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Guayana desolada y Sidor en ruinas

OPINIÓN

Trabajadores de Sidor toman medidas para reconstruir el sector suderúrgico de Venezuela

Guayana desolada y Sidor en ruinas

 

El  trabajador y miembro de la junta directiva de la Siderúrgica del Orinoco (Sidor), Pedro Rondón, en exclusiva para Venepress, señaló que Guayana está desolada y sus trabajadores muestran su descontento, por lo que están tomando medidas para la reconstrucción del sector suderúrgico de Venezuela.

El próximo 8 de noviembre está prevista una cumbre sindical con la finalidad de marcar un ruta que traiga la liberación de los sindicalistas Rubén González, Ronny Álvarez y cuatro compañeros que se encuentra privados de libertad por el régimen de Nicolás Maduro.

Rondón señaló que tras la paralización de Sidor, los trabajadores solo asisten a marcar su ficha: “están siendo sometidos a la aberración de una cajita de CLAP, se van en camiones, gandolas, hasta piden colas para ir a la industria a fichar y registrar las 60 horas de trabajo para poder recibir mensualmente una caja de alimentos”, mientras que otros trabajadores optan por ir a las minas a sacar oro de forma ilegal.

También aseguró que “no ven resultados del diálogo nacional e internacional, ni del apoyo que tiene el presidente de la Asamblea  Nacional, Juan Guaidó, menos un interés del gobierno en apoyar a los trabajadores con las propuestas que se tienen hoy”.

“Sin ideologías partidistas vamos a ir a ese encuentro a abrazar una propuesta que vamos a hacer para nosotros recuperar nuestras conversiones colectivas, proponer la recuperación de todas esas empresas básicas e invitar a la gente que apoya a Juan Guaidó para asegurar la confianza que tienen los trabajadores en la inversión privada y el respeto de todas las leyes venezolanas”,  palabras de Pedro Rondón en entrevista realizada por Fernando Tineo.


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David Morán Bohórquez: En socialismo teniendo petróleo, ni comeremos ni pagaremos deuda

David Morán Bohórquez | @morandavid

De Venezuela han huido unos 3,5 millones de habitantes y aún así siguen huyendo a una tasa de 3.000 personas por día. A fines de año habrá perdido el 18% de su población. Su PIB, en dólares por habitante, cayó de 7.000 dólares en 2014 a 2.070 en 2019, según datos del FMI.

El 97% de las divisas las produce las exportaciones de crudo y productos petroleros, en manos del monopolio estatal Pdvsa. En el restante 3% de las exportaciones van hierro, crustáceos, cueros, enchapados de madera, aceite de coco, cacao, café, oro, algunas partes automotrices y un mínimo etcétera.

Por otro lado, el gobierno socialista endeudó el país. Aun cuando las cifras oficiales de deuda externa son opacas y no disponibles. El profesor de Harvard University, Miguel Ángel Santos la calculó en USD 184.500 a fines de 2017.

 

 

 

Con exportaciones totales de USD 28.000 millones de dólares en 2017, la relación deuda/exportaciones del país alcanzó el 657%, la peor relación de país alguno.

La deuda en barriles de petróleo

En una entrevista reciente con la revista Gente que Construye, afirmé que “A grandes rasgos y con grandes números, puedo afirmar profesionalmente que Pdvsa y la industria petrolera nacional no tienen ninguna posibilidad de recuperación bajo la lógica del monopolio estatal”.

Vayamos paso a paso con algunos números. Supongamos que la deuda externa es de USD 180.000 millones.

El precio de venta de la cesta petrolera venezolana ha variado según el mercado mundial de crudos. En los 5 años y 7 meses, entre enero de 2014 a julio de 2019, el mayor precio promedio fue de USD 88,42 por barril en 2014 y el menor de USD 35,15 en 2016. En lo que va de año el promedio es de USD 53,68. El precio promedio de enero14 – julio19 es de USD 54,76.

Tenemos entonces, que los USD 180 mil millones de deuda equivalen al precio promedio del barril venezolano en el período 2014-2019 a 3.287 millones de barriles de petróleo.

La industria Petrolera Nacional pasó de producir 2.350 kbpd en enero de 2014 a sólo 742 kbpd en julio de 2019. Una caída de 1.608 kbd, es decir 68% menos respecto a enero de 2014, en apenas 4 años y 7 meses. Una debacle sin precedentes en la historia petrolera mundial.

 

 

A diferencia de los precios, que dependen de los mercados, la cantidad a producir depende en el caso de Venezuela, no de las reservas, que son las más grandes del mundo, sino del monopolio estatal en manos del régimen de Maduro.

Supongamos, que la IPN puede producir este año a un promedio de 742 kbpd. Al año estaría produciendo un total de 270,8 millones de barriles.

