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La noche feroz

Cultura

HARRYS SALSWACH
Escrito por HARRYS SALSWACH

Hay noches que ensombrecen el alma de los hombres, noches sin tiempo en las que el dogma se convierte en sangre

Es un lugar común pensar que la maldad deshumaniza. Pocas veces se suele pensar lo contrario. Y quizás sea esa la verdadera naturaleza humana llevada al límite. Creer que la bondad es ínsita al hombre y que su revés es manifestación de la enajenación o impulso recóndito de supervivencia ante los embates externos puede ser una manera de eludir o desconocer que la abyección es tan pura y genuina como la más incondicional de las generosidades.

Al caer la noche, en un pueblo olvidado de cualquier lugar de la Tierra (un pueblo asturiano rodeado de montañas), tres hombres salen a cazar a dos forasteros a los que acusan de haber asesinado a una niña. En la novela La noche feroz (Booket, 2013), de Ricardo Menéndez Salmón, esta premisa echará a andar, como quien provoca un incendio, las llamas de los odios más íntimos. El grupo justiciero está liderado por el padre Aguirre, un personaje que parece venido de algunas páginas de Cormac McCarthy. Acompañado por dos miserables, La Muerte y Ezequiel, irá tras los pobres infelices guiados por el olfato de los perros ávidos por hincar los dientes —tanto como el cura— en la piel de “Los inocentes”, como los llama el autor en los capítulos destinados a este par de pobres diablos, cuyas circunstancias han puesto frente a un hombre de abyección vehemente, un hombre que ha convertido el dogma en sangre. Mientras la noche se hace más oscura, el maestro del pueblo, llamado Homero, escribe la historia del fundador de Promenadia, El Francés, un desertor de las guerras napoleónicas que, ante la posibilidad de erigirse arquitecto, agrimensor y dueño de todo un territorio, decidió un día, principios del siglo XIX, habitar esas tierras convertidas en lodazal cainita cuando se narra esta historia: 1936. La guerra ha comenzado. Homero vive en la escuela, no sale sin su cuchillo en el cinto. Todos en el pueblo le profesan resquemor y resentimiento. El maestro sabe, conoce, ha vivido fuera de ese gran infierno que es un pueblo pequeño. Homero quiso ser aventurero, viajero y le faltó valentía, luego quiso ser político y le faltaron ideas. Quizás por eso se hizo bolchevique. Lleva la carga de un dolor paterno.

Los demás pobladores son sombras de sí mismos. Unos caseros, familia convencional de padre, madre, hijos e hijas. Uno de los descendientes es un pequeño idiota con hidrocefalia que lanza alaridos como una bestia que anuncia la bestialidad de otros. La madre lo mece desde la cama dándole a la cuna con un pie deforme. Y el padre de familia es un hombre cuya soberbia es alimentada por una ignorancia reconocida y que el miedo convierte en resentimiento. El prestamista de Promenadia, Irizábal, en cuyos ojos “brilla una llama —la rapacidad de la inteligencia— que sólo la muerte apagará”, es el verdadero dueño de aquellas tierras, su ambición no conoce fronteras. La noche en la que el lector conoce a todos los personajes, es la suma de todas las oscuridades. La frialdad de todos contagia a la naturaleza —y parece que no al contrario— hasta que la nieve desciende. El crimen de la niña asesinada —del que poco o nada se sabe— echa andar la maldad de todos sobre todos. La sospecha se expande por el valle y las lejanías, la caza de los inocentes se desata y con ella la hez moral de los habitantes.

El placer de la crueldad

El escritor español Ricardo Menéndez Salmón ha ido construyendo una serie de novelas en torno a la malignidad humana. Su estilo cáustico y apocado, de carácter metafísico —sin distanciarse de las acciones de sus personajes hasta la abstracción que los convierta solo en pensamientos— traza los contornos de seres humanos cuyas dolencias, desgracias, miserias, ruindades y miedos más profundos adquieren una fuerza vital que a su vez los debilita; como si esos personajes estuviesen signados por una sustancia vil que los motiva a continuar, incluso con goce y furia, las canalladas más crueles a las que han empeñado sus vidas. Labrando un camino que solo puede conducir al infierno. Anota el narrador como concentrando en un párrafo lo que atraviesa esta historia de principio a fin: “De todos los placeres que conoce el hombre, ninguno mayor que el que causa dolor. La contemplación de la belleza o el trance del amor físico no pueden compararse con el goce de quebrar un hueso. Y el hecho de que los filósofos no hayan encontrado todavía una razón convincente, decisiva, irrefutable, para justificar esta característica de la naturaleza humana, es uno de los misterios más hondos que existen. Porque el hombre levanta puentes, domestica selvas o resuelve problemasmatemáticos planteados hace cientos de años, pero todo su genio, toda su paciencia y todo su fervor palidecen ante el enigma de su maldad”.

La noche feroz, podría compartir junto a La ofensa*, Derrumbe, y El corrector, una suerte deCuarteto del mal, que intenta exponer los entresijos del alma de quienes con alevosía se envilecen. Pero no crea el lector que encontrará regodeo mórbido en la inquina de los personajes. La prosa de Menéndez Salmón es elegante, delicada, de un refinamiento que no esquiva las instancias sombrías del alma humana sino que las sugiere, las manifiesta en imágenes sin afectaciones. Recuerda a la serie de Libros negros del portugués Gonçalo Tavares, sustrayendo la intención lúdica que ata la obra de quien ha sido profesor de Epistemología en Lisboa; Menéndez Salmón es licenciado en Filosofía; y también recuerda a las novelas más cruentas de McCarthy. En La noche feroz, tres disparos al aire marcan la pauta de los tiempos en muchos capítulos. Como si fuesen campanadas agoreras que se escuchan en todo el territorio; los personajes sienten sus ecos, levantan la mirada al cielo, y los invade el temor. Quizás atrición, el temor a Dios. O solo la maldad que lo ha eclipsado.


Harrys Salswach

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El crimen del soldado es la obediencia

Cultura

Sep 24, 2017

por HARRYS SALSWACH

La imagen es cortesía de Narcisa García.

HARRYS SALSWACH

Escrito por HARRYS SALSWACH

I

El escritor recuerda las lecturas de la niñez sobre el gueto de Varsovia y así, durante la visita que hizo cuando tenía cuarenta y tres años, no se le hace desconocido el lugar donde los alemanes hacinaron a cientos de miles de personas que luego enviaron al matadero. Wohnung Bezirk, “recinto habitable” llamaban a aquel lugar, dando cuenta de que el lenguaje es utilizado por el poder para trastocar la realidad hasta traspasar los propios límites criminales.

