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El nuevo muro socialista es el muro mental de la idiotez

 

El muro de la vergüenza ya no está en Berlín, sino en las mentes de quienes aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil

muro de berlín
Muro de Berlín. (Foto: Flickr)

Conmemoramos 30 años de la caída del muro de Berlín. Y olvidamos fácilmente que no cayó, fue derribado. Institucional y físicamente por los berlineses orientales que escucharon asombrados en TV –en rutinaria conferencia de prensa– al vocero oficial del gobierno anunciar –entre otras cosas– que las restricciones fronterizas cesarían  a pregunta ¿Cuándo se levantarán las restricciones? El asombroso “con efecto inmediato”. Era lo que decían sus notas oficiales, y así las leyó.

Tan enormes eran esas multitudes de alemanes (que poco antes protagonizaban enormes manifestaciones contra su gobierno), que sus angustiados tiranos, sabiendo que Moscú no enviaría sus tanques, debieron abstenerse de reprimirlas como deseaban. Temían que todo se les fuera de las manos –ya se les había ido de las manos– llegando al levantamiento, como los aplastados por el ejército soviético en Hungría y Checoeslovaquia –y a menor escala en Berlín oriental– décadas atrás. Estaban aterrados porque esta vez “Moscú no enviará los tanques”.

Los guardias de frontera nada sabían. Nadie les informó del “con efecto inmediato”. Contenían masas que exigían atravesar, mientras observan que incluso los berlineses occidentales se daban por enterados del “con efecto inmediato”. Sus oficiales sabían que “Moscú no enviará los tanques”. Ordenaron levantar las barreras. La RDA desapareció en paz. Agentes del aparato de represión y propaganda abandonaban sus puestos y millones de alemanes celebraban asombrados el fin de una pesadilla.

El fracaso del socialismo no lo evidenció la caída del muro, sino la necesidad de construirlo. No como barrera ante el exterior, sino como cárcel de sus súbditos. Al muro lo derribó la inviabilidad de la economía socialista, que colapsó al imperio soviético entero. Pero el principio del fin del poder soviético lo adelantan Reagan, Kohl, Thatcher y la autoridad moral de Juan Pablo II y quien decidió que “Moscú no enviará los tanques”. A Gorbachov le conocí en México en 2012. Un comunista decepcionado, que había entendido que aquello era insostenible y buscaba la manera de evitar que terminara en otro baño de sangre. Creyó inicialmente que reformas políticas y económicas serían suficientes. Aunque conocía bien las fuerzas internas –y externas– contra cualquier reforma, no podía imaginar que terminaría como terminó. Explicaba que fácilmente pudo ser mucho peor.

Decía que sus antiguos camaradas –y algunos nacionalistas rusos– le reclamaban que “había entregado todo”. Se preguntaba retóricamente «¿qué entregué? ¿Polonia a los polacos? ¿Alemania a los alemanes? ¿Hungría a los húngaros?». Y, no olvidemos, «Rusia a los rusos». Agregaba que, aunque no hay alternativa si de paz y prosperidad se trata, «la libertad es difícil, está llena de desafíos, responsabilidades y peligros». Entregó en paz –hasta donde pudo– el imperio a los pueblos que sojuzgaba. Ciertamente, la libertad es difícil. Lo que unos y otros lograron o no hacer con ella, fue del éxito fulgurante –Estonia– a la agridulce decepción –la propia Federación Rusa– y el sangriento renacimiento de antiguos odios, postergados pero no olvidados –Yugoeslavia–.

El muro fue derribado. Una intelligentsia occidental que va mayormente de intelectuales comprometidos a tontos útiles lloraba su caída, abierta o ocultamente, como lloraron el colapso del imperio soviético. Pero siguieron en lo suyo porque un efecto extraordinario –impredecible e involuntario, pero apreciado y bien aprovechado– del agitpro global soviético fue la hegemonía cultural de esa intelectualidad socialista –en sentido amplio– sobre Occidente. Como comentaba en la columna anterior, que la bestia pensara por sí misma, y no respondiera inmediatamente a órdenes de sus asombrados creadores, no impidió que fuera manipulable desde dentro por un núcleo de estricta obediencia soviética. Los intelectuales comprometidos.

Siguieron como siempre. Y como siempre pensaron «qué hacer», ansiosos de reconstruir el imperio perdido. Y de construir un nuevo e indestructible muro contra la idea misma de libertad. Y lo han construido. No tanto en aquellos países que, como el mío, lograron someter a su nuevo totalitarismo mediante los activos despojos del aparato internacional soviético. En Iberoamérica, dirigidos por un totalitarismo soberano que en su miseria, represión y adoctrinamiento, seguía en pie, y, finalmente, de su cuenta. Pero no me refiero tanto a ese muro más legal que físico, sino al que levantó en demasiadas mentes la hegemonía cultural socialista en sentido amplio, dentro del que sueñan con destruir al capitalismo, y otros con rehacer sobre miseria y cenizas el imperio perdido.

Es el muro de la idiotez levantado en las mentes de una o dos generaciones –de la mayoría, no de la totalidad– que aprendieron a sustituir la racionalidad adulta por la emocionalidad infantil –violenta por demás– anclarse en el resentimiento envidioso, tornarse histéricamente intolerantes a la mera existencia de la mínima diferencia ante sus absurdos dogmas. Y en resumen, a exigir materialmente todo a cambio de nada, como su supuesto “derecho humano” fundamental. Es un muro de ideas, no de concreto y acero. Ideas profundamente erróneas, que se pueden resumir la más absurda creencia: que el simple hecho de existir les otorga el derecho a exigir una plétora interminable de lujosos bienes y servicios que ni han producido, ni podrían producir. Ni desean trabajar para pagar. Y que todos su el confort y el consumo se los debe el mundo como un derecho. A cambio del que nada deberían entregar. Excepto su propia libertad. Y la de todos.

Es el muro en la mente del idiota Y no es accidente. Una cosa es que pidan lo imposible. Y en ese sentido su triunfo sería su fracaso. Otra que quienes los convencieron de que era posible, no pensaban que lo fuera, porque no son idiotas sino malvados –en el sentido de Cipolla–. Pensaban –con razón– que convencerlos de lo imposible los transformaba en arma ciega de destrucción que crearía condiciones para establecer uno tras otro, nuevos totalitarismos. Paso, a paso. Casi inadvertidamente. Rehaciendo al perdido imperio. Y tras su nuevo muro, en eso están.