Tenemos también que el país necesita importar bienes y servicios, como alimentos, medicinas, repuestos para funcionar. En el año 2000 Venezuela importó bienes y servicios por USD 15,2 mil millones. En 2010 importó USD 35,8 mil millones y alcanzó un pico en 2012 con USD 57,8 mil millones. Con la crisis que trajo el socialismo al país, las importaciones cayeron a USD 9,1 mil millones según cifras de Observatory of Economic Complexity (OEC). Importaciones por debajo de los USD 10 mil millones supone una severa escasez de bienes y servicios para el funcionamiento de la sociedad venezolana.

Esa importaciones de USD 9,1 mil millones equivalen al precio promedio del barril de Venezuela de USD 54,76 a 166,2 millones de barriles, y corrigiendo que 3% de ellas no se pagaron con barriles, tenemos entonces que para las mínimas importaciones de USD 9,1 mil millones, se necesitan 161,4 millones de barriles.

Eso nos deja para pagar deuda 109,4 millones de barriles (270,8-161,4), que equivalen a 30 años de deuda. Me explico, significa que el gobierno estaría 30 años sin disponer de un sólo dólar proveniente por petróleo, para pagar la deuda socialista, sin gastar nada en Venezuela, incluyendo los propios gastos de Pdvsa, ni electricidad, ni en infraestructura, ministerios, etc. Sólo dispondría de los ingresos internos. Y sosteniendo importaciones de USD 9,1 mil millones que son insuficientes. Y Pdvsa de manera mágica produciendo 742 kbpd sin invertir nada.

Cualquier alteración de esa relación, o paga algo más de deuda o causa más hambre y miseria en el país. Y esto es una situación insostenible.

En socialismo ni comeremos ni pagaremos. Ni produciremos petróleo. El socialismo saqueó al país.

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Lo que no leerás sobre Argentina en ningún lado

Argentina, ese país con el potencial de alimentar a un cuarto de la población mundial, sigue siendo un misterio para sus vecinos

Hugo Chávez y la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández (Foto: Flickr)

Por Washington Abdala

La Argentina es una mujer golpeada. Además, es una mujer sometida. Y además, todavía, tiene el síndrome Estocolmo, no se anima a denunciar a su agresor y hasta le dispensa respeto.

 

La Argentina de Raúl Alfonsín (el mismo Raúl Alfonsín que todos aman) fue un país donde el peronismo incendió todo, donde los militares no aflojaban, la iglesia se entrometía y donde la economía se descontroló. ¿Cómo terminó? Don Raúl tiró la esponja antes de tiempo porque ya no daba más. Los que hoy lo aman son los mismos que lo puteaban y lo desalojaron.

Luego vino Carlos Menem, con patillas anchas y discurso riojano, para terminar haciendo vida de porteño look Isidorito Cañones, subido a los autos de carrera, mujeres por doquier, venta de todo lo que fuera algún activo del país y pizza con champagne. Final inevitable, crisis y devaluaciones de todo tipo.

En ese espasmo de delirio, el antiperonismo, con De La Rúa a la cabeza (UCR), cree que puede gobernar el país y lo intenta, nunca se puede contra la rosca peronista que todo lo tiene contaminado e inoculado, y así entre ineficacia y burradas termina arriba de un helicóptero con el país incendiado.

Por allí se instala el período de varios micropresidentes, como Puerta o Rodriguez Saa, que tiró todo por la borda. Adolfo Rodriguez Saa, un energúmeno importante, fue el epítome de la alienación argentina mandando a la mierda a todo lo que se le dio la gana en el congreso mientras los diputados aplaudían locos de la vida y el lunes el país estaba fundido y encerrado en si mismo. Duró unos días locos. Creo que luego estuvo Camaño uno o dos días, procurando huir de semejante asunto cuanto antes.

Viene entonces Eduardo Duhalde, frío, sin esquema de futuro inmediato, solo para transitar la debacle, pero con el boliche de haber gobernado la provincia y con el aplomo del político que sabe quién caga a quién. Nadie le pide demasiado porque ya no hay nada. Acierta con los equipos económicos y empiezan a trabajar. El FMI de vuelta tira alguna chuleta (Alfonsín ayudaba, la historia no recuerda esto, pero empujó con sentido patriótico como el que más).

Al final del corto período de Duhalde, hay que inventar un candidato y surge Néstor, lejano gobernador. Duhalde tenía que investir a alguien y creyó que «el pingüino» sería dominable. Parecía trabajador, era ambicioso y despedía cierto progresismo. Había amado a Menem. Se cuela.

