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Hasta sus últimas consecuencias contra la libertad

Hoy, seis naciones latinoamericanas son gobernadas por partidos o movimientos que hace un par de años juraron defender la tiranía chavista, cueste lo que cueste

Maduro. Prensa Miraflores

Presten atención. Con bastante cuidado:

«La batalla por Venezuela es la batalla por el continente y por el mundo. El triunfo de las fuerzas revolucionarias en Venezuela representa el triunfo de todas las fuerzas de izquierda en el mundo entero y, en especial, en América Latina y el Caribe. Siendo la Revolución Bolivariana el blanco de ataque principal del imperialismo y sus lacayos, el movimiento revolucionario y progresista latinoamericano e incluso mundial, no pueden hacer menos que tener como principal prioridad en sus planes de lucha y estrategias, la defensa de la Revolución Bolivariana hasta sus últimas consecuencias».

La cita es sorprendente. Y, antes de explicar de qué se trata, invito a releerla. A desglosarla y digerirla. Es un grito de guerra. Largo y rotundo. Una declaración bélica a favor de la dictadura de Nicolás Maduro. Que parte, por cierto, de que la supervivencia de quienes la alzan pasa por la conservación del chavismo y, a su vez, del Socialismo del siglo XXI.

«Nuestra América en pie de lucha», se titula la Declaración final del XXIII encuentro del Foro de São Paulo, publicada también el 19 de julio de 2017 en el diario oficial del régimen cubano, Granma.

Al terminar el vigésimo tercer encuentro en Nicaragua, en 2017, más de un centenar de organizaciones políticas latinoamericanas, concentradas en el Foro, manifestaron su estricto compromiso con la defensa de la Revolución Bolivariana «hasta sus últimas consecuencias». No hay forma de aligerar el anuncio y, menos, considerando el contexto en el que hoy, a finales de octubre de 2019, se encuentra la región.

Con Chile, Ecuador, Perú y Bolivia convulsionando; con Argentina al borde del precipicio, al igual que Colombia, y México ahora en manos del proyecto socialista, es urgente meditar sobre la capacidad del castrismo de, aún cuando luce derrotado, acomodarse, mostrar los colmillos y volver a morder. Aprieta y no suelta.

De las más de cien organizaciones que en 2017 suscribieron la declaración de guerra, seis, aparte de en Cuba y Venezuela, gobiernan. Es decir: seis naciones latinoamericanas hoy son gobernadas por partidos o movimientos que hace un par de años juraron defender la tiranía chavista, cueste lo que cueste.

En Bolivia el Movimiento al Socialismo amenaza con eternizar a Evo; en México llegó López Obrador de la mano del Partido del Trabajo y el Movimiento Regeneración Nacional; Daniel Ortega gobierna Nicaragua sobre el Frente Sandinista; y en Panamá acaba de triunfar Laurentino Cortizo, representante del Partido Revolucionario Democrático. En República Dominicana está Danilo Medina, militante del Partido de la Liberación Dominicana y en Uruguay, con el Frente Amplio, rige Tabaré Vázquez. Agregue, por último, que es inminente el retorno del kirchnerismo a Buenos Aires, amparado por una coalición integrada por partidos afiliados al Foro.

Quien aún no haya entendido que la región está en guerra, terminará arrollado por el impacto de la realidad. Es un conflicto cuya disputa esencial es la libertad, el gran valor que la mayoría atesoramos y que unos cuantos han declarado objetivo a eliminar.

Al final, Venezuela ha quedado reducida, o ampliada, de hecho, al escenario definitivo en el que se disputa el curso del continente. Y todo aquel que amenace con sumarse a la campaña por neutralizar ese foco que ha logrado esculpir a la región en un teatro de operaciones criminales, verá la furia de esos que en un momento juraron defender al chavismo «hasta sus últimas consecuencias». Y la verán en sus propias casas.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.

