Publicado en DESTACADOS, OPINIONES

Por qué tantos rechazan la libertad y ansían ardientemente la esclavitud

 

Las amenazas a la libertad del hombre en sociedad son amenazas a la existencia misma de la civilización y, por consecuencia, de la propia especie humana

libertad
El rechazo a la libertad termina en esclavitud. (Foto: Flickr)

En medio de una orgía de resentida destrucción que con criminal complacencia justifican por igual tontos útiles e intelectuales comprometidos –admirados de la capacidad destructiva que tras décadas de esfuerzos por infantilizar a un par de generaciones hiperemocionales, habían finalmente creado– tenemos dos problemas de fondo:

  • El rechazo a la libertad y responsabilidad que termina en la adoración de la esclavitud.
  • La atracción por la destrucción que termina en la adoración de la muerte.

Me referiré esta vez casi exclusivamente al primero. Buen punto de inicio, pues vano sería considerar la libertad en un sentido metafísico último, sin antes tratar las urgentes amenazas a la libertad del hombre como ser social. Inútil sería concentrarnos en las confusiones de quienes se empeñan en definir la libertad como poder ante la naturaleza de la realidad misma para definirla, a priori, como un imposible en la realidad. Hablamos de amenazas a la libertad del hombre en sociedad que son, a su vez, amenazas a la existencia misma de la civilización y, por consecuencia, de la propia especie humana.

Además de circunstancia, de suyo urgente, un sentido de urgencia nace del hecho que entre las mayores amenazas a la libertad en nuestro tiempo, destaquen los errores y confusiones de sus más convencidos defensores; y no por la diversidad de opiniones, o el diferenciado acento que cada cual ponga y proponga en ciertos aspectos; sino a claros pero inadvertidos errores de hecho en influyentes pensadores liberales. Y consecuentemente, en la mayoría de los, al final pocos, que como tales nos identifiquemos.

La apropiación de la ética por la intelectualidad izquierdista –señalada acertadamente por Armando Rivas– se completa en la medida que los liberales compartan, consciente o inconscientemente, precisamente esa ética como si fuera, no digamos la única posible –como dan por descontado quienes buscan imponer su monopolio ético– sino la que mejor se ajustase al ideal liberal justicia, aunque es la más lejana de aquél. El error de compartirla no está tanto en que sea el soporte moral del socialismo, pudiera esté último, desde una premisa moral cierta torcer su razonamiento hacia conclusiones éticas falsas –o alcanzar conclusiones veraces partiendo de premisas falsas– sino porque está construida sobre un error de hecho y en tal sentido es, a todo evento, sencillamente impracticable.

La ética del individual perjuicio auto-infligido en favor del colectivo bien ajeno es el sustento del socialismo en sentido amplio, rechácese tal ética y no le quedará al socialismo con que justificar los crímenes de su interminable serie de experimentos sociales fallidos, cuando menos desde Munster en 1534 y 1535. Para quienes creen que la historia puede ofrecer comprobaciones empíricas, debería ser ilustrativo que todos los esfuerzos serios por imponer coherentemente la ética del altruismo en el orden social extenso condujesen a totalitarismos infernales, para ser en poco tiempo derrotados por enemigos externos, o a largo plazo colapsar bajo el peso de su intrínseca inviabilidad evolutiva. Pero no lo será en la medida que se conceda, activa o tácitamente, validez de premisa moral universal al autosacrificio individual al colectivo.

Lo semántico ni es, ni pudiera ser moralmente neutro, y los diccionarios –o sus redactores– reflejan y refuerzan la mayoritaria aceptación culposa de tan absurda ética. Altruismo es una “buena palabra” y egoísmo una “mala palabra”. ¿Cómo pudiéramos aceptar, si no, que el daño autoinfligido en aras de un bien ajeno inevitablemente fallido, sea una medida de bondad o rectitud, mientras que la autopreservación, el amor propio y la búsqueda de la felicidad, en la subjetiva expresión y desarrollo de las preferencias y talentos personales, vengan a ser medidas de malignidad o depravación moral?

De la idea de los vicios privados como virtudes públicas de Bernard de Mandeville, pasando por la mejor la idea del egoísmo ilustrado de Tocqueville –quien tuvo la perspicacia de entender como el ideal de la igualdad tenía el potencial de transformar la democracia en tiranía– a la virtud del egoísmo racional como fundamento ético objetivista de Rand, no faltaron quienes identificaran de una u otra forma la clave del problema.

En cierto sentido, Rand es la más clara al insistir en que la pretensión de una moral impracticable terminará en la justificación de cualquier práctica inmoral: «si se comienza por aceptar ‘el bien común’ como un axioma y se considera el bien individual como una consecuencia posible, aunque no necesaria (no necesaria en cualquier caso en particular), se termina con un absurdo tan espantoso como el de la Unión Soviética, un país que declara a todas voces dedicarse al ‘bien común’, mientras la totalidad de su población, con la excepción del pequeño grupo gobernante, se ha debatido por más de dos generaciones en una miseria subhumana. ¿Qué hace que las víctimas y, peor aún, los observadores, acepten esta y otras atrocidades históricas similares, aferrándose al mito del ‘bien común’? La respuesta se encuentra en la filosofía, en las teorías filosóficas que tratan sobre la naturaleza de los valores morales».

