Publicado en Perspectivas

Morir con Venecia

 

POR Federico Vegas

Fotografía de Miguel Medina | AFP

TEMAS PD
28/11/2019

I

Venecia no es la ciudad que más he amado, pero sí la que más he intentado dejar de amar.

Mi rechazo siempre ha sido incierto, inconstante. Alguna vez la he percibido como una mujer que me ignora mientras exhibe su superioridad espiritual, otras veces mi alejamiento proviene del dolor de suponerla condenada a un final que no quiero presenciar, o de la tristeza de no tener nada que ofrecer a cambio de tanta belleza, o caigo en la absurda pretensión de haberlo visto todo y estar más allá de la curiosidad y la seducción, o decido que, al no poder tenerla integra y para siempre, será nada y hasta nunca. Ahora que despliego este absurdo rosario comienzo a hacerme consciente de mis limitaciones y confusiones. Más nos define aquello que no logramos integrar a nuestras vidas que ciertas solemnes certidumbres, tan constantes, que se nos van haciendo imperceptibles, como creer en la eternidad de la especie humana.

Una inundación semeja un inmenso llanto y pareciera que ya no hay lugar en Venecia para nuestras lágrimas y lamentos. Es una paradoja que el agua sea su peor enemiga, pues alguna vez he contemplado los efectos de su ausencia. Esos mismos canales que convierten la arquitectura en música y en danza, sin la presencia del agua revelan un fango podrido que la está carcomiendo. Descubrirla seca me resultaba más impactante que anegada, pero ahora ha llegado una nueva inundación con la fuerza de todas las aguas del mundo, incluso las que una vez estuvieron perpetuamente congeladas. Ya no se puede culpar solamente a los vientos y las corrientes. Puede que no sea una ciudad inundada sino una Venecia hundida que se despide; puede que no sea un ciclo centenario sino la señal más poética de un futuro apocalíptico. La pregunta ya no es más si los hombres estamos enloqueciendo a nuestro planeta, ahora la cuestión es si estamos a tiempo de enfrentar nuestra locura y sobrevivir.

II

Jean Cocteau exclamó exaltado en una de sus visitas:

—¡Dónde se ha visto tanto Cristo caminando sobre el agua!

He conocido una opción más humana: caminar dentro del agua.

Las crecidas del otoño y del invierno las anuncian con la alarma de una ciudad a punto de ser bombardeada. Dieciocho sirenas avisan la llegada de la marea con una antelación de tres horas. ¡Cantos de sirena! ¡Tan seductores, tan apropiados para anunciar los desenfrenos del agua! Mi esposa, de padre y abuelos venecianos, me dijo asomándose al canal:

—Esta vez es en serio.

Ocurrió hace unos treinta años. Lo de “en serio” tenía que ver con la ansiedad alegre e infantil de su marido por presenciar el insólito espectáculo del acqua alta. Me había comprado unas botas amarillas de pescador de truchas y quería estrenarlas. Había llegado el momento; debía comprar los ingredientes de un chupe para veinte personas y salí bien equipado. No todas las calles tienen el mismo nivel; en la que llega al campo Santo Stefano el agua me llegó a una cuarta de la rodilla. Faltaba conseguir seis aguacates y un queso blanco (semejante a nuestro palmizulia) en el único local que podía tener estas insólitas exquisiteces, ¡y las conseguí! Ya tenía un logro que contar a mis nietos y la inundación apenas comenzaba.

De vuelta a casa sentí el agua fría inundar mis interiores. En la plaza San Marco vi unos japoneses tomándole fotos a unos zapatos de lujo que flotaban en el agua como pájaros muertos. Los noté tan exaltados que aquel parecía ser el único propósito de su viaje. El espectáculo dejó de ser divertido cuando la corriente me impidió avanzar.

Ayudándome con las grietas y molduras de las paredes, como escalando en horizontal, pude llegar al apartamento, una restauración en un depósito donde guardaban las barcas del palacio Mocenigo. Allí vivió Giordano Bruno y dos siglos después Lord Byron. Ambos dejaron para siempre sus insaciables fantasmas y se turnan las apariciones.

Las aguas invasoras estaban a un centímetro del nivel de nuestra alfombra. Nos concentramos en preparar el chupe y el olor a cilantro nos hizo sentir de vuelta en Caracas, pero cada tanto recordaba estar en una ciudad inundada e iba a chequear el umbral (una pieza de mármol blanco en la parte inferior de la puerta).

La tercera vez, me arrodillé inclinándome hasta el suelo para observar de cerca los pequeños remolinos y las crestas de las olas que se batían contra el borde de mármol. Mi esposa me preguntó:

—¿Vas a rezar?

—Voy a soplar —le contesté.

Soplé como un niño hasta marearme, convencido de poder evitar que las aguas sobrepasaran nuestra barrera, y el umbral aún resistía cuando llegaron nuestros invitados. Venían empapados, con el hambre y la sed de los náufragos. Apenas llegar se quitaban los pantalones en el baño y salían envueltos en una toalla, con una copa de prosecco en la mano. Usamos todas las toallas que había, blancas, azules, unas playeras estampadas con colores escandalosos, luego manteles campestres y al final sábanas y fundas de almohada. Como suele suceder en Venecia, había diferentes nacionalidades, amigos de amigos. Maritza Domínguez trajo de la mano a un polaco que encontró perdido y arrinconado por el agua frente a la puerta del palazzo. Era un hombre altísimo que no quería quitarse los zapatos mojados y menos los pantalones. Hubo que usar algo de fuerza hasta que entendimos que nadie lo había invitado. Era un turista más a la deriva y finalmente se fue dando manotazos, como un monje que huye de una orgía.

El chupe fue el mejor y el único en la historia gastronómica de Venecia. La pasamos bien. Cuando volví al espigón de nuestra puerta y vi las aguas retirarse, comencé a beber como un capitán orgulloso de haber sobrevivido a una tormenta. La única pérdida que lamentar fue la de un amigo psiquiatra que sufría de una grave ludopatía. Apenas llegar, puso a secar sobre un arcón los billetes que llevaría al casino. Horas más tarde, cuando la sopa y el vino vencieron al frío y la humedad, alguien dijo en algún idioma:

—¡Abran las ventanas. Hace mucho calor!

Al abrirlas, los billetes volaron hacia el canal como mariposas absorbidas por la noche. El psiquiatra hizo el amago de brincar al canal y salvar su patrimonio, pero eran los tiempos de las liras, y la pérdida, bajo otro tipo de azar, no fue trágica. Nadie estaba triste. En ese entonces, una Venecia inundada todavía podía ser una fiesta. Nada que ver con la de 1966 o la de 2019.

Ya a punto de dormirnos y mirando el techo, mi esposa me dijo tan orgullosa como fatigada:

—Fue una verdadera fiesta veneciana.

Me giré para verla de frente y le contesté:

—A mí me pareció más bien hawaiana.

III

Una de las medidas de mi relación con Venecia es haber asistido a tres entierros. El más memorable fue el de Teresa Foscari. La llamaban la Contessa Rossa, imagino que por sus coqueteos con la izquierda. También era amiga de Ted Kennedy, y de quien ella quisiera, pues era prodigiosamente seductora. Hablaba un italiano tan perfecto y expresivo, modulado y penetrante, que era imposible no entenderle. La fui conociendo en breves y sucesivas sesiones separadas por dos o tres años, suficientes para verla pasar de mujer madura y desafiante a viejecilla adorable y sabia. Años después de su muerte aparecieron las cartas de amor que le enviaba Giorgio Bassani, el autor de El jardín de los Finzi-Contini, junto al manuscrito de su novela.

Ella me dijo una de las frases que más he compartido con mis hijos y amigos:

—Lo único que lamento de haber nacido en Venecia es que nunca la vi por primera vez.

