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La reelección de la censura

mayo 26, 2018 6:53 am
¿Qué sentido tiene reforzar la censura contra los medios de comunicación en momentos en que el señor Maduro acaba de obtener un resonante triunfo que, contra todo pronóstico, le llevó a acumular cerca de 6 millones de votos? ¿O es que acaso no se siente satisfecho con el resultado obtenido en esa jornada electoral que, entre otras cosas, resultó pacífica, ordenada y tranquila como nunca antes en esta Venezuela convulsionada y hambrienta?

 

 

 

Algo parece oler mal en Dinamarca porque no existe razón alguna para que el candidato ganador esté de malhumor con la prensa escrita, con las emisoras de radio, con las estaciones de televisión y, para peor, con las redes sociales. No es culpa de los periodistas el hecho cierto de que las cosas no salieran tan brillantemente bien como se había pregonado desde las tarimas del oficialismo, o que los militantes y simpatizantes no acudieran en masa a los mitines y a las marchas del PSUV.

 

 

 

Debe existir alguna razón (o algunas, todo es posible) muy poderosa que enredó y motivó el traspiés en el transcurso del paseo triunfal del candidato oficialista el pasado domingo 20 de mayo. Lo cierto es que no fueron los periodistas, ni los reporteros gráficos, ni los camarógrafos, y muchos menos los técnicos y los choferes que con toda paciencia pasaron el día con una botellita de agua mineral y un bocadillo colocado en una bandeja de anime.

 

 

 

Y den las gracias jóvenes y jóvenas, porque otros ni eso (los pasantes subpagados como los llama acertadamente El Chiguire Bipolar), se tuvieron que conformar con ver comer a los demás y, como el perro de Pávlov, ensalivaron sus bocas mas no llenaron sus estómagos. Y para mayor desgracia, a alguna gente del gobierno (sí, no se rían, existe gobierno) no se les ocurre otra que cerrar periódicos, revistas, radios, canales de televisión y no pare usted de contar. Y siga contando porque lo que viene es joropo a pesar de que las alpargatas cuestan hoy un dineral.

 

 

 

Pero volvamos a lo nuestro, a lo que nos da de comer (es un decir… de los gerentes) y es que si siguen cerrando medios pues lo mejor, señor Maduro (¿madurará alguna vez?) es que cierren las escuelas de Periodismo, o de Comunicación Social, porque a la postre no habrá Periodismo, ni Comunicación y mucho menos Social.

 

 

Tome usted, reelecto presidente de la hambrienta república de Venezuela, una de sus decisiones más difíciles pero que, sin duda, decidirá el futuro de millares de jóvenes que, hipnotizados por los desbordados medios de comunicación de la derecha (¿existe una derecha en Venezuela?) cometen el error garrafal al inscribirse en las escuelas de Comunicación Social. Desconocen el futuro, no saben ni advierten que en el socialismo no hay lugar para ellos.

 

 

 

Son jóvenes al fin, muchachos y muchachas, presidente Maduro. Sea paciente con ellos, después de 20 años no entienden todavía el socialismo como puente directo hacia la felicidad. Sea usted prudente y, por qué no, paciente con quienes se niegan a ver lo que está ante sus ojos. Habrá que reeducarlos, ya esa experiencia se ha intentado mucho pero con errores garrafales. Las técnicas no han sido las adecuadas. Hay que preguntarle a Putin para que, si su majestad quiere, nos ilumine con una autocrítica.

 

Editorial de El Nacional

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Maduro censura a la web

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LA NACIÓN / COSTA RICA / GDA

– Según los burócratas chavistas, la edición electrónica de El Nacional difunde “mensajes que desconocen a las autoridades legítimamente constituidas” y promueven el odio.

– Como medida cautelar “provisional”, Conatel exigió al diario digital “abstenerse de publicar noticias y mensajes que puedan atentar contra la tranquilidad de la ciudadanía”

La coexistencia de las dictaduras con la libertad de prensa es siempre temporal y difícil. Para citar un ejemplo cercano, basta recordar cómo los Somoza contemporizaron con el trabajo de Pedro Joaquín Chamorro, pero terminaron por asesinarlo. Venezuela no podía ser la excepción. El régimen chavista controla, directa o indirectamente, la mayor parte de los medios de comunicación y los pocos focos de resistencia son objeto de constante acoso, por las vías de hecho o mediante la fingida institucionalidad.

