El régimen fallido

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Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura

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Nada nuevo va a ocurrir el 22 de abril. Ese día se simulará una elección y se cometerá fraude nuevamente. La única diferencia es que esta vez todos lo sabemos, los que vivimos esta tragedia y la comunidad democrática internacional. Tampoco es cierto que ese día se va a instaurar definitivamente el comunismo. Lamentablemente ya vivimos ese proceso de devastación y prepotencia, y desgraciadamente experimentamos sus terribles efectos en la libertad y calidad de vida. El comunismo es planificación central y apropiación de la propiedad privada de los medios de producción. Es dirección coercitiva y expoliación de las libertades. Pero sobre todo es un sistema que reprime la verdad para que no sea evidente lo único que muestra la realidad: que el comunismo es un intento que siempre fracasa.

Algunos dudan sobre la cualidad comunista del régimen. Afiancemos nuestra convicción con lo que plantea Ayn Rand al respecto: ““No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio”. Aquí en Venezuela, el comunismo ha usado tanto el voto fraudulento como la represión pura y dura. No nos comportemos entonces como los perdonavidas de la tiranía.

No hay comunismo que haya funcionado. El impedir la empresarialidad y el pretender que el sector público puede hacer mejor las cosas que los privados en régimen de competencia hunde a las utopías del igualitarismo en el estercolero de la bancarrota. El abatir el sistema de mercado y perseguir a los empresarios hasta arruinarlos siempre concluye en el tipo de catástrofe que experimentamos ahora los venezolanos. La huida hacia la nada que intentan todos los comunismos se llama “la solidaridad de los pueblos”, que no es otra cosa que el descuartizamiento de la soberanía nacional para entregarla a los intereses del comunismo internacional. Cuba es, en nuestro caso, el beneficiario de la estulticia de la izquierda venezolana. Y la obsesión de los comunistas locales complementa la desventura al construir amistades y relaciones orgánicas con todos los enemigos de la libertad. Es así como, siguiendo el guión castrista, Venezuela se ha convertido en el albergue de lo peor del mundo, hasta llegar a ser lo que somos hoy: un país sometido a la depredación de los que dicen ser sus aliados.

Los comunistas al final develan sus verdaderas intenciones, mantener el poder al precio que sea. Por eso se alían con las fuerzas armadas, a las que malogran y envilecen para hacer de ellas instrumentos serviles de un proyecto imposible de ser instrumentado. También por eso se fabrican una oposición a su medida, experta en perder oportunidades y en seguir a pie juntillas el libreto provisto por el régimen. Con el mismo objeto salen a reclutar pseudointelectuales que proclamen las maravillas del igualitarismo socialista y vean lo que ningún otro puede apreciar: los éxitos sociales, económicos y políticos logrados por el socialismo. Esta casta de prostitutas y meretrices del pensamiento, entre los cuales se encuentran los falsos encuestólogos, son esenciales para intentar versiones creíbles y amortiguadoras de la disonancia creciente con la realidad.

Pero la realidad es inexorable. Una hiperinflación que los más conservadores ubican a fin de año en cifras impensables, la desnutrición que asola a cerca del 90% de los niños venezolanos, la desbandada de la población que busca desesperadamente otros horizontes, el cierre masivo de empresas y comercios, la desaparición literal del efectivo, la depauperación de la moneda, la crisis inmanejable de los servicios públicos, las calles dejadas al arbitrio de la violencia, porciones crecientes del territorio nacional controladas por bandas, guerrillas, paramilitares y narcomafias, y una población que, en condiciones de depauperación, sufre amargamente la dependencia creciente de un estado irresponsable que los somete al chantaje del hambre a cambio de una completa y servil sumisión. En eso consiste el programa de bolsas CLAP y el carnét de la patria.