Esa tarde salí a pasear con esa sentencia en los ojos. En Venecia siempre habrá algo que podrás ver por primera vez, o por última. Mi padre decía que es una ciudad infinita. En París y en Barcelona siempre encontrarás segmentos anodinos que podrían pertenecer a cualquier otra ciudad. En Venecia todo es único, los leones, los postigos, los frisos, las tapas de los pozos, el rococó, los tragos, las alcachofas. No importa si tus observaciones son vagas o juiciosas, todo lo que roces o escudriñes siempre será Venecia. Te sientas en un café, levantas la mirada, y en el borde donde se une el perfil de las cubiertas con el cielo aparece una silueta de señales olvidadas, de historias convertidas en secretos que ya nadie conoce. Sirvan de ejemplo las altanas, unas acrobáticas estructuras de madera posadas como arañas sobre las tejas de los palacios cuyo único objetivo era, y aún puede ser, que las venecianas se tiñan el pelo con una mezcla de orina, azufre y sol radiante.

Siempre seré un turista ajeno a su biología. Su exclusiva naturaleza jamás cesa, es obsesivamente semejante a sí misma. Ante tanta coherencia, tiendo a pensar que basta con obedecer a las propias leyes y a la propia historia para ser bello, una máxima que nos viene bien a los viejos.

IV

El italiano es un idioma que siempre me resulta reciente, ajeno. Una prueba fehaciente de que se trata de otra lengua es que, al hablar, se me cansa la que tengo. Bajo el yugo del italiano se torna cada vez más torpe e indolente; llega incluso a la desobediencia y comienza a hablar en español sin que pueda detenerla. Quizás la razón principal es que se trata de palabras que no resuenan en el íntimo territorio de mi memoria. La palabra “miedo”, cuando la leo o la oigo, repercute por entre millares de recuerdos que se pierden en los meandros de la infancia. Paura, en cambio, limita sus ecos y referencias a cuando llegué a Venecia y comencé a balbucearla.

Esta limitación cesa cuando invoco ciertos escenarios donde mi condición de caminante ha sido bautizada y confirmada. Hasta donde sé, solo en Venecia existe el sotoportego, uno de mis términos favoritos por ese sonido reiterativo de firmeza y aguante, donde cada “o” parece una columna. Cierro los ojos, pronuncio la palabra, y solo puedo estar en Venecia.

De estos espacios de iniciación, también me apasionan las fondamentas. Si buscan la definición encontrarán que en Venecia, y solo en Venecia, vienen a ser los tramos de calle que bordean un canal o un rio. Pero pueden llegar a ser tanto más. Mientras más agua enfrentan tienden a tener más fundamento. En Venezuela llamamos fundamentoso a quien tiene mística, sensatez y dedicación para hacer las cosas como corresponde, y este es el caso de la Fondamenta delle Zattere, que recorre casi dos kilómetros acompañando al espacioso canal de la Giudecca. Siempre me ha cumplido explayando mi alma con sus amplias vistas hacia la secuencia que forman la basílica de San Giorgio y las iglesias de las Zitelle y del Redentor. Orientada hacia el sur, tiene el mejor sol de la tarde y los mejores helados, apetecibles hasta en pleno invierno.

Uno de los crímenes más graves que ha cometido un traductor fue convertir el título del breve y maravilloso libro de Josef Brodsky, La Fondamenta degli Inccurabili, en Watermark. En español confirmaron el error con Marca de agua. Si no hallaban como traducir la palabra fondamenta hubiera bastado con titularlo Los Incurables. Permítanme incluir un chiste ramplón, pero es tan cierto: “La vida es una enfermedad incurable que se trasmite sexualmente”.

Brodsky nos confiesa que su época favorita para visitar Venecia es hacia diciembre. Entonces la neblina es tan densa que sale a comprar cigarros en la noche y encuentra el camino de vuelta por las huella que ha dejado su cuerpo en la bruma. Así avanza Brodsky mientras seguimos las señales que nos regala y contemplamos la ciudad a través de un caleidoscopio. Dichoso el turista que llegue a leerlo, pues podrá quedarse en su hotel sin perder el viaje.

V

En un día cualquiera, acosado por una horda de turistas, el veneciano camina con pasos raudos y marciales, viendo el suelo, ensimismado y nada feliz. Es en las noches, una vez que los invasores han vuelto a sus hoteles, o se han marchado en barcos pantagruélicos y mucho más altos que los campanarios de las iglesias, cuando emergen los expertos en el arte de caminar.

Uno de mis maestros fue Daulo Foscolo, descendiente lejano de Ugo Foscolo, autor de una novela que ha sido obligatoria para generaciones de italianos: Las últimas cartas de Jacopo Ortis. Stendhal la considera “una pesada imitación de Las cuitas del joven Werther”, aunque ciertamente apreciaba la poesía de Foscolo. Recién llegado a Florencia, después de visitar las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo en la iglesia de la Santa Croce, le dio el famoso ataque de excitación incontenible que hoy llamamos “Síndrome de Stendhal”. Cuenta el propio escritor que logró calmar sus nervios leyendo en el banco de una plaza un poema de Ugo Foscolo, parte indispensable de su equipaje en Italia. Hoy les dan pastillas de rivotril a los turistas que llegan al hotel con convulsiones por excesos de sensibilidad.

Habiendo sido ingeniero de las aguas, Daulo conocía bien una ciudad modelada por las corrientes. Josef Brodsky se hospedó en uno de sus apartamentos (desde donde salía a dejar rastros en la niebla). Brodsky se queja en su libro de haber agarrado una pulmonía por dormir recostado a uno de los muros de su habitación, aunque creo que más daño le hicieron sus noctámbulos cigarrillos que la falta de calefacción.

El tío Daulo me enseñó cómo cada paso en Venecia le da ritmo y sentido a la conversación. Al principio íbamos uno al lado del otro mientras yo hablaba a todo fuelle con mi acrobático italiano, y no noté cuando Daulo intentó aminorar la marcha, hasta que estiró un brazo y acercó levemente su mano a la trayectoria de mi cuerpo para imponer su ritmo y anunciarme que era su turno de hablar. Al hacerlo, volteó la palma hacia arriba como una bandeja donde presentar con más énfasis sus argumentos. Cuando estaba por llegar a la conclusión, se detuvo y dio un par de pasos hacia atrás, obligándome a girar y mirarlo de frente. Ya no recuerdo cuál era el tema; lo importante es que Daulo me estaba enseñando la sintáxis de caminar y conversar por Venecia.

A partir de esta primera lección, fui concientizando mi propio estilo que consiste, básicamente, en explorar sin rumbo ni propósito. Me gusta hacerlo en buena compañía, pero no tengo el repertorio rítmico y gestual de Daulo; prefiero avanzar sumido en largas jornadas de silencio y, luego, sentarme a compartir las experiencias en un café pasando de la introversión a explayados desahogos.

Venecia es una ciudad tan pequeña que puedes atravesarla de punta a punta en unas cuatro horas (incluyendo la sentada y conversada en el café), y tan densa que te puede tomar años si te dejas llevar por las alternativas de sus quinientos puentes. Fue vagando, o girovagando (otra palabra que mi lengua saborea y resuena en mis pantorrillas) como llegué a San Nicolò dei Mendicoli. No me extiendo en datos y descripciones (uno no debe promover sus amores e intimidades), solo diré que mi suegro no la conocía y fue la única vez que logré saber algo que él ignorara. Cuando la recuerdo o cuando retorno, siento que esta pequeña iglesia sería ideal para montar un teatro de títeres e intentar explicarles a nuestros nietos el final de Venecia.

VI  

Venecia nació en unas marismas rodeadas de una laguna poco profunda, una situación que no auguraba estabilidad ni permanencia. Todas las circunstancias que parecía tener en su contra fueron el basamento de sus siglos de poderío y de su estética irreproducible. La geografía puede ser la madre de la historia, y Venecia estaba en el lugar ideal para las nuevas rutas comerciales que se establecerían entre el Mediterráneo occidental y oriental. Incluso sus carencias la orientaron en la dirección correcta: al no poseer tierras en el continente se volcó hacia el Adriático y abriría rutas marinas hacia el norte de África y el Asia menor, hacia la seda y las especies. Dominar el mar, tarde o temprano implicaría dominar sus costas.

Además de la geografía, la beneficiaron los ciclos de la historia. Surgió entre el colapso de la extensa red de comercio del moribundo Imperio Romano y el lentísimo comienzo de nuevos sistemas de intercambio. En la humedad y el aislamiento de sus pantanos nace y se va nutriendo de otros finales, el de Aquilea, la ciudad de fundación romana que fue una vez la más importante del Véneto, y la decadencia de los imperios bizantino y lombardo.