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Socialismo es barbarie

 

“Socialismo o barbarie”, clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915, pero no se puede ser una alternativa a sí mismo

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La Habana, Cuba. (Foto: Flickr)

Lo extraordinario de la más famosa consigna de la notable marxista revolucionaria polaco-alemana, Rosa Luxemburgo, es que invirtió completamente la realidad. Y esa, a fin de cuentas, era la clave del pensamiento socialista revolucionario siglos antes de Marx, el marxismo y la citada intelectual, política y revolucionaria profesional. «Socialismo o barbarie», clamaba Rosa Luxemburgo en un panfleto antibélico que escribió en prisión en 1915 –ella atribuyó en una confusión de memoria el concepto a Engels, aunque era de Kausty– y lo resumió en su exitosa frase. Palabras citadas hasta el cansancio: han servido de eslogan o de nombre a periódicos socialistas y anarquistas, grupos de agitadores harapientos y elegantes clubs de la más fina intelectualidad socialista.

Pero no es socialismo o barbarie. Algo no puede ser alternativa a sí mismo. Y socialismo es barbarie. El bárbaro, explicaba hace más de 200 años Adam Ferguson, es aquél que a diferencia del salvaje –que todavía no la concibe individualizada– desea la propiedad, pero carece de leyes para protegerla. El concepto no podía ser más acertado. Barbarie es el estadio de hombres que carecen de los usos y costumbres de los que emerge la moral civilizada. Inicialmente del respeto a legítimas reclamaciones de sus vecinos, sobre sí mismos y sus propiedades. Desea el bárbaro propiedad y la adquiere –por la guerra o el comercio– pero carece de la seguridad que únicamente la civilización le daría sobre lo adquirido.

Barbarie es un estado de inseguridad y violencia del que son víctimas y victimarios a un tiempo quienes aspiraran a la paz civil mientras rechazan los usos y costumbres que la hacen posible. La moral civilizada –de la que emerge el derecho– no es sino creciente preferencia moral por esas prácticas que permiten a los barbaros adquirir y mantener pacíficamente propiedad; y rechazo moral de aquellas que aunque permiten tomarla, garantizan no poder disfrutarla en paz. Tal evolución moral es producto de las acciones pero no de la voluntad de los hombres –otra revelación de Ferguson–. Civilización es, pues, la superación involuntaria de la violencia salvaje en el propio bárbaro. Paradójicamente, la barbarie evoluciona en civilización por el anhelo de propiedad del bárbaro.

Eso es pues barbarie. Y lo contrario, es civilización. Son esas las acepciones que manipulan Kausty y Luexemburgo. Pero ¿socialismo qué es? Pues un conjunto de creencias dogmaticas y prácticas –o aspiraciones– de bárbara violencia contra las bases mismas de la civilización. Es barbarie desatada en busca del anhelo atávico de una colectiva igualdad –en realidad mítica– del salvaje. Es irracionalidad que promete que la barbarie imponiendo el primitivo orden moral del salvaje, garantizaría seguir disfrutando –sin esfuerzo alguno– todos los frutos de la civilización. Promesa absurda, imposible. Y por ese absurdo imposible se despedazó la civilización. Se desató la barbarie. Se idolatró al salvaje. Y se impuso el totalitarismo una y otra vez. Eso y no otra cosa es socialismo.

El bárbaro, en su más prístino estado, fue el violento y relativamente primitivo guerrero que, civilizado en técnica y organización, salvaje en prácticas y medios, alcanzó circunstancial superioridad militar sobre ricas civilizaciones debilitadas por contradicciones internas. Estas contradicciones son insuperables únicamente cuando prevalecieron ideas del tipo que hoy conforman el ideario socialista –seudoprogresismo e igualitarismo– exigiendo lo imposible en ataque desesperado al progreso –material y moral– y la igualdad –ante la ley– posibles realmente.

Aquel bárbaro sojuzgó únicamente civilizaciones previamente debilitadas desde dentro. Saqueó sus riquezas. Y con su victoria creyó haber esclavizado además de los derrotados hombres civilizados, a la civilización misma. Pretendió entonces mantener –e imponer– sus usos y costumbres –que tenía por superiores a los de la civilización– exigiendo como tributo que siguieran produciéndose los frutos intactos de aquello que había destruido e insistía en despreciar. Perfecto antepasado del juvenil revolucionario que tras apedrear e incendiar un Mac Donald’s, exigió de inmediato hamburguesas y papas fritas gratis para todos como “derecho humano” materialmente imposible por su propia bárbara y estúpida destrucción. Y créanlo o no, se han visto y se seguirán viendo tales casos. Muy literalmente.

La esencia del bárbaro es la idea de destruir la civilización imponiendo lo que del salvaje en él subsiste, aunque aspirando disfrutar permanentemente de sus frutos a cambio de nada. Pero los frutos de la civilización mueren con ella. La civilización no es lo que produce. No es arte, ciencia, comercio e industria. No son máquinas y libros, ni tecnología y bienes de consumo, sino un conjunto de usos y costumbres institucionalizados en la moral y el derecho de los que dependen esos frutos. Es el orden espontáneo del mercado libre. Y hoy, es el de la propiedad y el derecho que hacen posible la civilización capitalista que de la revolución industrial a nuestros días ha logrado el mayor avance –en todos los campos– de toda la historia humana.

Y es a las bases morales mismas de eso que llamamos civilización –y especialmente a su más avanzado estadio que es el del capitalismo de libre mercado contemporáneo– a lo que ataca con violencia bárbara el socialismo. Socialismo que opone a la moral civilizada, la retorcida idea de la legitimación de la envidia como axioma moral. Esta barbarie aspira no a la civilización sino al salvajismo, y que aún así se promete a sí misma –o al menos a los no iniciados– que no solo seguirán saliendo de una mágica cornucopia los frutos de la civilización tras destruirla. Sino que estarán ahí, a disposición de todos, como “derechos” sin requerir de otro esfuerzo que despojar y exterminar a quienes los producen. Y ese –entendámoslo de una vez– imposible que sostiene el absurdo y violento fanatismo socialista, es la quintaesencia de la barbarie. El socialismo es barbarie de la peor posible, porque es barbarie encaminada decididamente al salvajismo que la precedió y más allá. A la muerte, que es lo que finalmente adoran los socialistas, admítanlo o no, y que es, nos guste o no, el único estado en que finalmente se alcanza su tan anhelada igualdad.

