Publicado en CRONICAS, Sin categoría

Bony de Simonovis

CRÓNICA

POR Roberto Mata

Bony de Simonovis retratada por Roberto Mata

Bony de Simonovis

16/05/2019

I

Bony no toma café. No tiene ese vicio, pero sí el hábito de tomar dos litros diarios de Coca Cola Light. No da chance a que se acabe el gas de la botella. Se la toma completa. No cocina mucho. Más bien poco. Pero los hijos no han pasado hambre ni comido mal jamás. No hace panquecas, ni arepas ni huevos fritos, pero sabe cocinar arroz, pasta, pollo a la mostaza y chimichurri. Cuando se refiere a un Volkswagen, dice “Folksbagen”. Habla alemán gracias al Colegio Humboldt y a su madre alemana, quien usó el idioma siempre para despistar oídos curiosos y criollos.

El día que la llamó Elías Jaua y se presentó como Canciller de la República no le creyó. “Si usted es Elías Jaua, yo soy Luisa Cáceres de Arismendi”, respondió. Era Elías Jaua. Aunque el Canciller ofreció ayuda por razones humanitarias, no hubo final feliz. Iván Simonovis, esposo de Bony, muy a pesar de las complicaciones de salud no ha recibido ninguna medida humanitaria. La solicitud de la aplicación del artículo 491 del Código Procesal Penal fue negada el 23 de mayo de este año (2014).

Está preso desde el 22 de noviembre de 2004 a raíz de los acontecimientos del 11 de abril de 2002 en Caracas.

Para las visitas a la cárcel, Bony asume cotidianidad en el hacer y en el vestir: jeans y Converse. No usa tacones ni puede usar celular dentro de las instalaciones penitenciarias. El último retoque de maquillaje lo hace antes de las rejas, lejos de los militares. El Cenapromil (Centro Nacional de Procesados Militares), en Ramo Verde, Los Teques, es un bloque de viviendas al que le pusieron rejas, puertas, alambrados, cerrojos, cámaras, candados y horas de visita y de descanso. La electricidad se va con frecuencia y afecta los televisores, pero no las partidas de dominó. Los custodios se pasean con la inseguridad de quien se siente vigilado. Uno de los letreros que recuerdan la razón de ser del espacio reza “Prohibido tomar fotografías ni hacer proxenetismo político”.

La requisa a la visitante asidua deja ver dos canillas, un jugo de naranja, dos jabones, tres cremas hidratantes, medicinas varias, crema de afeitar, pasta de dientes y ningún champú.

“¡Siguiente!” “Pase detrás de la cortina”. “Suba los brazos. Abra las piernas. Suba la camisa. Abra el pantalón. Quítese los zapatos”.

Bony saluda, sonríe y acata.

“¡Siguiente!”

Bony estudió Derecho en la UCAB y se especializó en el área penal. Lo primero que hizo durante la carrera fue trabajar como voluntaria con el profesor Elio Gómez Grillo, defendiendo a privados de libertad. En algún momento la honraron nombrándola madrina de un equipo de básquetbol de la cárcel de El Rodeo. Hoy defiende al esposo preso en Ramo Verde. Los domingos y desde muy joven leía “Los crímenes más sonados” en Estampas y de reojo los obituarios en El Universal. No lee poesía y le gusta que las historias describan muy bien y con detalle lo peor. Este gusto literario nunca fue aprobado por su padre, español de carácter, estampa y acento. No era como para la consentida Bony.

¿Vida social? No tiene. Si hace yoga, la ven fijo. Si hace mercado y llena el carrito, se lo examina el que esté al lado. Si la ven en Maiquetía, la cuestionan: “Tú viajando y tu esposo preso”. Si se hace un selfie contenta, la acusan de ser feliz. Verla víctima y sufrida es un pedido a gritos de miles de desconocidos. No puede decir públicamente su afición por un equipo de fútbol en el Mundial porque no se ve bien. No puede salir a comer con las amigas. Las invita a la casa: ellas no la cuestionan, no hablan del tema y ayudan cuando hace falta. Son sus amigas y son pocas.

Bony también está privada de libertad.

Lleva nueve años visitando una cárcel por lo menos una vez a la semana con sus dos hijos de 17 y 21 años, con su madre mientras vivía, con sus hermanas, con sus sobrinos y primos, con amistades en común y también sola. Hoy en día todavía le preguntan cada vez que va: nombre, privado de libertad a visitar, dirección, teléfono, parentesco. Los datos son tomados a mano en el cuaderno de visitas, caligrafía marcial.

Aunque todo lo que lleva lo deja en el calabozo, hace nueve meses rescató a Efi, una perrita negra e hiperquinética que nació en las inmediaciones del penal. Los custodios se alegraron del mejor futuro que tendría.

Bony visita la cárcel, lleva el caso al día y conoce todos los vericuetos del mismo. Es esposa, es madre, madre-chofer, madre-amiga, tiene oficina propia, se mantiene económicamente, no tiene deudas y hace labores del hombre de la casa. Hoy se bañó con agua fría porque el calentador se dañó. Necesita un técnico. Ayer puso la orden para comprar el retrovisor caído del Corolla, que sus dos perros y un radical quién-sabe-de-qué-bando han decidido autografiar de punta a punta. Lo hizo por Mercado Libre en Maracaibo. Debe estar por llegar. Necesita ambos retrovisores para subir a Los Teques a la visita penitenciaria.

Bony Simonovis no existe. Bony es un sobrenombre y, en su cédula, María del Pilar Francisca Ana Pertíñez todavía aparece soltera.

Bony se pica cuando dicen que su hija no se parece a ella sino a su papá.

Este año (2014) se hizo tres tatuajes: “prosperidad”, “doble felicidad” y “longevidad”. Le causó dolor hacérselos. Invitó a la hija al mismo dolor, pero ella no aceptó. Aprovechó para criticar a la madre. La edad.

Nadie se quiere ver en el espejo de ella. “Esas cosas le pasan por ser mujer de policía”, ha escuchado. Desde afuera, cualquiera es más Bony que la propia Bony. Cada vez que alguien comienza una frase diciendo “Es que tú deberías…”, ella no oye, no escucha. Ya no lo hace.

Ha sido muy de izquierda para algunos en la oposición y ambidiestra para el oficialismo. El 8 de marzo de 2003 vivió una experiencia inédita: la botaron del trabajo a través de un listado publicado en el diario Últimas Noticias. Trabajaba en control de prevención y pérdidas en PDVSA Chuao. El 8 de marzo celebró el Día Internacional de la Mujer: cumplió años su hija Ivana y aprovechó y salió a marchar.

Por las redes sociales recibe apoyo y solidaridad. También intensas críticas de los más radicales de ambos bandos. Ha aprendido a leerlos sin asimilarlos. Sólo los bloquea cuando la insultan o se ponen muy querendones.

La soledad aprendió a disfrutarla, pero no se acostumbra ni se resigna. Ni piensa hacerlo. Tiene diez años de vacaciones en familia en espera. Mientras tanto los hijos van creciendo. Crecieron.

Iván, el policía y piloto, tiene su oficina arreglada, escritorio completo, premios y condecoraciones, vestier ordenado, trajes y corbatas en fundas para protegerlos del polvo.

El día que vuelva va a conseguir todo listo.

El padre de Bony le dijo de forma tajante: “Cuando te cases, nunca uses el apellido de casada”. Ella misma se dijo: “Cuando tenga hijos, no voy a repetir los nombres de sus padres”. Iván e Ivanna. Y María Luisa, la segunda hija, falleció a los cinco meses de nacida. El día del entierro de la bebé era el acto de grado con honores de su especialización en Derecho Penal.

A Bony, de 48 años, no todo le ha salido como lo había planificado.

No pidió nada de lo que está viviendo, pero le tocó y está satisfecha con la forma en que lo ha llevado. Pide poco y agradece mucho. Durante años pocos creían lo que vivía. Ahora los casos como el de ella se multiplican mensualmente. La consultan. La entienden. Nunca falta quien le dice que se apiada de ella, pero que seguro él debe haber hecho algo para que la tengan así de agarrada con su caso.

No ha perdido la capacidad de indignación ni corre el riesgo de resignarse, sólo busca mantenerse alejada del resentimiento. No llora.

—¿De qué vale contar todo esto?

—Es importante dejar el testimonio, que se sepa… para que no vuelva ocurrir y mantener a mis hijos lejos de la intolerancia.

“El tiempo de Dios es perfecto” es la única frase que Bony no tolera.

II

Tyson conoció a Iván Simonovis en El Helicoide, la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Una carta al director permitió que en 2009 el perro Pooddle Toy, de cuatro años de edad y 24 centímetros de altura, asistiera a la visita penitenciaria. Se acariciaron, jugaron y no volvieron a verse más. Iván no tuvo la oportunidad de entrenarlo: cuando se conocieron ambos eran adultos con mañas.

A las dos y media de la madrugada del sábado 20 de septiembre de 2014, Bony estaba dormida en su cama, en el lado derecho. El teléfono sonó. Ivana, la hija menor, estaba en una reunión con unas amigas del colegio cuando recibió una llamada de un número desconocido en la que desde una remozada y distinta Plaza Venezuela le dijeron “Dile al papá de tu amiga que te lleve a la casa, estoy en camino. No le digas a nadie”. Ivana se molestó y no le creyó. En realidad no podía creerlo, pero Ivana llegó a la casa y esperó.

Después de nueve años y doscientos noventa y nueve días, Iván decidió no presentarse en su casa sin avisar. Llamó a Bony y la despertó. A los pocos minutos, con un pequeño morral y su cédula, tocó el timbre.

