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El factor estupidez

Diversas interpretaciones han sido ensayadas, con referencia a las protestas que han sacudido varios países de América Latina. Tales análisis tienen un denominador común: el énfasis sobre factores socioeconómicos, y la ausencia de una adecuada consideración de los factores irracionales que intervienen en el curso de la historia, entre los cuales se encuentra la pura, simple y extendida estupidez.

Por estupidez entendemos la reiterada propensión de los seres humanos, comprobada durante siglos, a repetir errores, a hacer caso omiso de la experiencia ajena y aún de la propia, y a conducirnos de modo tal que nuestras acciones nos perjudiquen y produzcan lo contrario de lo que en apariencia deseamos y buscamos.

Dicho lo anterior, aclaramos que el panorama de las protestas es complejo y desigual. De un lado, por ejemplo, tenemos el caso positivo de Bolivia, donde la gente se ha quitado de encima, esperamos que definitivamente, a un dictador y demagogo; y de otro lado el de Chile, una sociedad que ha prosperado de manera sustancial y comprobable por décadas, y que bien podría afrontar sus problemas y corregir sus fallas y dificultades sin el uso de la violencia. Menos aún de una violencia tan feroz, ciega e insensata como la que hemos observado. El punto es que, por suerte, la estupidez no es constante sino variable.

No dudamos que factores externos, sumados a grupos organizados y radicalizados en el plano doméstico, hayan impulsado en alguna medida las protestas chilenas. Pero no debemos exagerar y atribuir fenómenos políticos complejos a causas unilaterales, ni conceder a los gobiernos de Cuba y Venezuela capacidades excesivas y prácticamente invencibles. Debemos igualmente tomar en cuenta, repetimos, factores irracionales, el papel del azar, y la simple pero silvestre estupidez que nos aqueja, y que creemos ha jugado un papel –no exclusivo—en el caso chileno.

Los testimonios que hemos visto y escuchado, en particular de parte numerosos jóvenes participantes en la rebelión en Chile, indican que se trata de una generación cuyos puntos de referencia con relación al pasado son superficiales, débiles y ambiguos. No conocieron los tiempos de Allende, no experimentaron el caos del régimen de la Unidad Popular ni las razones del golpe militar. De la figura de Pinochet, de su gobierno, de su terminación, y de los esfuerzos que luego se hicieron para convertir a Chile en un país democrático y económicamente viable, con índices sociales envidiables en comparación a buena parte de América Latina, los rebeldes parecieran tener un conocimiento superficial o nulo.

Sería necesario profundizar en el estudio del tema, pero no creemos extraviarnos al sostener que, en especial si tomamos en cuenta el trágico espejo venezolano, acerca del que los rebeldes deberían tener noticias, las protestas chilenas se han caracterizado por una intervención notable del factor estupidez en los asuntos humanos. ¿Acaso desean repetir en su país la pesadilla venezolana?

La naturaleza violenta y destructiva de la rebelión chilena, que ocurre en un momento en que la tragedia venezolana expone lo que significa el derrumbe de las prácticas democráticas y del camino reformista frente al revolucionario, ese extremismo y esa violencia –insistimos– ponen de manifiesto una fatal ausencia de racionalidad y ponderación, y una especie de pulsión suicida. Ni siquiera el drama atroz de un país, Venezuela, que tanto hizo en su momento por promover y defender la democracia y por acoger a los refugiados de las dictaduras, ha sido suficiente para contener una oleada de estupidez tan insensata como la que se ha desatado en Chile.

El panorama regional, dentro del cual el cambio en Bolivia se yergue como una maravillosa excepción, indica que por desgracia es cierto aquello de que cada generación tiene derecho a hundirse por sus propios medios, y a sufrir cada vez de nuevo el destino inexorable de los experimentos revolucionarios.

