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La lavandería de la vía Condotti

Imagínese, estimado lector, que para llegar a su casa debe transitar por una calle estrecha, de adoquines muy viejos y desgastados, con aceras pequeñas en las que cabe una sola persona.

Imagine que esa calle es además muy transitada y está llena de gente día y noche. Al final de la calle está una tremenda atracción turística en la que todos quieren ser fotografiados. La vía es bulliciosa a toda hora.

Imagine además que está flanqueada por edificios que, aunque pequeños y bien mantenidos, son viejos. A nivel de la calle hay tiendas, pero no de cualquier tipo. Si le decimos que son establecimientos que representan a diseñadores de la alta moda la cosa cambia.

Termine con la visualización de su casa en esa importante calle como un pequeño pero lujoso apartamento que costó 4,8 millones de euros, pero la compra no la hizo usted sino su pareja a nombre de una compañía inglesa. ¡Ah! Y si es hombre, le informamos que su esposa tiene 25 años de edad, es italiana y aspirante a modelo.

No se trata de un ejercicio de pura ficción. La calle es la vía Condotti. La ciudad es Roma. El apartamento fue incautado por la Guardia de Finanza italiana y forma parte de un botín que manejaba un ciudadano colombiano identificado como Alex Nain Saab Morán. Su esposa, la bella modelo, se llama Camilla Fabri.

Estas dos personas manejaban 1,8 millones de euros y tenían en el apartamento obras de arte que fueron también decomisadas. ¿Cuál es el delito de vivir en esta calle tan exclusiva y manejar tanto dinero? Las autoridades italianas han determinado que tienen relación con dinero mal habido.

A Saab Morán y a Fabri se les relaciona con una red de corrupción y lavado de dinero. Tampoco esto diría mucho, pues de este tipo de maleantes está lleno el mundo. Lo relevante es que la vinculación es con Nicolás Maduro y con su programa de repartición de alimentos para los venezolanos más necesitados.

Los famosos CLAP vuelven a dar un show, pero esta vez en Europa. Las redes de corrupción de este programa se extienden por todo el mundo y manejan ingentes cantidades de dinero. Da para todo, y al parecer todos cobran.

Hay que agradecer a las autoridades italianas que hayan actuado como la ley de ese país lo indica. La corrupción es uno de los males que más arraigados están en Venezuela, a pesar de que fue una bandera del propio Hugo Chávez, que en la campaña presidencial de 1998 insistía en que la erradicaría.

El chavismo y el actual régimen son la madre de todas las corrupciones. Y sus tentáculos llegan muy lejos. Mientras ellos roban y hacen negocios, los venezolanos mueren de hambre. Es, además, criminal.

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Bolivia: ¿golpe militar?

Varios jefes de Estado han declarado, con alguna ligereza, que lo ocurrido en Bolivia, con la renuncia de Evo Morales, fue un golpe de Estado protagonizado por las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional.  No comparto ese criterio. El gobierno de Evo Morales es un excelente ejemplo de lo que significa un régimen influido por la visión del socialismo del siglo XXI: alcanzar el poder a través de elecciones democráticas para preservarlo indefinidamente mediante la permanente violación de los valores fundamentales de una democracia: el equilibrio de los poderes del Estado, la limitación de las libertades ciudadanas, la alternancia republicana, la utilización indebida de los dineros públicos y la  politización de las Fuerzas Armadas.  Además, el régimen de Morales buscó modificar la base social de Bolivia al reconocer constitucionalmente que en su territorio convivían 36 naciones distintas y no un solo pueblo, mestizo racialmente,  como base del Estado para tratar de crear  la mitología del Estado plurinacional. El deber de las Fuerzas Armadas bolivianas era reconstituir las bases fundamentales del Estado.

Además, la candidatura de Evo Morales, para las elecciones presidenciales del 20 de octubre de 2019, presentaba un grave cuestionamiento que comprometía, de antemano, la legitimidad de su posible triunfo. El 21 de febrero de 2016 se presentó a referéndum una propuesta de reforma constitucional que, entre otras modificaciones, planteaba eliminar la prohibición existente de poder reelegirse por tercera vez. Ese proyecto fue rechazado con una victoria del no, con 52%, frente al sí, con 48% de los votos. El 28 de noviembre de 2017, el Tribunal Constitucional Plurinacional, parcializado a favor del régimen, falló a favor de una “repostulación indefinida” aduciendo que los derechos políticos estaban por encima de la voluntad popular. Acto seguido, el Tribunal Supremo Electoral, también parcializado a favor del gobierno, convocó a elecciones presidenciales y legislativas permitiendo que  Morales lanzara su candidatura. Las numerosas irregularidades ocurridas durante las elecciones fueron rechazadas por todos los factores de  oposición a través de multitudinarias manifestaciones.

Las protestas de esos factores, ante la represión policial y de grupos organizados del oficialismo, tomaron mayor fuerza al desarrollarse en antiguos  reductos controlados por el régimen. Universitarios y clases medias se movilizaron durante la noche para enfrentar a las patrullas policiales y a los poderosos sindicatos  y “movimientos sociales” oficialistas generándose centenares de heridos, aunque de manera sorprendente las fuerzas del orden solo causaron tres muertos. El sector minero amenazó con utilizar tacos de dinamita en el enfrentamiento social existente creándose dos bandos, en permanente y violenta lucha que no daba muestras de perder fuerza. Al contrario, el presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, con  un particular carisma, endureció las exigencias, en medio de multitudinarias manifestaciones, al solicitar la renuncia de Evo Morales, de todos los miembros de su gobierno, del  Tribunal Supremo de Justicia, del Tribunal Constitucional y de los senadores y diputados.