No estaba solo. Iba acompañado de veinte funcionarios del Sebin. Abrieron y cerraron puertas, rejas, cada clóset, cualquier cosa que tuviera cerradura. Chequearon todo y usaron el baño. El de visitas.

La seguridad de la casa de los Simonovis está concebida para que ningún personaje ajeno entre, pero no para impedir que uno de sus miembros salga.

No hubo espacio para la emoción dentro de la invasión. Ivana, Bony y Jakeline, quien ha trabajado con la familia Simonovis durante ocho años, lo recibieron en ese orden al pasar el umbral del nuevo centro de reclusión. Tras los besos y abrazos a la familia y un saludo a Jakeline, Iván pidió hacer café para los funcionarios.

Efi, la perra negra que Bony adoptó en Ramo Verde, hace vida con Tyson, aunque ella es más de la calle y de uniformes verdes. A las tres y media de la mañana, en medio de la confusión, se escapó en un momento en el que abrieron el portón. Corrió calle abajo. Iván no pudo correr tras ella y Bony estaba en pijama. La rescató un vigilante de un edificio cercano.

Iván se duchó con agua caliente. Lo hizo en su baño. Pudo usar toallas con olor a casa y Bony había reparado el calentador de gas recientemente. Luego, hija y esposa le hicieron el tour por sus enseres. Todo había estado listo y esperándolo, pero durante una década ciertas cosas cambian de lugar. Su ropa está detenida en el tiempo, chaquetas y trajes, pero no está en el vestier. Ahora están en otro clóset. Las películas en VHS están intactas. También sus relojes, medallas y condecoraciones. Bony le guardó cientos de recuerdos acumulados por años, los clasificó y los colocó en cajas. Aunque ella es más de botar: es de quienes creen que lo que no sirve se bota.

Bony está segura que, de haber sido ella la presa por casi una década, no habría sido igual. No le habrían guardado nada.

*

Agua y pan con queso fue la primera comida en casa. Era lo que había en la nevera. No hubo aviso. No hubo tiempo de preparar una recepción. Bony optó por pan con jamón y queso.

Nadie durmió y amaneció. Ese día fue muy largo y terminó a las once de la noche. A esa hora a alguien se le ocurrió que la familia debía descansar. Al mediodía pidieron una pizza por teléfono. En el Centro Nacional de Procesados Militares de Ramo Verde, donde Iván había estado recluido hasta el día anterior, no existe la posibilidad de entrega de pizzas a domicilio. Y 1.700 bolívares hablaron de forma elocuente del nuevo costo de la vida.

El sofá de la sala de “La Ivanera” se había estado tapizando por esos días, sin apuro y sin gomaespuma en el mercado. No es (o no era) una casa de muchas visitas, por lo tanto los abogados, la familia, los amigos de Iván, los amigos de Bony y los amigos de Ivana se reunieron a celebrar de pie y en la cocina.

Años esperando este momento con todo bajo control para que la sorpresa dejara ver la sala de la casa como apartamento de recién casados. Al resto, a los medios, fotógrafos y camarógrafos, les tocó verlos desde la calle.

*

Durante los dos primeros días, los funcionarios vestidos de comando y fusiles estuvieron dentro de la casa, hasta que colocaron unos candados y cerraron la terraza. Sólo así decidieron mudarse al garaje. Allí tienen dos sillas y una mesa plástica donde Iván debe presentarse ante ellos en la mañana, al mediodía y en la noche antes de dormir.

La planta que Bony tenía en la terraza, una mata de jade, ahora está dentro de la casa y hay que sacarla a tomar el sol todos los días. Iván también toma sol. Estuvo ocho años con un acceso muy limitado a la luz solar y eso devino en un grave deterioro de su salud: osteoporosis avanzada.

La detención domiciliaria con apostamiento del Sebin se limita a 260 metros cuadrados divididos en dos pisos, muchas visitas, televisión por cable, el beneficio de hablar por teléfono y (desde su punto de vista) sus reglas: es su casa.

Los funcionarios armados chequean a todo el que llega de visita. Toman datos. Anotan números de cédulas. Inspeccionan carteras y bolsos. Aceptan con respeto, pero desconfían por oficio, el café, el agua o cualquier alimento cortesía de “La Ivanera”. Los perros terminan comiéndose todo.

La cárcel se trasladó a La Florida. Los funcionarios no apagan las luces del garaje durante la noche y los perros se trasnochan. A Bony le exigieron mantener la puerta principal de la casa (la única) permanentemente abierta, Ella se negó: “Ésta es mi casa y acá no pueden mandar. Se me quedan afuera”. Uno de los funcionarios de Ramo Verde que requisaba a Bony en las múltiples visitas de los domingos ahora está asignado al porche de su casa.

*

En las mañanas, Jakeline (oriunda de Boconó, de una familia de diez hermanos y con una niña de diez años) le hace el desayuno al señor Iván. Él le hace café a ella. El bolso de Jakeline es revisado al entrar y al salir. Ha tenido que abrir las arepas que trajo de Trujillo como un obsequio a la familia y dejar ver su interior. Ese interior sin relleno.

A Bony le cambió la vida al recibir una llamada el 22 de noviembre de 2004: “Me están metiendo preso. Haz algo. Ve a Globovisión”. Y le volvió a cambiar el 20 de septiembre de 2014: “Estoy yendo para allá”.

La memoria traiciona a ambas partes. Hay dudas sobre los lados de la cama o el puesto en el pantry de la cocina. El esmero en el orden de las cosas del otro dura poco. El razonamiento, la clasificación y la agrupación son ahora variables que dependen de lo masculino. Bony no acepta nada que venga de la cárcel: todo fue regalado a los compañeros de prisión. Sin embargo, se sabe que el calabozo se mantiene intacto. El hábito del café negro en casa y los dulces en la nevera se acaba de instalar, aunque Bony insiste en no tomar café: sólo Coca Cola Light.

Viven hasta ahora en diferentes husos horarios. El traslado vino con jet-lag. Bony se acuesta temprano y se despierta temprano. Iván está acostumbrado a postergar el día lo más posible. Se duerme tarde viendo CNN. Durante la noche Iván extraña, mas no necesita, escuchar los candados de la penitenciaria mientras a Bony no la deja dormir el radio de los guardias, con mensajes encriptados que nunca se apagan.

Están acostumbrados a no hablar mucho. Han vivido solos por casi diez años. La cesta de la ropa sucia ahora tiene ropa de hombre que lavar.

La nostalgia se apodera del recién mudado cuando ve los cuartos de los hijos que crecieron lejos de él. Perdió la patria potestad y llegó tarde a la adolescencia. Muñecas y pequeños aviones han sido sustituidos por Jimmy Hendrix en afiche y carteleras llenas de imágenes de momentos que la fotografía se encarga de aproximar, pero no logra revivir. Bony se angustia cada vez que suena la puerta de la casa. Antes era Ivana llegando, pero ahora no sabe quién entra o quién sale.

Aunque su calle es quizás una de las más seguras de Caracas (incluso hay un toldo de la Guardia del Pueblo, dentro del marco del Plan Patria Segura) ella no se siente segura. Se siente invadida.

*

Los tres se acuestan a ver televisión en la cama. Iván arropa a Ivana y sus 17 años cuando se duerme. La carga y la lleva a su cama, aunque no debe hacerlo. Iván Andrés, de 21, estudia fuera de Venezuela pero quiso venirse inmediatamente a abrazar a su papá. No se consigue pasaje. Espera poder hacerlo esta Navidad, con la ayuda de muchos. Cuando lo vio por FaceTime con la casa como fondo, lloró. Lo hizo por tercera vez en todo este tiempo. Ni siquiera el día que dictaron la sentencia se permitió llorar.

Los territorios en disputa son las oficinas dentro de la casa, fundamentalmente por la que tiene aire acondicionado. Por la otra no hay ningún tipo de discusión. Los libros que se fueron mezclando durante estos años han sido motivo de repartición de bienes. Esto es mío, esto es tuyo. Durante este período de tiempo Bony consultó todo con los hijos y a Iván sólo le participó. Llegaron hasta este puerto gracias a su dedicada gerencia. Pink Floyd, Led Zeppelin y Emerson Lake & Palmer llegaron a convivir con Madonna, Boy George y U2 (Fonseca y el “reguetón” se reconocen y admiten sólo en privado).

El día que devolvieron el sofá retapizado a la casa, Iván ayudó a que todo estuviera en orden de nuevo y en su lugar. Sin poder cargarlo, pasó la aspiradora. La osteoporosis lo invade todo y permite poco.

*

El daño emocional de estos años carece de escala y asimilar después de la euforia es tarea diaria. La foto de los tres en la ventana que publicó la agencia de noticias Reuters la hizo verse en familia por primera vez en mucho tiempo. Se ha generado una sensación en otros de que todo volvió a su cauce. ¿Pero cuál es ese cauce?

Muchas personas han sido solidarias con la familia Simonovis Pertiñez, aunque ha habido abiertas manifestaciones de quienes aseguran que el traslado de Iván a su casa no le resuelve ningún problema a nadie. Otros están contando los días para que se repita el traslado en sentido contrario.

Bony sabe que necesita ayuda profesional para esta nueva y extraña etapa de reencuentro. Aunque feliz y agradecida, la reconoce muy difícil. Las amigas, las fieles amigas, le han ofrecido asilo cuando necesite respirar y dejar de esta rodeada de policías. En el mercado la gente la saluda, la abraza, la felicita y hasta llora de emoción. También le recuerdan que ahora debe estar siempre en su casa, atendiendo.

Ella es abogado. Se desconectaba de los casos al salir de la oficina. Hacía vida hasta que este caso se convirtió en su vida. No ha habido espacio para otros. Ahora sólo pisa un tribunal por él, aspira a no ejercer el Derecho y a no usar una toga más nunca en su vida. Por Twitter ha tenido que pedir a la visita días de descanso.