¿Cómo combatir la estupidez? La tarea es complicada, pero una parte fundamental de la misma corresponde al liderazgo, al papel pedagógico que los dirigentes democráticos deben cumplir en sus respectivas sociedades, para garantizar que las nuevas generaciones aprendan de la historia, reciban una versión equilibrada del pasado y su significado, y comprendan los desafíos del presente sin recurrir a fórmulas  simplistas, que siempre culminan en atraso y opresión.

Cabe preguntarse si la dirigencia política democrática en Chile ha llevado adelante esa misión pedagógica con la lucidez y tenacidad necesarias. Pero en todo caso, no sería justo singularizar al presidente Piñera. Basta contemplar, del otro lado de la frontera chilena, lo ocurrido en las recientes elecciones argentinas. Resulta difícil hallar una prueba más nítida de reiterada estupidez, en una sociedad evaluada como de las más cultas y avanzadas en la región.

Lamentable, a decir verdad…

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Los dejados atrás

Hay tantas heridas abiertas en esta Venezuela que llega al año 2020 cansada y acabada. Hay tantas cosas por las que luchar. Pero lo primero, cuando el país salga de esta pesadilla maduchavista, es rescatar a todos los niños que han perdido su infancia en esta desgracia. Ese debe ser el compromiso para la reconstrucción. Porque, aunque suene trillado, nada puede recuperarse si no recuperamos la sonrisa de cada uno de los niños venezolanos.

Sobre todo los dejados atrás. Como ha denunciado Cecodap recientemente, son casi un millón de hijos de esta tierra que han tenido que decirle adiós a uno o dos progenitores porque los dejan para buscar recursos que los ayuden a mantenerlos. Niños que pierden a sus padres porque tienen que salir del país. Los dejan con abuelos, con hermanos mayores, con tíos o hasta con vecinos.

La ONG hizo un trabajo importante, titánico en tratar de contabilizar cuántos muchachitos venezolanos están en esta situación tan triste, de abandono forzado. Dejar a un hijo es como arrancarse un pedazo del cuerpo. Pero ese pedazo queda desprotegido, desmembrado y casi sin vida. Ese es un crimen que debe pagar también los personeros de este régimen.

Con la ayuda de Datanálisis, Cecodap tocó la puerta de 800 hogares y después de ese estudio concluyeron que 1 de cada 5 inmigrantes deja un niño en el país al cuidado del que pueda mal que bien hacerse cargo de él.

La cifra es aterradora, son 943.117 niños venezolanos a los que les cambia la vida. Ya uno es demasiado. Un niño que queda afectado y con el hueco en el corazón, muchas veces preguntándose por qué tuvieron sus papás que irse y dejarlo solo. ¿Cómo se recupera esa sonrisita? ¿Por qué a los personeros del régimen no les duele esto? La única respuesta a la segunda pregunta es que son unos sociópatas a los que nada les conmueve.

“Hoy está población, que requiere atención, no reciben ningún tipo de apoyo psicosocial. Es una realidad desatendida”, destacó Abel Sarabia, coordinador de Cecodap.  Solo 11,8% reportó contar con algún tipo de ayuda psicológica.

Cuando decimos que es un crimen, lo decimos con todas sus letras. Sobre todo porque estamos en Navidad y porque es una época para los más pequeños.

A pesar de este dolor que arrastramos todos los venezolanos, debemos refundar nuestras esperanzas porque por cada padre que pasará Navidades lejos de sus hijos,  por cada niño que lo pasará sin sus padres, los ciudadanos vamos a luchar para borrar estos tiempos de tristeza y abandono.

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La fiebre del oro

No pocas veces la historia se repite pero, en nuestras tierras americanas, no se repite sino que se vomita, como las de un borracho que se pasa de tragos y termina haciendo de su gracia o desgracia, el recuerdo de la fiesta de fin de curso o fin de año.

