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Miguel Henrique Otero: Táchira, la tragedia del estado fronterizo

 

El estado Táchira debe ser, ahora mismo, una de las zonas fronterizas más peligrosas del mundo. El que una sección de su territorio colinde con una parte de la franja oeste de Colombia, lejos de constituir la ventaja histórica, es un peligro de inocultables magnitudes.

Hay que recordar que, por décadas, los municipios fronterizos venezolanos mantuvieron prácticas de intercambio comercial, turístico, académico y familiar, benéfico para los dos países. Hubo un tiempo en el que los visitantes venezolanos constituían un importante estímulo para hoteles, restaurantes y comercios al otro lado de la frontera. Miles de familias colombianas encontraron en nuestro territorio un lugar para vivir y trabajar. A pesar de los problemas y dificultades que son característicos de las regiones limítrofes, entre Táchira y el Norte de Santander se construyó una cultura viva y poderosa, flexible y tolerante, porque la frontera no perdió nunca su condición porosa para los habitantes de aquí y de allá, incluso cuando las cancillerías, alentadas por fervores nacionalistas, establecieron controles que impedían la libre circulación en ambos sentidos.

En los últimos veinte años, esa compleja realidad, la de una frontera de constantes intercambios, ha sido totalmente destruida. Las múltiples ventajas que ofrecía a los tachirenses han sido arrasadas por Chávez y Maduro. Y lo han sido porque su territorio, sus bienes y sus habitantes han sido entregados a la voracidad destructiva de las bandas armadas que son constitutivas de su poder.

Chávez asumió el poder el 2 de febrero de 1999. Apenas seis meses después, el entonces presidente de Colombia, Andrés Pastrana, denunció que la alianza entre Fidel Castro, Hugo Chávez y las FARC de Manuel Marulanda había quedado sellada, y que esta se constituiría en un peligro para la estabilidad del continente. Es altamente probable que en el viaje que Chávez hizo a La Habana antes de asumir el mandato que le entregó Rafael Caldera, los días 16 y 17 de enero de 1999, quedaran establecidas las bases del pacto con la FARC, que muy pronto se pondría en movimiento. Ese viaje de Chávez marcó el inicio de la tragedia que hoy asola el Táchira.

A partir de ese pacto, de forma paulatina –en un comienzo, bajo modalidades muy discretas– Táchira se convirtió en un enclave de seguridad para los narcoguerrilleros. Se les permitió adquirir fincas y viviendas. Se crearon centros médicos que pudiesen atender sus necesidades de salud. Se obligó a empresarios del sector hotelero a reservar partes de sus instalaciones a los delincuentes amigos del gobierno. En las hemerotecas pueden encontrarse las denuncias que hizo Sergio Omar Calderón, gobernador del Táchira en ese momento, sobre la presencia de los delincuentes en la región.

Mientras que en 1999 se produjeron 44 secuestros en el país, una década más tarde, en 2019, la cifra se había disparado a 16.917 casos. Un aumento superior a 38.000%. Lo aclaro de una vez: ambos datos provienen del oficial Instituto Nacional de Estadísticas. Casi la mitad de estos secuestros se ejecutó en las regiones fronterizas del Zulia y Táchira, donde las FARC y el ELN ya circulaban con total impunidad.

De forma simultánea, otro fenómeno, ahora ampliamente documentado por organismos de inteligencia de Colombia, Brasil y Estados Unidos, tomaba cuerpo: la creación y diseminación de grupos paramilitares –que todavía algunos llaman “colectivos”–, cuyas armas provienen, casi a partes iguales, de Cavim y de los arsenales de las FARC y del ELN. De hecho, hay armas con las que se han atacado y asesinado a jóvenes que protestaban cuya huella balística ya había sido registrada en crímenes cometidos por las FARC en ataques al Ejército de Colombia. La que era una frontera de intercambios civiles ha sido pervertida en un corredor para el tráfico de armas.

En efecto: tráfico de armas, drogas, combustibles, productos de la petroquímica, cajas del CLAP, vehículos y equipos informáticos robados, oro, diamantes, coltán, reses, carnes refrigeradas, medicamentos y más. La frontera es ahora un terreno bajo el mandato de paramilitares, narcoguerrilleros, grupos de militares dedicados al tráfico de drogas, policías dedicados al secuestro y al sicariato, militares rusos, chinos y más.

El poder no solo les ha concedido licencia para operar a su libre albedrío, lo cual les autoriza a delinquir, sino que, además, les ha designado un coordinador, de modo de evitar conflictos entre los distintos grupos y de ponerlos a todos bajo una dirección, que se encargará de movilizarlos cuando el poder lo ordene. La opinión pública no ha tomado el pulso de lo que significó el nombramiento de Freddy Bernal como “protector del Táchira”, el 31 de diciembre de 2018. La designación, que tiene los ribetes de una payasada, no lo es en absoluto.