Las protestas, en lugar de disminuir se incrementaron. Los hechos se complicaron  aún más al surgir en la Policía Nacional un creciente descontento que se manifestó en diferentes actos de desobediencia en las unidades policiales de los distintos departamentos. Convencidos los altos mandos militares bolivianos que la causa de la violencia  era la presencia de Evo Morales en la presidencia de la República, el general Williams Kaliman, a nombre de las Fuerzas Armadas, le sugirió al presidente Morales “renunciar a su mandato presidencial por el bien de Bolivia, para poder permitir  se recupere la estabilidad social y la paz». El gobierno de México le concedió asilo diplomático territorial.  La senadora Jeanine  Áñez se juramentó como presidente de la República y con gran tino señaló que su única política era conducir a Bolivia a unas elecciones justas y equitativas. De manera sorprendente, destituyó al general William Kaliman, exageradamente comprometido con el anterior régimen, y designó en su reemplazo al general Carlos Orellana Centellas, un oficial de excelente hoja de servicio y un reconocido sentido institucional.

De inmediato, dirigentes del socialismo del siglo XXI y del Foro de Sao Paulo empezaron una fuerte campaña de opinión a fin de desacreditar la solución política y militar que condujo a la renuncia de Evo Morales. En una situación tan compleja, los militares profesionales deben orientar su actuación  en aspectos doctrinarios fundamentales. Lo primero que se debe conocer es que unas Fuerzas Armadas nunca están al servicio de un gobierno ni de un determinado proceso político. Su lealtad le corresponde exclusivamente a la nación y al Estado. De allí que en un momento de crisis política, el militar profesional debe realizar una profunda reflexión para conocer cuál va a ser su posición en medio de las circunstancias violentas que pueden estarse desarrollando. De todas maneras, estoy convencido de que en Venezuela ocurrirán acontecimientos que exigirán de los cuadros militares una firme posición.  ¿El régimen de Nicolás Maduro representa los intereses nacionales? Creo que no. Al contrario, su gobierno ha comprometido el destino de Venezuela. El mejor ejemplo es la destrucción de Pdvsa, la impagable deuda pública, la descarada corrupción y pare usted de contar. ¿Cuál debe ser, ante esta circunstancia, la actitud de un oficial activo? Recordar su juramento de soldado. A partir de esa reflexión actuar de acuerdo con lo que le dicte su consciencia. Eso sí, recuerden que Venezuela está en peligro.

fochoaantich@gmail.com.

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Rafael del Naranco: Palabras a Chile

 

Partiendo de Punta Arena, lugar en  que la bruma se hace espesa, hasta  Arica, tierra apretada al desierto de Atacama, y  subiendo al altiplano que ofrece al viajero  nanas de nieve, pasando por Temuco, el reluciente Valparaíso y la maravilla que es la ciudad de Santiago,  han sido poetas los baquianos que marcaron nuestra querencia  a esa tierra rasgada durante varias semanas a razón de extensas protestas, las mismas que asolaron Bolivia haciendo  dimitir al presidente Evo Morales,  y tienen a Venezuela bajo una represión social denigrante.

Puedo decir que conocí la ternura con los poetas chilenos. Carlos Acuña me ofreció el primer ramo de albahaca; René Ojeda abrió una escuela pequeña dentro de mi corazón, un aula  transparente donde sólo se aprendía a sumar sonrisas  y a dibujar el nombre cristalino de la amada ida.

Después llegaron Salvador  Reyes con mástiles  sonoros en puertos cubiertos de nostalgias y vino macerado; Alberto  Rojas Jiménez  entre los pedazos de una canción  de Daniel de la Vega, mientras Violeta Parra tejía, con sus manos de campesina  araucana, estrofas empujadas con un “run run que se fue pa´l norte”.

Más tarde Pablo, el recordado de Isla Negra, recorrió como el céfiro de aquellos roquedales cara a la furia del Pacifico –  que jamás fue sereno, ni claro, ni azul, ni encendido – , toda la gama de la lírica moderna.

En su primera etapa juvenil – “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” –  nos devolvió el  húmedo sendero del melancolía, y en “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” nos legó el libro que casi hunde toda la poesía amorosa europea, desde los romances anónimos del siglo XV, pasando por los resquemores apasionados de Jorge Manrique, Juan de Encina, Baltasar del Alcázar, Lope de Vega, hasta varar en las “Nanas de la cebolla” o en las faldas de aquella casada cariñosamente infiel de García Lorca, que todos en algún momento, cubiertos  en barro, nos  hemos llevado al río de la pasión desatada.

Neruda – Neptalí Ricardo Reyes – martirizó,  igual a metal  bruñido,  cada uno de los resortes de mis vivencias para que comprendiera más y mejor su tierra de cobre. Y así penetré en el  Chile de “La Araucana” de Alonso de Ercilla, viendo a un anciano Caupolicán llorar sangre.

Hoy le digo a Chile – a partir  nuestro  exilio venezolano en   las costas valencianas del  Mediterráneo -, que no desespere: emergerá de esa vaguada política igual que   hizo siempre cuando se enturbiaban los céfiros  impetuosos  subiendo de Río Grande.

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Pedro R. García: En Latinoamérica ¿revolución Socialista o revolución de la Acedia I?

 

“La acedia es una tristeza del bien espiritual, y su efecto propio es el quitar el gusto de la acción sobrenatural. Es una desazón de las cosas espirituales que prueban a veces a los fieles e incluso a las personas adentradas en los caminos de la perfección. Es una flacidez que les empuja a abandonar toda actividad de la vida espiritual a causa de la dificultad de esta vida”. Santo Tomás de Aquino  Summa Teológica (II-II 3).