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Adriana Moran – NUESTRA DESESPERANZA

Arden ciudades en un país al sur del continente y en Venezuela, unos le gritan a la derecha mientras otros le gritan a la izquierda con igual ímpetu. En el medio de los dos alaridos, hay una población inerme que ya no quiere escucharlos. Un país que conoce de hogueras porque se ha ido cocinando al fuego lento de las promesas incumplidas, de las expectativas grandiosas, de los repetidos fracasos, de la ambición y la sed de poder de algunos, de la torpeza de otros, de la indolencia de todos.

Los dos grupos que dicen actuar en nombre de ese pueblo para gobernarlo acusan con sus destemplados alaridos de un lado al imperio y del otro al Foro de Sao Paulo, y muestran la misma e idéntica desconexión con esa masa sufriente que no encuentra para donde mirar ni a quien explicarle que sus problemas y angustias no se quitan con esos gritos. Que la desesperanza acumulada no se revierte volviendo ese conflicto que es nuestro en un conflicto del mundo entero, que no necesitamos superhéroes, ni superpotencias, ni escenografías de guerra, sino hombres y mujeres comprometidos con la realidad que nos pertenece y nos asfixia y que estamos obligados a cambiar.
Una mirada a las calles de nuestro desolado país, a esos rostros que fueron tan alegres, a ese gris que puja por imponerse a pesar del intenso sol del trópico que todavía resalta lo que fueron colores vivos, muestra los restos que va dejando ese fuego que desde hace tiempo arde con llama constante entre nosotros y que nos cubre con sus cenizas.

Quienes desde la dirigencia política que en nuestro país tiene tiempo mirando más hacia afuera que hacia adentro, oteando horizontes en lugar de volver la mirada hacia lo nuestro, gritan porque el mundo se incendia, extasiados con las llamas en las que quieren leer presagios que justifiquen sus épicas particulares mientras se distancian cada vez más de esa mayoría que tarde o temprano encontrará quien la escuche, quien tenga una estrategia que la involucre y la contenga y que le de forma a sus sensatas aspiraciones. Lejos del fuego.

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10 ejemplos para entender por qué Chile más que un oasis es un espejismo

OPINIÓN · 24 OCTUBRE, 2019 04:05

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Jaiden Martínez

“Ni la derecha, ni la izquierda han sido proactivos”

Todos se preguntarán qué está pasando en Chile. Incluso les debe extrañar cómo un país que tiene una economía tan pujante, -el FMI tiene proyectado un crecimiento alrededor del 2,5% en 2019-, esté inmerso hoy en un clima de inestabilidad social que no se vivía desde tiempos de la dictadura.

Tal vez el presidente Sebastián Piñera seguramente se debe estar preguntando lo mismo.  Hace poco  le declaraba a un canal de televisión abierta que Chile era un verdadero oasis. Quizás las proyecciones que le ofrecían sus ministros en materia de crecimiento le permitían hacer esa comparación.  Mis amigos cercanos que viven en otros países me decían: ¿Por qué hay protestas si en ese país hay tantas oportunidades? 

En los 5 años que llevo viviendo en Santiago de Chile he  comprendido  que el sistema chileno es una especie de embudo. Si no tuviste la suerte de nacer en sectores que el mismo modelo definió como “favorables”, probablemente te toque la parte más angosta.

El país es una especie de espejismo. Durante 30 años nos han vendido un país de gran bonanza económica – que es real- pero que no es transversal en materia de beneficios. El 1% de la población acumula el 25% de la riqueza generada. No busco con esto caer en el discurso progresista y condenar el sistema neoliberal, sino en retratar como este modelo asfixia a una buena parte de la ciudadanía que hoy busca liberarse.

Y sí, ese oasis tiene problemas como cualquier otro país. Quizás en mayor o menor medida, pero los tiene. Costó a la clase política reconocerlos, pero llegó un punto – este que vivimos hoy- donde la realidad finalmente los sobrepasó. ¿Qué lo detonó?