Lo que ha sido la web a finales del siglo XX y comienzos del XXI, lo fue la flota de Venecia entre finales de la Edad Media y el Renacimiento. Surge como un sistema de comunicación racional, mercantil e independiente de ideologías religiosas. Me recuerda a los fenicios, aunque estos quizás sean más conocidos por su alfabeto que por sus batallas, y los venecianos llegaron a ser competentes mercenarios. Llámese tolerancia religiosa u olfato comercial, lo cierto es que Venecia prefería el intercambio con musulmanes y judíos, y más tarde con los protestantes, a los enfrentamientos o las persecuciones. Aunque, insisto, podían también ser avasallantes y sangrientos piratas si lo consideraban conveniente, una variante que conoció bien Constantinopla.

Cuando las edificaciones lacustres sobre palafitos (una suerte de Venezuela) se convirtieron en palacios apetecibles a posibles invasores, ya Venecia contaba con una flota formidable que por varios siglos sería invencible. Llegó a ser la segunda ciudad más poblada de Europa, solo superada por París. Entonces comenzó su decadencia. Con la toma de Constantinopla por los turcos ya no serían los dueños del Mediterráneo. Al mismo tiempo, la expansión naval de Portugal y el descubrimiento de América, desplazarían las grandes corrientes comerciales hacia el océano Atlántico.

Entonces apareció una fórmula propicia a las viejas glorias de los imperios: el turismo. La ciudad contaba con el espectáculo de sus fachadas y, tras ellas, desde la ópera y el teatro hasta la lotería y la prostitución. Sus festividades se hicieron famosas y el carnaval se extendió con diferentes máscaras y ritos a lo largo del año. En el Gran Tour de Europa, Venecia ofrecía el refinamiento de la decadencia. Las grietas y emanaciones de su estancamiento repelían y atraían con la misma fuerza y la oferta era extensa, insólita.

Lord Byron combinó sus infructuosos intentos de aprender armenio y sesiones de amor con 250 mujeres, “menos obstinadas que la lengua armenia”. Montaba a caballo a lo largo del Brenta, nadaba en el Lido y luego descansaba y recitaba versos que estaban apenas naciendo en el Antiguo Cementerio hebreo. Es Byron quien bautiza el tristemente famoso Puente de los Suspiros (el suspiro de los condenados a muerte). No está mal para un turista inglés. ¿Cómo luciría el Mocenigo durante la estadía de Byron, con sus 14 sirvientes, dos monos, un zorro, dos mastines y la estrategia de los amores que iban y venían?

En este proceso de convertir la ciudad en espectáculo, Venecia tendría cada vez más casinos y menos barcos. Durante el apogeo de su poderío llegó a tener tres mil; cuando la invadió Napoleón no llegaban a la docena. Bonaparte fue tajante: “Tengo 80.000 hombres. No quiero más inquisidores. No quiero más un Senado. Seré un Atila para Venecia”. Fue igual de raudo, pero más civilizado. Se llevó muchas de sus riquezas, pero también introdujo mejoras. La plaza San Marco tiene una ala napoleónica y el nombre le hace justicia, pues Bonaparte fue el promotor del nuevo diseño. Le otorgó un final, no demasiado dramático, a la república más constante y longeva de Italia. No la destruyó, simplemente confirmó la realidad de una institución con más huesos que músculo. Venecia ya había dejado de ser una realidad para convertirse en una escenografía para el arte, un modelo para la Ilustración y una inspiración para Rousseau y su Contrato Social. Había sido una democracia con una proporción excesiva de oligarquía, pero mucho más justa que los modelos absolutistas que se expandían por Europa.

Lo que más me conmueve es la sumisión con que Venecia ha retornado a sus orígenes, a la fragilidad que una vez la hizo Sereníssima. Las marismas, las corrientes y mareas que la hacían inexpugnable, están hoy invadidas por los desequilibrios del planeta. Ahora tiene en su contra su localización y su nivel en el Adriático, más el ciclo histórico e histérico de una humanidad que se jura omnipotente mientras se devora a sí misma.

VII

El modelo veneciano se comprende mejor al compararlo con Florencia, y en esta comparación los testigos más elocuentes son los edificios. Mary MacCharty, quien escribió Las piedras de Florencia y Venecia observada, nos propone que Florencia es una ciudad masculina y tosca comparada con la feminidad recargada de Venecia y sus descaradas concesiones al placer. En Florencia, edificaciones como el palacio Medici o el palacio Vecchio parecen fortalezas. Tendrían más sentido en medio de un campo hostil que en el centro de una ciudad pacífica. Son excluyentes y nada revelan de su interior; prefieren tener una vida apartada y secreta. No sé si ésta sea la masculinidad a que se refiere MacCharty.

Los de Venecia tienden a ser tan transparentes como lo permitan sus estructuras. El palacio Grassi y Ca d’oro parecen haber sido concebidos para convertirse siglos más tarde en las galerías de arte que son hoy en día. Cuando navegamos de noche por el Canal Grande y vemos sus fachadas iluminadas, sentimos que no fuimos invitados a la fiesta. Son palacios incluyentes, ostentosos en el peor de los casos. De nuevo me pregunto si esta es la feminidad que seduce a la autora de Venecia observada.

Es fácil concluir que la diferencia entre una fortificada exclusión y una radiante exposición se debe a la vida política. Sabemos que en Florencia hubo luchas intestinas (un adjetivo que nos habla de la lucha por comerse la mejor parte del pastel y hasta las vísceras), al punto que su historia está marcada y clasificada por los conflictos entre los güelfos, quienes apoyaban al Papa, y los gibelinos, quienes apoyaban el Emperador del Sacro Imperio Germano. ¿Cómo podía estar en paz una república subordinada a factores tan foráneos, o sometida a un poder tan absoluto, extenso y duradero como el de los Medici?

Venecia, en cambio, parece nunca haber vivido conflictos internos capaces de dividirla en dos bandos irreconciliables. El sistema para elegir sus autoridades es casi imposible de explicar por lo complicado, pero funcionaba y la mantuvo cohesionada. Es lógico pensar que la arquitectura iba a reflejar esta paz interna, esta democracia tan oligárquica como exitosa.

¿Y si fuera al revés? Es evidente que los suelos de Venecia no se prestan para las pesadas y abigarradas fortalezas florentinas. Esas masas de pantano con el terreno firme a unos 25 metros exigen liviandad, transparencia, aperturas. Entiendo que los edificios se soportan en una multitud de pequeños pilotes de madera que operan comprimiéndose unos contra otros hasta generar un empuje horizontal contra la masa de barro. Este sistema estructural que funciona por integración algo habrá influido en el espíritu de la república. La idea me atrae porque sustenta la tesis de que para Venecia todo lo que tenía en su contra terminó a su favor, al menos por once siglos. Es seductora esta idea de que sus marismas moldearan su arquitectura y la arquitectura sus instituciones.

VIII

Uno de los problemas de acostumbrase a caminar a lo largo de las fondamentas y a navegar en vaporettos, es que terminas detestando a los automóviles. No se trata de un punto de vista; es algo fisiológico. Al mes de estar en Venecia me mareaba cuando agarraba el autobús para ir a Padova. Son dos mundos tan distintos el de las islas con sus canales y la tierra firme que se extiende por miles de kilómetros.

En el siglo XVI, la república de Venecia dominó todo el Veneto, el Friuli y parte de la Lombardía. La aristocracia o “patriciado”, como les gustaba llamarse, se interesó en la agricultura y apareció Andrea Palladio para hacerles sus villas, una mezcla de templo griego con casa de hacienda. Los primos de mi esposa tienen tierras más al norte, cerca de Belluno, con una villa alejada de las influencias de Palladio. Cada vez que voy me parecen más bellos los paisajes de Casteldardo, pero me toma un día y una noche acostumbrarme a la villegiatura y dejar de marearme.

Así como el recalentamiento global debe ser la pesadilla del veneciano, en estas tierras al norte ha traído una buena noticia: la temperatura se ha hecho ideal para sembrar la uva del prosecco. Lo que antes eran campos de maíz se han revalorizado y grandes compañías los alquilan por períodos de cinco años para sembrar y cultivar cientos de hectáreas de viñedos.

