11 de abril del año anterior. Estuve presente en el Tiroteo de Puente Llaguno. Tenía 22 años y estaba al frente de la marcha. Esa experiencia y la retoma de poder de Hugo Chávez me inspiró la búsqueda de estudiar arte en el exterior. Me fui por 7 años. Volví a Venezuela en el 2010 después de estudiar arte en Florencia y trabajar como docente durante ese tiempo. Entre mis planes nunca estuvo la idea de vivir en otro país. En el 2012, exactamente durante la incertidumbre de la enfermedad y la muerte de Chávez, me fui a Costa Rica a acompañar a mi pareja en una propuesta de trabajo. Pensamos que sería temporal. Dejamos todo sin pensar que no volveríamos más de manera aparentemente definitiva».

Todo parecía cercano en 2012. La delincuencia era cotidiana en la vida de Emilia y su familia, víctimas varias veces de robos en su propia casa, el estrés del sentirse victimas potenciales del delito en cualquier momento, termina haciendo pensar que sí, que podía irse un tiempo, esperar que Chávez muriera y todo mejoraría y regresaría.

Emilia Cantor, cedido por la autora.

«Eso pensaba. Hoy digo ‘menos mal que nos fuimos’», afirma.

Leonardo Moleiro, afincado en Los Ángeles luego de 15 años de haber salido de su Puerto La Cruz natal, paso veinte años en la industria publicitaria, combinándose como director de arte, mientras se dedicaba a su arte propio, a la pintura. Revisando con cuidado su obra, sentimos algo de pertenencia, de origen de la costa oriental venezolana que él mismo explica: «el vínculo de mi obra con mi país creo que está en la alegría de mis colores, de donde yo vengo hay mucho color. El pueblo del oriente de Venezuela es muy alegre, muy colorido, espontáneo y divertido. Creo que es la influencia del mar Caribe».

A todo el que se va, por una u otra razón, en algún momento le asalta el traumático hecho del desarraigo. Para Moleiro fue especialmente difícil, desde antes de irse. «Tuve un rompimiento muy fuerte con la sociedad venezolana, con lo que se estaba convirtiendo, con lo que muchos jugaban o no veían venir. Eso me hizo aislarme mucho en mi estudio y me estaba haciendo mucho daño. Tuve que ir al psiquiatra ya que me desesperaba mucho ver cómo el país se iba a la mierda y la gente iba a marchar para luego meterse en restaurantes a beber y ver en que guiso con el gobierno se metian. Eso lo viví de cerca y no lo soportaba. Me estaba enfermando, me daban ataques de pánico muy fuertes. Sentía que en esa sociedad yo no tenía espacio, nada que hacer. Así que busque oportunidades con mi obra afuera». Moleiro cuenta lo que contaría cualquier artista, pero también cualquier profesional de cualquier área, en la Venezuela de hoy.

Leonardo Rodríguez, Instagram.

Leonardo Rodríguez lo vivió desde el punto de vista personal, al casarse con una venezolana de origen español. Se fue hace dos décadas y hoy se encuentra en España. Básicamente se fue por amor, y recuerda el llanto que le acompañó por todo el camino al aeropuerto. «Hasta cuando veía los ranchos en la autopista sentía la nostalgia», cuenta este reputado artista venezolano, que llegó primero a Francia y desde allí, logró proyectar su trabajo a España, Estados Unidos y hoy gracias a la numerosa presencia de venezolanos en cada lugar del mundo, pareciera que logra exponer a distancia en más lugares de los que alguna vez soñó visitar. Desde participar (y ganar) concursos en Francia hasta conocer a Carlos Cruz-Diez, pasando por caricaturas laureadas en medios europeos y posters requeridos por doquiera, donde su nombre y su apellido agregan valor.

Escapar no es un chiste

Daniel Arzola, que escapó de Venezuela en 2014, se sintió extenuado, perseguido y narra más que una experiencia migratoria, un escape.

«Me fui para sobrevivir, como tanta gente… ya había tenido al menos cuatro veces una pistola apuntándome a la cabeza para robarme. Ya algunos amigos estaban presos por protestar. Ese mismo año asesinaron a cuatro amigos en robos, de manera brutal, inhumana. A mí me atracaban violentamente al menos una o dos veces al año. Y cuando me robaban , me quitaban cosas sin mucho valor, pues no tenía nada que me pudieran robar. Como por humillarme».