La palabra griega aukdhi o aukhdei aparece tres veces en la versión de los XXL, y significaba básicamente descuido, negligencia o falta de interés. En la Vulgata esta palabra griega se tradujo por taedium (tedio) y maeror (tristeza profunda). El término griego, con el sentido de tedio, tristeza y pereza espiritual, se latinizó como acedia, acidia o accidia, aunque el más usado es el término acedia, que significa pereza, negligencia o falta de interés, en el plano espiritual y religioso. Ignacio de Loyola definía la acedia como una desolación y oscuridad del alma que hace sentirse a la persona perezosa, tibia, triste, y como separada de su Creador y Señor. Evagrio Póntico la describía como la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En definitiva, la acedia es un pensamiento apasionado complejo: se nutre de la efectividad irascible y concupiscente al mismo tiempo, lo que suele despertar todos los otros vicios. Esto explica que sus manifestaciones puedan parecer contradictorias al extremo: indolencia y activismo, parálisis y frenesí, frustración y agresividad, huida del bien y entrega al mal. Se explica entonces que la acedia produzca una especia de desintegración interior. La tristeza es hermana gemela de la acedia, aunque no se identifican entre sí. El triste encuentra con más facilidad su remedio a su mal, pero el acedioso está totalmente asediado. La tristeza es una experiencia pasajera y parcial; la acedia es vivencia permanente, contraria a la naturaleza humana, es ociosidad y pereza; un desaliento generalizado muy cercano a la depresión.

Ubicando algunas pistas…

“De la acedia no se suele hablar. No se incorpora usualmente en la lista de los pecados capitales. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales y diccionarios de moral. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez oyeron nombrar la acedia y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista. (Horacio Bojorge S. J). La envidia hermética de la que ya nos alerto con su profundidad metafísica (Santo Tomas, a la que señalo como “envidia o mal de la acedia” y que ha reflexionado en este tiempo el P. Horacio Bojorge),  que tiene que ver con la esencia humana, no es la envidia “a lo que tienen”  los otros sino a “lo que son”, y esta envidia tan honda que alcanza un “nivel casi que espiritual” solo puede surgir de alguien con un nulo nivel de dignidad y conciencia de si mismo, radicalmente incapaz de aceptar sus propios defectos y que apuesta incesantemente a vulnerar las virtudes de los demás dejando al descubierto su ilimitada maldad. Pareciera que la envidia o acedia ha provocado un efecto letal que ha servido de caldo de cultivo para fragilizar aún mas las lógicas políticas imperantes en Latinoamérica y en especial en el país, en un afán de notoriedad esa emulación colectiva de indignidad elevado al púlpito al arrogante, al prepotente, al mediocre, es decir al sujeto afectado del mal moral, quien necesita humillar a los demás, con el fin de exaltarse a si mismo.

Congreso Internacional sobre el Humanismo Cristiano, Roma 21-25 de septiembre 2003.

En la celebración del Congreso Internacional sobre el Humanismo Cristiano, en el tercer milenio el cual celebró, en Roma 21-25 de septiembre 2003. Se abordo el mal espiritual de la Civilización actual. Un intento de diagnostico espiritual inspirado en la doctrina tradicional sistematizada y expuesta por Santo Tomás de Aquino, el teólogo y, S.J. Horacio Bojorge quiso yamar la atención sobre algunos hechos. 1) la percepción y señalación desde diversas disciplinas científicas, de la envidia como mal radical de la cultura y civilización moderna; 2) la conciencia creciente de que la doctrina tradicional acerca de la envidia y de la acedia, recogida y sistematizada por Santo Tomás, permite comprender mejor la naturaleza espiritual de esos males y los caminos para intentar remediarlos; 3) la luz profética que arroja esa doctrina, sobre las investigaciones en curso para interpretar proféticamente sus resultados, 4) la conexión de la envidia reconocida, con la acedia ignorada, que sin embargo es su fuente y origen, iré señalando en este intento de análisis el grueso de obras y de sustantivos estudios de diversos autores que exploran, desde distintas disciplinas el fenómeno de la envidia en nuestra sociedad y en nuestra cultura, coinciden en mostrar su presencia, efectos negativos e influjo determinante en el mundo actual. Son dignas de atención, porque en su conjunto y por convergencia, permiten apreciar el valor permanente de la enseñanza de Santo Tomás sobre la envidia, y cómo esa doctrina ilumina la naturaleza de la dolencia espiritual de acedia, raíz de la envidia que reconocen como dolencia de la actual decadente civilización. También porque confirma la objetividad de lo que se ha venido exponiendo en numerosos, estudios, ensayos y conferencias. Una referencia a una circunstancia actual: fue el debate de la mención, o no, del cristianismo en el proyecto de Constitución Europea, la cual brindó una ocasión concreta para iluminar, a la luz de la doctrina sobre la acedia.  Este hecho confirma que, como adelanto, Bojorge en: “En mi sed me dieron vinagre”. Para la inaplazable tarea de forjar un nuevo humanismo en el tercer milenio el terreno no está vacío.

Las ciencias redescubren la envidia

Un buen número de investigaciones en el área de lo que los alemanes yaman Geistes-Und Sozialwissenschaften, (Humanidades y Ciencias Sociales), convergen en observar el hecho de la envidia desde sus respectivas disciplinas. Lo comprueban e interpretan coincidentemente y a veces utilizando los mismos términos: Helmut Schoeck en Sociología, Gonzalo Fernández de la Mora en Ciencia Política, Bernard en Economía, Víctor Frankl y Tony Anatrella en Psicología, tanto profunda como social, René Girard en filosofía de la cultura, y demás. En 1966 un joven sociólogo conmovió las doctrinas sociopolíticas utopistas, señalando en su obra, La envidia una Teoría de la Sociedad, la función extremadamente dañosa que logra la envidia dentro de la vida social. Helmut Schoeck, era un pensador conservador cuyo pensamiento influyó radicalmente la acción política europea. Dio clases en la universidad de Mainz y describió las manifestaciones sociopolíticas de la envidia en estos términos. “La política de aquellos que procuran nivelarlo todo, intentan instaurar, por lo menos poco a poco, tendencialmente, una igualdad utópica”. Estas utopías que quieren crear una sociedad en la cual ya no haya casi ninguna diferencia entre las personas que estarían dispuestas a pagar cualquier precio, tanto en economía como en las ciencias, cuanto en la capacitación profesional, con tal de alcanzar el ideal de la igualación al que tienden. En estos casos, la Envidia, que se institucionaliza como política niveladora en forma de impuestos diferenciales progresivos, es responsable del agotamiento del potencial de la población y de sus cualidades”. Helmut Schoeck, Helmut Schoeck fue un sociólogo y escritor austriaco-alemán, mejor conocido por su trabajo (Envy: A Theory of Social Behavior), compendió los resultados de sus investigaciones en la tesis: la envidia traducida a política es el comunismo. Él probaba su tesis demostrando el carácter expropiatorio de los impuestos diferencial y severamente progresivos, estos no provenían de la ciencia económica sino de la psicología política. La penalización de la eficacia tiene una causa de orden ideológico.  Desde el punto de vista de la economía de la nación no tiene sentido alguno. La igualación creciente produce el decrecimiento de la eficacia para daño de todos. René Girard ha descrito el deseo mimético como el impulso más profundo del hombre y de los animales.  Este deseo de imitar es indispensable para que el hombre yegue a ser hombre, porque es imitando como aprende a hablar, a caminar, a integrarse a la familia y a la sociedad, a una cultura. Pero Girard distingue la mimesis de rivalidad o de antagonismo. El hombre está gobernado por el deseo mimético.   