Alvise Foscolo nos llevó a pasear por los sembradíos meticulosamente ordenados mediante rayos laser y llamó mi atención que frente a cada hilera habían plantado una rosa. Aquello me pareció de una coquetería inaudita, hasta que Alvise me explicó cuál era el motivo:

—Lo que las rosas tienen de bellas lo tienen de frágiles. Si llega algún hongo afectará primero a los pétalos de la rosa y más tarde a las uvas. Así podemos tomar medidas a tiempo.

Lo que había juzgado como una extravagancia de pronto se convertía en una serie de mártires o soldados de avanzada, y ya no pude dejar de pensar en esas rosas espléndidas ubicadas en la vanguardia, mientras las filas de viñedos pueden estar tranquilos sabiendo que cuentan con tiempo para reaccionar.

De vuelta a la ciudad de los Cristos que caminan sobre el agua y en invierno bajo ella, pensé en algo que me atormenta por ser demasiado obvio, al punto que me ha tomado tiempo decidirme a escribirlo. Venecia es esa rosa cuya belleza nos advierte que una plaga se aproxima. La voracidad y persistencia de la última inundación (no debería decir la última, sino la más reciente y con pocas ganas de marcharse) pretendemos achacarla, para no ser tan pesimistas, a actos de una corrupción endémica en Italia. Fue una mala escogencia llamar al proyecto “Moisés”, quien separó las aguas, no las detuvo, pues creo que el proyecto ha dividido y debilitado a los venecianos: unos lo consideran inútil y los demás imposible. Lo que tiene de fastuoso e inoperante está sirviendo de camuflaje a una corrupción más profunda, al más grave y total de los corrompimientos, a la rotura de nuestra relación con la naturaleza, pretendiendo ignorar que su capacidad de respuesta es tan generosa como implacable, y quizás irreversible. Ya escucho hablar con resignación que la muerte de Venecia es cuestión de tiempo.

Teresa Foscari escribió un prefacio al libro Venezia fino a quando, de Giulio Obici, donde se describen las tragedias de Venecia y de Florencia el 4 de noviembre de 1966. Teresa nos dice que lo doloroso no es solo que esté en juego la belleza de Venecia, también el testimonio de once siglos de civilización. En el 2019 se ha exponenciado la amenaza. Ya no son los siglos que han quedado atrás, también los que nos aguardan. Pareciera que la particular espectacularidad y unicidad de Venecia nos está escondiendo la universalidad y urgencia de su mensaje de auxilio.

Gustav von Aschenbach, quien fue a Venecia buscando inspiración y murió de cólera frente al mar mientras contemplaba a un bello joven polaco llamado Tadzio, ya no está tan solo. Pronto no habrá tanta diferencia entre una muerte en Venecia y la de todos junto a Venecia.

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La democracia venezolana en los escritos del historiador Manuel Caballero

PERSPECTIVAS

 

POR David Ruiz Chataing

TEMAS PD

 

27/11/2019

Manuel Caballero nace en Caracas, el 5 de diciembre de 1931. Se crió, como lo dice con mucho orgullo, en la ciudad de Barquisimeto, estado Lara. Caballero se considera “guaro” y un ateo creyente en los milagros de la Divina Pastora. Murió el 12 de diciembre de 2010. Egresó de la Escuela de Historia de la UCV en 1966 y estudió en el Instituto de Estudios Políticos de París. Entre sus profesores se cuentan Maurice Duverger y Pierre George. A partir de 1979 estudia en la Universidad de Cambridge un doctorado en filosofía, bajo la tutoría de Leslie Bethell. Su tesis doctoral sobre la Internacional Comunista y la revolución latinoamericana fue el primer libro publicado por un venezolano en la imprenta de esa prestigiosa universidad. Fue profesor y director de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela; individuo de número de la Academia Nacional de la Historia (2005), Premio Nacional de Periodismo (1979) Premio Nacional de Historia (1994) y Premio Bienal de la Universidad Simón Bolívar al mérito Académico (2001). Miembro activísimo de la Fundación Rómulo Betancourt. También fue militante político: primero en Acción Democrática de 1948 hasta 1952, del Partido Comunista de Venezuela, entre 1953 y 1971, y luego del Movimiento al Socialismo, de 1971 hasta los años noventa.

Manuel Caballero defiende el estudio de lo contemporáneo. Considera a los venezolanos del siglo XX tan héroes como los soldados de la época emancipadora. Los conterráneos de tiempos recientes fundaron la paz, la democracia y la modernidad. Caballero se acoge a la recomendación del historiador inglés Lord Acton según la cual hay que estudiar problemas o temas y no períodos. Así, se dedicó entonces a estudiar los orígenes, desarrollo y colapso de la democracia representativa en Venezuela. ¿Por qué este tema? Porque se preocupó por la peligrosa posibilidad de que una dictadura totalitaria destruyera los logros alcanzados, justamente, por los venezolanos en el siglo XX, entre ellos la democracia. Para Caballero la democracia es más que división de poderes o mantenimiento de garantías ciudadanas, aunque sin duda también es eso. La democracia se manifiesta cuando un pueblo toma conciencia de que su acción civil, ejercida sin miedo, puede obligar a un régimen político a cambiar de rumbo. La democracia es voluntad social.

Para que se pudiera constituir la democracia se requerían ciertas bases como las que, en nuestro caso, proveyeron las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Los primeros gobiernos de la hegemonía andina condujeron al fin de las guerras civiles, a la paz y a la integración territorial. También a la centralización política y administrativa. Se edificaron las primeras instituciones modernas: el ejército, la cancillería y la hacienda pública. En Europa –sostiene Caballero– la nación construyó el Estado; en América Latina, y en especial en Venezuela, el Estado edificó la nación. En cierta forma, a partir del gomecismo comenzamos a ser realmente venezolanos. La explotación petrolera facilitó la superación de la precariedad y la pobreza, lo que permitiría, asimismo, el surgimiento de nuevos grupos sociales.  En este lapso se intensificó la migración campo-ciudad.

El nacimiento de la democracia en Venezuela se puede resumir en una cronología básica: la semana del estudiante de febrero de 1928, el 14 de febrero de 1936, el 18 de octubre de 1945 y el 23 de enero de 1958. La conocida como “Generación de 1928” formada esencialmente por estudiantes, reaccionó contra el absolutismo gomecista; el 14 de febrero de 1936 el pueblo se lanza a la calle en protesta contra las medidas decretadas por el gobierno lopecista y contra figuras gomeras incluidas en el alto gobierno. López Contreras se ve obligado a retirar de sus cargos a las personas rechazadas y a formular el “Programa de febrero” una línea de acción oficial liberalizadora y democratizante. El 18 de octubre de 1945 la alianza de una logia militar y de algunos altos dirigentes del partido Acción Democrática realiza un golpe de Estado contra el Presidente General Isaías Medina Angarita. Este golpe se convierte en “revolución” cuando se establece el sufragio universal directo y secreto. Se incorporan a la vida pública nacional las mujeres y los analfabetas. Se trata de una apertura a la participación política que cierra la etapa oligárquica del Estado venezolano. Con esto se completa la nación venezolana.

La democracia significa responsabilidad y participación de todos. Es revolucionario que quienes dan el golpe de Estado contra Medina se prohíben, mediante decreto, postularse a las elecciones que se darían próximamente; es revolucionario el gasto social en educación y en cultura. También, la lucha contra el peculado, mala costumbre caudillesca, castrense y dictatorial.

Sin embargo, a partir del 24 de noviembre de 1948 se retrocede a una nueva dictadura. Caballero se activa en la resistencia antidictatorial bajo las banderas de Acción Democrática, es detenido y obligado a exiliarse.

No obstante, la voluntad democrática del pueblo venezolano se demuestra cuando sabotea las elecciones de 1952 y el plebiscito de 1957: la de Pérez Jiménez es la dictadura más corta que había padecido Venezuela desde la muerte de Gómez. Una de las características del venezolano del siglo XX es que es democrático: a partir de 1958 se establece un régimen político que ha durado más que las hegemonías caudillescas o las dictaduras. Al fin se establece la democracia representativa, la cual muestra logros como la masificación educativa, la industrialización, la reforma agraria, etc. Entre sus cargas deficitarias destacan no romper el rentismo petrolero ni el populismo, ni lograr construir una economía completamente moderna, eficaz y competitiva.