Esas palabras podrían ser puestas en boca de cualquier venezolano migrante. Pero a Arzola algo le hizo clic con una invitación. «Me ofrecieron en Amsterdam participar en el Gay Pride de ese año y al invitarme me dijeron que todos los activistas venezolanos con los que habían trabajado estaban presos o muertos. En quince días tome la decisión de irme y nunca más regresé».

Arzola se toma en serio la denuncia contra el régimen chavista desde su activismo por los derechos de la comunidad gay. El mundo, hoy, conoce su trabajo No soy tu chiste como el clamor artístico de quien exige, más que tolerancia, respeto.

«Yo siempre denuncié la homofobia de Estado en Venezuela, denunciando al chavismo que utilizaba la homofobia y la transfobia como herramienta de denigración. Eso significó amenazas en redes sociales, telefónicas y acoso en mi barrio, zona chavista. Cuando tomé la decisión de irme pensé ahora o nunca y así fue».

Arzola pasó de tener sus trabajos en el Centro Cultural Chacao a ver su mensaje traducido al inglés, al francés, al italiano, al chino, a formar parte de campañas contra la homofobia por asociaciones rusas, árabes o chinas, a ser el artista más requerido en las manifestaciones del orgullo gay a nivel mundial, hasta el punto de que su trabajo fue la imagen del Concierto por los Derechos Humanos de este año en Tenerife. Podría decirse que es, en este momento, el artista venezolano emergente más importante de estos días, difíciles días, que vive Venezuela.

Ese país, tu país, mi país

Y es ahí donde volvemos al origen, con todos los consultados. ¿Y Venezuela?

«Adonde yo voy siempre la gente al saber que soy de Venezuela se quedan preguntándome más acerca del país. Creo nos falta vender mejor nuestras cosas buenas como lo ha hecho México por ejemplo y creo que a través del arte, de la academia del talento y de las buenas ideas podemos cambiar esa percepción de que somos el país del petróleo, las mujeres bonitas y los enchufados», explica Moleiro, quien acaba de colocar una de sus obras en la ciudad de Pittsburgh a petición de la alcaldía de la ciudad.

Moleiro, Instagram.

Emilia Cantor decidió dedicarse a los olvidados: las víctimas de la represión. Como una moderna heredera de Salas, Michelena, Rojas o Tovar y Tovar, ilustra en sus piezas las batallas de calle, los guerreros caídos y los rostros de los mártires que la lucha de todos estos años ha dejado. Un maltrecho tricolor nacional envuelto en gases lacrimógenos, la hace pensar en el futuro, pues «si el arte no puede cambiar el país, quizás sí cambie el futuro de ese país».

«Mi obra, totalmente altruista y sin fines de lucro, está compuesta por rostros mayormente. Rostros de víctimas de la dictadura. Más que un cambio estoy ilustrando honoríficamente a los rostros que representaron y representan la represión dictatorial. Muchachos asesinados de la resistencia y presos políticos son los protagonistas de mi obra. Todos hasta ahora han sido ilustrados con permiso de sus familiares. No están a la venta. Y mi sueño es donarlos a una Venezuela libre. Para que decoren las paredes de algún museo o centro cultural venezolano y así queden plasmadas estas historias para que las futuras generaciones sepan que hubo lucha, sacrificios y resistencia», propone y dispone Cantor, desde el arte y el compromiso.

Y el compromiso pudiese decirse que en estos artistas es el mismo. Todos hablan del futuro de Venezuela y de la forma de contribuir, desde su expresión artística. Arzola, que lo ve claro por los graves problemas de homofobia y discriminación en Venezuela, quiere trascender, más allá del arte, a la representación de gente distinta. «Mostrar el lado contestatario, sensible y humano a través de mi obra, que con suerte logre trascenderme y ser parte de la construcción sexo diversa del país, quizás mucho pedir, pero es lo que yo hago y trato de aportar. Es lo que me sigue conectando con la gente de Venezuela que sigue mi trabajo. El arte es también herramienta para poner algo de nuestro lado de la balanza. Creo que incidir en la cultura y cambiar la cultura es la semilla para cambiar una realidad».

Cambiar o no cambiar desde el arte, atrae las dudas de Leonardo Rodríguez.