Deseamos algo porque el otro lo desea…

Sócrates hace una afirmación gruesa : “el hombre yerra por ignorancia”, pero una traza de filósofos entre los que destaca, Nietzsche, Montaigne y Marco tulio Cicerón, lo refutan y responden, “el hombre yerra es por deseo), y de ahí surge el antagonismo, la rivalidad y la videncia. No es difícil advertir que lo que Girard describe larga y minuciosamente, señalándolo en las más variadas obras literarias, tópicos culturales y religiosos, es lo que tradicionalmente ha yamado “envidia”. La teoría de René Girard viene sembrando desde hace décadas inquietud y encendidos debates en los medios intelectuales de Francia.  De hecho, si se toma en serio, conduce a una seria revisión del psicoanálisis y de las ideas del estructuralismo y del marxismo, entre otras pone al descubierto el secreto de la violencia latente y escondida en el corazón del hombre de todas las culturas. Sus análisis son una revolucionaria interpretación de la cultura y una especie de metafísica de la envidia. Y queda así establecido el nexo lógico que conecta la envidia con la acedia y que resulta evidente en los planteos de la doctrina de la Escuela de René Girard. La envidia nace y se nutre de la acedia, el comportamiento interhumano de rivalidad y de envidia, que entre nefastas consecuencias tiene la ya señalada del totalitarismo y del terror igualitarista, y la no menos terrible de ser la fuente de todas las videncias, es consecuencia lógica de una actitud religiosa anterior y más profunda: acedia, tristeza por el bien de los que aman a Dios, tristeza por los mismos que aman al prójimo. Toda cultura es reflejo de una religión, y toda incultura reflejo y consecuencia de una irreligión. El desorden del afecto ante el bien supremo, va de la mano con el desorden ante el bien del prójimo. La acedia: el mal de nuestro tiempo, ha habido quienes reconocieron con afinada sensibilidad espiritual, más allá de la envidia entre semejantes, observada y descrita por tantos y desde tan distintas disciplinas del saber actual, que su raíz y su fuente es un mal espiritual, el pecado de Caín. William J. Bennett, Secretario de Educación de los Estados Unidos (1985–1988), un pensador bien conocido en Norteamérica y buen conocedor de esa sociedad, graduado en derecho en Harvard, y doctor en filosofía por la Universidad de Texas, afirmaba hace ya dos décadas, que la verdadera crisis de su país y de nuestro tiempo “es de naturaleza espiritual y se yama acedia”. La doctrina tradicional sobre este fenómeno espiritual, sistematizada por Santo Tomás, cobra por eso particular actualidad y es recomendable por su utilidad, tanto para el diagnóstico del mal como para orientar la aplicación de sus posibles remedios. El Dr. Francisco Canals Vidal, (fallecido El 7 de febrero del 2009 falleció a los 86 años de edad el profesor Francisco Canals Vidal, catedrático de Metafísica, uno de los grandes filósofos católicos contemporáneos) lo afirmo en una conferencia en 1989, en el Campus Oriente de la P. Universidad Católica de Chile: “Nadie puede conocer la situación del mundo de hoy si no medita estos textos de Santo Tomás”. Y en la tesis de su  obra, (La Envidia Igualitaria, Barcelona, 1984) puede sintetizarse así: “El progreso de una sociedad supone la aceptación por la mayoría de una planificación realizada por una minoría.  La pasión malsana de la envidia, que margina a los mejores y exalta a los mediocres, que demuele las jerarquías de una sociedad (o de una organización cualquiera), se transforma entonces en una fuerza negativa que puede yegar a detener el progreso de esa sociedad o de esa (organización)”. También Fray Armando O.P viendo la actualidad del asunto le ha dedicado un estudio: Los ángeles y el demonio del mediodía, Santa Fe, Centro de Estudios San Jerónimo, 1966. El Dr. Mauricio Echeverría, afirmaba, en ocasión de hacer una presentación sistemática de la doctrina del Dr. Angélico sobre la acedia: “La acedia y el bien del hombre, en Santo Tomás” “Angelicum de Roma, con ocasión del jubileo de la Universidades; publicada en: Intus-Legere, No.4 (2001). “El antiguo concepto de “acedia” puede resultar esclarecedor para la pregunta sobre el bien del hombre, precisamente en los tiempos que vivimos”. “Si queremos superar los síntomas de la creciente depresión contemporánea, la radiografía de la acedia nos mostrará caminos realmente valiosos para una terapia moral”.