¿Quién en su sano juicio podría negarlo? Pues cualquiera empeñado en creer que en pos del insubstancial “bien común” deba afirmar –y culposamente no practicar– una ética del autosacrificio, únicamente porque ese es el mensaje moral en que coinciden la abrumadora mayoría de los artistas, intelectuales, políticos y sacerdotes. Este sacrificio inútil, culpa insensata o hipocresía moral a nivel individual, y por consecuencia, social (el totalitarismo, genocidio y destrucción material y moral) fue y será el recurrente producto de colocar el horizonte moral en tal nomina, flatu vocis. Y es eso lo que se necesita para elevar la envidia a la categoría de axioma moral –condición sine qua non de la idea misma del socialismo– y en medio del profundo resentimiento envidioso transformado en el placer de la destrucción por la infantilizarían que defiende la intolerancia como virtud y de la idiotez sabiduría termina necesariamente en adoración por la muerte.

Publicado en DESTACADOS, Internacionales,, OPINIONES

De Bolivia a Venezuela, usurpación y cohabitación

 

La de Bolivia puede ser la historia virtuosa, lo sabremos en noventa días. En Venezuela, no obstante, las incógnitas son más fuertes

venezuela bolivia
Desde la conformación del gobierno interino de Guaidó, nunca ha estado el país más lejos que ahora de la tan ansiada redemocratización. (Foto: Twitter Juan Guaidó)

Una lección de la crisis boliviana es que la institución del sufragio vive y goza de buena salud en América Latina. Es cierto que la región tiene un alto nivel de tolerancia a las artimañas usadas para la perpetuación en el poder, incluso la reelección indefinida como Evo Morales. No obstante, los liderazgos deben revalidarse en las urnas.

Ninguna sociedad otorga un cheque en blanco para dicha perpetuación. El quimérico líder imprescindible debe ganar elecciones “libres, justas y transparentes”, según reza la fórmula de estilo. El fraude electoral activa los anticuerpos de la democracia latinoamericana.

Con lo cual, cuando Evo Morales se proclamó vencedor en la noche del 20 de octubre —robándose la elección, justamente— estaba convirtiéndose en un usurpador del poder. Tanto que ni siquiera pudo llegar a cumplir su mandato constitucional vigente. Es el añejo tema de la legitimidad de origen.

Esto nos lleva a Venezuela. Cuando Maduro se robó la elección del 20 de mayo de 2018, recibió unánime repudio. El fraude fue documentado por Smartmatic, la empresa que procesó los datos y demostró que los resultados oficiales fueron inflados. El “vencedor” había sido la abstención.

De ahí que la Asamblea Nacional de Venezuela y el Tribunal Supremo de Justicia Legítimo, ambos cuerpos elegidos de acuerdo a la letra constitucional, declararan la nulidad de dichas elecciones. Lo propio hicieron la mayoría de las naciones democráticas y la OEA, cuya Asamblea General emitió una resolución el 5 de junio de 2018 desconociendo dicha elección.

El 10 de enero de 2019 concluyó el periodo presidencial de Nicolás Maduro iniciado en 2013. Ante el vacío institucional, la Constitución de Venezuela obligó al Poder Legislativo a asumir funciones del Ejecutivo de manera interina en la figura del presidente del cuerpo, el diputado Juan Guaidó, a la postre Presidente Encargado. Maduro continuó en Miraflores, sin embargo, usurpando el poder, precisamente.

Así se planteó la estrategia que lograría la redemocratización del país: “cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres” en ese orden. La secuencia por la certeza que cualquier elección bajo Maduro volvería a producir un fraude y que un gobierno de transición formado por la Asamblea Nacional debía antes reorganizar el sistema y el Consejo Nacional Electoral para garantizar elecciones limpias. Lo cual requería un cierto tiempo.

Ello recibió masivo apoyo en Venezuela y en el exterior, 60 democracias alrededor del mundo. Recuérdese la gesta humanitaria en Cúcuta el 23 de febrero. El optimismo era generalizado. Quienes estuvimos allí pensamos que detrás de los camiones que llevaban medicinas y alimentos ingresarían la libertad y la democracia.

Nótese que ello no es muy diferente hoy en Bolivia. En lo conceptual es idéntico: el gobierno de transición con base parlamentaria debe convocar a elecciones libres bajo una autoridad electoral diferente, no la que produjo el fraude del 20 de octubre. Y ello en el menor tiempo posible. Se habla de noventa días para resolver la crisis política y estabilizar el país. Ojalá que así sea.

Regrese el lector a Venezuela conmigo, pues allí ya pasó casi un año. Desde la conformación del gobierno interino de Guaidó, nunca ha estado el país más lejos que ahora de la tan ansiada redemocratización. Al punto que los mismos partidos que propusieron la secuencia en cuestión hoy están relegitimando la dictadura. De hecho, la presidencia interina de Guaidó ha pasado del fin de la usurpación a la cohabitación.

Primero, la Asamblea Nacional acordó con el PSUV, partido de Maduro, crear una comisión preliminar para reorganizar el Consejo Nacional Electoral de manera conjunta. Han surgido así nombres de nuevos rectores propuestos con tal propósito, lo cual daría la apariencia de una normalización. Apariencia debido a que dichas elecciones ocurrirían con Maduro en el poder.

Nada dijo esta comisión acerca del necesario rediseño integral del sistema electoral, el registro, el mapa distrital, las diversas inhabilitaciones y la exclusión de los venezolanos en el exterior, votos opositores por definición. Todo ello es condición necesaria para que las elecciones tengan un mínimo de credibilidad.

