La tortura está de moda

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Quién iba a pensar que aquella pesadilla que la gente de izquierda vivió en los años sesenta y setenta del siglo pasado, regresaría de la mano del hijo de uno de los más llorados muertos por torturas de esa época nefasta. Fue tal el dolor que conmovió a todo el país, que los torturadores fueron detenidos, juzgados y condenados como era de esperar. Desde luego, la opinión pública respiró aliviada y quedó entre nosotros, los sobrevivientes, una hermosa esperanza de que aquella crueldad no volviera a suceder. Vana ilusión.
A partir de la declaración de venganza emitida por la hoy vicepresidente de la República, a quienes fuimos (y tratamos de seguir siendo pero ¡ay! no tenemos vocación de ladrones) esforzados militantes de izquierda y sufrimos persecución, exilio y torturas, nos parece un ejercicio de cinismo que los familiares del principal dirigente de la Liga Socialista muerto luego de sufrir innumerables torturas, se conviertan no en verdugos sino en defensores de tales métodos que, a estas alturas del siglo XXI, no pueden ser toleradas.
¿Cómo se explica que un proyecto bolivariano que nació para hundir las viejas prácticas políticas y remover de nuestra conciencia las innumerables maldades sociales que se cometieron contra un pueblo hambriento y analfabeta, hoy desentierre las tumbas de tantas iniquidades para revivirlas? Por favor, ¿es que no tienen un mínimo de vergüenza, de sensatez y de respeto por la historia?
En varias ocasiones hemos hecho alusión a la matanza de Katyn, ocurrida en Polonia y atribuida a los nazis. Pasaron decenas de años para que esa gran mentira de los rusos y, desde luego, de Stalin, surgiera a la luz de la verdad. Un accidente aéreo ocurrido en un aeropuerto cercano al sitio de la masacre motivó a la prensa (esa prensa y esos periodistas tan despreciados por los grandes líderes) a volver y preguntar sobre un hecho que siempre se supo que era una mentira. A los rusos de la Perestroika no les quedó más remedio que confesar que habían mentido al mundo y a sus aliados (Polonia, entre ellos) de la manera más vil e infame ¡por más de 50 años!
Y ya que estamos en esta de mentiras, comunismo y torturas, vale la pena referirse a las famosas confesiones que los presos, por órdenes de Stalin, eran capaces de pronunciar ante las bestialidades del comisario Beria, hombre de infinita confianza del padrecito ruso. Por chismes de señoras, de envidiosos o de rivales políticos, eran obligados a decir que eran “agentes del imperialismo”. Y de allí directo al fusilamiento. Mejor manera de asegurarse la lealtad de sus compinches no hay.
Sí, pero eso era en el pasado, dirán algunos. No, para nada. Recordemos por ejemplo el fusilamiento en Cuba del general Ochoa, héroe de la guerra de Angola. Uno de los escenarios bélicos angoleños más brillantes, fue la batalla de Cuito Cuanavale, contra el ejército surafricano y sus aliados. Allí se decidió la guerra. ¿Y qué pasó luego? Fidel aplicó el método de Stalin, lo acusó falsamente y lo fusiló.
En Venezuela estamos aplicando lo mismo, pero con una considerable dosis de cinismo. Acusamos y luego torturamos para “demostrar” que las falsas pruebas que se han obtenido a golpes y porrazos, son ciertas. Y Jorge Rodríguez, hijo de una víctima, da fe de ello. Cinismo total.

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