«I wish you were here» de Pink Floyd es la canción que Bony ha escuchado durante mucho tiempo. Y entonces, así, con serenidad, asume el segundo plano en toda esta historia, ese lugar donde prefiere estar.

***

El primer texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 15 de junio de 2014 y el segundo el 13 de diciembre de 2014.

Publicado en CRONICAS

Diario del apagón en Mérida

CRÓNICA

POR Mariano Nava Contreras

17/03/2019

Jueves 7, 4.30pm.

Que se nos vaya la luz en plena merienda con los vecinos no es algo que ocurra todos los días, no porque no se vaya la luz en Mérida, que ya es parte del paisaje desde hace años, sino por la compañía. De modo que decidimos tomárnoslo con humor, y seguir con la conversación. Ya llegará. Cualquiera se podría preguntar, ¿y qué hacen dos parejas de profesores universitarios visitándose despreocupadamente, cual domingo, un jueves en la tarde? La respuesta está contenida en la misma pregunta: somos profesores universitarios y desde hace meses apenas damos clases. Los alumnos que todavía no se han marchado no pueden asistir a la universidad por la falta de transporte. Tampoco la mayor parte de los profesores. Hemos organizado los cursos por Internet, cuando hay. De investigación, ni hablar. La biblioteca es ya solo un recuerdo, los libros que no se han robado están ya viejos y desactualizados. Los laboratorios, sin reactivos o desvalijados. Ni siquiera se puede hacer trabajo administrativo: no hay papel ni fotocopiadoras. Algunas computadoras sirven, pero las impresoras no tienen tinta. A veces me pregunto cómo es que se siguen acordando de nosotros en algunos índices de excelencia académica en los que milagrosamente aparecemos. De cosas tan alentadoras conversábamos cuando comenzó a hacerse de noche y los vecinos decidieron marcharse.

6:30 pm

Fue cuando comenzamos a enterarnos del tamaño de la situación. En nuestro edificio, las bombas se habían paralizado y no había agua. Gas tampoco, desde hacía una semana. Mi mujer trataba de enterarse por Twitter de los pormenores de la falla. “Tampoco hay luz en el Táchira, Zulia ni en Barinas”, dijo al comienzo. Después tuvo acceso a la lista de los estados afectados. “Casi todo el país”. “¿En Caracas también?, ¿en serio? Carajo. Esto va pa’ largo”. Recordé que hace unos meses nos habían dejado unas diecisiete horas sin electricidad. Ninguno de los dos dijo nada, pero nos miramos y pensamos lo mismo: “¡El bebé!”.

Viernes 8, 6:40 am

No nos habíamos equivocado. Ya amanecía y aún sin luz. A esa hora hacía frío. Es de las veces que se agradece vivir en Mérida. Pensé en mi familia de Maracaibo. Me comuniqué con mis hermanos con la poca carga que quedaba en el teléfono. Nada. Ellos tampoco, pero al menos tenían agua y gas. Traté de llamar a Maracaibo. Imposible. Ni por el celular ni por el fijo. Dispusimos lo necesario para la mudanza y a mediodía estábamos donde mis hermanos. Llevamos la comida que estuviera en mayor riesgo de descomponerse.

11:50 am

En el camino nos conseguimos con una ciudad semidesierta, menos tráfico que un domingo por la mañana. La preocupación y la angustia marcada en la cara de los pocos transeúntes. En las paradas de buses más rostros desesperanzados bajo el sol picante de los Andes a mediodía. Sabían que no pasaría ningún autobús y que terminarían llegando a casa a pie, quién sabe a qué hora. Donde mis hermanos comimos algo, cocinamos entre todos. Conversamos, seguramente tratando de olvidar. Recordamos viejos tiempos.

8:30 pm

Así pasamos la tarde. Nos contamos historias viejas y recordamos las sabidas hasta que comenzó a hacerse de noche. Muy temprano (especialmente para mí que soy noctámbulo) nos fuimos a dormir.

Sábado 9, 8 am

“Donde Gerardo está abierto, hay comida y están recibiendo dólares”. Siempre admiré la astuta capacidad de mis hermanos de entrar en familiaridad con los dueños de los abastos de la zona, esos que ahora llaman “Minimarkets” porque les pusieron aire acondicionado y tienen todo más caro. En el fondo me contento, no solo por la posibilidad de hallar comida, sino porque al menos hay algo que hacer. Salimos y aprovechamos de mirar otros abastos y supermercados. Casi todos cerrados o sin punto de venta por la caída de la red. A cada tanto miro el marcador de la gasolina de mi carro y me entra como un sustico. Cada vez es más difícil llenar el tanque.

11:30 am

Pensé que “donde Gerardo” (alias, “Abastos la Merideña”) habría más cola. La cosa se empezó a llenar justo después de que llegáramos nosotros. Aún así, teníamos como a diez personas por delante. Nada grave si no fuera por las dificultades para pagar. “Gerardo, a cómo me recibe estos cinco dolaritos”, se escucha desde adentro. A estas alturas, ya casi nadie tiene el teléfono con carga. Nadie o los pocos que sabían que se puede cargar con el puerto USB del aparato de sonido de algunos carros (claro, sin abusar de la batería, que si la descargas, la tragedia será sin duda peor). De vez en cuando pasan motorizados que miran la cola y la gente se pone nerviosa, pero no pasa nada. En la cola también todos se miran pero pocos hablan. Mejor dicho, todos se hablan, pero con la mirada, con una callada conversación que si sonara sería muy triste. “Estos andinos”, pienso. Pero me equivoco. El típico sexagenario, de esos que piensan que están más allá del bien y del mal y que pueden despotricar a toda garganta del gobierno, comienza a hablar con voz bien alta. Las palabras retumban en las paredes de una calle que debería estar muy transitada a esa hora. Lo miro muy bien. Tendrá unos sesenta y cinco, mal llevados, más bien setenta y algo. Cara sin afeitar de cuatro días con vellos blancos sobre la piel curtida por el sol picante de estas tierras altas, dientes imperfectos, profundos surcos en la cara, gorra descolorida y atuendo sucio que revela una ocupación mal remunerada o una situación bastante precaria. “Yo vengo de ese cerro, mire, ése que está ahí al frente”, me dice señalando con la boca, como se hace por aquí, una colina de esas verdes que rodean la ciudad y que ya se están poblando de casitas humildes. “Ahí es donde va a llegar la luz de último. Ya vamos para tres días, ¿y sabe por qué va a llegar de último?”. A continuación nos da toda una clase de ingeniería eléctrica y nos explica con detalle las razones de la falla. Cómo funcionan las turbinas del Guri, cómo se descuidó el mantenimiento de las centrales y cómo fue que se advirtió hace años que esto iba a pasar y nadie hizo nada. Definitivamente, pienso, los modales y conocimientos del anciano no se corresponden con su precario aspecto. “Yo soy ingeniero eléctrico, mire, jubilado de la ULA”, y me muestra su carnet. “Yo daba Cálculo en el Básico. Hice mis pasantías en Guri por allá por los setentas, cuando podíamos vender energía de Manaos a Medellín. No nos compraban más porque eran ellos los que no tenían plata”, nos dice al auditorio atónito, que a estas alturas somos todos los que estamos en la cola. “A mí no me contenta que se les haya ido la luz también en Caracas, pero sí me entra un fresquito, para que se enteren de cómo es la cosa por aquí”, dice y algunos asienten. En el ínterin, un empleado joven se empeña en arrancar una planta de kerosén. “Así no, mijo. Venga y le digo cómo”.

2:30 pm

“¡La tarjeta pasó!”, me dicen y respiro con alivio. Sin embargo, otros salen del abasto con cara de frustración, dejando en caja lo que querían comprar. “Vámonos, que se hace de noche”, exagera mi mujer cuando por fin hemos comprado algo de lo poco que queda.

Domingo 10, 6:30 am

Anoche hemos vuelto a casa, en medio de una ciudad ya casi en tinieblas. Creo que éramos los únicos que a esa hora (7:30 pm) nos atrevíamos por las calles y avenidas desiertas y llenas de escombros en algunos puntos. Hay que esquivar los bultos, no tengan clavos o miguelitos. “Parece que hay conatos de guarimba”, me había dicho mi hermano y por eso decidimos volver. Subimos las escaleras del edificio con la poca luz que podía darnos el teléfono. Al entrar enciendo algunas velas. Dormimos mal. Creo que el bebé siente la tensión que estamos viviendo. Por la mañana nos despierta un sonido líquido y la voz animada de los vecinos. ¡Pusieron el agua! Nos levantamos a toda prisa a poner un poco de orden en el apartamento.

11:30 am

Decidimos ir a cocinar donde otro de mis hermanos que tiene gas. Ojalá esté en casa, porque no tenemos cómo avisarle. Recogemos la comida que no se ha dañado para llevarla. En el estacionamiento, el conserje nos cuenta que había hecho unos arreglos para que el agua entrara directa de la calle. “Con razón entra tan sucia”, le dice mi mujer. Nos pone al día de los rumores sobre saqueos y disturbios en el centro, y de los muertos en los hospitales. “Quién sabe. Usted sabe que se dicen muchas cosas ¿Será verdad que agarraron a Guaidó?” Me encojo de hombros. Salimos. La ciudad cada vez más sola. Recuerdo aquel cuento, “El último que apague la luz”, de Méndez Guedez. En algunos puntos, las pequeñas barricadas hacen pensar en una guerra. Pero no hay tal. O tal vez sí. En el interior de cada uno de nosotros. En algunas aceras los vecinos se sientan a conversar. En los portales de algunos edificios los vecinos improvisan hogueras “comunales” en las que cada quien cocina sus propios alimentos. Sin embargo, lo que reina es el silencio. El olor de la leña quemada sale de los portales de los edificios y de los patios de algunas casas con una pequeña columna de humo blanco. Solo las inmensas colas, cada vez mayores, frente a las estaciones de gasolina cerradas. Por fortuna mi hermano está en casa, feliz de que lo hayamos ido a visitar. “Aquí ya no viene nadie”. “Claro mijo, si no hay ni gasolina”.

