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César Vallejo, el poeta que pronosticó su propia muerte

CULTURA

Se cumplen 80 años del fallecimiento del gran autor peruano. Sus libros “Los heraldos negros” y “Trilce” son celebrados clásicos de la vanguardia y la experimentación latinoamericana

Por Gabriela Saidón 15 de abril de 2018

Un día como hoy, hace ochenta años, moría el poeta peruano César Vallejo. En realidad, no fue un día como hoy. Fue un viernes de la primavera boreal, en París, más precisamente el 15 de abril de 1938. La efeméride es doble: hace cien años, en 1918, el llegaba a la imprenta su primer libro de poemas: Los heraldos negros, una oda al modernismo, con claras influencias de otro latinoamericano, el máximo representante de esa escuela, el nicaragüense Rubén Darío.

Nació como César Abraham Vallejo Mendoza en Santiago de Chuco, Perú, el 16 de marzo de 1892. Fue el último de los once hijos que tuvieron Francisco de Paula Vallejo Benites y María de los Santos Mendoza y Guerreonero. La profusión de apellidos se explica porque sus abuelos fueron sacerdotes españoles y sus abuelas, indígenas peruanas. Esa ascendencia explica su tez morena, su pelo negro, su nariz de boxeador, esa violación originaria explica además cierto desgarro característico, que el poeta atribuye al destino, explícito en los versos que cierran su primer libro: “Yo nací un día / Que Dios estuvo enfermo, / Grave.”

Dios: sus padres lo querían sacerdote, también sus abuelos. Él eligió la literatura. Y las mujeres. La primera fue María Rosa Sandoval, una joven de la que estuvo perdidamente enamorado y que lo dejó de un día para el otro. Mucho después, se supo que lo había abandonado para morir, lejos de él, de tuberculosis. María Rosa fue la musa inspiradora de Los heraldos negros.

En 1915, ya egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Libertad, en Trujillo, conoció a Mirtho (Zoila Rosa Cuadra), una chica de quince años (él tenía veinticinco), con quien tuvo un breve romance apasionado que terminó con un intento de suicidio del poeta. En 1917 se instaló en Lima. Un año después, la muerte de su madre lo hizo volver a su ciudad natal, donde fue acusado de instigar el incendio de la casa de una familia de contrabandistas y explotadores: el 7 de noviembre fue encarcelado y salió en libertad en febrero de 1921.

En 1922 publicó Trilce, un libro vanguardista y experimental, donde rompió a pedazos la gramática y se paró contra el orden lingüístico, más allá del surrealismo de la época. Esta vez, la musa fue otra adolescente de quince años: Otilia Villanueva, objeto de poemas de alto misticismo erótico. Un ejemplo donde todos estos elementos confluyen:

“Pienso en tu sexo, surco más prolífico / Y armonioso que el vientre de la Sombra, / Aunque la Muerte concibe y pare / De Dios mismo. / Oh Conciencia, /

Pienso, sí, en el bruto libre que goza donde quiere, donde puede./ Oh, escándalo de miel de los crepúsculos./ Oh estruendo mudo. / ¡Odumodneurtse!

Por Trilce fue atacado. Incomprendido. En su artículo “El arte y la revolución”, escribió: “La gramática, como norma colectiva en poesía, carece de razón de ser. Cada poeta forja su gramática personal e intransferible, su sintaxis, su ortografía, su analogía, su prosodia, su semántica. Le basta no salir de los fueros básicos del idioma. El poeta puede hasta cambiar, en cierto modo, la estructura literal y fonética de una misma palabra según los casos.” Pese a la autodefensa, Vallejo no publicó más en vida un libro entero de poesía.

No era profeta en su tierra y en 1923 hizo el viaje iniciático: viajó a Europa para nunca más volver a Perú. La mayor parte de su exilio transcurrió en París, con un período en Madrid y tres largos viajes a Moscú. Y su principal fuente de ingresos (siempre magros e insuficientes) fue el periodismo (llegó a ser corresponsal del diario argentino La Razón).

En 1926 conoció a la que sería su mujer: otra adolescente, Georgette Marie Philippart Travers, luego Georgette Vallejo. Nacida en París en 1908, fue su compañera en la etapa europea del poeta, hizo el camino inverso que el peruano: lo sobrevivió y murió en Lima en 1984. Fue guardiana fiel de sus manuscritos, los salvó del efecto Farehnheit 451 durante la ocupación alemana de París y se dedicó a difundir su legado, a través de la edición de su Obra poética completa y de volúmenes sueltos.

Georgette, que fue vista por el entorno del poeta como una Yoko Ono antes de que se hiciera justicia por ella fue, además, cancerbera del cuerpo de su marido muerto: le cedió su tumba de Montrouge, se opuso con firmeza al intento de repatriación de sus restos veinte años después. Y en abril de 1970, trasladó la tumba de Vallejo al cementerio de Montparnasse donde grabó un epitafio genial: “He nevado tanto, para que duermas”.

El poeta había pronosticado su propia muerte en el soneto “Piedra blanca sobre piedra negra”. El título alude a una tradición popular de Santiago de Chuco con alto contenido simbólico: colocar una piedra blanca sobre una negra en los entierros, y el poema contiene algunos de sus versos más citados:

“Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— /tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”

El pronóstico tuvo un acierto parcial: Vallejo no murió un jueves sino un viernes de primavera, aunque era otoño en su Perú natal y seguramente aquella saudade del exiliado nunca lo abandonó, y sí llovía en París el día de su muerte. El poema pertenece a su libro póstumo “Poemas humanos”, 76 poemas recogidos por Georgette, pertenecientes a la última etapa de la producción del poeta, que va de 1931 a 1937 y donde había abandonado el modernismo de la primera etapa, y la vanguardia surrealista, para volcarse a un estilo más llano, “que entendiera el pueblo”, después de su “conversión” al marxismo. Estilo que también forja en el póstumo “España, aparta de mí ese cáliz”, de 1931.

En una estrofa menos citada de aquel soneto, el poeta se queja de la falta de reconocimiento:

“César Vallejo ha muerto, le pegaban / todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro/ también con una soga; son testigos / los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos…”

Cerca de la Revolución

El contexto político en el que creció César Vallejo fue el de un Perú dominado por el Partido Civil, compuesto por una oligarquía terrateniente agroexportadora y sometida al capital (que en esos años viró de inglés a latinoamericano), latifundistas, dueños de ingenios de azúcar y mineras que usaban mano de obra semiesclava, en su mayoría de etnias originarias. Él mismo fue ayudante de cajero en un ingenio.

Como reacción, intelectuales anarquistas conocidos como la Generación del 900 comenzaron a hacer una fuerte campaña en el ámbito de la educación y el deporte. Sin embargo, y a pesar de la acción por la cual lo habían encarcelado, los grupos de pertenencia de Vallejo fueron otros, como el Grupo Norte, de intelectuales, y la conciencia social y política del poeta nació en España.

En 1931 publicó su novela ecológica sobre las mineras, El tungsteno, y su libro de crónicas Rusia 1931. Reflexiones al pie del Kremlin, que agotó tres ediciones en cuatro meses. Por entonces también escribió su cuento infantil Paco Yunque, que cuenta la historia de un chico pobre víctima de bullying por parte de un compañero, Humberto Grieve, hijo de los patrones de su madre. El cuento, que su editor rechazó por ser “demasiado” triste, se convertiría en texto de lectura obligatoria en las escuelas peruanas.

Vallejo se afilió al Partido Comunista español en 1932, formó una célula del PC peruano en París, por su actividad política fue expulsado y amnistiado más tarde. Escribió también ensayos, obras de teatro y hasta dos guiones de cine (“Charlot contra Chaplin” y “Colacho hermanos”), según consta en el libro César Vallejo en Europa. 1926-1938 (Ediciones Imago Mundi), una selección de textos breves donde puede verse bien la evolución ideológica del autor a partir de su adhesión al marxismo, sus contradicciones, sus polémicas con los surrealistas como André Breton, pero también con un pintor célebre como Diego Rivera, las transformaciones en su escritura. En el postfacio a esa edición, los argentinos Mónica Urrestarazu y Jorge Warley señalan: “Vallejo apunta sus dardos contra aquellos habitantes del quehacer intelectual que ocupan y usufructúan una posición de privilegio”, mientras defiende con una postura “casi gremial” el lugar del artista como “trabajador de la cultura”.