“Yo no se si el arte puede cambiar algo, pero en una movida generalizada de cambio, el arte formará parte de esa movida. Las personas que manejan el verbo, la música, la imagen, estarán en esa movida. Estamos fuera pero formamos parte de una manada, de una tribu. Nos quitaron nuestra tierra prometida pero la llevamos con nosotros. Lo que esta en nuestras manos, de no dejarnos destruir, eso podemos controlarlo y no nos lo van a quitar. El resto se verá», deja traslucir Rodríguez emocionado con las ideas de ese cambio que desde el arte y con el arte se ve posible.

Se ve posible hoy lo que generaciones anteriores de artistas venezolanos no lograron ver. Hay ilusión de aportar desde la expresión artística a la construcción de un país que se perdió. De un país que pocas veces estuvo para los artistas hoy venerados. A Reverón tenido por loco ermitaño, a Juan Loyola tenido por escandaloso. De grandes expatriados como Soto o Cruz-Diez, o de tantos otros que son tenidos incluso como nacionales de las tierras donde se asentaron, en distintas épocas.

Arzola, Twitter.

Quiere el arte de hoy ser espejo de lo que a una generación de expulsados de su tierra le ha tocado vivir. Y de hecho es así. Cuando un mural en Europa luce un Cruz-Diez, cuando una marcha del orgullo gay enarbola un No soy tu chiste de Arzola, cuando un francés celebra una caricatura de Le Pen hecha por Rodríguez o cuando un ciudadano de Pittsburgh admira una obra pública hecha por Moleiro. O cuando alguien le pregunta a Emilia Cantor por ese rostro joven sonriente que ilustra en un lienzo y ella se dispone a explicar qué fue de Neomar Lander, de Óscar Pérez o de Juan Pablo Pernalete. O cuando allí, en miles de trazos, no aparece un Girardot cayendo en el campo de Carabobo con la bandera en sus manos, sino un joven, casi niño, con máscaras y escudos rudimentarios envuelto en el humo, cubierto con la bandera y lanzando una piedra al destino, anónimo, lejano y vacío, mientras tantos otros jóvenes esperan encontrar ese destino caminando, volando o soñando.

Nuestros artistas seguirán expresando que, de verdad, el país debe encontrar el camino donde se perdió intentando ser, intentando estar.

Porque al fin y al cabo, el país sigue estando.

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Ciudadanos sin ambición

Política • Sociedad

Ana Cristina García

Debo confesar lo convencida que estoy, que en Venezuela no hay posibilidades de un estallido social, y confieso igualmente mi absoluta ignorancia de qué tendría que suceder para que algo así tenga lugar. Este razonamiento no se basa en talentos adivinatorios, ni en poseer una bola de cristal, es solo observación y escucha, en distintos escenarios, estratos, condiciones y comportamientos de nuestra sociedad en su interacción diaria.

Existe un porcentaje importante de venezolanos, que no se creen ni se sienten merecedores de algo mejor, dando pie a no generar cambios y oportunidades para su vida, aceptando lo que le puedan dar u ofrecer. He escuchado a muchos opinar que a quienes les iba mal en gobiernos pasados, ahora les va peor. Por supuesto difiero de ésta opinión, no de manera absoluta pero si en su generalización, pues se han amasado grandes fortunas que están en manos de personas que no poseían nada o muy poco, y creo no estar develando secretos. Pero desarrollemos un poco mejor la expresión de “no merecedores”

Cuando un individuo no se siente merecedor de algo mejor, convive en una amplia esfera de depresión y conformidad, enlazada con pasividad, inutilidad e incapacidad. Posiblemente se perciba como términos fuertes o demasiado determinantes, pero en fin, puede que usted amigo lector esté de acuerdo o no, está en su derecho de discernir, así que continuemos.

Estar sumergido por tiempo prolongado en una depresión sin que ésta sea atendida en profundidad, va creando una sensación de estar desahuciado; si la unimos a una pasividad aprendida derivada de experiencias pasadas producto de un país en bonanza que acostumbró a cierta facilidad y a desperdiciar oportunidades de crecimiento  individual, ha ido creando una bola de nieve cuyo mensaje de arrastre es conformarse y orar a los cielos porque la situación cambie. Obviamente cualquier crisis que se tropiece con ciudadanos cuyo contenido de dinamismo, preparación, empuje, emprendimiento, confianza, visión y riesgo, es terreno para que surja un camino para la creatividad y la transformación. Quienes indistintamente a las circunstancias se han sentido incapaces para abordar los diversos desafíos, obstáculos y contrariedades, cualquier posibilidad que implique accionar y responsabilizarse les parecerán cuesta arriba e inútil.