Bernal es el jefe absoluto de las operaciones paramilitares y militares en toda la región fronteriza. Unidades militares, FAES, policías, Dgcim, Sebin, FARC, ELN y de los grupos que operan en la zona. A todos estos cuerpos vienen a sumarse ahora los milicianos, a quienes están entrenando en el manejo de todo tipo de armas, incluidas baterías de misiles instaladas por Rusia.

Ninguna de las dos imágenes es gratuita: Táchira es un polvorín y una bomba de tiempo. En su territorio, especialmente en tres de sus municipios fronterizos, están concentrados grupos de violentos al margen de la ley –sicarios, secuestradores, asaltantes, líderes de grupos de invasores–, militares desaforados y ambiciosos, milicianos intoxicados de discursos nacionalistas, funcionarios extranjeros –perros de la guerra– instalando armas y buscando la ocasión para hacer uso de ellas y lograr nuevos contratos.

Se están apropiando de fincas, expulsando a sus propietarios, creando las condiciones para instalar un enorme enclave para uso de narcoguerrilleros, paramilitares, militares y funcionarios corruptos. Está en curso un ataque a las autoridades civiles del estado, que incluye a la gobernadora escogida con los votos de los ciudadanos, de manera que entre el TSJ ilegal e ilegítimo y la ilegal e ilegítima ANC designen un nuevo gobernador, de modo de tomar el control total de la región.

Todo esto hace pensar en las oscuras energías que se están concentrando en la zona. Son muchas las vidas que podrían estar en peligro. En cualquier momento podría ocurrir una tragedia. Los venezolanos tenemos una responsabilidad: hay que defender al estado Táchira.

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Los hijos de Puutin

Política

Brian Fincheltub
Escrito por Brian Fincheltub

Cada país elige los aliados que mejor le conviene. Ese fue el caso nuestro, en sus relaciones con el mundo Venezuela tuvo una vez aliados naturales y aliados estratégicos. Nuestros aliados naturales eran tradicionalmente los países de la región, particularmente Colombia y demás Estados andinos, pueblos que no solo compartían con nosotros una historia común, sino también el valor del respeto a la democracia. Pero igualmente tuvimos lo que conocíamos con el nombre de aliados estratégicos, naciones con las cuales teníamos una visión de desarrollo compartida y cuyas alianzas representaban para nuestro país la puerta de entrada a la escena internacional. En esta lista figuraban nuestros principales socios comerciales, uno de los más importantes: los Estados Unidos.

Si el pasado resultaba prometedor, el presente no es otra cosa que preocupante. En la actualidad nuestros “aliados” han mermado y mucho. Pero no solo eso, han cambiado radicalmente. Para la dictadura sus aliados naturales son Cuba y Corea del Norte, mientras que entre los aliados “estratégicos” figuran nombres como Rusia, China e Irán. Países con los cuales lo único que compartimos es el absoluto desprecio a los principios democráticos y los Derechos Humanos. Porque ni en lo económico coincidimos, los rusos comprendieron los males de intervencionismo estatal durante la época soviética y los chinos le hicieron falta millones de muertes por hambruna para darse cuenta que el socialismo no funcionaba y que para convertirse en potencia tenían que dar un salto al capitalismo, por cierto, uno de los más deshumanizados del mundo.

Es por ello que, aunque para el régimen Rusia y China sean los únicos “amigos” de la cuadra, tanto el Kremlin como los chinos ven a Maduro como un lastre con el cual cargan solo para incomodar a los americanos. La prueba más fehaciente es que en la reciente visita del dictador a Moscú salió regañado. Le dijeron prácticamente que dejara el pataleo y volviera al mecanismo de Oslo con la asamblea nacional, poder que los rusos dejaron claro que reconocen como institución legítima en Venezuela.

Mientras el dictador no daba pie con bola en Rusia, la suerte de Diosdado en Corea del Norte no era muy diferente. En su viaje de turismo por la península coreana lo único que logró fue reuniones con segundones y una declaración de Kim Jong-un elogiando al presidente Donald Trump, que seguramente Diosdado la vio por televisión. Que esto traspase los límites de lo absurdo y lo ridículo no deja de ser peligroso para los venezolanos. Estamos hablando que esta gente ha asumido como modelo regímenes totalitarios que lo único que han hecho durante décadas es sumir a sus pueblos a la opresión y a la ruina. Por eso no nos queda otra alternativa que detenerlos y hay que hacerlo antes que sea tarde.