Lo mismo pasa ¡Ay! con las matanzas, masacres o, exterminios sistemáticos de los pueblos que adquieren la desgracia geográfica de ocupar desde tiempos inmemoriales tierras pródigas en oro, diamantes o cualquier otro espejismo de riqueza que causaban -y causan- en los recién llegados una mezcla inexplicable de codicia y crueldad.

La fiebre del oro, por nombrar la más común, ha sido víctima y temblor de la literatura, el cine y, desde luego, de la televisión y sus múltiples y sorprendentes derivados -¿hay que decirlo?- infinitos de predecir. Pero estas ficciones, cada vez más refinadas y nítidas a la hora de representar la realidad, han terminado por unirse y combatir entre sí por llevarse el trofeo de cual es en verdad la verdadera realidad.

Veamos por ejemplo lo ocurrido en la comunidad indígena pemón de Ikabaru, donde Provea ha denunciado un ataque de un grupo armado que, según las versiones de prensa, hizo presencia en esa pacífica comunidad con la intención de ajustar cuentas con una banda rival y, desde luego, apoderarse de la zona y desplazar a sus rivales.

Para afirmar y reafirmar sus intenciones sintieron la necesidad de ir más allá de hacer presencia, acobardar a la comunidad y someterla a una inevitable sensación de miedo que reinaría sobre la población incluso cuando ellos, los malhechores, hubieran abandonado los alrededores. Bastaba con que el campo de batalla pudiera mostrar (o mejor, escenificar lo pasado y el porvenir) para que se supiera quién mandaba allí.

Mejor imposible, o más bien peor imposible. Tantos canallas, malhechores, bandidos de todo color y calaña pululan por las tierras de la fiebre del oro. Y lo peor es que este paraíso de la maldad está entre «protegido y desprotegido», a partes iguales por el poder militar hegemónico y, la mayor de las veces, más desprotegido que cuidado y vigilado por las armas que les entrega la república.

Si alguien se preguntara por aquel grito hipócrita de la resistencia indígena proclamada por Hugo Chávez, la respuesta no sería precisamente entusiasta. La resistencia indígena habría que buscarla hoy en estos pequeños pueblos desprotegidos de cualquier esperanza de paz y justicia, así como también de estos conglomerados donde conviven no solo los pueblos originarios, sino también aquellos que llegaron a buscar paz y terruño, sin ánimos de enriquecerse.

Nada de eso es posible hoy en aquellas tierras anteriores y hermosamente solitarias inmersas en sus sueños y sus costumbres. Nada pueden los pueblos originarios contra los poderes armados y crueles tanto del gobierno actual como de sus aliados y socios. Están siendo arrasados por la presencia ya no del hombre blanco, sino de sus socios que levantan banderas socialistas, de hombres de negocios de lejanos imperios rusos o chinos, de guerrilleros abandonados por la historia y reconvertidos en bandas que someten y exterminan a los pemones y sus hermanos.

Y todo bajo la vigilancia cómplice del aparato del Estado de un socialismo oscurantista, mafioso y policial. Para esta gente que tiene poder (el sustantivo gente le queda grande) la necesidad de enriquecerse los ciega de tal manera que destruir uno de los territorios más hermosos no de Venezuela sino del mundo entero, como es Canaima, les parece algo tan normal como montar una discoteca en el Panteón Nacional, y bailar sobre los huesos de Bolívar. Y de paso sobre ocho muertos más, como los de Ikabarú.

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EDITORIAL: la región paga el alto precio de no haber detenido a tiempo al monstruo rojo

 

Habría que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los latinoamericanos estamos en presencia de un peligroso reordenamiento de las mayores amenazas que esta región ha vivido en los últimos sesenta años

SANTIAGO (CHILE), 20/10/2019.- Soldados patrullan este domingo, por las calles de Santiago (Chile).  EFE/Elvis González

«El plan va perfecto. Ustedes me entienden. Todas las metas que nos planteamos en el Foro de São Paulo se han realizado. Vamos mucho mejor de lo que pensábamos», ha dicho Nicolás Maduro mientras toda la región arde en disturbios y saqueos. Se trata del dictador de Venezuela asumiendo parte de la responsabilidad de la tragedia que ha sumido a Latinoamérica en caos. Es el criminal reconociendo sus crímenes.