Es de imperiosa necesidad que una persona ambicione mejoras y desarrollo para su vida, producto de su desempeño y basado en adquirir nuevos conocimientos y habilidades que impulsen su evolución desde el nivel en que se encuentre. Al contrario, cuando han comprado la percepción y el sentimiento de no ser productivos, se convierten en dependientes o parasitarios a la espera de que algo suceda o algo cambie solo para ajustarse, cazar momentos y continuar repitiendo la historia.

De observar y escuchar he aprendido que el tocar fondo es distinto para cada quien, y para el venezolano honestamente creo, que el fondo se extravió, porque si algo tienen claramente en común los estallidos sociales es la línea del basta, la línea del hasta aquí, lamentablemente es un punto donde no coincidimos ni valoramos por igual.

Ana Cristina García  –  @accristina7

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El aborto legal ya incluye al asesinato legal de inocentes por comodidad

El conflicto no siempre es entre vida y comodidad. Puede ser entre vida y vida. O entre derechos fundamentales irreconciliables

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El aborto legal ya incluye al asesinato legal de inocentes por comodidad .(C)

La semana pasada trataba el comienzo de la vida humana. Consenso científico es que se inicia en la fecundación. Esta semana finalizo con lo que en justicia correspondería a Derecho y legislación. Todo consenso científico tiene objetores calificados. La verdad científica es contingente. Al Derecho la posibilidad razonable –no el consenso– del que la vida inicie en la fecundación exigiría  prudentemente aceptarlo.

¿Prevale la vida siempre sobre otros derechos en conflicto? No siempre. El derecho a la vida de unos puede entrar en conflicto con el mismo o diferentes derechos de otros. Y se pone legalmente fin a vidas –incluso inocentes– en irremediable conflicto con derechos de otros. En diversas partes del planeta la vida del no nato vale hoy menos que la comodidad y estilo de vida de sus accidentales padres. Será así pronto en la mayor parte.

Matar infantes por comodidad o conveniencia no es novedoso. En el siglo I el aborto no era ilegal en Roma. Era infrecuente por peligroso para vida –y fecundidad– de la madre. A efectos del aborto a discreción y legal, tenían legal abandono a discreción del recién nacido “expósito”. Cito de carta de ciudadano romano a su esposa, el año 1 a. C. el casual tratamiento del infanticidio:

“sigo en Alejandría. (…) Te pido y ruego que te hagas buen cargo de nuestro hijo bebé, y tan pronto como reciba el pago te lo enviaré. Si das a luz, y es varón, mantenlo; si es una niña, deséchala”.

Tan casual como el la contemporánea Sally sobre su aborto en la, primero muy publicitada y luego abandonada, imnotsorry.net:

“Mi marido está intentando asistir a una escuela de arte; mi carrera es exigente y estresante. Intentábamos saldar deudas, incluyendo mis créditos estudiantiles. Nos reunimos con un consejero en la clínica que afirmó: Tienen que ver al día de hoy y valorar si trastorna su estilo de vida hoy. No pueden pensar en lo que podría ser”.

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Para matar impunemente hoy vasta el menor conflicto entre el derecho a la vida del no nacido y el estilo de vida de sus accidentales progenitores. Antes decidía el pater familia. Hoy la madre. La crianza es exigente y agotadora. Más para una madre sola. Peor mientras más pobre. Se evita en cualquier caso abortando. Y negar vida y humanidad al no nacido tranquiliza a quienes no desean admitir el conflicto entre el derecho a la vida de un inocente y derechos o intereses de sus accidentales progenitores.

En guerra puede ser legal matar colateralmente civiles inocentes indefensos. Circunstancialmente puede ser delito de guerra. Con el aborto no hay “daño colateral”. Derecho a la vida  inocente de una parte. De otra; desde vida y dignidad, hasta comodidad y estilo de vida.

Mi amigo el ingeniero Dakar Parada dice: “de haber sido legal el aborto yo no habría nacido” porque  “Al morir mi abuelo mi abuela ‘madre soltera’ vino a Caracas a vivir en un rancho en Los Frailes de Catia con hijos de 19, 16, 14 y 10 años. Y la de 14 salió embarazada”.