El diario El Nacional, uno de los títulos más reconocidos de la prensa venezolana, ha pagado cara su defensa de los valores democráticos y de la libertad de expresión. Sus directores han sufrido persecución y exilio, sus periodistas hostigamiento y el periódico en sí se ha venido reduciendo a unas pocas páginas a consecuencia de las presiones y limitaciones impuestas por el régimen.

Ante el asedio, Internet se ofrece como refugio para el periodismo independiente, comprometido con los mejores valores e intereses de los venezolanos, pero la dictadura se empeña en invadir ese reducto. La Comisión Nacional de Telecomunicaciones, un organismo dedicado a la represión de la libertad de expresión por encargo del dictador Nicolás Maduro, inició el martes un procedimiento sancionatorio contra El Nacional Web por “incumplir la Ley de responsabilidad social en radio, televisión y medios electrónicos”.

Miguel Henrique Otero, presidente editor de El Nacional, describió las circunstancias con precisión al afirmar que el Ejecutivo recurre a Conatel para perseguir la versión digital ante la imposibilidad de atacar al periódico impreso. “Conatel es un organismo controlado por el Ejecutivo y actúa de forma discrecional. El gobierno muestra su desesperación al tratar de silenciar a los medios de comunicación y provocar que se autocensuren, pero en este caso no lo van a lograr”, añadió.

Según los burócratas chavistas, el medio es culpable de “difundir mensajes que desconocen a las autoridades legítimamente constituidas”. Además, lo responsabilizan de incitar y promover el odio con infracción del artículo 14 de la Ley contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia, aprobada por la espuria asamblea nacional constituyente establecida para completar el golpe de Estado contra la Asamblea Nacional libremente electa.

Aquella Asamblea, con mayoría opositora por voluntad popular, difícilmente habría aprobado nuevas cortapisas a la libertad de expresión, pero la constituyente convocada por Maduro está hecha a su imagen y semejanza. El artículo 14 invocado contra El Nacional Web está planteado en términos suficientemente amplios para que los jueces y funcionarios administrativos del régimen no enfrenten dificultades a la hora de cumplir la voluntad represiva del Palacio de Miraflores.

“La difusión de mensajes a través de las redes sociales y medios electrónicos que promuevan la guerra o inciten al odio nacional, racial, étnico, religioso, político, social, ideológico, de género, orientación sexual, identidad de género, expresión de género y de cualquier otra naturaleza que constituya incitación a la discriminación, la intolerancia o la violencia se encuentra prohibida”.

La Ley de responsabilidad social en radio, televisión y medios electrónicos aumenta la ambigüedad con prohibiciones al fomento de la zozobra en la ciudadanía, la alteración del orden público y el desconocimiento de las autoridades legítimamente constituidas, entre otras. Si en Venezuela hubiera tribunales independientes, no sería difícil demostrar la inaplicabilidad de la disposición invocada contra El Nacional Web en ausencia, precisamente, de autoridades legítimamente constituidas.

Las prohibiciones se hacen acompañar de sanciones desmedidas contra las personas físicas y castigos aptos para causar la desaparición de los medios “rebeldes”. El proceso abierto contra El Nacional Web a dos días de los fraudulentos comicios del domingo procura silenciar a la prensa en las postrimerías de un abuso más, a partir del cual nadie puede dudar del carácter dictatorial del régimen venezolano.

Como medida cautelar “provisional”, Conatel exigió al diario digital “abstenerse de publicar noticias y mensajes que puedan atentar contra la tranquilidad de la ciudadanía, pudiendo generar alteraciones en la población, al ofrecer información errada o infundada que, en consecuencia, infrinja los supuestos establecidos en la ley”. El propio Conatel decide si la información es errada o infundada y si atenta contra la tranquilidad de la ciudadanía, cosa fácil de probar con solo mostrar al chavismo asustado por la continua erosión de su escaso apoyo.

Los riesgos del vacío

La situación actual de Venezuela es como la de un recipiente sin contenido, desde el punto de vista político, o como lo más parecido a una botella grande y empañada que espera el desbordamiento  y el jabón,  pero que apenas recibe líquidos a cuentagotas. El resultado de las “elecciones” presidenciales, capaces de conducir a un examen detenido de lo que sucedió y de meternos en los análisis que la situación requiere, apenas se ha sometido a vistazos que solo se han acercado a su superficie.