Dicha comisión preliminar descansa sobre un segundo punto: el regreso del PSUV a la Asamblea Nacional, decisión aparentemente acordada en el hermético diálogo de Oslo y Barbados. Considerando que un tercio de los diputados opositores no asisten a sesiones por estar encarcelados, perseguidos, exiliados, asilados o por carecer de los medios para viajar desde sus regiones, el regreso del bloque chavista podría producir un nuevo equilibrio parlamentario. Equilibrio a favor del régimen, esto es.

El tercer elemento en este nuevo escenario es el intento de reorganización del Tribunal Supremo de Justicia Legitimo que funciona en el exilio. Nombrados por la Asamblea Nacional en 2017, es ahora la misma Asamblea la que presiona a los magistrados con un simple objetivo: neutralizar las opiniones y fallos del Tribunal que incomodan al régimen de Maduro y a su nuevo acuerdo electoral en ciernes. Ello redundaría en beneficio del TSJ de Caracas, usurpador también de acuerdo a la norma constitucional.

Así las cosas, Maduro podría retomar control de tres arenas institucionales claves: la electoral, la parlamentaria y la judicial. Se produciría una relegitimación del régimen, paradójicamente con la ayuda de la conducción del Parlamento, es decir, de Juan Guaidó. La comunidad internacional, que invirtió recursos y energía política en el fin de la usurpación, ya está en alerta ante semejante despropósito.

En definitiva, tanto en Bolivia como en Venezuela se trata de definir la sanción política adecuada para quien se roba una elección, o sea, quien usurpa el poder. La de Bolivia puede ser la historia virtuosa, lo sabremos en noventa días. En Venezuela solo sabemos que es improbable, sino imposible, que ocurra el fin de la usurpación con colaboracionismo y cohabitación.

Publicado en DESTACADOS, OPINIONES, Politica

La componenda, idiotas

 

Ese proyecto bipresidencialista ha sido aceptado por todas las organizaciones y entidades políticas de la nación, sin excepción

Venezuela ha terminado convertida en una satrapía de la tiranía cubana, amparada por sátrapas y opositores. (Efe)

En una extraordinaria entrevista televisiva con un periodista boliviano, que puede verse por Youtube, el político e intelectual boliviano Carlos Sánchez Berzoain nos explica la clave del triunfo de la sociedad boliviana que expulsará a Evo Morales del poder y del país, con sencillas palabras que deben caer como un balde de agua fría sobre los dirigentes opositores venezolanos, sin ninguna excepción: el desalojo de Evo Morales se debió al fracaso de las dirigencias partidistas bolivianas en distraer y frenar el empuje liberador del pueblo atendiendo a diálogos y componendas con el dictador. La sociedad civil boliviana no se vio en ningún momento coartada por propuestas de entendimiento, diálogos y cohabitación con el dictador.

Visto en ese contra espejo, la conclusión es lógica y matemática: en Venezuela no ha triunfado la sociedad civil porque esas dirigencias le han bloqueado su poder y su acción emancipadora, prestándose a la más escandalosa concupiscencia con el poder dictatorial reinante. No ha sido en los hogares, en los lugares de trabajo, en las universidades, calles y avenidas de los pueblos y ciudades venezolanas que se ha fraguado la permanente parálisis y postración de los esfuerzos populares por librarse de la tiranía. Ha sido en los cogollos de la Asamblea Nacional, en las sedes de los partidos, en los despachos de sus secretarios generales. Que lograron el desiderátum de la traición: convencer al mundo de que la legitimidad de nuestros esfuerzos por liberarnos de la dictadura no está en el pueblo venezolano, que la sufre, sino en un grupo de diputados electos en diciembre de 2015, por lo tanto de legitimidad periclitada, y que en lugar de asistir a sus electores, los únicos y verdaderos depositarios constitucionales de la soberanía, se han prestado a divorciarse de ellos, negociar sus cargos con sus compañeros de bancadas agentes del tirano, lucrarse de tal mediación y correr en auxilio del tirano en cada circunstancia que ha constituido una amenaza real de desalojo. Algún día, si Dios lo permite, sabremos el costo en monedas fuertes que ha debido sufragar el Estado para financiar esas acciones dilatorias. Con muy escasas y muy dignas excepciones, los dirigentes políticos venezolanos de uno y otro bando no actúan por amor al arte.

En un maquiavélico y avieso uso de sus poderes y atribuciones, esas dirigencias —de VP, de AD, de UNT, de COPEI, del MAS, el PSUV y el PC, caimanes todos de un mismo pozo—, usurpando la soberanía, lograron imponer su viejo proyecto de cohabitación, inventando un interinato supraconstitucional, a cargo, naturalmente, de su presidente de Asamblea, Juan Guaidó, y concentrando en su figura el reconocimiento mundial como para compartir la Presidencia con el tirano. Es el colmo de la usurpación y caso únicos en la historia universal: la coexistencia pacífica de dos presidencias en una misma república.

Así cause asombro: ese proyecto bipresidencialista, atentatorio de la esencia de las reivindicaciones populares y la historia democrática de Venezuela —librarse de las tiranías—, ha sido aceptado por todas las organizaciones y entidades políticas de la nación, sin excepción. Ese usurpador en segunda potencia, aceptado que el de la primera potencia sea Nicolás Maduro, ha sido elevado a las alturas inmarcesibles de la intangibilidad: es intocable. Cuenta con un ejército de defensores incondicionales, los llamados guaidolovers, que constituyen una suerte de dictadura mediática implacable. Disfruta de todo el poder y reconocimiento unánime opositor, sin atributo de verdadero poder alguno. Salvo el de coartar la acción de lo que resta de auténtica oposición. Una ilusión óptica que permite generalizar la creencia que el poder del castrocomunismo reinante apenas representa una cuota de poder. Así en esa cuota sin compartir estén las Fuerzas Armadas, decisorias en último término de quien manda y no manda en Venezuela. Se ha configurado así, propiciado por la misma oposición, una estafa política sin precedentes. Y una traición a la nación propia de los reinados de las Mil y Una Noches: Venezuela ha terminado convertida en una satrapía de la tiranía cubana, amparada por sátrapas y opositores. Acordados implícitamente en aceptar en silencio un régimen de presidencialismo bicefálico.