3:30 pm aproximadamente

Hemos comido y mi hermano pone café. “Esta vaina sí que no puede faltar aquí”. Yo caigo en éxtasis solamente con el olor. Mi madre nos daba un guayoyito todas las tardes desde que tenemos uso de razón. De repente se escuchan detonaciones. “Ah sí, ya salieron los carajitos de El Campito. Esta es la hora”. Nos asomamos por la ventana del apartamento. Encapuchados lanzando morteros y arrastrando escombros para cerrar la vía. Gente asomándose por las ventanas. Algunos azuzando, unas señoras sacan la bandera, otros les gritan que se vayan para su casa. Obviamente los manifestantes no son estudiantes. Esos tiempos pasaron. Ya casi todos se han ido. Estos se ven menudos, famélicos, los hombritos estrechos y enjutos, se marcan las costillas bajo las improvisadas capuchas de franela vieja. “Son unos carajitos. Muchos no tienen catorce años. Lo peor es que lo pagamos todos, que nos quedamos encerrados”, me dice mi cuñada. Carajitos que no conocen otro idioma que el de la violencia, toda una generación de carajitos violentos. Más allá, hacia el centro, se comienzan a ver columnas de humo negro. Decidimos volver.

Lunes 11

Nos quedamos en el apartamento por seguridad y para no gastar más gasolina. Tratamos de poner algo de orden y de lavar, a mano, claro, lo que se pueda. Botamos la comida que se pudrió y clasificamos la poca que aún se puede usar. A menudo intento llamar desde el fijo a Maracaibo. Imposible. De cuándo llegará la luz, de lo que sucede en el mundo exterior, incluso más allá de la esquina, no sabemos nada.

3 pm

Suena el teléfono fijo por primera vez en cuatro días. Es la vecina. “¡Pana, pero ustedes tienen CANTV!” “Y tú también, gafo, por eso te estoy llamando”. Me pregunta por el bebé. Nos pone al día de lo que pasó –más bien lo que no pasó– estos días que no estuvimos. Parece que por fin nos van a poner gas. “Mosca si oyes el ruido del camión, porque hay que salir para que no se nos vaya”. Nos cuenta que le ha costado un mundo comunicarse con su hermana en Caracas, pero que por ahí le dijo que allá ya había luz en algunas zonas. Respiro. Eso significa que está más cerca. “Pana yo lo primero que voy a hacer es poner la lavadora”. “Yo cargar el teléfono”. Risas. “Si la luz llega a las tres de la mañana, a esa hora te despierto”. “Ok. Yo también”.

Martes 12, 6:30 am

Lo estoy soñando. No, como que no lo estoy soñando. Por estos días a menudo me he puesto a soñar despierto que la bomba del agua comenzaba a sonar, señal inequívoca de que la luz había llegado. Me quedo en silencio un rato y de repente ahí está el ruido de nuevo. ¡Coño, sí! ¡Llegó la luz! Dicho y hecho: dos segundos después suena el teléfono. Mi mujer se despierta sobresaltada. “¿Qué pasó?”. “Es la vecina avisando que llegó la luz. Atiende, porfa”. Como soy un hombre de palabra, me levanto directamente a conectar el teléfono. En un rato el Whatsapp se congestiona de mensajes. Amigos y familiares preguntando cómo estamos, cómo está el bebé. Algunos mensajes vienen de bien lejos. Algunos, verdaderamente desesperados. Tienen días sin saber de su gente y nos preguntan a nosotros si sabemos algo. A los que nos preguntan cómo estamos les respondo casi invariablemente: “Estamos bien. Hemos sobrevivido. Ya tenemos agua, acaba de llegar la luz y posiblemente hoy nos pongan el gas. Me siento como en el primer mundo… solo falta el resto”.

PS.: mientras he escrito esta crónica la luz ha seguido fallando todos los días y hemos sufrido apagones intermitentes.

Publicado en CRONICAS

Diario del apagón en Maracaibo

CRÓNICA

POR Margarita Arribas Zamora

 

17/03/2019

Jueves 7 de marzo

Llevamos varios días sin agua «de la calle». Desde hace ya años, clasificamos el agua según el grado de precariedad: agua de la calle (agua corriente, de la que llega por las tuberías), agua del tanque del edificio (la que almacena y raciona el condominio media hora en la mañana cuando ya no llega agua de la calle) y agua de nuestro tanque (la que proviene de un pequeño depósito en nuestro apartamento, llenado con el agua del tanque del edificio). Pues bien, llevamos ya varios días vigilando las reservas de nuestro tanque, con la casa acumulando capas de mugre de esas que solo se retiran con agua corriente, jabón y cepillo. Las chiripas son ubicuas y están rozagantes.

La escasez del agua es ya una emergencia sanitaria. Dos personas muy cercanas, ambas profesionales y de gusto exquisito, me confesaron el día anterior que habían clausurado sus baños y estaban usando los patios de su casa como sanitarios, enterrando sus vergüenzas como los gatos, para evitar la pestilencia en sus hogares. No he llegado hasta ahí: vivo en apartamento. Pero hoy en la tarde está empezando a entrar agua de la calle. Por fin se está llenando el depósito del edificio. En un rato encenderán la bomba y tendremos agua en nuestras tuberías. Además, hoy por fin ha pasado el camión del aseo urbano y se ha llevado (casi toda) la pila de basura acumulada en la acera.

Pero a las cinco de la tarde se va la electricidad. Pasa con frecuencia en Maracaibo. A veces es solo un bajón. Otras, cosa de minutos. Otras más, racionamientos no anunciados que pueden durar horas. Cuando está a punto de caer la noche aún no sabemos el tamaño del apagón. La luz del día no permite calcularlo todavía, pero el silencio que se instala cuando no hay aparatos encendidos da idea de que el asunto va más allá de unas pocas cuadras. No tenemos otra manera de calcular el daño, pues los celulares están sin señal y el cable del teléfono fijo Cantv se lo robaron hace más de un año. Lo que sí sabemos con certeza es que no tendremos el agua que esperábamos. Que deseábamos. Que necesitábamos. Nuestro sencillo deseo se posterga una vez más.

Los cuatro niños de la casa de enfrente, esa que tiene un Dodge Dart de los años setenta oxidado y sin cauchos tirado en la acera, ya no usan el carro como pretendido barco pirata ni como ring de boxeo: han marchado hace poco a Colombia, con sus magros cuerpos, en compañía del padre, puro pellejo y huesos. Los que sí permanecen hasta bien entrada la noche, vociferando pareceres, son los bebedores/apostadores que se reúnen en la licorería de la planta baja, donde juegan dominó (ilegalmente), amontonan sus costosos carros en la acera (ilegalmente), beben sus cervezas en la calle (ilegalmente) — al lado de las bolsas de basura abiertas por quienes buscan en ellas comida en las madrugadas — y orinan contra las paredes de mi edificio, también al lado de donde beben, sin que nadie pueda hacer nada al respecto, más que agradecer que al menos no ponen música y se suelen retirar como a las diez de la noche. Les toma el relevo otro grupo que se estaciona en otra casa de la acera de enfrente, donde abren la maleta del carro y dejan ver una cava de la que sacan y sacan botellas, mientras se acodan en la cerca de la casa, sin temor a la rampante delincuencia de la ciudad. Y allí se quedan por horas. Esta vez a ciegas. En una oscurana absoluta en la que sus voces se cuelan hasta nuestras habitaciones sin necesidad de que griten. Y yo, que detesto sus maneras, agradezco en secreto que estén allí, que su presencia, creo yo, impida que los ladrones traten de entrar de nuevo en nuestro estacionamiento y se roben otros cauchos, otras baterías, otras posibilidades de vivir en esta ciudad.

Pasan dos, tres horas, y entendemos que la luz no va a regresar pronto. Ya nuestra pequeña lámpara que se alimenta de luz solar va poniéndose mortecina y nos resignamos a dormir en nuestros cuartos sin los aires acondicionados, haciendo complicados diseños con ventanas, persianas y cortinas para permitir la mejor circulación posible del aire.

Me acuesto después de dar muchas vueltas. Hace viento, los vientos fuertes de marzo. Pero cuando cesan, de tanto en tanto, tengo calor. Me quito la franela que llevo puesta como parte del pijama y me echo boca abajo. A los pocos segundos, siento un animal caminar sobre mi espalda. Me levanto dando un alarido. Es una cucaracha que ha entrado por la ventana abierta.

Me voy al sofá de la sala. El asco me da espasmos. Trato de distraerme, pero no puedo leer. No hay luz. Descubro, sin embargo, que a esa hora, luego de haber pasado todo el día con el celular muerto, puedo conectarme con los datos (solo con 2G) de rato en rato. Me entero así de que el apagón es nacional. Ahora sé que irá para largo, así que recargo mi celular con la laptop, que todavía está bastante cargada.

¿Y si este es EL APAGÓN que llevamos temiendo tanto tiempo?

En la sala me pican los mosquitos.

El silencio, interrumpido solo por alguna carcajada de los borrachines de enfrente y unas lejanas plantas eléctricas que arrancan al cabo de unas horas, hace patente lo que va quedando de mí: una cucaracha que me camina por la espalda, una casa que acumula mugre, una oscurana, un no saber, una sed.