El italiano Erri de Luca traza una historia conmovedora sobre las palabras, la relación de una hija con su padre y las fronteras de la maldad. El crimen del soldado (Booket, 2015) es un artefacto literario perfecto, en el que narración, testimonio y memoria se funden para provocar en el lector el estupor ante la maldad obstinada de un hombre que, embriagado de ideología, le dio sentido a su vida odiando a un enemigo, chivo expiatorio de su vileza: los judíos. La inflexión de esta historia viene dada por la perspectiva narrativa, la estructura arriesgada y la hondura moral de los personajes. Conoceremos a este hombre gris, pálido, inicuo, enfurecido consigo mismo, desde la voz de su hija, una mujer a quien su madre le revela —justo antes de abandonarla— a los veinte años de edad, que el hombre con quien ha vivido no es en realidad su abuelo, sino su padre: un criminal de guerra nazi.

De Luca, en la primera parte de esta historia, narra su relación con la lengua yidish, de la que es traductor y que ha aprendido de manera autodidacta. Dice que se parece al napolitano: ” (…) idiomas ambos de grandes multitudes en espacios angostos. Por tal razón son rápidos, de palabras truncadas, idóneas para abrirse un hueco entre los gritos.” En sus manos lleva un manojo de hojas que contiene los cuentos de Israel Yehoshúa Singer, hermano de Isaac Bashevis Singer, Nobel de literatura en 1978, y que ha aceptado traducir y antologizar por encargo de una editorial. Luego de recorrer algunas montañas de las Dolomitas, De Luca va a cenar a la posada a la que usualmente visita cuando está de escalada (otra afición del escritor napolitano), y encuentra en una de las mesas a una mujer que le parece atractiva, se sienta en la mesa de al lado y ve cómo le llevan dos cervezas. La mujer estaba acompañada de un anciano que pronto llegaría y con quien el autor cruzaría unas miradas hostiles. Eran padre e hija. En la segunda parte del libro conoceremos su historia.

II

De una manera inversa a como el yidish se abre un hueco a través de los gritos, la hija del criminal de guerra nazi, intenta colmar el vacío de la relación desangelada entre ella y su padre, con silencios. ¿Cómo convivir con un hombre obsesionado con la derrota? ¿Cómo aceptar que su padre ha sido —e insiste en ser— un criminal, convencido de que la gloria alemana fue vencida por no haber entendido el fondo enigmático del pueblo judío contenido en la Cábala? Y es que este hombre asegura ser “(…) un soldado vencido y perseguido. Mi crimen fue ser derrotado. Esa es la pura verdad.” Al término de la guerra, este envilecido soldado huye a la Argentina, donde no será un huésped. Atemorizado porque le suceda lo mismo que a Eichmann decide regresar a su Viena natal “uno se esconde mejor entre su misma gente, es bien sabido”; y se convertirá en cartero. Uno que lleva, cada día en su recorrido, correspondencia al Centro Wiesenthal: “a quienes lo estaban persiguiendo por el mundo les hubiera bastado con reconocerle en el umbral, bajo el uniforme de cartero”. Pero un criminal, que llegó a ser poderoso, que creía que un grupo de hombres podría ser el epítome de la raza humana, la más alta y “pura” encarnación de la humanidad, cuando se ha desarticulado la maquinaria que hace posible la formalización y la efectividad de los engranajes de la maldad, no puede alzar la mirada, enmudece porque puede ser reconocida la voz del carcelero y torturador por parte de sus víctimas, esa voz que se graba y hiela la sangre de quien sufrió lo indecible a manos de quien, en la cadena de mando, le tocó —y ejecutó con vesania y crueldad gozosa— infligir suplicio a otros. Unas líneas son esclarecedoras: “No es sobre los héroes, sino sobre los testigos donde se funda el honor de un pueblo”.

La hija de este hombre descubrirá en él una verdad atroz: “el crimen del soldado es su obediencia”. Esta mujer ha trabajado como modelo en la Academia de Bellas Artes. Su cuerpo inmóvil es representado por estudiantes que la observan fijamente, y ella se muestra, en su perfección irrepetible, ante la mirada de artistas incipientes. Se desnuda ante ellos, no se oculta, como su padre. Pero resguarda como él, una intimidad a la que nadie puede llegar: su voz. Para ella su voz le pertenece y resguardarla es lo que la hace una desconocida ante los estudiantes. La voz del padre le delataría. Ambos silencios son de naturalezas distintas. Uno atesora, el otro esconde. Uno es deliberado, el otro impuesto. Corolario de la maldad. Nunca ha visto las pinturas y dibujos que de ella han hecho. No quiere encontrarse con ejercicios que la hayan pintado como lo haría Egon Schiele, distorsionando su cuerpo, retorciendo sus extremidades y facciones. Quizás, la representación distorsionada a la que le huye sea una transfiguración de la distorsión moral con la que ve a su padre —y que la contiene—. Así como nunca dejará de ser su padre, nunca dejará de ser un asesino. Vaya peso que deja como herencia un truhán cuando ideologizado cree poder cambiar el mundo.

Constructo literario que armoniza personajes e instancias morales. Asesino en el gueto de Varsovia, obsesionado con el lenguaje de la Cábala, agazapado en el mundo luego de cometer atrocidades, se muestra ante su hija como lo que es: un desalmado. Un escritor que traduce del yidish a otro que vivió en aquel gueto, Yehoshúa Singer, que escribió una novela cuyo final los entrelaza: “La muerte es el Mesías. Esa es la pura verdad”. Una mujer que ve perpleja al matarife irredento del padre. Y a diferencia de él, se desnuda ante los otros para ser convertida en arte. Como el mar —tan caro al autor y a su obra— el estilo del napolitano esconde profundidad en la superficie. Sutil, honda, lírica y de una belleza desconcertante, esta historia es uno de los más complejos y logrados artificios de Erri de Luca.


Harrys Salswach

“2017: Venezuela, siglo XXI” por @LombardiBoscan

CulturaPolítica

 

May 22, 2017

por ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

Escrito por ANGEL R. LOMBARDI BOSCAN

“La desgracia es plural. La desventura en éste mundo, es multiforme” en el cuento “Berenice” de Edgar Allan Poe (1809-1849). Ya no es chavismo sino salvajismo. El régimen cercado internacionalmente, aislado en realidad, sólo la íngrima Cuba y sus servicios secretos, hacen lo imposible para mantener a un gobierno que actúa fuera de las Leyes y los Derechos Humanos. Internamente, la calle, la protesta civil, ya va a llegar a los dos meses, y en vez de amenguar lo que hace es crecer en entusiasmo y convicción democrática. Los violentos terminan siendo los represores, cuyas actuaciones desmedidas representan crímenes de lesa humanidad que no preescriben. Es contraproducente, desde todo sentido ético y jurisdiccional, el predominio militar sobre el mundo civil en pleno siglo XXI.

Mariano Picón Salas (1901-1965) sostuvo que luego de la muerte del tirano Juan Vicente Gómez (1857-1935), Venezuela entró al siglo XX, en el año 1936. Nosotros podemos hacer un paralelismo y sostener que el chavismo en el año 1992, interrumpió nuestro decurso histórico y terminó haciendo del anacronismo, en un sentido involutivo, su principal referente. Cuando se pensó que el país entraba con certeza al siglo XXI, casi todo degeneró en una terrible decadencia. El chavismo utilizó la institucionalidad democrática para destruirla sin contemplaciones, aunque disimulando las formas, desde una lógica populista y primitiva desde el control del estamento militar y la principal fuente de la riqueza nacional: el petróleo. Ya hoy, al desnudo, sabemos todos que es una voluntad de Poder descarriada.