Si bien el aumento del pasaje de metro fue el gran detonante del estallido social, son muchos años que llevan los chilenos tolerando a una clase política que no hay sabido leer su sentir. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo se lo advirtió al gobierno en 2017: “la desigualdad es parte de la historia de Chile y uno de sus principales desafíos a la hora de pensar su futuro”. ¿Qué hicieron? Nada. Ni la derecha, ni la izquierda han sido proactivos en ese sentido. Este gran problema estructural no es solo responsabilidad de un sector político.

En medio de este clima de crispación social, es evidente lo complejo que se vuelve lograr una unidad alrededor de las demandas sociales que la ciudadanía chilena tiene, si los discursos se contraponen o van en vías diferentes. Mientras una parte importante sale a las calles para exigir un sistema más justo y poner fin al lucro, los sectores altos (el famoso 1% y quien toma las decisiones) son simples espectadores de cómo la tensión va escalando.

Esta realidad la podemos extrapolar también al gobierno, políticos e instituciones en general. Cuando tienes a un ministro que en televisión abierta le dice a los chilenos que se levanten más temprano para que no tengan que pagar la tarifa más alta del metro, allí descubres la profunda desconexión y falta de comprensión de lo que vive un chileno promedio en su día a día.

En Venezuela vivimos una época de una profunda polarización: chavistas y opositores. Pero en cada uno de esos polos uno podía encontrar distintas capas sociales. En Chile, sucede lo contrario. El país se divide, y cuesta decirlo y asimilarlo así, entre ricos y pobres.  Los santiaguinos dicen que mientras más cerca de la cordillera vives más plata tienes. Y como te apellides, te conocerán y tu futuro definirá.

Es tan marcado el nivel de clasismo, que la región metropolitana muta en su infraestructura de acuerdo a donde te encuentres. Geográficamente esta ciudad se presta para que los sectores de clase media alta no conozcan el centro de Santiago.

¿Y qué es este sistema? ¿Por qué genera tanto enojo? ¿Por qué construyó una sociedad tan fragmentada? Primero un poco de contexto. Este modelo económico que está bajo cuestionamiento fue instaurado por el dictador Augusto Pinochet.

Pinochet envió a un grupo de economistas liberales a la Universidad de Chicago para que aprendieran ideas económicas de los estadounidenses Milton Friedman y Arnold Harberger, y que pudieran ser implementadas en el país. De allí surge el llamado milagro económico que le ofreció al país durante décadas una estabilidad económica, pero con un costo social muy alto.

Al principio pensé que era resentimiento social, viendo los resultados macros que este modelo generaba en el país, pero luego fui descubriendo en interminables conversaciones con chilenos las razones por las cuales les generaba tanto rechazo.

Les plantearé 10 situaciones para que podamos entenderlas:

  1. La educación es privada. No solo eso, creó una fisionomía segregada y rentista. Para que lo entiendan mejor, la educación reproduce la desigualdad porque, a fin de cuentas, el chileno estudia en la universidad que pueda pagar y no en la que quiere formarse. Por ejemplo, si no eres egresado de la Universidad Católica, probablemente tus aspiraciones de progreso se vean mermadas.
  2. Según la Encuesta Financiera de Hogares del año 2018, un 66% de las familias chilenas se encuentran endeudadas por gastos en materia educacional y 40% de los estudiantes universitarios desertores o egresados se encuentran morosos y cesantes. Después de graduarte, sigues pagando la universidad o el instituto profesional.
  3. De acuerdo a la Encuesta Suplementaria de Ingresos (ESI), el ingreso mensual promedio en Chile es de $760, pero el 70,9% de la población percibe ingresos por igual o menos de ese monto. Es muy probable que la comunidad migrante venezolana esté dentro de ese margen.
  4. Salarios bajos, mayor endeudamiento. Un estudio de Chiledeudas.cl, en base a datos del Banco Central, reveló que el 35% de las personas a nivel nacional adquieren compromisos financieros para cubrir gastos corrientes en productos tan básicos como alimentos, medicamentos y vestuario. El promedio de morosidad per cápita es de $3.500, casi cuatro veces el ingreso promedio disponible de los habitantes que es de $760.
  5. Llegar a la vejez significa ser pobre. Según un estudio divulgado por la Fundación del Sol, 50% de los trabajadores que cotizaron en la AFP (sistema de pensiones) entre 24 y 32 años, y se jubilaron entre 2007 y 2014, obtienen una pensión que no sobrepasa los $200. Cifra muy por debajo del salario mínimo ($418) y que pone en discusión el régimen de retiro en el país.
  6. El sistema de salud chileno está compuesto por modelo de atención mixto. El público se llama Fonasa y el privado ISAPRES. Según la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional (Casen), las personas afiliadas a FONASA alcanzan el 80%, mientras que las que tienen acceso al sistema privado de ISAPRE representan menos del 20%. Si bien el sistema de salud público ha registrado ciertas mejorías, la ausencia de hospitales y especialistas, la atención primaria de salud para prevenir enfermedades y la necesidad de reducir las listas de espera que, durante los últimos años, ha aumentado a casi dos millones de personas, siguen siendo problemáticas severas que no se han atendido con la urgencia que se requiere.
  7. En Chile, el cáncer se sitúa como segunda causa de muerte, por detrás de las enfermedades cardiovasculares. Costear este tipo de patología es muy caro en el país porque el sistema de salud pública registra deficiencias de hasta 130 mil especialistas que puedan atenderla. Un paciente con cáncer en etapa 4 (etapa final) necesitaría $45.000 para 6 meses de receta, lo que sería un equivalente mensual de $7.000.
  8. Cárcel para pobres, clases de ética para poderosos. El caso Penta fue uno de los tantos esquemas de corrupción que se revelaron en este último tiempo. Fue una especie de Odebrecht mediáticamente hablando. La empresa emitió boletas ideológicamente falsas y generó un fraude al fisco por el orden de los 27 millones de dólares. La condena para los implicados (empresarios del estatus quo chileno) fue cuatro años de cárcel, pagar una multa de un millón de dólares cada uno -monto equivalente al 50% del valor de los tributos eludidos- y realizar clases de ética.
  9. Cinco apellidos controlan supermercados, farmacias, empresas de energía, universidades, mineras y tiendas por departamento. El monopolio y la colusión es algo que se ha normalizado y ese grupo es el que decide si se incrementa o no el agua, la luz, el gas, entre otros. Son quienes fijan a fin de cuentas las normas sobre cómo debe operar el mercado.
  10. Una investigación periodística determinó, que el presidente de la República, Sebastián Piñera, entre 1996 y 2004, compraba empresas quebradas para ocultar ganancias y evadir impuestos. Bancard Ltda. fue una de las firmas que el mandatario compró y declaró pérdidas por $60 millones de dólares. Y no fue la única, por cierto.

Estas son unas de las tantas razones por las cuales los chilenos están hoy en las calles. Este sistema lo que ha provocado es mayores beneficios para los grupos económicos y menos para las clases bajas.

Como extranjero en esta tierra lo único que aspiro es que haya unidad en el discurso y conducción política. Es urgente que se abran espacios de diálogos que permitan discutir cómo construir sociedad más equitativa; un nuevo pacto social que sea transversal.

Los chilenos no están pidiendo que les regalen todo, sino que se les permita mejorar sus estándares de vida. Todos desean que el país siga creciendo, pero que ese crecimiento no deje atrás a los más vulnerables.  Ellos sí desearían vivir en un oasis mucho más justo y donde puedan disfrutar plácidamente el sol.

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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Faltan cuatro días

El 28 de octubre Pdvsa debe pagar 913 millones de dólares a los tenedores de bonos 2020. No hay señales de que la estatal tenga el dinero para honrar ese compromiso. Tampoco que la oficina del presidente interino, Juan Guaidó, pueda cumplir con esta obligación, como lo hizo en mayo con los 71 millones de intereses.