Viernes 8 de marzo

Amanece con un silencio ominoso. Ya las pocas ventanas iluminadas por las plantas han callado su privilegio. Se escuchan bandadas de loros que surcan el cielo. Empezamos a hacer contorsiones para abrir la nevera y sacar raudos la mantequilla, la mermelada, algún vegetal que se escurre en los dedos y nos hace tener la puerta abierta unos segundos más de lo previsto, en medio de maldiciones.

Me preocupan el queso, el jamón, la carne y el pollo que había logrado comprar ayer en la mañana. También el pote grande de yogur. Ya llevan más de doce horas en la nevera apagada.

Veo a una vecina llegar de su guardia. Está haciendo un postgrado en Psiquiatría. Pese a su juventud, hoy luce derrotada. Baja del carro un saco de hielo. Le preguntó desde mi ventana dónde lo consiguió. Me dice el nombre del establecimiento. Diez mil bolívares. Más del doble de lo que costaba ayer. Cuando más tarde intento conseguir uno, ya no hay.

No me puedo comunicar con nadie. Los teléfonos son trastos inútiles. No sé lo que está pasando más allá de mi cuadra.

Después de pensarlo un rato y comprobar que no tengo efectivo a mano, salgo a buscar vegetales, con la esperanza de que me fíen o milagrosamente pase la tarjeta por uno de esos nuevos puntos de venta que tanto se ven ahora en la ciudad. En el mercadito cercano me dicen que no hay punto, que solo aceptan efectivo o dólares. Me voy con las manos vacías.

La ciudad todavía finge normalidad. Hay cafés abiertos y muchachas que baten el pelo sonriendo a unos jóvenes que las miran con adoración. Hay camionetotas con vallenatos a todo volumen que zumban al pasar a contramano por la avenida.

En nuestro periplo, vemos largas colas en las estaciones de gasolina. Son de varias cuadras. Procuramos movernos sin recorrer grandes distancias para ahorrar lo que tenemos en el tanque. Pero pasamos frente a El Raspadito. Está cerrado, pero la mera idea de un cepillado nos hace la boca agua. Algo frío. Algo dulce. Atisbo a alguien en el interior del local. Frenamos en seco. Pregunto desde el carro y me dicen que sí, que están abiertos, aunque la reja con candado indique lo contrario. Ante un gesto, me responden que tienen punto. Nos abren. Compramos dos cepillados gloriosos: de coco, de colita.

De regreso a casa, me rindo con la carne molida, que ya está blanda dentro del congelador. Improviso unas hamburguesas. Aso unos muslos de pollo que yacen en una bandeja de anime y se los llevo al conserje.

Una amiga grita mi nombre desde la calle. No hay otra forma de hacerme saber que está allí. La hago estacionar, entrar a casa. Me pregunta si es cierto que apresaron a Guaidó. Todo es el gato de Schrödinger hasta que podamos abrir Twitter, quién sabe cuándo. Ella viene de buscar agua en el tanque del apartamento de otra amiga que se fue ya hace cuatro años. Al despedirnos, abre la maleta del carro para guardar una manguera que le he prestado para facilitarle la tarea de extraer agua. En el maletero tiene un botellón de plástico a medio llenar, varias botellas con asa, vacías, y un embudo para trasvasarles agua y poder carretearlas por las escaleras. Observamos en silencio el maletero. Luego nos miramos. Nos reímos. Al menos todavía nos reímos.

Hoy no llegan en la tarde los bebedores de la licorería. Tampoco se presentan los de la casa de enfrente. El silencio tiene menos ranuras. Una de ellas es la de los motores encendidos en el estacionamiento, con la gente dentro de los carros, aprovechando el aire acondicionado mientras cargan algo los inútiles celulares.

Termino saliendo a la calle un rato con mi hermano, que ha venido a dar una vuelta mientras él carga su celular y mi cuñada me «presta» datos de su Movistar para ver si me entero de algo. No podemos comunicarnos con mi otro hermano, que vive en otro estado. La ciudad está desierta, menos en los pocos sitios en los que sirven los puntos de venta. Allí se apiña la gente. Compran agua. Compran hielo. Comen pizzas. Comen helados. Compran lo que haya. También algunos restaurantes funcionan con sus plantas eléctricas. Frente a sus entradas pasa gente cargando botellones de agua o tobos. Pero en conjunto la apariencia es fantasmal.

Así, solitaria y silenciosa, Maracaibo se ve aún más sucia y ruinosa. Mejor mirar la pantalla del teléfono. Guaidó sigue libre. Todos pensamos en los hospitales. El no saber o saber poco genera un tipo de desazón distinto al de todas las penurias conocidas hasta entonces.

Sábado 9 de marzo

Amanece luego de otra noche de ventarrones e insomnio. Hay que hervir más agua. Se está acabando el pan. Lavo los platos con un hilillo mezquino. Es hora de darme por vencida y abrir las puertas de la nevera de par en par y salvar lo que se pueda. Hago una especie de ponquecitos con el yogur sospechoso que aún queda (agradezco que mi cocina es de gas, y de gas por tubería). No quedan mal. Una vecina baja a saludar y preguntar qué sabemos. Nos ofrece carbón para evitar los malos olores en la nevera. Lo aceptamos. Cuando regresa, me confiesa que no soportó más y gastó varios tobos de agua en lavar el piso de la cocina y los baños.

— Me siento mucho mejor — me dice.

Al mediodía, terminamos comiendo más de lo que quisiéramos, para aprovecharlo todo.

Me siento a leer, pero no puedo pasar de algunos párrafos. Reviso obsesivamente mi celular, ausculto la ciudad a ver si oigo el rumor de unos kilovatios que se acercan, marco mil veces los teléfonos de los seres queridos, que están lejos como una bocina muerta.

Cuando acaba de caer la noche, por fin logro hablar con mi hermano, el que también vive en Maracaibo. Me contesta con la respiración entrecortada y la voz extraviada. Se lo achaco al esfuerzo de subir las escaleras.

— Nos acaban de robar el carro — dice. Las piernas se me aflojan y mis órganos se me pegan a la piel.

No recuerdo qué más hablamos. La conversación es corta. Me queda claro que no les han hecho daño. De ese daño.

Es evidente que no podemos hacer nada por esta noche, pero tampoco acordamos nada para mañana. Así de aturdidos estamos. Quedarse sin carro en Maracaibo cambia la vida por completo.

Sabemos que en ciertas partes del país está empezando a llegar la luz. No en el Zulia. Pienso en una película muy discreta y poderosa que vi hace muchos años, Testament (1983), en la que una familia ve cómo su entorno, su vida, se descompone y se envilece como consecuencia de un evento — en ese caso nuclear — que no se ve en la película; solo se sienten sus consecuencias en medio de una aparente normalidad.

En la noche no duermo. Me asomo por la ventana compulsivamente, sin poder distinguir más que las mismas ventanas que todas las noches tienen alguna luz encendida, una luz que va opacándose hasta desaparecer al cabo de unas horas. No puedo llorar tampoco. Hasta el momento, mi gran temor había sido mi mamá, que no le pasara ninguna emergencia. Tiene casi noventa y un años.

Termino optando por una pastilla que me hace desaparecer por unas horas.

Domingo 10 de marzo

En cuanto me despierto pienso en ir a casa de mi hermano, buscarlo, acompañarlo a hacer la denuncia. Pero no tengo cómo ponerme de acuerdo con él. No debo estacionar el carro en la calle, y llamarlo por el intercomunicador es inútil. No conozco ningún edificio al que le sirva el intercomunicador. Termino llamándolo a gritos desde el carro. Mi cuñada se asoma y me dice que él ha ido a casa de una amiga que vive cerca a ver si lo podían llevar hasta mi casa. Lo alcanzo allí, en casa de la amiga. Nos abrazamos. Le digo que se vengan a mi apartamento mientras dura el apagón, así que buscamos a mi cuñada y vamos primero a la policía en la Vereda del Lago a poner la denuncia. El trámite es rápido. Anotan la denuncia en un papelito porque «no hay sistema».

Dejamos a mi cuñada en casa, con almohadas y algún pollo semicongelado incluido, y nos enrumbamos al CICPC, camino al aeropuerto. Allí hay luz. Hay aire acondicionado. Y no hay casi gente. Nos atienden de inmediato. Se extrañan con nuestro caso. Nos dicen que ha habido mucha denuncia de saqueo, ya ese día, pero ninguna de robo de carro. Son diligentes. El detective es joven y de una cortesía seca. Nos ofrece cargar nuestros celulares. Toma la denuncia durante un buen rato. Yo espero en una sala presidida por un retrato de Chávez con una leyenda: «El Comandante Eterno». Observo desde allí a un grupo de mujeres que se acercan con bolsas a un funcionario en el estacionamiento. Él abre las bolsas. Abre los potes que contienen. Entiendo entonces que debe ser la comida que las mujeres les traen a los detenidos en el lugar.

Tampoco allí podrán darnos un comprobante mientras no haya sistema.

Mi casa se va volviendo un campamento. Me da tranquilidad la tribu junta. Cerca del mediodía, una vecina nos toca la puerta para que dejemos pasar a una amiga nuestra que lleva rato dando gritos desde la calle. Nuestra amiga está nerviosa y trae unas bolsas. Vive sola y llegó hace poco de un viaje largo para visitar a sus hijos fuera del país. El jueves, sin bolívares en su cuenta ni forma de comprar comida, terminó por apelar a unos pocos dólares que le quedaron del viaje e hizo una compra quizás grande para una persona sola, sin poder sospechar la oscurana que se le venía encima. Trae parte de su compra para dárnosla, porque ella sola va a perder la comida. Ya ha dejado otra parte en una iglesia. Se le salen las lágrimas de la impotencia. La abrazamos. Se sienta a comer con nosotros su riquísima salsa para pasta con vegetales. Se queda la tarde en casa jugando Rummi Q. Se ríe. Finalmente ríe mucho. Se va antes de que anochezca, presurosa.