Manuel Caballero (1931-2010), sostenía, en un ensayo excesivamente optimista, que el venezolano del año 1982 era: “Pacífico”, “Civilizado”, “Sano”, “Culto” y “Democrático”.  Hoy en 2017, el venezolano es un ser defraudado, maltratado, más empobrecido, hambreado, desamparado y deprimido, pero sobretodo, indignado. El éxodo despavorido de tres millones de venezolanos hacia el exterior es una prueba elocuente de esto que decimos: no se fueron como turistas a pasear.

El chavismo, sacó de nuestro subconsciente colectivo a las hordas coléricas de José Tomás Boves  (1782-1814) y sus desarrapados, y se dedicó a sembrar semillas de odio atizando el resentimiento social, sin procurar atender las causas de fondo de la desigualdad. Al contrario, se han dedicado a saquear inclementemente al país con una impunidad pasmosa. La inseguridad ciudadana nos ha hecho volver a la Edad Media levantando muros y cerrando calles. Nos hemos vuelto una sociedad descortés y pícara a la medida de los principales ejemplos de los líderes de muy bajo nivel educativo, cultural y ético que hemos padecido.

¿Sano? El más reciente boletín oficial del despacho de salud le costó el cargo a la Ministra de turno. Su pecado fue el de no seguir mintiendo sobre la crisis humanitaria por la falta de medicamentos y los brotes de malaria y difteria, además de señalar un incremento importante de la mortalidad materna e infantil. ¿Culto? Ni siquiera, el Presidente actual, tiene estudios universitarios y los niveles de abandono escolar son los más altos del mundo.

¿Democrático? Sí, podemos afirmar tajantemente, que la sociedad venezolana no se resigna pasivamente en abandonar el proyecto democrático por el cuál empezó a luchar desde el año 1936. Qué existe toda una conciencia política internalizada sobre la necesidad de volver a entrar en la Historia, liberándonos de la actual condición de pordioseros y esclavos de una minoría autócrata. Nuestras esperanzas están puestas en éste año 2017, para recuperar la Paz y un proyecto de país inclusivo, abierto y moderno.


Angel R. Lombardi Boscan  –  @LombardiBoscan

“La máquina roja de matar” por @pedrovaalcine

CulturaSociedad

 

May 22, 2017

por NARCISA GARCÍA

NARCISA GARCÍA

Escrito por NARCISA GARCÍA

1

El cineasta camboyano Rithy Panh (conocido por La imagen perdida, 2013) fue testigo de la muerte de su familia. Esta pereció en las largas caminatas que obligaban hacer a los citadinos hacia los campos los jemeres rojos, mientras hacían su tan cara revolución. El pequeño Rithy, de once años, fue enviado a un “campo de rehabilitación” –una prisión donde el Partido buscaba “eliminar los vicios de la burguesía”– con otros niños que se habían quedado solos, y escapó con la llegada de los vietnamitas en el setenta y nueve a Tailandia y luego a Francia, esa paridora de revolucionarios tan cercana a la negación. Panh estudió cine y ha dirigido el documental de nombre tan elocuente La máquina roja de matar (2003) sobre el genocidio camboyano.

El Número Uno, ese joven camboyano educado en La Sorbona que se hizo llamar Pol Pot, estableció un régimen comunista de corte maoísta en su territorio natal, reduciendo su población de siete a poco más de cinco millones en cuatro años de revolución. [La francesa Denise Affonço, quien vivió en carne propia el hambre del genocidio camboyano –y lo cuenta en El infierno de los jemeres rojos https://www.viceversa-mag.com/el-infierno-de-los-jemeres-rojos/– se encontró a su vuelta a Francia con un profesor francés que le comentó que los jemeres habían hecho bien a su pueblo, para la indignación suya y nuestra]. El edificio de una escuela de Nom Pen  (y no de otro sitio: otra imagen muy elocuente) fue convertido en la sede del S21, la policía política de los jemeres, centro de torturas y asesinatos. El documental reúne algunos guardias, torturadores y víctimas sobrevivientes en este edificio para que cuenten el horror.

“Sangre roja cubre nuestros campos/ la sangre de hombres y mujeres/ combatientes revolucionarios”. Así reza la canción camboyana que suena al inicio de la cinta. Y de inmediato, estamos ante el tema más importante de esta obra: uno de los torturadores declara que ellos no eran los malos en realidad, sino que “la maldad provenía de los hombres que daban las órdenes”. Cómo no tomar en cuenta, sobre todo después del siglo veinte, la maldad del ser humano. Y sin embargo es completamente posible si se está convencido, como un socialista, de que el mal solo existe en los otros.

El pintor Vann Nath es uno de los sobrevivientes que aparece en el documental, y quien lleva el hilo narrativo de la cinta. Cuenta que no sabe por qué lo mantuvieron con vida. Se pregunta por qué él, había mejores pintores y todos fueron asesinados. Es de los pocos que increpa a los torturadores, preguntándoles lo que el otro sobreviviente, Chum Mey, hace en un ataque de llanto al inicio de la película: “¿por qué tuvo que pasar aquello?” [¿Por qué? Es la pregunta que se hace Martin Amis en Koba el temible, aludiendo entre tantas cosas a un facilitador de Stalin enviado a fusilar por el Padrecito: “¿por qué, Koba? ¿Por qué?”]. Las respuestas casi no son tales. “Éramos jóvenes”. “Angkar (el Partido) dijo que esos eran los enemigos de la patria”. “Cumplíamos órdenes del S21” [y una más cercana, que recorre las redes sociales: “nosotros no queremos hacer esto”. Y sin embargo, con qué saña se hace].

2

Panh ha filmado todo dentro del edificio y ha hecho que los guardias reproduzcan las acciones que llevaban a cabo todos los días, sus rutinas del horror, de manera muy similar a como lo ha hecho Joshua Oppenheimer en El acto de matar. La película de Panh es mucho más austera y claustrofóbica. Un plano secuencia magistral muestra a uno de los guardias entrar a la celda, describiendo que esta se encontraba repleta de prisioneros hambrientos y putrefactos, sujetos con grilletes y obligados a permanecer en silencio. El guardia entra y sale con cada tarea, darles agua de arroz en una lata inmunda, llevarles una caja para que measen o cagasen, azotarlos si se quejaban y mandarlos a callar. La cámara permanece junto al guardia –“a distancia de toque” ha dicho Panh–, pero se detiene en la puerta y muestra lo que sucede dentro de la celda desde una ventana. No debe entrar porque pisaría a los detenidos, dice Panh. Con esta simple decisión de ubicación de la cámara el director asume a su vez su postura moral en la cinta. Y vemos en la secuencia lo que el propio Panh refirió como la memoria del cuerpo de los torturadores. Cuenta que logró acceder a una recreación natural de sus rutinas luego de haber fallado pidiéndoles que se las describiesen con palabras. Lo que no se podía hacer ver mediante el lenguaje articulado, lo vemos cuando el cuerpo accede con familiaridad a la memoria de esos movimientos habituales. El cuerpo joven como ejecutor. “El corazón y la mano estaban de acuerdo, eso era la tortura”, dice uno de ellos.