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La dimensión moral de la tragedia venezolana

 

Después de La Habana y Caracas no cabe hablar de moral

Después de Auschwitz no cabe hablar de poesía, dijo con pesadumbre el gran pensador alemán Theodor Adorno. (Efe)

El jueves 24 de noviembre de 1831, el embajador del Imperio Británico en Caracas, Sir Robert Kerr Porter, escribía en su diario: “Dos de los oficiales de Cisneros” –un bandolero que asolaba el valle de Caracas y a quien el propio embajador lo considera “un ladrón y asesino, no más que un indio salvaje e incivilizado”–, “que se vinieron con el general Páez, me visitaron esta mañana. Su aspecto no denota ni un ápice más su calaña que el de la gran masa de nuestros pacíficos habitantes, que a mi modo de ver, son, en su esencia, tan grandes bandoleros como estos ladrones de los valles. En verdad, los ingredientes que componen la criatura moral de nuestra población mixta son los mismos, y el individuo solo necesita la oportunidad para poner de manifiesto un sistema más o menos similar de latrocinio y pillaje, con la única diferencia de que aquel se realiza á la Militaire, y este en pleitos civiles (legales), que engendran en la sociedad una plétora de las más viles pasiones, llegando al asesinato. De aquí que yo crea que el ladrón abierto y sencillo es el más puro de los dos”. Venezuela nació a la vida independiente de la mano de asaltantes, asesinos y ladrones. La moral brilló por su ausencia.

Todos los servicios domésticos contratados por Kerr Porter para que le asistieran en el aseo y orden de su casa abandonaron su trabajo a los pocos días y le robaron cuanto pudieron llevar consigo. Supo de primera fuente que el general Nariño había dispuesto trescientos mil dólares para comprar armas y abastecer a las tropas con las que enfrentar los disturbios organizados por la población negra en el oriente, que amenazaba con caer sobre la capital, y que de esos trescientos mil dólares la mitad se usaría en el pago de los bastimentos, mientras la otra mitad enriquecería los bolsillos del propio Mariño. Las elecciones eran todas fraudulentas, al extremo que Kerr Porter no tenía conocimiento de otras sociedades donde los procesos electorales fueran tan tramposos y colmados de irregularidades.

¿Qué decir de esos vicios a doscientos años de distancia? Nihil novum sub sole. Cálculos aproximados hablan de la cantidad de trescientos mil millones de dólares robados durante estos últimos diecinueve años de gobierno chavista. Gran parte de ellos para engordar las cuentas bancarias de altos funcionarios de gobierno y sus socios, familiares y amigos; otros para un fondo de asistencia del Foro de Sao Paulo y respaldar gobiernos amigos –Evo Morales, Pepe Mujica, Néstor y Cristina Kirchner, Rafael Correa, Lula da Silva–. Daniel Ortega y Raúl Castro han logrado mantener con vida sus tiranías gracias al respaldo financiero, sin contraprestaciones, de los regalos en petróleo y en divisas del gobierno bolivariano.

De los fraudes ni siquiera es necesario hacer mención. A pesar de lo cual, una oposición sumisa y obediente, obsecuente incluso con las pandillas gobernantes, insiste en compartir las elecciones con los aparatos técnicos y humanos impuestos por el chavismo. De allí que resulte asombroso que Mauricio Macri haya aceptado someterse a elecciones bajo los sistemas automatizados implementados por empresarios chavistas, como los dueños de Smartmatic. Con esos sistemas, copiados de maquinitas automáticas de juego en los casinos de las Vegas, toda elección puede y resulta ser manipulada.

La moral está tan ausente del régimen dictatorial venezolano y es tan constitutiva de los regímenes filo castristas que él auspicia y respalda en Latinoamérica, como lo estuvo de los regímenes dominados por el nazismo alemán en Europa. La lealtad al Führer de su cúpula gobernante fue asegurada no por la ideología, sino por el brutal enriquecimiento y saqueo que les era permitido a los suyos. Göhring, Goebbels y la nomenklatura fascista de los altos círculos del poder llevaron vida de príncipes renacentistas y el saqueo a las fortunas de los judíos no se detuvo ni ante las dentaduras de sus cadáveres. Amantes del lujo y las riquezas, los palacetes de los dueños del poder estaban colmados de grandes obras de arte, robadas a sus enemigos, saqueadas de museos públicos y otras instituciones culturales.

Pero ese es solo uno de los rasgos del totalitarismo nazi que el castrocomunismo cubano y sus criaturas: el chavismo, el madurismo y todas aquellas pandillas de izquierda que hoy se encuentran en pleno asalto al poder de Colombia, de Ecuador, de Bolivia, del Perú, de Chile, Argentina y Uruguay. Como continúa quedando trágicamente de manifiesto en Chile, las tropas de asalto callejeras dedicadas a la devastación y al saqueo siguen al pie de la letra las enseñanzas de las SS y las SA. Por lo que me resulta particularmente asombroso que el expresidente Ricardo Lagos y el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa le atribuyan contornos de alta civilización primermundista.

Después de Auschwitz no cabe hablar de poesía, dijo con pesadumbre el gran pensador alemán Theodor Adorno. Parafraseándolo cabe decir que después de La Habana y Caracas no cabe hablar de moral. Estamos ante el reino de la amoralidad absoluta. No pidamos perdón a los asaltantes. Que cada cual asuma sus responsabilidades.

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ALFREDO MICHELENA: El mundo se une contra Maduro, ¿y nosotros?

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El mundo se une contra Maduro, ¿y nosotros?

Por Alfredo Michelena

Maduro sigue en el poder, pero también siguen en ascenso  la presión internacional y las sanciones.  Como es sabido, el objetivo de estas sanciones, sean hacia individuos o hacia el régimen, es debilitarlo y contribuir a llevarlo a la mesa de negociación a fin de que al final tenga que aceptar unas “elecciones libres y justas”.

Esto último ha sido confirmado por el Grupo de Contacto, integrado fundamentalmente por gobiernos europeos y latinoamericanos, un tanto independientes del Grupo de Lima.

El Grupo de Contacto pide “elecciones presidenciales creíbles con observación internacional, reinstitucionalización de los poderes públicos y garantías que permitan la coexistencia política”.  Este grupo exige, además, que las partes “regresen a una negociación creíble, representativa y seria sobre la base de la agenda original y de las últimas propuestas presentadas bajo la facilitación noruega”;  descarta las negociaciones de la “mesa nacional”, creada por el régimen y un grupúsculo de partidos que se consideran opositores; y  asegura que “la crisis sistémica no se resolverá sin elecciones democráticas, sin el respeto de los derechos de la Asamblea Nacional, y sin el retorno a un sistema independiente de controles y contrapesos”.

Los de la Mesa Nacional protestaron y Guaidó reafirmó que ya había una propuesta sobre la mesa. Recordémosla: creación de Consejo de Gobierno de Transición, donde no participaría ni él ni Maduro, y que terminaría con unas elecciones “libres y justas”; acción inmediata de organismos internacionales para palear la crisis humanitaria y el ingreso inmediato de la ayuda internacional; y la liberación de los presos políticos.