Brian Fincheltub  –  @BrianFincheltub

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La política venezolana en dos décadas del siglo XXI, como piratería

 

por: Jorge Ramos Guerra.

‘Intentar la fortuna en las aventuras” Es una clásica definición de la piratería, practicada desde el primer momento en que el hombre surco los mares haciéndose del esfuerzo de otros su bienestar. Por supuesto, surgirían los contrarios que por siglos han batallado por el ejercicio del poder en el marco de principios.

Francisco de Paula Santander es la antítesis de Bolívar en la Gran Colombia, como en la democracia venezolana Rómulo Betancourt y el  militarismo chavista, corrupto y narcotraficante con el agregado, de civiles, para quienes la política es la manera de acceder al poder por medios ilícitos, contándose con los dedos de las manos aquellos ciudadanos, como Cecilio Acosta, que al decir de José Martí cuando muriera “Alzó el vuelo y tenía las alas limpias”.

Pues bien, de generaciones honestas se formó buena parte de lo que se conoce hoy como dirigentes políticos, solo que, muertos aquellos, enriquecerse ilícitamente, mientras se repartan sus ganancias con el pueblo, les convierte en “servidores públicos”. De allí, que el discurso contra la corrupción no da dividendos.

Luis Piñerúa Ordaz, candidato presidencial de Acción Democrática perdió las elecciones, por atacar la corrupción, le iba a echar a perder los negocios a los compañeritos de partido. Blindada pues la corrupción por el Estado y su sistema judicial, corromper y corromperse une al liderazgo nacional, para lo cual, ser analfabeta, tener doctorados o hablar varios idiomas no nos desiguala, sino en cuanto a las cuentas bancarias en paraísos fiscales, porque ya no se confía en los testaferros,   que fortalece al régimen que tenemos.

Acaso ¿cree usted, que un surtidor de gasolina va a dejar de apoyar a Maduro, con los irregulares ingresos que recibe? Vistas a si las cosas, en estas dos décadas del siglo XXI, la política es una aventura de antigua piratería, con sus satisfacciones y riesgos, que no lo son de un todo. No es lo mismo, estar protegido por la justicia chavista, que perseguido por la internacional, sentirse chantajeado por el chavismo y jugar a la oposición, tener bienes y dólares en el imperio y no poder entrar, e allí el detalle como dijera Cantinflas y la respuesta ¿al porque, Tirios y Troyanos quieren negociar a espaldas del pueblo, con el argumento de la antipolítica?

Justo, cuando escribimos este Picapedrero, se nos recomiendan leer, trece ensayos recogidos bajo el título de “El mal y la política” como línea de investigación para el debate, de la Universidad de los Andes, que leeremos con la convicción, de que nuestra política es una tragedia y farsa a la vez, y no como género literario, griego o shaspereano, sino muy venezolano, porque un hermano de mi padre, administrador de una aduana, le evadía del pago de impuestos a un cuñado de su tía, que le pagaba el güisqui en la taberna que atendía su primo, casado con el ahijado del abuelo de la esposa de un sobrino, que tenía amores con un general, yerno de un diputado adeco, compadre del biznieto de un fundador de Copei, que fue bautizado por el obispo que almorzaba con Blanca en Miraflores, la vieja casona, que la mujer de Joaquín Crespo negocio con Guzmán Blanco, por unas comisiones que con los años, el chapo mexicano, por afinidad de apellidos, cambiaría por coca, a través de Evo y  Marulanda por los soles habidos y por haber, como descendientes todos,  de Walter Raleigh y Lope de Aguirre, preñando mujeres en sus andanzas de piratería,  por lo cual… calladitos nos vemos mejor.. ¿O parece mentira?

Jorge Ramos Guerra

ardive@gmail.com

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Venezuela, víctima de la izquierda europea

El pasado 23 pudimos celebrar el activismo de la comunidad internacional alrededor de la grave cuestión venezolana que nos mantiene como presas, sin aparente solución.

Ello se logra por obra de una filigrana a manos de tres artesanos de experiencia, emisarios del encargado presidencial Juan Guaidó: su canciller, Julio Borges, y sus embajadores ante la OEA y Washington, Gustavo Tarre Briceño y Carlos Vecchio.

El caso es que el activismo señalado, que ha lugar en el marco de las Naciones Unidas, concita la reacción de los europeos, un verdadero monumento al cinismo.

A la par de los enviados de Guaidó, Colombia, Brasil y Estados Unidos, alcanzan a consensuar una narrativa apropiada a las circunstancias –muy realista– y que, al término, focaliza como germen destructivo de Venezuela a la Cuba de Castro y Díaz-Canel.

Los europeos, entre tanto, se ocupan de diluir o matizar los medios de solución propios a la misma, con otra narrativa, más que ideal, relativista, engañosa, supuestamente racional, hija de lo posible.