¿Por qué?, pregunta Amis. Por qué se cumplen órdenes asesinas, por qué se tortura, por qué se mata de hambre a los hombres. Por qué siempre hay un grupo listo para ejecutar. ¿Por qué?, llora Chum Mey. Entre muchas razones, hay una clave que tiende a olvidarse, a menudo voluntariamente. Los hombres son también malvados, y disfrutan haciendo el mal. [Hay un jipismo socialista al que no le interesa lidiar con esto.] Que no se pase por alto: la máquina de matar es roja, como los jemeres, como la bandera socialista, como el charco de sangre que Occidente ha dejado correr.


Narcisa García  –  @pedrovaalcine

“La ofensa” por Harrys Salswach

Cultura

 

May 21, 2017

por HARRYS SALSWACH

HARRYS SALSWACH

Escrito por HARRYS SALSWACH

Novela breve e intensa. Recorrido hacia la maldad y otros derroteros no del alma, sino del cuerpo. El de un soldado insensible cuya condición lo distancia del horror y lo acerca a la redención

I

Un caballo desbocado llega al campamento en el que está Kurt Crüwell junto a sus compañeros. El cuerpo del jinete se bambolea de lado a lado sin caer, es el cuerpo decapitado de un soldado alemán. Quien está al mando del 19.° Cuerpo Blindado del 6.° Ejército alemán es Löwitsch, comandante impertérrito, en él se unen disciplina y rigurosidad, frialdad y crueldad, la quintaesencia del nazismo [esa forma refinada del comunismo]. Toma cartas en el asunto. Levanta a los soldados y se marcha al este, al pueblo de Mieux a buscar a los responsables, en el camino encuentra los cuerpos sin vida del resto de los soldados del retén de vigilancia: colgados de cabeza, uno de ellos sostiene la cabeza del decapitado.

Lo sucedido el 2 de enero de 1941 en la Francia invadida por los alemanes es la expresión de la maldad  efectiva, que se cumple en sí misma. En La ofensa (Booket, 2009) el escritor español Ricardo Menéndez Salmón, sitúa estos hechos en lo que puede considerarse una historia de amor. Por más difícil que parezca, el personaje al que el lector sigue en esta breve, punzante y delicada novela, no soporta ser testigo de la vesania desprovista de toda piedad y, luego de lo acontecido, será el amor y la música lo que le devuelva su vida. Kurt Crüwel es un joven sastre que ha sido reclutado para ir a la guerra. Alemania se hará para sí de media Europa ante la mirada atónita de buena parte del mundo, la otra será complaciente. La mirada de Kurt no soportará uno de los episodios que, como pequeñas piezas de una gran máquina, se van ensamblando para hacer posible el objetivo final.

Ese 2 de enero de 1941, el Hauptsturmführer Löwitsch, reunió a los habitantes del pueblo de Mieux y los instó a dar cuenta de los soldados franceses que habían matado a los soldados alemanes. Mandó a que los ordenaran en filas, hombres, mujeres, y a cada soldado le ordenó quedarse con un niño a su lado. Al alcalde fue al primero que buscó: “Era mediodía cuando Löwitsch comunicó al alcalde que disponía de sesenta minutos exactos para darle los nombres de quienes habían atacado al retén de vigilancia. El tiempo transcurría muy despacio, como melaza derramándose de una tina. Mieux, enfebrecido, sentía pasar los minutos. Cada cuarto de hora el Panzer disparaba un cañonazo, un soldado de la columna se adelantaba y disparaba en la cabeza a uno de los hombres arrodillados”. Löwitsch había dado sesenta minutos para escuchar respuestas. No las hubo. El pueblo fue conducido a la iglesia. Ardió en llamas. El alcalde había muerto. Un disparo en la cabeza realizado por el propio comandante. Nadie en Mieux sobrevivió.

II

Lo que Kurt sintió fue cómo su cuerpo dejó de sentir. Se desplomó. El cuerpo se ajustaba a una condición debatida por filósofos y teólogos de distintas épocas: ser independiente de quien lo porta. Al menos en alguna medida. El cuerpo de Kurt se desplomó, no pudo asimilar lo que presenciaba. ¿Hasta qué punto puede el ser humano hacer frente al sufrimiento de otro causado por él mismo? ¿Será cierto que “el corazón y la mano están de acuerdo” cuando el mal se hace hábito (como dice un torturador del Angkar camboyano http://contrapicado.net/tag/s21-la-maquina-roja-de-matar/)?

El cuerpo como frontera. El cuerpo como ética, moral, límite. No el alma, el espíritu, el intelecto o la reflexión. No es la Razón la que reconoce los límites, sino el cuerpo como instancia independiente y anterior a aquellos. [Me aventuro a pensar en una erótica de la maldad]: Quien ejecuta sensualiza la maldad, el cuerpo responde placenteramente al sufrimiento causado en otro, se puede recorrer el camino contrario al que recorre Kurt Crünwel, se puede llegar a la actitud de un Löwitsch, y también inclinar la balanza al regocijo; lo que el joven sastre convertido en soldado experimentará, luego de la matanza en Mieux, será otro camino que escapa a la bigamia insensibilidad-maldad. Será una paradoja: insensibilidad-amor.

Sastre. Ricardo Menéndez Salmón, hace que su personaje tenga un oficio que esencialmente se debe al cuerpo. Kurt no siente el propio. Recuerda un tanto al Jean Baptiste Grenouille de El perfume, de Suskind, y a las extraordinarias novelas-relatos del portugués Gonçalo Tavares (portentosas rutas literarias de otra bigamia: técnica-maldad) en temática y estilo. El personaje principal de La ofensa es un soldado alemán del ejército nazi. Será hospitalizado en Notre Dame de Rocamadour, y ahí se enamorará de su enfermera y recorrerá el camino hacia un amor insensibilizado. En el hospital trastocará su identidad.

Esta novela compleja en sus entresijos y aparentemente simple en su confección, desconcierta al lector. La II Guerra Mundial es una ofensa a la humanidad, y el cuerpo de Kurt se estremece como los propios cimientos occidentales que hicieron aquella posible. El horror de la maldad —ser testigo e instrumento— es capaz de separar el cuerpo de su naturaleza sensible, de alguna manera lo desnaturaliza sin que necesariamente el espíritu lo resienta, así, la insensibilidad no necesariamente conduce a la crueldad como tan comúnmente se ha creído. Quizás ahí radica lo fascinante de este personaje que, por cierto, se asemeja no solo en la grafía de su nombre a aquel coronel de Conrad. [En este sentido, me atrevo a pensar que quienes matan con la vesania y premeditación cultivadas desde hace por lo menos dos décadas, no son indolentes o insensibles, o se han deshumanizado, sino todo lo contrario: son profunda, deliberada, gozosa e ignominiosamente humanos, malvadamente humanos. No sé cuántos Kurt se han desmayado ante el horror perpetrado. Estoy seguro de que no pasarán sus últimos días en un psiquiátrico como él, sino tras las rejas y haciendo frente —si todavía tienen el coraje impúdico— al repudio, ese que ahora no soportan].