Su primer mandato fue digno, por cierto, algo robó pero con mesura, no a la Argentina, con esa liberalidad que asusta (Jorge Batlle: «los argentinos son chorros todos, del primero hasta el último», metáfora que buscaba demostrar que la clase política argentina causa espanto). Ya tendría tiempo de montar su banda.

Luego ya todo es más conocido, llega ella, se siente Nefertiti y cree que puede con mandos imperiales conducir la nave. Se puebla de cleptómanos y cleptócratas que la rodean. Los ve y no los ve. Empieza a creer en su mente que ella es más que Perón y Evita. Y construye su mito (nadie se lo dice, pero tiene patologías severas de distancia con la realidad). Igual, el mito, queda instalado para que luego sea gramscianamente utilizado.

El arribo de Mauricio Macri es el sueño dorado de Cristina (y de Macri, ambos se necesitaron siempre). Aristócrata, clase alta, formas atildadas, inserto en la estructura de poder económico de siempre en la Argentina, con discurso errático pero tozudo, constante y encuentra en el «desencanto» argentino hecho crema por el populismo cristinista la oportunidad de colarse al poder. Su padre le había dicho que era una locura sabiendo que nadie, o casi nadie, sale indemne de esa licuadora mecánica. No era tan boludo el viejo Macri.

Hoy, aparece el testaferro Alberto Fernández, lúgubre, venal, barato, casi penoso por creer que tiene algún dominio de situación escénico. Cero, solo un charlatán avivado que supo ser funcionario de Néstor, luego militó en el odio hacia sus patrones, y ahora por una epifanía de Cristina, que, en un acto de suprema inteligencia, lo transforma en socio edecán. Ella y sus muchachos de la Cámpora son la mafia que por detrás mueve todo. Y todavía tienen un ujier que se llama Massa (ni el nombre importa) que es solo un retazo de algo penoso que se llama «sigo currando con el poder un poco más porque no tengo idea lo que es laburar ocho horas».

Esto es la Argentina de hoy. Esta es la clase política que tienen nuestros hermanos. Esto es lo que tenemos que ver, saber y entender para nunca imitar en nada.

Ser diferentes es la consigna: Artigas, muchachos, Artigas, no dejemos nunca que nos lo afanen.
Si algún día alienamos, y creemos que son divinos, está bien, vayamos en semana de turismo a pasear, veamos algún espectáculo, compremos los libros de Facundo Manes, pero al toque, rajemos. Esta gente no está bien. Y son tóxicos con ellos mismos.

Y si crees que exagero, preguntále a Messi en el mano a mano qué cree de sus connacionales, verás que son complicados y pico.


Washington Abdala es abogado, escritor, docente de Ciencias Políticas en Uruguay y representante de la Secretaría General de la OEA en el diferendo de Guatemala y Belice.

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Creencias ideológicas y preferencias políticas no son racionales

Mientras subsista el convencimiento moral erróneo, el impulso ético de repetir el error será inmune a sus consecuencias

 

Los liberales –y es algo en lo he insistido mucho– somos en cierto sentido hijos del iluminismo –Hayek mediante, más del racionalismo crítico del iluminismo escocés que de los excesos del racionalismo cartesiano en una razón omnipotente– pero todavía y en muchos sentidos, somos racionalistas. Seguimos empeñados en creer –contra toda evidencia– que la razón tendría que ser suficiente para cambiar creencias ideológicas y preferencias políticas frecuentemente mayoritarias y peligrosamente erróneas. Y no lo es. Por una parte, porque en el hombre civilizado subsisten –atenuados pero no desaparecidos– poderosos atavismos emocionales propios del salvaje, lo que no trataré aquí. Por otra parte, está lo qué trataré aquí en ésta oportunidad: que la razón tiene límites. Aunque sea la más poderosa herramienta de supervivencia de nuestra especie, ni es la única que determina nuestras conductas, ni la que prevalece en nuestras preferencias de fines.

Hay cierto racionalismo instrumental más o menos universal –y subjetivo– pero estrictamente de medios. No de fines. Por eso que de poco sirve mostrar a la luz de la razón que:

 

  • La realidad objetiva y natural –jamás social o ideológica– de la escasez.
  • La abrumadora evidencia teórica y empírica de la superioridad absoluta del mercado librepara sostener la vida de millones en condiciones superiores a las de cualquier otro orden económico.
  • La indiscutible imposibilidad de procesos intersubjetivos de mercado en ausencia de plena propiedad privada.
  • Hay necesaria correspondencia entre el orden espontaneo evolutivo de mercado y su correspondiente marco jurídico y moral.

De nada sirve la razón ante individuos convencidos de la supuesta maldad moral que sustentaría tales productos de la civilización, y la supuesta bondad moral inherente de entelequias incapaces de producir otra cosa que destrucción material y moral. Mientras subsista el convencimiento moral erróneo, el impulso ético de repetir el error será inmune a sus consecuencias.