Durante la Guerra Civil, Vallejo se comprometió con la causa de la República española. En 1937 organizó el boletín Nueva España, para luego retirarse cuando su archienemigo Pablo Neruda se puso al mando. La “pica” entre el poeta chileno y el peruano se acentuó muchos años después. Fueron los críticos británicos los que revalorizaron a Vallejo. El poeta y biógrafo Martin Seymour-Smith lo hizo a través de una hipérbole, al considerarlo “el más grande poeta del siglo XX en todos los idiomas”. Y la crítica literaria Jean Franco, en su libro César Vallejo: la dialéctica de la poesía y el silencio (Sudamericana, 1976) lo reubicó en el canon literario latinoamericano “por encima” de Neruda. En una entrevista, la ensayista contó que, muerto Vallejo, conoció a su viuda, Georgette, en Lima. Vio a una mujer que cocinaba para sus ocho gatos, no hablaba nunca de su marido muerto y solo quería leer sus propios poemas. Franco se sintió aliviada cuando se fue de esa casa, pero luego entendió a la mujer que había vivido a la sombra de su marido, condenada al castigo eterno de agrupar y publicar la obra póstuma del poeta muerto. 

Cesar Vallejo fue, y es, aún leído hoy, un universo. Caótico, lacerado, perverso, contradictorio. Pero también: luminoso, sensible, inteligente. Vallejo es el que todo lo invierte: “Bien puede afincar todo eso. / Pero un mañana sin mañana, /Entre los aros de que enviudemos,/ Margen de espejo habrá / Donde traspasaré mi propia frente / Hasta perder el eco / Y quedar con el frente hacia la espalda.”

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Para combatir esta era

Cultura

Abr 8, 2018

por Harrys Salswach

Harrys Salswach

Escrito por Harrys Salswach

En Sils María, donde al profeta del nihilismo se le reveló Zaratustra y el eterno retorno, el ensayista, conferencista y fundador del Nexus Instituut, Rob Riemen, siendo invitado a un ciclo de conferencias junto a otros pensadores, se pregunta por el futuro de una Europa (y por lo tanto de Occidente) que se resquebraja espiritualmente cumpliendo el vaciamiento de sentido que Nietzsche, lúcido hasta la locura, avizoró. Es el mismo paisaje, un lago rodeado por pinos y montañas cubiertas de nieve, cuya belleza hizo que los ojos de Proust se llenaran de lágrimas. La Arcadia suiza, con su silencio hermoso, aire puro, el esplendor de la naturaleza y una tradición de pensamiento que es expresión de lo que fue el continente, es ahora el mirador desde el cual la propia cultura, o lo que queda de ella, ruinas, ve su desfallecimiento.

En Para combatir esta era (Taurus, 2018), se reúnen dos ensayos que bien han podido ser parte del anterior libro del holandés (Nobleza de espíritu, Taurus, 2017) que, no sin cierto temerario candor y optimismo, reclama a los intelectuales y a la sociedad la traición del testamento fundacional de Europa y Occidente, el cultivo del alma. Como anota Cicerón “Cultura animi, philosophia est”. Quien esté atento al accionar de las ideologías, de la puesta en marcha de unos engranajes que todo lo trituran hasta devastar naciones enteras, no puede menos que conmoverse con la insistente apelación a la labranza del alma que Riemen reitera en ambos libros. La democracia no se salva de la mirada de Riemen, sin cultura devendrá en la organización de la estupidez, esa forma de la maldad.

El diagnóstico es irrebatible en estas “Consideraciones urgentes sobre fascismo y humanismo”, como dice la baja: la vulgarización del hombre en función de “los peores sentimientos irracionales: resentimiento, odio, xenofobia, ansias de poder y miedo”; el vaciamiento de todo significado que trascienda o conduzca a instancias superiores del espíritu y dé la bienvenida a los apetitos más feroces e inmediatos; la degradación del arte en nombre de una democratización del talento (y los significados) que es su perdición y olvido para complacer a unas masas ignorantes cuyos resabios la hacen inmune a toda búsqueda de “la verdad, la bondad, la belleza, la amistad, la justicia, la compasión y la sabiduría”; la adoración del nuevo becerro de oro que en cada versión hace fotos más nítidas de sus usuarios sonriéndose a sí mismos a una velocidad de repetición suicida; la ciencia extirpada de toda normativa sustancial, el desarrollo de una estulticia integral que se expresa en un lenguaje anacoluto, precario y sexualizado hasta el sinsentido, no pueden sino desembocar en tiranías de cualquier signo, en totalitarismos colectivistas que reduzcan al hombre y el mundo a una cáscara sin contenido y en el que el pensamiento está bajo sospecha. Y he aquí donde Riemen no ajusta la mira de sus binóculos morales, porque la consecuencia para él irremediable de este panorama desolador, es el resurgimiento del fascismo en Occidente. ¿Entenderá el ensayista el fascismo como el capítulo nacionalista del comunismo o su contendor imaginario?

Como parece ser una tradición en la intelectualidad europea y no menos dramática, latinoamericana, el comunismo, la ideología criminal que aún cercena vidas como lo haría una bestia hambrienta, y sus siempre indulgentes y no menos fámulos socialistas, no desvelan al autor. El fascismo, que si el lector quiere lee “comunismo” a lo largo de todo el libro y se calza los zapatos de esa versión italiana de la voluntad de poder, es para Riemen la única amenaza ideológica latente en Occidente. Y como no hace mención a este conjunto familiar: el comunismo y sus crías, nazismo y fascismo, es de creer que China, Cuba, Laos, Venezuela, Vietnam, Corea del norte, por nombrar algunos países, no son amenazas porque ya se han materializado, no son Europa, y han rechazado todo referente Occidental aunque su ideología sea irreductiblemente deudora     —de una u otra manera— de esa tradición de pensamiento que admira Riemen.

Es una hora menguada para el cultivo del alma, se siente con admiración el despropósito de tan noble tarea asumida por Riemen. La dama Europa por la que espera su regreso, acompañada de dos nobles caballeros como Thomas Mann y Albert Camus, está hoy avergonzada de sí misma, de sus logros y civilización, del tesoro de su cultura y su belleza, fustigándose el haber sido faro de la humanidad, culpándose de los ataques terroristas que padece y paralizada ante sus perpetradores, abdicando de su fuerza moral, de su espíritu ordenado a la trascendencia, de la tradición que tantas vidas costó honrar, para terminar siendo un continente asfixiado por mano propia, buscando hojas de parra para cubrir sus vergüenzas y no ofender al Otro. Quizás en tiempos tan pueriles y grotescos, lo mejor sea resguardar la libertad leyendo a los tan admirados por Riemen, Mann, Camus, Whitman, Sócrates y Spinoza. Mientras, el mundo parece tomado por los desalmados.


Harrys Salswach


Don Camaleón

Cultura

Mar 18, 2018

por Harrys Salswach

Harrys Salswach

Escrito por Harrys Salswach

Como animal político definió al hombre Aristóteles hace poco más de dos mil trescientos años. Este calificativo lo diferenciaba de aquellos seres que no se constituían dentro de las ciudades (no hay política fuera de la ciudad, son instancias constitutivas una de otra) o que no lo necesitaban, como los dioses. Se sumaba a esta definición el logos, más que lenguaje claro está, y que reunía en sí la ley y el conocimiento. Viene a ser que veinte siglos después, un escritor de inteligencia, ironía y lucidez feroz, haría volar por los aires no solo aquella definición sino la propia condición del hombre. A saber, al menos de una forma divertidísima y no menos descorazonadora.

El autor de Don Camaleón (Tusquets, 2015) Curzio Malaparte (Prato) fue un escritor e intelectual controvertido, complicado, complejo y fascinante. Acompañó al socialista creador del fascismo, Benito Mussolini, en la Revolución de Octubre de 1922, para luego ser uno de sus más venenosos renegados, y terminar siendo católico y comunista cuando la muerte acechaba; hay que añadir que iniciarse políticamente en el fascismo para acabar como comunista (o viceversa) es un recorrido tan corto como cambiar de asiento en el metro; este Céline italiano de lengua desatada y vibrante retrató las más horrorosas consecuencias de la devastación totalitaria europea en un libro cuyo nombre remite a lo destruido, a lo hecho añicos: Kaputt.

En la novela cuyo protagonista es el reptil saurio que será educado por el propio Malaparte y Sebastiano, su bibliotecario, aquella devastación sangrienta donde la crudeza y la barbarie campean por el mundo, se verá desplazada hacia terrenos morales y políticos que darán cuenta de otra debacle: la de la Razón y la Virtud. En un encuentro fortuito entre Malaparte y Mussolini, ambos a caballo por alguna pradera, Il Duce insta a su amigo a que eduque para ser humano al camaleón que le acaba de caer en el hombro. Malaparte acepta el encargo dando así inicio a una sátira política mordaz y filosa que se tomará la sentencia aristotélica a chanza.

Don Camaleón tiene la facultad de asimilar los libros de la misma manera como se mimetiza con el ambiente, así que con solo descansar sobre los libros hace suyos los contenidos, desde los clásicos hasta los ilustrados franceses, este nuevo actor de la política italiana, será educado hasta emanciparse de sus guías para instar a la sociedad a un cambio irreversible en su organización política. Como si Don Camaleón quisiera una constituyente.