Es entonces que se comprende la profunda, la insuperable diferencia del caso venezolano respecto del caso boliviano. El aislamiento del agente cubano Evo Morales fue total. En cuanto perdió su base política de sustentación y las fuerzas armadas y policiales le retiraron su apoyo, cayó por su propio peso. E hizo lo más honorable que le cabía hacer: escapar al exterior, asilándose en bajo la protección de Andrés Manuel López Obrador. Mutatis mutandi, Maduro no ha caído, a pesar de no contar con ningún respaldo social, porque ni las Fuerzas Armadas, ni las policiales le han retirado su apoyo. Y las fuerzas políticas se dividen entre quienes lo apoyan abiertamente, el castrocomunismo venezolano, y quienes, diciéndose de oposición, como Timoteo Zambrano, Claudio Fermín y Felipe Mujica, prefieren la concordia y la cohabitación junto a Guaidó y el llamado G4 que el enfrentamiento, representado por Diego Arria, Antonio Ledezma, María Corina Machado.

Si estos últimos no se liberan del chantaje unitarista y no rompen con el asambleísmo conciliador y conviviente y el llamado interinato, Venezuela no seguirá el ejemplo boliviano. Seguirá el ejemplo cubano. Es nuestra tragedia.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

¡Forma parte de la misión de difundir la verdad! Ayúdenos a combatir los intentos de silenciar las voces disidentes y contribuye hoy.

CONTRIBUYE HOY

Contribuya hoy al PanAm Post con su donación

Publicado en DESTACADOS, OPINIONES

Justicia frena abusos de Tabaré Vázquez

 

La metamorfosis que ha sufrido el presidente uruguayo Tabaré Vázquez luego de dos períodos en el poder es notable

uruguay vázquez
Tabaré Vázquez, presidente de Uruguay. (Foto: IAEA)

El poder es un afrodisíaco. Tiene un “no sé qué” capaz de transformar a la más buena de las personas en alguien vil.

La gente suele creer que el motor de cualquier acción humana es el dinero. Es un error. Lo que realmente “enloquece” a los sujetos es el ansia de poder, tal como prueba la experiencia histórica. Además, es adictivo. Una vez que se ha probado sus “mieles”, la tentación de no querer soltarlo es enorme.

Otra característica del poder es que cuanto más tiempo permanece en unas manos, más inclina a ese sujeto a hacer lo que no debe. De ahí la admonición de Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Cuando se escucha esta frase se suele pensar en el enriquecimiento indebido. Pero no necesariamente es así. La peor corrupción es la del carácter. Es la más peligrosa porque es la que induce a cometer injusticias.

Como se recordará, Acton fue un prestigioso historiador inglés del siglo XIX. Desde el punto de vista ideológico, era liberal. Por tanto, defendía las libertades políticas. A pesar de ser católico, sostenía la tesis de que los historiadores debían investigar con independencia los escándalos y abusos del poder del gobierno y la Iglesia, tanto del pasado como del presente.

El obispo Mandell Creighton, autor de Historia del Papado, creía que no era correcto juzgar la conducta de los papas. Debido a la relación de amistad que los unía, Acton le escribió en una carta lo siguiente:

“No puedo aceptar su regla de que el papa y el rey, a diferencia de las demás personas, merezcan el supuesto favorable de que no pudieron hacer algo malo. Frente a cualquier autoridad, hay que suponer lo contrario, y más aún cuanto más poder tenga. La falta de responsabilidad legal debe suplirse con la responsabilidad histórica. El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Las grandes figuras son casi siempre malas personas, incluso las que no tienen autoridad sino influencia, especialmente si considera usted la tendencia corruptora del poder y su efecto de hecho. Suponer que el poder santifica es la máxima herejía”.

Desde la época de Acton mucha agua corrió bajo el puente. Se buscaron los mecanismos institucionales para limitar, en lo posible, ese efecto corruptor que origina el prolongado ejercicio del poder. La rotación de los partidos en el gobierno (la democracia), una justicia independiente, que los gobernantes deban respetar la ley, y una prensa libre que investigue a fondo, han demostrado ser los medios más eficaces para acercarse al fin propuesto.

En Uruguay, somos testigos de cuánta verdad encierran las palabras de Acton. El Frente Amplio hace casi quince años que gobierna. Por su parte, Tabaré Vázquez ha sido por dos veces presidente de la república (2005-2010, 2015-2020).

La metamorfosis que ha sufrido Vázquez luego de tanto tiempo siendo poderoso es notable. Sobre todo si comparamos cuál fue su conducta durante su primera presidencia y la que está corriendo actualmente.

En el año electoral de 2009, Vázquez les dijo a los integrantes del gabinete, que los que quisieran hacer campaña política tenían que abandonar su cargo. En aquella época, consideraba que no era compatible la tarea ministerial con la electoral.

Diez años después, no solo no los hacer renunciar sino que los impulsa a que recorran el país para captar votos. Pero no se quedó ahí, sino que fue más allá de lo que le está legalmente permitido: puso la web de la Presidencia al servicio de su partido político el Frente Amplio, incluso, subiendo críticas a los candidatos de la oposición.