Adicionalmente, viene un aumento de sancionados venezolanos por la Unión Europea, como lo anunció el próximo responsable de la política internacional del grupo y lo pide el senado francés. También los europeos junto a Naciones Unidas realizaron una conferencia sobre el tema de las migraciones de venezolanos y lograron recoger  unos US$130 millones. Además, nuevos países europeos, fuera de la Unión,  se han incorporado a las sanciones.

Por su parte, los miembros del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) están preparando listas de asociados del gobierno de Nicolás Maduro que pueden estar sujetos a sanciones por los miembros del grupo como ya se comprometieron a anunciarlas.

En cuanto al   Grupo de Lima, que se reunirá en Brasil, viene con nuevas ideas para forzar a Maduro a permitir elecciones y coordinar con el Grupo de Contacto, en especial en cuanto al  tema electoral.  Este grupo de países americanos, que ha resentido la ausencia de México y ahora de Argentina, seguramente incorporará a dos nuevos socios: El Salvador y Ecuador, y a mediano plazo pudiera incorporarse Uruguay.

La lucha en el frente internacional sigue sin pausa, perdiendo y  ganando espacios. Así las cosas. Es imperativo que la presión interna aumente significativamente en Venezuela. Guaidó ha convocado una marcha para el 16 de noviembre y ella debería ser clave para replantear la lucha doméstica y mostrar al mundo que Venezuela está con ellos, como ellos han demostrado que están con el pueblo venezolano.

Lamentablemente, mientras en el mundo internacional aumenta la presión y se suman nuevos países, en Venezuela la campaña anti-Guaidó sigue su marcha impulsada por el castrochavismo y algunos “tontos útiles” y otros más bien “vivos, vivísimos”,  que quieren pescar en río revuelto. Pero también los hay que no entienden o no quieren entender, en su irredentismo, que estamos en la coyuntura del apoyo inteligente. Es decir, no es momento de profundizar tonalidades, que las hay. El país está dividido en dos grandes fuerzas: la que lidera Guaidó y la que lidera Maduro. Se debilita o apoya a Guaidó, o se debilita o apoya  a Maduro. No hay medias tintas.

Se decidió que Guaidó será el presidente interino de Venezuela hasta el cese de la usurpación. Él, en su doble carácter de presidente de un cuerpo colegiado y de presidente interino, es reconocido como el líder de la Venezuela democrática por la comunidad internacional.  Y necesita de todo nuestro apoyo para mantener esa coalición y dirigir la presión interna hacia el régimen. No tratemos de sacarle punta a una bola de billar.

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Tan atrasados estamos en Iberoamérica que mantenemos vivos los restos del Comintern

 

En Iberoamérica, todavía idolatramos los vestigios del Comintern. Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia son apenas los ejemplos más notorios

Lenin en el segundo congreso del Comintern, 1920. (Foto: Flickr)

Estudiar la larga historia del socialismo revolucionario es descubrir que por siglos la búsqueda del poder para los socialistas rara vez fue otra cosa que agitación, terrorismo, crimen organizado, conspiración y golpe de Estado –y cuando fue algo diferente, resultó simple táctica, de corto o largo aliento, disfrazando lo que su creencia ciega finalmente les exige, terror y violencia– . En el poder desplegaron siempre represión, genocidio, destrucción material y moral, empobrecimiento y adoctrinamiento, hambrerepresión, aislamiento y dependencia para la casi totalidad. Lujos y poder ilimitados para su alta nomenclatura. Siempre igual. De las efímeras revoluciones de 1410 y 1534 a ocho décadas de poder soviético. Y lo que de aquello quedó tras el colapso.

El resentido aristócrata Ulianov –alias Lenin– no inventó al partido de cuadros ni al revolucionario profesional, pero los materializó como nunca antes. Surgieron de siglos de conspiración subterránea y agitación revolucionaria de enemigos de la propiedad y el comercio, lo que Lenin se atribuyó en el mejor panfleto jamás escrito. Lo teorizó antes –en un socialismo en trance de trastocar al herético milenarismo cristiano en religión atea– el último sobreviviente de la conspiración de los iguales de Babeuf, el revolucionario profesional de entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, Philippe Buonarroti. Pero Lenin elevó a esa mafia de fanáticos sin conciencia al «estadio del arte» y con ellos tomó un Estado que transformó en modelo del totalitarismo moderno. Para su sorpresa, su soviet de Petrogrado no fue otra efímera «comuna de París» sino la semilla de la primera superpotencia totalitaria de la historia, superpotencia condenada a colapsar por la inviabilidad de la economía socialista –pero tras 80 años de muerte y destrucción–.

Explica lo que quedó tras el imperio soviético, el que limitado al frágil dominio de Petrogrado, y pretendiendo gobernar Rusia sin controlar completamente su propia ciudad, el poder soviético se preocupase menos de organizar su propio ejército, o combatir del crimen organizado –gobierno real de las ciudades– que de dos comisiones –sometidas únicamente Politburó– una a cargo del exterminio de clases enemigas y represión de adversarios políticos, la Cheka, génesis del aparato de inteligencia soviético; y otra a cargo de someter al poder soviético a todos los partidos socialistas revolucionarios del mundo. Su intención era extender la agitación y propaganda a sus enemigos externos, lo que en su compresión fanáticamente religiosa de la política significaba: al mundo entero. De ahí salió el Comintern.

Aquello incrementó exponencialmente la influencia marxista sobre intelectualidad, educación y prensa en occidente. Logró la multiplicación de los tontos útiles ocasionando eventualmente un inesperado «ecosistema» intelectual auto sostenido: el orden espontáneo de la destrucción del orden espontáneo, paradoja de una evolución social signada por la radical subjetividad humana. La envidia es universal –atavismo instintivo emocionalmente poderoso– y al hacer de su legitimación su axioma moral, el socialismo revolucionario inició lo que espontáneamente rebasaría objetivos y control de su agitpro. La bestia adquirió vida propia, pero siguió –y sigue– funcional a centros de poder socialista.

Aislado, con las fuerzas de Kolchak y Denikin avanzando, amenazado por huelgas obreras contra su dictadura «del proletariado», saqueando al campesinado para abastecer escasamente ciudades hambrientas, aferrado a la brutal represión y en medio del colapso económico por hiperinflación, estatización y planificación socialista de la producción –nada accidental, únicamente sobre miseria y desesperación se impone el totalitarismo–. Muchos años antes de tomar el poder, Ulianov rechazó la ayuda a víctimas de la sequia, porque retrasaba las condiciones objetivas de su ansiada revolución –ingentes recursos necesarios para la población bajo su gobierno– sometidas a epidemias y hambre –que nada importaba al poder soviético–  y para los frentes de guerra contra los blancos y la guerra de guerrillas contra los verdes –que sí importaban– fueron desviados decididamente al agitpro en Occidente. Los soviéticos, sin importar lo desesperado de su situación –ni el costo humano– invertían temprana y masivamente en agitpro en todo el mundo.