Harrys Salswach

Conrado Cifuentes: “Mi pasión es trabajar con la luz” por @agendadediseno

Cultura

 

May 15, 2017

por ELINA PÉREZ URBANEJA

ELINA PÉREZ URBANEJA

Escrito por ELINA PÉREZ URBANEJA

Hoy escribo esta nota con el pesar de saber que Conrado Cifuentes es uno de los tantos detenidos en estos 40 días de protestas y me parece importante destacar su valía profesional que tanto ha aportado al país.

En 1985 fundó Otai Design, empresa venezolana que nació para diseñar y fabricar luminarias. En los años recientes también se ha dedicado a desarrollar proyectos de iluminación con la impronta del ahorro energético, toda una proeza antes y ahora,  ha reconocido Conrado Cifuentes, diseñador industrial egresado del Instituto Universitario de Tecnología Antonio José de Sucre que se convirtió en empresario.

Como diseñador industrial Cifuentes crea lámparas, las cuales cumplen una función decorativa, además de direccionar la luz según la necesidad del usuario. Con el paso del tiempo se fue concentrando en estudiar los efectos lumínicos, y se dio cuenta de que “no es lo mismo alumbrar que iluminar”. Esta revelación que surgió de la experiencia laboral, lo condujo a España para realizar en el 2006 una maestría en iluminación arquitectónica. De esta manera se convirtió en Lightning designer.

Estos estudios redimensionaron su concepción de las luminarias, porque además del objeto en sí, Cifuentes comenzó a trabajar la incidencia de la luz en el ambiente.

La luz diseñada

Durante los últimos años Otai Design ha mantenido su producción de piezas en serie. La empresa dispone de un nutrido catálogo, cuyos modelos se distribuyen a través de tiendas. Resalta la diversidad de formas y nombres sugerentes como Astro, Atlantis, Bauhaus, Casper, Cassiel, Eye, Nautilus o Stick, que han sido creados por diferentes diseñadores industriales venezolanos, entre ellos Rodolfo Costa, María Teresa Sucre, Diego Ibarra y Pasquale Presutti. Parte de su creatividad fue exhibida en el año 2005 en la muestra Objetos Cotidianos. Diseño y fabricación en Venezuela, que tuvo lugar en el Museo de la Estampa y el Diseño Carlos Cruz-Diez.

Los proyectos de iluminación son manejados exclusivamente por Conrado Cifuentes, quien señala: “Ofrecemos al cliente mucha flexibilidad, debido a que manejamos tanto el diseño como la fabricación. Hemos trabajado para unos cuantos centros comerciales y malls en todo el país, también iluminamos las estaciones del tren de Charallave a Caracas”.

El diseñador de iluminación debe interactuar con el arquitecto o la persona que concibió el espacio, con el fin de saber su intención e idea de cómo debería quedar. Cifuentes enfatiza que iluminar no es simplemente colocar bombillos y listo.

Para el ahorro eléctrico

Conrado Cifuentes ha sido un entusiasta promotor del ahorro eléctrico, a través de la iluminación con led (del acrónimo inglés Light Emitting Diode), el cual es un dispositivo luminoso que está sustituyendo a los bombillos halógenos, incandescentes y fluorescentes en el mundo, por razones ecológicas.

El led es una forma diferente de producir luz con bajo consumo de voltaje. Sus ventajas son varias: bajo consumo energético, larguísima vida, no genera calor, no emite rayos ultravioleta, no contamina y es diminuto, porque su tamaño es el de una cabeza de alfiler, lo cual le confiere gran versatilidad para el diseño.

Conrado Cifuentes ha dado fe en diferentes eventos de los beneficios que el diseño aporta a la producción fabril. También, a través de la incorporación de tecnologías como el led, se manifiesta como un empresario responsable con el ambiente. Estos dos factores lo han convertido, sin duda, en una excepción dentro de nuestro contexto.

Además de la iluminación de espacios interiores, Otai ha creado postes para contextos urbanos, como los diseñados especialmente para el malecón de Río Caribe, en el estado Sucre, que exhiben siluetas que son un símil de las gaviotas volando sobre el mar. O el caso de Barquim, que fue seleccionado para representarnos en la Bienal Iberoamericana de Diseño 2007.


Elina Pérez Urbaneja  –  @agendadediseno

“Para que no te pierdas en el barrio” por Harrys Salswach

Cultura

 

May 14, 2017

por HARRYS SALSWACH

HARRYS SALSWACH

Escrito por HARRYS SALSWACH

Como un reloj de arena. Así podría verse la narrativa de Modiano. Sus personajes descansan inmóviles en el fondo y el escritor los agita al darle vuelta al reloj. Los granos de arena caen por el ducto y se entremezclan de nuevo, y esperan que el tiempo vuelva a suceder. El tiempo se segmenta, se hace físico en la estrechez del cuello del reloj y desemboca para ser de nuevo unidad. Como la narrativa de Modiano, la cápsula del reloj de arena mide un tiempo reducido pero en el que se cuenta todo el tiempo del mundo, los bulbos contienen la elipsis como en las páginas de los libros de Modiano.

En Para que no te pierdas en el barrio (Anagrama, 2015) el viejo y huraño escritor Jean Daragane recibe una llamada telefónica: un extraño ha hallado su libreta de direcciones y quiere devolvérsela. Daragane accede con reticencia. Esa libreta no significa mucho para él, los nombres que contiene no los recuerda y no tiene interés en recobrarla. La perdió en el tren durante un viaje a la Costa Azul. Daragane sospecha del hombre desde el instante en que le escucha al otro lado del auricular. Esa llamada es el inicio de una pesquisa detectivesca (al estilo monadiano) por los recovecos de París y de la memoria. Como si transitar por las calles y callejuelas fuese un recorrido por la fragmentaria y caprichosa madeja de recuerdos adormecidos.

Daragane cita al hombre en un café porque no quiere que se acerque a su piso, en realidad quiere que el encuentro sea rápido, sin prolegómenos. Gilles Ottlini llega a la cita acompañado de una joven misteriosa (todo es misterioso en las novelas del francés), Chantal Grippay, de quien más adelante sabrá que se ha cambiado el nombre. Todo en esta historia es un eco, una sombra de lo que parece ser. Cada personaje es el recodo de otro que significó algo importante en la niñez del autor de La negrura del verano. Una primera novela que contiene un nombre clave para que la pesquisa al pasado eche a andar. Y el principal misterio es el propio escritor Jean Daragane.

