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De Bolivia a Venezuela, usurpación y cohabitación

 

La de Bolivia puede ser la historia virtuosa, lo sabremos en noventa días. En Venezuela, no obstante, las incógnitas son más fuertes

venezuela bolivia
Desde la conformación del gobierno interino de Guaidó, nunca ha estado el país más lejos que ahora de la tan ansiada redemocratización. (Foto: Twitter Juan Guaidó)

Una lección de la crisis boliviana es que la institución del sufragio vive y goza de buena salud en América Latina. Es cierto que la región tiene un alto nivel de tolerancia a las artimañas usadas para la perpetuación en el poder, incluso la reelección indefinida como Evo Morales. No obstante, los liderazgos deben revalidarse en las urnas.

Ninguna sociedad otorga un cheque en blanco para dicha perpetuación. El quimérico líder imprescindible debe ganar elecciones “libres, justas y transparentes”, según reza la fórmula de estilo. El fraude electoral activa los anticuerpos de la democracia latinoamericana.

Con lo cual, cuando Evo Morales se proclamó vencedor en la noche del 20 de octubre —robándose la elección, justamente— estaba convirtiéndose en un usurpador del poder. Tanto que ni siquiera pudo llegar a cumplir su mandato constitucional vigente. Es el añejo tema de la legitimidad de origen.

Esto nos lleva a Venezuela. Cuando Maduro se robó la elección del 20 de mayo de 2018, recibió unánime repudio. El fraude fue documentado por Smartmatic, la empresa que procesó los datos y demostró que los resultados oficiales fueron inflados. El “vencedor” había sido la abstención.

De ahí que la Asamblea Nacional de Venezuela y el Tribunal Supremo de Justicia Legítimo, ambos cuerpos elegidos de acuerdo a la letra constitucional, declararan la nulidad de dichas elecciones. Lo propio hicieron la mayoría de las naciones democráticas y la OEA, cuya Asamblea General emitió una resolución el 5 de junio de 2018 desconociendo dicha elección.

El 10 de enero de 2019 concluyó el periodo presidencial de Nicolás Maduro iniciado en 2013. Ante el vacío institucional, la Constitución de Venezuela obligó al Poder Legislativo a asumir funciones del Ejecutivo de manera interina en la figura del presidente del cuerpo, el diputado Juan Guaidó, a la postre Presidente Encargado. Maduro continuó en Miraflores, sin embargo, usurpando el poder, precisamente.

Así se planteó la estrategia que lograría la redemocratización del país: “cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres” en ese orden. La secuencia por la certeza que cualquier elección bajo Maduro volvería a producir un fraude y que un gobierno de transición formado por la Asamblea Nacional debía antes reorganizar el sistema y el Consejo Nacional Electoral para garantizar elecciones limpias. Lo cual requería un cierto tiempo.

Ello recibió masivo apoyo en Venezuela y en el exterior, 60 democracias alrededor del mundo. Recuérdese la gesta humanitaria en Cúcuta el 23 de febrero. El optimismo era generalizado. Quienes estuvimos allí pensamos que detrás de los camiones que llevaban medicinas y alimentos ingresarían la libertad y la democracia.

Nótese que ello no es muy diferente hoy en Bolivia. En lo conceptual es idéntico: el gobierno de transición con base parlamentaria debe convocar a elecciones libres bajo una autoridad electoral diferente, no la que produjo el fraude del 20 de octubre. Y ello en el menor tiempo posible. Se habla de noventa días para resolver la crisis política y estabilizar el país. Ojalá que así sea.

Regrese el lector a Venezuela conmigo, pues allí ya pasó casi un año. Desde la conformación del gobierno interino de Guaidó, nunca ha estado el país más lejos que ahora de la tan ansiada redemocratización. Al punto que los mismos partidos que propusieron la secuencia en cuestión hoy están relegitimando la dictadura. De hecho, la presidencia interina de Guaidó ha pasado del fin de la usurpación a la cohabitación.

Primero, la Asamblea Nacional acordó con el PSUV, partido de Maduro, crear una comisión preliminar para reorganizar el Consejo Nacional Electoral de manera conjunta. Han surgido así nombres de nuevos rectores propuestos con tal propósito, lo cual daría la apariencia de una normalización. Apariencia debido a que dichas elecciones ocurrirían con Maduro en el poder.

Nada dijo esta comisión acerca del necesario rediseño integral del sistema electoral, el registro, el mapa distrital, las diversas inhabilitaciones y la exclusión de los venezolanos en el exterior, votos opositores por definición. Todo ello es condición necesaria para que las elecciones tengan un mínimo de credibilidad.

Dicha comisión preliminar descansa sobre un segundo punto: el regreso del PSUV a la Asamblea Nacional, decisión aparentemente acordada en el hermético diálogo de Oslo y Barbados. Considerando que un tercio de los diputados opositores no asisten a sesiones por estar encarcelados, perseguidos, exiliados, asilados o por carecer de los medios para viajar desde sus regiones, el regreso del bloque chavista podría producir un nuevo equilibrio parlamentario. Equilibrio a favor del régimen, esto es.

El tercer elemento en este nuevo escenario es el intento de reorganización del Tribunal Supremo de Justicia Legitimo que funciona en el exilio. Nombrados por la Asamblea Nacional en 2017, es ahora la misma Asamblea la que presiona a los magistrados con un simple objetivo: neutralizar las opiniones y fallos del Tribunal que incomodan al régimen de Maduro y a su nuevo acuerdo electoral en ciernes. Ello redundaría en beneficio del TSJ de Caracas, usurpador también de acuerdo a la norma constitucional.