De aquel intencional aparato filosoviético emergió espontáneamente un establecimiento intelectual y cultural socialista en sentido amplio, y ambos sobrevivieron al colapso soviético, quedando dueños de las primeras armas inteligentes de destrucción masiva:

  • El partido de cuadros.
  • El revolucionario profesional.
  • El intelectual comprometido.
  • El tonto útil.

Apoyaron a los escasos satélites soviéticos sobrevivientes del colapso y a cualquier fuerza antioccidental que encontrasen. Los irrecuperables lloraron al imperio caído pero siguieron con lo de siempre. No conocen, ni quieren conocer algo diferente. Si Gramsci hubiera sido soviético habría terminado en un gulag. Pero sus ideas habrían servido igual al KGB y al Comintern. Gramsci les dio el qué. Los sofisticados intelectuales del ala radical de la socialdemocracia escandinava, el cómo, y lo que combinándolos pusieron en marcha los sobrevivió. Notable ironía.

Mientras el mundo observa cómo, informática, inteligencia artificial y biotecnología (productos del capitalismo) son las herramientas del nuevo totalitarismo. Las soluciones capitalistas –corporaciones privadas, mercado, productividad y competencia– son emuladas –bajo control político e ideológico de otra nomenclatura más astuta que la soviética– para servir a una nueva superpotencia totalitaria sostenida por una economía mucho mayor que la soviética. En Iberoamérica estamos tan atrasados que todavía tenemos Comintern con centro en la Habana, satélites en Venezuela, Nicaragua y Bolivia, y décadas de abrumador agitpro de viejo y nuevo cuño. Sin respuesta alguna por una derecha timorata y carente de ideas propias –excepto por la todavía frágil pero notable respuesta de Brasil–. Hay, además, un liberalismo incapaz de ilusionar masas desorientadas. Es un error sobrestimar al enemigo, especialmente como excusa de fallas propias, pero es un error peor ignorar que existe únicamente para desmoralizar y adoctrinar, crear o aprovechar crisis, tomar el poder, e imponer el totalitarismo. No piensan en otra cosa. No viven sino para eso. Por ello piensan y actúan, matan y mueren. Por eso su debilidad puede resultar su fuerza. Y como ofidios venenosos que son, cambian regularmente de piel. Recientemente a Foro de São Paulo y Grupo de Puebla.

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Uruguay: El Frente Amplio debilita a la república

 

Desde que en Uruguay gobierna la izquierda a partir de 2005, paulatinamente ha ido erosionando las bases republicanas

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Vázquez y Mujica durante el cambio de mando. (Foto: Frente Amplio)

En el 2004, el Frente Amplio estaba a las puertas de ganar la presidencia de la república. En consecuencia, había interés por saber si su pensamiento se había aggiornado. Es decir, si seguía anclado en la década de 1960 o si por el contrario, se había tornado socialdemócrata.

Los estudios de opinión indicaron que en el Frente Amplio convivían dos sectores, uno de izquierda radical y otro más moderado. Sin embargo, ostentaban un rasgo común: parecían desconocer los principios que sustentan a una república. Concretamente, parecían creer que los gobernantes, «podían hacer lo que quisieran». No tenían para nada claro que el «corazón» de una república democrática es la limitación del poder.

Desde que gobierna la izquierda a partir de 2005, paulatinamente ha ido erosionando las bases republicanas. La pérdida de derechos y libertades ciudadanas se ha ido produciendo sin pausa. Simultáneamente, aprueba normas que acrecientan el poder arbitrario de las autoridades; la tendencia es impedir que sean controladas por el poder judicial o el parlamento.

Se acumulan los episodios que así lo demuestran. Un primer jalón en ese camino lo dio José Mujica cuando fue presidente (2010-2015). Molesto porque la Suprema Corte de Justicia declaró inconstitucionales varias leyes por él promovidas (algunas atentaban contra la propiedad privada), asfixió económicamente a esa rama del Estado. En gran medida, esa práctica fue continuada por su sucesor, Tabaré Vázquez (2015-2020).

No hay que ser muy sagaz para comprender que con medidas de ese tipo, se busca «domesticar» a la justicia independiente.

Tan brutal ha sido esa actitud que en setiembre de 2016, el entonces presidente de la Suprema Corte, Ricardo Pérez Manrique, advirtió que el Poder Judicial tiene «dificultades para que los juzgados estén abiertos a fin de año» porque no cuenta con recursos suficientes para hacer frente a «los gastos de teléfono, de luz y de papel».

Pérez Manrique denunció en esa ocasión, que el Poder Judicial se maneja con un presupuesto «con valores de 2010» debido a que no recibe incrementos presupuestales desde hace «tres instancias presupuestales» (las de 2013, 2014 y 2015).

Esta situación se mantiene prácticamente incambiada. Un informe de 2018 señala que «no se recibieron en las instancias presupuestales del 2015, 2016 y 2017 los recursos para cumplir todas las metas previstas […] Por la falta de recursos, hubo que implementar rápidamente medidas para racionalizar los gastos y asegurar el funcionamiento del servicio de Justicia en todo el país».

Mujica promulgó una «ley de medios» que otorgó al Ejecutivo 15 minutos diarios, gratuitos, de una cadena de radio y televisión. Vázquez la utilizó desembozadamente para hacer publicidad a favor de su partido en la presente campaña electoral.

Además, está utilizando los recursos del Estado como si fueran suyos.

Entre esos excesos, utilizó la página institucional de la Presidencia para promover a los candidatos de su partido y denigrar las propuestas y referentes de la oposición. Algo expresamente vedado por la Constitución.

Tan grande fue el abuso, que los representantes del Partido Independiente presentaron un recurso de amparo ante la justicia, para obligar a Presidencia a eliminar esas notas e impedirle que persista en esa actitud.

El juez actuante fue Carlos Aguirre. En la audiencia propuso una fórmula conciliatoria: «sin calificar la licitud o ilicitud del acto, a los efectos conciliatorios como propuesta de la sede y a efectos de salvaguardar la figura de la Presidencia de la República, como garante institucional de un sistema republicano y democrático de gobierno, se aviene a sacar de la página web la comunicación realizada y a ordenar a José Luis Veiga (director de Comunicación) se abstenga de publicar cualquier cosa de contenido electoral».

Los representantes del Partido Independiente aceptaron el acuerdo propuesto. La abogada de Presidencia dijo que tenía que consultarlo. Al rato volvió con una respuesta negativa.

Dicha respuesta asombró al juez. Tanto, que le preguntó si había comunicado bien la propuesta conciliatoria. Ella respondió: «Doctor, eso fue lo que transmití y me dijeron que no, que no van a bajar».