La Profunda crisis que aqueja a la iglesia católica…

Pero la acedia no afecta solamente a agnósticos y laicos, también afecta a la Iglesia. Como lo ha reconocido un observador con nada despreciable autoridad, el Cardenal Arzobispo de Viena, Monseñor Chistoph Schönborn, la acedia es la crisis más profunda” que nos aqueja hoy de la que no escapa la Iglesia Católica. “La crisis más profunda que hay en la Iglesia consiste en, que no nos atrevemos ya a creer en las cosas buenas que el creador obra por medio de quienes le aman. A esa poca fe intelectual y espiritual, la tradición de los maestros de la vida espiritual la yaman acedia, hastió espiritual, un edema del alma como lo señala Evagrio Póntico, (Evagrio el Monje, también apodado El solitario fue un monje y asceta cristiano). que sumerge al mundo y a la propia vida en un lúgubre aburrimiento y que priva de todo sabor y esplendor a las cosas”. Un hecho de reciente data viene a confirmar una vez más lo acertado del diagnostico espiritual de nuestro tiempo, como un tiempo aquejado de acedia: casi simultáneamente con la celebración del Congreso Internacional de Humanismo Cristiano en el tercer Milenio, Roma 21-25 sep. 2003. Se agitaba el tema de si se había de mencionar o no el cristianismo en el texto de la futura Constitución Europea. Se comprueba, como lo ha hecho Hosep Miró y Ardévol, presidente de la Convención de Cristianos por Europa, que “reza lo ridículo que el preámbulo haga referencia a la componente helenística y romana y salte directamente a los filósofos de la luz, omitiendo la referencia cristiana sin la cual la ilustración resulta incomprensible. Ignorar como hace el texto, la realidad de la identidad europea, que tiene como uno de sus componentes básicos el cristianismo, constituye una imposición ideológica y expresa la voluntad política de que el laicismo excluyente la única categoría cultural y referencial posible, marginando así el hecho religioso. ¿Se revela en Latinoamérica y en el país en quienes lo gobiernan y los que pretenden sustituirlos, una manifestación amplificada de acedia?

El hombre tiene que elegir entre Dios y las riquezas. Esta es la eternamente inmutable circunstancia de la elección, no hay ninguna escapatoria, ni la habrá en toda la eternidad. (Sören Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo) (Volveremos con una segunda entrega).

Escuchando las inoportunas declaraciones de algunos ex-miembros del gobierno boliviano, vino a mi memoria como verdugo a sueldo un pasaje que esta en (Virgilio, Eneida, II, 354). Una salus victis, nullam sperare salutem: La única salvación para los vencidos es no esperar ninguna salvación.

pedrorafaelgarciamolina@yahoo.com

 

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La embestida de Saramago

Es raro el caso de que no se aprenda nada de un pensador, no importa de qué tradición de pensamiento provenga. Es la magia y el atractivo del indispensable alimento que provee la libertad de expresión, es la maravilla donde no hay libros prohibidos y donde no prima la cultura alambrada propia de las xenofobias.

José Saramago (1922-2010) era comunista y puede ubicarse en la línea de William Godwin, Mikhail Bakunin, Piotr Kropotkin, Pierre-Joseph Proudhon y contemporáneamente de Herbert Read y Noam Chomsky: en un contexto de abolición de la propiedad privada, proponen sustituir el aparato estatal clásico por otros organismos burocráticos de mayor control en las vidas de la gente, donde la antiutopía orwelliana queda chica. A raíz de la crisis del 2008 declaró en Lisboa: “Marx nunca tuvo más razón que ahora”; confundió así un capitalismo prácticamente inexistente con sistemas altamente estatistas.

Por supuesto que fue un literato y no un cientista político, de modo que la mencionada tradición de pensamiento no era suscrita ni conocida en su totalidad por Saramago. Fue, eso sí, un admirador del sistema totalitario cubano, donde pronunció su célebre discurso que lleva el paradójico título de Pensar, pensar y pensar, en el lugar en donde sólo se permite el lavado de cerebro que algunos incautos denominan educación. Luego se desilusionó con ese sistema nefasto a raíz de uno de los sonados casos de fusilamientos de disidentes (escribió: “Hasta aquí he llegado”).

Como es de público conocimiento, Saramago escribe de modo espectacular, si cabe el correlato con el buen teatro, su manejo de las letras está a la altura de los mejores escritores del planeta y, en el caso de la obra de la que nos ocuparemos, su traductora sin duda es magistral: Pilar del Río, que fue su mujer a partir de 1988. Nos referimos a Ensayo sobre la lucidez, una novela extraordinaria que subraya un derecho que es habitualmente ocultado por energúmenos en el poder y sus asociados en la arena política: el voto en blanco. En última instancia, no es una obra de ficción, sino de realidad viviente.

La novela comienza en una ciudad capital donde hay elecciones municipales. Un día de lluvia torrencial, por lo que los votantes se movieron “con la lentitud del caracol”, pero finalmente, al promediar la tarde, aparecieron y procedieron con lo que se estima que es un deber cívico. El resultado fue sorprendente: el 70% votó en blanco. Las autoridades tomaron ese escrutinio como una ofensa grave para la democracia, una pantalla retórica que en realidad ocultaba sus fracasos.

Ante tanto desconcierto, el Gobierno se amparó en la ley electoral que consignaba que, frente a “catástrofes naturales” en el día de la elección, esta debía repetirse, lo cual se hizo. Hete aquí que el resultado de la segunda prueba de los comicios parió un resultado aun más sorprendente: el 83% de los habitantes de esa ciudad votó en blanco. En este último caso, los gobernantes comenzaron a declarar en público y en privado que se habían traicionado los valores de la patria y otras manifestaciones de indignación y desconcierto en las que sostenían que era un atentado mortal a la nación misma.

En este contexto, se declaró el estado de emergencia y luego el estado de sitio. Ninguno de los pobladores se pronunció antes, durante ni después del acto electoral. Se produjo “un espeso muro de silencio” en torno a esta controvertida cuestión. Los burócratas enfatizaban que todo se debía a un complot inaceptable que seguramente contaba con apoyos del exterior. Incluso en una reunión del consejo de ministros se hablaba de un acto de “terrorismo puro y duro” y que, por tanto, se decidió “infiltrar” a la ciudadanía al efecto de develar la conjura y la “peste moral” del voto en blanco.