Al agotarse el modelo económico inaugurado en 1958 volvió la pobreza. Dos fechas clave del colapso de la democracia representativa son el 18 de febrero de 1983, el famoso “Viernes negro”, donde se evidencia la crisis económica; y el 4 de febrero de 1992, cuando quedó claro que el apoyo de las fuerzas armadas al régimen democrático no era unánime, lo que puso además en evidencia el desgaste del bipartidismo como soporte del sistema político democrático. En todo caso la situación económica, social y política resulta el pretexto para lo que Caballero caracteriza como “voluntarismo militar”. Los jefes pretorianos pretenden someter a la sociedad a un modelo castrense de obediencia ciega y culto a un supuesto mesías hacedor de milagros.

Desde el momento del estallido militar, Caballero se dedica a denunciar el carácter autocrático y personalista del movimiento bolivariano del teniente coronel Hugo Chávez Frías. Ningún hombre del pasado o del presente es tan importante como para designar un movimiento histórico ni la acción social de un período. Por eso rechaza las denominaciones de “bolivariano” o “chavista”. Encuentra gran pobreza intelectual en las propuestas de los militares insurreccionados. Los golpistas pretenden montar, con un patriotismo de escuela primaria –aduce el historiador–, un Estado confesional sustentado en la santísima Trinidad de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. De este modo se pretende manipular, distorsionar la historia. Se rehace completamente el pasado para preparar el advenimiento del salvador. Así, se pretende mantener a la población en una suerte de infancia mental. Caballero acusa de fascista al chavismo y, con base en Umberto Eco, encuentra en el movimiento militar rasgos de mitificación de la tradición (en especial de la guerra de independencia y de Bolívar), odio a la modernidad, exaltación del irracionalismo, desprecio de la democracia representativa, apoyo en grupos de desclasados a los que se fanatiza con una jerga elemental. Rasgos todos estos presentes en los movimientos nazi y fascista.

Caballero contempla la democracia como un proceso constituyente: este no se reduce a un tema político y jurídico, sino que se inicia cuando se lanzan a discusión pública (14 de febrero de 1936) ideas que pasarán a constituir programas políticos: el proyecto nacional sintetizado en una Constitución, la de 1961, por ejemplo. Considera legítimas las constituyentes de 1947 y el proceso que condujo a la de 1961. Estas establecieron el poder civil, la democracia el sufragio universal. Rechaza la de 1999 porque se convocó exclusivamente para dar más poder al Ejecutivo.

La democracia como ruptura significa un cambio profundo para un país que sólo había conocido de jefes guerreros o rudos dictadores. O de libertades concedidas como en tiempos de López y Medina Angarita. Caballero caracteriza a la democracia venezolana como una revolución burguesa: nacionalización, destrucción del latifundio, industrialización, saneamiento, educación y libertades. Un esfuerzo político colectivo, acaso el más importante del siglo XX venezolano.

*

Referencias

Caballero, Manuel. Gómez, el tirano liberal. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1993.

Caballero, Manuel. La gestación de Hugo Chávez. Cuarenta años de luces y sombras de la democracia venezolana. Madrid: Catarata, 2000.

Peña Rojas, Vanessa. Manuel Caballero. Militante de la disidencia. Caracas: Los libros de El Nacional, 2007.

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Quito, justo ahora

PERSPECTIVAS

 

POR Roger Vilain

Fotografía de YamezA | Flickr

 

Quito, justo ahora

10/10/2019

Vivo en Quito desde hace tres años. Llegar a una ciudad supone un movimiento en varios flancos: desde la alegría, la obligación, el dolor o la esperanza.

Es verdad que la nostalgia se arraiga incluso antes de que el viaje cobre carnadura. Somos animales nostálgicos porque el centro de nuestra condición pasa, en gran medida, por la necesidad de evocación, materia que labra identidad para mantener los afectos y darle un manotazo a esa señora llamada desmemoria.

Llegué a la mitad del mundo un veintinueve de septiembre de dos mil dieciséis. Camila y Daniel andaban de mi mano. Ana Luisa, mi esposa, arribaría un mes después. Veinticinco días atrás la Pontificia Universidad Católica del Ecuador me daba luz verde para recoger mis bártulos: había obtenido una plaza como profesor luego de presentarme a concurso gracias al mundo virtual y aquí estaba, plantado en tierra extraña un día antes de mi cita con las autoridades de la Facultad. Eran las ocho de la noche.

La incertidumbre siempre hace de las suyas, por lo que fue casi imposible descansar. Al amanecer me acerqué a la ventana y un océano de edificios, entre neblina y llovizna, se extendía como si nada. Ya en la calle el viento helado, unas montañas elegantes, el ir y venir de la gente me hicieron sentir bien. Poco a poco comprobaba la nueva realidad. Era un extranjero, debía arreglar papeles, decodificar el entramado en el que estaba y, en fin, acomodarme lo mejor posible al nuevo espacio.

Una ciudad –esa que puedas llamar tuya o cuando menos la idea que de ella me he forjado– pasa por asemejarse al lugar en el que puedes concretar tus expectativas. Si éstas se ven mínimamente satisfechas, respiras tranquilo, vislumbras futuros amables, descubres guiños que calan en tu espíritu. La ciudad de Quito –horas antes, una geografía desconocida– implicó amor a primera vista. Poner pie en ella y comenzar a recorrerla supuso una aceptación inmediata. Estuve seguro, no sé por qué, de que las cosas estaban en su sitio.

Siempre deseé regresar a la Mérida de mis tiempos universitarios. Ahí fui feliz, quise quedarme, hallé a una mujer, aprendí a conocerme, dejé amigos que hasta hoy han dicho “hola, buenas, pasa adelante” cuando he tocado a sus puertas. La literatura, el cine, la farra, el baile; las decepciones y los anhelos me alimentaron mi carácter. Alirio Pérez Lo Presti, Mariano Nava, José Rodríguez, Lis Torres, Lubio Cardozo, María Fuentes, Jesús Alberto López, Juan Sebastián Rodríguez, gente que supo trocar pedazos del minutero en amistad aún forman parte de mis posesiones más profundas.

Así, en Quito, los pasos iniciales se convirtieron en regreso a los orígenes, ámbito en el que aprendí a ver en la ciudad una extensión de la casa, del nicho infantil o adolescente cargado de fútbol, novias furtivas y sueños tramados para cuando asomara la adultez. Quito trajo de inmediato remembranzas que llevaban rato hundidas en el pozo de lo confinado al pasado, un hecho que en buena hora apareció con la amenaza de concreción inesperada, sorpresiva, fabulosa. Justo cuando el desarraigo toca el portón sin solicitar permiso, dos ciudades se abrazan en idéntico horizonte.

Durante tres años la experiencia no ha variado. Semejante diálogo, tan sencillo y mágico como evocar o soñar, continúa vivo. Una ciudad y otra juegan a buscarse hallándose en sitios extraños para desencontrándose y, otra vez, reencontrarse. La nostalgia envuelve con su hálito traducido en país y en época ya ida –de aulas universitarias, habitaciones baratas, mochilas y cuadernos–, y deja a su vez una estela de sosiego tan necesario en momentos cuando nos hallamos lejos del lugar amado.

Entonces aquí, justo ahora, Venezuela cabe en una acera, en un café o en el libro que llevo bajo el brazo. Más de una vez, sentado en cualquier terraza, los atardeceres imitan o recuerdan alguno de Margarita, Upata o Puerto Ordaz. El dolor y los crímenes que ha soportado mi país tienen la particularidad de inmiscuirse hasta en lo más refractario a ellos: cuando Heinrich Böll o Thomas Mann se desmigajan entre los dedos a las cinco en punto de la tarde rememoro una Venezuela que, ultrajada durante veinte años, insiste en continuar de pie pese a las heridas abiertas.

Como decía arriba: desde el primero de mis días en Quito la complicidad surgió cual fantasma en las esquinas, en los buses, en las aulas, en el frío de una ciudad donde he hallado amigos, trabajo, refugio, motivos para hacer de los recuerdos el amasijo de afectos que son también terapia, puesta al día de lo que he sido y soy. Nunca como en estas horas me doy cuenta de que es bueno andar tantos kilómetros para corroborar que estés donde estés y pase lo que pase, la maleta que llevas termina por increparte cuando te miras al espejo: perteneces a un lugar, cargas tus memorias y tus muertos y el mundo te alberga sin que dejes de pertenecer a aquel espacio donde todo empezó.