Así las cosas, Maduro podría retomar control de tres arenas institucionales claves: la electoral, la parlamentaria y la judicial. Se produciría una relegitimación del régimen, paradójicamente con la ayuda de la conducción del Parlamento, es decir, de Juan Guaidó. La comunidad internacional, que invirtió recursos y energía política en el fin de la usurpación, ya está en alerta ante semejante despropósito.

En definitiva, tanto en Bolivia como en Venezuela se trata de definir la sanción política adecuada para quien se roba una elección, o sea, quien usurpa el poder. La de Bolivia puede ser la historia virtuosa, lo sabremos en noventa días. En Venezuela solo sabemos que es improbable, sino imposible, que ocurra el fin de la usurpación con colaboracionismo y cohabitación.

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EDITORIAL: la región paga el alto precio de no haber detenido a tiempo al monstruo rojo

 

Habría que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los latinoamericanos estamos en presencia de un peligroso reordenamiento de las mayores amenazas que esta región ha vivido en los últimos sesenta años

SANTIAGO (CHILE), 20/10/2019.- Soldados patrullan este domingo, por las calles de Santiago (Chile).  EFE/Elvis González

«El plan va perfecto. Ustedes me entienden. Todas las metas que nos planteamos en el Foro de São Paulo se han realizado. Vamos mucho mejor de lo que pensábamos», ha dicho Nicolás Maduro mientras toda la región arde en disturbios y saqueos. Se trata del dictador de Venezuela asumiendo parte de la responsabilidad de la tragedia que ha sumido a Latinoamérica en caos. Es el criminal reconociendo sus crímenes.

Pero no se trata de nada nuevo. Es una receta, raída y desgastada, en muchos casos fracasada, que se ensayó una y otra vez en la región con el propósito de entorpecer el avance de millones hastiados del tercermundismo.

Se alzaba la sensación de que de este lado, el mundo no quería avanzar y jamás lo haría. Que se apegaba rabiosamente a vivir una ilusión y que ante cualquier gesto de sinceridad, reaccionaba con los puños y el fuego. Una región primitiva. Tosca y atrasada.

Pero realmente, aquello solo era una fachada. Detrás de los movimientos «espontáneos» y que presuntamente obedecían a la voluntad romántica de los pueblos, que ahora se reivindicaban frente a los opresores de siempre, lo que ciertamente existía era una agenda bien diseñada. Milimétricamente armada desde La Habana.

En 1982, en Ecuador, regido por el Gobierno conservador de Osvaldo Hurtado, se implementaron ajustes económicos tutelados por el Fondo Monetario Internacional. Las medidas derivaron en fuertes protestas. Disturbios y saqueos. Otras revueltas azotaron a México en 1981 y a Perú en 1982 cuando se impuso el «Paquetazo fondomonetarista», como llamó la izquierda a las medidas de Balaúnde. Costa Rica lo sufrió e igual el presidente João Baptista de Oliveira Figuereido, cuando políticas de austeridad sugeridas por el Fondo Monetario provocaron un estado de sitio y represión en Brasil. Alfonsín en Argentina lo vivió y años después, en un arrebato de honestidad, la misma expresidente Cristina Fernández de Kirchner, hoy candidata a la vicepresidencia, confesaría: «Yo quiero ser absolutamente sincera (…) este es un manual de instrucciones políticas para saqueo, violencia y desestabilización de Gobiernos y tiene su historia (…) Y la verdad es que tampoco fueron muy espontáneos aquellos saqueos que terminaron, sí, muy mal, y que obligaron la salida anticipada del doctor Alfonsín (…) Todos sabemos que fueron provocados».

Al respecto, en un importante artículo, la investigadora y escritora venezolana, Thays Peñalver, escribió: «Por primera vez en la historia se develaba que los movimientos terminados en “azo” (…) no eran otra cosa que el contenido de un manual de agitación comunista y quien lo reconocía era nada menos que una presidenta que lo había utilizado, revelando además que ese ‘manual’ existía en Argentina desde la década de los ochenta».

La agenda se importó a República Dominicana bajo la presidencia de Jorge Blanco en 1984 y, un tiempo después, Fidel Castro diría:

«Ya ha habido algunos estallidos sociales, porque en Santo Domingo se produjo un estallido social; no un estallido catastrófico todavía para el sistema, pero se produjo un estallido social. Cuando el Fondo Monetario obligó al Gobierno de Santo Domingo a aplicar determinadas medidas, se produjo lo que pudiéramos llamar una insurrección espontánea en República Dominicana. El gobierno se vio en la necesidad, en la muy triste y muy censurable necesidad, de lanzar las tropas, los soldados y la policía contra el pueblo, de asesinar a más de 100 personas. No crean que eran revolucionarios: eran hombres, mujeres, adolescentes, amas de casa, gente sencilla del pueblo, que se lanzaron a la calle espontáneamente».

Luego, concluiría: «Es probable y posible que un estallido social derive hacia una revolución, y entonces he dicho en algunas de esas entrevistas: estallidos sociales generalizados de carácter más bien revolucionario». (en este enlace, la fuente de algunas de las referencias)

Estallidos que deriven en una revolución. A los adalides de la izquierda, como lo fue Fidel Castro y lo es hoy, en proporciones muy menores, eso sí, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se les hacía difícil resguardar la confidencialidad del libreto. Ya no es un secreto, ni puede apuntarse como teoría de histéricos, que muchos de los movimientos sociales que han marcado la historia americana con sangre y fuego, jamás fueron espontáneos sino que obedecieron a los esfuerzos del castrismo por subvertir a la región.