Por suerte para los uruguayos, ahora las autoridades tienen responsabilidad histórica (aunque haya historiadores nacionales que no tienen la misma ética que Acton al realizar su labor) y también legal. Por eso, el abuso cometido por Vázquez fue sometido a la autoridad de un juez.

El resultado fue que mediante sentencia judicial, se obligó a Presidencia de la República a quitar de su portal institucional dos notas en las que ministros respondieron a discusiones electorales. Además, le ordenó que se “abstenga de subir a su página web publicaciones que tengan que ver con el acto eleccionario convocado”. El juez señala que la Secretaría de Comunicación Institucional depende de la Presidencia de la República y su soporte es el presidente. La figura del mandatario «posee una posición institucional predominante» cuya intervención en la campaña electoral le está vedada por la Constitución.

El fallo recalca que «Admitir por vía oblicua publicaciones en las que se controvierten los dichos de los actores políticos con vías al acto eleccionario, conllevan e implican, cercenar la libertad de dichos partidos y sentar posición de la Presidencia sobre los hechos objeto de discusión».

Desde hace un par de años, las encuestas sistemáticamente vienen señalando que es muy posible que el Frente Amplio sea desplazado del gobierno. Asimismo, muestran una baja pronunciada en la popularidad de Vázquez. Ese hecho provocó la rabia del mandatario que comenzó a criticar el trabajo de las encuestadoras.

Un medio de prensa quiso saber cuánta decencia había en la mencionada actitud de Vázquez. Por consiguiente, amparándose en la Ley N° 18.381 (Derecho de Acceso a la Información Pública), El Observador preguntó si el Poder Ejecutivo contrató servicios de estudio de opinión pública entre el 1 de enero de 2018 y el 30 de junio de 2019. Solicitó conocer si había recurrido a encuestas o mediciones, a qué empresas se las habían encomendado y si había algún otro tipo de estudios que se hubieran encargado.

Presidencia se negó a brindar dicha información argumentando que esa era información clasificada como reservada.

Nuevamente la justicia puso coto a los desbordes de poder de Vázquez, condenando a Presidencia de la República a brindar a El Observador la información solicitada.

El juez determinó que Presidencia disponía de 96 horas para suministrar los datos requeridos porque la información pública es un «derecho fundamental de las personas», cuya finalidad es «promover la transparencia en la gestión pública”. Además, «La resolución (…) es ilegítima porque no encarta dentro de las excepciones para clasificar la información como reservada».

La última de la “vivezas” conocidas de Vázquez es de contenido análogo al caso anterior. En esta ocasión, El Observador pidió el listado de personas que cumplen tareas en Presidencia bajo vínculo de pase en comisión. Para cada caso se pidió nombre, apellido, organismo del que proviene, sueldo y resolución; también solicitó esos mismos datos pero para las personas que desde Presidencia tienen un pase en comisión en otra dependencia del Estado.

Asimismo, solicitó el detalle de los cargos de confianza de designación directa, con información sobre nombres, apellidos, escalafón, fecha de contratación, sueldo y resolución.

Una información que ayudaría a conocer el nivel de nepotismo o amiguismo que prevalece en ese organismo.

Presidencia se negó a entregar esa información. Argumentó que «no es posible» acceder a la información solicitada porque la misma se encuentra amparada bajo la ley de Protección de Datos Personales.

Lo más gracioso es que la ley de Ley de Acceso a la Información Pública fue promulgada por el propio Vázquez durante su primera presidencia. Parecería que en la segunda, él y su círculo cercano han actuado de una manera que prefieren que la ciudadanía no sepa.

Como se ve, el “mal” está avanzando a pasos agigantados. Señal de que es oportuno un cambio de gente al mando del país para contenerlo.

Publicado en DESTACADOS, Internacionales,, OPINIONES

El nuevo muro socialista es el muro mental de la idiotez

 

El muro de la vergüenza ya no está en Berlín, sino en las mentes de quienes aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil

muro de berlín
Muro de Berlín. (Foto: Flickr)

Conmemoramos 30 años de la caída del muro de Berlín. Y olvidamos fácilmente que no cayó, fue derribado. Institucional y físicamente por los berlineses orientales que escucharon asombrados en TV –en rutinaria conferencia de prensa– al vocero oficial del gobierno anunciar –entre otras cosas– que las restricciones fronterizas cesarían  a pregunta ¿Cuándo se levantarán las restricciones? El asombroso “con efecto inmediato”. Era lo que decían sus notas oficiales, y así las leyó.

Tan enormes eran esas multitudes de alemanes (que poco antes protagonizaban enormes manifestaciones contra su gobierno), que sus angustiados tiranos, sabiendo que Moscú no enviaría sus tanques, debieron abstenerse de reprimirlas como deseaban. Temían que todo se les fuera de las manos –ya se les había ido de las manos– llegando al levantamiento, como los aplastados por el ejército soviético en Hungría y Checoeslovaquia –y a menor escala en Berlín oriental– décadas atrás. Estaban aterrados porque esta vez “Moscú no enviará los tanques”.

Los guardias de frontera nada sabían. Nadie les informó del “con efecto inmediato”. Contenían masas que exigían atravesar, mientras observan que incluso los berlineses occidentales se daban por enterados del “con efecto inmediato”. Sus oficiales sabían que “Moscú no enviará los tanques”. Ordenaron levantar las barreras. La RDA desapareció en paz. Agentes del aparato de represión y propaganda abandonaban sus puestos y millones de alemanes celebraban asombrados el fin de una pesadilla.