Esto, sin embargo, no significa  (como tienden a concluir quienes creen en la virtud de la ignorancia) que el problema esté en que los liberales estudien economía política en demasía. Tampoco que fuera errónea la negativa a sustentar la doctrina liberal en textos sagrados de religión alguna, pues si un error ha evitado el liberalismo es ese. No confundamos la innegable relación de la libertad con la tradición moral y religión cristiana en Occidente con el absurdo de pedirle a textos sagrados doctrina política en lugar fe trascendente. Y desde esta última, convicción moral privada. Olvidemos lo de sustentar liberalismo en ética servil, inconsistencia que termina en socialismo en sentido amplio. Además, sobre el economicismo: es indudable que la idea misma de racionalidad contemporánea es sinónimo de cálculo, algo que tiene orígenes claros en la historia de la filosofía, cuando Inmanuel Kant exilió la metafísica al terreno de la creencia, reduciendo el saber racional a la integración copernicana de matemática y física.

Tal creencia cultural —que cabría calificar de prejuicio— en la racionalidad reducida al cálculo, da buena cuenta del olvido de avances de la economía escolástica por los economistas clásicos, tanto o más que diferencias religiosas y nacionales a la que se suele atribuir.

Ya con los clásicos, el agente maximizador racional tenía que serlo mediante el cálculo. Manteniendo tal concepto de racionalidad, el marginalismo (en lugar ilustrar el proceso de la mente creativa que descubre fines) la redujo al agente que calcula medios. En los modelos del paradigma económico dominante, lo vemos con fines «dados», tratando de maximizar su utilidad en sentido matemático, porque el descubrimiento del valor marginal se reducía al cálculo, limitando la ciencia económica a racionalidad instrumental a la asignación eficiente de medios a fines «dados». Y decir «dados» es negarse a estudiar fines económicos como tales. El subjetivismo fue completamente eclipsado por su propio marginalismo en la frontera entre Jevons y Marshall.

Es en ese sentido –y no en todo sentido– el enfoque de la mayor parte de la economía neoclásica es la errónea imitación de las ciencias naturales, forzando un método cuya demoledora crítica –en las ciencias naturales– completaron epistemólogos como Kuhn, Lakatos y Feyerabend, de lo que modeladores ingenuamente neopositivistas en economía –y ciencias sociales en general– aparentemente no tuvieron noticia. Nuestros asunto es qué esa forma de entender la teoría económica –con sus virtudes y logros– de poco sirve a la hora de situarnos ante la aparente «irracionalidad» de fines subjetivos ampliamente valorados y mayoritariamente compartidos.

Por fortuna, mientras más liberal resulte una escuela del pensamiento económico, menos se la podrá acusar de tal cosa. Hay más de eso en la Escuela de Chicago que en la economía ordo-liberal alemana, y menos todavía en la Escuela Austríaca, aunque ninguna está completamente exenta de aquello, la diferencia empieza en que el único descubridor del valor marginal que se resistió a reducir la racionalidad al mero calculo, manteniendo la visión del hombre como agente activo y creativo, fue justamente Karl Menger. Una diferencia antropológica de la que se deducen varias diferencias epistemológicas.

Y sin embargo, aunque Mises mucho aportó en La mentalidad anticapitalista, y Hayek no menos, desde La teoría de los fenómenos complejos hasta El Orden sensorial, lo que fue suficiente para que muchos, muchísimos escalones abajo, hasta yo investigase en esa dirección con Libres de Envidia: La justificación de la envidia como axioma moral del socialismo. Y veamos otros aportes actuales de más importancia. El caso es que estamos ante un campo desconocido tan amplio y de tanta importancia para el liberalismo en general –y la Escuela Austríaca en particular– en que hemos avanzado muy poco. Valioso y revelador ese poco. Pero muy poco, casi nada. Y es un problema del que nuestro fuerte apego emocional a algún tipo de racionalismo, aunque sea crítico –paradoja perfecta esa del fuerte apego emocional al racionalismo– nos aleja, aunque nuestra razón nos señale –se se lo permitimos– que necesitamos (desesperadamente) comprenderlo a fondo.

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Injusta política económica de Vázquez y Mujica

Vázquez y Mujica han apostado a las empresas internacionales y, a priori, esto no es negativo. Pero estas compañías tienen privilegios que las locales no

José Mujica y Tabaré Vázquez. (Foto: Flickr)

El buen gobierno es un tema cultural. No se trata de izquierda o derecha ni tampoco del carisma que pueda tener un político. El sustrato que alimenta a la prosperidad o la decadencia de una nación, son las ideas y las prácticas. Esos factores no son inmutables. Es por eso que países que en un momento determinado fueron prósperos pueden declinar y viceversa.