Veamos una y otra.

Los países americanos miembros del TIAR declaran lo siguiente:

“El territorio venezolano se ha convertido en refugio, con la complacencia del régimen ilegítimo, de organizaciones terroristas y grupos armados ilegales, como el Ejército de Liberación Nacional, Grupos Armados Organizados Residuales y otros que amenazan la seguridad continental, … [y] el conjunto de esas actividades criminales, asociado a la crisis humanitaria generada por el deterioro de la situación política, económica y social…, representa una amenaza para el mantenimiento de la paz y la seguridad del continente”.

Los países miembros del Grupo Internacional de Contacto –previo anunciar haber rebanado a su favor a Panamá, para poner en duda la unidad americana– repiten la visual que arrastran, por cierto, desde el año 2003. Entonces se empeñan en impedir el referéndum revocatorio del mandato de Hugo Chávez, que al término lo impone la OEA a pesar de Jimmy Carter. El asunto, como se ve, no es reciente ni casual. No es solo José Luis Rodríguez Zapatero quien se empeña en desmontar el revocatorio constitucional de Nicolás Maduro, y lo logra.

El texto europeo reza así:

“Una transición negociada que conduzca a elecciones presidenciales creíbles, transparentes y supervisadas internacionalmente, la reinstitución de los poderes públicos y un paquete de garantías que permitan la convivencia política son elementos esenciales para superar la crisis, lograr la reconciliación nacional y la recuperación económica. Las rutas alternativas solo pueden conducir a una mayor polarización, un mayor deterioro de la situación humanitaria y un aumento de las tensiones regionales con graves riesgos de error de cálculo”.

La lectura de  ambas declaraciones hace innecesaria la exégesis.

Se trata de dos mundos. De allí que, sibilinamente, la última intente justificarse por quienes adhieren a la misma, arguyendo lo inaceptable e incivilizado del uso de la fuerza que se esconde tras el mecanismo del TIAR. Pero la verdad es otra.

La tesis de los americanos no transita por los predios de la beligerancia clásica –pasada de moda, inútil en siglo XXI–  y le ha abierto puertas, eso sí, a las sanciones multilaterales contra los miembros de la asociación criminal transnacional que secuestra a Venezuela; que provoca la diáspora para facilitarse sus tareas criminales complejas; para canibalizar como lo hacen el territorio venezolano, succionándole sus riquezas anárquicamente y haciéndolo patio libre para el narcotráfico, el terrorismo, y la exportación regional de la violencia.

¿Qué acaso las negociaciones es lo pertinente, dicen los europeos?, es una verdad palmaria.

Mas una cosa es una negociación entre fuerzas del orden y unos secuestradores o plagiarios, y otra distinta la que ha lugar entre políticos y cosmovisiones que tensionan el ambiente, todavía más ahora bajo el relativismo moral y el progresismo que impone la realidad transicional de la globalización.

De modo que, al leer el texto europeo no pude menos que volver mi mirada al pasado, a la columna que escribo un 6 de enero de 2003 para el diario El Universal de Caracas, sobre “La miopía de la izquierda europea”. Y esta vez pienso en Antonio Guterres, secretario de la ONU, en la canciller Mogherini y en el canciller Borrell, y en la misma Bachelet, todos a uno, casualmente, miembros de la Internacional Socialista.

Algunos párrafos de aquella columna me bastan para contextualizar el reduccionismo de los europeos y para darle sentido al título de esta otra, pasada una generación:

“Si un militar ex golpista latinoamericano se transforma a la manera de Chávez en presidente y tiene arrojos de autócrata, ello sería propio de nuestra condición sociológica de comarcas del subdesarrollo. Y si el mismo, por lo demás, resulta electo con el voto mayoritario de su pueblo y asume como compromiso la defensa de los pobres, antes que un “gorila” o simple “milico” sería una revelación: una suerte de mesías, quien habría redimido los pecados de sus primitivos y corrompidos compatriotas”.

“Hitler, encaramado sobre la Constitución de Weimar y Mussolini, manipulando el célebre Estatuto Albertino, son vivos ejemplos y testimonios de algunos liderazgos europeos que, habiendo emergido de la emoción y de la adhesión popular, igualmente concluyeron haciendo de sus electores las primeras víctimas de la insania dictatorial”. Y eso que no tenía bajo el radar al cartel de Cuba, al terrorismo deslocalizado, el lavado de dineros corruptos, y al narcotráfico colombo-venezolano.

correoaustral@gmail.com

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Almagro debe continuar

 

Ya son 14 los Estados miembros de la OEA que han hecho explícito su apoyo a la continuidad de Almagro, una verdadera coalición de democracias a la que se sumarán otras

New York (United States), 23/09/2019.- Carlos Holmes Trujillo, Colombian Foreign Minister, left, is greeted by Luis Almagro, Organization of American States (OAS) Secretary General, right. (Estados Unidos, Nueva York) EFE/EPA/MICHAEL NAGLE

La semana cumbre del multilateralismo, por la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York, concluyó con un hecho relevante para otro espacio multilateral, la OEA. A su sede en Washington acudió Iván Duque con el objetivo de propiciar la candidatura de Luis Almagro para ser reelecto secretario general.