Afirman abortistas que siendo su madre adolescente, soltera y pobre no debió él nacer para empeorar la miseria familiar. Que viviría de trasferencias político-clientelares. O sería delincuente. Pero es Ingeniero de Sistemas, Máster en Ingeniería de Software. Máster en Economía Política. Vive y trabaja en Europa. Nadie estaría mejor si lo hubieran matado antes de nacer. Es el rostro del no nacido que los abortistas niegan para una mal disimulada eugenesia. Pena de muerte preventiva al no nacido por lo que algunos quieran creer que otros serán.

El conflicto no siempre es entre vida y comodidad. Puede ser entre vida y vida. O entre derechos fundamentales irreconciliables. Veamos tres posibilidades generales:

  • La vida de madre e hijo entran en conflicto biológico. Se ha de decidir entre una y otra o se perderán ambas. ¿Quién decide? Si está en capacidad de expresarlo la madre. Si no el padre. O sin una u otro, el médico por la vida que estime más probable salvar.
  • La madre rechaza su responsabilidad parental. Para ambos progenitores debe ser legalmente forzosa. Desgraciadamente será materialmente más difícil exigirla al padre. A más comprometida situación de la futura madre es más dura exigencia. En condiciones limites –de ser posible– sería responsable cederla voluntariamente. La adopción –o crianza por organizaciones– es posible. Pero no siempre está disponible. Prohibir un asesinato legal que libraría a alguien del peso que considera insoportable, a veces resultará en que ocurra ilegalmente.
  • La fecundación puede resultar de una violación. A esa madre sería injusto exigirle responsabilidad parental forzosa. Sufrir como víctima tan monstruoso crimen no implica disponer de la vida de otra víctima inocente mientras depende biológicamente de su involuntaria madre. Sino que tras el nacimiento no se forzosa la responsabilidad parental. Debería ser muy agravante al crimen del violador ocasionar el embarazo. Violación probada en y no contra Derecho justificaría incautarle costo de manutención y educación sin derecho o privilegio parental conexo.

Los casos de aborto como única forma de salvar otra vida son raros. Limitados aquellos en que la responsabilidad parental sería legítimamente opcional. Y existen niñas violadasobligadas a abortar forzosamente por sus violadores Disfrutar como derechos vida y propiedad implica que entre todos deberemos –forzosamente– asumir el coste de imponerlos, nos guste o no.

Incentivar su protección y desincentivar su violación incluye, y no se limita a, negar subsidio clientelar a irresponsabilidad. Imponer legalmente un error moral hará menos difícil la vida de algunas mujeres. Ya establecida su legitimidad, no se limitará siempre a no nacidos el asesinato legal de inocentes por comodidad. Leyes y políticas públicas son incentivos económicos de conductas. Que incentiven y desincentiven –a corto y largo plazo– importa porque tarde o temprano veremos todas las consecuencias.

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Girar el picaporte

Sociedad

Abr 2, 2018

por Roger Vilain

Roger Vilain

Escrito por Roger Vilain

Cuando se gira el picaporte se abre también el sésamo de mundos que exigen de visión periférica. A veces, claro, la periferia dice más que el centro, asunto en pocas ocasiones tratado con la justicia que merece.

Cuando giras el picaporte giras además el universo, y en esa apertura los duendes de mil jardines que se bifurcan bailan Calipso y sonríen a la manera de los grandes amigos. Pienso en músicos que crearon sello improvisando o en escritores capaces de sacarle punta hasta a las piedras en eso de decir, exprimir, contar, no dar todo por sentado, etcétera, etcétera, etcétera.

Para girar el picaporte hacen falta manos pero sobre todo cierto candor entremezclado con anhelos varios, últimamente poco vistos en los alrededores, porque girar el picaporte supone en tremendísima medida la disposición de dos estadios sin los cuales todo va a parar al carajo. El primero, girar y empujar el sésamo. El segundo, girar y empujar sin perder de vista que girar y empujar trasciende el significado de este par de verbos tan comunes, corrientes, escuetos y percuetos.

De modo que ahí lo tienes: giras y entras, navegas en las aguas que el don de la curiosidad o la osadía ponen a un palmo de tus narices o te quedas plantado, como si nada, lo más parecido a esa fea palabra conocida como inmovilismo, sinónimo de petrificado, equivalente a mansedumbre, lo cual no tiene por qué ser bueno o malo en absoluto. Simplemente es.