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El cine y las cárceles venezolanas

PERSPECTIVAS

POR Rodolfo Izaguirre

27/09/2019

Estando yo al frente, se presentó esa mañana en la Cinemateca Nacional la Directora de Prisiones con el propósito de acordar la ayuda para crear un cine club que pudiera ofrecer sano esparcimiento a los presos de las diferentes cárceles del país a través de bien seleccionadas proyecciones cinematográficas. La atendí con amabilidad y le indiqué lo indispensable que resultaba disponer de un proyector Bell and Howell de 16 mms., de uso frecuente en los cine clubes por su facilidad de trasladarlo de un lugar a otro. El proyector, desde luego, es lo primero, insistí. Ella preguntó si la Cinemateca podía facilitarle uno. Lamenté decirle que no era posible. Un vez que usted consiga o adquiera un proyector, me avisa y la Cinemateca puede suministrar alguno que otro filme. Pero la programación tendría que elaborarla la propia Dirección de Prisiones. La directora se movió inquieta y dijo: “¡No entiendo!”. Me armé de paciente valor y le dije: Se me haría difícil pensar en una programación Disney para unos hombres presos en las cárceles venezolanas. Tampoco incorporaría a la programación una película sobre una periodista de Chicago que se enamora del heredero al trono en el reino inventado de Genovia y mucho menos con historias asépticas y sin sexo. Heidi, Shirley Temple o Dakota Fanning causarían revuelo, motín y rebelión carcelarias. ¡Los presos, directora, solo tienen una idea fija: escapar, y una sola obsesión: tener sexo a como dé lugar! Si me tocase la tarea de ser yo quien haga la programación, le dije a la estupefacta pero inquieta Directora de Prisiones, elaboraría un ciclo de películas que ofreciera a los reos la satisfacción de mostrar en la ficción del cine el anhelo, al menos, de escapar de la prisión. Permitir a cada preso maravillarse al ver cómo escapa Andy Dufresne (Tim Robbins), el banquero acusado injustamente de haber asesinado a su esposa. (Dufresne logra escapar de la prisión de Shawshank en The Shawshank Redemption, 1994, de Frank Darabon, cavando un túnel desde su celda. Un esfuerzo solitario que logró ocultar con afiches de las sucesivas vedetes del cine que fueron marcando los años que empleó en conquistar la libertad: Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Raquel Welch).

Kurt Russel (Snake Plissken) lo hizo en Escape from New York con ayuda de John Carpenter en 1981, un filme futurista y espectacular que mostró la ciudad convertida en una gigantesca prisión amurallada y luego volvió a dirigir a Russell en un remake para verlo escapar de Los Ángeles.

La programación incluiría por supuesto clásicos como I am Fugitive from a Chain GangMidnight ExpressEscape from Alcatraz y Lock Up (conocida en español como Encerrado o Condena brutal), una película estadounidense de 1989 de acción y drama dirigida por John Flynn y protagonizada por Sylvester Stallone.

Si usted me asegura seguridad personal, le dije a la escandalizada directora, podría dar una conferencia sobre cómo logró Teodoro Petkoff escapar del séptimo piso del Hospital Militar y luego del cuartel San Carlos por un túnel excavado desde la pulpería de Simón Nehemet Chagin, un simpático sirio propietario del abasto San Simón, vecino al cuartel en tiempos de Carnaval. Pero no cuente conmigo, agregué con tono suave, para conducir cineforos con los detenidos porque eso significaría acercarme a ellos y correr el riesgo de verme con un chuzo pinchando mi garganta.

¡Quise ser honesto! Me mostré sincero, pero la funcionaria no lo entendió así. Se levantó del sillón, airada, dijo: ¡Buenos días! y se marchó. ¡No volví a verla! Tampoco supe más de ella y los presos en las cárceles han seguido entredevorándose. Un sistema hábil y eficaz que han encontrado los gobiernos venezolanos para solucionar los problemas de súper población carcelaria.

Aquel desafortunado encuentro entre el cine y los rigores penitenciarios venezolanos ocurrió durante la democracia representativa, nada rencorosa. En la hora actual catastrófica y militar, conociendo cómo funcionan las prisiones, sería yo quien estaría tratando de escapar con un abnegado cine clubista capturado como rehén.

Tengo como norma no visitar a amigos presos por la mala conciencia que siempre me acosa. Siento que me van a dejar adentro por algo que hice. Cada vez que paso frente a una comisaría pongo cara de inocente, de tonto, creyendo que así no me pondrán preso. La única vez que visité a un amigo en la cárcel fue cuando Luis Correa estuvo preso en tiempos de Herrera Campins por haber realizado la película Ledezma, el caso Mamera en la que mostró abiertamente la corrupción policial, lo que le valió ser llevado a prisión esposado como un delincuente común. Un insólito caso de censura que provocó resonancia mundial. Luis Herrera prefirió hacerle caso a los policías y no a un numeroso grupo de eminentes criminólogos e intelectuales que defendían la libertad de expresión y la revelación que hacía la película sobre las brutalidades policiales.

Tampoco me gusta visitar amigos enfermos y hospitalizados porque las clínicas y hospitales son lugares atestados de microbios y contaminaciones que pululan por los asépticos pasillos.

Hoy, bajo el régimen militar los hospitales son sitios de pestilente ignominia.

¡Visito a los enfermos y a los presos solo cuando aparecen en las películas!

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Cubrir los espejos

PERSPECTIVAS

POR Rodolfo Izaguirre

18/09/2019

Siendo niño vi una vez a la empleada de mi casa cubrir los espejos de dimensiones normales que se encontraban en los cuartos y el ovalado que presidía la sala. Había muerto mi mamá y era vieja costumbre tapar los espejos con algún paño o sábana o voltearlos contra la pared cuando alguien moría porque se creía que los espejos eran como puertas por las cuales las almas podían pasar a través de la lámina azogada y dispersarse, quedar flotando en espacios vacíos. De hecho, se sabe que enamorada de Orfeo, la Muerte del poeta entraba por el espejo para verlo dormir. ¡Es por allí por donde entra y sale la Muerte.

Cada vez que nos asomamos al espejo nos vemos algo más agotados a fuerza de vivir, víctimas de alguna desventura o abrumados por las caricias del amor que suelen ser a veces despiadados flagelos, pero también podríamos pensar que detrás nuestro está el padre, el abuelo y ¿por qué no? la confusa imagen del tiempo vestido de negro sudario y armado de una guadaña afilada.

Nos vemos en el espejo y todo lo imaginamos de inmediato porque en nuestra mirada y en la contemplación de lo que creemos ver hay un mundo visible o no que aparece detrás de nuestra propia imagen. Es como el agua que refleja no solo el rostro de Narciso sino el cosmos avasallante, un Narciso inmenso que se ve a sí mismo reflejado en la conciencia humana.

El espejo es ambivalente porque en su lámina aparezco y desaparezco. Es lunar como el oso o los delfines, como el abanico que aparece y desaparece. La democracia es lunar porque aparece y desaparece a diferencia de los militares que nunca desaparecen. Me miro en el espejo y enseguida dejo de estar. Cuando se muestran en alguna leyenda o cuento fantástico la magia se instala en ellos y establece distancias, entonces se ven lugares alejados y episodios de vida llenos de pura fantasía.

¿Quién es la más bella?, pregunta la reina a un espejo de mano que lo simbolistas consideran “emblema de la verdad”. Y la insidiosa pregunta recibe una respuesta invariable y satisfactoria hasta que un día el espejo dice la verdad: “¡Hay una más bella que tú!”, y yo, siendo niño, conocí cómo es estruendosa la cólera de una mujer adulta y perversa.

La única imagen que el espejo no es capaz de reflejar es la de Vlad Tepes el Empalador, el tenebroso príncipe de Valaquia durante el siglo XV, el Voivoda que se solazaba escuchando la agonía de los turcos empalados mientras almorzaba.