El fracaso del socialismo no lo evidenció la caída del muro, sino la necesidad de construirlo. No como barrera ante el exterior, sino como cárcel de sus súbditos. Al muro lo derribó la inviabilidad de la economía socialista, que colapsó al imperio soviético entero. Pero el principio del fin del poder soviético lo adelantan Reagan, Kohl, Thatcher y la autoridad moral de Juan Pablo II y quien decidió que “Moscú no enviará los tanques”. A Gorbachov le conocí en México en 2012. Un comunista decepcionado, que había entendido que aquello era insostenible y buscaba la manera de evitar que terminara en otro baño de sangre. Creyó inicialmente que reformas políticas y económicas serían suficientes. Aunque conocía bien las fuerzas internas –y externas– contra cualquier reforma, no podía imaginar que terminaría como terminó. Explicaba que fácilmente pudo ser mucho peor.

Decía que sus antiguos camaradas –y algunos nacionalistas rusos– le reclamaban que “había entregado todo”. Se preguntaba retóricamente «¿qué entregué? ¿Polonia a los polacos? ¿Alemania a los alemanes? ¿Hungría a los húngaros?». Y, no olvidemos, «Rusia a los rusos». Agregaba que, aunque no hay alternativa si de paz y prosperidad se trata, «la libertad es difícil, está llena de desafíos, responsabilidades y peligros». Entregó en paz –hasta donde pudo– el imperio a los pueblos que sojuzgaba. Ciertamente, la libertad es difícil. Lo que unos y otros lograron o no hacer con ella, fue del éxito fulgurante –Estonia– a la agridulce decepción –la propia Federación Rusa– y el sangriento renacimiento de antiguos odios, postergados pero no olvidados –Yugoeslavia–.

El muro fue derribado. Una intelligentsia occidental que va mayormente de intelectuales comprometidos a tontos útiles lloraba su caída, abierta o ocultamente, como lloraron el colapso del imperio soviético. Pero siguieron en lo suyo porque un efecto extraordinario –impredecible e involuntario, pero apreciado y bien aprovechado– del agitpro global soviético fue la hegemonía cultural de esa intelectualidad socialista –en sentido amplio– sobre Occidente. Como comentaba en la columna anterior, que la bestia pensara por sí misma, y no respondiera inmediatamente a órdenes de sus asombrados creadores, no impidió que fuera manipulable desde dentro por un núcleo de estricta obediencia soviética. Los intelectuales comprometidos.

Siguieron como siempre. Y como siempre pensaron «qué hacer», ansiosos de reconstruir el imperio perdido. Y de construir un nuevo e indestructible muro contra la idea misma de libertad. Y lo han construido. No tanto en aquellos países que, como el mío, lograron someter a su nuevo totalitarismo mediante los activos despojos del aparato internacional soviético. En Iberoamérica, dirigidos por un totalitarismo soberano que en su miseria, represión y adoctrinamiento, seguía en pie, y, finalmente, de su cuenta. Pero no me refiero tanto a ese muro más legal que físico, sino al que levantó en demasiadas mentes la hegemonía cultural socialista en sentido amplio, dentro del que sueñan con destruir al capitalismo, y otros con rehacer sobre miseria y cenizas el imperio perdido.

Es el muro de la idiotez levantado en las mentes de una o dos generaciones –de la mayoría, no de la totalidad– que aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil –violenta por demás– anclarse en el resentimiento envidioso, tornarse histéricamente intolerantes a la mera existencia de la mínima diferencia ante sus absurdos dogmas. Y en resumen, a exigir materialmente todo a cambio de nada, como su supuesto “derecho humano” fundamental. Es un muro de ideas, no de concreto y acero. Ideas profundamente erróneas, que se pueden resumir la más absurda creencia: que el simple hecho de existir les otorga el derecho a exigir una plétora interminable de lujosos bienes y servicios que ni han producido, ni podrían producir. Ni desean trabajar para pagar. Y que todos su el confort y el consumo se los debe el mundo como un derecho. A cambio del que nada deberían entregar. Excepto su propia libertad. Y la de todos.

Es el muro en la mente del idiota Y no es accidente. Una cosa es que pidan lo imposible. Y en ese sentido su triunfo sería su fracaso. Otra que quienes los convencieron de que era posible, no pensaban que lo fuera, porque no son idiotas sino malvados –en el sentido de Cipolla–. Pensaban –con razón– que convencerlos de lo imposible los transformaba en arma ciega de destrucción que crearía condiciones para establecer uno tras otro, nuevos totalitarismos. Paso, a paso. Casi inadvertidamente. Rehaciendo al perdido imperio. Y tras su nuevo muro, en eso están.

Publicado en DESTACADOS, OPINIONES

Socialismo es barbarie

 

“Socialismo o barbarie”, clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915, pero no se puede ser una alternativa a sí mismo

socialismo
La Habana, Cuba. (Foto: Flickr)

Lo extraordinario de la más famosa consigna de la notable marxista revolucionaria polaco-alemana, Rosa Luxemburgo, es que invirtió completamente la realidad. Y esa, a fin de cuentas, era la clave del pensamiento socialista revolucionario siglos antes de Marx, el marxismo y la citada intelectual, política y revolucionaria profesional. «Socialismo o barbarie», clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915 –ella atribuyó en una confusión de memoria el concepto a Engels, aunque era de Kausty– y lo resumió en su exitosa frase. Palabras citadas hasta el cansancio: han servido de eslogan o de nombre a periódicos socialistas y anarquistas, grupos de agitadores harapientos y elegantes clubs de la más fina intelectualidad socialista.