La dictadura es la menos llamada a realizar exámenes atentos, porque ellos verificarán su soledad y su precariedad. Debe pasar agachada, sin meterse en las entrañas del proceso, para que no la pillen en una operación parecida a las autopsias. Ponerse a buscar los motivos que los venezolanos tuvimos para no aceptar la invitación electoral, sería meterse en un tremedal sin salida. Usar la lupa para descubrir cómo la aplanadora de la indiferencia de la ciudadanía puso a Maduro en un extremo jamás visto de aislamiento, sería como adelantar los pasos de un cortejo fúnebre. Material para el inventario de un fracaso rotundo tiene la dictadura de sobra, pero jamás lo mostrarán frente al público.

La oposición, en cambio, tiene evidencias a granel para solazarse en un estudio del resultado electoral, pero quizá sin el énfasis que los acontecimientos requieren. Los testimonios aplastantes de la abstención invitan a un estudio que no será apacible. La soledad de los centros electorales y la elocuencia de las calles vacías se observa a primera vista como un espectáculo que conduce al entusiasmo, pero que conduce a la obligación de estudiar los motivos que realmente lo causaron. ¿Puede la oposición atribuirse las razones de la participación mínima de votantes, sin pensar en la existencia de un movimiento autónomo que tuvo poca relación, o apenas vínculos relativos, con lo que ella propuso antes de que sucediera la “elección”? Son preguntas de ardua contestación, si se quiere llegar a una reflexión sensata y realista de los hechos.

La situación se hace más complicada, si se considera que esos hechos fueron precedidos por un capítulo de desunión que condujo a una apreciación contradictoria de lo que sucedería. La oposición hasta ahora reconocida por las mayorías marchó partida en fragmentos a enfrentar la invitación de la dictadura, y ahora debe mirar hacia esos pedazos susceptibles de poner de relieve un panorama de descoyuntamiento que no debe pasar inadvertido. ¿Se hará una observación descarnada de un prólogo de distancias, antes de ponerse a juntarlas? ¿Será posible la operación, si viene precedida de silencios sepulcrales? No será fácil, si se sigue en el juego de las simulaciones y de las cortesías sin destino.

Justo lo contrario de lo que las urgencias requieren. La ausencia de discusión y, por consiguiente, el retardo de decisiones capaces de orientar cabalmente a la ciudadanía, remite a una irresolución de cuya permanencia se puede esperar lo peor. La botella no puede seguir vacía, a menos que los responsables de la conducción política prefieran la sed absurda del necio que está frente al oasis sin atreverse a calmar su necesidad y el ansia de los que vienen en la caravana.

El rompecabezas de la oposición

Hace bien la oposición cuando celebra la abstención aplastante en las “elecciones” presidenciales, pero no debe exagerar cuando toca las campanas. Se puede establecer una relación entre el llamado hecho por la MUD y por el Frente Amplio de no presentarse a convalidar un fraude cantado y programado para satisfacer el proyecto continuista de Maduro, pero el establecimiento de una relación automática entre la huida masiva de los electores y el mensaje de los líderes carece de sustento firme. De allí la necesidad de mirar con entusiasmo comedido el panorama, no vaya a ser que se piense que estamos ante un triunfo apabullante de un plan sembrado con lucidez y con paciencia por la dirigencia conocida y manida que hemos tenido hasta ahora.

Es cierto que la idea de no votar fue anunciada por esa dirigencia, pero quizá más por las dificultades que tenía para salir airosa del evento que por la hechura de un plan orientado hacia el triunfo. Nadie duda de cómo debatieron en las sedes de los partidos para terminar invitándonos a que nos quedáramos en casa, pero pensar que les obedecimos por el peso de sus argumentos y por el magnetismo de sus voces no es sino una exageración. El solo hecho de que no mantuvieran un discurso constante sobre el tema, ni una presencia caracterizada por la asiduidad en los actos públicos, le da asientos de sobra a  las dudas sobre la posibilidad de que lo primero provocara lo segundo.