Ya lo había postulado en junio durante la Asamblea General en Medellín, cuando otros cuatro países respondieron al llamado de Colombia. Hoy ya son 14 los Estados miembros de la OEA que han hecho explícito su apoyo a la continuidad de Almagro, una verdadera coalición de democracias a la que se sumarán otras.

 

Tal vez ni siquiera tenga rival el secretario general en ejercicio, no sería la primera vez que ocurre. Lo ilustra Laura Chinchilla, expresidenta de Costa Rica y reconocida líder internacional, al declinar postularse al cargo: «Tanto el presidente Alvarado como mi persona estamos comprometidos en el apoyo a Luis Almagro quien ha emprendido una lucha valiente en defensa de la democracia en el hemisferio».

El sentido de sus palabras es idéntico a las del presidente Duque: «Cuando se ejercen estos cargos con determinación y no con diplomacia meliflua estas organizaciones se fortalecen».

Nótese también la líder venezolana María Corina Machado: «Los demócratas de las Américas reconocemos en Luis Almagro un irreductible defensor de la justicia, la verdad y la libertad. Contamos con que los Estados miembros de la OEA acompañen esta decisión del gobierno del presidente Duque».

Así es el liderazgo de Almagro, practicar la diplomacia sin eufemismos y hacer política con principios. Incomoda, por eso, a quienes no tienen principios o los seleccionan en base a posiciones políticas, es decir, dependiendo de si gobierna la izquierda o la derecha. O sea, aquellos que ignoran —a diferencia de Almagro, jurista por sobre todas las cosas— que los derechos no tienen ideología.

Su gestión le ha devuelto a la OEA su misión e identidad: la defensa de la democracia y la protección de los derechos humanos. Ello recuperando la salud financiera e institucional de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, revitalizando el TIAR, equilibrando las cuentas de la organización y recobrando su protagonismo político, mermado antes por el papel de CELAC y Unasur, no por casualidad ambas prácticamente extintas hoy.

Dichos objetivos están en juego, y en grave riesgo, por la crisis venezolana, crisis que Almagro anunció antes que nadie. Advirtió temprano que empeoraría si el continente continuaba en su indolencia. Una a una, sus recomendaciones resultaron confirmadas por la trágica realidad que los venezolanos viven a diario.

Cuando Almagro llamó a Maduro «dictadorzuelo», los tibios y los cómplices dijeron que exageraba. Cuando señaló que existían alteraciones al orden constitucional, la inacción de la comunidad internacional facilitó el quiebre institucional posterior. Cuando presentó evidencia de la escasez de alimentos y medicinas, la indiferencia de tantos le abrió la puerta a la crisis humanitaria actual.

Cuando denunció las masivas violaciones a los derechos humanos lo llamaron «intransigente». Cuando esas violaciones se convirtieron en crímenes de lesa humanidad, muchos lo negaron, y cuando documentó dichos crímenes y los denunció ante la Corte Penal Internacional, lo hizo en soledad hasta que finalmente seis países de la región se le unieron meses más tarde.

Cuando Almagro alertó sobre la deliberada estrategia de expulsión «a la cubana» que la dictadura de Maduro implementaba, la pasividad de todos permitió que la migración se transformara en éxodo, y luego en la crisis de refugiados más grave ocurrida jamás en el hemisferio occidental.

De ahí que los nombres de potenciales adversarios sean poco más que estrategias de distracción. Se nota la mano de quienes verían la continuidad de Almagro como una derrota: la Plaza de la Revolución en La Habana, Miraflores —el búnker de Maduro en Caracas— y el conglomerado de organizaciones criminales que se benefician con ellos.

Es que Almagro ha sido en extremo claro al plantear que la línea que va de Cuba a Venezuela explica este drama político, económico, humanitario y de seguridad cuyo impacto es continental. Esa es precisamente la agenda original de la OEA, una agenda para todo el hemisferio.

Y no es solo en Venezuela, pero es en Venezuela el lugar donde la agenda debe ser rescatada. El motivo es claro: en la recuperación de la libertad para dicho país se juega el futuro de la democracia y los derechos humanos como el proyecto político común a todo un continente. Almagro lo sabe mejor que nadie, por ello debe continuar.