La biblioteca de Malaparte bajo el cuidado de Sebastiano será mimetizada por el cuadrúpedo en su totalidad, haciendo de este un camaleón culto, de recursos retóricos impecables e imbatibles, hará en fin de él, un hombre en pleno derecho, aunque con cola, del ejercicio público hasta lanzarse a la contienda política protegido y auspiciado por aquel que, en palabras de Lenín, era “en Italia, el único socialista capaz de guiar al pueblo hacia la revolución: Benito Mussolini”. Cuando el comunismo es nacionalista se le llama fascismo. Don Camaleón irá enfrentándose a todas las facciones de poder en una sociedad desmoralizada, descoyuntada, fracturada moral y espiritualmente, cuyos miembros han hecho del arribismo, el oportunismo y la hipocresía la norma para acomodarse según soplen los vientos del poder. Y ufanarse de ello.

Al menos, Don Camaleón responde a su propia naturaleza cambiante, maleable, quizás sea el único que se conoce a sí mismo, es portador de una única certeza: su ambigüedad; el resto, revolucionarios, liberales, intelectuales, escritores, obispos, cardenales, el clero en general, y las masas enloquecidas como nunca antes por un dictador carrilludo, es impulsado por el envilecido embrutecimiento y los apetitos ruines y perversos de la ambición. Quizás Don Camaleón sea más el alter ego de Malaparte que la propia conciencia de Il Duce; tampoco es descabellado ver en Don Camaleón un carácter colectivo, si tal cosa existe.

Don Camaleón fue una novela publicada por entregas a la manera de los folletines hasta que la prohibió el propio Mussolini quien se vio afectado por el retrato que de él hacía su otrora compañero de ruta en la Marcha sobre Roma, Malaparte. Llegó a decirle en un encuentro personal que los escritores lo trataban muy mal, y de esto se hace eco el propio Malaparte para increparle la cobardía a aquellos escritores que se plegaron o sucumbieron ante la dictadura o se exiliaron mientras que él escribió y publicó en vida de Il Duce esta manifiesta crítica a su figura y régimen.

El discurso que se lanza Don Camaleón en el congreso, en defensa de sí mismo y de su propuesta para darle corpus legal a la revolución serán las páginas más brillantes de esta hilarante y corrosiva novela, una que da cuenta de la descomposición política de toda una sociedad que se ha despojado, que ha extraviado, que ha abdicado a todo signo de humanidad para ser animalidad, para solo responder a las necesidades inmediatas a las que está instada para su supervivencia: “No podía haber mejor representante de una revolución basada en la arbitrariedad, la violencia y el atropello de las libertades constitucionales que un camaleón”.


Harrys Salswach

El dueño del secreto

Cultura

Ene 28, 2018

por Harrys Salswach

Imagen cortesía de Narcisa García

Harrys Salswach

Escrito por Harrys Salswach

El dictador va a morir. Pero eso no lo saben las fuerzas que se le oponen en la clandestinidad. Las pocas que quedan claro está, porque luego de casi cuarenta años en el poder, la represión, el exilio, el encarcelamiento y los asesinatos han horadado profundamente el tejido político que adversa a Franco. Hacia 1974 se gesta una de las últimas escaramuzas para intentar derrocar a quien solo abandonaría el mando una vez fallecido.

Pero para que eso ocurriera debería pasar poco más de dos años, y el narrador de esta historia contará, veinte años después, lo que vivió cuando con tan solo dieciocho años participó en una intentona para derrocar al régimen franquista. En El dueño del secreto (Booket, 2016), novela de un Antonio Muñoz Molina que todavía no llegaba a los cuarenta años y ya contaba con un prestigio que lograría confirmar con cada vez una mayor madurez de oficio hasta nuestros días, un joven de provincia llega a Madrid para estudiar periodismo en medio de las represiones de la dictadura en contra de manifestaciones universitarias. Este joven que desayunaba o cenaba galletas rancias con leche condensada a falta de dinero, se verá involucrado en una conspiración que podría provocar la caída del dictador.

Conocerá a Ataúlfo Ramiro Retamar, a quien considerará su maestro, su protector, y quien lo introducirá en el mundo de las más refinadas instancias sociales y también en los más barriobajeros tugurios de la Madrid de los años setenta. Una Madrid que Muñoz Molina se encarga de transformar en atmósfera más que en una ciudad en concreto, una capital gris que da cuenta de un estado anímico y moral consecuente a las dictaduras: “Madrid era entonces, de nuevo, esa grisura del nublado, del humo de los coches, del granito sombrío de las iglesias y de los edificios franquistas, el mismo gris monótono de los uniformes de los guardias, de los muebles metálicos de las oficinas y de los trajes de anciano paternal y temblón que vestía el general Franco.” Ataúlfo es un anarquista, un hombre de experiencia, de gustos refinados, que lleva en una mano un vaso de whisky y un tabaco y con la otra pide la cuenta en el restaurant, que detiene los taxis en las calles como si fuesen bestias domadas, que se reúne con la burguesía decadente y tiene una amante en un burdel exquisito, y que a su vez controla y dirige una red de información que concentra a la menguada oposición. Incómodo para franquistas e insoportable para los comunistas. Ataúlfo compartirá un secreto con el joven protagonista. Pero al joven e incipiente periodista le cuesta mucho guardar secretos así como sufre una incontinencia urinaria cada vez que está en aprietos.

El compañero de habitación del joven narrador es Ramón Tovar, Tovarovich o Ramonazo, recién convertido al maoísmo, un bueno para nada, un izquierdista botarate y derrochador cuyo evangelio comunista lo meterá en problemas hasta quedar sin un centavo, echado en su cama sin moverse para ahorrar energías. Un descreído que no comparte el entusiasmo de su amigo de provincia y que no se atreve a regresar a su pueblo por soberbia, por no mostrarse derrotado. Estos personajes son en parte la muestra de la agonía de un mundo que estaba por terminarse, son los estertores de una realidad cada vez más desdibujada, atada a la biología del dictador. Una sociedad que se había transformado, aun resistiéndola, en la extensión del cuerpo y ánimo del “Excrecentísimo”, como le llamaba Ataúlfo.

Urdir una narración en la que el ánimo juvenil (en formación) por cambiar el estado de las cosas se enfrenta tanto a las fuerzas del orden como a las propias debilidades, y que estas terminen por hacer del narrador y protagonista un personaje entrañable en su complexión moral, en su incapacidad para asimilar la vida en una ciudad en la que la vigilancia policial es su torrente sanguíneo, en su endeble fortaleza de carácter para sobrellevar la carga que le llega, creando un ritmo novelesco que no admite pausa en el lector, es una muestra de talento y oficio que supera el paso del tiempo. Hace ya casi un cuarto de siglo que Muñoz Molina escribió esta novela que seguramente se leerá con nostalgia por muchos y con una sonrisa agridulce por otros tantos. Y es que el humor está cargado de una ternura que detiene la parodia o la caricaturización de los personajes, para dar cuenta de tiempos que la memoria hace nostálgicos y recordar que toda dictadura es un organismo que acaba por morirse.


Harrys Salswach

Los fieles hasta el fin

Cultura • Política

RAFAEL MARRÓN G.
Escrito por RAFAEL MARRÓN G.

Bolívar se muere en una sofocante habitación mal ventilada y pobremente amoblada, ya había puesto su  alma en paz con la bendición del ¨…humilde cura de Mamatoco, Hermenegildo Barranco, que oyó su confesión y  le suministró la comunión, asistido por sus acólitos y unos pobres indígenas¨ (Próspero Reverend).  El cura había entrado a la habitación del gran hombre con sus ayudantes portando el Santísimo y  velas encendidas, el Libertador, con un ademán imperioso, les espetó: ¨Saquen esas luminarias que esto parece procesión de ánimas¨. La gente salió llorando. Un ambiente de tristeza humedece la estancia. Reverend llama a los amigos fieles hasta el fin:  “Señores,  sí queréis presenciar los últimos momentos y postrer aliento del Libertador, ya es tiempo¨.  Es  la una de la tarde. Los amigos que hasta el fin permanecen con Bolívar en su postrer aliento, además del General Ignacio Luque, del Comandante Centeno y del comandante  Juan Glen y de José Sardá,  Lucas Menéndez, José María Molina, Julián Infante y Pedro Rodríguez, son:

FERNANDO BOLÍVAR TINOCO:

El hijo del desgraciado Juan Vicente, sobrino predilecto del Libertador, quien lo envío a educarse en la Universidad  de Jefferson en los Estados Unidos, Fernando  regresó  a Venezuela  en 1828, pero en Julio o agosto parte para  Bogotá reunirse  con su tío, y desde ese momento se convierte en  su edecán, secretario privado, correo confidencial y confidente; estuvo  presente  en  el  Palacio de  San  Carlos  cuando  el atentado  del  25 de septiembre, y lo acompañó en  San  Pedro Alejandrino  en el trance supremo de su muerte.  “He  quedado huérfano  por  segunda  vez”, diría ante  el  cadáver  de  El Libertador.  Páez  le negó el derecho a formar  parte  de  la comisión que repatriaría los restos de su tío. Fernando murió en Caracas el 27 de octubre de 1898 a los 88 años.