La abstención se fue haciendo paulatinamente un sentimiento nacido en los intereses del votante, una decisión promovida por los padecimientos de cada cual, por la sensibilidad de cada quien, que salió de lo individual para convertirse en fenómeno colectivo sin una dirección visible y concreta. Cada votante tenía un argumento particular para no votar, o quizá no lo tuviera, o no le expresara cabalmente. Un conjunto de espontaneidades que parecía trivial, de decisiones descoyuntadas en las cuales no se advertía consistencia,    adquirió la solidez del acero y el poder de las armas letales para desembocar en un acontecimiento que, así como debe preocupar a la dictadura “triunfante” después de la olímpica patada que recibió, debe poner a pensar a los líderes de la oposición antes de que se atribuyan la paternidad de la criatura.

Los líderes de la oposición deben mirar con ojos distintos al pueblo que no votó. Ya no es el dócil escuchador de palabras agotadas, ni el habitual contemplador de caras arrugadas. Ya es capaz de estrenar galas cívicas que antes no había ostentado, sin que las confeccione el sastre de costumbre. Lo demostró el domingo, lo arrojó en la cara de los dirigentes desde lo más íntimo de su desgarramiento y desde la conciencia de su abandono. Sabemos que no es fácil lidiar con una realidad inédita, con un desafío como el que lanzó un electorado que convirtió a Venezuela en un desierto que obliga a una travesía jamás realizada, pero la única forma adecuada de hacer política depende de su comprensión y de su respeto. ¿Actuarán en consecuencia el Frente Amplio y la MUD?

¡Qué pena con Maduro!

mayo 21, 2018 6:31 am
 

 

Lo ocurrido ayer en las elecciones presidenciales no puede ser ocultado a la opinión pública nacional e internacional. Es tal la magnitud del fracaso de Nicolás que, si le quedara algo de vergüenza, a estas horas debería estar escondido debajo de la cama matrimonial sin atreverse a asomar la nariz. Pero la maquinaria extranjera que política y publicitariamente le ha colocado en semejante ridículo universal lo obligará a dar la cara aunque sea a empujones. Peor desgracia imposible para un político que hasta sus íntimos aliados proclaman a sus espaldas que es “un tanto limitado en su entender” y que es menester hablarle despacio y, de ser posible, con frases fáciles de digerir.

 

 

Quizás estas circunstancias y otras vulgares razones lo llevaron a dar saltos en una tarima como si los pasos de baile, por muy graciosos que sean, arrimaran votos a una candidatura que si algo tiene a la vista es que por tamaño y peso implica un esfuerzo adicional que no todo el mundo puede hacer, a menos que haya trabajado en una empresa de mudanzas.

 

 

 

Lo cierto es que, entre pitos y flautas, el candidato trató de llenar el vacío que su programa de gobierno (incoherente por lo demás) era incapaz de darle algo de vida. La campaña de Maduro, para regocijo de sus asesores, consistió en una serie de episodios teatrales mal ensayados y con libretos que, en su conjunto, no alcanzaban a entusiasmar a una feria de pueblo.

 

 

 

Los asesores de Maduro, entre ellos un ciudadano español que vino a descubrir América y que, de seguro, ahorrará dólares aquí para comprarse una raquítica “vivienda popular” como la del máximo líder de Podemos, el coleta Iglesias. A ver si aprende de los exiliados que llegaron a Venezuela y trabajando duro la convirtieron en un país pujante.

 

 

 

La derrota de Maduro, de su modelo y de su socialismo de pata de palo, marca un momento histórico en la ruta del desplome continental del embaucador socialismo del siglo XXI. En el marco político latinoamericano ya las principales figuras del populismo están de capa caída, desde Lula como agente de venta de grandes compañías brasileñas, o de la pandilla kirchnerista que robó a manos llenas en Argentina apoyada en sindicatos corruptos y mafiosos, hasta Venezuela donde se dio una de las más espectaculares alianzas entre el Alto Mando Militar, unos supuestos izquierdistas especializados en desplumar el erario público y los carteles del narcotráfico colombianos y mexicanos.

 

 

 

De toda esta trama hay suficiente documentación en Venezuela y en el exterior y, por supuesto, el propio gobierno debería emprender esta cruzada para iluminar los lados oscuros de un proyecto social y económico que falló por sus débiles principios éticos y morales.