La economía está destrozada. Pero lo que más perturba es la obsesión totalitaria del comunismo. Su proyecto es de acumulación de poder. Y no para servir al ciudadano sino para aplastarlo. Necesitan control total porque la verdad es una denuncia feroz de su fracaso. Por eso imponen censura, persiguen la política y degradan su ejercicio a la complicidad y la connivencia. El silencio complaciente les sienta mejor que la denuncia valiente y causal de lo que efectivamente ocurre. Para mantener su poder en medio de la ruina que provocan, necesitan que todos los aspectos importantes de la vida de los ciudadanos dependan de ellos en condiciones de extrema necesidad. Un pasaporte, por ejemplo, o un dólar, el acceso a la comida, el sentirse seguros, el poder viajar, el recibir efectivo o tener la posibilidad de recibir una medicina, cualquier cosa está condicionada al reconocimiento del régimen y al sometimiento absoluto a su voluntad.

Este comunismo ha derivado en lo de siempre: un régimen fallido, incapaz de ser útil y eficaz, pero tratando de compensarse siendo cruel y desalmado. Las largas filas de venezolanos intentando salir del país de cualquier manera es la mejor demostración de lo revulsivo que termina siendo vivir la experiencia. Ayn Rand, que vivió en carne propia toda esta desolación, pero en su versión soviética, denunciaba con meridiana claridad que “cuando uno observa las pesadillas de desesperados esfuerzos hechos por miles de personas que luchan para huir de los países socializados…, de escapar a través de las alambradas, bajo el fuego de las ametralladoras, uno no puede seguir creyendo que el socialismo, en cualquiera de sus formas, esté motivado por la benevolencia y el deseo de alcanzar el bienestar humano”. El discurso del amor y paz socialista es pura paja. La realidad es tenebrosa: Ellos no tienen otro proyecto que el saqueo y la rapiña al precio de la violación sistemática de cualquiera de los derechos humanos, y con la crueldad, supuestamente aleccionadora, que los hace practicar la tortura y procesos sumarios en lugar de la justicia.

Por cierto, fue también Rand la que advirtió que practicar “piedad con el culpable es traicionar al inocente”. Hay que tener cuidado al tratar desde la perspectiva moral este proceso, sin hacer la debida reflexión. Es repugnante la impostura ética asumida como forma de aprovechamiento político. Mas asquerosa resulta la política de varios raseros al tratar los casos. Los que se rasgan las vestiduras por los propios y han guardado un escandaloso silencio por los ajenos. Los que presumen una superioridad moral porque supuestamente practican el perdón desde ya, un perdón incondicional, irreflexivo, inconsulto, y por esas razones, absolutamente denigrante de las víctimas.

Por eso, porque en cada esquina hay un bufón disfrazado de sacerdote, hay que hacer algunas aclaratorias y precisiones. Primero hay que aclarar que nada ha concluido. El comunismo ya lo estamos viviendo, pero no podemos decir que es un episodio consumado. ¿Es tiempo del perdón? No todavía. Es tiempo de desafío y de fortaleza, de decir la verdad y de separar la paja del trigo. De exigir responsabilidades y de determinar culpas, victimarios y víctimas. De pensar en qué tipo de justicia deberemos aplicar y con cuanta tolerancia. Y de determinar cual es el premio a los que deserten de la tiranía para contribuir a la causa de la libertad. El largo camino para el perdón comienza con el descubrimiento de la verdad, tiene que adoquinarse con el ideal de la justicia, la restitución que sea posible y necesaria, y la develación de las tramas de complicidades que apuntalaron al régimen y le dieron soporte. La verdad, la justicia y el perdón nos dará libertad. Pero debemos respetar la secuencia, so pena de pasar por ilusos y acompañar la complicidad.

No es poca cosa ser responsables de destruir un país, de entregar la soberanía, de aniquilar las instituciones, de envilecer la economía y de humillar a los venezolanos al acabar con su dignidad. Eso es precisamente el legado de todos los comunismos, también de este. Hacernos fallida la vida y malograda la esperanza. O por lo menos intentarlo al altísimo costo de los que han muerto, sufrido violencia, padecido soledad y experimentado el hambre. El comunismo es el infierno. A las puertas de cada experiencia debería advertir, con las palabras de Dante, “”Por mí se va a la ciudad doliente,

por mí se ingresa en el dolor eterno, por mí se va con la perdida gente”.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

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