Pero no es socialismo o barbarie. Algo no puede ser alternativa a sí mismo. Y socialismo es barbarie. El bárbaro, explicaba hace más de 200 años Adam Ferguson, es aquél que a diferencia del salvaje –que todavía no la concibe individualizada– desea la propiedad, pero carece de leyes para protegerla. El concepto no podía ser más acertado. Barbarie es el estadio de hombres que carecen de los usos y costumbres de los que emerge la moral civilizada. Inicialmente del respeto a legítimas reclamaciones de sus vecinos, sobre sí mismos y sus propiedades. Desea el bárbaro propiedad y la adquiere –por la guerra o el comercio– pero carece de la seguridad que únicamente la civilización le daría sobre lo adquirido.

Barbarie es un estado de inseguridad y violencia del que son víctimas y victimarios a un tiempo quienes aspiraran a la paz civil mientras rechazan los usos y costumbres que la hacen posible. La moral civilizada –de la que emerge el derecho– no es sino creciente preferencia moral por esas prácticas que permiten a los barbaros adquirir y mantener pacíficamente propiedad; y rechazo moral de aquellas que aunque permiten tomarla, garantizan no poder disfrutarla en paz. Tal evolución moral es producto de las acciones pero no de la voluntad de los hombres –otra revelación de Ferguson–. Civilización es, pues, la superación involuntaria de la violencia salvaje en el propio bárbaro. Paradójicamente, la barbarie evoluciona en civilización por el anhelo de propiedad del bárbaro.

Eso es pues barbarie. Y lo contrario, es civilización. Son esas las acepciones que manipulan Kausty y Luexemburgo. Pero ¿socialismo qué es? Pues un conjunto de creencias dogmaticas y prácticas –o aspiraciones– de bárbara violencia contra las bases mismas de la civilización. Es barbarie desatada en busca del anhelo atávico de una colectiva igualdad –en realidad mítica– del salvaje. Es irracionalidad que promete que la barbarie imponiendo el primitivo orden moral del salvaje, garantizaría seguir disfrutando –sin esfuerzo alguno– todos los frutos de la civilización. Promesa absurda, imposible. Y por ese absurdo imposible se despedazó la civilización. Se desató la barbarie. Se idolatró al salvaje. Y se impuso el totalitarismo una y otra vez. Eso y no otra cosa es socialismo.

El bárbaro, en su más prístino estado, fue el violento y relativamente primitivo guerrero que, civilizado en técnica y organización, salvaje en prácticas y medios, alcanzó circunstancial superioridad militar sobre ricas civilizaciones debilitadas por contradicciones internas. Estas contradicciones son insuperables únicamente cuando prevalecieron ideas del tipo que hoy conforman el ideario socialista –seudoprogresismo e igualitarismo– exigiendo lo imposible en ataque desesperado al progreso –material y moral– y la igualdad –ante la ley– posibles realmente.

Aquel bárbaro sojuzgó únicamente civilizaciones previamente debilitadas desde dentro. Saqueó sus riquezas. Y con su victoria creyó haber esclavizado además de los derrotados hombres civilizados, a la civilización misma. Pretendió entonces mantener –e imponer– sus usos y costumbres –que tenía por superiores a los de la civilización– exigiendo como tributo que siguieran produciéndose los frutos intactos de aquello que había destruido e insistía en despreciar. Perfecto antepasado del juvenil revolucionario que tras apedrear e incendiar un Mac Donald’s, exigió de inmediato hamburguesas y papas fritas gratis para todos como “derecho humano” materialmente imposible por su propia bárbara y estúpida destrucción. Y créanlo o no, se han visto y se seguirán viendo tales casos. Muy literalmente.

La esencia del bárbaro es la idea de destruir la civilización imponiendo lo que del salvaje en él subsiste, aunque aspirando disfrutar permanentemente de sus frutos a cambio de nada. Pero los frutos de la civilización mueren con ella. La civilización no es lo que produce. No es arte, ciencia, comercio e industria. No son máquinas y libros, ni tecnología y bienes de consumo, sino un conjunto de usos y costumbres institucionalizados en la moral y el derecho de los que dependen esos frutos. Es el orden espontáneo del mercado libre. Y hoy, es el de la propiedad y el derecho que hacen posible la civilización capitalista que de la revolución industrial a nuestros días ha logrado el mayor avance –en todos los campos– de toda la historia humana.

Y es a las bases morales mismas de eso que llamamos civilización –y especialmente a su más avanzado estadio que es el del capitalismo de libre mercado contemporáneo– a lo que ataca con violencia bárbara el socialismo. Socialismo que opone a la moral civilizada, la retorcida idea de la legitimación de la envidia como axioma moral. Esta barbarie aspira no a la civilización sino al salvajismo, y que aún así se promete a sí misma –o al menos a los no iniciados– que no solo seguirán saliendo de una mágica cornucopia los frutos de la civilización tras destruirla. Sino que estarán ahí, a disposición de todos, como “derechos” sin requerir de otro esfuerzo que despojar y exterminar a quienes los producen. Y ese –entendámoslo de una vez– imposible que sostiene el absurdo y violento fanatismo socialista, es la quintaesencia de la barbarie. El socialismo es barbarie de la peor posible, porque es barbarie encaminada decididamente al salvajismo que la precedió y más allá. A la muerte, que es lo que finalmente adoran los socialistas, admítanlo o no, y que es, nos guste o no, el único estado en que finalmente se alcanza su tan anhelada igualdad.