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El sentido común

En Venezuela vive el fin de la historia, pero con la frustración de no ser como lo imaginamos o lo deseamos

En Venezuela se vive el fin de la historia. (Foto: Flickr)

Vivir en Venezuela resulta agotador. La crisis es un puñal enterrado en el pecho que nos prohíbe terminar de comprender lo que efectivamente está ocurriendo. Para la mayoría es una sucesión de infortunios que atacan la capacidad de resistencia hasta dejarlos exhaustos. Se vive el fin de la historia, pero con la frustración de no ser como lo imaginamos o lo deseamos. No es, ni de lejos, la condición de estable prosperidad que permitía a todos la vivencia tranquila y en paz que siempre fue parte de los más intensos deseos de lo venezolanos.

No, lo que para nosotros significa el fin de la historia es esta terrible percepción de que todo acabó en una gran derrota. Que experimentamos el infierno de una pesadilla recurrente, que no nos deja ver el fin, que nos oculta el principio, y que no permite que abramos los ojos y nos percatemos de las trampas de la imaginación. La pesadilla es real. No tenemos la indulgencia de un despertar conmocionados. Esta desazón es la realidad. El penar no es solamente que vivamos esta constelación de pesares, este colapso sistémico que no deja lugar a dudas sobre el estruendoso fracaso del socialismo del siglo XXI; el problema es que nosotros somos la ruina, el síncope, los trozos que se desprenden y la muerte a la vuelta de la esquina. Cansa el saber que no hay fondo en el precipicio, y que nada se interpone entre nuestros cuerpos en caída libre y un fondo que no tiene fin.

 

Pero ese no es el peor de los castigos impuestos por ese dios severo que nos ha dejado en manos del mal y sus agentes. Lo verdaderamente insufrible es que pudiera ser diferente, pero estamos condenados a este desierto por el cual transitamos sin saber a donde vamos. Lo que resulta en una apoteosis del dolor es ver como pasan los días, los años, las décadas, la vida sin ver resolución alguna porque los que van adelante lucen perdidos, erráticos, confundidos, o son parte de una trama de quien nos quiere errabundos y sin rumbo. No son perfectos estos tiempos de Dios. Los que han tenido la responsabilidad no han sido capaces de perfeccionarlos hacia la liberación que pide la gente. Ellos han hecho del perder el tiempo de la gente una experiencia artística a la que se dedican con obcecación.  Mientras ellos tratan de dialogar con el mal silente y consecuencial, mientras intentan una entente, la gente vive mal, se enferma, muere o se va. Los ojos de los que quedan van perdiendo la luz al percatarse de que son víctimas de una trampa muy compleja. Por eso aquí el éxito es sobrevivir sin perder la cordura, a pesar de que todo parezca indicar que nuestro trajinar por este desierto está siendo dirigido por locos.

Que no se practique la compasión y la empatía con los que aquí vivimos en tiempos de desgracia es parte de un crimen de omisión activa que en su momento tendrá un duro veredicto de la historia. Nadie puede aspirar a tener sentido común haciendo abstracción de la presencia de los otros, de sus convicciones y sus dudas, de los debates que se planteen entre ellos y de sus miedos. El sentido común es por lo tanto un patrimonio de la buena política, que acepta vivir en pluralismo, que reconoce al otro el derecho de tener sus convicciones, y que no trata de anularlo o reducirlo a la propia opinión, sin antes haberse dado la oportunidad de pensar, escuchar y discernir una posición bien reflexionada. La mala política hace oídos sordos y deja de ver.  No hay peor político que el que se niega a la verdadera empatía queriendo sustituirla perversamente por la demagogia. Porque no quiere sentir de cerca el clamor de los más desdichados que están urgidos y que no entienden ni quieren saber de las abstractas prioridades de los políticos que están dirigiendo el esfuerzo.

La gente quiere romper con su servidumbre y vivir con intensidad un proceso de liberación con propósito ganancioso, donde el esfuerzo y las privaciones se traduzcan en avance y mejoría. La gente no quiere que los líderes hablen de salvar el sistema que los tiene aplastados. No quiere un cambio de manos dentro de la misma lógica macabra. No confía, y con razón, que los que vengan terminen actuando con la misma vileza. Lo que realmente exigen es un esfuerzo sostenido para sacarlos del vacío. La gente no quiere escuchar siquiera de acomodos y reacomodos, lo que necesita es que pase este tiempo y se dé inicio a otro diferente. La gente necesita líderes que comprendan sin las sorderas de la prepotencia, sin los monólogos narcisistas, sin la crueldad contenida en ese esperar indefinido a que cuajen acuerdos que son imposibles de sostener. Si algo hiere la sensibilidad del venezolano es ese dejar pasar, ese derroche del tiempo, esa distancia psicológica que se plantea entre el sosiego de unos y la extrema angustia de los otros que hacen mayoría y que pasan hambre, sufren enfermedad, padecen soledad, soportan la violencia y todos los días tienen que aguantar el peso de ver pasar los días en una lucha para sobrevivir que al final todos están condenados a perder.