Venezuela, particularmente, sufrió el monstruo de una forma letal durante los últimos días de febrero de 1989. El episodio, conocido como El Caracazo, que dejó un terrible saldo de más de 250 muertos y cientos de miles de dólares en pérdidas por los saqueos y disturbios, fue el primer gran golpe que padeció el legítimo Gobierno de Carlos Andrés Perez, dispuesto y obstinado en su voluntad de alejar a Venezuela del modelo rentista y acercarla a la modernidad.

El Gobierno de Pérez, que había sido electo 83 días antes por el 52,89% de los votos, jamás se recuperó y las manifestaciones, enturbiadas por el ruido inherente a la presencia de caribeños con francotiradores en los barrios de Caracas, funcionaron de hervidero para que años después la democracia venezolana resistiera dos embates armados por parte de militares golpistas afines a La Habana.

Fidel Castro ya no está, pero la franquicia se mantiene viva y fuerte. Ya no monopolizada por el Foro de São Paulo sino ahora en manos también del incipiente Grupo de Puebla, compuesto por los enemigos naturales de la libertad en las Américas.

No es casualidad que hoy arda Chile luego de un gesto de honestidad por parte del Gobierno de Sebastián Piñera y luego de que el canciller chileno propusiera medidas más tajantes frente al régimen de Maduro, como un bloqueo naval. Tampoco que ya se haya incendiado Ecuador y que ambos estallidos sean respaldados por los comunistas y la izquierda latinoamericana. No lo es el burbujeo en Perú y que en México los narcos se articulen con el Estado para someter a la población desamparada. Luego de una amplia historia de conspiraciones e incesante conflicto por parte de la izquierda para plagar al continente de agitadores y subversivos, habría que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los latinoamericanos estamos nuevamente en presencia de un peligroso reordenamiento de las mayores amenazas que esta región ha vivido en los últimos sesenta años.

No solamente ha sido honesto Nicolás Maduro. El segundo hombre del chavismo, y capo venezolano, Diosdado Cabello, también ha tenido un momento de franqueza en medio de este caos. Al cierre de una marcha realizada por simpatizantes del Partido Socialista Unido de Venezuela, Cabello dijo: «Lo que está pasando en Perú, Chile, Argentina, Honduras es apenas la brisita y viene un huracán bolivariano. Nosotros no estamos aislados en el mundo, por el contrario, Venezuela cada día está más consolidada».

Con respecto a las confesiones de altísimo nivel en el chavismo, la secretaría general de la Organización de Estados Americanos publicó un oportuno comunicado:

«Las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse, no a través de un proceso de reinstitucionalización y redemocratización, sino a través de su vieja metodología de exportar polarización y malas prácticas (…)

Las ‘brisas bolivarianas’ a las que ha hecho referencia [Cabello] han traído desestabilización, violencia, narcotráfico, muerte y corrupción (…)

Las brisas bolivarianas no son bienvenidas en este hemisferio»

En el PanAm Post respaldamos cada una de las palabras del agudo comunicado de la secretaría general de la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, agregamos: la región está pagando el alto precio de no haber detenido a tiempo al monstruo rojo. Urge tomar acciones para neutralizar el tumor bolivariano, que ya se ha esparcido y amenaza con volver a teñir de rojo a toda Latinoamérica.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

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El nuevo muro socialista es el muro mental de la idiotez

 

El muro de la vergüenza ya no está en Berlín, sino en las mentes de quienes aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil

muro de berlín
Muro de Berlín. (Foto: Flickr)

Conmemoramos 30 años de la caída del muro de Berlín. Y olvidamos fácilmente que no cayó, fue derribado. Institucional y físicamente por los berlineses orientales que escucharon asombrados en TV –en rutinaria conferencia de prensa– al vocero oficial del gobierno anunciar –entre otras cosas– que las restricciones fronterizas cesarían  a pregunta ¿Cuándo se levantarán las restricciones? El asombroso “con efecto inmediato”. Era lo que decían sus notas oficiales, y así las leyó.

Tan enormes eran esas multitudes de alemanes (que poco antes protagonizaban enormes manifestaciones contra su gobierno), que sus angustiados tiranos, sabiendo que Moscú no enviaría sus tanques, debieron abstenerse de reprimirlas como deseaban. Temían que todo se les fuera de las manos –ya se les había ido de las manos– llegando al levantamiento, como los aplastados por el ejército soviético en Hungría y Checoeslovaquia –y a menor escala en Berlín oriental– décadas atrás. Estaban aterrados porque esta vez “Moscú no enviará los tanques”.

Los guardias de frontera nada sabían. Nadie les informó del “con efecto inmediato”. Contenían masas que exigían atravesar, mientras observan que incluso los berlineses occidentales se daban por enterados del “con efecto inmediato”. Sus oficiales sabían que “Moscú no enviará los tanques”. Ordenaron levantar las barreras. La RDA desapareció en paz. Agentes del aparato de represión y propaganda abandonaban sus puestos y millones de alemanes celebraban asombrados el fin de una pesadilla.