Más aun, la expresión “blanco” quedó relegada a la historia. Al papel blanco se le decía “hoja desprovista de color”, al mantel blanco se le decía “del color de la leche” y a los estudiantes que estaban en blanco se les decía sin subterfugios que desconocían los contenidos de la materia, y así sucesivamente. Los gobernantes reconocían a regañadientes que votar en blanco es un derecho, pero sostuvieron que consistía en un “uso legal abusivo” (como si un mismo acto, agregamos nosotros, pudiera ser simultáneamente conforme y contrario al derecho).

En un momento de desesperación, el Gobierno central decidió en masa abandonar la ciudad con la idea de que todo se derrumbaría sin ellos y establecieron, sin más, la capital en otro lugar del país. Pero después de algunas vacilaciones resulta que los habitantes de la ciudad se las arreglaron para limpiar las calles y cuidar de la vigilancia para evitar desmanes, asaltos y violaciones.

También el pueblo de la capital sorprendió con marchas pacíficas con letreros en los que se leía “Yo voté en blanco” y consignas de tenor equivalente. El Gobierno planeó contramarchas que produjeran disturbios de envergadura, acentuaron los trabajos de inteligencia e incluso en un momento se sugirió implantar el estado de guerra; finalmente decidió colocar una bomba con la idea de endosar la responsabilidad a los pobladores.

La explosión, que produjo muertes y heridos, no dio el resultado esperado, puesto que la gente se enteró de la verdad de lo sucedido. En el entierro, la multitud llevaba flores blancas y los hombres, una cinta blanca en el brazo izquierdo.

Los debates, los enojos, los gritos y las propuestas descabelladas de los funcionarios que se sucedían fueron dignos de una producción cinematográfica del ridículo. Como son estas cosas, la soberbia hace que los megalómanos pretendan rapidez en el resultado de sus órdenes muchas veces contradictorias, pero los encargados de cumplirlas se chocan entre sí y generan los efectos contrarios a tan inauditos propósitos. En una de las trifulcas en el gabinete de ministros y en medio de la ofuscación, a uno de ellos se le escapó la idea de que los votos en blanco podían ser una manifestación “de lucidez” (lo cual da el título al libro), a lo que el Presidente no sólo le pidió la renuncia de inmediato al intrépido ministro, sino que afirmó categóricamente que había visto “el rostro de la traición”.

El relato sigue con interrogatorios varios, los infaltables “secretos de Estado” que se divulgan al instante, con estrategias, tácticas, micrófonos ocultos, con planes aquí y allá, todos fallidos, y al final más asesinatos de inocentes en medio de censuras a la libertad de expresión. Un triste final para una triste situación.

Como una nota al pie digo que la obra es de fácil y entretenida lectura, además de las lecciones que deja, de estimular el pensamiento del lector y despejar telarañas mentales. Es muy interesante la forma de construir diálogos que propone el autor y su muy sofisticado y efectivo manejo del narrador y de los tiempos. Llama la atención la admirable capacidad de escribir más de cuatrocientas páginas sin que haya un solo nombre propio (excepto el de un perro, un par de empresas y el de Humphrey Bogart, pero como estilo de vestimenta). También es de notar sus valiosas disquisiciones y precisiones lingüísticas al margen del relato principal.

Si tuviera que instalar dos acápites a este artículo periodístico, tomaría dos frases del libro: “Es regla invariable del poder que resulta mejor cortar cabezas antes de que comiencen a pensar” y la visión optimista de: “Más tarde o más pronto, y mejor más pronto que tarde, el destino siempre acaba abatiendo la soberbia”.

He escrito antes sobre el tema del voto en blanco que ahora parcialmente reitero, pero antesdebo enfatizar en que hay situaciones en las que se estima que el peligro de la alternativa es de tal magnitud que no parece haber más remedio que caer en la trampa del menos malo, siempre que no se termine idealizándolo y siempre que se tenga en cuenta que lo menos malo es de todos modos malo. Se trata de una medida desesperada al efecto de contar con más tiempo para revertir la situación con esfuerzos educativos.

De todos modos, imagino que si hubiera una disposición que obligara a la gente a ser patrimonialmente responsable por la gestión de quien vota, se encaminaría a las urnas con más cuidado y responsabilidad. Ante discursos descabellados, rechazaría las ofertas electorales existentes votando en blanco, lo cual naturalmente forzaría a los políticos a reconsiderar sus plataformas y ser más cautelosos en la articulación de sus pronunciamientos.

En política no puede pretenderse nunca lo óptimo, puesto que necesariamente la campaña significa un discurso compatible con la comprensión de las mayorías, lo cual requiere vérselas con el común denominador y, en funciones, demanda conciliaciones y consensos para operar. Muy distinto es el cuadro de situación en el plano académico, que se traduce en ideas que apuntan a lo que al momento se considera lo mejor sin componendas de ninguna naturaleza que desvirtuarían y pervertirían por completo la misión de un académico que se precie de tal, ya que implica, antes que nada, honestidad intelectual.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, el político está embretado en un plafón que le marca las posibilidades de un discurso de máxima y uno de mínima, según sea capaz la opinión pública de digerir propuestas de diversa índole. El político no puede sugerir medidas que la opinión pública no entiende o no comparte. La función del intelectual es distinta: si ajusta su discurso a lo que estima que requieren sus audiencias, con toda razón será considerado un impostor.

Ahora bien, en este contexto, cuando un votante se encuentra frente a ofertas políticas que considera que están fuera de mínimas condiciones morales, debe ejercer su derecho a no votar o, si se encuentra en un país en el que no se reconoce ese derecho, debe votar en blanco, lo cual siempre significa que se rechazan todas las ofertas existentes al momento. Incluso, a veces el voto en blanco envía una señal más clara del rechazo que la abstención, puesto que implica tomarse el trabajo de trasladarse al lugar de votación para dejar constancia del disgusto. En esta línea argumental, es como señala el título de la obra en colaboración de Sy Leon y Diane Hunter: None of the Above. The Lesser of Two Evils… is Evil. No cabe mirar para otro lado y eludir las responsabilidades por lo que se votó.