Total, haciendo las sumas y las restas, que girar el picaporte guarda para sí la acción y efecto de estrellar los dientes, a modo de mordida, contra una superficie sólida por donde la mires, ferrosa hasta más no poder, cargada como puedes observar de una dureza extrema y peligrosa, cuestión que pide a gritos un caldo elaborado a base de atrevimiento, cuando no de temeridad monda, y también lironda.  ¿Sí? ¿Me explico? ¿Patinamos todos en el mismo charco?

Para girar el picaporte colocas una o ambas manos  -tú eliges-,  aplicas un golpe hacia abajo con fuerza y luego empujas vista al norte, rumbo al horizonte, ese mundo acostado que se despliega enfrente, con foco en la diana donde confluyen todos los puntos de fuga reales e imaginarios. Y sientes la brisa, los dedos que te despeinan entre soplidos, susurros, chubascos, nubarrones o sol meridional. Sigues eligiendo.

De adolescente aprendí a girar el picaporte, cosa nada fácil si a ver vamos porque nadie dijo que asomarse al balcón o a la ventana garantiza algo. Girar el picaporte es sólo eso, girar el picaporte, con el infinito a cuestas y los poros cargados de latidos, pulsiones, esos bichos gelatinosos cuyos verdaderos nombres tengo la impresión de que aún no fueron inventados. Giras, empujas, entras y ya. Rompes la quietud, resquebrajas el témpano, traquetean los  engranajes debido a que al final otros relojes marcan a plenitud las horas.

Ruuuuuaaaacccccc, giras el picaporte, empujas, entras, y a la historia se le ocurre empezar. No sé si me explico.


Roger Vilain  – @rvilain1

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Una mosca me mira

Sociedad

Ene 29, 2018

por El Columnero

El Columnero

Escrito por El Columnero

Ahí está, sobre la mesa. En el lugar acostumbrado, a la hora acostumbrada, café, tabaco, agua mineral y pluma en mano pretendo continuar con Georges Perec.  Lo infraordinario es un libro que empecé hace un par de días y quiero despachar ahora.  “¿Cuántos gestos son necesarios para discar un número telefónico? ¿Por qué?”, se pregunta el francés. En él, a lo largo de las sesenta y nueve páginas que he devorado hasta este instante, ha sido imposible no tener en mente a Cortázar, por aquello del mundo, sus causas y consecuencias, todo bajo la lupa y bajo el entramado que implican los mil y un por qués en relación con los hilos que nos unen, a ti, a mí y a todos en esta red de redes que es la cotidianidad.

Ha sido imposible no tener en mente a Cortázar y a Breton, el Breton de la Nadja, especie de Rayuela a su manera, prima hermana de ese otro monumento que es El Perseguidor. Y se me viene también a la cabeza Feist con su canción: “¿Qué es lo que nos separa?, ¿qué por casualidad nos reúne?, ¿por qué tantas salidas y llegadas en esta ronda infinita?”. Ahí caben de cabo a rabo la causalidad, el encuentro inesperado, los caminos cruzados entre anhelos y miedos, las concordancias imposibles del tú atravesando una calle y el yo en dirección opuesta hasta hallarse frente a frente contra toda aritmética, contra Descartes planchado, cuadrado, perfumado.

Ahí está, sobre la mesa. Inmóvil. Noto que me observa, admito sus múltiples ojos escudriñando a un ser con jeans, camisa a cuadros, saco marrón y boca de dragón humeante que a veces lee y a veces rasguña un trozo de papel mientras cada tanto acerca la taza al paladar. Hemos sellado un pacto: la geografía que ocupa nada tiene que ver con mi territorio a lo largo y ancho de este mantel blanco. Me mira con tranquilidad y piensa, seguramente calcula, mide casi con desdén al otro que tiene enfrente.

“Soy realista porque me niego a dejar fuera de la realidad hasta la última migaja de sueño”, escribió el buen argentino. La verdad es que más que razón, Cortázar tenía mucho de olfato existencial, de intuición, ésa que trasciende lógicas comunes y corrientes e inventa, o descubre o qué sé yo, realidades más porosas. Me observa, está ahí, como si nada, y sonríe y se frota las patas delanteras en un gesto de reflexión profunda, de deleite a propósito de cuanto esta tarde la casualidad, la causalidad, ve tú a saber qué más, ha puesto frente a sus narices.