Pero no se trata de nada nuevo. Es una receta, raída y desgastada, en muchos casos fracasada, que se ensayó una y otra vez en la región con el propósito de entorpecer el avance de millones hastiados del tercermundismo.

Se alzaba la sensación de que de este lado, el mundo no quería avanzar y jamás lo haría. Que se apegaba rabiosamente a vivir una ilusión y que ante cualquier gesto de sinceridad, reaccionaba con los puños y el fuego. Una región primitiva. Tosca y atrasada.

Pero realmente, aquello solo era una fachada. Detrás de los movimientos «espontáneos» y que presuntamente obedecían a la voluntad romántica de los pueblos, que ahora se reivindicaban frente a los opresores de siempre, lo que ciertamente existía era una agenda bien diseñada. Milimétricamente armada desde La Habana.

En 1982, en Ecuador, regido por el Gobierno conservador de Osvaldo Hurtado, se implementaron ajustes económicos tutelados por el Fondo Monetario Internacional. Las medidas derivaron en fuertes protestas. Disturbios y saqueos. Otras revueltas azotaron a México en 1981 y a Perú en 1982 cuando se impuso el «Paquetazo fondomonetarista», como llamó la izquierda a las medidas de Balaúnde. Costa Rica lo sufrió e igual el presidente João Baptista de Oliveira Figuereido, cuando políticas de austeridad sugeridas por el Fondo Monetario provocaron un estado de sitio y represión en Brasil. Alfonsín en Argentina lo vivió y años después, en un arrebato de honestidad, la misma expresidente Cristina Fernández de Kirchner, hoy candidata a la vicepresidencia, confesaría: «Yo quiero ser absolutamente sincera (…) este es un manual de instrucciones políticas para saqueo, violencia y desestabilización de Gobiernos y tiene su historia (…) Y la verdad es que tampoco fueron muy espontáneos aquellos saqueos que terminaron, sí, muy mal, y que obligaron la salida anticipada del doctor Alfonsín (…) Todos sabemos que fueron provocados».

Al respecto, en un importante artículo, la investigadora y escritora venezolana, Thays Peñalver, escribió: «Por primera vez en la historia se develaba que los movimientos terminados en “azo” (…) no eran otra cosa que el contenido de un manual de agitación comunista y quien lo reconocía era nada menos que una presidenta que lo había utilizado, revelando además que ese ‘manual’ existía en Argentina desde la década de los ochenta».

La agenda se importó a República Dominicana bajo la presidencia de Jorge Blanco en 1984 y, un tiempo después, Fidel Castro diría:

«Ya ha habido algunos estallidos sociales, porque en Santo Domingo se produjo un estallido social; no un estallido catastrófico todavía para el sistema, pero se produjo un estallido social. Cuando el Fondo Monetario obligó al Gobierno de Santo Domingo a aplicar determinadas medidas, se produjo lo que pudiéramos llamar una insurrección espontánea en República Dominicana. El gobierno se vio en la necesidad, en la muy triste y muy censurable necesidad, de lanzar las tropas, los soldados y la policía contra el pueblo, de asesinar a más de 100 personas. No crean que eran revolucionarios: eran hombres, mujeres, adolescentes, amas de casa, gente sencilla del pueblo, que se lanzaron a la calle espontáneamente».

Luego, concluiría: «Es probable y posible que un estallido social derive hacia una revolución, y entonces he dicho en algunas de esas entrevistas: estallidos sociales generalizados de carácter más bien revolucionario». (en este enlace, la fuente de algunas de las referencias)

Estallidos que deriven en una revolución. A los adalides de la izquierda, como lo fue Fidel Castro y lo es hoy, en proporciones muy menores, eso sí, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se les hacía difícil resguardar la confidencialidad del libreto. Ya no es un secreto, ni puede apuntarse como teoría de histéricos, que muchos de los movimientos sociales que han marcado la historia americana con sangre y fuego, jamás fueron espontáneos sino que obedecieron a los esfuerzos del castrismo por subvertir a la región.