Se le conocía también como Vlad Drakul, Dragón. Para los rumanos es un personaje histórico respetable, pero el irlandés Bram Stoker lo convirtió en Drácula, el Príncipe de la Noche, el augusto personaje de terror.

El espejo no lo refleja porque Drácula es un espectro, la sombra de lo que pudo haber sido su sombra original. Un muerto en vida que debe sobrevivir a su propia muerte, condenado a recorrer la eternidad buscando el amor sin encontrarlo, pero bebiendo la sangre de bellas mujeres.

Pasa frente al espejo sin que nada perturbe a la triste lámina azogada. Para muchos, Drácula es el fascismo.

Cuando el alma se convierte en perfecto espejo se confunde con la imagen que ofrece y a través de ella se transforma. De allí que se produzca una relación entre el objeto contemplado y el espejo que lo contempla. El alma termina formando parte de la belleza que la refleja. Oscar Wilde hizo que el pintor Basil Hallward pintara el retrato de Dorian Grey, un bello adolescente; pero la vida turbulenta del modelo, sus vicios y crueldades contaminaron el retrato manteniendo intacta la belleza física de Dorian. ¡Un retrato que hacía las veces de espejo! Cuando a los treinta y ocho años de edad el bello Dorian lleva a Basil a ver el cuadro, el pintor descubre que todos los crímenes, vicios y escándalos del modelo habían convertido la figura del retrato en un ser abominable.

Wilde denunciaba así a la sociedad de su tiempo, pero su homosexualidad fue el espejo que lo hizo víctima de la moral victoriana porque fue humillado y condenado a trabajos forzados en una siniestra cárcel inglesa.

Stendhal decía que la novela era como un espejo plantado al borde del camino. Si lo colocáramos en la avenida Baralt de Caracas o frente al palacio de gobierno el espejo mostraría pústulas y manchas leprosas peores que las que envilecieron el cuadro que Basil Hallward pintó y vio por última vez antes de que Dorian le clavara un cuchillo en el corazón.

Si aceptamos que el espejo es símbolo del corazón, tendríamos que reconocer que uno de metal oxidado simbolizaría nuestros vicios y maldades mientras que otros, pulidos y brillantes simbolizarían la purificación de nuestras almas.

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La Carta de Jamaica

POR Mariano Nava Contreras

TEMAS PD
07/09/2019

En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos, y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa; no obstante que era uno de los más bellos países que hacían el orgullo de la América. Sus tiranos hoy gobiernan un desierto; y solo oprimen a tristes restos que, escapados de la muerte, alimentan una precaria existencia.
Bolívar, Carta de Jamaica

Ayer viernes seis hizo doscientos cuatro años de que fuera escrito un documento fundamental de nuestra historia intelectual: la llamada Carta de Jamaica, escrita por Bolívar como respuesta a un comerciante británico que vivía en la isla, el Sr. Henry Cullen. Esta pequeña carta ha sido considerada por algunos americanistas nada menos que uno de los documentos fundadores del pensamiento latinoamericano. Veamos.

Como casi todo lo que tiene que ver con el Libertador, la Carta de Jamaica ha sido objeto de incontables estudios, lecturas e interpretaciones. Los más importantes historiadores venezolanos se han ocupado de ella, de Mario Briceño Iragorri a Elías Pino Iturrieta pasando por Germán Carrera Damas. ¿Por qué? Porque en esta carta singular Bolívar expone su visión de toda la América hispana (la “América meridional”, como él la llama) en conjunto, pero también país por país. Como un conjunto pero también en su inabarcable diversidad. Así, aborda el estado de los virreinatos antes de la guerra, su población, su geografía, sus incontables recursos naturales, pero también las distintas causas que los llevaron a emprender la lucha por la libertad.

A lo largo de la carta no podemos dejar de asombrarnos de la cantidad de información que maneja el Libertador. No solo de teoría política, historia y geografía universal, sino también de geografía e historia de América, y sobre todo acerca de los procesos sociales y económicos específicos de cada uno de nuestros países. Todos estos datos los analiza, compendia y ordena de manera clara y metódica. Todo lo escribe de manera convincente, con la elocuencia, la vehemencia y la pasión con que exponía y defendía sus ideas. También admiramos en él la honestidad con que maneja sus datos, pues cuando confiesa que no posee suficiente información o que la que tiene no es totalmente confiable, lo admite y prefiere no arriesgarse.

Sin embargo, lo que más ha llamado la atención de la Carta es cuando Bolívar se atreve a vaticinar el futuro de las naciones hispanoamericanas una vez alcanzada la libertad. Sorprende el conocimiento de los distintos movimientos independentistas, las diferencias entre sus facciones, sus tendencias políticas y su interacción con la geografía, el comercio y las estadísticas de cada país. Sorprende aún más el conocimiento profundo que este hombre de 32 años tiene sobre el alma humana, de cómo operan las pasiones y la psique en relación con el medio y las circunstancias. Ya Aristóteles había observado en la Política (1327b) que los recursos y la geografía de un país inciden en el carácter de sus habitantes. Es un poco el principio que orienta a Bolívar. Así sus comentarios sobre la difícil circunstancia del Perú virreinal, que tiene “oro y esclavos”, para lograr la libertad, o de cómo los mexicanos han sabido utilizar la devoción guadalupana a favor de la independencia. Todo esto décadas antes de que se inventaran el positivismo y la psicología social.

De interés es constatar cómo algunos de sus pronósticos llegaron a cumplirse con el tiempo: acerca de los canales que un día unirían al mundo a través de Centroamérica o la estabilidad institucional de que llegaría a gozar Chile. Otros empero no llegaron a materializarse por mucho tiempo, como la unión política entre Venezuela y la Nueva Granada, cuya separación también previó. Todo esto ha llevado a algunos a calificar la Carta como “profética”. Personalmente creo que estas simplificaciones ignorantes ofenden y empañan el esfuerzo de un hombre que puso toda su inteligencia y sus conocimientos, sus lecturas y sus trasnochos, a comprender desde sus limitaciones humanas a su patria y a todo un continente.

La Carta de Jamaica fue escrita en Kingston en 1815 por un Simón Bolívar desterrado e incomprendido. Allí había ido a parar luego del desastre que supuso Boves. Allí buscó el apoyo británico para continuar la causa de la Independencia, pero también procuró la tranquilidad necesaria para meditar la forma de continuar la lucha. Bolívar escribe bajo el impacto de la derrota de Waterloo y la captura y destierro de Napoleón en junio y julio de ese año, con todas sus implicaciones geopolíticas para Europa y para una América Hispana en guerra. Es en este contexto que debemos entender la Carta, con su tono quizás calculadamente optimista y persuasivo según quieren algunos, cuando todo en él era, lo hemos dicho, vehemente y apasionado. Si es cierto que la Carta de Jamaica es una respuesta personal a Mr. Cullen, en realidad lo que el Libertador buscaba era llamar la atención de los británicos, atraer su apoyo a la causa de la Independencia. Y lo logró.

La Carta de Jamaica se entronca en una antiquísima tradición de epístolas políticas que se remonta a la antigüedad clásica. Platón, Ovidio, Séneca y muy especialmente Cicerón escribieron cartas de contenido político. En ellas, sus autores explican y defienden sus ideas, o justifican su participación en determinados proyectos, como es el caso de la Carta séptima de Platón y las relaciones del filósofo con Dionisio I, rey de Siracusa. En todas estas cartas, sus autores despliegan una serie de estrategias epistolográficas destinadas a persuadir a sus destinatarios, estrategias que suponen una cantidad de destrezas manipulatorias que también Bolívar maneja hábilmente. Seguramente no era consciente de ello, pero Bolívar defendía sus argumentos con las mismas herramientas persuasorias que usaron los antiguos, algunos de los cuales había leído bien, como él mismo afirmara después en otras cartas.