Me pregunto qué estará tramando. Me respondo: disfruta el panorama, ríe ahora a mandíbula batiente en medio de la marejada, a merced de la puesta en escena que personificamos. Sí, me observa, pasa sus ojos compuestos por mi humanidad. Escribo y ahí permanece, como una máquina de pensar que erige premisas, ata cabos, escupe conclusiones y reta a cualquiera a contemplar el mundo desde su horizonte. Soy un bicho, estoy hecho un insecto y desde su trinchera, sobre la superficie blanca continúa hurgando, yo en el portaobjetos, ella pegada al lente surcando espacios, derivando teorías, axiomas, realidades quizás parecidas a las mías.

Termino de leer, termino de escribir, el camarero anda cerca y aprovecho para con la señal acostumbrada solicitarle la factura. Pago y me levanto. Me sigue, me sigue desde su otra orilla. Levanto el brazo, me atrevo a hacer un gesto como de despedida. Ella mira, quieta como un punto negro en plena estepa siberiana. Recuerdo otra vez a Perec, a Cortázar, a Feist, a Breton. Sigo recordando.


Roger Vilain  –  @rvilain1

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Nivelados a la baja

Sociedad

Ene 23, 2018

por Ana Cristina García

Ana Cristina García

Escrito por Ana Cristina García

Si de verdad tenemos la creencia de que no somos en absoluto responsables de lo que ocurre en nuestro entorno y que mirar hacia otro lado, o que al enterrar la cabeza cual avestruz nuestros problemas serán solucionados mágica y automáticamente, mejor tomemos la decisión de desaparecer de ser posible, porque la tendencia siempre será a que las situaciones irán agravándose de no ser atendidas.

Estamos expuestos permanentemente a procesos evolutivos e involutivos, fluyendo entre fuerzas ascendentes y descendentes. Por ley de nivelación, quien rige lo inherente a los aspectos  descendentes e involutivos, actúa como una fuerza que produce igualación de valores entre personas, objetos y fenómenos que interactúan al relacionarse. Al no encontrarnos exentos de relaciones, intercambios, influencias y afectación, la ley cobra mayor rigor.

Analizando el escenario de la sociedad venezolana y las formas como ésta viene comportándose, debemos enfatizar en elementos que ejercen fuerza dominante para atraer o igualar aquellos que son susceptibles de ser nivelados. Tratemos de comprender el punto en la mayor dimensión posible, porque en alguna medida todos, dependiendo de situaciones, objetivos y direcciones que nos hayamos marcado, posiblemente hemos estado sujeto a algún tipo de nivelación y quizás aún lo estemos.

Podríamos interpretar cuando hablamos de nivelación, que lo grande siempre actúa igualando a lo pequeño. No obstante esta ley tiene una particular relación en los procesos descendentes, degenerativos e involutivos y allí resalto el comportamiento de la sociedad venezolana, donde un pequeño grupo carcomido, ha ido nivelando al resto de un conglomerado a condiciones de profunda involución. Cuando se está en presencia y se frecuenta tendencias degenerativas, ésta puede nivelar a otros a su estado, lo que actualmente experimentamos.

Hemos enfrentando este proceso que se vive en Venezuela, con absoluta inocencia, ingenuidad y gran parte con irresponsabilidad, nos hemos convertidos en susceptibles a ser nivelados, cumpliendo a cabalidad. Hemos permitido relacionarnos con un entorno en que se ha establecido a la baja valores, costumbres y modelos que se nos ha impuesto apoyado por la fuerza y respaldo de un convencimiento colectivo. No hemos contado con fundamentos sólidos para ser autónomos y terminamos siendo atraídos y nivelados. El avestruz por naturaleza entierra la cabeza para cavar y se mezcla con el entorno buscando no ser detectada, pero nosotros no somos y no podemos continuar imitando el avestruz, el descenso debe dejar de ser opción.

A lo largo de aceptar los comportamientos que hoy vivimos en Venezuela, experimentamos adaptación y nos convertimos en extensión de lo que tanto hemos criticado, eso lo logramos a través de alimentar el concepto de ser sobrevivientes. Al no construir ni ser parte activa, nos transformamos en dependientes de hábitos y prácticas de las imposiciones de un colectivo, adaptándolas como propias bajo débiles cuestionamientos y sin acciones claras.