La primera línea de la novela dice “Poca cosa. Como la picadura de un insecto, que al principio nos parece benigna.” Poca cosa es aquella llamada, poca cosa es que alguien haya encontrado su libreta de direcciones y quiera regresársela. Poca cosa es el nombre de un personaje de aquella primera novela que se repite en la libreta de direcciones y que a Gilles Ottlini le interesa. En apariencia. No podrá recoger lo que desovillará ese encuentro: la consecución de recuerdos que lo retrotraerán a una infancia que creía enterrada, olvidada. Una infancia en la que los adultos que lo rodeaban quisieron escapar de algo, de alguien, de una amenaza que apenas se presiente, de un asesinato, de una muerte, de la cárcel, amenaza que logró frustrar la salvación. Daragane, niño, recorrió las calles de varios barrios de París y, de mano en mano, fue conociendo a unos personajes que tramaban la huida, el escondite, la fuga; pero todo recuerdo es confuso, pugna con la necesidad de olvido, y las pistas para que surja de la neblina que lo empaña, son azarosas y se muestran solo a quien insiste en verlas, en ir a su encuentro. Daragane se dejará llevar por esas pistas que están a la espera de que sean identificadas: la ciudad, sus calles, sus casas, cafés,  restaurantes, estaciones del tren, vagones, puertas, ventanas, pisos, autos, habitantes… La memoria hará el resto. Precariamente, pero lo hará, como señala el narrador en algún momento: “(…) Era como si éste fuera a revelarle el secreto de sus orígenes, todos esos años del comienzo de la vida que se nos han olvidado, con la excepción de un detalle que, a veces, sale a flote desde las profundidades, una calle que cubre una bóveda de hojas, un perfume, un nombre familiar, pero que ya no sabemos a quién pertenecía (…)” La narración de Modiano hace sinuosa la trama. Es difícil seguir cada pista, cada nombre está vinculado a quien fue cuando niño y cuando joven, los hechos —que son los propios recuerdos— se concatenan aparentemente de una manera caótica, pero están atados por una subyacente sucesión de lazos que traza una ruta, que tanto el lector como el propio Daragane, no logra dilucidar con claridad.

El territorio de Para que no te pierdas en el barrio, es el acostumbrado París mediato a la postguerra, los recuerdos que van surgiendo como las calles, casas y personajes se cruzan con Daragane, parecen estar sujetos a un poder que los cubre, se siente lejano pero quizás sea invencible. El nombre de una mujer, Annie Astrand y de una casa, La Maladrerie, serán los puntos más sólidos de esta trama negra en donde nada se resuelve. Daragane podría ser un superviviente de la persecución nazi, pero esto son solo conjeturas de un lector aficionado, esa casa mucho antes de los sucesos narrados fue lazareto (lugar de los marginados, de los excluidos, de los rechazados; lugar también de la reclusión vergonzosa por padecer una condición inapelable, suficiente para que la maldad —que se siente lejana pero envolvente— en esta novela, eche a andar sus mecanismos destructivos, silenciosos, velados; engranajes que sin la delación se verían atascados), y cuando Daragane la visitaba y fue dejado por su madre bajo el cuidado de una mujer, intentaron huir con pasaportes falsos, nombres falsos, y quizás recuerdos falsos. Daragane, niño, lleva consigo un papel en el que tiene anotada la dirección de aquella casa, y la nota que le da título a esta novela, como si fuese la advertencia de que lo que se ha querido olvidar puede conducir, en su desmemoria, a negar el pasado.


Harrys Salswach

“El cortejo nupcial helado en la nieve” por Harrys Salswach

Cultura

 

May 7, 2017

por HARRYS SALSWACH

HARRYS SALSWACH

Escrito por HARRYS SALSWACH

El autor albanés de nuevo sumerge a sus personajes en la oscura neblina totalitaria: el episodio de abril de 1981, cuando los tanques del ejército yugoslavo aplastaron a los albaneses de Kosovo que exigían República a la zurriburría comunista

I

Teuta Shkreli le pregunta a su marido, Martin Shkreli, justo antes de dormir, si ha quitado el pestillo, el seguro de la puerta de la casa, que recuerde que hay que dejarla abierta. ¿En cuál lugar del mundo tal pregunta es posible? ¿Cuáles son las condiciones para suponer que cerrar con seguro la puerta del hogar durante las noches es peligroso? Mejor dejarla abierta, se juegan la vida quienes pasen el pestillo, aunque su vida esté en las manos de los verdugos. Hay que colaborar con ellos. Estar a salvo significa no estarlo. Dormir con la amenaza de que en cualquier momento irrumpen en el hogar agentes del Estado y, si llegasen a encontrar resistencia al girar el pomo de la puerta pues, algo esconden sus habitantes. La sospecha norma la sociedad. El Estado vigila. Y el Estado es el Partido. Y el Partido es el pueblo. Entonces el pueblo es el Estado, así que, el pueblo se vigila a sí mismo.

Esta introducción podría leerse como la circunferencia que contiene las novelas del albanés Ismaíl Kadaré. La fineza con la que sumerge a sus personajes en la dialéctica totalitaria es de un acabado magistral. La sutileza con la que, en pocos trazos, ordena el constructo narrativo para dar cuenta del peso que cae sobre los individuos cuando están bajo la locura racional de las ideologías, no deja fisuras. La perfección de la narración, que parece dirigirse en tres caminos (el del mito, el de los acontecimientos, y el del presagio) produce vértigo en el lector. Porque se siente que ha leído una historia que sucede a diario, que el ser humano avanza en una espiral con un bucle que lo conduce de nuevo al comienzo sin que reconozca que su andar es un retorno hacia sí mismo, a sus desafueros. En El cortejo nupcial helado en la nieve (Alianza, 2001) se narra el día de abril de 1981 cuando las protestas de albaneses de Kosovo, exigiendo República dentro de la Yugoslavia comunista, acabó en una matanza por parte de las fuerzas del Estado, como presagiando lo que años más tarde sería la tragedia de la guerra entre serbios y albaneses. Acababa de morir Tito. Y las nostalgias represivas suelen ser más dramáticas que los despechos amorosos. Con tanques de combate, el ejército acabó con centenares de albaneses, los cuerpos aplastados llegaban a los hospitales de Prístina por decenas; fue un castigo ejemplar diría la pillería comunista. Un ejército que masacró a quienes consideraba enemigos de la patria, enemigos del pueblo, enemigos de la paz. El pueblo que vigila, el pueblo que es ejército, el pueblo que se mata entre sí. [Habráse visto antes un pueblo de vocación cainita. Leer este libro de Kadaré es darse de bruces con el sustrato de las ideologías: el sinsentido del hombre moderno, el rumbo perdido desde el momento en que quiso erigirse en Dios, para luego negarlo y negarse y terminar por destruir todo a su paso, en nombre de cualquier puerilidad filosófica o ruindad íntima: las revoluciones se conforman de miserias de quienes ven en la miasma bondad, y en la Historia el dios de la libertad. Y la bellaquería de la izquierda recorriendo aquel camino en espiral que la conduce sobre sí misma una vez que ha acabado con el resto. Villanos bondadosos que hacen el mal con la crueldad de quienes aman a la humanidad y odian al vecino].