El fracaso del socialismo no lo evidenció la caída del muro, sino la necesidad de construirlo. No como barrera ante el exterior, sino como cárcel de sus súbditos. Al muro lo derribó la inviabilidad de la economía socialista, que colapsó al imperio soviético entero. Pero el principio del fin del poder soviético lo adelantan Reagan, Kohl, Thatcher y la autoridad moral de Juan Pablo II y quien decidió que “Moscú no enviará los tanques”. A Gorbachov le conocí en México en 2012. Un comunista decepcionado, que había entendido que aquello era insostenible y buscaba la manera de evitar que terminara en otro baño de sangre. Creyó inicialmente que reformas políticas y económicas serían suficientes. Aunque conocía bien las fuerzas internas –y externas– contra cualquier reforma, no podía imaginar que terminaría como terminó. Explicaba que fácilmente pudo ser mucho peor.

Decía que sus antiguos camaradas –y algunos nacionalistas rusos– le reclamaban que “había entregado todo”. Se preguntaba retóricamente «¿qué entregué? ¿Polonia a los polacos? ¿Alemania a los alemanes? ¿Hungría a los húngaros?». Y, no olvidemos, «Rusia a los rusos». Agregaba que, aunque no hay alternativa si de paz y prosperidad se trata, «la libertad es difícil, está llena de desafíos, responsabilidades y peligros». Entregó en paz –hasta donde pudo– el imperio a los pueblos que sojuzgaba. Ciertamente, la libertad es difícil. Lo que unos y otros lograron o no hacer con ella, fue del éxito fulgurante –Estonia– a la agridulce decepción –la propia Federación Rusa– y el sangriento renacimiento de antiguos odios, postergados pero no olvidados –Yugoeslavia–.

El muro fue derribado. Una intelligentsia occidental que va mayormente de intelectuales comprometidos a tontos útiles lloraba su caída, abierta o ocultamente, como lloraron el colapso del imperio soviético. Pero siguieron en lo suyo porque un efecto extraordinario –impredecible e involuntario, pero apreciado y bien aprovechado– del agitpro global soviético fue la hegemonía cultural de esa intelectualidad socialista –en sentido amplio– sobre Occidente. Como comentaba en la columna anterior, que la bestia pensara por sí misma, y no respondiera inmediatamente a órdenes de sus asombrados creadores, no impidió que fuera manipulable desde dentro por un núcleo de estricta obediencia soviética. Los intelectuales comprometidos.

Siguieron como siempre. Y como siempre pensaron «qué hacer», ansiosos de reconstruir el imperio perdido. Y de construir un nuevo e indestructible muro contra la idea misma de libertad. Y lo han construido. No tanto en aquellos países que, como el mío, lograron someter a su nuevo totalitarismo mediante los activos despojos del aparato internacional soviético. En Iberoamérica, dirigidos por un totalitarismo soberano que en su miseria, represión y adoctrinamiento, seguía en pie, y, finalmente, de su cuenta. Pero no me refiero tanto a ese muro más legal que físico, sino al que levantó en demasiadas mentes la hegemonía cultural socialista en sentido amplio, dentro del que sueñan con destruir al capitalismo, y otros con rehacer sobre miseria y cenizas el imperio perdido.

Es el muro de la idiotez levantado en las mentes de una o dos generaciones –de la mayoría, no de la totalidad– que aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil –violenta por demás– anclarse en el resentimiento envidioso, tornarse histéricamente intolerantes a la mera existencia de la mínima diferencia ante sus absurdos dogmas. Y en resumen, a exigir materialmente todo a cambio de nada, como su supuesto “derecho humano” fundamental. Es un muro de ideas, no de concreto y acero. Ideas profundamente erróneas, que se pueden resumir la más absurda creencia: que el simple hecho de existir les otorga el derecho a exigir una plétora interminable de lujosos bienes y servicios que ni han producido, ni podrían producir. Ni desean trabajar para pagar. Y que todos su el confort y el consumo se los debe el mundo como un derecho. A cambio del que nada deberían entregar. Excepto su propia libertad. Y la de todos.

Es el muro en la mente del idiota Y no es accidente. Una cosa es que pidan lo imposible. Y en ese sentido su triunfo sería su fracaso. Otra que quienes los convencieron de que era posible, no pensaban que lo fuera, porque no son idiotas sino malvados –en el sentido de Cipolla–. Pensaban –con razón– que convencerlos de lo imposible los transformaba en arma ciega de destrucción que crearía condiciones para establecer uno tras otro, nuevos totalitarismos. Paso, a paso. Casi inadvertidamente. Rehaciendo al perdido imperio. Y tras su nuevo muro, en eso están.

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Esto es lo que propongo para salir de la tiranía de Maduro

 

Necesitamos evidenciar ante el mundo que Maduro es una amenaza de seguridad y que la única salida es militar; además, debemos hacer concesiones económicas a los aliados

Maduro y el chavismo ha demostrado en infinitas oportunidades que no saldrá por una vía pacífica o negociada del poder. (EFE)

«¿Y tú que propones?» Esta pesada pregunta se la han hecho a todo el que de forma racional se encuentre insatisfecho, frustrado y molesto por el hecho de que tras 20 años, debamos continuar arrastrados a los caprichos de un grupo de tiranos socialistas que ha destruido nuestro país.

El «¿y tú que propones?», puede considerarse para muchos una ofensa, pues no todos los ciudadanos tienen la responsabilidad de responder o ubicar una manera de salir de la tiranía, sin que eso les quite el derecho a protestar contra una “oposición” que cuenta con individuos que han sido señalados de compartir negocios sucios con la tiranía, y que además han salido a pedir diálogos cada vez que Maduro y Cabello están a punto de abandonar el barco.