JOSÉ PALACIOS:

El inseparable mayordomo, que adolescente juró, según la tradición, ante el lecho de muerte de doña María Concepción, que no se separaría de Simón, y lo cumplió. Era un negro liberto de los Palacios, nacido, probablemente, en 1770, acompañó a Bolívar en sus viajes y campañas militares, por estar enfermo en la casa de Gobierno salvó su vida la noche del atentado septembrino. Se cuenta que acompañó al joven Bolívar a Europa y a Estados Unidos, estuvo en la Nueva Granada y en Jamaica, fue Sargento Primero en Carabobo, y marchó con el ejército expedicionario del Sur. Fue el administrador de los gastos personales del Libertador, llevaba sus  cuentas y estaba a cargo del palacio de la Magdalena Vieja, residencia del Libertador-Presidente. Bolívar le regaló unas espuelas de oro con las que deslumbraba  a las damas del pueblo en las corridas de toro a las que era aficioando. En Santa Marta, no se separó un instante del lecho de muerte. Bolívar lo incluyó en su testamento legándole ocho mil pesos “en remuneración a sus constantes servicios”.   Cuando los restos de Bolívar llegaron a Caracas en diciembre de 1842, estaba presente, cumpliendo su juramento.  Allí se pierde su rastro. Se presume murió dos o tres años después a la posible edad de 75 años.

MARIANO MONTILLA:

El poeta Antonio Arraiz en su obra “Culto Bolivariano”, refiere la siguiente anécdota: “Desde 1814 el teniente coronel Mariano Montilla era rival secreto de Bolívar y su enemigo descubierto desde la desgraciada jornada de La Puerta. Valiente, joven de ilustración y de riqueza, empeñado en la lucha desde la aurora del 19 de abril, sus talentos y servicios le daban ciertamente títulos a la más distinguida estimación, pero su vanidad exaltó su alma a una inmoderada pretensión, y suscitó desagrados, se le opuso resueltamente en Cartagena, en 1815, apoyando al Brigadier Castillo, que se negó a obedecer las órdenes del Libertador, y finalmente en Haití, en 1816, le envió un cartel de desafío, y no convino en aceptarlo como jefe de la Expedición de Los Cayos. En 1819, el coronel Montilla, de quien no sabemos nada desde entonces, había vuelto de su voluntario ostracismo de Margarita, y se incorporó a la división que organizaba Urdaneta, en calidad de Jefe del Estado Mayor, destino en el cual lo confirmó el Libertador con el ascenso a Coronel vivo y efectivo. Vino luego a Angostura a tomar parte privada en las conversaciones del Congreso, en lo que se comportó con patriotismo y cordura, desvaneciendo la idea de que en Bolívar y él pudiera haber restos de enemistad personal. Aún se hallaba en Angostura cuando el Libertador regresó de la Nueva Granada, y fue de los militares que en el cuerpo le felicitaron. Bolívar divisó a Montilla, a quien no veía hacía mucho tiempo, airoso siempre y simpático; al despedirse el numeroso cuerpo militar le instó a que permaneciese un rato más. Apenas solos, separándose el Libertador de toda etiqueta oficial, expresó a su amigo sus sentimientos con demostraciones de la más cordial y positiva confianza”. Mariano Montilla referiría más tarde:  “Nunca tuvo más imperio la voz de bolívar que en aquel instante de nuestra entrevista: era irresistible, y él mismo haciéndome derramar dulce lágrimas, las derramaba también”. Al notificar la muerte de Bolívar escribió: “El excelentísimo señor Simón Bolívar ha pagado hoy a la naturaleza el precioso tributo de si importante vida”. Montilla murió en Caracas el 22 de septiembre de 1851 a los 69 años. Era un año mayor que el Libertador.

JOSÉ LAURENCIO SILVA:

Incansable soldado de la libertad, sirvió durante diecinueve años en el Ejército Libertador, desde su  iniciación en El Tinaco como subteniente en 1810 hasta su ascenso a General de División, en la Batalla de Tarqui, bajo el mando de Sucre. Fue uno de los 150 héroes de las Queseras del Medio. Tuvo el honor de combatir en Carabobo, Bombona, Junín y Ayacucho, en esta última acción recibió tres lanzazos. Fue uno de los albaceas testamentarios y fideicomisarios del Libertador, que fue sepultado con una  camisa suya. Silva era trigueño, nacido en el llano venezolano, y en ocasión de un fiesta  en Potosí invitó a bailar a una linajuda dama que lo rechazó, Bolívar se dio cuenta del desaire y tomándolo del brazo bailó con él. Ya en Caracas se casó con una hermana de Fernando Bolívar, sobrina del Libertador. Se dedicó a faenas agrícolas, intervino en aisladas acciones contra Páez y Zamora, y muere en Valencia, el 27 de febrero de 1873, a los 81 años.

JOSÉ MARÍA CARREÑO:

Héroe de la independencia nacido en Cúa, Estado Miranda, en 1792, cooperó con Bolívar en la Campaña del Magdalena, en 1812,  en la Batalla de Cúcuta, el 28 de febrero de 1813, y en la Campaña Admirable que culminó con la entrada de Bolívar a Caracas el 6 de agosto de 1813.  Actuó en la Batalla de Cerritos Blancos, Barquisimeto, el 13 de septiembre de 1813, en la que recibió catorce heridas de lanza, cuchillo y balas, nueve de las cuales podían considerarse mortales, una le abrió el cráneo, otra le perforó un pulmón y le destrozó el omoplato,  y  perdió completamente el brazo izquierdo, pero al enterase de que Bolívar planeaba dirigir en persona la batalla  Primera de Carabobo, el 28 de mayo de 1814,  pidió ser dado de alta y se presentó al combate con el grado de Mayor que le confirió el Libertador. Parecía un espectro, pálido, mutilado,  pero al sonar el clarín la vida le inundó y su arrojo encendió el valor de sus camaradas. Acompañó a Bolívar en la Campaña de Guayana y recibió otra herida en una emboscada en el sitio de Quiamare cerca de Angostura; y combatió en los llanos al lado de Páez, y con Mariano Montilla liberó Cartagena,  y continuó con Bolívar en la Campaña del Sur, y, después de la guerra, Páez lo integró a  la delegación que repatriaría  los restos del Libertador a Caracas en 1842, y los caraqueños decían que “los restos de Carreño iban a buscar los restos de Bolívar”; y ya General de División, en la paz, ocupó interinamente la Presidencia de la República por la renuncia del doctor José María Vargas. Murió, a los 57 años, en Caracas el 14 de mayo de 1849.

JOSÉ DE LA CRUZ PAREDES:

Fue uno de los niños héroes de la Independencia a la que se incorporó cuando contaba 14 años, el 15 de mayo de 1811. Había nacido en Nutrias, Estado Barinas, el 3 de mayo de 1797, y alcanzó durante la guerra el grado de Coronel, fue ascendido al generalato por Julián Castro y Falcón lo ascendió a General en Jefe, en 1863.  Fue uno de los ciento cincuenta lanceros de las Queseras del Medio y actuó en la Toma de las Flecheras, teniendo en ambos casos a Bolívar como espectador, y en 1821, después de Carabobo, se le asciende a capitán reconociéndole la antigüedad desde 1818 e inmediatamente se le eleva a Teniente Coronel y entra a formar parte de la guardia del Libertador como Jefe del escuadrón de lanceros y parte a la Campaña del Sur distinguiéndose en varios combates bajo las órdenes del general Sucre y participa en la Batalla de Ayacucho. Después de la muerte de Bolívar, apoya a Urdaneta en su breve dictadura colombiana y regresa a Venezuela, se dedica a labores agrícolas, participa con Páez contra Monagas en 1848, y muere en Cartagena, Colombia el 24 de agosto de 1876, a los 79 años.