Dentro del conjunto de ideas, el concepto de justicia adquiere especial relevancia. Hasta un niño pequeño sabe que «lo justo» es tratar a todos de igual manera e «injusto» lo contrario.

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Ulpiano señala que «La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho». No olvidemos que «justicia» proviene de la palabra latina ius, que significa «derecho» pero también «lo justo».

Los pensadores de la Ilustración agregaron la doctrina de la igualdad ante la ley, que nadie es más que nadie (ni por nacimiento o posición social o caudal económico), que la norma jurídica debe ser abstracta y de aplicación generalizada y que se debían eliminar los irritantes «privi – legios». Recordemos que ese término significa «leyes particulares para alguien determinado».

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Sobre esas bases morales se erigieron las naciones más prósperas y avanzadas. Asimismo, predomina la concordia porque la gente siente que las relaciones sociales están basadas en la Justicia.

El efecto económico que deriva de esta noción de Justicia, es que el bienestar se esparce por todas las capas sociales. Eso se constata por la pujante existencia de pequeñas, medianas y grandes empresas. Si los dos primeros tipos son numerosos, es señal de que los fundamentos sobre los que está erigida esa sociedad son sanos.

A raíz de que la concepción clásica de justicia es la que coincide con el sentir íntimo de las personas, aquellos que soterradamente buscan unos fines ajenos a «lo justo», le han agregado adjetivos. Ese es el origen de la palabra «justicia social», que busca nutrirse del prestigio de ese término pero lo bastardea.

La prueba es que cuando se aplica esa «justicia social», el individuo honesto siente que es tremendamente injusta porque le sacan lo que ha ganado con mucho esfuerzo para dárselo a otros y en base a parámetros poco claros. Como esa práctica política rechina, para que la gente la acepte, la han condimentado con un pseudo moralismo: no dejarse arrebatar mediante la ley lo que a uno le pertenece, es «egoísmo».

No es por casualidad que los gobernantes que más vociferan que la «justicia social» es el objetivo de sus nefastas prácticas, sean los que conducen, en el mediano plazo, a la declinación de sus países (moral, económica, política y socialmente).

La pervertida noción de justicia provoca que la economía informal se extienda. Como se apoya en los «privi-legios» (monopolios públicos o privados y normas diferenciales), hay grandes empresas; las pequeñas y medianas a duras penas logran sobrevivir. Asimismo, la principal fuente de empleo es el Estado.

Hay muchos ejemplos de lo anteriormente dicho. El venezolano Hugo Chávez es el caso más reciente; el argentino Juan Domingo Perón, el paradigma del siglo XX.

Pero queremos analizar la política económica llevada adelante por el Frente Amplio, de la mano de Tabaré Vázquez y José «Pepe» Mujica. Nos interesa desentrañar si ella ha sido beneficiosa o perjudicial para el futuro de Uruguay.

Durante sus respectivos gobiernos, han aprobado una serie de normas que han perjudicado al ambiente empresarial del país. Entre otras cosas, le han dado un poder desmedido a los sindicatos y les permiten ocupar empresas.

En la reciente reunión anual de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los empleadores extranjeros con inversiones en Uruguay, señalaron que las autoridades uruguayas manifiestan «desprecio a los órganos de control», una «postura desafiante» y que, en complicidad con los líderes sindicales, hay «usurpación de derechos». El mexicano Fernando Yllanes Martínez enfatizó que «no es posible que durante prácticamente 11 años el gobierno del Uruguay mantenga una resistencia, o más bien, una oposición abierta y clara para cumplir con las resoluciones de esta comisión».

Por otra parte, Vázquez y Mujica aumentaron groseramente el número de empleados públicos, colocando en lugares muy bien remunerados a amigos y entenados. Desde 2005 hasta 2018, el aumento de los vínculos laborales con el Estado por empleos fijos y temporales ha crecido más de 34 %. Esto no es gratis, sino que repercute en aumento de impuestos al sector privado, de una carga impositiva ya intolerable.

Jorge Caumont señala, que si «no hubiese existido esa ‘creación’ de empleos públicos, difícil de justificar, la tasa de desempleo actual sería 13,2 %, sensiblemente mayor a la que existía al inicio de 2005, cuando asume el Dr. Tabaré Vázquez por primera vez». Además, ese innecesario aumento del empleo público le ha quitado recursos al sector privado para aumentar la inversión y el empleo privado, lo que ha comprometido el bienestar de futuras generaciones.

Si los efectos perniciosos del falaz sentido de justicia de Vázquez y Mujica no se notaron antes, fue debido al excepcional período de bonanza proveniente del exterior (altos precios de los commodities y muy bajas tasas de interés internacionales) que benefició al país entre 2004 y 2014. Pero en 2015, cuando cesó ese «viento de cola», la economía se frenó abruptamente.