La oposición estudiaba pedir una prórroga a los bonistas con el objetivo de salvar la propiedad de 50,1% de las acciones de la refinadora Citgo, que consta en los papeles como garantía en caso de default. Nada se sabe del resultado de estas negociaciones o de si las hubo realmente.

Las horas van pasando y los venezolanos no saben si la presidencia interina está en capacidad de proteger el único activo que tiene.

Desde que Petróleos de Venezuela compró la refinadora Citgo en Estados Unidos, la empresa ha servido para penetrar uno de los mayores mercados de combustibles. El gobierno de Donald Trump ha tratado de respaldar a Guaidó, y el sistema de justicia estadounidense hizo posible que el presidente encargado maneje legalmente este activo.

Ya el experto petrolero venezolano Francisco Monaldi ha advertido que de perderse Citgo en manos de los bonistas, perderá Guaidó y ganará el régimen. Por eso sugirió que los bonos Pdvsa 2020 se incluyan en la Licencia General Número 5 que establece sanciones a los negocios que se hagan con la petrolera estatal venezolana.

La importancia de la refinadora es tal que muchos afirman que podría ayudar a un nuevo gobierno a salir del atolladero económico en el que se encuentra Venezuela. Por eso incluso en alguna oficina del Departamento del Tesoro se sigue conversando sobre una posible salida que pueda evitar que dentro de cuatro días Citgo sea ejecutada.

La injusticia es obvia. Los que inventaron los bonos lo hicieron sin el menor escrúpulo. Pusieron uno de los activos más importantes del país como garantía y con ello demostraron que poco les importa el futuro de Venezuela.

No fueron pocos los que advirtieron del peligro, pero, como siempre, el régimen no tiene oídos para los intereses de los venezolanos.

Ahora toca recoger los platos rotos. Y los venezolanos esperan que en este momento, cuando la hora llega, el respaldo internacional que ha recibido la presidencia interina de Juan Guaidó se materialice.

No es una petición que se hace desde el interés de unos cuantos, sino de un país entero que lucha por resurgir de las cenizas y que va a necesitar para ello todos los activos posibles.

Los venezolanos de bien han sido capaces de grandes empresas, y la reconstrucción del país es la más grande de todas. Necesitamos toda la ayuda posible.

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Una buena mano para salir de la crisis

OPINIÓN · 24 OCTUBRE, 2019 05:07

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Fernando Pereira | @cecodap | @fernanpereirav

Franklin estudia en el liceo que queda en la avenida intercomunal. Tiene la suerte de que se puede ir a pie y no depende del transporte que en estos tiempos se ha convertido en un lujo. A Carmen su mamá le tranquiliza ver que salga para el liceo. Tuvo que hacer un gran sacrificio para comprarle el uniforme; pero hace todo lo posible para que no se quede en la calle y sea alguien de bien.

La sorpresa fue mayúscula el viernes que se encontró en la parada con Marina, la orientadora del liceo, quien le reclamó no haber asistido a pesar de las varias citaciones que le enviaron. Carmen, se quedó en el sitio y le dijo que no sabía de qué le estaba hablando. “Entonces Franklin no te entregó las notificaciones. Claro, es que tiene siete materias raspadas. Nunca entra a clases. Se la pasa jugando cartas con un grupo de estudiantes en el patio trasero del liceo y a veces con estudiantes y muchachos de la comunidad en las afueras del plantel”

Durante los dos últimos años escolares hemos venido recibiendo alertas por parte de docentes y orientadores sobre el fenómeno del juego de cartas en centros educativos; en otros contextos puede presentarse el fenómeno de apuestas on line.

Cuando pensamos en adicciones lo primero que nos viene a la cabeza son las que se producen con sustancias (drogas, cigarrillos, alcohol); pero no las que se pueden producir sin una sustancia  (al juego, video juegos, pornografía…).

