Una historia así, por Oscar Medina

Agosto 13th, 2017 surcaribe

Joaquín Pérez no era nadie conocido hasta que le mataron a sus dos hijos. Era un anónimo cualquiera, un tipo tratando de sacudirse la pobreza en un barrio de San Cristóbal, uno de esos que se ven allá a lo lejos al salir por la puerta principal del Sambil. ¿Qué hago yo aquí?, pensé cuando tuve conciencia del riesgo. Estaba en ese carro destartalado, justo detrás del chofer. A mi lado estaba Joaquín y en la ventana opuesta el fotógrafo del periódico.

El chofer estaba condenado a muerte. Había denunciado a los miembros de una red de extorsión: de esos que cobran vacuna a los taxistas y el día que no cumplen les pasan una factura de plomo. El copiloto era un escolta: un policía asignado para cuidar la vida de este otro pobre hombre a quien llamaremos Antonio. Un policía sin uniforme, con un revolver calibre 38: ¿esa vaina es un escolta? Un policía que prefería vigilar desde la esquina de la calle ciega donde vivía Antonio.

Un tipo listo para salir corriendo.

Antonio pasaba la mayor parte de su tiempo en casa. Tan temerario no era. Pero hoy, azuzado por Joaquín, decidió hacernos de chofer para llevarnos arriba y abajo a conocer a otras familias desmembradas por el sicariato en esta ciudad donde hay tantos a quienes debes temer: a la policía municipal, a la del estado, a la judicial, a la Guardia Nacional, a los paramilitares, a los de la guerrilla, a los narcos y a todos los pistoleros que trabajan para unos y otros. En ese enredo, es difícil saber quién ordenó el balazo.

Joaquín sí lo sabía. Su hijo mayor se ganaba la vida como taxista. Y como taxista se ganó la muerte el día que no pudo pagar la vacuna. Su hijo del medio también se dedicó al oficio. Y al cabo de un año Joaquín se quedó solo con una niña flaquita y vivaracha de ojos enormes.

Pudo transformar su dolor y su rabia en una fuerza constructiva: reunió a otra gente tan víctimas como él y conformó una asociación para pedir justicia ante instituciones sordas. Instituciones cómplices, de manos atadas. Tenían un ritual: una vez al mes se juntaban en el cementerio a rezar por sus muertos, a darse ánimos, a consolarse en colectivo.

Joaquín conocía la identidad del asesino: un malandrito al que apodaban El Chapi. Cuando El Chapi mató a su hijo mayor –ocho balazos en el cuerpo y uno más en la cara- hubo testigos de esos que oficialmente no vieron nada. Pero Joaquín no era nadie para enfrentarlo y no hubo manera de que el caso se investigara con seriedad. Un día lo vio venir por una calle del barrio. Sonriente, acompañado por otros tres. El Chapi se detuvo y Joaquín lo miró a los ojos. “Allá arriba dejé a tu hijo”. Cinco balas en la cabeza. Muerte con mensaje: otro que no cumplió.

Esa y otras historias las publiqué en su momento intentando recoger con palabras el terror del sicariato desatado en San Cristóbal, la lucha de las familias, el dolor de las ausencias.

Lo que no conté vino después.

Para Joaquín no fue suficiente el consuelo de la asociación, ni el ritual del cementerio. Se transformó en otro. Se forjó una imagen de hombre valiente. Habló con gente, buscó la forma, reunió un dinero y transó un precio por El Chapi.

Se lo arrojaron a los pies. Atado de manos, golpeado con saña: era mucho lo que debía. Lo volvió a mirar directo a los ojos antes de darle tres, cuatro, cinco golpes con una tabla. Dejó que se recuperara. Y cuando El Chapi quizás empezaba a pensar que eso era todo, Joaquín le vació una 9 milímetros en la cabeza. También hubo testigos de esos que no vieron nada.

Joaquín me llamó un día desde Colombia. Contó los detalles con voz calmada. Estaba tranquilo, me dijo que ahora sí podía dormir bien, que un día de estos volvería y nos tomaríamos un par de cervezas. ¿Qué coño puede hacer uno con una historia así?

Oscar Medina
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