Sin embargo, un buen grupo de ciudadanos sí hemos propuesto salidas a la desgracia. Miles de venezolanos hemos propuesto formas para salir de los criminales que ocupan Miraflores, pero la dirigencia opositora no ha escuchado, o no ha querido escuchar, lo cual no deja de ser sospechoso. Ya la tiranía ha demostrado una y otra vez, durante más de dos décadas, que no dejarán el poder por las buenas. De hecho, lo repiten casi a diario, por lo que pensar o proponer nuevas elecciones raya en el colaboracionismo absoluto.

No obstante, a pesar de que a diario se escribe al respecto, siempre aparece el que quiere hacerse pasar por incauto, o deliberadamente no quiere ver la realidad para preguntarte, «¿y tú qué propones?»

Pues bien, este conciso artículo es para explicar lo que propongo, no solo yo, sino cientos de ciudadanos venezolanos que hemos pedido darle prioridad al TIAR y a la necesidad de invocar una cooperación militar. Por favor, siéntase libre de compartir este corto escrito cada vez que alguien le diga: «¿Y tú qué propones?», por el simple hecho de mostrar su frustración al ver que el chavismo sigue dominando nuestras vidas tras 20 años.

Meses atrás escribí que Guaidó nada tenía que hacer en Venezuela, que nada logra en Caracas agitando marchas y diciendo que Maduro está derrotado y aislado, comenzando por el simple hecho de que esto es falso y solo es un discurso populista. Desde hace tiempo que Juan Guaidó debió haber partido al exilio, preferiblemente a Estados Unidos, a negociar directamente con los aliados la liberación del país.

Ahora bien, es cierto, Trump ha mostrado los últimos meses poca determinación para intervenir Venezuela; esto se debe en gran parte al fiasco del 30 de abril y la desconfianza que surge en la coalición “opositora” actual que le vendió a los Estados Unidos la idea de que con la sola presión, Maduro desertaría. Esto no ocurrió y marcó uno de los principales fracasos en política exterior de Trump. Tras esto, Estados Unidos ha mantenido respaldo al gobierno interino, y deben hacerlo, pues Maduro es uno de sus principales enemigos, pero esto no quiere decir que el respaldo sea unánime hacia la figura de Juan Guaidó. El respaldo es a la presidencia de la Asamblea Nacional, que hoy recae en Guaidó, pero mañana podría ser otro.

Mi propuesta y la de muchos venezolanos en el corto plazo es simple: el presidente de la Asamblea Nacional y, por ende, el presidente encargado de Venezuela, debe en primer lugar declarar abiertamente que de la tiranía de Maduro no se puede salir con elecciones, y que su estancia en el poder es un riesgo de seguridad enorme para toda la región, tal como se comprueba con lo ocurrido recientemente en Chile, Ecuador y Colombia, sumado a sus ya conocidas alianzas con los grupos terroristas árabes y el financiamiento y soporte a las guerrillas paramilitares colombianas.

Es menester evidenciar que Maduro dejó de ser hace tiempo un problema solo de los venezolanos, para que el mundo comprenda que es una amenaza global, que se apoya a su vez en aliados internacionales que están dispuestos a destruir lo que haya que destruir para expandir sus dominios. El discurso en ese sentido tiene que ser punzante, constante, aguerrido y pedir abiertamente una ayuda militar que saque a los usurpadores de Miraflores.

En segunda instancia, quien comande el pedido de ayuda militar, debe a su vez justificar la inversión tanto monetaria como militar, de las fuerzas que vayan a imponer el orden en Venezuela. Donald Trump dijo durante su campaña que Estados Unidos no volvería a participar en guerras que no fueran lucrativas para su país. En ese sentido, debe prepararse un plan que otorgue a los países que colaboren con tal propósito, incentivos para su intervención. ¿A qué me refiero con incentivos? El gobierno interino debe otorgar las concesiones comerciales, contratos y garantías, de que los países que presten sus fuerzas para liberar a Venezuela, tendrán preferencia y ciertas exclusividades en la explotación comercial de petróleo y otros recursos minerales venezolanos, además de privilegios tributarios para futuras inversiones en el país, en diferentes campos económicos, incluidos el turismo, hidrocarburos, entre otros.

La tercera fase es insistir en los planteamientos. Presentar las propuestas, conversarlas, iniciar una campaña mundial, visitando los parlamentos de los países que reconocen al gobierno interino, para hablar a favor de la necesidad de intervenir militarmente en Venezuela y acabar no solo con la tragedia de los venezolanos, sino con la amenaza regional y mundial que representa la tiranía de Maduro.

Cuarta fase: finiquitar las negociaciones y anunciar la arremetida militar. En ese escenario pueden pasar dos cosas: la más probable, finalmente los miembros de la dictadura desertarán asustados, o habrá enfrentamientos hasta acabar con Maduro. Yo en lo personal, no creo ni que se tenga que disparar una bala. Considero que la sola aparición de los componentes dispuestos a la intervención hará que Maduro y compañía abandonen el barco, pero la amenaza tiene que existir, y lo que es más importante, debe haber realmente la capacidad y la intención de usar la fuerza si los tiranos deciden no rendirse.

¿Será fácil? Seguramente no. ¿Será sencillo convencer a los países? No lo sabemos. Por tal razón es necesario que las acciones arranquen de inmediato. El discurso que pida una coalición militar. Y que a su vez, los lobistas y negociadores comiencen a brindar a los gobiernos las concesiones comerciales que les permita meditar la intervención y asumir los costos de la guerra, sabiendo que al cabo de un par de años tendrán su inversión devuelta con creces y una región más segura.