MIGUEL ZAGARZAZU:

Natural de Cagua, Estado Aragua, donde nació el 29 de septiembre de 1795, se incorporó al ejército patriota a los 17 años, en las filas de Miranda Luego de la caída de la Primera República volvió al Ejército en 1813 y estuvo en los combates de Araure, La Victoria, San Mateo y La Puerta. En la Campaña de Oriente, participó en las batallas de Aragua de Barcelona, Maturín, Magüeyes y Urica. En el año de 1816 combatió en El Alacrán  y en El Juncal y el año siguiente pasó a Guayana, donde a las órdenes del general Manuel Piar combatió en la batalla de San Félix y en el sitio de Angostura. En diciembre de ese mismo año fue herido en la batalla de La Hogaza. Recuperado, se dirigió a los llanos y combatió en 1818, en Calabozo y El Sombrero y más  tarde en Semén, donde nuevamente fue herido de gravedad. En la batalla de Carabobo formó parte del batallón Bravos de Apure, con el grado de capitán,  al cual había ascendido desde 1818. Elevado al grado de teniente coronel fue condecorado con la Orden de los Libertadores. En 1823 participó en el sitio y Toma de Puerto Cabello. Permaneció fiel a la causa grancolombiana, por lo cual tuvo que asilarse en la isla de Curazao. De ésta pasó a Santa Marta adonde llegó el 6 de diciembre de 1830 y  presenció la muerte del Libertador, y en un Diario que llevaba dejó consignado lo que ocurrió durante aquellos días en Santa Marta y la vecina hacienda de San Pedro Alejandrino. En 1862, siendo ya general, fue nombrado secretario general del Departamento de Guerra, durante la dictadura del general José Antonio Páez. Murió en Caracas el 2 de diciembre de 1862, a los 67 años.

TRINIDAD PORTOCARRERO:

Nació en Valencia, en 1796 y murió en la epidemia de cólera que azotó esa población, en 1855, a los 61 años. Desde 1816 sirvió bajo las órdenes del Libertador y participó en la Expedición de Los Cayos, en las batallas de Pantano de Vargas y Boyacá, en 1819, y en Carabobo en 1821. Combatió en Bomboná y fue de los vencedores de Junín y Ayacucho. En 1830 fue ascendido a General de Brigada aunque ya actuaba con ese grado, y apoyo la dictadura de Urdaneta en Colombia. Viajó a Santa Marta para asistir al Libertador en sus últimos momentos. Regresó a Venezuela, participó en la Revolución de las Reformas y defendió a los Monagas contra Páez. murió en su ciudad natal, víctima de la epidemia de cólera, en 1855, a los 59 años.

ANDRÉS IBARRA:

Hermano del general Diego Ibarra y sobrino del marqués del Toro, nació en Caracas el 17 de agosto de 1807, ingresó tardiamente a la guerra de la Independencia por encontrarse con su familia en Europa y los Estados Unidos, sin embargo, en 1827, forma parte del cuerpo de Edecanes del Libertador y fue uno de los heridos por salir en su defensa durante la noche del atentado del 25 de septiembre de 1828. Acompaña a Bolívar en su lecho de muerte y es uno de los defensores de la unión grancolombiana. De regreso a Venezuela participa en la Revolución de las Reformas que derroca a Vargas y derrotado por Páez se refugia en el extranjero hasta 1845 cuando le son devueltos sus honores militares. Su hija Ana Teresa fue la esposa de Antonio Guzmán Blanco, por donde le viene lo bolivariano al autócrata civilizador. Murió como General de Brigada, en Caracas, el 23 de agosto de 1875, a los 68 años.

BELFORD WILSON:

Hijo  de Sir Robert Wilson, político liberal inglés, que lo envío a Suramérica en 1822 para que sirviera a las órdenes de Bolívar, que lo recibió en Perú y lo nombró su  Edecán. A pesar de los celos de O´leary, el joven Wilson se mantuvo permanentemente a su lado cumpliendo importantes y delicadas misiones diplomáticas confidenciales, como cubrir la enorme distancia entre  Lima y Chuquisaca  en solo 19 días, para entregar  el proyecto de Constitución de Bolivia. Cuando Bolívar se entrevistó con el general Páez en Venezuela a finales de 1826, llevó como único acompañante a este fiel amigo de su pensamiento y obra. Durante su estancia en Venezuela el Libertador dictó a Wilson  sus Memorias, por lo menos hasta Carabobo. A mediados de 1828 viajó a México, Estados Unidos e Inglaterra publicando en los periódicos de esos países importantes artículos en los que explicaba la posición política del Libertador y la situación de la Gran Colombia. Regresó en enero de 1830 y se incorporó al servicio de Bolívar.  Fue uno de los fieles testigos de  la muerte del Padre de la Patria. Tal su entrega a Bolívar, que al morir éste, se enfermó gravemente. En su testamento, en la Cláusula 12, dice el Libertador: ¨Mando que mis albaceas den las gracias al señor General Sir Robert Wilson por el buen comportamiento de su hijo, mi Edecán, el Coronel Belford Wilson, que tan fielmente me ha acompañado hasta los últimos momentos de mi vida¨.  Wilson murió en Inglaterra en 1858, a los 54 años, honrado con el título de Caballero de la Orden del Baño.

PRÓSPERO REVEREND:

Próspero Reverend ha pasado a la historia de América como el médico que atendió a Bolívar en sus últimos días de vida. Nació en Failaise, una aldea de Calvados, en  Normandía, el 14 de noviembre de 1796. En ninguna Universidad europea, ni francesa en particular,  existe constancia ni siquiera de su inscripción en algún curso de medicina. Tampoco existe evidencia oficial de su relación con las Escuelas de Salud creadas por la Revolución Francesa para paliar la crisis hospitalaria de la época. Su contacto con la  medicina debió ocurrir durante su estadía en el ejército napoleónico, quizá como ayudante del médico de campaña, curando heridos, pero de esto tampoco existe evidencia. Lo cierto es que poseía conocimientos de medicina cuando llega a Santa Marta el 24 de julio de 1824. Fue el general Mariano Montilla quien, ante el mal estado de salud de Bolívar al desembarcar en Santa Marta, recomienda a Reverend. El Libertador apreció inmediatamente al joven doctor, más por su cortesanía y fluida conversación, que por sus conocimientos médicos. La medicina moderna supone, por la rapidez de la evolución de la enfermedad y sus síntomas, que Bolívar murió a consecuencias de “un absceso amibiano del hígado abierto en los bronquios”, y no de una tuberculosis pulmonar como certificó Reverend. Bolívar había padecido esta enfermedad pero se le había curado con sus prolongadas exposiciones a la intemperie tropical, y en la autopsia Reverend  encontró una formación calcárea en el pulmón que certifica esta hipótesis. Reverend murió en Colombia el 1º de diciembre de 1881 a los 85 años.

LUÍS PERÚ DE LACROIX:

El autor del Diario de Bucaramanga, fue su amigo y confidente en las angustiosas horas de la Convención de Ocaña. Fue uno de los fieles hasta el último momento pero no pudo estar presente el día de la muerte de Bolívar por cumplir la orden de trasladar prisionero a Bogotá  a Ezequiel Rojas, uno de los conjurados para asesinar al Libertador la noche del 25 de septiembre de 1828, que fue descubierto oculto en la casa del Obispo de Santa Marta. El 18 de Diciembre de 1830, desde Cartagena, escribe a Manuela Sáenz: “Mi respetada y desgraciada señora: He prometido escribir a usted y de hablarle con  verdad; para cumplir con este encargo y empezar con darle la más fatal noticia. Llegué a Santa Marta el día 12, y al mismo momento me fui para San Pedro donde se haya el Libertador. Su Excelencia estaba ya en un estado cruel y peligroso de enfermedad, pues desde el día 10, había hecho el testamento y dado una proclama a los pueblos, en la que se está despidiendo para el sepulcro. Permanecí en San Pedro hasta el día 16, que me marché para esta ciudad, dejando a Su Excelencia en un estado de agonía que hacía llorar a todos lo amigos que le rodeaban. A su lado estaban los generales Montilla, Silva, Portocarrero, Carreño, Infante y yo, y los coroneles Cruz, Paredes, Wilson, capitán Ibarra, teniente Fernando Bolívar, y algunos otros amigos. Sí, mi desgraciada señora: el grande hombre estaba para dejar esta tierra de la ingratitud y pasar a la mansión de los muertos, a tomar asiento en el templo de la posteridad y de la inmortalidad al lado de los héroes que más han figurado en esta tierra de miseria. Lo repito a usted, con el sentimiento del más vivo dolor, con el corazón lleno de amarguras y de heridas: dejé al Libertador el día 16 ya en los brazos de la muerte: en una agonía tranquila, pero que no podía durar mucho. Por momentos estoy aguardando la fatal noticia, y mientras tanto, lleno de agitación, de tristeza, lloro ya la muerte del padre de la patria, del infeliz y grande Bolívar, matado por la perversidad y por la ingratitud de los que todos le debían, que todo habían recibido de su generosidad. Tal es la triste y fatal noticia que me veo en la dura necesidad de dar a usted. Ojala el cielo, mas justo que los hombres, hechase una ojeada sobre la pobre Colombia; viese la necesidad que hay de devolverle a Bolívar, e hiciese el milagro de sacarle del sepulcro en que casi lo he dejado. Permítame usted, mi respetada señora, de llorar con usted la pérdida inmensa que habremos hecho, y habrá sufrido toda la república, y prepárese usted ha recibir la última y fatal noticia. Soy de usted admirador y apasionado amigo, y también su atento servidor que sus manos besa”.