II

La Dra. Teuta Shkreli es la directora del hospital que atiende a los heridos el día de las protestas. Y será confrontada todo el día siguiente de la matanza por el secretario de la organización de la Liga de los Comunistas, Kostic, en una asamblea general cuyo objetivo es develar las extrañas circunstancias en las que se atendió a los heridos, enemigos de Yugoslavia. La asamblea, que tiene más un carácter de interrogatorio al estilo de la policía secreta que de consenso, se funda en la sospecha de que alguien ordenó un día antes de las manifestaciones camas extras, y además desapareció el registro de los heridos (al que Teuta llama El libro de los muertos). Así que ha habido complicidad entre los manifestantes albaneses enemigos de la Yugoslavia patriótica, y los doctores, directivos y enfermeros del hospital. Kostic no puede explicárselo de otra manera: los culpables deben dar la cara y ser llevados ante la justicia. El detalle: los culpables son quienes salvaron a los heridos, los heridos son enemigos, y el ejército matarife y represor la víctima heroica que mantiene unida la patria. Quitarle el seguro a la puerta del hogar durante la noche es solo parte de esta lógica inversa al sentido común. [Quien quiera acercarse a un ejemplo de esta lógica revolucionaria, vea el trabajo que hace el panfleto calambuco Últimas Noticias cada día en Venezuela. Y otros tantos “columnistas” (blogeros), practican la dulzura sensiblera de la izquierda juvenil, tiernos ideólogos sedientos de justicia social, ya les tocará decir que aquello no es socialismo, ni comunismo, ni izquierda, nunca lo es; siempre, cuando los cadáveres ya no caben ni en un campo de futbol, todos se dicen socialdemócratas].

Y ese Estado de sospecha generalizado determina todas las relaciones. La sospecha debe ser la fuerza que engrana la sociedad con el único fin posible: la revolución. El Estado comunista formaliza la sospecha como tejido social, cultural, político y económico. Lo común desintegra lo propio. Cada gesto, pensamiento, acción, decisión, emoción, debe y tiene que estar en función de lo común. El comunismo no soporta la libertad. No soporta la rebeldía, la que dice No, a diferencia de la revolución que dice Sí. Es su obstáculo imposible. De ahí la revolución permanente. De ahí que el comunismo sea un humanismo que acaba con lo que hace al hombre, hombre: la libertad. Rousseau rizó el rizo. El comunismo obliga libertad. Por eso durante la asamblea en la que se acusa al personal de la clínica de cómplices de los manifestantes, hay un sujeto que se relame de gusto ante la posibilidad de que los tiempos de la policía política, a decir, torturadora, criminal, cruel, el brazo cipayo del régimen, vuelva a sus andanzas reabriendo los expedientes individuales que duermen desde hace un par de décadas en los archivos del Estado, y poder ser de nuevo los agentes del orden, a decir, los funcionarios del mal, esos a los que hay que facilitarles el trabajo de verdugos dejando las puertas del hogar abiertas para que puedan torturar sin resistencia.

III

El cortejo nupcial helado en la nieve la atraviesa como un río subterráneo una historia de amor que se remonta a un pasado irreconocible, se da en un presente en el que la alimaña ideológica se alimenta de odio, y se proyecta a un futuro que se avisora como tumba colectiva. El título da cuenta de una historia ancestral albanesa en la que el cortejo sale de la casa del novio hacia la de la novia, pero en el camino un viento gélido los congela, incluso al consorte, no mueren, están inmovilizados y solo un hechizo puede descongelarlos y así la unión matrimonial consumarse. La tradición no recuerda el hechizo que contrarreste la frialdad. Una época en la que los pueblos balcánicos convivieron encontrados en el amor. En la novela, los enamorados Shpend Brezftoht y Mladenka Markovic, el uno albanés y la otra serbia, alumnos del profesor Martin Shkreli, los congelará el odio étnico revestido de ideología liberadora: a Brezftoht lo recibirá Teuta en la clínica, el pecho descerrajado por el disparo a quemarropa de los defensores de la patria yugoslava. El lector no sabe, al igual que el profesor si ha sobrevivido o no a la herida. Mientras, seguirá el interrogatorio y la reinstauración del Estado de terror en Kosovo por parte de yugoslavos despechados que abrigan un odio insobornable en contra de la aislada y paranoica Albania del cadente Hoxha.

El miedo y el silencio resistirán lo humanamente posible. Ese día de abril de 1981, cuando un grupo de manifestantes exigió República ante la Federación Yugoslava, lo cubrirá por siempre un velo, una neblina de ignominia: el mal diseminado que obnubila a los hombres. Detrás de esta historia de Ismaíl Kadaré están los muertos reales y los héroes ocultos: la esposa del poeta albanés Esad Mekuli, doctora quien atendió a los kosovares albaneses heridos y masacrados por la Yugoslavia pos-Tito. Y también, un Estado totalitario acorralado por su propia vesania, su sed de sangre, y aquellos que lo conforman creyendo que la gloria comunista es eterna. El miedo se quiebra y el silencio no responde al chivato. Dice Martin Shkreli: “—Es la barbarie, o peor aún (…) se produce una manifestación donde la gente reclama… ¿Qué reclaman a fin de cuentas? Algo honroso, algo que, desde hace dos mil años, desde los tiempos de César y de Bruto, es considerado una noble aspiración, reclaman la República (…) —Se puede estar en contra de Albania, se puede incluso estar contra los albaneses en general, pero en una circunstancia así, cuando a un lado se encuentran los manifestantes y al otro los tanques, no es posible tomar partido a favor de los tanques.” La patulea izquierdista, la morralla roja, la macarra socialista escoge de antemano. Y cualquiera que resista la propia estupidez —y la ajena— puede preguntarse como Teuta “¿Hasta cuándo durará esta vergüenza?”.


Harrys Salswach

“Los deportistas son la reserva moral del país” por @vasfig

CulturaDeportes

 

May 6, 2017

por JESÚS VASQUEZ

JESÚS VASQUEZ

Escrito por JESÚS VASQUEZ

Comprendo que el título, enunciado así, pueda producir sorpresa y hasta un instintivo rechazo inicial. ¿Reserva moral los deportistas?

El deporte ha pasado de ser afición a ser profesión, de ser distracción a ser ocupación, de ser entretenimiento a ser trabajo. Eso resulta evidente. Afición, recreo o esparcimiento esto puede significar para los espectadores, para las multitudes que acuden a los estadios para presenciar partidos, competiciones, carreras, o las contemplan en su televisor, pero no para quienes ofrecen el espectáculo, para los cuales acaso sea el camino hacia la fama o hacia la alegría fugaz pero no, por lo pronto, otra cosa que trabajo, sufrimiento y esfuerzo.

El deporte que es casi exclusivamente profesional. El amateurismo es ya un recuerdo más que otra cosa. Hasta la palabra, que tuvo mucha presencia hace años, ha ido desapareciendo lentamente en el uso.

Es por ello, que no son pocos los autores que han planteado la posibilidad de estudiar la influencia y el peso del deporte en la creación de valor de un país. Y no solo desde su dimensión física (licencias deportivas, instalaciones deportivas, captación de patrocinios, entre otras), sino también teniendo en cuenta la simbólica, es decir, en el desarrollo y construcción de una marca.