Las primeras son las más conocidas pues sus efectos han sido devastadores, basta contar solo el alcohol y cigarrillo (dos drogas lícitas que han causado millones de muertes en el mundo. Las segundas, sin sustancia, han sido menos investigadas y atendidas; pero en la última década ha aumentado el interés por entender y trabajar con las mismas.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la adicción es una enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación. Es progresiva y fatal, caracterizada por episodios continuos de descontrol, distorsiones del pensamiento y negación ante la enfermedad.

Las adicciones sin sustancias son más aceptadas: “Yo prefiero que mi hijo juegue y no que sea un drogadicto” “Es mejor que se la pase frente a una computadora y no bebiendo licor”

La crisis social y económica golpea a toda la población; pero a los adolescentes les asfixia la sensación de no tener presente, menos futuro. La idea de obtener salida por una vía rápida se convierte en alternativa. Una generación que nace entre ajiley, lotería de animalitos, vende pagas… Los juegos de envite y azar se vuelven una tentación; más en una cultura donde los adultos nos podemos sentir identificados: “No te niego que a mí me gusta apostar, es mi dinero y no se lo robo a nadie” “Un casino para mi es como el paraíso en la tierra” “Estar en la vende-paga me quita el estrés”

Es más complicado decirle al hijo adolescente que no apueste si para mi es una actividad habitual.

El hecho es que cualquier actividad que le genere a nuestro hijo dependencia, que afecte su vida social, que entorpezca sus relaciones y compromisos, afecte su sueño, salud, requiere toda nuestra atención. El juego deja de ser una actividad recreativa para convertirse en una ludopatía.

¿Qué podemos hacer con estas adicciones?

Como factores de protección podemos destacar:

  • Familiares y adultos que sean referentes de salud para los hijos (salud emocional, física, social…).
  • Un estilo educativo y de comunicación justo y directo.
  • Establecer normas y límites. (Proceso de negociación en la adolescencia).

A nuestros muchachos les está tocando muy difícil. Debemos acompañarlos para que encuentren razones por las que valga la pena vivir y esforzarse. Hay que dejar claro que las personas que se drogan o que repiten conductas potencialmente adictivas, consumen, o actúan, buscando un placer o para evitar un dolor. Si como adultos no escuchamos con respeto y atención esos motivos, ellos no estarán dispuestos a escuchar las buenas razones que tenemos para que eviten los peligros de determinadas conductas.

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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La Insurrección Popular Puede Hacerse Sin Armas!

Se le murió el muchacho en la barriga
Por: Jesús Antonio Petit Da Costa
Fuente: Frente Libertario
Petit Da Costa
Hace nueve meses Juan Guaidó asumió como Encargado de la Presidencia de la República con este encargo: 1) Cese de la usurpación; 2) Gobierno de transición; y 3) Elecciones libres. Transcurridos nueve meses podemos decir, por ser coincidente biológicamente con la maternidad, que “se le murió el muchacho en la barriga.”
Lo demuestra que Maduro sigue allí, a pesar de que existen todas las condiciones objetivas y subjetivas en su contra. Las primeras se resumen en colapso de la economía y crisis humanitaria. Las segundas en un hecho evidente: Maduro no tiene pueblo. Lo repudian, por lo menos, 8 de cada 10 venezolanos, por cuyo motivo ha tenido que convertirse en tirano sostenido por bandas de delincuentes uniformados y enmascarados.
En esta situación debió haber caído en estos nueve meses. La única explicación de no haya sucedido así es que, si bien no tiene pueblo, tampoco tiene oposición en contra. Guaidó no ha cumplido este rol, no obstante de que las circunstancias le favorecían. No entendió que existe oposición a una tiranía cuando hay un movimiento insurreccional político-social con el objetivo de derrocarla. Su inexistencia es causa fundamental de que Maduro, sin pueblo y en medio de una pavorosa situación que ha degenerado en crisis humanitaria, se mantenga en el poder.
Una insurrección popular puede hacerse sin armas. Hay varios ejemplos en el mundo. Valga entre nosotros el ejemplo de 1958 cuando, sin haber desastre económico, la tiranía fue vencida por la insurrección popular, dirigido el pueblo como un ejército civil. Sucedió así porque hubo líderes que tuvieron claro que contra una tiranía sólo cabe la insurrección, la cual debe organizarse adaptada a las circunstancias.
A Guaidó se le “murió el muchacho en la barriga” por atarse a los desacreditados partidos políticos colaboracionistas, a pesar de que desde un principio ellos se negaron a juramentarlo como Presidente Encargado. No asumió el liderazgo de la sociedad civil, la única que ha hecho oposición de verdad. Y la cual se ve ahora en la necesidad de engendrar en su seno (con seguridad lo hará) el movimiento insurrecional que llene el vacío que nos deja la ilusión perdida, el muchacho que se le murió a Guaidó en la barriga.