La conjunción de los factores señalados ha llevado a que muchas empresas cierren o se vayan del país. En un mercado pequeño como el uruguayo, 176 firmas fueron a concurso de acreedores entre enero de 2017 y julio de 2018,

Vázquez y Mujica han apostado a las grandes empresas internacionales. Lo peculiar de la situación, es que para atraerlas les han otorgado grandes privi-legios. El colmo han sido las negociaciones secretas con la papelera finlandesa UPM. Nadie –ni siquiera el parlamento– ha tenido acceso a las condiciones pactadas.

¿Es malo que una empresa extranjera decida realizar una gran inversión (unos 3 000 millones de dólares) en Uruguay?

No lo es, siempre y cuando deba sujetarse a las mismas reglas que las demás compañías. Es decir, en un contexto justo.

De lo contrario, que la economía nacional dependa de unas pocas grandes empresas es socialmente negativo, porque concentra la riqueza y, si llega a cerrar, deja un tendal por el camino. Hay experiencia al respecto.

Por ejemplo, con la regasificadora, otro de los «inventos» de Mujica que actualmente está siendo investigado por la justicia penal. En el expediente judicial reiteradamente aparecen las palabras «ilicitud», «irregularidades», «desviación y abuso de poder», «arbitrariedades» y «pérdidas millonarias».

Dicha inversión sería de unos 1 125 millones de dólares. Los organismos estatales UTE y Ancap fueron «fiadores ilimitados, lisos y llanos» de la obra. Además, el Estado otorgó una «garantía soberana» en caso de que la contraparte privada incumpliera «cualquiera de las obligaciones garantizadas». El contrato está firmado por Mujica y su ministro de Economía, Fernando Lorenzo.

El abrupto final de la obra –por estar relacionada con la brasileña OAS, investigada en el marco del “Lava Jato”– dejó sin trabajo a unos 700 operarios y le quedó debiendo mucho dinero a más de 300 pequeñas y medianas empresas nacionales.

El temor de que la historia se vuelva a repetir no es injustificado. Se funda en una cláusula del contrato entre el Estado uruguayo y UPM  que habilita a la empresa finlandesa a decidir de forma unilateral –sin pagar multas– a retirarse del país por «razones de conveniencia y a su entera discreción». La única limitante es que avise por escrito un año antes.

Por tanto, vemos que la política económica de Vázquez y Mujica ha sido profundamente injusta.

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Socialismo y petróleo en Venezuela: de la enfermedad holandesa a la declinación

A la luz de la teoría austríaca, la enfermedad holandesa se revelaría como una variante de la distorsión de información que conduce al desperdicio de capital por malas inversiones

La declinación de producción de petróleo del que vive el socialismo en Venezuela no tiene explicación en la destrucción. (Foto: Flickr)

El término «enfermedad holandesa» se usó por primera vez en la revista The Economist en 1977. A poco de eso, ya era tema de estudio académico. La idea es que si un sector exportador introduce un nuevo ingreso importante de divisas, la competitividad relativa entre sectores cambiaría como resultado de la variación del tipo de cambio real. Inicialmente, se supuso que el ingreso de divisas del sector favorecido causaría la declinación de sectores de menor competitividad. Crecerían las importaciones de ciertos bienes transables y parte del ingreso externo se transformaría en moneda local incrementando el circulante. La demanda nueva de bienes no transables ocasionaría un incremento de las importaciones y crecería la demanda interna de no transables.

Típicamente, sería el impacto de corto plazo del ingreso de divisas por algo cuya demanda externa crece repentinamente –o cuya oferta global se restringe repentinamente– sobre economías especializadas por ventajas competitivas en la exportación de alguna materia prima, algo que se ha considerado negativo para el crecimiento a largo plazo en estudios académicos como los de Rajan y Subramanian en 2005, e Ismail en 2010.

 

También se ha argumentado que no hay tal «enfermedad», que la transición de un equilibrio a otro no afectaría negativamente el crecimiento a largo plazo en estudios académicos como el de Magud y Sosa en 2010. Incluso, que sería positivo para el crecimiento a largo plazo fortalecer el ingreso real de la población alineando el tipo de cambio con la competitividad relativa del sector exportador más eficiente evitando la emisión inflacionaria.

Quienes consideran que cualquier desalineación de la tasa de cambio de su equilibrio de largo plazo –sea por subvaluación o sobrevaluación– rara vez rechazan alguna subvaluación moderada para «mejorar» la competitividad de sectores transables poco competitivos. Pero es una idea peligrosa la de usar la devaluación para diversificar exportaciones en una economía especializada en una materia prima con una competitividad comparativa muy alta; y consecuentemente un gran peso relativo en la producción de bienes transables.