Perú de Lacroix participó en la Revolución de las Reformas que destituyó a José María Vargas, pero derrotado por Páez fue expulsado de Venezuela y regresó a Francia, donde vivió en la miseria. Imposibilitado de reunirse con su esposa colombiana, se suicidó en París en 1837, a los 57 años. ¨La sepultura me inquieta un poco¨, escribió como despedida.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG

Detalles que pueden arruinar una presentación!

Cultura • Sociedad

LASZLO BEKE
Escrito por LASZLO BEKE

Presentaciones en público son relevantes en la vida cotidiana empresarial, profesional y académica y se han convertido en una herramienta importante para transmitir y compartir información y están asociadas al crecimiento del profesional.  La audiencia ama a la persona que hable claro, sea serio y no les haga perder tiempo. De parte del  presentador se requiere: planificación, preparación de material atractivo y capacidad de transmisión. Sin embargo, el efecto de una presentación extraordinaria con el mejor material posible se puede perder por detalles del manejo de la reunión.

En una presentación, no es fácil lograr la atención inmediata de un público, pero si es factible fácil perder a ese público en los primeros momentos de una presentación e incluso más adelante. La mayoría de las personas aprenden a corregir sus fallas a través del tiempo y de los errores cometidos.  Estas son algunas de las acciones y expresiones verbales que se deben cuidar:

Etapa de inicio

  • El audio: Me escuchan? – La responsabilidad del audio es del presentador y su equipo y si existen dudas es preferible probarlo previamente.  Mientras se corrige una falla, hay que mantener la sonrisa frente a la audiencia y transmitir confianza.
  • Excusas de inicio: Desfase de horario/cansancio/resaca – La audiencia no está realmente interesada en escuchar ese tipo de comentario como inicio de la presentación.  La audiencia espera lo mejor del presentador, si este no se siente bien y no puede dar lo mejor de sí es posible que este deba cancelar la intervención.
  • Apaguen los dispositivos! – No siempre se puede solicitar que apaguen todo tipo de dispositivo. Por ello, lo mejor es lograr que la presentación sea tan inspiradora que ignoren sus laptops.
  • La iluminación: No los veo! – Cuando se está en un escenario, las luces son brillantes y calurosas y es muy difícil ver a la audiencia, pero ellos no necesitan enterarse de esto.  Hay que mirar fijamente hacia la oscuridad, sonreir con frecuencia y actuar con naturalidad.

El desarrollo de la reunión

  • Lo pueden leer? – La regla general es que el Font de la letra debe ser dos veces más grande que el tamaño de la audiencia. Si se espera que haya 40 personas, se recomienda un Font de 80.
  • Prometo hablar poco, la presentación será corta – Esa promesa casi nunca se cumple, pero generalmente se ofrece.  Es preferible decir “Esta presentación cambiará su vida” o “Esta presentación está programada para 30 minutos, pero se hará en 25 minutos para que puedan aprovechar mejor el tiempo.”.
  • Permítanme leerles esto! – No se debe colocar texto en exceso en las láminas de manera que obligue al público a leer y a dedicarle atención a una lámina. Hay que usar títulos cortos y memorizar cualquier texto que se desee que la audiencia escuche.
  • No hace falta escribir nada o tomar fotos, la presentación la tienen en línea! – Para muchas personas el acto de escritura representa una manera simple de memorizar lo que están escuchando.

Las respuestas

  • Regresaré a eso más tarde – Si la audiencia está ávida de aprender e interactuar hay que aprovecharla. Si alguien es lo suficientemente valiente para levantar su mano y hacer una pregunta, hay que felicitarlo e invitar al resto de los participantes a seguir el ejemplo.
  • No compartir la pregunta – La pregunta que el presentador captó de inmediato no necesariamente ha sido escuchada o entendida por todos. Por ello es conveniente repetir la pregunta para todo el público antes de  responder.

El cierre

  • No tengo más tiempo? Me faltan 15 láminas!! – Una presentación inconclusa o apurada al final no deja una buena impresión. Hay que practicar la presentación para que se complete en el tiempo previsto y así cerrar con fuerza..

Laszlo Beke  –  @Laszlobekes

La noche feroz

Cultura

HARRYS SALSWACH
Escrito por HARRYS SALSWACH

Hay noches que ensombrecen el alma de los hombres, noches sin tiempo en las que el dogma se convierte en sangre

Es un lugar común pensar que la maldad deshumaniza. Pocas veces se suele pensar lo contrario. Y quizás sea esa la verdadera naturaleza humana llevada al límite. Creer que la bondad es ínsita al hombre y que su revés es manifestación de la enajenación o impulso recóndito de supervivencia ante los embates externos puede ser una manera de eludir o desconocer que la abyección es tan pura y genuina como la más incondicional de las generosidades.

Al caer la noche, en un pueblo olvidado de cualquier lugar de la Tierra (un pueblo asturiano rodeado de montañas), tres hombres salen a cazar a dos forasteros a los que acusan de haber asesinado a una niña. En la novela La noche feroz (Booket, 2013), de Ricardo Menéndez Salmón, esta premisa echará a andar, como quien provoca un incendio, las llamas de los odios más íntimos. El grupo justiciero está liderado por el padre Aguirre, un personaje que parece venido de algunas páginas de Cormac McCarthy. Acompañado por dos miserables, La Muerte y Ezequiel, irá tras los pobres infelices guiados por el olfato de los perros ávidos por hincar los dientes —tanto como el cura— en la piel de “Los inocentes”, como los llama el autor en los capítulos destinados a este par de pobres diablos, cuyas circunstancias han puesto frente a un hombre de abyección vehemente, un hombre que ha convertido el dogma en sangre. Mientras la noche se hace más oscura, el maestro del pueblo, llamado Homero, escribe la historia del fundador de Promenadia, El Francés, un desertor de las guerras napoleónicas que, ante la posibilidad de erigirse arquitecto, agrimensor y dueño de todo un territorio, decidió un día, principios del siglo XIX, habitar esas tierras convertidas en lodazal cainita cuando se narra esta historia: 1936. La guerra ha comenzado. Homero vive en la escuela, no sale sin su cuchillo en el cinto. Todos en el pueblo le profesan resquemor y resentimiento. El maestro sabe, conoce, ha vivido fuera de ese gran infierno que es un pueblo pequeño. Homero quiso ser aventurero, viajero y le faltó valentía, luego quiso ser político y le faltaron ideas. Quizás por eso se hizo bolchevique. Lleva la carga de un dolor paterno.

Los demás pobladores son sombras de sí mismos. Unos caseros, familia convencional de padre, madre, hijos e hijas. Uno de los descendientes es un pequeño idiota con hidrocefalia que lanza alaridos como una bestia que anuncia la bestialidad de otros. La madre lo mece desde la cama dándole a la cuna con un pie deforme. Y el padre de familia es un hombre cuya soberbia es alimentada por una ignorancia reconocida y que el miedo convierte en resentimiento. El prestamista de Promenadia, Irizábal, en cuyos ojos “brilla una llama —la rapacidad de la inteligencia— que sólo la muerte apagará”, es el verdadero dueño de aquellas tierras, su ambición no conoce fronteras. La noche en la que el lector conoce a todos los personajes, es la suma de todas las oscuridades. La frialdad de todos contagia a la naturaleza —y parece que no al contrario— hasta que la nieve desciende. El crimen de la niña asesinada —del que poco o nada se sabe— echa andar la maldad de todos sobre todos. La sospecha se expande por el valle y las lejanías, la caza de los inocentes se desata y con ella la hez moral de los habitantes.

El placer de la crueldad

El escritor español Ricardo Menéndez Salmón ha ido construyendo una serie de novelas en torno a la malignidad humana. Su estilo cáustico y apocado, de carácter metafísico —sin distanciarse de las acciones de sus personajes hasta la abstracción que los convierta solo en pensamientos— traza los contornos de seres humanos cuyas dolencias, desgracias, miserias, ruindades y miedos más profundos adquieren una fuerza vital que a su vez los debilita; como si esos personajes estuviesen signados por una sustancia vil que los motiva a continuar, incluso con goce y furia, las canalladas más crueles a las que han empeñado sus vidas. Labrando un camino que solo puede conducir al infierno. Anota el narrador como concentrando en un párrafo lo que atraviesa esta historia de principio a fin: “De todos los placeres que conoce el hombre, ninguno mayor que el que causa dolor. La contemplación de la belleza o el trance del amor físico no pueden compararse con el goce de quebrar un hueso. Y el hecho de que los filósofos no hayan encontrado todavía una razón convincente, decisiva, irrefutable, para justificar esta característica de la naturaleza humana, es uno de los misterios más hondos que existen. Porque el hombre levanta puentes, domestica selvas o resuelve problemasmatemáticos planteados hace cientos de años, pero todo su genio, toda su paciencia y todo su fervor palidecen ante el enigma de su maldad”.