posted by frentelibertario 

 

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Chile: por la razón o por la fuerza

 

El Foro de São Paulo tiene las intenciones y los recursos para dejar de un lado los canales democráticos que lo llevó al poder y abocarse a la desestabilización

Protestas en Chile. (Foto: Flickr)

Así reza el lema patrio de Chile. Aleccionador por demás, debe ser considerado himno de la defensa de cada patria. Frente a la avanzada del perverso y criminal Foro de São Paulo, esta vez ya no electoral, sino a través de la desestabilización social —al mejor estilo ordo ab chao— los países hispánicos hoy deben encarar sin tapujos, sin vergüenzas adjudicadas por la propaganda enemiga, la amenaza de perder sus soberanías.

Las naciones jamás se han fundado —mucho menos, defendido— por la transigencia de sus nacionales, sino por su sudor, su sangre y su amor. Es decir: por el parto que es la experiencia común de los ciudadanos en el decurso de su historia por la preservación. La razón habilita la comprensión de lo que nuestros predecesores han hecho para nosotros poder estar aquí, y la fuerza es lo que usamos para seguir aquí cuando ciertos peligros buscan borrarnos de la vida.

De aquí podemos entender que el patriotismo es mostrar que el resultado de los procesos históricos y culturales pre-políticos que han asegurado la protección de nuestras familias, nuestras tradiciones y nuestra fe es, en realidad, un lugar. Nuestro lugar.

La oikophobia, que mencioné en la columna anterior, es un término acuñado por el filósofo británico conservador Sir Roger Scruton, que describe el odio o repulsión hacia los connacionales, prefiriendo a los extranjeros por encima de los hermanos de patria. Este odio puede no solo manifestarse en la repulsión al patriotismo —o a cualquier manifestación de este—, sino además en la conspiración contra la nación propia o la nación de otros, pisoteando los intereses nacionales de otros.

Lo que ocurrió en Brasil con la Amazonía, las protestas comandadas por Correa en Ecuador, lo que está ocurriendo en Chile, lo que está ocurriendo en España, todas conforman el flagelo globalista en naciones donde la indefensión y el apaciguamiento han sido utilizados como herramienta social para el control por parte de sus propios traidores como Pedro Sánchez o Lula —y por la omisión de otros débiles como Lenín—.

El Foro de São Paulo tiene todas las intenciones, todos los recursos y toda la capacidad para dejar de un lado los canales democráticos que lo llevó al poder —y los sacó de él— y abocarse a una estrategia de propagación de grupos entrenados en acciones de desestabilización, terrorismo e infiltración en fuerzas de seguridad a.k.a Black Bloc (como se ha visto en Cataluña con los Mossos), ayudados grandemente por la pasividad protagonista o la ineficacia de las fuerzas del orden —provocada por los líderes políticos—.

