Nada es para siempre

OPINIÓN

7 AGOSTO, 2017 Autor: ANTONIO JOSÉ MONAGAS

ANTONIO JOSÉ MONAGAS

PROFESOR TITULAR ULA, DR. CIENCIAS DEL DESARROLLO, MSC CIENCIAS POLÍTICAS, MSC PLANIFICACIÓN DEL DESARROLLO, ESPECIALISTA GERENCIA PÚBLICA, ESPECIALISTA GESTIÓN DE GOBIERNO, PERIODISTA CIUDADANO (UCAB), COLUMNISTA EL UNIVERSAL, DIARIO FRONTERA, RUNRUNESWEB.

Definitivamente, la vida tiende a dificultarse cuando no se tiene un camino preciso por el cual ha de transitarse. No sólo esto constituye un problema para el devenir del hombre en su diario trajinar. También, para la política pues sus tiempos son la manifestación de todo cuanto ocurre alrededor de lo que el hombre decide en su beneficio o en su perjuicio. Por eso, decir o reconocer que todo tiene su tiempo, es tan cierto que nada fuera de su espacio tiene más utilidad que la que el hombre puede permitirse en aras de su evolución o de su involución. Todo, absolutamente todo, es registrado por el tiempo.

La historia por ejemplo, al igual que la política, depende de lo que el tiempo determine en su intrínseco desarrollo. Sin embargo, algunos capítulos de la vida humana pueden verse cercenados por los efectos de tiempos que no sincronizan lo que bien sus interioridades pueden revelar. Justamente, son esos hechos, que al quedar desasistidos, desvirtuados o alterados por la acción del tiempo, suelen pasar por desapercibidos sin que sus efectos alcancen a atenderse tal como se desarrollaron.

Es así como la historia y la política se imbrican hasta el punto en que luce algo fácil confundir o manipular sus propósitos. Por eso, hay eventos que en poco o nada trascienden como acontecimientos capaces de marcar verdaderos hitos. Aún así, la vida brinda ocasiones fortuitas para quienes tienen la capacidad o el potencial innato de otear el fondo de esos acontecimientos, muchas veces disfrazados de una emergente cotidianidad que sabe disimular el valor implícito que los mismos esconden.

Precisamente, desde la esencia de estos hechos de sencilla apariencia, puede abordarse la complejidad de procesos sociales creativos o procesos políticos reformadores que buscan apoyar no pocas acciones llevadas por el hombre en función de su bienestar y progreso.

Esta explicación intenta considerar el significado que para la democracia venezolana, tuvo el triunfo logrado por la Unidad Democrática el 6-D de 2015. Lo que antes era la pétrea confusión entre esperanzas y motivaciones, capacidades y necesidades, inducida por la perversión de un régimen preparado para oscurecer la senda del desarrollo económico y social con la ayuda de un populismo demagógico ataviado de “Plan de la Patria”, volvió a adquirir el brillo que iluminaría los más recónditos pasadizos que estructuran esa enorme y complicada madeja llamada “gobierno”.

Aunque siempre las dificultades son parte estructural de los procesos políticos y administrativos que deben afrontarse desde la labor legislativa, los tiempos por venir no se mostraron lo más compasivos que se quiso. Fueron días y meses contraproducentes lo que desde entonces derivó. Es decir, tiempos antagónicos a pesar de pensarse que serían despejados de algunos inconvenientes para así asegurarse cada paso a dar. Sólo que la tarea parlamentaria se vio confundida de cara al análisis de realidades abiertas en franca conjugación con los tiempos actuales.

Al principio, la gestión parlamentaria trató de manejarse asertivamente. Los problemas habrían de conducirse bajo procedimientos cuya profundidad de análisis comprendiera que lo general es común a todos los dominios pertinentes. Así podría volverse a un ámbito de especialidad con nuevas luces que detectaran la profundidad real de cada situación en revisión. Pero el panorama comenzó a oscurecerse. Quizás, desde el mismo día de la toma de posesión de la Asamblea Nacional en 2015.

Ante lo que significaba posibilitar la realización de un proyecto de transformación social, no se vieron los cambios situacionales esperados. Es decir, cambios que se compadecieran de la inminente necesidad de ganar y asentir gobernabilidad a través de procesos institucionales que estimularan la necesidad de reducir la brecha entre objetivos de gobierno, y capacidades para enfrentar la incertidumbre propia de condiciones inciertas aunque inmensamente productivas. Definitivamente, la visión se turbó y las realidades se enmarañaron. Todo se enmarañó luego de las retrógradas decisiones del TSJ que culminaron con el aberrado invento de una Asamblea Nacional “Constituyente” y que no será más que una reunión entre partidarios de la crisis provocada por el desgobierno actual.

No se entendió que nada es más dañino para la democracia, que suponer que el tiempo lo resiste todo. Desde los engaños que sirven de aliciente a una baja capacidad de gobierno provocada por decadentes proyectos de gobierno, hasta la represión inculcada por ínfulasde hegemonía que se arrogan todo poder despótico. Y fue así tal como sucedió. Debió tenerse claro que el tiempo no transforma los problemas en datos de la realidad. Ni tampoco los convierte en norma convencional.

El tiempo sabe jugárselas todas a la política. Sobre todo, cuando su ejercicio desconoce las verdades que avivan protestas de cualquier dimensión y razón. Por eso, ningún gobierno debe pretender enquistarse pues en política, nada es para siempre.

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Las opiniones emitidas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

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