En el caso del voto en blanco, no se debe caer en el temor de ser arrastrado por el fraude estadístico allí donde se descuentan esos votos del universo y, por ende, se inflan las posiciones de los candidatos votados, puesto que lo relevante es la conciencia de cada cual y votar como a uno le gustaría que votaran los demás. La suba en las posiciones relativas de los otros candidatos no modifica el hecho de rechazar las propuestas que se someten a sufragio en una situación límite de inmoralidad en la que todos los postulantes se asemejan en las políticas de fondo y sólo los diferencian matices y nimiedades que son, en última instancia, puramente formales. En este contexto, el voto en blanco es sumamente positivo, porque constituye una manera eficaz de ponerles límites a los atropellos del Leviatán.

Es muy fértil la embestida de Saramago contra políticos inescrupulosos y ciudadanos distraídos que intentan por todos los medios minimizar el rol de personas que contribuyen a la mejora de las ofertas programáticas existentes.

El ejercicio a que nos invita Saramago en su libro hace que los políticos en cuestión no se sientan avalados y convalidados en sus fechorías y les trasmiten la vergüenza de verse rechazados e ignorados por el voto en blanco. Nada altera más a un pliticastro que el voto en blanco.

En la situación indicada, el voto en blanco o “voto protesta”, como se lo ha denominado, es fruto del hastío y el hartazgo moral del ciudadano, pero es un voto de confianza y esperanza en un futuro que se considera posible cambiar, frente a los apáticos e indiferentes que votan a sabiendas a candidatos con propuestas malsanas. En este sentido, el voto en blanco es un voto optimista que contrasta con la desidia de quienes ejercen su derecho por candidatos que saben que son perjudiciales.

No sólo cabe abandonar el voto el blanco cuando se está en la situación de extremo peligroque mencionamos más arriba, sino cuando coincide con la expresa instrucción de proceder a votar en blanco por parte de alguna línea política con la que no se coincide, puesto, en ese caso, el resultado será muy pastoso.

Es indispensable que cada uno asuma su deber de contribuir a engrosar espacios de libertad, dado que se trata, nada más y nada menos, de la condición humana. El descuido de esa obligación moral personalísima nos recuerda (y alerta mientras estemos a tiempo) que Arnold Toynbee sostuvo que el epitafio del Imperio romano diría “Demasiado tarde”.

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Cuando los mercados chocan con la movilidad

Se supone que la gasolina es combustible. ¿Pero por qué también se ha vuelto políticamente explosiva, como sugiere la erupción de protestas masivas en Ecuador y Chile?

Mientras que el caso ecuatoriano tuvo que ver con un incremento significativo del precio de la gasolina, lo que disparó la revuelta en Chile fue un aumento programado de apenas 3% de las tarifas del metro de Santiago. Más allá de si hubo o no injerencia extranjera, el hecho es que las protestas, si no la violencia y la destrucción que las acompañaron, han tenido un respaldo público significativo.

El argumento económico contra los subsidios a la gasolina parece sólido. Los subsidios son ineficientes porque conducen a beneficios en el consumo que valen menos de lo que le cuesta a la sociedad ofrecerlos. Son nocivos desde un punto de vista ambiental porque el consumo de gasolina genera externalidades negativas: no solo calentamiento global, sino también contaminación local, congestión y degradación de las vías. (Más bien, la gasolina debería gravarse para tener en cuenta estos costos). Y son profundamente injustos, porque los ricos consumen más gasolina que los pobres, lo que significa que obtienen una tajada mayor del subsidio.

Pero el argumento económico contra los subsidios ignora otras dimensiones del problema que ayudan a entender la oposición pública a una intervención en los costos del transporte. Reconocerlas y entenderlas es crucial para diseñar mejores soluciones en materia de políticas.

El problema con la lógica económica estándar es que no tiene en cuenta el papel de los bienes públicos en la vida urbana –y, en particular, en la movilidad–. Las calles, los metros, las ciclovías y las autopistas no tienen mercados o precios como sí los tienen los automóviles y los departamentos. Tampoco las vistas hermosas, los parques públicos y los barrios seguros.

La vida moderna exige interactuar con muchas otras personas, ya sea trabajando en grandes organizaciones o atendiendo a los consumidores. Es por eso que, a nivel mundial, el porcentaje de gente que vive en áreas urbanas ha crecido de menos de 35% en 1960 a más de 55% hoy. En países de altos ingresos, el porcentaje supera el 80%.

La posibilidad de interactuar con los demás implica la capacidad de movernos desde donde vivimos hacia donde trabajamos, compramos, aprendemos y socializamos. Cuán lejos tenemos que ir y cuánto tiempo y dinero nos cuesta son cosas que están determinadas por la disposición geográfica urbana y la infraestructura de transporte. Por ejemplo, Barcelona y Atlanta tienen poblaciones similares, pero Atlanta utiliza una superficie más de 26 veces superior y emite más de 10 veces más dióxido de carbono. Barcelona ofrece transporte público mucho mejor y más económico, y su mayor densidad poblacional fomenta la eficiencia de la red. De la misma manera, si bien Tokio tiene más habitantes que Nueva Delhi o Ciudad de México, los tiempos de traslado son mucho más cortos, debido a una planificación urbana más inclusiva y grandes inversiones en infraestructura.

Los ricos eligen dónde vivir en parte teniendo en cuenta los tiempos de traslado, lo que hace subir los precios inmobiliarios en lugares bien conectados y empuja a los pobres a zonas periféricas. También conducen autos grandes (muchas veces solos), y así ocupan más espacio en las calles. Para ellos, el costo del transporte no es existencial.

Los pobres, en cambio, relegados como están a lugares no tan bien conectados, enfrentan tiempos de traslado más largos (un tema especialmente sensible para las madres) y deben asignar un porcentaje mayor de sus magros presupuestos al transporte. Si la infraestructura de movilidad es horrible, viajar al centro de la ciudad para obtener mejores oportunidades laborales puede ser tan costoso que la gente se queda atrapada en actividades informales menos productivas más cerca de sus vecindarios de bajos ingresos. Esto constituye una trampa de pobreza: como uno es pobre, no puede llegar adonde están los buenos empleos, lo que significa que uno seguirá siendo pobre.