Pero fuera de tal manipulación cambiaria no habría tal enfermedad. O tal vez sí. Cuando se considera al tipo de cambio de mercado la expresión del equilibrio dinámico de las competitividades relativas de los sectores productores de bienes transables, la enfermedad holandesa sí pudiera ser un problema estructural cuando una enorme diferencia de competitividad relativa de un sector se sume a su desmesurado peso relativo y escasa inserción en la estructura de producción interna.

Pero es a la luz de la teoría austríaca del capital que la enfermedad holandesa –al menos en el caso de economías especializadas en la exportación de materias primas– se revelaría como una variante particular de la distorsión de información que conduce al desperdicio de capital por malas inversiones en ciclos económicos inducidos desde el lado monetario por la ampliación de inversiones sin ahorro previo. También es una variante de transferencia del ciclo de unas economías a otras.

Está de sobra la percepción negativa –por razones equivocadas– del desplazamiento del capital hacia la actividad transable de mayor ventaja competitiva –y a la producción de bienes no transables– típicas del escenario en que hablamos de enfermedad holandesa. Es falso el problema de la declinación de la producción de ciertos bienes transables que afecta la industrialización como objetivo de la planificación económica del Estado, sea por la sustitución ineficiente de importaciones –crecimiento hacia adentro– o subsidio inflacionario a exportaciones –crecimiento hacia afuera–. Toda planificación centralizada de la actividad económica terminara desperdiciando capital en una industrialización artificiosa y precaria al desalinearse inevitablemente de la dinámica orientación del capital hacia las ventajas competitivas de una economía abierta.

Pero otro asunto conexo es que, sin considerar la teoría austríaca del capital, resulta imposible relacionar el desajuste macroeconómico con causas y efectos microeconómicos que den cuenta teórica de si el desajuste por el choque que la enfermedad holandesa causara en el circulante producirá reorientaciones eficientes o distorsiones ineficientes en la asignación del capital a corto o mediano plazo. Sin una fundamentación teórica adecuada,  poco aportarían los estudios empíricos, pues en la medida que las distorsiones se saldasen a largo plazo con algún crecimiento, un marco teórico inadecuado impediría identificar errores en la asignación de recursos a la producción de bienes de diferentes órdenes en la estructura inter-temporal del capital.

La enfermedad holandesa será enfermedad únicamente en la medida que sea un desequilibrio dinámico significativo en la estructura del capital. De hecho, si reconsiderársenos las grandes distorsiones de la economía petrolera venezolana desde mediados de la década de 70 –cuando se inicia la caída sostenida a largo plazo del PIB per cápita, todavía en curso– a esta luz –y no a la de la interpretación y discusión tradicional de la enfermedad holandesa– encontraríamos una explicación adecuada de una importante paradojas del socialismo en el poder en Venezuela.

La acelerada e indetenible declinación de la producción del petróleo del que literalmente vive el socialismo en el poder en Venezuela no tiene explicación clara en la destrucción y empobrecimiento que la inviable economía socialista impone sobre todo el resto. Y no lo explica porque la capacidad de concentrar –incluso con sus inherentes ineficiencias y distorsiones– todos los recursos posibles en el único gran sector estratégico es típica de economías socialistas. La miseria era predecible. La gran declinación acelerada de ese sector vital no tanto.

Las sanciones más que explicación son excusa. Pero lo que sería un primer paso hacia la explicación es considerar que la acumulación de malas inversiones y distorsiones en el sector hubiera empezado mucho antes de la declinación actual. Con las distorsiones del socialismo moderado precedente y su modelo de sustitución de importaciones. Las citadas ineficiencias y distorsiones exacerbadas de la actualidad alcanzaran por ello, rápida e inevitablemente una escala que resulte ya imposible contrarrestar por la voluntariosa concentración socialista de recursos escasamente eficaces a cualquier costo.

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Los curiosos problemas del concepto de «poder de compra»

En una economía monetaria, el dinero es el único bien que se encuentra en estado de trueque con los demás bienes y servicios, por lo que no tenemos, ni podríamos tener, un precio monetario del dinero

¿Tiene el dinero un precio monetario? (Foto: Flickr)

La interferencia sobre el dinero es antigua, diversa y creciente. No hay el menor indicio de consenso sobre cuáles serían las mejores condiciones institucionales para el resurgimiento de un dinero de mercado realmente libre. Explicaba Hayek que: «considerado como requisito indispensable para el funcionamiento de un extenso orden de cooperación entre seres libres, el dinero, casi desde su aparición, ha sido tan desvergonzadamente manipulado por los gobiernos, que se ha convertido en la principal causa de perturbación del proceso mediante el cual se auto-organiza el orden extenso de cooperación humana. A excepción de unos pocos periodos afortunados, la historia del tratamiento del dinero por parte del gobierno ha sido un incesante ejemplo de fraude y decepción. A este respecto, los gobiernos se han mostrado mucho más inmorales que cualquier institución privada que haya podido ofrecer dinero competitivo».