Por eso un hombre de Estado, a juicio de Hannah Arendt, «es el que tiene la visión del gran número de opiniones diversas y conoce su verdad, o sea, la realidad que en cada caso corresponde a la opinión, al aspecto» y que tiene el coraje de interpretarlos cabalmente. El hombre de Estado genuino encarna la síntesis y desde esa inmensa capacidad de comprensión desarrolla la potencia para intentar un desenlace. El mérito está en intentarlo una y otra vez. La virtud está en no darse por vencido, ni capitular ante la conscupiscencia de la ganancia particular.  Por eso si el político no está en la disposición de abrirse a la experiencia de los otros, de esos otros que sufren y ansían una consumación, de nada vale que suba cerros, visite ansiosamente las regiones del país o se dedique a encontrarse con el pueblo. Cuando demuestra no comprender nada, con cada encuentro abre un abismo. Porque en tiempos extremos tan importante es la empatía como la eficacia. Tan esencial es actuar con integridad y decir la verdad como tener coraje. «El coraje —decía Churchill— es realmente la primera y más valiosa de las cualidades humanas. Tanto que es la que garantiza la presencia de las otras». El problema de nuestro transitar por el desierto del totalitarismo es que al frente van la futilidad, la soberbia, la mezquindad y la falta valentía que son propias del pendenciero. En este caso luce muy vergonzoso que el maná se lo repartan entre ellos mientras exigen paciencia al resto.

Pero ese transitar por el agreste comunismo del siglo XXI nos ayuda al menos a comprender la magnitud de nuestra tragedia. Duele saber que muchos nos han abandonado sin tener la satisfacción de dejar un país liberado. En el camino tantos luchadores que han quedado sin avizorar siquiera la tierra prometida merecerán en el momento de la redención del país un inmenso monumento que nos recuerde su sacrificio. Porque ahora ellos también son parte del polvo que pisamos cada vez que completamos una vuelta al eje perverso que nos desvaría y que nos mantiene perdidos. Empero, el desierto es tiempo de forja y maduración. Es la exégesis que propone Luis Alfonso Shökel. Es el espacio de desamparo que nos reduce a las necesidades elementales de la subsistencia y nos pone a prueba para que conquistemos desde adentro la libertad a la que tenemos derecho y que es parte constitutiva de la dignidad del ser humano.

Dice Arendt que la estupidez es la incapacidad de generar sentido y por lo tanto la imposibilidad de comprender. La realidad está allí y es lo más objetiva posible. Somos nosotros los que la hacemos imprecisa, es la mala política la que hace siniestros giros argumentales para hacer pasar lo que es malo como bueno, o para hacer ver como si fuera de todos lo que es una causa particular. Parafraseando a Wittgenstein, el sentido común «es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje» que a veces nos empuja a los linderos imprecisos de la negación o de la evitación. Es el sentido común el que te otorga el marco de referencia que te indica si vamos bien o vamos mal. Es la realidad la que te demuestra si estas a punto de entrar en la tierra prometida o seguimos la traza laberíntica de un desierto interminable.

Por eso no hay mejor opción que intentar comprender, imaginar qué es lo que está ocurriendo y caracterizar detalladamente aquello que nos está afectando. Los agentes del mal siempre quieren evitar ese esfuerzo de determinación, descripción, identificación, especificación, para que nunca tengamos claro contra qué debemos luchar. Un adversario impreciso puede pasar por cualquier cosa, incluso como aliado. Si no lo tenemos claro podemos confundir la estrategia. Si no somos capaces de calibrarlo podemos errar en la forma de interlocución. ¿No es eso lo que ocurre cuando en medio de tanta confusión quieren negociar con quién no quiere transarse, o dialogar con quién prefiere usar la fuerza pura y dura que no necesita para nada del logos para mantener su posición de dominio? Los agentes del mal están interesados en mantener la imprecisión, en obligarnos a la reclusión en la caverna donde solamente vemos formas sombrías, para que la imaginación sea perturbada por nuestros miedos y nuestros deseos. Por eso, desde la fila que recorre este camino sin solución de continuidad, no podemos terminar de saber si quien nos guía es estúpido o cómplice, o peor aún, el mismo enemigo dirigiendo nuestra perdición. Solo el sentido común es el antídoto.