Pero esta no es la razón por la que la Carta de Jamaica es considerada uno de los documentos fundadores del pensamiento latinoamericano. La razón es que se trata de la primera vez que un latinoamericano se sienta a pensar a su patria desde América, con una perspectiva latinoamericana. En ese sentido se diferencia de todo cuanto había sido escrito antes por viajeros y pensadores europeos como Alejandro de Humboldt, por ejemplo. También en la colonia otros filósofos habían escrito sesudos tratados de lógica y metafísica a la europea, pero no se habían ocupado de nuestra realidad. “Somos un pequeño género humano, poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares”, nos dice. Esto, simplemente, no había pasado antes. Era la primera vez alguien nacido de este lado del Atlántico reflexionaba y escribía sobre nuestras cosas y sobre nuestro futuro. Un escritor, volvamos a decirlo, muy bien informado, con datos que conocía de primera mano. La primera vez que alguien escribía sobre nosotros desde el apego y el afecto por lo que somos y lo que tenemos. En este respecto, Bolívar es fundador de una estirpe de pensadores, de reflexión venezolana e hispanoamericana, cuyos vástagos se continúan hasta José Enrique Rodó, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas, Octavio Paz o Arturo Uslar Pietri.

Doscientos cuatro años después, recordamos al pensador que escribió una carta donde quiso pintar nuestro futuro con pinceles de realidad. “No el mejor, sino el que sea más asequible”, escribió no sin antes advertir, previendo que lo criticaran al hablar de su Venezuela: “como esta es mi patria tengo derecho a desearle lo mejor”. Por si acaso.

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¿Por qué está fracasando el plan para contener al dólar?

PERSPECTIVAS

POR Víctor Salmerón

Fotografía de Schneyder Mendoza | AFP

¿Por qué está fracasando el plan para contener al dólar?

03/09/2019

En febrero de este año, el Gobierno diseñó un plan para contener al dólar y frenar la inflación. La estrategia consistió en reducir el suministro de dinero a la economía, con el fin de que existieran menos bolívares disponibles para la compra de divisas, mediante tres medidas: una feroz disminución del crédito, el recorte en la cantidad de dinero que el Banco Central de Venezuela crea para financiar a las empresas del Estado y la reducción del gasto público en términos reales.

Rápidamente el plan entró en acción: se obligó a las entidades financieras a congelar 57% de todo el dinero que gestionan y la totalidad de las nuevas captaciones; al mismo tiempo, de acuerdo con Ecoanalítica, el gasto público cayó 60% en el primer semestre al tomar en cuenta los bienes y servicios que el gobierno es capaz de proveer y el Banco Central disminuyó de forma importante la creación de dinero para financiar a las empresas públicas como PDVSA.

El plan surtió efecto, el dólar comenzó a escalar a menor velocidad y la inflación, que en 2018 había aumentado a tasas mensuales superiores a 100%, se desaceleró hasta tasas en torno a 20 y 40%, según la medición de la Asamblea Nacional; pero el vértigo está de vuelta: entre el 19 de julio y el 2 de septiembre la cotización oficial del dólar acumuló un incremento de 196%, desde 7.475 bolívares hasta 22.186 bolívares y el mercado aún no recupera la calma.

Tesoreros consultados explican que el Gobierno le transfirió bolívares por distintas vías a un grupo de empresas que utilizaron los fondos para comprar dólares. La moneda estadounidense se disparó debido a que la oferta de divisas es muy pequeña tras el descalabro de la producción petrolera, un 70% inferior a la de 2013 según reporta las cifras de la OPEP.

La inyección de bolívares provino principalmente de Pdvsa, que saldó deudas con las compañías que le venden insumos y del Gobierno, que le entregó bolívares a una lista de empresas para que adquieran divisas e importen materias primas a fin de que produzcan alimentos para los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP).

«Las sanciones de Estados Unidos han comenzado a entorpecer las importaciones para los CLAP, por eso el Gobierno está obligado a buscar proveedores en el país», dice un empresario del sector de alimentos.

Causas estructurales

Tamara Herrera, directora de Síntesis Financiera, considera que si bien hay causas coyunturales para explicar el salto del dólar, existe un desequilibrio estructural que se manifiesta en que hay muy poca disposición a conservar bolívares: tan pronto las empresas o las personas disponen de algún excedente inmediatamente buscan cambiarlo a divisas.

«Estamos ante una caída muy fuerte de la demanda de dinero, es decir, de la disposición a conservar bolívares. La demanda de dinero ha sido golpeada severamente por políticas que acaban con la confianza en el país y su economía, por regulaciones excesivas y hostilidad hacia quienes producen», dice Herrera.

Agrega que otro factor a tomar en cuenta es que la demanda de divisas es muy elevada por la dependencia en las importaciones, porque las empresas y las personas compran dólares para protegerse de la hiperinflación y por la dolarización de facto, donde cada día se utiliza más el dólar en las transacciones. Al mismo tiempo, la oferta es muy baja por una industria petrolera en mengua que enfrenta problemas para comercializar el petróleo por las sanciones, lo que produce un déficit de divisas.

José Manuel Puente, economista y profesor en la Universidad de Oxford, señala que la cotización del dólar, gracias a la contención que hizo el Gobierno durante el primer semestre, aumentó menos que el resto de los productos en la economía, por tanto, está muy lejos de su nivel de equilibrio.

«Hay una fuerte apreciación del tipo de cambio y el dólar está muy lejos de su nivel de equilibrio, dado los diferenciales de inflación de Venezuela y el resto del mundo según cálculos de hace un mes este nivel estaba entre 35.000 y 40.000 bolívares por dólar», dice Puente.

«Además, el país transita por el sexto año consecutivo en recesión y el segundo año en hiperinflación, esto genera una gran desconfianza en la política macroeconómica del Gobierno y exacerba la compra de dólares. Al mismo tiempo, el Banco Central no tiene divisas para estabilizar el tipo de cambio, las reservas internacionales son las más bajas en 21 años», agrega Puente.

Las perspectivas

Todo apunta a que la administración de Nicolás Maduro seguirá inyectando una mayor cantidad de bolívares a la economía en lo que resta de año, por la presión de los trabajadores por un pronto incremento de salario, las empresas privadas que le reclaman al Gobierno el pago de deudas y compañías públicas que necesitan recursos para tapar pérdidas y mantenerse a flote.

Mediante la Ley Especial de Endeudamiento Complementaria publicada en la Gaceta Oficial Extraordinaria N° 6.472 el Ejecutivo aprobó la emisión de bonos por 36 billones de bolívares a fin de financiar el gasto previsto para los próximos cuatro meses.

En su reporte semanal Síntesis Financiera dice que «con los exiguos montos de liquidez excedentaria en el sistema bancario, pensamos que los títulos serán adquiridos esencialmente por la banca pública, con la que se triangulan fondos públicos de gran volatilidad».

Tamara Herrera indica que «en lo que resta del año vamos a ver una explosión progresiva del gasto y hay muy poco por hacer por vía de la asfixia monetaria. La contención del dólar y de la inflación no fue más que una victoria transitoria, pírrica porque ha tenido un alto costo al estrangular el crédito».

En vista de que disponen de menos fondos para prestar, los bancos han disminuido drásticamente el financiamiento incluyendo a las empresas que intentan producir, a los comercios y a las personas en general, estableciendo un límite bastante bajo a las tarjetas de crédito. El resultado es que se agravó la recesión porque la contracción de los préstamos se sumó a las fallas de energía eléctrica, el déficit de divisas para importar y el colapso del sector petrolero.

El informe de coyuntura del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Católica Andrés Bello, correspondiente al cierre de julio, proyecta que este año la economía sufrirá una nueva caída de 22% con lo que «para finales de 2019 esperamos que el PIB represente sólo 39% de lo que llegó a ser en 2013».

La disparada del dólar eleva de manera instantánea el precio de una amplia gama de productos y servicios porque la economía depende en gran medida de las importaciones y por una dolarización informal, donde la moneda estadounidense desplaza al bolívar como la unidad para fijar precios o realizar pagos.

En julio, mes en que la cotización del dólar tan solo inició el despegue, la inflación cobró intensidad y se ubicó en 33,8%, nueve puntos por encima de la tasa de junio, según la medición que realiza la Asamblea Nacional. La firma Macro Consultores advierte en su último informe que se trata de «un síntoma nada alentador dado que este repunte ocurre en medio de una severa contracción del consumo, tanto privado como público, así como del crédito».

El último reporte de Focus Economics indica que Credit Suisse proyecta que este año la inflación será de 40.760% y Torino Capital de 31.910%, con lo que Venezuela seguiría padeciendo el mayor incremento de precios de América Latina y el mundo.