El precio de la cordura es la sumisión

AGOSTO 12TH, 2017 MAX RÖMER

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Una lectura a 1984 de George Orwell[1]

El valor de un texto se lo da el lector. Cuando George Orwell escribió su última novela, 1984, revisaba lo que era el resultado de los populismos. Como profesional de la comunicación sabía con creces del propósito de los líderes al aplicar políticas que, de alguna manera, afecten al pueblo de tal forma que anulen su voluntad y la dejen en manos de ellos, los conductores de futuro. La novela fue escrita después de la II Guerra Mundial, en la que pulularon a sus anchas líderes populistas como Hitler y Mussolini.

Orwell escribió su libro como denuncia a esos populismos, no como un manual de actuación política. Si el lector se ubica en el segundo tipo de lectura, se pondrá en la posición de quienes han sido y son los consultores políticos del chavismo y el castrismo. Buscan, por encima de todo, darle la supremacía al Hermano Mayor, vida eterna a esos ojos omnipresentes de Chávez o la voz templada de Fidel, de esa manera como lo explica el autor “En el vértice de la pirámide se encuentra el Hermano Mayor, que es infalible y todopoderoso. Cualquier éxito, logro, victoria o descubrimiento científico, cualquier conocimiento, sabiduría, felicidad y virtud se atribuyen a su liderazgo e inspiración” (pp. 221).

¿Cuántas veces se ha defendido a la revolución por provenir de esos Hermanos Mayores? ¿Cuántas veces se usan sus palabras como si fuesen parte de un evangelio político? ¿Quiénes se benefician de ese discurso del Hermano Mayor para mantenerse en el poder? ¿Es que acaso no hay frase que no se pueda adaptar a cualquier acontecimiento social como máximas fundamentales para la vida cívica y política de los pueblos? En el caso venezolano, ¿no se creó un ministerio de la felicidad?

En la estructura orwelliana está el partido, el interior y el exterior, donde es necesario estar alineados con el pensamiento del Hermano Mayor. Todo el que quiera pertenecer al partido y sus beneficios, sean estos alimentarios o sanitarios, deberá pensar como el Hermano Mayor, proclamar sus postulados, darle de comer a esa forma de ser. De lo contrario, se vivirán torturas hasta la desfiguración de sus cuerpos, mentes y almas, tal y como le ocurre a Winston y Julia, protagonistas de la novela.

Esas formas de aniquilación, además de las torturas a las que se ven sometidos los protagonistas una vez que los capturan, son manifiestas en que la “concentración de la propiedad pasó a ser de un grupo, en lugar de una masa de individuos” (pp. 220), y a la vez, “el Partido lo posee todo (…), porque controla todo y dispone de los productos como lo considera más conveniente” (pp. 220). Y, esa supremacía sobre la tenencia de los bienes se debió a que “En los años que siguieron a la Revolución, pudo ocupar esa posición de mando casi sin oposición, porque el proceso entero se presentó como un acto de colectivización” (pp. 220).

El poder, nos dice Orwell, “solo puede conservarse de manera indefinida mediante la reconciliación de las contradicciones (…). Si se quiere impedir para siempre la igualdad humana (…), la condición mental predominante debe ser la demencia controlada” (pp. 229). Y, para lograr ello, la Policía del Pensamiento, esa que debe velar porque no ocurra entre el pueblo, la opción del doblepiensa (concepto que implica tener una dialéctica personal sobre un tema), la sumisión al régimen, la aniquilación del pensamiento individual por ese colectivo que proviene del partido, del Hermano Mayor y de las manipulaciones de la información hasta hacer eso, que el pueblo no tenga opciones, ni salidas, sino la mendicidad como mecanismo de supervivencia.

En ese padecimiento diario del ciudadano por procurarse algo de comer, por conseguir medicinas o, simplemente vivir en libertad, un diálogo nos cae como un cubo de agua sobre la cabeza. En la conversación que sostienen Winston y su carcelero O’Brien, este último le dice:

  • ¿Cómo impone un hombre a otro su poder, Winston?
  • Haciéndole sufrir.
  • Haciéndole sufrir. La obediencia no es suficiente. Si no sufre, ¿cómo puedes estar seguro que la otra persona obedece a tu voluntad y no a la suya? El poder se basa en infringir dolor y humillación. El poder consiste en hacer pedazos el espíritu humano y darle la forma que elijamos (pp. 281 – 282).

¿No son acaso las cartillas de racionamiento a los carnés de la patria formas de humillar? ¿No son las largas peroratas por televisión maneras de hacer que desfallezca el espíritu humano? ¿No son los castigos de los cuerpos de seguridad del Estado formas de infringir dolor?

Tener a un enemigo externo, o interno, es un mecanismo de mantener lúcido al pensamiento del Hermano Mayor. Sus logros pasan por hacer ver a los ciudadanos que las ideas preclaras del líder son eso, señales que guían un proceso que llevará a todos a un futuro lleno de luz. Un vano esfuerzo discursivo por acabar lo que sobra al sistema y por imponer ideas que mantengan al poder del partido y, por supuesto, de la imagen del Hermano Mayor.

[1] Orwell, George. (1949). 1984 (2017). España: Penguin Ramdom House Grupo Editorial.

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