Puedo conectarme de nuevo con los datos de mi cuñada y me voy enterando del desastre. Los amigos de fuera han ido dejando mensajes en Twitter, en WhatsApp. Contesto los que puedo. Me callo el tamaño de mi miedo. Lo cierto es que si me atengo a mi calle no parece pasar nada grave. Pero todos sabemos lo que viene si esto se prolonga.

Más allá de mi cuadra, las pocas veces que salgo, todo es silencio, prisa y aprensión. Caras largas. Cuerpos encorvados. Y los pocos negocios que los días anteriores abrieron, ahora están cerrados. Aquí y allá se ve alguna cola de gente fuera de algún local, que apenas entreabre una puerta de un costado para entregar un pan, un refresco, una botella de agua como si fuera cocaína. Veo gente cogiendo agua de un brote debajo del elevado de Delicias. Quién sabe qué agua es esa. Sé de gente que ha vaciado fuentes y piscinas a punta de tobos.

Las colas de la gasolina ya ni siquiera son comprensibles: se hacen incluso a contramano, con trazados confusos que se entrecruzan en varios puntos.

Sigo sin poder comunicarme con mi otro hermano. Sigo sin saber de muchos mis amigos. Sigo sin saber del país.

Los hijos de unos amigos se acercan a nuestro apartamento para ofrecernos cargar los celulares. Tienen una pequeña planta en su casa. Allá los llevamos. Eso y un pollo y dos bandejas de carne aún semicongelados gracias a varios botellones de agua hecha hielo que estaban en los congeladores desde antes del apagón. Nos dicen que busquemos los teléfonos como a las diez de la noche. No queremos salir a esa hora. Los buscaremos en la mañana.

En la noche, cacerolazo aderezado con gritos.

Lunes 11 de marzo

Algo pude dormir. Estamos atrincherados en la casa.

Temprano, buscamos los teléfonos. Puedo conectarme un momento y un amigo, desde Miami, me escribe algo que le contó su tía, que vive en Maracaibo: un señor se acercó a su portón preguntando si había una funeraria por los alrededores. El señor llevaba dos personas muertas en su carro.

También me cuenta que en la charcutería que montaron en la que fue su casa, el dueño regaló toda la mercancía, antes de que le destruyeran el local, y cerró.

No puedo comentarle nada. No sé qué podría decir.

Los baños de la casa son un reguero de tobos y botellas. Cada quien tiene su método de rendir el agua.

Desde la cocina oigo a una vecinita, de unos cinco años, gritarle al conserje:

— ¡César!, ¡César!, ¿cuándo viene la luz?

— Esta noche, mi amor — le responde él, como le ha venido respondiendo los últimos tres días.

Y esa noche, al cumplir cien horas sin luz, de repente el ventilador se enciende, los vecinos rugen, los microondas titilan, internet se conecta: la luz. Me asomo a la ventana y me doy cuenta de que a mi alrededor muchos edificios y casas siguen a oscuras. Nosotros pronto volveremos a las tinieblas: tenemos luz solo por una hora.

Nos acostamos sin siquiera poder tomar agua fría, un anhelo que se va convirtiendo en una fijación.

La luz regresa a las tres de la mañana. Apenas me molesto en comprobar que las neveras arrancan y les cierro las puertas. Antes de hacerlo, veo la tristeza de su vacuidad y el trozo de carbón en su interior.

Miércoles 13 de marzo

Por primera vez amanecemos con luz, aunque los bajones son constantes. Tenemos suerte: no se nos quema ningún aparato. A una vecina la nevera no le arranca y decide mudarse a casa de su hermana.

Los teléfonos van saliendo de su letargo también. Por fin hablo con mi hermano. Vendrá en cuanto consiga transporte.

Llega agua de la calle. Dura poco, pero al menos nos permite ducharnos con cierta dignidad.

Me toca salir a buscar frutas, vegetales. ¿Será posible conseguir huevos, pollo, carne, queso? Poco a poco veo los videos de los saqueos ocurridos en las últimas horas. No logro sentir nada ya.

Salimos a la calle temprano y en grupo, así uno hace la cola mientras el otro averigua, pensamos. Hay colas. Muchas. Nadie sabe exactamente qué hay dentro de los pocos locales que abren. Todos saben, eso sí, que lo más fácil es pagar con dólares. Las tarjetas pasan con dificultad, pero además poca gente tiene bolívares en sus cuentas y casi nadie tiene efectivo. No tengo dólares. Habrá que insistir con la tarjeta.

Nos sentimos victoriosos. Después de muchas vueltas, conseguimos un pan campesino. Carísimo, pero lo tenemos en nuestras manos. También conseguimos un pollo. Y unas cuatro papas decentes, tres tomates, tres cebollas. Encuentro incluso un yogur solitario.

Por mi zona no ha habido saqueos. Esa es la explicación. Pero conversando en las esperas veo que en las colas ya hay gente que viene de Sabaneta, de la Curva, de la Circunvalación. Zonas lejanas y muy castigadas por los saqueos.

Los de las verduras prometen un camión que llegará mañana de los Andes. Quiero creerles.

En medio de todo, hemos tenido suerte. Pero sabemos que ahora viene lo peor: los anaqueles están vacíos, muchos locales no volverán a abrir, el éxodo será aún mayor. Y en cualquier momento, podemos volver a quedar a oscuras.

Y no será por un evento nuclear. Será por un cataclismo que nos aniquila lentamente desde hace veinte años.

Publicado en CRONICAS

Crónicas del Narco poder Con voz propia

Por: Alberto Jordán Hernández: 
Fuente: Noticiero52
Foto: Alberto Jordán Hernández
A la corrupta revolución se agrega caso de los primos Efraín Antonio Campos Flores y Franqui Francisco Flores de Freites (con misterio) adoptados como sobrinos de pareja presidencial. Dilucidados quedan en documentado libro “Cocaína en Miraflores, crónicas del narco poder en Venezuela”, de la periodista Maibort Petit.
Los Narcosobrinos apresados en Haití, a donde arribaron en jet piloteado por efectivo de las FAN, el cual abordaron en rampa presidencial del Aeropuerto “Simón Bolívar”. La Administración para Control de Drogas (Dea) les acusa de introducir 800 kilos de cocaína a EEUU. Fueron deportados a Nueva York, donde le aplicaron sentencia que delinea “realidad que permanece enquistada en entrañas del poder político de Venezuela…organización criminal con poderosos tentáculos internacionales, amenaza real y actual para seguridad y paz del hemisferio y estabilidad democrática”
Seguido a la detención, el hijo de Cilia Flores, Walter Gavidia Flores –Juez Metropolitano- le pide ayuda “porque los sobrinos están gravemente implicados” (Tal hijo es acusado de usar aviones Pdvsa para transportar drogas).
Activaron a diplomáticos: Cónsul en Nueva York Calixto Ortega y encargado de negocios de Embajada en Washington Maximilian Arveláez. Contrataron bufete de prestigio mundial y de los más costosos: Squire Patton Boggs. Cobró inicial $ 2 millones a Citgo, filial de Pdvsa.
Otro oneroso escritorio asumió la defensa y honorarios los cubrió el chavista Wilmer Ruperti, “porque esto perturba tranquilidad de familia presidencial”. Casual o causal Pdvsa aprobó contrato por $ 138 millones a empresa de Ruperti.
Involucran en traslado y lavado de dólares en EEUU a otro sobrino de CF: Carlos Erick Malpica Flores, tesorero de Pdvsa.
Acusan a Diosdado Cabello y a Tareck El Aissami de la carga de droga, por lo cual investiga EEUU. DC se las arregló para ir a Haití a entrevistarse con Thomas Shannon, consejero del Secretario de Estado, John Kerry.
Con Hugo Chávez al Poder aumentan nexos con FARC y ELN, confirmados en computadora de Raúl Reyes. Hablan del Cartel de los Soles.
El Capitán Leamsy Salazar, escolta por 10 años de HCH, y tras su muerte pasó a serlo de DC a quien acusa de liderar ese Cartel.
Señala a Hugito Chávez de narcotráfico con el ex embajador cubano Germán Sánchez Otero. Nueva evidencia surgió con el Capo Walid Makled.
Campos Flores, de 30 años dijo necesitar $ 20 millones para reelegir a CF en el Parlamento. Se declaró dueño de empresa de táxis en Panamá, de la cual fungía de director Hermes Melquiades Flores, hermano de CF; de vehículos y motos de alto cilindraje; apartamentos en 3 urbanizaciones; de finca en Higuerote. Cuenta 6 guarda espaldas, incluidos guardias nacionales. Dijo haber ganado más de $10 millones en negocio petrolero. Flores de Freites, 31 años, se declaró dueño de empresa Digital en el CCT de Chuao; y vehículos y motos.
El Comisario General Bladimir Flores, hermano de CF y tío de narcos los “lanzó a los tiburones, al contactarlos con Carlos Leva Cabrera, cooperante de Dea para llevar droga a Honduras.
Sorprendió que entre quienes pedían clemencia figurara madre de Flores Campos, Hernes Melquiades Flores dada por muerta, madre también Marco Antonio. Padre de ellos está en Valencia, como chofer de taxi. De relación de ella con otro nació Irvin Molina Flores.
Para Fiscal Prett Bharara esos sobrinos “no eran improvisados en narcotráfico. Juez Paul Crotty los sentenció a 18 años de cárcel (ya pagaron 2) y multas de $ 50 mil y 100 mil a cada uno.
Según Maibort Petit “Terminó una etapa del proceso que tiene muchas aristas y personajes que aún no están bajo custodia”.
MARGEN. Irregular ausencia de esta columna se debe, además de reposo impuesto por crisis humanitaria que padecemos, al igual soportado apagón, que ineficaz régimen atribuye a saboteo. Vergüenza tuvo General ministro Mota Domínguez en mora de dar la cara.Jordanalberto18@yahoo.com.