En este contexto, utilizar precios de mercado para equilibrar la oferta y demanda de transporte excluiría sistemáticamente a los pobres de los beneficios de la vida urbana. Quienes tienen menos ingresos –digamos, los estudiantes de familias pobres que intentan llegar a la escuela– serían los que dejan de viajar cuando aumentan los precios. Es por eso que muchos sistemas de metro, incluso el de Santiago, tienen precios especiales para los estudiantes. De la misma manera que no utilizamos subastas para asignar órganos de trasplante, necesitamos principios distintos a los de las leyes de mercado para administrar el transporte.

Lo mismo es válido para otras amenidades urbanas valiosas. En comparación con los residentes de los suburbios, las habitantes de las ciudades tienden a pasar menos tiempo en sus departamentos más pequeños y más tiempo en espacios públicos compartidos. Pero el Central Park de Nueva York, el Hyde Park de Londres o el Bois de Boulogne de París, que están disponibles para todos de manera gratuita, pronto se convertirían en clubes de campo o barrios cerrados si cayeran en manos del mercado.

Como el grueso de los costos del transporte son fijos, en el sentido de que se incurre en ellos en el momento de la construcción, las ciudades tienen muchos grados de libertad para decidir quién paga por ellos y cuándo. Consideremos un sistema de metro: ¿qué porcentaje del costo debería ser pagado por las futuras generaciones, los jóvenes, las personas mayores y la población en edad laboral? ¿Cuánto deberían pagar los usuarios del sistema y cuánto quienes se benefician de una menor congestión en las calles o del incremento del precio de los inmuebles gracias a su proximidad a una estación?

Aún más importante, ¿qué porcentaje de la asignación del espacio urbano debería dejarse en manos de los mercados, donde cada dólar vale lo mismo, y cuánto dedicarse a un mecanismo que trate a todos los ciudadanos por igual? Como señaló Michael Sandel de Harvard: “Cuantas más cosas puede comprar el dinero, más difícil es ser pobre”. Si el acceso a barrios seguros, buenos empleos y espacios públicos está limitado por la falta de dinero, los pobres tenderán a considerar injusta la asignación que resulte del mercado.

Nada de esto justifica los subsidios a la gasolina. Todo lo contrario: estos recursos deberían utilizarse de manera mucho más eficiente y justa en garantizar que todos tengamos acceso a las oportunidades y placeres de la vida social. Pero lo que la gente espera, y lo que los gobiernos deberían brindar, son políticas que mejoren la calidad del espacio público compartido y la eficiencia y disponibilidad de los medios para recorrerlo.

Copyright: Project Syndicate, 2019.

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Repensar al país, por Simón García


Repensar el país

@garciasim


Debemos definir y trabajar por el final que preferimos porque marcará la transición que tendremos. Es indeseable que años de injusticias, calamidades y destrucciones puedan reproducirse después del cese de este régimen. Si ello ocurre, como lo piden las gritonas minorías extremistas, no habremos superado el autoritarismo sino cambiado el signo de sus ejecutores.

Sectores de la población, como la clase media empujada al empobrecimiento, todos los que han visto mermar su nivel de vida, los anulados por una creciente imposibilidad de consumir o quienes han perdido beneficios o reivindicaciones, están llenos de rabia y de una mezcla de ansias de revancha con sed de justicia. De allí nace una energía que será un motor insuficiente para los cambios, si los partidos democráticos no se ocupan en refinarla.

Es natural, que el castigo de la crisis y las políticas duras del régimen induzcan en la oposición comportamientos similares a los que rechazamos en el grupo gobernante. Pero es causa de extravío que esa inducción se calque en acciones sin objetivos claros y normalice una polarización incompetente para destrancar el juego.

Decía Don Quijote al galeote que “quien canta sus males espanta”. Así que, aunque estamos mal, como lo indica el empate apropiadamente calificado de catastrófico, no hay que asustarse ni acudir a fugas que nos hundan más en la tragedia nacional que somos.

Hay que repensar al país y formular una estrategia que supere la lógica bipolar asumida como ley inmodificable. Ello exige una comprensión de Venezuela que sólo puede provenir de una fuerza intelectual capaz de proponer y sustentar un proyecto civilizatorio, justo y socialmente avanzado de país a la altura de las revoluciones que impulsan al mundo actual.

Lea también: Señales de una tragedia, por Javier Ignacio Mayorca

Todos, el país entero quedará encunetado en la crisis si nos refugiamos en las trincheras emocionales, prisioneros del afán por ser vencedores únicos y cultores de un hegemonismo que calcule un final apocalíptico donde una de las partes sea exterminada.

Reconquistar la democracia, enderezar la economía y recomponer las relaciones sociales no es tarea exclusiva de una brigada de héroes sino de líderes políticos con responsabilidad, sentido de país y noción de futuro. Tres valores poderosos deben inscribirse en sus banderas: verdad, justicia y solidaridad.

Es la vía para situarse en una perspectiva que permita contar con un proyecto de país avalado parcialmente por fuerzas hoy rivales, pero compartido por la mayoría social que aún no encuentra la versión de cambio que lo atraiga y convenza.

La autonomía de pensamiento necesaria para salir de la trampa de la polarización sectaria. Una actitud que solo puede provenir de un tercer lado, no para competir o sustituir a los partidos, sino para influir, exigir y corregir a la élite política que se pierde en pequeñas jugadas.

Ese lado intenta expresarse, de diversas formas, en el terreno de la opinión y en la elaboración de propuestas y respuestas prácticas. Puede moderar el enfrentamiento chocón, ofrecer puntos de equilibrio, construir espacios despolarizados y hay que decirlo sin temor: ayudar a que emerja una sociedad y una cultura cívica en la que puedan competir y coexistir los contendores que hoy se destruyen.