A mí realmente no me interesa si estas acciones las ejecuta Guaidó, algún miembro de la fracción 16—J, Borges, María Corina o fulano el de la esquina, lo que me interesa es que se realice y saquemos al chavismo de nuestras vidas para siempre. Y, por supuesto, cualquiera que evite o detenga las verdaderas acciones que pudiesen permitirnos salir de la tiranía, tendrá mi repudio, llámese como se llame. Por ende, si Juan Guaidó quiere recapacitar y hacer las cosas bien, bienvenido sea, si por el contrario no pretende hacerlo, lo mejor es que se haga a un lado.

¡Eso es lo que propongo, o mejor dicho, eso es lo que proponemos miles, millones de venezolanos!

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ALFREDO MICHELENA: El mundo se une contra Maduro, ¿y nosotros?

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El mundo se une contra Maduro, ¿y nosotros?

Por Alfredo Michelena

Maduro sigue en el poder, pero también siguen en ascenso  la presión internacional y las sanciones.  Como es sabido, el objetivo de estas sanciones, sean hacia individuos o hacia el régimen, es debilitarlo y contribuir a llevarlo a la mesa de negociación a fin de que al final tenga que aceptar unas “elecciones libres y justas”.

Esto último ha sido confirmado por el Grupo de Contacto, integrado fundamentalmente por gobiernos europeos y latinoamericanos, un tanto independientes del Grupo de Lima.

El Grupo de Contacto pide “elecciones presidenciales creíbles con observación internacional, reinstitucionalización de los poderes públicos y garantías que permitan la coexistencia política”.  Este grupo exige, además, que las partes “regresen a una negociación creíble, representativa y seria sobre la base de la agenda original y de las últimas propuestas presentadas bajo la facilitación noruega”;  descarta las negociaciones de la “mesa nacional”, creada por el régimen y un grupúsculo de partidos que se consideran opositores; y  asegura que “la crisis sistémica no se resolverá sin elecciones democráticas, sin el respeto de los derechos de la Asamblea Nacional, y sin el retorno a un sistema independiente de controles y contrapesos”.

Los de la Mesa Nacional protestaron y Guaidó reafirmó que ya había una propuesta sobre la mesa. Recordémosla: creación de Consejo de Gobierno de Transición, donde no participaría ni él ni Maduro, y que terminaría con unas elecciones “libres y justas”; acción inmediata de organismos internacionales para palear la crisis humanitaria y el ingreso inmediato de la ayuda internacional; y la liberación de los presos políticos.

Adicionalmente, viene un aumento de sancionados venezolanos por la Unión Europea, como lo anunció el próximo responsable de la política internacional del grupo y lo pide el senado francés. También los europeos junto a Naciones Unidas realizaron una conferencia sobre el tema de las migraciones de venezolanos y lograron recoger  unos US$130 millones. Además, nuevos países europeos, fuera de la Unión,  se han incorporado a las sanciones.

Por su parte, los miembros del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) están preparando listas de asociados del gobierno de Nicolás Maduro que pueden estar sujetos a sanciones por los miembros del grupo como ya se comprometieron a anunciarlas.

En cuanto al   Grupo de Lima, que se reunirá en Brasil, viene con nuevas ideas para forzar a Maduro a permitir elecciones y coordinar con el Grupo de Contacto, en especial en cuanto al  tema electoral.  Este grupo de países americanos, que ha resentido la ausencia de México y ahora de Argentina, seguramente incorporará a dos nuevos socios: El Salvador y Ecuador, y a mediano plazo pudiera incorporarse Uruguay.

La lucha en el frente internacional sigue sin pausa, perdiendo y  ganando espacios. Así las cosas. Es imperativo que la presión interna aumente significativamente en Venezuela. Guaidó ha convocado una marcha para el 16 de noviembre y ella debería ser clave para replantear la lucha doméstica y mostrar al mundo que Venezuela está con ellos, como ellos han demostrado que están con el pueblo venezolano.

Lamentablemente, mientras en el mundo internacional aumenta la presión y se suman nuevos países, en Venezuela la campaña anti-Guaidó sigue su marcha impulsada por el castrochavismo y algunos “tontos útiles” y otros más bien “vivos, vivísimos”,  que quieren pescar en río revuelto. Pero también los hay que no entienden o no quieren entender, en su irredentismo, que estamos en la coyuntura del apoyo inteligente. Es decir, no es momento de profundizar tonalidades, que las hay. El país está dividido en dos grandes fuerzas: la que lidera Guaidó y la que lidera Maduro. Se debilita o apoya a Guaidó, o se debilita o apoya  a Maduro. No hay medias tintas.

Se decidió que Guaidó será el presidente interino de Venezuela hasta el cese de la usurpación. Él, en su doble carácter de presidente de un cuerpo colegiado y de presidente interino, es reconocido como el líder de la Venezuela democrática por la comunidad internacional.  Y necesita de todo nuestro apoyo para mantener esa coalición y dirigir la presión interna hacia el régimen. No tratemos de sacarle punta a una bola de billar.

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Evo Morales, el nuevo Maduro de la región

 

Los bolivianos deben tener claro que no hay esperanza afuera, podrán morir de hambre y llegar a la pobreza más extrema, viviendo en el peor de los infiernos, y nadie los ayudará

Evo Morales, el nuevo Maduro de la región (PanamPost)

Hay un nuevo Maduro en la región.