 

 

 

Lo sucedido ayer es más que luminoso y, por lo demás, histórico. Es como esos días en que la marea se retira y deja ver toda la basura que las aguas han ocultado. Los ciudadanos han protestado de la manera más pacífica ante un mamotreto que se le quería imponer como modelo de elecciones, se han retirado para no contaminarse y para no sumergirse en inmensas olas de mierda. ¡Qué lección para los políticos de lado y lado!

 

 

Editorial de El Nacional

¿Qué significa el ultimátum del Grupo de Lima?

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El Grupo de Lima ha venido ocupando el espacio que le correspondía ejercer a la Organización de Estados Americanos (OEA), y esto ocurrió por el sistemático bloqueo de algunas islas del Caribe, junto con los integrantes de la ALBA, a toda decisión de la OEA en la que se pusiera en entredicho el “carácter democrático” del gobierno venezolano.

Esta organización, de hecho, reagrupa a las principales naciones de nuestro hemisferio, tanto en volumen poblacional, como en el porcentaje del PIB. Hasta ahora, se ha venido reuniendo en diversas capitales del continente con la presencia de sus 16 miembros y anteayer lo volvió a hacer en Ciudad de México, con la participación via Skype del Secretario de Estado de los EEUU y del Ministro de Relaciones Exteriores de España, así como los diferentes Ministros de Finanzas de todas las naciones.

El comunicado, firmado por todos quienes en esa reunión participaron, reitera que no reconocerán los resultados de unas elecciones irritas y convocadas por una entidad al margen de la ley, como lo es la ANC. Además, agregan que de no suspender el gobierno venezolano las elecciones pautadas para el 20 de este mes, se han coordinado para ejercer a partir del día 21 de mayo, medidas, ya sea colectivas o individuales, en materia económica, diplomática, financiera y humanitaria.

En la historia reciente de las relaciones internacionales no se ha visto tal grado de concertación y decisión por un número tan relevante de naciones exigiendo el pronto restablecimiento de la institucionalidad y la democracia en un país, y lo significativo es que no se trata solamente de las naciones que integran oficialmente el Grupo de Lima, sino que incluye -e incluirá- a muchos países de Europa, Asia y América, que no pertenecen a esa organización.

Los tiempos han cambiado y la comunidad internacional es cada día menos tolerante cuando se detectan violaciones graves a los DDHH y se propician o cometen delitos transnacionales.

Lo sensato para el Grupo de Lima sería posponer las elecciones y realizarlas en los términos establecidos por la Constitución  venezolana a finales de este año. Eso sí, con todas las garantías requeridas para que estas sean transparentes y justas y faciliten una transición hacia la institucionalidad democrática

Elecciones y libertad de expresión

El pasado martes los diputados a la Asamblea Nacional se disponían a discutir sobre las elecciones presidenciales que nos acechan. Era el último punto de la agenda, pero desde luego el más importante. La gente estaba pendiente del debate, como era de esperar, y los periodistas prepararon temprano sus bártulos para ocuparse de la información. Vana esperanza. Lo que es normal en un sistema de frenos y contrapesos de origen republicano, se convirtió en una deplorable contienda que solo puede existir bajo el imperio de los regímenes de fuerza.

Los detalles se conocen. El coronel del puesto, chafarote anacrónico en las puertas de la casa que debe cobijar a la representación civil nacional, impidió mediante la fuerza la entrada de reporteros, fotógrafos y camarógrafos. Sus subalternos los gritaron e insultaron, y después los agredieron físicamente.

Los diputados que reclamaron el exceso militar sufrieron la misma suerte, para que se pusiera de manifiesto, una vez más, el menoscabo de la democracia y de la libertad de expresión que impera en la Venezuela “bolivariana” y corrupta. Basta con revisar las declaraciones oficiales del fiscal Tarek William Saab para comprobar cómo militares de cualquier rango aprovecharon la confianza que les dio Chávez para acumular fabulosas fortunas.

Estos ataques contra los periodistas constituyen un delito de proporciones escandalosas, que ya ha sucedido antes. No es el primer  espectáculo de violencia castrense, de apestosa militarada, que presenciamos en el Capitolio. No es la primera vez, tampoco, que los diputados pierden la escaramuza ante la violencia de los pretorianos.

