Ese silencio cómplice, por Juan Guerrero

14 mins ago Opinión

juanguerreroNada puede evitar la caída del régimen dictatorial de Nicolás Maduro. Eso se puede observar y demostrar con apenas unas cuantas señales.

Políticamente la realización de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, en su resultado final, indicó a la inversa que esa cifra correspondería más a la ausencia de militancia, que al verdadero resultado manifestado en boca de su presidente, Tibisay Lucena.

Esos números, desde toda óptica inflados, nos dicen que la militancia psuviana y chavomadurista va palo abajo, al despeñadero. Y eso en la política nacional no es positivo. Porque para un eventual e inevitable proceso definitivo de negociación, cada parte necesitará contar con fuerza política para poder ceder y aceptar acuerdos.

Esa evidente debilidad política no parece tanto un fraccionamiento ni quiebre ni división de su militancia, sino de clara desaparición de militancia que se está esfumando en el anonimato de eso que se llama “masa política” y que terminará en venezolanos nuevamente desilusionados y frustrados políticamente.

Diplomáticamente la comunidad internacional de naciones que mantienen intereses comunes, han cerrado filas en apoyo a la oposición nucleada en la Asamblea Nacional y Mesa de la Unidad Democrática. Se suma a ello, los organismos multilaterales que contemplan los acuerdos a través de los cuales se regula toda la actividad de relaciones entre las principales naciones del mundo.

Y como si ello no fuera suficiente, los actos administrativos unilaterales adelantados por los Estados Unidos de América, al prohibir todo acto económico, financiero y comercial a miembros destacados de la “troika” que es soporte de la dictadura, y del mismo régimen del Estado, los deja sin posibilidad real para sobrevivir por mucho tiempo. El rey, por consiguiente, “está desnudo”.

La radiografía política, económica y de seguridad ciudadana es demasiado evidente para detallarla. Ya parece un lugar común seguir mencionando la dantesca realidad del venezolano y sus llamados de auxilio, que se traducen en un solo pedido: el canal humanitario para evitar el colapso total y el fantasma de la hambruna.

En estas realidades tan dramáticas y escalofriantes, sin embargo, la población venezolana ha sabido responder a cada llamado de la dirigencia política. Multitudinarias concentraciones. Marchas, plantones, trancazos. Protestas en general y sobre todo, millones de venezolanos votando en apoyo a sus dirigentes. Eso ha sido demostrado una y otra vez, casi hasta el cansancio.

Pero si esto ha sido así, no parece existir una coherencia en la realidad. La población respaldó a su dirigencia opositora para una nueva Asamblea Nacional. El ambiente estaba dado para nombrar un nuevo Consejo Nacional Electoral, un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, e incluso, una vez que se declaró la falta absoluta del presidente, sustituirlo provisionalmente nombrando un gobierno de transición. ¿Por qué ello no ha ocurrido?

Pero si esto es difícil de entender, más extraño resulta la posición de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El liderazgo opositor venezolano cuando se refieren a ellos, los militares, indican que apenas un pequeño grupo son quienes se lucran de esa pandilla enquistada en el poder central, y que el resto de ellos, son institucionalistas y apegados firmemente a la constitución nacional.

Pues bien, de los componentes que forman la fuerza militar venezolana, la Guardia Nacional en su ejecución, notoria, pública y comunicacionalmente, ha cometido delitos claramente tipificados como violatorios de los derechos humanos y que se denominan como de Lesa humanidad.

¿Dónde están esos militares institucionalistas que denuncien esos atropellos contra la población desarmada? Hay suficiente documentación que demuestra las agresiones a domicilios de civiles, vejación, humillación a ancianos, mujeres, niños. Una superioridad evidente del uso de la fuerza, con armas de guerra, vehículos militares que protegen a paramilitares (colectivos), quienes ejecutan todo tipo de desmanes a ciudadanos desarmados.

Ese silencio de estos militares institucionalistas duele. Es triste y deja a esos venezolanos todavía más expuestos a la aberración de unos anónimos paramilitares en sus fechorías al amparo de la oscuridad. Porque las mayores atrocidades siempre se realizan por la noche/madrugadas.

Es espantosa también la duda política de esas preguntas sin respuestas a los dirigentes opositores.

En estos días sombríos. En estas horas cuando la sangre de ciudadanos queda en el asfalto de calles y avenidas desoladas del país, es supremamente indispensable y urgente tomar decisiones ajustadas a la gravedad de los acontecimientos que se dan hora a hora, y son la diferencia entre la vida y la muerte.

La población ya sabe que está en otra fase política. Ya no valen marchas ni plantones para tomarse selfies y compartirlos. Ya pasó el momento de sonar pitos y cacerolas.

El autobús de la libertad pasó por la casa de todos. Tocó su bocina y esperó. Estamos transitando la calle ahuecada, llena de escombros, con barricadas y disparos. Pronto tendremos que apartar cuerpos descuartizados. Pero nadie se quiere bajar.

O los choferes colocan la ruta correcta hacia la democracia, o los pasajeros empujaremos a ese lugar seguro. Porque “el hambre araña” y las persecuciones y ejecuciones políticas acechan.

(*)  camilodeasis@hotmail.com   TW @camilodeasis   IG @camilodeasis1

Opinión – LaPatilla.com

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