Venezuela, particularmente, sufrió el monstruo de una forma letal durante los últimos días de febrero de 1989. El episodio, conocido como El Caracazo, que dejó un terrible saldo de más de 250 muertos y cientos de miles de dólares en pérdidas por los saqueos y disturbios, fue el primer gran golpe que padeció el legítimo Gobierno de Carlos Andrés Perez, dispuesto y obstinado en su voluntad de alejar a Venezuela del modelo rentista y acercarla a la modernidad.

El Gobierno de Pérez, que había sido electo 83 días antes por el 52,89% de los votos, jamás se recuperó y las manifestaciones, enturbiadas por el ruido inherente a la presencia de caribeños con francotiradores en los barrios de Caracas, funcionaron de hervidero para que años después la democracia venezolana resistiera dos embates armados por parte de militares golpistas afines a La Habana.

Fidel Castro ya no está, pero la franquicia se mantiene viva y fuerte. Ya no monopolizada por el Foro de São Paulo sino ahora en manos también del incipiente Grupo de Puebla, compuesto por los enemigos naturales de la libertad en las Américas.

No es casualidad que hoy arda Chile luego de un gesto de honestidad por parte del Gobierno de Sebastián Piñera y luego de que el canciller chileno propusiera medidas más tajantes frente al régimen de Maduro, como un bloqueo naval. Tampoco que ya se haya incendiado Ecuador y que ambos estallidos sean respaldados por los comunistas y la izquierda latinoamericana. No lo es el burbujeo en Perú y que en México los narcos se articulen con el Estado para someter a la población desamparada. Luego de una amplia historia de conspiraciones e incesante conflicto por parte de la izquierda para plagar al continente de agitadores y subversivos, habría que ser muy ingenuo para no darse cuenta de que los latinoamericanos estamos nuevamente en presencia de un peligroso reordenamiento de las mayores amenazas que esta región ha vivido en los últimos sesenta años.

No solamente ha sido honesto Nicolás Maduro. El segundo hombre del chavismo, y capo venezolano, Diosdado Cabello, también ha tenido un momento de franqueza en medio de este caos. Al cierre de una marcha realizada por simpatizantes del Partido Socialista Unido de Venezuela, Cabello dijo: «Lo que está pasando en Perú, Chile, Argentina, Honduras es apenas la brisita y viene un huracán bolivariano. Nosotros no estamos aislados en el mundo, por el contrario, Venezuela cada día está más consolidada».

Con respecto a las confesiones de altísimo nivel en el chavismo, la secretaría general de la Organización de Estados Americanos publicó un oportuno comunicado:

«Las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse, no a través de un proceso de reinstitucionalización y redemocratización, sino a través de su vieja metodología de exportar polarización y malas prácticas (…)

Las ‘brisas bolivarianas’ a las que ha hecho referencia [Cabello] han traído desestabilización, violencia, narcotráfico, muerte y corrupción (…)

Las brisas bolivarianas no son bienvenidas en este hemisferio»

En el PanAm Post respaldamos cada una de las palabras del agudo comunicado de la secretaría general de la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, agregamos: la región está pagando el alto precio de no haber detenido a tiempo al monstruo rojo. Urge tomar acciones para neutralizar el tumor bolivariano, que ya se ha esparcido y amenaza con volver a teñir de rojo a toda Latinoamérica.

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El cambio comienza por nosotros mismos

El Editorial

Leíamos hace unos días una serie de tuits donde el destacado periodista Alonso Moleiro se quejaba de personas que andan en grandes camionetas por calles, avenidas y autopistas de Caracas, pasando vehículos a toda velocidad, dando prohibidas vueltas en U, tocando corneta para que un ciudadano decente se coma la luz.