El juez inquirió a quién había consultado. La abogada contestó que «al secretario de Presidencia», lo que indujo al juez Aguirre a expresar que «se ve que no era alguien entendido en Derecho a quien usted le trasmitió» [la propuesta].

El juez falló a favor del Partido Independiente condenando «a la secretaría de comunicación institucional de presidencia a que en el plazo de 24 horas retire de su portal las publicaciones denunciadas y a que se abstenga de subir a su página web publicaciones que tengan que ver con el acto eleccionario convocado».

Pero la cosa no quedó ahí. Poco antes de que esta sentencia se conociera —aunque ya se intuía— el secretario de Presidencia, Miguel Ángel Toma, presentó una denuncia personal contra el juez Aguirre ante la Suprema Corte de Justicia.

En el escrito, Toma expresa que se sintió «afectado» por lo que Aguirre dijo y además, que hubo «prejuzgamiento» del magistrado en este caso. Por tanto, pide que se tomen «correcciones disciplinarias y sanciones severas» contra el juez porque atacó su «reputación» y «prestigio».

No contento con eso, poco después Toma presentó una ampliación de la denuncia, exigiendo una «medida ejemplarizante» para el juez Aguirre por parte de la Suprema Corte. ¿Está amedrentando a la Justicia?

Otra «perla» de este nefasto proceso, es lo sucedido en las elecciones nacionales del 27 de octubre. Ese día, además de elegirse los cargos de diputados y senadores, se plebiscitaba una reforma constitucional promovida por Jorge Larrañaga, un senador de la oposición.

El Frente Amplio se oponía ferozmente a ella e hizo implacable propaganda en contra. Como los miembros del partido gobernante y sus aliados sindicales y de organizaciones sociales se van sintiendo cada vez más poderosos, el día de la elección «manos anónimas» robaron y destrozaron papeletas con el «sí» a la reforma. Tan impunes se sienten, que incluso varios se sacaron fotos mientras realizaban esos actos vandálicos.

Lo sucedido, es una conducta cuyo propósito es distorsionar la voluntad popular. Es una línea de acción cuya meta es el fraude electoral.

«Como todo fraude, el electoral, consiste en una o más maniobras engañosas o maquinaciones, para lograr en este caso, cambiar el resultado que hubieran tenido los comicios sin esas intervenciones ilícitas. Es un delito con fines políticos y en contra de la democracia, pues atenta contra la real voluntad de la mayoría popular».

Larrañaga hizo la correspondiente denuncia ante la Corte Electoral. Expresó que «las maniobras fueron evidentes y eso manchó la instancia electoral y la tradición del país. Pasó en centenas de lugares».

La Corte Electoral acogió la demanda. Por consiguiente, anunció que el organismo hará una denuncia ante la Fiscalía por los «hechos con apariencia delictiva» ocurridos con las papeletas del «sí» a la reforma conocida como «Vivir sin Miedo», durante la votación de este 27 de octubre.

Hasta ahora, las instituciones republicanas uruguayas, en gran medida, han soportado los embates autoritarios del gobernante Frente Amplio. Sin embargo, se sabe que esas presiones van desgastando. Y si a eso le sumamos que se ha venido acogotando financieramente a los órganos de contralor y al Poder Judicial, el horizonte para la república no se avizora muy auspicioso.

Pero por suerte, hay esperanza de que el país retorne a sus cauces republicanos, si es que en el ballotage del 24 de noviembre hay un recambio de partidos en el poder.

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La maldición de Bolívar

 

“¡Y qué ventaja tan enorme ha sido para Inglaterra haber podido evitar toda revolución desde el siglo XVII!”

i la Revolución francesa dejó huellas manifiestas de su próximo advenimiento, no existen testimonios que hayan vislumbrado la independencia de la América Española casi que en sus máximas inmediaciones. (Flickr)

«El nacimiento de los Estados que integran nuestro ámbito histórico tiene su causa en una de las mayores revoluciones terribles ocurridas jamás, de manera que la crisis institucional padecida en estos países de manera recurrente, nuestro innegable atraso, así como nuestras conmociones políticas y sociales, tan frecuentes que no parecen sino prolongaciones más o menos directas de una misma revolución inicial, podrían ser comprendidas de una forma más profunda a la luz de un examen completo del acontecimiento revolucionario que, en cambio, se procura por todos los medios mantener a la sombra, debido a la influencia de varios factores, entre los cuales pueden citarse provisionalmente los intereses del estamento dominante en tiempos coloniales- transformado, pero no extinguido, en tiempos republicanos -, la ideología heredada del siglo de las luces y la fabricada en el siglo pasado en nuestro medio, a las que se añaden varias mutaciones del virus revolucionario, los desequilibrios sociales, raciales y culturales originados en una guerra de emancipación particularmente destructora, y la estrategia colonialista y neocolonialistas de las grandes potencias de ayer y de hoy. Esos factores, y de modo particular su reflejo en las conciencias, han logrado deformar por completo la visión que de sí mismos y de su pasado tienen los hispanoamericanos, al punto de volverlos incapaces de gozar de la libertad”.

Ángel Bernardo Viso

 

“La locura quijotesca de Bolívar será la ruina de su país”.

Sir Robert Ker Porter

La historiografía se ha encargado de desentrañar las causas y consecuencias de las grandes revoluciones del siglo XX —de “revoluciones terribles” las califica Ángel Bernardo Viso— y llegar a conclusiones y balances difícilmente discutibles. Lo único cierto y verdadero es que todas ellas han fracasado en el logro y la realización de sus propósitos iniciales y, como lo afirmaran los padres de la primera revolución de Occidente, la francesa, puestos de acuerdo ambos extremos políticos de la misma, el girondino Pierre Victurnien Vergniaud y el jacobino Jorge Jacobo Danton, guillotinados por órdenes de Robespierre: «la revolución, como Saturno, acaba devorando a sus propios hijos». Los mejores, apostrofaría León Trotski, el más emblemático de los mejores hijos de la Revolución rusa, devorados todos por Stalin. A todas ellas, que comenzaran prometiendo el cielo y terminaran desatando los infiernos, les cabe el juicio sumario con el que Carlos Franqui, devorado también, como Huber Matos por la Revolución cubana, por la que se jugaron sus vidas en la Sierra Maestra: “es una verdad incontrovertible que el triunfo de la revolución castrista ha sido, y es todavía, el más trágico acontecimiento de la historia de Cuba”[2].