Hablamos de la tasa de interés como «precio» del dinero en el tiempo porque el proceso por el que se establecen las tasas de mercado es análogo al de formación precios. Pero no hay realmente un precio del dinero.

 

Resumiendo a Böhm-Bawerk sobre formación de precios, digamos que partiendo de sus escalas de preferencia subjetivas ordinales dinámicas los individuos deciden qué intercambios realizar y cuáles no. En el proceso de mercado los precios a los que la abrumadora mayoría de los agentes realicen transacciones se establecerá en un intervalo entre las valoraciones marginales de compradores y vendedores más próximas. Ese intervalo –representando por un precio de equilibrio para efectos matemáticos– se desplazará en la medida que cambien las valuaciones subjetivas de los sujetos que actúan, junto con infinidad de factores cambiantes que las condicionan.

Quedarán fuera del mercado quienes no están dispuestos a comprar o a vender en este rango e ingresarán a él en la medida que el cambio de sus valoraciones, del intervalo de precios de mercado, o de ambos, lo permita. Pero la aplicación de la teoría de precios al dinero, lo que nos dice de una parte es que, entendiendo precio como razón de intercambio entre dos bienes, el bien dinero presente se cambia por el bien dinero futuro en el intervalo de una tasa de interés intersubjetiva que emerge –en principio– de un proceso similar al de un precio. La gran diferencia es que en lugar de un precio de cada bien o servicio en dinero, tenemos un intercambio de bienes presentes por bienes futuros por la valoración de ambos en unidades monetarias. Eso no es un “precio del dinero” que pueda servir de medida de su poder de compra.

De hecho, el dinero que se cambia por bienes y servicios, en cuanto bien cuya utilidad es la de ser medio universal de intercambio indirecto, no presenta nada similar a un precio propio respecto de los bienes. Es decir, si el precio de todos los bienes se expresa en dinero, el precio de dinero únicamente lo pudiéramos expresar en bienes. Eso no significa que lo podamos expresar realmente en una cesta o promedio de bienes, principalmente porque las escalas de valores subjetivas de las personas no solo difieren de unas a otras, sino porque simplemente no son estables.

Como explica Rothbard: «supongamos, por ejemplo, que la oferta de dinero aumenta un 20 %. El resultado no será, como da por sentado la economía clásica, un simple aumento general del 20 % en todos los precios. Imaginemos, a título de suposición, el caso más favorable, que podríamos denominar el modelo del Arcángel Gabriel, según el cual el Arcángel Gabriel desciende de las alturas y de la noche a la mañana incrementa el saldo de caja de todo el mundo precisamente en un 20 %. Ahora bien, no todos los precios aumentarán simplemente un 20 %, porque cada individuo tiene una escala de valores diferente, un ordenamiento ordinal diferente de las utilidades, incluso las utilidades marginales relativas de los dólares y de todos los otros bienes de su escala de valores. A medida que aumenta el stock de dólares de cada persona, sus adquisiciones de bienes y servicios variarán de acuerdo con la nueva posición que éstos ocupan en su escala de valores respecto de los dólares. Por lo tanto, variará la estructura de la demanda, al igual que los precios relativos y los ingresos relativos de la producción, y se modificará también la composición de la gama de bienes y servicios que constituyen el poder adquisitivo del dólar».

En una economía monetaria el dinero es el único bien que se encuentra en estado de trueque con los demás bienes y servicios, por lo que en el estricto presente no tenemos ni un precio monetario del dinero, ni un emergente cardinal equivalente, como sí sería la tasa de interés para su intercambio intertemporal. Y como es, en este sentido, que el poder de compra resulta ser el concepto con el que identificaríamos un «precio del dinero», ese poder de compra del dinero en realidad no equivale a un nivel de precios que podamos representar mediante un número índice.

Cuando un ama de casa se sorprende del que lo que estimaría como la variación del índice de su personal cesta de compra –una cesta real– suele estar muy por encima o muy por debajo de la variación de índice de precios estadístico al que normalmente se le atribuye la medida simultánea de inflación y poder de compra. Su sorpresa refleja algo más profundo que la simple diferencia entre un caso y un promedio. La estadística revela cosas importantes. Pero entre ellas no está un precio del dinero sin el que toda aproximación a la idea de medir su «poder de compra» será incompleta y problemática.