La noche feroz, podría compartir junto a La ofensa*, Derrumbe, y El corrector, una suerte deCuarteto del mal, que intenta exponer los entresijos del alma de quienes con alevosía se envilecen. Pero no crea el lector que encontrará regodeo mórbido en la inquina de los personajes. La prosa de Menéndez Salmón es elegante, delicada, de un refinamiento que no esquiva las instancias sombrías del alma humana sino que las sugiere, las manifiesta en imágenes sin afectaciones. Recuerda a la serie de Libros negros del portugués Gonçalo Tavares, sustrayendo la intención lúdica que ata la obra de quien ha sido profesor de Epistemología en Lisboa; Menéndez Salmón es licenciado en Filosofía; y también recuerda a las novelas más cruentas de McCarthy. En La noche feroz, tres disparos al aire marcan la pauta de los tiempos en muchos capítulos. Como si fuesen campanadas agoreras que se escuchan en todo el territorio; los personajes sienten sus ecos, levantan la mirada al cielo, y los invade el temor. Quizás atrición, el temor a Dios. O solo la maldad que lo ha eclipsado.


Harrys Salswach

El crimen del soldado es la obediencia

Cultura

Sep 24, 2017

por HARRYS SALSWACH

La imagen es cortesía de Narcisa García.

HARRYS SALSWACH

Escrito por HARRYS SALSWACH

I

El escritor recuerda las lecturas de la niñez sobre el gueto de Varsovia y así, durante la visita que hizo cuando tenía cuarenta y tres años, no se le hace desconocido el lugar donde los alemanes hacinaron a cientos de miles de personas que luego enviaron al matadero. Wohnung Bezirk, “recinto habitable” llamaban a aquel lugar, dando cuenta de que el lenguaje es utilizado por el poder para trastocar la realidad hasta traspasar los propios límites criminales.

El italiano Erri de Luca traza una historia conmovedora sobre las palabras, la relación de una hija con su padre y las fronteras de la maldad. El crimen del soldado (Booket, 2015) es un artefacto literario perfecto, en el que narración, testimonio y memoria se funden para provocar en el lector el estupor ante la maldad obstinada de un hombre que, embriagado de ideología, le dio sentido a su vida odiando a un enemigo, chivo expiatorio de su vileza: los judíos. La inflexión de esta historia viene dada por la perspectiva narrativa, la estructura arriesgada y la hondura moral de los personajes. Conoceremos a este hombre gris, pálido, inicuo, enfurecido consigo mismo, desde la voz de su hija, una mujer a quien su madre le revela —justo antes de abandonarla— a los veinte años de edad, que el hombre con quien ha vivido no es en realidad su abuelo, sino su padre: un criminal de guerra nazi.

De Luca, en la primera parte de esta historia, narra su relación con la lengua yidish, de la que es traductor y que ha aprendido de manera autodidacta. Dice que se parece al napolitano: ” (…) idiomas ambos de grandes multitudes en espacios angostos. Por tal razón son rápidos, de palabras truncadas, idóneas para abrirse un hueco entre los gritos.” En sus manos lleva un manojo de hojas que contiene los cuentos de Israel Yehoshúa Singer, hermano de Isaac Bashevis Singer, Nobel de literatura en 1978, y que ha aceptado traducir y antologizar por encargo de una editorial. Luego de recorrer algunas montañas de las Dolomitas, De Luca va a cenar a la posada a la que usualmente visita cuando está de escalada (otra afición del escritor napolitano), y encuentra en una de las mesas a una mujer que le parece atractiva, se sienta en la mesa de al lado y ve cómo le llevan dos cervezas. La mujer estaba acompañada de un anciano que pronto llegaría y con quien el autor cruzaría unas miradas hostiles. Eran padre e hija. En la segunda parte del libro conoceremos su historia.

II

De una manera inversa a como el yidish se abre un hueco a través de los gritos, la hija del criminal de guerra nazi, intenta colmar el vacío de la relación desangelada entre ella y su padre, con silencios. ¿Cómo convivir con un hombre obsesionado con la derrota? ¿Cómo aceptar que su padre ha sido —e insiste en ser— un criminal, convencido de que la gloria alemana fue vencida por no haber entendido el fondo enigmático del pueblo judío contenido en la Cábala? Y es que este hombre asegura ser “(…) un soldado vencido y perseguido. Mi crimen fue ser derrotado. Esa es la pura verdad.” Al término de la guerra, este envilecido soldado huye a la Argentina, donde no será un huésped. Atemorizado porque le suceda lo mismo que a Eichmann decide regresar a su Viena natal “uno se esconde mejor entre su misma gente, es bien sabido”; y se convertirá en cartero. Uno que lleva, cada día en su recorrido, correspondencia al Centro Wiesenthal: “a quienes lo estaban persiguiendo por el mundo les hubiera bastado con reconocerle en el umbral, bajo el uniforme de cartero”. Pero un criminal, que llegó a ser poderoso, que creía que un grupo de hombres podría ser el epítome de la raza humana, la más alta y “pura” encarnación de la humanidad, cuando se ha desarticulado la maquinaria que hace posible la formalización y la efectividad de los engranajes de la maldad, no puede alzar la mirada, enmudece porque puede ser reconocida la voz del carcelero y torturador por parte de sus víctimas, esa voz que se graba y hiela la sangre de quien sufrió lo indecible a manos de quien, en la cadena de mando, le tocó —y ejecutó con vesania y crueldad gozosa— infligir suplicio a otros. Unas líneas son esclarecedoras: “No es sobre los héroes, sino sobre los testigos donde se funda el honor de un pueblo”.

La hija de este hombre descubrirá en él una verdad atroz: “el crimen del soldado es su obediencia”. Esta mujer ha trabajado como modelo en la Academia de Bellas Artes. Su cuerpo inmóvil es representado por estudiantes que la observan fijamente, y ella se muestra, en su perfección irrepetible, ante la mirada de artistas incipientes. Se desnuda ante ellos, no se oculta, como su padre. Pero resguarda como él, una intimidad a la que nadie puede llegar: su voz. Para ella su voz le pertenece y resguardarla es lo que la hace una desconocida ante los estudiantes. La voz del padre le delataría. Ambos silencios son de naturalezas distintas. Uno atesora, el otro esconde. Uno es deliberado, el otro impuesto. Corolario de la maldad. Nunca ha visto las pinturas y dibujos que de ella han hecho. No quiere encontrarse con ejercicios que la hayan pintado como lo haría Egon Schiele, distorsionando su cuerpo, retorciendo sus extremidades y facciones. Quizás, la representación distorsionada a la que le huye sea una transfiguración de la distorsión moral con la que ve a su padre —y que la contiene—. Así como nunca dejará de ser su padre, nunca dejará de ser un asesino. Vaya peso que deja como herencia un truhán cuando ideologizado cree poder cambiar el mundo.

Constructo literario que armoniza personajes e instancias morales. Asesino en el gueto de Varsovia, obsesionado con el lenguaje de la Cábala, agazapado en el mundo luego de cometer atrocidades, se muestra ante su hija como lo que es: un desalmado. Un escritor que traduce del yidish a otro que vivió en aquel gueto, Yehoshúa Singer, que escribió una novela cuyo final los entrelaza: “La muerte es el Mesías. Esa es la pura verdad”. Una mujer que ve perpleja al matarife irredento del padre. Y a diferencia de él, se desnuda ante los otros para ser convertida en arte. Como el mar —tan caro al autor y a su obra— el estilo del napolitano esconde profundidad en la superficie. Sutil, honda, lírica y de una belleza desconcertante, esta historia es uno de los más complejos y logrados artificios de Erri de Luca.


Harrys Salswach

“2017: Venezuela, siglo XXI” por @LombardiBoscan

CulturaPolítica

 

May 22, 2017

por ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

Escrito por ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

“La desgracia es plural. La desventura en éste mundo, es multiforme” en el cuento “Berenice” de Edgar Allan Poe (1809-1849). Ya no es chavismo sino salvajismo. El régimen cercado internacionalmente, aislado en realidad, sólo la íngrima Cuba y sus servicios secretos, hacen lo imposible para mantener a un gobierno que actúa fuera de las Leyes y los Derechos Humanos. Internamente, la calle, la protesta civil, ya va a llegar a los dos meses, y en vez de amenguar lo que hace es crecer en entusiasmo y convicción democrática. Los violentos terminan siendo los represores, cuyas actuaciones desmedidas representan crímenes de lesa humanidad que no preescriben. Es contraproducente, desde todo sentido ético y jurisdiccional, el predominio militar sobre el mundo civil en pleno siglo XXI.