En esta ocasión no solo conviene insistir en la gravedad de unos episodios grotescos que se han convertido en hecho cotidiano, sino especialmente en la relación que tienen con las elecciones del próximo domingo. La reiteración de la prepotencia de la tropa frente a las prerrogativas del poder civil es de por sí una aberración sin excusa, pero ahora remite a la suerte del proceso electoral que tenemos en puertas.

Conduce a preguntas que salen rápido de la cabeza, a inquisiciones sobre las cuales no hace falta reflexionar durante horas. ¿Por qué el empeño en impedir la divulgación de un debate sobre las presidenciales? ¿Por qué el miedo a que se ventilen los argumentos de los diputados de oposición sobre lo que sucederá el venidero domingo? Tales empeños y miedos debieron ser poderosos, no en balde terminaron en una represión que se convertiría en comentario obligado de la sociedad.

Solo el temor a que los ciudadanos  y sus representantes parlamentarios descubran más trapisondas, zancadillas, vagabunderías y tramoyas en lo que debería ser una contienda limpia y equilibrada puede explicar el exceso. Solo la necesidad de ocultar situaciones que descubran aún más los vicios de una jornada electoral que los tiene de sobra pudo conducir al ataque de los periodistas y al vejamen de los diputados.

El episodio nos obliga a reflexionar sobre los límites de unas votaciones sobre las que no se puede hablar con libertad antes de que sucedan y sobre las cuales será arduo opinar cuando se conozca el imaginado resultado. El ataque a la libertad de expresión es el prólogo de la manipulación electoral que después sufriremos.

Editorial: La Democracia, Una cuestión petrolera

Editorial: La Democracia, Una cuestión petrolera

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En homenaje a Arturo Uslar Pietri.

Hace 112 años nació Arturo Uslar Pietri, en medio de un país muy distinto al que hoy tenemos. Era una nación muy poco poblada, diezmada por las continuas y muy primitivas guerras y revoluciones, llena de viudas y huérfanos, pobre, insignificante políticamente, arruinada, aislada del mundo. Se vivía de una mísera producción agrícola, incomunicada, apenas superando al caudillismo regional y el mandamás de turno lucía su mejor patanería.

A Uslar le tocó vivir el proceso de transformación de ese país rural, a la nación petrolera de América. Fueron cambios muy profundos, radicales. Le correspondió, junto a insignes venezolanos como Alberto Adriani, compartir con el presidente Eleazar López Contreras (1936-1941), la elaboración del llamado “Programa de Febrero” que contribuyó de manera decidida y audaz, a consolidar un país que no fuera “un gran Caripito“, sino una gran nación más allá de un campo petrolero.

Allí siempre radicaron sus angustias y preocupaciones, en la necesidad de aprovechar la oportunidad que nos daba el Petróleo para convertir ese país pobre, endémico y sin importancia, en una de las potencias más importantes del mundo moderno. Al final de su vida, en una frase lo dijo todo: “Venezuela -en algún momento- tiene que dejar de ser el país de la oportunidades perdidas”.

Y precisamente a esto me voy referir. Hoy, después de 112 años, vivimos la peor crisis de nuestra historia. Y qué mejor homenaje podemos rendir que tomar sus angustias y volver a reflexionar sobre ellas. Hoy un modelo político consecuencia del rentismo petrolero, destroza estructuralmente a la Nación. Hay que estar claros, quienes hoy tienen secuestrada a la República llegaron a consecuencia de un terrible circulo vicioso: Hacer un Estado tan poderoso y que la sociedad dependiera solo de él, más temprano que tarde traería al déspota que la devoraría.

La solución a esta penosa crisis que hoy nos destroza, separa y nos llena de profundo dolor, pasa por hacer algo más que la sustitución de un gobierno. Se trata de la sustitución de un modelo económico que destruye democracias y libertad. Es ponerle fin al circulo vicioso muchas veces expresado por José Antonio Gil Yépes: el totalitarismo se alimenta del rentismo y del estatismo. La libertad y la democracia solo son posibles con una economía libre y productiva y hacia allá tenemos que ir.

Como lo expresó el propio Uslar: “El presente y el porvenir de Venezuela es una cuestión petrolera“. Es allí donde debemos poner hoy toda nuestra atención. Iniciar un proceso de privatización de la industria no es sólo sano e indispensable para aumentar la producción que hoy vive la caída más terrible de la historia, sino que es la clave del desmontaje del Estado totalitario que impide el desarrollo del país, que viola las libertades más básicas y que nos condena a la pobreza.