Lo que vemos en Latinoamérica por estos días es el desarrollo de una increíble tragedia. Cuando la región intenta lidiar con una crisis migratoria sin precedentes, con las amenazas de guerra de Maduro y Diosdado Cabello y, en general, con las nefastas consecuencias de tener un país vecino en el que manda un tirano, aparece otro socialista a proclamarse rey y señor de todo cuanto hay en Bolivia.

Ya no hay vuelta atrás, por lo menos no en materia de formalidades. Evo hace rato pasó esa línea. No le importa que le digan tirano, no le importa que le acusen de robarse las elecciones, él ya decidió ser el nuevo Maduro de la región.

Está en el poder desde el 2006, lleva 13 años siendo «presidente». La Constitución de Bolivia dice que solo es posible reelegirse una vez de manera consecutiva, el líder cocalero ya fue reelegido dos veces. Y si contamos las últimas elecciones —las que se robó— hablamos de tres reelecciones consecutivas.

En el 2016 Morales decidió hacer un referendo para preguntarle a los bolivianos si querían que participara una vez más en las elecciones, a pesar de toda la trampa que seguro hizo, perdió el referendo y «el pueblo» dijo que no quería tenerlo de nuevo al mando. No le importó, igual se presentó a las elecciones.

Que violando la Constitución, y saltándose el resultado del referendo, haya podido estar en el tarjetón de los pasados comicios, ya dejaba clarísimo qué tan comprada tiene a la justicia y a las autoridades electorales. Lo que pasó el 20 de octubre, entonces, no fue más que la desembocadura lógica de lo que Evo venía haciendo hace ya mucho.

Era evidente que se quería quedar en el poder a como dé lugar. Entonces fue a las elecciones y cambió los resultados. Todo con el acostumbrado descaro y las mismas técnicas sucias de los socialistas. Al inicio del conteo la diferencia entre Morales y Carlos Mesa era estrecha, daba para una segunda vuelta. Pero luego se detiene el conteo de votos durante más de 20 horas —sin ninguna explicación— y al  reanudarse, el líder cocalero tenía los votos suficientes para ganar en primera vuelta.

Muchos bolivianos han sido valientes y desde el 20 de octubre, día de las elecciones, no han parado de trabajar intentando sacar a Morales. Específicamente en La Paz las manifestaciones son enormes a pesar de la brutal represión que ya deja varios muertos.

El pasado 31 de octubre en esa ciudad se llevó a cabo un cabildo multitudinario. Diferente a lo que ocurre en otros países en los que la palabra «cabildo» hace referencia a una gente que de manera informal se reúne, en Bolivia el cabildo está considerado en la Constitución como una forma «directa y participativa» de ejercer la democracia. Los cabildos «tendrán carácter deliberativo», dice la Carta Magna de ese país.

Los cabildos y las manifestaciones ya han dejado logros importantes, como la renuncia del vicepresidente del Tribunal Supremo Electoral. En el cabildo histórico del 31 de octubre en La Paz se decidió «mantener la lucha hasta la renuncia del presidente Evo Morales». Así como rechazar la segunda vuelta y la auditoría a las elecciones por ser una «maniobra distraccionista (sic) para desmovilizar la lucha del pueblo y mantener a Evo Morales en el poder». Finalmente piden en la resolución de ese día nuevas elecciones para el 15 de diciembre, sin la participación de Morales.

Parece que la gente de los cabildos no solo está bien organizada sino que tiene claro el camino a seguir. La auditoría de la OEA a las elecciones de Bolivia constituye un insulto a los millones de bolivianos que han sido engañados por un tirano, pero sobre todo es una ayuda a Morales para que gane tiempo y la gente en las calles se canse y desanime.

Ahora bien, a pesar de que hay liderazgos, ideas claras y disposición, las formas de la izquierda son violentas y sin vergüenza. Han pasado apenas un par de semanas desde que se llevaron a cabo las elecciones y la oposición está bien organizada, habrá que ver qué pasa. Pero hablando de un tirano que decidió robarse unas elecciones de manera tan descarada, y pasar por encima de la Constituciòn, las posibilidades de que se vaya del poder sin el uso de la fuerza son pocas.

El camino más claro para la salida de Evo está, entonces, en los militares. Y ese, afortunadamente, parece ser el punto de la estrategia castro-chavista en el que el líder cocalero ha fallado. Tiene comprados a los altos mandos pero eso no será suficiente para enfrentar un posible alzamiento de la mayoría de miembros de las Fuerzas Militares provocado por la presión organizada de la sociedad civil.

A nivel internacional Morales no podría contar con un mejor ambiente. La «brisita bolivariana» recorre todos los países de la región logrando cosas tan increíbles como que Sebastián Piñera, el presidente de Chile, pida perdón a quienes incendiaron la capital. Y que los medios, que en general son de izquierda, llenen las primeras páginas de falsas historias sobre supuestas luchas sociales y mayorías que despiertan y piden socialismo.

Además de eso, tristemente, con lo que ocurre en Venezuela ha quedado claro que un tirano en Latinoamérica puede hacer lo que quiera, y lo máximo que recibirá de la comunidad internacional es una lluvia de comunicados. Evo no tiene nada que temer a nivel internacional.

Este sería el momento indicado para que los líderes de la región reaccionen y hagan un frente común contra el socialismo, que condenen con contundencia a personajes como Evo y que instauren sanciones efectivas, pero el único capaz de hacer eso en este momento es el presidente de Brasil.