He ahí la desventaja que desuella a la centro-derecha hispana, que ha abanderado el temor a ser implacable contra los terroristas de la izquierda, un depredador que no duerme y a quien no le tiembla el pulso para acabar con el orden y la ley. Ese absurdo temor revela la inmadurez anquilosada y el infantilismo patológico con la cual ceden a la estrategia de la izquierda, de instrumentalizar el pasado para estigmatizar a su enemigo, poniéndole una camisa de fuerza moral que, en realidad, no existe.

Coyunturas especialísimas como la de Pinochet o la de Franco, enemigos a muerte de la izquierda, son suficiente en términos propagandísticos para ser usadas por esta y proyectar todos sus horrores en la derecha. Más ilógico que aquello, es el miedo de la «derechita cobarde», cada vez más centristas, de usar cien años de esclavitud, torturas, genocidios y encarcelamientos masivos para combatir y habilitar sus propias acciones frente a la afinadísima precisión del enemigo, instrumento que habilita y expande su campo de acción y legitimación.

En estos momentos los únicos que realmente están dedicados a mitigar y neutralizar los intentos del enemigo son José Antonio Kast en Chile y Santiago Abascal por Vox en España. Sin embargo, es momento de llevar los esfuerzos a otro nivel y elevar el juego simbólica y políticamente.

Vox ha iniciado una gira por España, llenando sus rallies maravillosamente; en su noreste están por llegar grupos Black Bloc provenientes de diferentes partes de Europa. El resultado de esa gira que Abascal, Ortega Smith, Espinosa y Monasterio están llevando a cabo debe ser la convocatoria de una marea de españoles a Barcelona, a ayudar a los cuerpos de seguridad y orden público abandonados por sus —inoportunos e impresentables— jefes rojos sentados en la Moncloa, y a defender la realidad: que Cataluña es España. Más que de las fuerzas del orden, principalmente de los españoles depende que Cataluña siga siendo parte del país, y esto puede asegurar el éxito de una política arriesgada, pero vital.

Si las fuerzas del orden no pueden defender a España, son sus hijos los que deben hacerlo, como los viejos Tercios.

En el caso de Chile, Piñera finalmente tomó la postura correcta, pero Kast puede perfectamente seguir la estrategia propuesta por Eduardo Bittar, coordinador General de Rumbo Libertad: ayudarse con venezolanos y crear redes de activismo político, sabiendo que existe un know-how de veinte años por nuestro lado, con el fin de enfrentar a la izquierda y neutralizar las acciones terroristas, sea por detección de focos antisociales o frustración de vandalismos, a nivel político y comunicacional.

Lo filosófico es lo único que puede dar sentidos a la política, lo que da la capacidad a las personas y a los gobiernos de entenderse y evaluarse, pero es la política el resultado de esa evaluación, puesta en acción. La derecha dura puede estarse definiendo con éxito en el soberanismo, en el anti-comunismo, en el patriotismo, en el apoyo telúrico de la geopolítica; por ejemplo. Pero es vital la creación y consolidación de una militancia formada y consciente que se encargue de conducir a los ciudadanos a los rumbos en los cuales encontrarán la salvación de nuestros países y las sanación de los errores históricos.

Es momento de ponerse los pantalones y enfrentar al enemigo. El patriotismo no puede ser un discurso baladí sino el fervor que mueve a los connacionales a defender el país en momentos donde aquellos que quieren desmembrarlo están, de hecho, haciéndolo. De no hacerlo, no solo estaremos condenados a las peores consecuencias por haber sido autores de los peores actos u omisiones, sino que nuestros hijos también acarrearán los mismos males.

Por la razón se ha intentado lidiar con criminales, sin éxito. Por la fuerza, entonces, se salvarán las naciones.

Cuando comenzamos el PanAm Post para tratar de llevar la verdad sobre América Latina al resto del mundo, sabíamos que sería un gran desafío. Pero fuimos recompensados por la increíble cantidad de apoyo y comentarios de los lectores que nos hicieron crecer y mejorar.