Los últimos acontecimientos en Venezuela han dado luces del nivel de adaptabilidad que tenemos ante situaciones cada vez más alarmantes. En el proceso de nivelarnos a la baja lo anormal nos parece normal. Nuestro proceso de degeneramiento colectivo basado en vicios, malas prácticas y complejos defectos, todo lo que no teníamos o quizás no en esas proporciones nos frecuenta con total dependencia. Propios y extraños, los de adentro y los de fuera han terminado nivelados cuando la defensa por la vida ha generado tan poca acción y firmeza. Leer algunas opiniones en las redes sociales es indicativo de sentirnos cómodos caminando los mismos pasos, pensando, hablando, viviendo y valorando de la misma forma.

Se impone la necesidad del sentido común, del discernimiento, la coherencia y nuestra capacidad de ser autónomos, pero no desde una trinchera, con posiciones asumidas como dueños de verdades absolutas, sino asumiendo la responsabilidad que nos otorga la individualidad y el habernos conducido a los escenarios de hoy. Se nos ha extraviado la capacidad de juzgar con ponderación y requerimos de revertir esa nivelación soltando anclajes de forma progresiva. No se requiere de un respaldo colectivo para llamar por su nombre lo que es absurdo, nocivo y tóxico para los intereses de la mayoría. Hagamos consideraciones lógicas y razonables y actuemos definitivamente en función a ello.

Si continuamos transitando el mismo camino, creyendo y esperando que seguramente algo pasará, que alguien vendrá o que alguien haga lo que yo como individuo y parte de este colectivo llamado Venezuela no hago, seguramente tendremos los mismos resultados y la nivelación en aumento.


Ana Cristina García  –  @accristina7

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El Buscador

Sociedad

Ene 21, 2018

por ROGER VILAIN

ROGER VILAIN

Escrito por ROGER VILAIN

La gente se mete entre ceja y ceja que la vida es una carrera de cien metros planos.  La escuela, dime tú si no, es la madre de semejante puesta en escena. Pero la verdad sea dicha: mientras más procuramos velocidad, menos aplausos por cada gota de sudor.

Tengo un pariente que para la familia es el vivo ejemplo de lo que supone ser la oveja negra. Un fracasado por todos los costados. Y yo, que alguna vez he sido tildado como mínimo de bicho raro, lo cierto es que celebro sus victorias como si fuera un jonronero en la final Caracas-Magallanes. Pedro Julio Alicio, alias Renacuajo, es el último refresquito del desierto.

Hay quienes tienen como punto de fuga en sus horizontes vivenciales llegar nada menos que a la Luna. Apuntan alto. Andan dispuestos a meterse el mundo en el bolsillo, incluyendo oro a mansalva, chicas de todos los pelajes, placeres sin medida ni fin. Total, ganar la apuesta que todos creen preciso hacer cuando despunta la adultez. Pero Pedro Julio Alicio, alias Renacuajo, dio por sentado que su objetivo es otro. Sus victorias son prendas cotidianas echadas a las alcantarillas por media humanidad, porque para él acertar, lo que se dice vencer la contienda por llegar a la cumbre le saca la lengua a los flashes, al tintineo de copas, a la primera página en el diario poniendo cara de autosuficiencia y mira este perfil etrusco que no es concha de ajo, como si Dios mismo te invitara a unas cervezas dándote a la vez palmaditas en la espalda.

Pedro Julio Alicio, Renacuajo para amigos y enemigos, tiene ojos en los poros, ve en las sombras que a pleno mediodía hacen de las suyas en cualquier esquina. Tengo por seguro que la película que lleva a cabo echa mano de trucos diferentes y vende una trama requetecompleja, de modo que seguirle la corriente cuesta una viruta de la cara, es decir, involucra haceres que para qué te cuento, total, si de todas formas lo vas a mandar a los infiernos.

Existen individuos que se pasan la existencia buscando el Vellocino de Oro, el Santo Grial y demás ocurrencias por el estilo. Yo creo, con mi batracio pariente, que es más complicado hallar la insignificancia, en esencia porque revolotea en rincones llenos de ruido y de gente, expuesta a la claridad de un día soleado.

Pedro Julio Alicio, un apestado con todas sus letras según los entendidos, asoma ahora en el lomo las más apetecibles cicatrices del toma y dame que implican mil andaduras por el mundo. Es un buscador, qué duda cabe, y lo mejor es que supera con largueza, casi en tono de señalamiento y burla, a cualquiera de nosotros por la razón sencilla de que al buscar siempre encuentra: el bueno para nada termina por hallar a cada instante. Si eso no es un triunfo por donde lo mires, entonces cuéntame una de vaqueros. Dime tú si no.


Roger Vilain  –  @rvilain1