No se abusa de su acierto si se lo aplica a todas las revoluciones que tuvieran lugar desde la francesa hasta el presente. La única que triunfara en toda la línea, porque, como lo señala Alexis de Tocqueville en su obra El antiguo régimen y la revolución, ella no surgió violenta y abruptamente de la nada, consumida por una vorágine azarosa y casual que se desatara por hechos circunstanciales, sino que se desarrolló desde el seno mismo del antiguo régimen, hasta alcanzar la madurez que le permitiera emerger como un organismo semidesarrollado y casi perfecto. Es lo que convierte al año 1789 en una clave de la evolución histórica de Occidente, como la norteamericana, su pendant. Y aun así: Ludwig von Mises, en el oscuro período de entreguerras y cuando el nazismo estaba a punto de asaltar el poder de Alemania, escribió: “¡Qué inmenso ha sido el perjuicio que recibió Francia con motivo de la gran revolución, perjuicio del que jamás ha podido reponerse! ¡Y qué ventaja tan enorme ha sido para Inglaterra haber podido evitar toda revolución desde el siglo XVII!”[3]. Muy en concordancia con el juicio del gran economista austríaco: todas las revoluciones motivadas por su influjo fueron abortos de las circunstancias y provocaron los más temibles cataclismos internos en las sociedades que las sufrieran. Han sido fracasos de trágicas consecuencias[4]. Lo único cierto de todas ellas al día de hoy, es que, salvo la alemana de Hitler, que fuera exterminada de raíz al costo de decenas de millones de muertes y la más devastadora de las guerras de la historia de la humanidad, las revoluciones de Lenin, Mao, Kim Il Sun y Fidel Castro aún languidecen en una tenaz agonía, sea negándose a dejar la escena, ya convertidas en fantasmas hamletianos, como la cubana, en caricaturas sangrientas, como la de Kim Jon Il, sea metamorfoseadas en algo difícilmente vinculable a sus orígenes utópicos y mesiánicos, como la bolchevique o la maoísta.

Sea como fuere, continúan pesando en el imaginario, inciden en el curso del proceso histórico real y actúan desde el inconsciente colectivo de nuestra cultura como los planetas muertos de una galaxia extinguida. Son los agujeros negros del progreso de la humanidad hacia la libertad. Llegaron para quedarse y nos legan, en herencia, problemas irresolubles. Si la Revolución china ha logrado sobrevivir metamorfoseada en el más salvaje de los capitalismos de Estado, la soviética, travestida de democracia posmoderna, continúa ejerciendo su nefasto influjo desde los subterráneos del Kremlin y el reinado del último discípulo de Stalin, Vladímir Putin. No hablemos de la revolución bolivariana, un esperpento tercermundista digno de Valle Inclán.

La única revolución nacida por efecto del impacto de la Revolución francesa y los efectos de la revolución norteamericana, que jamás fuera verdaderamente cuestionada por la posteridad, que triunfara, aparentemente, en toda la línea y continúa determinando el curso de todo un subcontinente; la misma que, tabuizada, se resiste al más mínimo cuestionamiento, ha sido la revolución independentista sudamericana. Si la Revolución francesa dejó huellas manifiestas de su próximo advenimiento, no existen testimonios que hayan vislumbrado la independencia de la América Española casi que en sus máximas inmediaciones. No hay una sola referencia a profundos cambios en la estructura del dominio colonial que hicieran presagiar una revolución de las dimensiones que asumiría el movimiento independentista en la profusa, extensa y variada obra de Humboldt, un extraordinario y muy perspicaz observador de hechos y circunstancias, que sin embargo pasó largo tiempo en suelo venezolano y suramericano. Salvo menciones anecdóticas del gusto por lo político y la agudeza en el análisis de las circunstancias que observara en los corrillos mantuanos de algunas posadas venezolanas. Nada le hizo presagiar una explosión revolucionaria que viniera a cambiar las cosas tan drástica e incluso trágicamente como sucedería a partir de los sucesos de abril de 1810. Así los narra desde su próxima inmediatez José de Austria, a cuarenta y tres años de distancia: “Llegó, por fin, el día 10 de abril de 1810. Aurora de gloria; también de inauditas desgracias. En el gran libro del destino estaba escrita la libertad de la patria, la ruina de algunas ciudades, la muerte de nuestros deudos y amigos. Sublime contraste, reservado al supremo regulador del universo. Las cadenas forjadas en trescientos años se rompieron en aquel venturoso día; los gérmenes de la creación, que principiaban a desarrollarse, se obstruyeron en aquel día infortunado. Se derramó la semilla de los laureles y de la palma de un triunfo heroico; se regaron los campos con la preciosa sangre de ilustres patriotas. A la paz sucedió la guerra; a la tiránica dominación de un monarca, la libre soberanía del pueblo; a la opresión, la libertad; y más después se emprendió una carrera siempre peligrosa: carrera de aprendizaje, de ensayos, de contradicciones; de libertad y de tiranía, de virtudes y de crímenes”[5]. Mayores contradicciones, imposible. Se destaca el bien que provoca un infausto e irreparable mal.

Las agudas y precisas observaciones del enviado británico en Caracas, Sir Robert Ker Porter, demuestran que esa revolución no incidiría ni en los usos ni en las costumbres dominantes bajo la égida de España, salvo en la violenta irrupción de la llamada pardocracia, comandada por Páez y Mariño, en el gobierno del país y la práctica extinción del rol jugado por la aristocracia criolla. Con la excepción del grupo en torno a Simón Bolívar. Que se consumiría en el fuego lustral de la guerra. Para terminar de extinguirse para siempre, tres décadas después, como resultado de la llamada Guerra Federal. Que marcara el fin del influjo de la aristocracia criolla en los destinos del país.

Resulta inútil preguntarse acerca de lo que pudo haber devenido de la América española, si no se hubiera independizado de España o hubiese sido derrotada en sus inicios. Lo que parecía un hecho después de la derrota de Bolívar en Puerto Cabello, la capitulación de Miranda ante Monteverde, la expulsión del liderazgo insurreccional de territorio venezolano en julio de 1812 y el regreso de Fernando VII al trono de España. Una revolución que, en el colmo de sus contradicciones, nació en defensa del secuestrado soberano, llamado por ello el “Deseado” y pudo finalmente imponerse ante la crisis terminal e irreparable provocada por la infinita mediocridad, incluso estupidez del liderazgo monárquico. En una suerte de teoría carlyleleana invertida, como lo insinúa el historiador inglés Max Hastings respecto de la Primera Guerra Mundial, las crisis terminales parecen deberse a la ausencia de grandes hombres. Son, en esencia, crisis de liderazgos. ¿Alguien lo duda en el caso de Venezuela?