El mejor homenaje que hoy rendimos a Arturo Uslar Pietri, es reivindicar su pensamiento, como un faro guía en medio de las tinieblas que nos atrapan. La meta es muy clara, para que exista democracia el Estado debe depender de la sociedad y no este absurdo modelo, que hoy algunos sueñan con mantener de hacer que la sociedad siga de rodillas frente al Estado. Desde la Casa Uslar Pietri, seguimos levantando sus banderas con el orgullo de sentir que estamos del lado de la razón. Libertad trae libertad. Honrar a Uslar es dar la bienvenida a las ideas, de nuevo, al debate político venezolano.

Antonio Ecarri Angola

Presidente Ejecutivo

El juego sucio del árbitro

Resulta menos que imposible ganar un partido de fútbol si el árbitro deja ver las costuras y el público percibe quién tiene el triunfo asegurado. Ocurre con dolorosa frecuencia al punto de que distinguidos dirigentes de la poderosa FIFA hoy deben acudir a los tribunales internacionales a esperar que el juez exponga, en su sentencia final, las innumerables tracalerías que durante años fueron cometiendo en comandita con connotadas figuras ligadas al deporte.

Pero les llegó su hora, fueron atrapados y allí comenzó una serie de delaciones que permitieron al mundo conocer los trajines propios de los bajos fondos, de la existencia de una mafia internacional que irrespetó la pureza del deporte y acabó con el encanto de millones de niños y jóvenes que veían en sus ídolos un modelo de comportamiento.

No se crea que estamos hablando de Venezuela y de sus elecciones presidenciales, aunque el parecido llama mucho la atención porque en el fondo se emplean los mismos trucos. Siempre es malo que en una competencia la gente tenga “la impresión” de que el ganador está designado de antemano y que detrás de una campaña electoral siempre estén las viejas alimañas de siempre, los tracaleros y mafiosos de toda la vida. Y peor aún, que el árbitro juegue a favor de un candidato.

Esa puesta en escena ya la conocemos y tanto los periodistas y los medios donde ellos trabajan no pueden darse el lujo de tomar partido por nadie. Su deber es mantener una línea crítica pero no parcializada, en la que los contendores (si es que existen) tengan sus minutos y centímetros garantizados.

Desde luego (y quien esto escribe ha padecido bastantes campañas y presiones de cualquier tipo) todo este enfurecimiento electoral se descarga con saña sobre “la línea editorial” del medio en cuestión, pero nadie quiere asumir que los comandos electorales son los que siempre presionan y luego acusan sin pruebas si el medio no cede a sus pretensiones.

Ocurre que los políticos olvidan que las redacciones de los medios están integradas por profesionales, empleados y obreros que tienen sus propios ideas y preferencias políticas. Si alguien logra ponerlas al servicio de una exclusiva parcialidad política, pues que Dios lo bendiga porque logró un milagro.

Ocurre también que cada trabajador, empleado, periodista o ejecutivo tiene el derecho constitucional de expresar individualmente su posición política sin que ello comprometa el medio donde trabaja. Ojalá el PSUV entendiera esta libertad individual y fuera respetuosa del pensar de cada ciudadano, pero no lo hace.

De allí que apelen a la amenaza y las retaliaciones contra quien exprese su deseo de abstenerse el día de las votaciones. Tal estupidez solo se explica porque desconocen que el acto de abstenerse puede ser y es un acto individual, que se origina en múltiples razones, entre ellas un desencanto personal sobre el efecto del voto.

O una indiferencia civil tan propia de regímenes democráticos, como ocurre en Estados Unidos. Pero donde nunca existe abstención es en Cuba, Corea del Norte o China. ¿Entiende Lucena, “Lady Fraude”?

Maduro arrodillado en el altar de Pérez Jiménez

Los 44 minutos que duró la cadena nacional, a propósito de reinauguración del hotel Humboldt, calzan, posiblemente como ninguna otra actividad gubernamental reciente, con el tópico de la orquesta que sigue su interpretación mientras el barco se va a pique. En el país del hambre, la hiperinflación, la enfermedad y la delincuencia, Maduro y una parte de su banda reinauguran un hotel cinco estrellas, como marco para mentir, una vez más, del modo más descarado.