¿Qué está pasándonos? ¿En qué nos hemos convertido? Insultamos furibundos a Juan Guaidó porque no se logra el cambio, pero no vemos que el cambio comienza por nosotros mismos. ¿Cómo pretendemos que la situación cambie, si cada uno de nosotros quiere hacer lo que se le da la gana? ¿Si no respetamos a quienes nos rodean?

Criticamos a quienes ostentan el poder en Venezuela, los calificamos de burros, de mediocres, ¿y es que acaso no es eso lo que son quienes te echan el carro encima? ¿Será que tiene razón ese dicho que reza que cada pueblo tiene los gobernantes que se merece?

Si alguien nos toca la corneta, hace cambio de luces para que nos comamos la luz del semáforo, hagamos lo que Alonso, resistamos. Seamos una vez más ciudadanos decentes. Repetimos, el cambio empieza en cada uno de nosotros.

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López Obrador contra Hernán Cortés

Hace pocos días el presidente de México, señor Andrés Manuel López Obrador, volvió a desconcertarnos con otro de sus comentarios sobre la historia de su país. En su opinión, la corrupción llegó a México con Hernán Cortés, y para comprender la tenaz permanencia de este flagelo a lo largo de 500 años, así como sus nefastas consecuencias en nuestros días, es necesario remontarse al arribo de los españoles a América.

Semejantes disquisiciones no son inofensivas. Al contrario, en el contexto en que son hilvanadas y utilizadas, refuerzan persistentes dificultades de nuestros pueblos, desfiguran su concepción del pasado, paralizan su presente y obstaculizan su avance futuro.

De entrada, no se entiende por qué el presidente mexicano no declara de una vez por todas que el mal como tal, no solo la corrupción como manifestación del mismo, es un producto importado por España a América, y sembrado con tanto encono que persiste sin atenuantes hasta el día de hoy. Desde luego, las palabras de López Obrador traslucen una visión utópica de la situación existente antes de que los españoles pisasen América. Ni la civilización azteca era perfecta ni sus habitantes eran pacíficos soñadores apegados a la corrección política ahora imperante. La maldad no es monopolio de unos u otros, y tampoco la bondad.

Ciertamente, las notables civilizaciones indígenas que vivían en el continente americano sufrieron un severo y devastador impacto, como ha ocurrido tantas veces a través de la historia y en muchos lugares, al entrar en contacto con otra civilización que les superaba en voluntad y capacidad de dominio. Estas heridas duelen, pero es imperativo que sanen, a menos que se pretenda retroceder al pasado como en una película de ciencia ficción, para recomponerlo de acuerdo con nuestras fantasías.

La verdad inescapable es que la América Latina es resultado del mestizaje, y que nuestra identidad no puede limitarse a un apego utópico y exclusivo al pasado indígena, sino que debe también asumir el legado de España y del importante aporte africano, en la conformación conjunta de un nuevo mundo.

El problema se deriva del uso político de un resentimiento ancestral, que ha sido alimentado por la demagogia de muchos de nuestros dirigentes, así como de relevantes figuras en el plano del arte, la literatura y la cultura en general, la mayoría de las veces con propósitos de manipulación y poder. El resentimiento es de por sí, y sin estímulos adicionales, una realidad por desgracia bastante común, intensa y dañina para individuos y pueblos enteros; pero cuando esa fuerza destructiva es de paso alentada deliberadamente, las cosas se complican, con resultados demoledores tanto psicológicos como políticos y sociales.