 

Publicado en CRONICAS

UNA CRÓNICA DESDE CARACAS, A TRES DÍAS DEL APAGÓN DEL FIN DEL MUNDO

Estándar

Si alguien necesitaba una prueba de la indiferencia criminal que rodea al régimen de Nicolás Maduro, una mirada a lo sucedido en estos días debería despejarle toda duda…

apagón
El apagón que se ha extendido por todo el país durante tres días es una muestra del colapso comunista de Venezuela (Sputnik)

Son las 5:38 minutos del domingo 10 de marzo, día del Médico en Venezuela (se celebra el aniversario del natalicio deJosé María Vargas, uno de los mayores símbolos de la civilidad en el país, junto con don Andrés Bello), y hacen exactamente 73 horas, es decir, tres días y una hora, desde que estalló la crisis terminal del sistema eléctrico venezolano con un apagón que en este momento me permite un respiro.

Esta es una crónica escrita en primera persona, lo que obliga a ser preciso para el momento histórico. No he padecido una gran tragedia; tuve luz el sábado entre 5 de la mañana y 11 am, cuando el segundo gran apagón nacional comenzó. Luego he tenido otro par de horas, entre 11 am y 2 pm de este domingo, y a las 5:38 pm, justamente tres días después, ha comenzado a haber luz nuevamente.

A menos de dos cuadras de mi casa, en la policlínica La Arboleda, la planta de emergencia continúa prendida.

A dos cuadras en otra dirección, en el J.M. De Los Ríos, los pequeños, según dice el periodista Dereck Blanco, gritan que tienen hambre desde las ventanas. Los colectivos que están en la puerta del principal hospital de niños de Venezuela amenazan a los niños que están hospitalizados. Así de bajos son los colectivos.

En este momento mi preocupación principal es el agua potable, que se está terminando en mi edificio, sin trazas de volver, y mientras los botellones de agua mineral que bebemos se están consumiendo irremisiblemente.

Pero insisto en que mis preocupaciones, al lado de las de la mayoría de mis compatriotas en este momento, son triviales. Nada comparadas con los 296 muertos que, según NTN, hay en el hospital Universitario de Maracaibo; o la de las personas que necesitan dializarse. O las de Ada Carrillo, de 76 años, que me contaba en la radio cómo está viendo consumirse el oxígeno que necesita para vivir porque padece EPOC, como si fuera una astronauta en el espacio exterior.

Los sufrimientos de Venezuela en esta hora aciaga, terminal, del comunismo, son indescriptibles.

Indiferencia criminal

Ante estos sufrimientos, la respuesta de la cúpula del régimen es tan indiferente que el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, ha afirmado esta misma tarde que “afortunadamente no hay nada que reportar de importancia al país”.

A ese mismo país de Ada Carrillo y de los niños que padecen hambre en el J.M. De Los Ríos, Padrino López le dice que “la paciencia nos dará la victoria porque es la paciencia lo que precisamente ellos quieren fracturar para convertir el país en un caos y llamar a la intervención”.

Es decir, la cúpula que en esta mala hora ha arruinado Venezuela y sencillamente no quiere irse, le está diciendo a Ada, a los niños, a los dializados, y a mí, que temo por la falta de agua, “inmólense por nosotros, mueran por nosotros, tengan paciencia. Algún día seremos un país próspero. Vamos a llegar a ese país como Colón, que pensaba darle la vuelta al mundo para llegar a Cipango, a Japón”.

No hay nada más criminal en un régimen que ve que se le va la luz por completo tres días que la política de este régimen del que hablamos: no ha provisto un camión de comida en un barrio, ni un operativo de agua potable (ahora mismo Padrino lo señala como una de las prioridades), sino que les ha ofrecido lo único que puede ofrecer, lo único que puede ofrecer siempre: Propaganda. Acudir a la hipótesis de que han sido saboteados, que enfrentan enemigos poderosos.

La patria sitiada, pues. Patriotismo, el último refugio de los canallas, que decía George Bernard Shaw. Estos llevan demasiado tiempo arropándose con la bandera.

Lo dicen los mismos que han permitido que se robaran dos veces el valor completo del sistema eléctrico venezolano sin hacer una sola solicitud de captura internacional.

No les van a alcanzar cien años de vida para pagar el daño que han hecho.

Nuestro “comunismo-goulash”

En medio de esta crisis, me han llamado numerosos amigos del exterior, a los que he atendido en la medida en que he tenido luz e internet, es decir, casi nunca, y exclusivamente por Whatsapp, la única telefonía disponible a veces.

A todos les he dicho que esta es la consecuencia final del comunismo, y que aquí, así como Maduro decidió que rompería con nuestras cabezas el muro final al que se enfrentan todos los comunistas (el de la maldad e ineficiencia inherentes al sistema), hace rato que pasamos el período de colapso.

Supongamos, como ejemplo, que la Unión Soviética no hubiese colapsado en 1991, sino en 1993. ¿Cuánto daño adicional hubiera sufrido el pueblo ruso?

Me ha sorprendido la respuesta de todos ellos, en general gente sensata y para nada de izquierda: “Esto es un régimen de hampones, de narcotraficantes, pero no es comunismo”.

A todos les he dado la misma explicación: sí es comunismo.

El comunismo es el marco ideológico totalitario en el que se mueve esta dictadura. Chávez, primero, y Maduro, después, han dado a Cuba todo lo que Cuba necesite, con una sola contraprestación: La de la instalación de una dictadura militar de corte marxista.

Además, hay solamente que observar a Nicolás Maduro. Las únicas veces que le he percibido algún fonde de conocimiento en sus declaraciones es cuando habla sobre marxismo. En el resto de los temas humanos, su ignorancia es crasa y supina, casi delirante.

La injerencia cubana, por supuesto, explica por qué no se quiebran las Fuerzas Armadas. Porque están penetradas hasta la médula, no solo ideológicamente, sino con espionaje. Algo parecido han logrado en los barrios pobres, pero estos ya se le están volteando a la opresión porque son, por su propia naturaleza, ingobernables.

También les he agregado que el comunismo no fue homógeneo: Jamás fue un one-size-fits-all. Donde se ha instalado, ha respetado ciertas costumbres locales.

La muestra más acabada de este tipo de comunismo fue el de Hungría, el llamado “comunismo goulash” que, por ejemplo, permitió que el gran desarrollo agrícola de esa meseta en el centro de Europa siguiera sirviendo para alimentar a todo el continente, mediante el respeto relativo de la propiedad privada en ese particular.

A Hungría, por cierto, le fue bastante mejor que al resto de Europa durante los años de la cortina de hierro.

Bueno, y eso es el comunismo venezolano. Respeta ciertas características locales, y sobre todo, las de su clase dirigente, hoy, practicamente en su totalidad, características del hampa común o del hampa organizada. Se ha mezclado con narcotráfico, con relaciones non sanctas con el medio oriente, con regímenes criminales del Asia Central, y con la inveterada corrupción de la República de Venezuela, esta vez con esteroides.

Eso también explica por qué no se quiebran las fuerzas armadas. Es esa combinación la que ha producido la peor crisis humanitaria de la historia de América, que amenaza con desbordarse y que puede, en pocas semanas, cambiar extraordinariamente la situación de toda la región.

¿Cuánto tiempo más podrá seguirse negando Nicolás Maduro a recibir la ayuda humanitaria sin que los propios EEUU, Brasil y Colombia se lo exijan?

Hay una reunión Trump-Bolsonaro el 19 de marzo, pero faltan 10 días, y los acontecimientos pueden precipitarse.

Esta es la crónica desde el centro de Caracas de Venezuela, tres días después del megaapagón que la ha devuelto al siglo XIX.

Publicado en CRONICAS

Lo que me llevo de las horas más hostiles en San Antonio del Táchira

CRÓNICA

POR Adriana Núñez Rabascall

 

24/02/2019

Nunca había escuchado tantos disparos. Eran ráfagas interminables. Resultaba imposible distinguir si eran bombas lacrimógenas o perdigones. Sólo quedaba correr, y a mí siempre se me ha dado muy bien. Ni siquiera vi sus caras. Sólo escuché las motos y los disparos. Secos. Como los describen quienes quieren demostrar que saben de armas. “¡Llegaron los colectivos!”. No hacía falta que lo advirtieran.

Allí estaba yo, huyendo en una ciudad desconocida, buscando un cruce que diera lugar al escape. Y de repente, ese terreno solo. En ruinas. Con paredes de bloques a medio pintar y a punto de derrumbarse. Otras 15 personas escogieron el mismo lugar. Apretujadas detrás de uno de esos muros. Entre enredaderas espinosas, restos de cerámica y de tejados. Todos en el suelo. Y en la calle, los gritos y los disparos. Una y otra vez. “Vienen para acá. Se van a meter”, lloraba una mujer a mi lado. Yo le rogaba silencio. “¡Cállese, por favor. Cállese, que se van a dar cuenta de que estamos aquí!”. Al otro lado, un hombre de unos 50 años le avisaba a su familia por teléfono lo que pasaba. Pero yo seguía insistiendo en que el silencio sería nuestro único salvador. “¡Coño, cállese. Quédese quieto. Lo van a ver!”. Era la versión de mí con la cabeza más fría que jamás había tenido.