La más abultada de las mentiras es la que pretende asociar el hotel Humboldt a la premisa de “turismo para el pueblo”. Si es cierto, como leí en alguna información, que el costo por alquilar una habitación por noche estará próximo a los mil dólares, ya podemos estimar quiénes serán los usuarios del hotel: los propios funcionarios del gobierno –que no pueden viajar a ninguna parte porque podrían ser capturados–; altos funcionarios rusos, chinos y cubanos; Daniel Ortega, que seguramente se interesará para organizar alguna de sus famosas juergas; así como los últimos contratistas que quedan en Venezuela, miembros de los clanes Maduro, Flores, Rodríguez, Cabello y otros (de hecho, Maduro dijo en un momento de la transmisión, como si eso fuese materia de chiste: “Hoy nos quedamos aquí, Cilia”).

Otra mentira que cabe destacar es la afirmación de que el hotel Humboldt estimulará el turismo en Caracas y La Guaira. Falso. Absolutamente falso. Los turistas que pueden pagar mil dólares por una noche no escogen viajar a una ciudad que encabeza todos los rankings internacionales de peligrosidad. Salvo que se desplacen rodeados de un tropel de guardaespaldas –como ocurre con los miembros más destacados de la banda que gobierna a Venezuela–, nadie visita una ciudad que tiene problemas de agua, electricidad, servicios médicos colapsados, falta de alimentos, cada día un peor servicio de Internet y, como corona de lo anterior, un promedio de 130 asesinatos por cada 100.000 personas.

Quien haya escuchado lo ocurrido en esos 44 minutos podría coincidir en que uno de los mensajes más reiterados fue el del beneficio en divisas que traerá el hotel: los ansiados dólares que les permiten estar cada día mejor alimentados y rechonchos, delante de un país donde más de 70% de la población ha perdido entre 9 y 10 kilos de peso promedio en 2 años. Maduro, que habló de divisas, también insistió en introducir el tema del petro. Una de las preguntas que cabe hacer es cómo hará la norteamericana cadena Marriott, que operará el hotel a través de una empresa intermediaria, para comerciar con petros, cuando el gobierno de Estados Unidos ya hizo un categórico pronunciamiento de rechazo al respecto. Y hay más: Maduro anunció que en la cadena hotelera del Estado habrá oficinas para cambiar dólares por petros, no más que una patética mentira.

Antes de seguir, es prudente anotar una llamativa omisión durante la cadena: ninguno de los voceros explicó cuál fue el costo final de la obra, luego de años de retrasos, paralizaciones, reinicios y sucesión de inversiones. Maduro y sus secuaces deben contestar a la pregunta de cuánto costaron las obras, el mobiliario y la dotación del hotel.

Toda la escena de la reinauguración fue extremadamente reveladora. Que el dictador haya levantado un teléfono de utilería para simular que hablaba con el dictador Pérez Jiménez es una correspondencia más entre el final de la dictadura de Maduro y el final de la dictadura de Pérez Jiménez, que son inevitablemente llamativas.

Entre la dictadura de Pérez Jiménez y la de Maduro hay diferencias y parentescos. Por ejemplo, mientras el primero hizo de la construcción uno de sus signos vitales, la política de Maduro es la inversa: destruir la infraestructura nacional, por desidia y falta de mantenimiento. Ambas dictaduras comparten el signo de la corrupción, pero en estas lides, Pérez Jiménez resulta un actor irrelevante frente a la magnitud, extensión y descaro de la corrupción del chavismo y del madurismo.

Ambas dictaduras crearon y desarrollaron estructuras para perseguir, asesinar, torturar y apresar a los disidentes: entre la llamada Seguridad Nacional y el DGCIM hay una hermandad espiritual. Son animales de la misma especie. La diferencia sustantiva es la desproporción con la que actúan los de hoy: encapuchados, con armas largas, haciendo uso de violencia y con la ventaja que les otorga la impunidad que les han prometido sus jefes.

Lo que he dicho en otro artículo, lo repito aquí: Pérez Jiménez convocó a un plebiscito ilegal e ilegítimo, que lo condujo a la huida del 23 de Enero. La correspondencia con la convocatoria ilegal, ilegítima y fraudulenta del próximo 20 de mayo es evidente: la de un proceso electoral inventado por un régimen al filo de su derrumbe.