Entonces, los bolivianos tienen que tener claro que no hay esperanza afuera, que podrán morir de hambre y llegar a la pobreza más extrema, viviendo en el peor de los infiernos, y nadie los ayudará. Que eso les aliente y les dé el ánimo para luchar por lo que todavía pueden conseguir.

 

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Publicado en Internacionales,, Nacionales, OPINIONES

Caos (rojo) con olor a gasolina (verde)

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La burocracia se trago al gobierno. En consecuencia, devino en un exagerado y grosero burocratismo que terminó urdiendo a Venezuela entre los más funestos ejemplos de lo que puede contener una dictadura por dentro. Tan craso problema, convertido en insoportable crisis política, económica y social, y que jamás se pensó fuera a radicarse en las entrañas de un país de aferrado apego democrático como Venezuela, ha contado con los elementos de carácter estructural que han hecho posible la transición entre realidades de opuesta condición.

Primero, fueron razones de factura político-ideológica las causantes de algunas fracturas cuyas escisiones dejaron al descubierto graves distorsiones acumuladas a consecuencia de fallos que venían alterando la institucionalidad en toda su composición jurídico-legal. Posteriormente, jugaron parte del entramado ciertas causas relacionadas con determinados repartos de poder. Esto hizo que se afectaran condiciones políticas y administrativas que dieron al traste el esfuerzo mediante el cual, la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, COPRE, llegó a establecer los lineamientos exigidos por la desconcentración y descentralización en su estrecha relación con la gobernabilidad requerida en la Venezuela que apostaba a su futuro, con plena firmeza, en las postrimerías del siglo XX.

Bastó que el país político cayera rendido ante la convocatoria del proceso electoral de 1998, para que el fenómeno de la “antipolítica” excediera las limitaciones que para entonces funcionaban como reguladores del comportamiento político que regía la movilidad del país en su contextualización político-partidista. Fue así como ese mismo país político, se vio confundido o ganado por una oferta electoral engañosa que supo cultivarse entre una población de escasa cultura política. Y que resultó fácil presa de prebendas que sedujeron el ego de quienes, ilusamente, apoyaron la causa militarista que para entonces alcanzó el triunfo electoral.

Desde tan palmario momento, el país entró en la vía que lo condujo al declive más trágico que la historia política puede describir. Fue así como comenzó a declinar la productividad nacional. Siendo el peor de los daños, el que afectó la industria más representativa de Venezuela toda vez que había logrado el despegue de su economía por encima de condiciones que igualmente podían ser distintivas de las capacidades de las cuales se ufanaba el país económico.

Luego de casi trece años de mal gobierno, pero particularmente en los inicios del aludido régimen, dicha industria que no era otra que la encargada de explotar y comercializar el recurso que abundaba en el subsuelo venezolano: el petróleo, cayó en desgracia. Todo a consecuencia del incipiente manejo de su estructura administrativa. Pero igualmente, como resultado de la brusca sacudida de la que fue objeto su más excelso plantel profesional, cuyo éxodo causó el más duro golpe que pudo atestársele a la PDVSA del siglo XXI.

Su estructura quedó tan despojada del conocimiento y de la dilatada experiencia adquirida, que su funcionalidad no soportó mayores exigencias. Había comenzado a ver empobrecida su capacidad de refinación, explotación, elaboración, distribución y comercialización del producto obtenido. Sus industrias asociadas, de las cuales dependía su dinámica operativa, también “hicieron agua”. O sea, presentaron signos de debilidad y fracaso. Fue lo que ocurrió con las empresas prestadoras de los servicios de electricidad. Justamente, por el problema que originó la sustracción de sus recursos económicos y financieros por parte de quienes tenían injerencia en sus operaciones. Es decir, la corrupción acabó con ellas.

Así que al cabo de veinte años de oprobiosa revolución bolivariana, encauzada por un penoso e improvisado socialismo, o a la inversa, la Venezuela presuntamente “potencia” como la calificó el agorero “plan de la patria”, se vino a pique. Naufragó su concepción determinada por la Constitución sancionada en 1999. De forma que luego de tanto discurso altisonante que enarboló banderas de libertad, paz y progreso, no se logró otra cosa distinta que la desvergüenza convertida en ejercicio de gobierno.

Hoy, lo que fue un país petrolero en toda la extensión de la palabra, se redujo a un país de migajas. De eunucos políticos. Un país que no aguanta nada pues luce consumido en medio del terreno de los cuentos “de nunca acabar” inspirado por el populismo demagógico. El realismo de la magia negra, lo achicó hasta casi desaparecerlo del mapa geopolítico que signó la dinámica política y económica en tiempos en que las realidades diferían de las actuales por las dificultades que entonces presentaban. Y sin embargo, sus niveles de productividad, eran mayores a los que ahora presenta.

Lo poco que quedó, se lo granjean quienes se ufanan de portar las armas de la República. La corrupción envolvió todo lo que la vista alcanza a reconocer. Es la característica que mejor define toda visceral dictadura. Y en Venezuela, se tiene el ejemplo más dramático de lo que esto significa. Tanto que ahora se padece de la más inusitada improductividad. En todos los sentidos. Según el discurso presidencial, cualquier bagatela vale más que la lección que puede aportar mil libros. Y es que no hay otras palabras para definir lo que es todo esto en la Venezuela del siglo XXI. O sea, el país se transformó, con la impudicia que las realidades políticas permitieron, en un caos (rojo) con olor a gasolina (verde).