Mariano Picón Salas (1901-1965) sostuvo que luego de la muerte del tirano Juan Vicente Gómez (1857-1935), Venezuela entró al siglo XX, en el año 1936. Nosotros podemos hacer un paralelismo y sostener que el chavismo en el año 1992, interrumpió nuestro decurso histórico y terminó haciendo del anacronismo, en un sentido involutivo, su principal referente. Cuando se pensó que el país entraba con certeza al siglo XXI, casi todo degeneró en una terrible decadencia. El chavismo utilizó la institucionalidad democrática para destruirla sin contemplaciones, aunque disimulando las formas, desde una lógica populista y primitiva desde el control del estamento militar y la principal fuente de la riqueza nacional: el petróleo. Ya hoy, al desnudo, sabemos todos que es una voluntad de Poder descarriada.

Manuel Caballero (1931-2010), sostenía, en un ensayo excesivamente optimista, que el venezolano del año 1982 era: “Pacífico”, “Civilizado”, “Sano”, “Culto” y “Democrático”.  Hoy en 2017, el venezolano es un ser defraudado, maltratado, más empobrecido, hambreado, desamparado y deprimido, pero sobretodo, indignado. El éxodo despavorido de tres millones de venezolanos hacia el exterior es una prueba elocuente de esto que decimos: no se fueron como turistas a pasear.

El chavismo, sacó de nuestro subconsciente colectivo a las hordas coléricas de José Tomás Boves  (1782-1814) y sus desarrapados, y se dedicó a sembrar semillas de odio atizando el resentimiento social, sin procurar atender las causas de fondo de la desigualdad. Al contrario, se han dedicado a saquear inclementemente al país con una impunidad pasmosa. La inseguridad ciudadana nos ha hecho volver a la Edad Media levantando muros y cerrando calles. Nos hemos vuelto una sociedad descortés y pícara a la medida de los principales ejemplos de los líderes de muy bajo nivel educativo, cultural y ético que hemos padecido.

¿Sano? El más reciente boletín oficial del despacho de salud le costó el cargo a la Ministra de turno. Su pecado fue el de no seguir mintiendo sobre la crisis humanitaria por la falta de medicamentos y los brotes de malaria y difteria, además de señalar un incremento importante de la mortalidad materna e infantil. ¿Culto? Ni siquiera, el Presidente actual, tiene estudios universitarios y los niveles de abandono escolar son los más altos del mundo.

¿Democrático? Sí, podemos afirmar tajantemente, que la sociedad venezolana no se resigna pasivamente en abandonar el proyecto democrático por el cuál empezó a luchar desde el año 1936. Qué existe toda una conciencia política internalizada sobre la necesidad de volver a entrar en la Historia, liberándonos de la actual condición de pordioseros y esclavos de una minoría autócrata. Nuestras esperanzas están puestas en éste año 2017, para recuperar la Paz y un proyecto de país inclusivo, abierto y moderno.


Angel R. Lombardi Boscan  –  @LombardiBoscan

“La máquina roja de matar” por @pedrovaalcine

CulturaSociedad

 

May 22, 2017

por NARCISA GARCÍA

NARCISA GARCÍA

Escrito por NARCISA GARCÍA

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El cineasta camboyano Rithy Panh (conocido por La imagen perdida, 2013) fue testigo de la muerte de su familia. Esta pereció en las largas caminatas que obligaban hacer a los citadinos hacia los campos los jemeres rojos, mientras hacían su tan cara revolución. El pequeño Rithy, de once años, fue enviado a un “campo de rehabilitación” –una prisión donde el Partido buscaba “eliminar los vicios de la burguesía”– con otros niños que se habían quedado solos, y escapó con la llegada de los vietnamitas en el setenta y nueve a Tailandia y luego a Francia, esa paridora de revolucionarios tan cercana a la negación. Panh estudió cine y ha dirigido el documental de nombre tan elocuente La máquina roja de matar (2003) sobre el genocidio camboyano.

El Número Uno, ese joven camboyano educado en La Sorbona que se hizo llamar Pol Pot, estableció un régimen comunista de corte maoísta en su territorio natal, reduciendo su población de siete a poco más de cinco millones en cuatro años de revolución. [La francesa Denise Affonço, quien vivió en carne propia el hambre del genocidio camboyano –y lo cuenta en El infierno de los jemeres rojos https://www.viceversa-mag.com/el-infierno-de-los-jemeres-rojos/– se encontró a su vuelta a Francia con un profesor francés que le comentó que los jemeres habían hecho bien a su pueblo, para la indignación suya y nuestra]. El edificio de una escuela de Nom Pen  (y no de otro sitio: otra imagen muy elocuente) fue convertido en la sede del S21, la policía política de los jemeres, centro de torturas y asesinatos. El documental reúne algunos guardias, torturadores y víctimas sobrevivientes en este edificio para que cuenten el horror.

“Sangre roja cubre nuestros campos/ la sangre de hombres y mujeres/ combatientes revolucionarios”. Así reza la canción camboyana que suena al inicio de la cinta. Y de inmediato, estamos ante el tema más importante de esta obra: uno de los torturadores declara que ellos no eran los malos en realidad, sino que “la maldad provenía de los hombres que daban las órdenes”. Cómo no tomar en cuenta, sobre todo después del siglo veinte, la maldad del ser humano. Y sin embargo es completamente posible si se está convencido, como un socialista, de que el mal solo existe en los otros.

El pintor Vann Nath es uno de los sobrevivientes que aparece en el documental, y quien lleva el hilo narrativo de la cinta. Cuenta que no sabe por qué lo mantuvieron con vida. Se pregunta por qué él, había mejores pintores y todos fueron asesinados. Es de los pocos que increpa a los torturadores, preguntándoles lo que el otro sobreviviente, Chum Mey, hace en un ataque de llanto al inicio de la película: “¿por qué tuvo que pasar aquello?” [¿Por qué? Es la pregunta que se hace Martin Amis en Koba el temible, aludiendo entre tantas cosas a un facilitador de Stalin enviado a fusilar por el Padrecito: “¿por qué, Koba? ¿Por qué?”]. Las respuestas casi no son tales. “Éramos jóvenes”. “Angkar (el Partido) dijo que esos eran los enemigos de la patria”. “Cumplíamos órdenes del S21” [y una más cercana, que recorre las redes sociales: “nosotros no queremos hacer esto”. Y sin embargo, con qué saña se hace].

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Panh ha filmado todo dentro del edificio y ha hecho que los guardias reproduzcan las acciones que llevaban a cabo todos los días, sus rutinas del horror, de manera muy similar a como lo ha hecho Joshua Oppenheimer en El acto de matar. La película de Panh es mucho más austera y claustrofóbica. Un plano secuencia magistral muestra a uno de los guardias entrar a la celda, describiendo que esta se encontraba repleta de prisioneros hambrientos y putrefactos, sujetos con grilletes y obligados a permanecer en silencio. El guardia entra y sale con cada tarea, darles agua de arroz en una lata inmunda, llevarles una caja para que measen o cagasen, azotarlos si se quejaban y mandarlos a callar. La cámara permanece junto al guardia –“a distancia de toque” ha dicho Panh–, pero se detiene en la puerta y muestra lo que sucede dentro de la celda desde una ventana. No debe entrar porque pisaría a los detenidos, dice Panh. Con esta simple decisión de ubicación de la cámara el director asume a su vez su postura moral en la cinta. Y vemos en la secuencia lo que el propio Panh refirió como la memoria del cuerpo de los torturadores. Cuenta que logró acceder a una recreación natural de sus rutinas luego de haber fallado pidiéndoles que se las describiesen con palabras. Lo que no se podía hacer ver mediante el lenguaje articulado, lo vemos cuando el cuerpo accede con familiaridad a la memoria de esos movimientos habituales. El cuerpo joven como ejecutor. “El corazón y la mano estaban de acuerdo, eso era la tortura”, dice uno de ellos.

¿Por qué?, pregunta Amis. Por qué se cumplen órdenes asesinas, por qué se tortura, por qué se mata de hambre a los hombres. Por qué siempre hay un grupo listo para ejecutar. ¿Por qué?, llora Chum Mey. Entre muchas razones, hay una clave que tiende a olvidarse, a menudo voluntariamente. Los hombres son también malvados, y disfrutan haciendo el mal. [Hay un jipismo socialista al que no le interesa lidiar con esto.] Que no se pase por alto: la máquina de matar es roja, como los jemeres, como la bandera socialista, como el charco de sangre que Occidente ha dejado correr.


Narcisa García  –  @pedrovaalcine