Actualmente vemos que a raíz de los hechos convulsionados en Venezuela, han empezado a salir ciertas opiniones muy críticas de diversos deportistas de gran estampa sobre la violencia generada en nuestro país y sobre todo la que viene de los órganos de seguridad del Estado, los cuales son repelidas con una reacción automática de los manifestantes.

Los líderes deportivos son héroes y modelos para los jóvenes de la mayoría de los países,  no son líderes sólo porque son buenos jugadores sino porque además son buenas personas y conscientes de la realidad mundial, entre muchos deportistas tenemos a Rafael Nadal, Pau Gasol, Cristiano Ronaldo, Michael Jordan, Lebron James el cual sus niveles de credibilidad al momento de emitir cualquier opinión son extraordinarios y respetados, al igual que en Venezuela tenemos a Greivis Vásquez, Miguel Cabrera, Stefany Hernández. ¿Qué queremos decir con esto?

Hoy el deporte, junto con la música, se ha transformado en un vehículo de socialización y contribuye a hacernos parte del mundo. Nos estamos convirtiendo en ciudadanos del Mundo a través del deporte y por eso que cualquier opinión de los profesionales del deporte y la música es un alerta importante para cualquier país en conflicto.

A la luz de todo ello, y a pesar del derroche de fondos y políticas, no siempre el retorno para un país es claro y positivo. Actualmente no existen pruebas de que se pueda cambiar la imagen internacional de un país a través de acciones de marketing cortoplacistas en el deporte. Ahora bien, acontecimientos como unos Juegos Olímpicos, Mundiales u otros eventos deportivos, por su enorme capacidad de identificación, movilización y proyección de valores, contribuyen al retorno de valor en la imagen de un país a medio-largo plazo. Por ello, no se debería menospreciar la enorme repercusión del deporte en la construcción de espacios y estrategias de marca país y de reputación.

El deporte tiene un aspecto unificador. Es algo que hace que los seres humanos tengan una pasión en común, sin duda. Pero también todo lo contrario. En el deporte, sobre todo en el fútbol, se ven los temas eternos humanos representados: la envidia, la ambición, el odio, la perseverancia, el amor incluso. Y todo eso se refleja en la política, ya sea como factor de unidad o de división.


Jesús Vasquez  –  @vasfig

¿Qué pasa con los adultos a cargo de niños en estos momentos de conflicto? por @deoliveira2112

CulturaSalud

 

May 3, 2017

por HERNÁN DE OLIVEIRA

HERNÁN DE OLIVEIRA

Escrito por HERNÁN DE OLIVEIRA

“El niño que no juega no es niño,

pero el hombre que no juega perdió

para siempre al niño que vivía en él

y que le hará mucha falta.”

Pablo Neruda

            La historia del país en este momento se presta para dar mucho por escribir. Y justo en estos instantes una de las tantas inmensas preocupaciones que pertenece a la larga lista de problemas en Venezuela, tiene que ver con la infancia de quienes estamos criando. La cuestión es que antes de pasar a hablar de los niños, lo haré desde la óptica con la que trabajo en el consultorio: cuando los padres llevan a sus hijos porque éstos presentan alguna conducta o dificultad, los evalúo y luego programo reuniones estrictamente con los adultos. ¿el por qué? Veamos un ejemplo: si un niño está enfermo y requiere tomar medicamentos, el responsable de administrárselos a la hora, dosis y tiempo indicado será el adulto que está con él. Psicológicamente es igual.

            Con esto me refiero a que hay que observar a los adultos de hoy, sumergidos en este conflicto social.

            He observado las siguientes reacciones desde muchas fuentes, tanto en las conversas como lo que se aprecia en las redes y medios: una primera reacción, el de la rabia. Hay una cantidad muy importante de personas acudiendo a la calle, uniéndose a las marchas, asistiendo a las convocatorias, lo que al mismo tiempo obliga a que esté revisando las redes constantemente para estar enterados de todo, conversándolos con otras personas para continuar en el avance. Este adulto llega a su casa hablando lo vivido, agotado, fatigado, más molesto porque aún no conquista el objetivo de llegar a las instituciones públicas y esto lo está vociferando delante de quien esté presente. Está decidido en su rol social y sus hijos, los están viendo.

            Un segundo tipo de adulto es aquel que también está atento a las noticias, que también lo habla, pide y emite opiniones en sus diferentes, pero no está acudiendo a las concentraciones. Esto motivado a seguridad, porque teme que le pase algo, dejar desamparada a la familia y al mismo tiempo, porque está obligado en su empleo a la asistencia, bien por la naturaleza de sus funciones (bombero, médico, rescatista) o por presiones políticas (asistencia obligatoria). Aquí la emoción preponderante es la ansiedad, siendo el foco de este malestar los pensamientos relacionados con la incertidumbre, desconocer qué va ocurrir en el futuro. Están nerviosos y estos son vistos por sus hijos.

            Una tercera clasificación son aquellos que se han mantenido al margen de los sucesos, por dos motivos: en una primera subcategoría, porque ha sido el mecanismo con el cual intentar no sufrir o al menos reducir el malestar emocional. Estos ven películas, oyen música, e incluso lo hacen en compañía de los hijos, intentando salir al cine, al parque y a las distintas opciones recreativas, de modo que prosiguen con cierto grado de rutina. Aquí priva el miedo, ya que se experimenta como amenaza lo que está aconteciendo; en otra subcategoría, se encuentran aquellos que simplemente por su convicción política, realizan un esfuerzo por conservar las rutinas, partiendo del punto que aquí lo que está pasando carece de sentido y en consecuencia, se molesta por los actos de manifestaciones y concentraciones.

            Como se puede observar, rabia, ansiedad y miedo privan en la esfera emocional de las personas y todas ellas, al prolongarse por tanto tiempo, tendrán secuelas individuales y familiares, porque habrá en común la irritabilidad y explosiones afectivas que abarcará desde las ofensas verbales (como en los desahogos) hasta la agresión física.

            Cabe decir que todo lo presente es válido, no se trata que uno sea mejor que el otro (desde el punto de vista psicológico), sino que son reacciones originadas en la historia de vida de cada quien. Lo importante de entrada es hacer consciente lo que se experimenta en este instante, luego asumir lo que se siente (aceptar que se tiene miedo por ejemplo). Por último, lo clave, es establecer espacios y momentos para la descarga emocional. Por ejemplo, hablar del tema político puede hacerlo con la pareja pero evitando hacerlo durante la cena, dentro de la habitación o delante de los hijos. También si esa fuera la necesidad, buscar con quien hablar primero el respectivo tema, para luego desconectarse nuevamente de forma temporal y dedicarse a otras responsabilidades del hogar. Esto permitirá brindar una mejor estructura para continuar oxigenando las emociones sin enfermarse.

            Próxima entrega, el manejo hacia los niños.


Hernán De Oliveira  –  @deoliveira2112