Nadie ha osado tampoco imaginarse qué hubiera sido de las colonias si sus élites, en lugar de trenzarse en una carnicería de muy cuestionables resultados, se hubieran acomodado a los cambios que la corona, acéfala y apuntando a una obligada liberalización acorralada por las guerras napoleónicas, intentara efectuar a través de las Cortes de Cádiz al borde del cataclismo que sufriera luego del secuestro de Fernando VII y la concatenación de declaraciones de las provincias americanas en su respaldo, que al cabo de los días y ante la debacle manifiesta de la corona dieran paso a las declaraciones de independencia, comenzando por la de la provincia de Venezuela en 19 de abril de 1810, reafirmada como un hecho constitucional en 5 de julio de 1811, y terminando con la expulsión de las tropas españolas del continente suramericano por Bolívar y Sucre luego de Junín y Ayacucho, en agosto de 1824. Imposible ocultar la principal responsabilidad de Bolívar, Sucre y el mantuanaje caraqueño en esos hechos de dimensión histórica y global. Ambos pagarían con sus vidas, en fiel cumplimiento del apotegma, según el cual las revoluciones comienzan por devorarse a sus mejores hijos. La aristocracia criolla sobreviviente de la guerra civil terminaría por extinguirse entre los fuegos incendiarios y los innumerables combates de la Guerra Federal o Guerra Larga. Que terminaría por asentar la victoria del dictador Antonio Guzmán Blanco y la predominancia hegemónica de la pardocracia, aquella que, según Bolívar, había convertido a la recién liberada Ecuador en una republiqueta.

Los intereses de las nacientes oligarquías criollas que se apropiaran violentamente del poder en toda la región, sumidas en las vorágines desatadas por sus feroces apetencias de poder, y consumidas, si no devastadas por sus propios enfrentamientos internos, supieron sumar fuerzas para legitimar sus repúblicas y legitimarse ellas mismas. Consumidas en las guerras intestinas, el caos y la desintegración, desapareció la capacidad del autoanálisis y las debidas correcciones, procediendo a mistificar sus propios orígenes a medida que se estabilizaba el nuevo régimen de libertades, ya en el tercer cuarto del siglo XIX, bajo la dictadura de Antonio Guzmán Blanco. Es el motivo primordial de lo que el historiador Germán Carrera Damas definiera como “el culto a Bolívar”. Bolívar, sin ninguna duda el caudillo primordial del vasto proceso que culminara con la expulsión de la corona y el establecimiento de las repúblicas, se vio obligado, no obstante, a hacer el balance de sus veinte años de guerra y la imposición por él al mando de sus tropas invasoras de la independencia en cinco republicas: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Que no fueran antecedidas, oportuno es recordarlo, de la debida maduración sociopolítica de las condiciones indispensables para hacerlas sustentables. Voluntarismo injerencista de la más cruda especie, pues en rigor no obedecieron a un proceso social generalizado y emancipador. Y de consecuencias tan catastróficas, que luego de imponer sus independencias el propio Bolívar clamaba por el auxilio de alguna potencia europea para que viniera a darle orden y sentido al caos que imperaba en todas ellas. Y tan deplorable fuera el resultado, que finalmente no se quejaba acerbamente por la eventualidad de una intervención recolonizadora europea, sino por el desinterés que mostrarían Inglaterra o Francia por venir a hundirse en el marasmo de la América independizada, en el que él ya naufragaba.

La conclusión extraída por Bolívar, ya a punto de ser arrebatado por la tuberculosis y morir en la Quinta San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, Colombia, en diciembre de 1830, fue trágica y desoladora. Tanto, que sus idólatras apenas la mencionan, si bien constituye un documento de extraordinaria importancia. Se trata de su artículo Una visión sobre la América española, que ha permanecido al margen del conocimiento del gran público, así esté a la vista de todos. Se duda incluso de su autenticidad y autoría. Sobre todo en Venezuela, que necesitada urgentemente de alguna narrativa fundacional y mitológica que le diera forma y consistencia a su permanente estado de fractura y disolución, elevara su figura, luego de repudiarla y prohibirle el regreso a su patria, a las alturas de un inmaculado e inmarcesible culto legendario. Convertido en semidios. Reinando sobre el panteón de lares y penates de la primera religión política del continente. Un culto que comenzó a doce años de su muerte, con el traslado de sus restos a Caracas por orden del general José Antonio Páez —el protagonista de la Cosiata, que cerrara el capítulo propiamente bolivariano de la historia venezolana con el incumplido deseo de fusilarlo— durante su segundo gobierno, el 28 de octubre de 1842. Hasta ser elevado al Panteón Nacional por el dictador Antonio Guzmán Blanco, hijo de Antonio Leocadio Guzmán, treinta y cuatro años después, el 28 de octubre de 1876. Y ser desde entonces idolatrado en el acto de hipocresía política más contumaz de la historia venezolana.

Cumpliéndose a la letra sus temores de ver su nombre y su prestigio ultrajados por quienes lo convirtieran en instrumento de sus sórdidos propósitos, sus restos serían profanados por quien se ha considerado su más legítimo heredero, el teniente coronel golpista Hugo Chávez, en un gansteril ritual de macumba y brujería, de santería y primitivismo afrocubano televisado en vivo y en directo por sus últimos adoradores, el 16 de julio de 2010. Era la confirmación de la absoluta subordinación del régimen venezolano a las prácticas de dominación implantadas en Cuba por Fidel Castro. Un personaje digno de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Al cabo del proceso de dominación puesto en práctica por el chavismo bajo la ingeniería política del Estado cubano, Venezuela yace devastada, hecha ruinas. Bajo el influjo del castrocomunismo militarista se cometió el mayor de los crímenes que hubiera podido imaginar en vida el reclamado padre de la patria: la devastación de la República Bolivariana de Venezuela. Ha sido la culminación de la maldición de Bolívar.


[1] Ker Porter R., Sir; Leal, T.; Deas M. (1997). Diario de un diplomático británico en Venezuela. Caracas, Venezuela. Fundación Polar. Pág. 87.

[2] Franqui, C. (2006). Cuba, la revolución: ¿mito o realidad? Memorias de un fantasma socialista. Barcelona, España. Península. Pág. 417.

[3] von Mises, L. (1968). Socialismo. Buenos Aires, Argentina. Pág. 62.

[4] Aconsejo respecto al fracaso de las revoluciones comunistas la lectura de la obra de François Furet, El pasado de una ilusión. Así como la obra completa de Jean François Revel. Lo mismo se deduce de la copiosa bibliografía dedicada a Hitler y el Tercer Reich, de la que reivindico por su brevedad y profundidad analítica las Anotaciones sobre Hitler, de Sebastian Haffner. Como también la copiosa bibliografía que merecieran la revolución de Octubre y la Revolución china, responsables de decenas y decenas de millones de asesinatos en masa.

[5] de Austria, J. (1960). Bosquejo de la historia militar de Venezuela. Caracas, Venezuela. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Pág. 91.