Ejemplos de ello observamos con frecuencia en nuestro continente, donde está asomando de nuevo su cabeza el cultivo intencional y premeditado de la llamada leyenda negra contra España y el legado español. Esta confabulación no solo nos arranca del pasado, abandonándonos en medio de una estéril orfandad, sino que envenena nuestro presente, al convertir el gran logro del mestizaje en una fuente de odios. En lugar de procurar que nuestros pueblos asuman lo positivo del legado español, que es un vínculo que nos comunica desde la Patagonia hasta el norte de América, y constituye un ámbito de masivas oportunidades de desarrollo, los demagogos nos detienen, nos encogen y nos amargan, reduciéndonos a mezquinos recintos mentales.

Lo más lamentable de las reiteradas y distorsionadas intervenciones del presidente de México acerca del tema acá comentado es que pareciera creer genuinamente en sus despropósitos, exhibiendo sus dislates como si se tratase de un anuncio de liberación. ¿Está acaso nutriendo un resentimiento insuperable? De ser así, no queda más que compadecerse, de él y de quienes todavía responden a ese  tipo de mensaje, tan desgastado como tóxico.

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El asalto de VP

Gracias a la intervención de la diputada Adriana Pichardo en la Asamblea Nacional, conocemos los detalles de la irrupción armada que sucedió en la sede caraqueña del partido Voluntad Popular, en pleno día y sin que sus perpetradores se ocuparan de ocultarla. Fue una invasión de hombres armados hasta los dientes, con el objeto de sembrar miedo en los predios políticos a través del intento de avasallamiento de una de las banderías más combativas y conocidas de la oposición.

Es un episodio que no sorprende, desgraciadamente. Anteriores incursiones de la misma barbarie han sucedido contra sedes partidistas en la capital y en ciudades del interior, sin que las autoridades se ocuparan de perseguir y detener a los protagonistas del delito. El ataque de VP no llama la atención porque sea insólito, porque estemos ante una peripecia excepcional, sino solo porque la violencia fue ejercida contra el partido en el cual milita el presidente Juan Guaidó.  Es el botón de una muestra antigua, no solamente consentida sino también promovida por la usurpación, que con toda probabilidad se puede repetir debido a que cuenta con el entusiasmo y con el apoyo oficial.

Unos cuarenta hombres entraron en la sede de VP rompiendo puertas y destrozando cámaras de seguridad, para someter a los militantes y a los empleados de la organización a quienes robaron sus pertenencias personales y sus documentos de identidad. Se cebaron contra las mujeres que se encontraban en el lugar, a través de subidos insultos y mediante el tocamiento de sus partes íntimas, para que no quedaran dudas de que semejante vejación podía preludiar abyecciones mayores. Después se fueron como si cual cosa. Fue un procedimiento hecho con disciplina propia de militares, o de bandas paramilitares, o de brigadas especializadas en la persecución de enemigos mediante calculada violencia.

¿Ha reaccionado la dictadura ante semejante tropelía, ante tal exhibición de barbarie descomedida? No, por supuesto. Silencio sepulcral o, en el mejor de los casos, declaraciones evasivas que no tocan el problema ni con el pétalo de una rosa. El monstruo respalda a sus criaturas. El padre defiende a sus hijos de peor calaña, pese a que estén en la boca de la gente por los delitos que cometen con ostentación. Más todavía: la ostentación de sus crímenes obedece al respaldo de sus progenitores, o, ¿por qué no? a la instrucción que han recibido de ellos para cometerlos hasta el grado de la perfección.

Los pormenores suministrados por la diputada Pichardo a sus colegas parlamentarios nos colocan  ante la existencia de un régimen propio de bandoleros, de desalmados cuyo norte es la arbitrariedad tras la cual se apoyan para el logro de su continuismo. Es la prueba de que existen y de que vienen contra las aspiraciones democráticas de la ciudadanía y de los partidos que las promueven. No se trata de nada nuevo, como dijimos antes; no estamos, por desdicha, ante una sorpresa, ni ante una desmesura inesperada. Son los frutos de la barbarie entronizada, pero desde aquí no cesaremos en su denuncia y en la lucha cívica para que sea desterrada del suelo venezolano.