¿Nos necesitamos todos?

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OPINIÓN

Vivimos la época del desengaño que, por otra parte, puede ser muy aleccionadora

¿Nos necesitamos todos?

 

Una cita atribuida a Jenofonte viene al caso: “¡Cuántas gentes han sucumbido ante el infortunio por haber formado proyectos demasiado vastos, nada más que porque se sentían fuertes!”. Hay en el país una obsesión por la unidad total, y una angustia porque esa unidad no se consigue. Hay más de un llamado de buena fe a construir esa unidad compacta que nos haga salir del régimen, porque “sin esa unidad donde estemos todos es imposible destruir al comunismo que nos aplasta”. Es una lástima que se esté perdiendo esfuerzos y energías en la búsqueda del santo grial. La edad de la inocencia ya pasó. Vivimos la época del desengaño que, por otra parte, puede ser muy aleccionadora.

 


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No es posible la unidad de todos. Es además contraintuitiva a la estrategia de lo humano, plural, conflictiva y diversa en la consecución de los fines y la decisión de los medios. Dicho de otra manera, es imposible, incluso en la circunstancia de vivir una tragedia como la que efectivamente estamos experimentando, el logro del unanimismo. Miles de razones se podrían argumentar a favor de lo dicho. Pero invoquemos el más importante: No todos quieren lo mismo. No todos quieren salir del régimen. No todos son auténticos en el discurso que practican. No todos tienen el atributo del coraje. Algunos ya se entregaron al lado oscuro de la tiranía, y funcionan como bisagras delatoras de las buenas iniciativas. Algunos son demasiado ingenuos para asumir la tesitura y otros andan buscando el camino perdido de la utopía perfecta, lleno de cláusulas condicionales que naufragan con el paso del tiempo.

 

La alineación estratégica y la decisión de los cursos de acción para esta etapa de la lucha política no se pueden soslayar, tampoco se pueden suponer. Sucede que al respecto hay una recalcitrancia en el desacuerdo. Algunos sostienen que hay que negociar con el régimen, y que hay que intentarlo ya. Olvidan quienes así piensan que las negociaciones son el resultado de fuerzas que se oponen. Si se quiere, la mejor jugada ante un jaque mate que se aprecia irrebatible en las jugadas siguientes. Además, ¿negociar qué? ¿negociar acaso la domesticación de la oposición? ¿intentar el apaciguamiento del régimen? ¿buscar salidas institucionales irreversibles a esta debacle? La triste verdad es que en eso no hay acuerdos. Unos pretenden ser la versión perfeccionada del socialismo celestial, otros quieren ser la encarnación de la bondad extrema, protagonizar un rol semejante al de la madre Teresa, pero en la política vernácula.

 

Ya sabemos que hay otro grupo que insiste en la necesidad de realizar elecciones. Estos olvidan que sin un recambio institucional profundo no es viable esa posibilidad. Como hemos oído demasiadas veces, los patrocinantes de esta opción no oyen razones. Ellos quieren otro certamen, tal vez pensando en que siempre hay empresas que quieren invertir en ellos, tal y como Odebrecht lo hizo en ocasiones anteriores. Porque hay que decirlo, cada oportunidad electoral es la ocasión para llenar las arcas de los partidos y los bolsillos de sus dirigentes, sin importar los resultados, los acuerdos o contubernios que sean de obligatoria aceptación en el camino.

 

Hay un tercer grupo que es incalificable. Están cooptados por el régimen, o son sus rehenes, o son víctimas de la extorsión. En todo caso son los que por la ruta de la corrupta financiación de Odebrecht, los bolichicos, los enchufados, el narconegocio o similares, no tienen otro remedio que ser como muñecos de ventrílocuo. Actúan conforme al guión del régimen, infiltran si pueden a las otras oposiciones, y hacen mucho daño a la hora de practicar acuerdos. Entre otras cosas porque son fichas marcadas, y nadie en su sano juicio quiere nada con ellos. Estos no tienen estrategia autónoma diferente a intentar estar en todas las jugadas para ser contraparte fraudulenta y contribuir a demostrar que el régimen no ha perdido su talante democrático. Estos son los que juegan “quiquiriguiqui” al quorum parlamentario, van a elecciones, negocian cuotas de poder y no tienen problema alguno en reconocer a la Asamblea Constituyente y juramentarse frente a ella.

 

La verdad sea dicha que esos tortuosos cursos de acción, la negociación, las elecciones y el bamboleo, tuvieron su momento y resultaron ser una total catástrofe para sus patrocinantes. Todos ellos son los nuevos apestados del país.  Y con ellos no se puede contar para nada valioso.

 

Queda la oposición de vanguardia, que está creciendo. No quiere mimetizarse. No quiere fotos de grupo. No quiere cohonestar sinvergüenzuras. No es complaciente. Es vanguardia, practica la integridad, dice la verdad y está convocando al país al desafío inteligente y multidimensional. Para vencer al monstruo totalitario hay que integrar varios planos, sin debilidades ni contradicciones. El plano de las presiones internacionales y del rechazo continental a esta dictadura. La exigencia a las instituciones para que asuman su responsabilidad, y el llamado a los ciudadanos para que hagan ciudadanía.

 

A los ciudadanos no les pedimos conductas suicidas, porque no creemos en falsos heroísmos y en mártires inútiles. Héroes y mártires han tenido su momento, son valiosos en su mensaje y ya han demostrado que el régimen no tiene límites o escrúpulos. Este es otro momento. Son tiempos buenos para la vanguardia inteligente, que desobedece y desvirtúa, que se involucra y se pronuncia ante cada obstáculo. Esa vanguardia no salió a votar el 20 de mayo, y no da su brazo a torcer ante un régimen desacreditado y vencido. Esa vanguardia ha mantenido la tensión a favor del cambio y rechaza furiosamente las falsas unidades. Para cada uno de ellos lo importante es comprender que debe esforzarse hasta el punto de creerse el principal causante de la victoria. Esa es la actitud de la vanguardia.

 

No nos necesitamos todos. Necesitamos a los que estén claros en las causas que han provocado esta inmensa tragedia social. Y en las formas realistas para superarla. Eso es suficiente.

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