En la pared trasera, desde una casa humilde, un muchacho y una señora me llamaban: “¡Periodista, periodista, véngase para acá! ¡Salte y entre a mi casa!”. Siempre he sido torpe, así que le pedí a otras dos reporteras que me acompañaban que me ayudaran a levantarme para pasar al otro lado. El pantalón se quedaba enganchado en las puntas filosas de esa pared. Tenía los dedos llenos de polvo de cemento y los nudillos mallugados. Pero ya estaba a salvo.

Esa misma señora y el joven buscaron una escalera dentro de la casa para rescatar a las otras personas que rogaban por un refugio. Nos sentamos en el piso. Afuera seguían los disparos. “Son tiros”, decían unos. Otra persona intentaba calmar a una señora nerviosa: “No. Ya no son tiros. Quédate tranquila que esas son lacrimógenas… ¡Ah no, coño! Sí, son tiros de rifle”.  Pero a todos nos agobiaba lo misma pregunta: ¿qué pasa si entran? Preferimos no pensar más en eso y avisarles a nuestros familiares que estábamos bien. Pero la realidad era imposible de evadir. “Quédense quietos y no hablen que la Guardia está en la casa del lado”, dijo una de las mujeres que se arriesgó a asomarse por una ventana a ver qué tan cerca estaba la amenaza.

Encendimos el televisor para ver lo que estaba ocurriendo del otro lado de la frontera. En Táchira, algunas casas tienen televisión por cable colombiano que les permiten ver lo que el chavismo censura en Venezuela. Estábamos rendidos frente al televisor, que estaba sintonizado en Caracol TV. Muchos estaban emocionados con la imagen de Juan Guaidó en un camión trasladando la ayuda humanitaria que comenzó a ofrecer hace un mes.

De repente, todo era silencio afuera, y eso era aún más perturbador. ¿Cómo podíamos salir de una ciudad que conocimos apenas 14 horas antes?  Los corresponsales contratamos a un chofer para que nos llevara a recorrer los tres puentes que unen a Colombia y Venezuela. Iba a esperarnos las horas que fueran necesarias para terminar con nuestro trabajo. Pero cuando la estampida de hombres en moto entró a esa avenida de San Antonio de Táchira, nuestro conductor no tuvo otra opción que huir. Estábamos demasiado lejos como para encontrarlo. Una vez superado el miedo a ese silencio estremecedor, salimos de la casa que durante dos horas nos sirvió de guarida. Mientras caminábamos por San Antonio, encontramos a otro grupo de periodistas que también consiguió resguardo en un hogar. En cada paso, la gente alarmada nos advertía: “¡Periodistas!  Cuidado por ahí. No vayan por allá. Arriba están los colectivos y los están esperando para robarlos. Les van a quitar los bolsos”. Pero había que salir. A pie, tomamos la ruta que los lugareños nos recomendaron. Caminamos hasta que logramos contactar al chofer de mis colegas. Éramos siete personas compartiendo un sedán de los más pequeños del mundo automotriz. Otra vez apretujados, pero vivos. A mis dos compañeras de viaje y a mí no nos pasó nada. Nada en comparación con las historias que comenzamos a escuchar al salir del que me he empeñado en llamar en estos días, el lado comunista del muro. Nuestra historia fue nada frente a la tragedia que vivieron otros, amenazados con pistolas agitadas hacia el cielo. Apuntados al estómago o la cabeza. Robados. Golpeados. Humillados. No. No nos pasó nada. Gracias a esa señora.

De esos miserables, me llevo los segundos en los que pensé que podía morir en un matorral. Llena de esas espinas de la enredadera que quizás también nos protegió. De los tachirenses, me llevo la solidaridad de dar refugio a todos los que creímos encontrar la muerte en primera fila.

Publicado en CRONICAS

DESPACHOS DESDE LA FRONTERA (3): LA AYUDA EN LLAMAS

Estándar

CRÓNICA

POR Raylí Luján

Fotografía de Schneyder Mendoza | AFP

 

24/02/2019

“No necesito la ayuda y tampoco nadie de mi familia, gracias a Dios, pero aquí estoy. Vine por quienes sí la necesitan, por mi país, porque salga adelante”, comentaba un hombre de cabello largo, bigotes y lentes oscuros desde el lugar que eligió para sentarse sobre uno de los cargamentos de ayuda humanitaria y trasladarse con otro grupo de ciudadanos en uno de los camiones que salió desde el puente binacional Tienditas hacia Ureña, el sábado 23 de febrero de 2019.

César Vargas, de 43 años, viajó desde Anzoátegui luego de conversar con su esposa y tomar la decisión de escoltar el ingreso de la ayuda humanitaria. Sus hijos están fuera del país y él sabe que no será tan fácil que regresen pronto, aunque lo desea. Estar ahí era su granito de arena para acelerarlo.

Eran las 11:45 de la mañana en Villa del Rosario, Norte de Santander y el sol era inclemente. Aún así, venezolanos y colombianos que llegaron al único cruce fronterizo entre Venezuela y Colombia que no ha sido inaugurado, se mantenían fuertes y esperanzados para escoltar y hacer llegar las más de 280 mil toneladas en alimentos y medicinas para Venezuela.

“Esta ayuda entra hoy. Tengo la plena confianza”, decía Elizabeth Salazar, paciente con metástasis. Temía que de no pasar, el pueblo de Venezuela sufriría mucho, así como ella lo hizo hasta hace poco por no haber recibido el tratamiento adecuado a tiempo.

Una hora atrás, Juan Guaidó junto a los presidentes Iván Duque (Colombia), Sebastián Piñera (Chile), Mario Abdo Benítez (Paraguay) y el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, declaraban desde el punto de salida de los diez camiones con ayuda humanitaria, que luego serían divididos entre dos pasos colombo-venezolanos.

El Puente Internacional Simón Bolívar era uno de los puntos elegidos para el traslado del cargamento. Desde las 6:30 de la mañana había sido noticia: tres guardias nacionales venezolanos habían derribado las barreras en el paso fronterizo con dos tanquetas oficiales para solicitar apoyo a las autoridades de Migración Colombia tras haber desertado de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, comandada por Vladimir Padrino López.

No fueron los únicos en todo el día. Más de 60 miembros de las fuerzas de seguridad del Estado venezolano cruzaron a Colombia huyendo de Venezuela. La mayoría de ellos eran GNB, otros de la Armada, el Ejército, las FAES y la PNB. Llegaban cansados, casi desmayados, pero con la voz en alto se les escuchaba su disposición de ponerse a orden de Juan Guaidó, en rechazo al último mandato recibido de “masacrar al pueblo”, según refirió uno de ellos.

Del otro lado, otros funcionarios parecían no tener otra opción que seguir las órdenes y reprimir. No eran muchos, y se evidenciaba con la combinación de fuerzas, incluso paramilitares, para disparar perdigones, lacrimógenas y hasta balas contra quien se atreviera a cruzar así fuese una caja de la ayuda humanitaria. Usaban escudos de la PNB pero los uniformes variaban de color en los dos puentes entre Colombia y Venezuela elegidos para transportar las gandolas.

Mientras en el Puente Simón Bolívar se desarrollaba una batalla campal entre PNB, acompañados de colectivos contra manifestantes del lado colombiano, en el cruce Francisco de Paula Santander, en Ureña, agotaban todos los recursos para cruzar. Mujeres policías lloraban al escuchar a los voluntarios que les rogaban dejar pasar la ayuda, la que finalmente cruzó con autorización de varios policías. 40 minutos después, dos de los camiones fueron incendiados en el puente. Los que acompañaban a la ayuda rescataron lo poco que quedaba de las cajas a través de una cadena humana.

Los presentes habían calificado el hecho como una emboscada. También ocurría en el Simón Bolívar. Efectivos que reprimían alzaban las manos en señal de paz, venezolanos y colombianos al otro lado también lo hacían y luego recibían piedras, gases de bombas lacrimógenas y perdigones. Hubo 286 heridos, de los que 255 eran venezolanos y 31 colombianos.

Ante lo que constituía un hecho inédito en la historia del Puente Simón Bolívar, el Ejército colombiano tomaba posición y se desplegada en zonas estratégicas de Cúcuta, como el Templo Histórico. Colombianos en comercios ubicados en principales avenidas seguían la información a través de canales nacionales. “La gonorrea de Maduro tiene que irse. ¿Cómo no insultarlo si está mandando a quemar los camiones”, hablaban entre ellos.

A las 3:00 de la tarde, Maduro rompía relaciones con Colombia, país que no reconoce el nuevo mandato de Maduro. “La paciencia se agotó. No podemos seguir soportando que se presente el territorio de Colombia para una agresión contra Venezuela”, dijo Maduro.

Cayó la noche y la policía colombiana coordinaba el retiro de manifestantes del Puente Simón Bolívar por orden presidencial. Se esperaba el pronunciamiento de Guaidó desde Tienditas.

“No le deben ningún tipo de obediencia a quien quema comida delante de los hambrientos”, dijo Guaidó a la Fuerza Armada venezolana. Aseguró que la presión interna y externa son piezas fundamentales. Anunció que se reuniría con el Grupo de Lima y con el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, el próximo lunes para definir las medidas a aplicar.

Durante el discurso, otra información grave circulaba en redes sociales. El diputado a la Asamblea Nacional, Freddy Superlano, y su equipo habían sufrido una intoxicación por supuesto envenenamiento en la ciudad de Cúcuta. Carlos Salinas, asistente y primo del parlamentario había muerto. Las alertas se disparaban entre la dirigencia política en el departamento colombiano, que además comenzaban a prepararse de cara a los últimos acontecimientos y próximas acciones.