Ese sentido común debería hacernos ver que no hay que buscar mayores explicaciones. Arendt nos propone una descripción preclara del talante del enemigo totalitario en esa implacable «sed de poder, voluntad de dominio, terror y estructura monolítica del Estado» que está solamente disponible para intentar nuestra servidumbre, saquear nuestros recursos, desolarnos hasta el extremo insoportable que nos coloca más allá de cualquier posible esperanza. A eso nos enfrentamos, y mientras no lo asumamos seguiremos perdidos. Solo asumiendo la realidad tal y como es pensaremos cuales son los requisitos de nuestra liberación, y con tranquilidad pagaremos los costos.

Porque lo que hay que superar está claramente inscrito en el magisterio de Benedicto XVI: los agentes del mal, los ejecutivos del totalitarismo, los colaboradores que siguen haciendo factible nuestra servidumbre, que la presentan como irrevocable, «fanfarronean constantemente y no retroceden ni siquiera ante la mentira. Quien no respeta la verdad no puede hacer el bien. Donde no se respeta la verdad, no pueden crecer la libertad, la justicia y el amor». Para el teólogo y Papa hay que mantener como máxima de conducta el amor a la verdad y siempre tener presente el poder destructor de la mentira. Por eso mismo es intolerable, repugnantemente insufrible la doblez, la mentira, la falsía, la hipocresía, las dobles agendas y el ejercicio sistemático de la perversidad.  Esa forma de hacer política no libera la libertad, nos encadena más, nos hunde en el desierto y nos pierde de la vista de Dios.

Por más que resulte doloroso el asumir la realidad y sus costos, el despertarnos de la borrachera de tiempo perdido, aunque parezca insoportable el agreste desierto, tengamos presente que la esperanza que moviliza y libera se fundamenta en la verdad. Si se trata de liberar nuestra libertad tengamos presente que debemos revocar esta política e intentar otra. Recordemos siempre que libre es el hombre que vive en la verdad, y asume desde la verdad las consecuencias de intentar vivir con dignidad. Nuestro desafío es ahora tomar decisiones de sentido común, saber los costos de esas decisiones y mantener el propósito de sobrevivir para reconstruir desde la fortaleza y la esperanza. Los que aquí vivimos no dejaremos de intentarlo.

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Las necesidades de La Guaira

Las recientes lluvias trajeron malos recuerdos a los varguenses. Ese es su gentilicio, así se llaman ellos, aunque le hayan quitado al estado el nombre del héroe civil José María Vargas. Ese fantasma que coincidencialmente marcó el inicio de la era chavista rondó a los habitantes de La Guaira hace unas semanas, porque una vez más las calles y carreteras se inundaron y los ríos crecieron sin control.

Las redes sociales otra vez cumplieron su papel divulgador y se llenaron de videos y fotos de ríos bajando por calles y barrios, carros anegados en las principales calles y avenidas. Con cada trueno, el varguense tiembla, con toda razón.

Las tormentas tropicales son fenómenos climáticos que se presentan casi siempre en una misma época del año. Venezuela es bendecida por un clima precioso, pero eso no quiere decir que no sufra los estragos de lluvias fuertes que suelen presentarse en el Caribe. Es, por tanto, una circunstancia recurrente.

Una de las tareas primordiales de los que gobiernen el estado es asegurarse de que todos los desaguaderos estén limpios, las alcantarillas sin basura, los ríos sin palos ni piedras para que, cuando comience a caer agua, corra sin ningún problema. En eso se tiene que invertir el presupuesto de un estado que no ha dejado de recibir golpes en 20 años.

Siempre se ha hablado del potencial turístico del país y especialmente de sus pueblos costeros. La Guaira incluida. Quizás por eso el mandatario regional haya gastado tanto dinero a principios de septiembre en la compra de una rueda de la fortuna, a la que bautizó “El ojo de La Guaira”, haciendo alusión al famoso London Eye de la capital inglesa.

Para el gobernador esta adquisición es importantísima, porque se trata de una instalación que atraerá al turismo a la zona, así lo anunció en sus redes sociales y en notas de prensa.

La compra que realizó en China no se detuvo allí. También gastó dinero en una “fuente danzante” que armoniza los chorritos con luces y música. Ambas instalaciones con el mismo fin, asegurar que los visitantes tengan cosas hermosas que ver cuando visiten La Guaira.

No bastan las playas, la arena, las altas palmeras, la gente hermosa, la gastronomía. Lo que parece no entender el gobierno regional es que nada será más atractivo para los visitantes que una ciudad limpia, segura, con calles y avenidas funcionales, con alumbrado público suficiente y con la seguridad de que ningún turista corre el riesgo de ser arrastrado por las aguas durante un aguacero torrencial.