Publicado en DESTACADOS, OPINIONES

La dimensión moral de la tragedia venezolana

 

Después de La Habana y Caracas no cabe hablar de moral

Después de Auschwitz no cabe hablar de poesía, dijo con pesadumbre el gran pensador alemán Theodor Adorno. (Efe)

El jueves 24 de noviembre de 1831, el embajador del Imperio Británico en Caracas, Sir Robert Kerr Porter, escribía en su diario: “Dos de los oficiales de Cisneros” –un bandolero que asolaba el valle de Caracas y a quien el propio embajador lo considera “un ladrón y asesino, no más que un indio salvaje e incivilizado”–, “que se vinieron con el general Páez, me visitaron esta mañana. Su aspecto no denota ni un ápice más su calaña que el de la gran masa de nuestros pacíficos habitantes, que a mi modo de ver, son, en su esencia, tan grandes bandoleros como estos ladrones de los valles. En verdad, los ingredientes que componen la criatura moral de nuestra población mixta son los mismos, y el individuo solo necesita la oportunidad para poner de manifiesto un sistema más o menos similar de latrocinio y pillaje, con la única diferencia de que aquel se realiza á la Militaire, y este en pleitos civiles (legales), que engendran en la sociedad una plétora de las más viles pasiones, llegando al asesinato. De aquí que yo crea que el ladrón abierto y sencillo es el más puro de los dos”. Venezuela nació a la vida independiente de la mano de asaltantes, asesinos y ladrones. La moral brilló por su ausencia.

Todos los servicios domésticos contratados por Kerr Porter para que le asistieran en el aseo y orden de su casa abandonaron su trabajo a los pocos días y le robaron cuanto pudieron llevar consigo. Supo de primera fuente que el general Nariño había dispuesto trescientos mil dólares para comprar armas y abastecer a las tropas con las que enfrentar los disturbios organizados por la población negra en el oriente, que amenazaba con caer sobre la capital, y que de esos trescientos mil dólares la mitad se usaría en el pago de los bastimentos, mientras la otra mitad enriquecería los bolsillos del propio Mariño. Las elecciones eran todas fraudulentas, al extremo que Kerr Porter no tenía conocimiento de otras sociedades donde los procesos electorales fueran tan tramposos y colmados de irregularidades.

¿Qué decir de esos vicios a doscientos años de distancia? Nihil novum sub sole. Cálculos aproximados hablan de la cantidad de trescientos mil millones de dólares robados durante estos últimos diecinueve años de gobierno chavista. Gran parte de ellos para engordar las cuentas bancarias de altos funcionarios de gobierno y sus socios, familiares y amigos; otros para un fondo de asistencia del Foro de Sao Paulo y respaldar gobiernos amigos –Evo Morales, Pepe Mujica, Néstor y Cristina Kirchner, Rafael Correa, Lula da Silva–. Daniel Ortega y Raúl Castro han logrado mantener con vida sus tiranías gracias al respaldo financiero, sin contraprestaciones, de los regalos en petróleo y en divisas del gobierno bolivariano.

De los fraudes ni siquiera es necesario hacer mención. A pesar de lo cual, una oposición sumisa y obediente, obsecuente incluso con las pandillas gobernantes, insiste en compartir las elecciones con los aparatos técnicos y humanos impuestos por el chavismo. De allí que resulte asombroso que Mauricio Macri haya aceptado someterse a elecciones bajo los sistemas automatizados implementados por empresarios chavistas, como los dueños de Smartmatic. Con esos sistemas, copiados de maquinitas automáticas de juego en los casinos de las Vegas, toda elección puede y resulta ser manipulada.

La moral está tan ausente del régimen dictatorial venezolano y es tan constitutiva de los regímenes filo castristas que él auspicia y respalda en Latinoamérica, como lo estuvo de los regímenes dominados por el nazismo alemán en Europa. La lealtad al Führer de su cúpula gobernante fue asegurada no por la ideología, sino por el brutal enriquecimiento y saqueo que les era permitido a los suyos. Göhring, Goebbels y la nomenklatura fascista de los altos círculos del poder llevaron vida de príncipes renacentistas y el saqueo a las fortunas de los judíos no se detuvo ni ante las dentaduras de sus cadáveres. Amantes del lujo y las riquezas, los palacetes de los dueños del poder estaban colmados de grandes obras de arte, robadas a sus enemigos, saqueadas de museos públicos y otras instituciones culturales.

Pero ese es solo uno de los rasgos del totalitarismo nazi que el castrocomunismo cubano y sus criaturas: el chavismo, el madurismo y todas aquellas pandillas de izquierda que hoy se encuentran en pleno asalto al poder de Colombia, de Ecuador, de Bolivia, del Perú, de Chile, Argentina y Uruguay. Como continúa quedando trágicamente de manifiesto en Chile, las tropas de asalto callejeras dedicadas a la devastación y al saqueo siguen al pie de la letra las enseñanzas de las SS y las SA. Por lo que me resulta particularmente asombroso que el expresidente Ricardo Lagos y el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa le atribuyan contornos de alta civilización primermundista.

Después de Auschwitz no cabe hablar de poesía, dijo con pesadumbre el gran pensador alemán Theodor Adorno. Parafraseándolo cabe decir que después de La Habana y Caracas no cabe hablar de moral. Estamos ante el reino de la amoralidad absoluta. No pidamos perdón a los asaltantes. Que cada cual asuma sus responsabilidades.