JEKYLL Y HYDE, CARETA VENEZOLANA

Redacción 8/03/2017 10:09:00 a. m.

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JEKYLL Y HYDE, CARETA VENEZOLANA

“Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”

Carlos Andrés Pérez

El extraño caso del Dr. Jekyll and Hyde aparece descrito en la conocida novela psicológica de horror escrita por el conocido novelista, poeta y ensayista escocés Robert Louis Balfour Stevenson ( 13/11/1850-3/12/1894 ), y basada en el tema de los fenómenos de la personalidad escindida.

El personaje principal de la novela era un médico humanitario, cargado de buenas intenciones que inventa un brebaje que, al ser ingerido, provoca en el consumidor  la posibilidad de separar la parte más humana de un ser y de convertirlo en un monstruo, capaz de cometer horrores y crímenes atroces. 

Cualquier semejanza con la situación   actual que se vive en Venezuela, es mera coincidencia. Aunque aquí no se trata de retratar a ninguna de las dos partes, Gobierno y demócratas por separado, sino a las dos por igual.

A los líderes visibles de ambos sectores, los aprecian  y escuchan declarando con sus mejores caras de buena gente ( Jekyll ). Inclusive, lo hacen  pregonando todas sus buenas intenciones; ofreciendo un futuro maravilloso y encantador. Sin embargo, repentinamente, esos mismos personajes,  tal y como si tomaran la pócima de la novela, aparecen transformados en personajes de horror ( Hyde ) -porque es como los aprecian los ciudadanos venezolanos- calificándose uno a los otros de traidores, apátridas, ladrones, asesinos, e instigando a los seguidores de ambos bandos a salir a la calle a cualquier cosa:  a trancar, a destruir,  a reprimir, a maltratarse y a matarse  entre ellos.

A esa dirigencia, entonces, repentinamente, se les olvida que  la muerte, el horror y el sufrimiento como consecuencia de esa manera de conducción y de dirección, nunca conduce a ningún buen destino. Por el contrario, sólo fomenta odio, destrucción y venganza. Más violencia.

La historia del mundo es una vitrina llena de ejemplos sobre hechos de esa naturaleza. Está repleta de conflictos, de guerras y de muertes. Los motivos nacen y se reproducen por cualquier motivo. Nunca han faltado causas para justificarlos. Las hay religiosas, políticas, sociales, deportivas, ideológicas, por usurpación de derechos.  Y lo que más llama la atención, es que después de escribir con sangre de inocentes  miles y miles de narraciones y de descripciones,  el  dolor se convierte en el aliado del tiempo, y las diferencias terminan en un diálogo, en un acuerdo, en un arreglo, en un entendimiento a favor de la paz.

En nombre de la paz, entonces, de la misma que se pudo haber esgrimido antes de que se encendieran las diferencias y naciera la violencia, luego se suceden los actos conciliatorios, los abrazos, el arrepentimiento tardío por lo sucedido. Pero jamás serán actos con los que será posible revivir los muertos, reanimar a los heridos, recomponer lo destruido, borrar la miseria y hacer desaparecer el odio.

Cuando eso mismo no se trata de evitar, luego no es bien recibida la excusa de que lo sucedido  pudo haber sido un hecho provocado por la intolerancia, la incoherencia  y la cesión de la fortaleza de la razón ante el predominio de los intereses representados en el momento, y ante las circunstancias.

Oportuno es recordar la guerra de los Estados Unidos con Japón. Llega a su fin con un ataque Japonés a Pearl Harbor y la respuesta de los americanos son dos bombas atómicas, la de Hiroshima y la de Nagasaki.  Pero esos dos rivales después acordaron firmar un Acuerdo de Paz. Un importante Acuerdo que, sin embargo, no hizo posible  que se olvidara el saldo de  centenares de miles de muertos y de individuos convertidos en víctimas de la mutua agresión.

Otro caso emblemático fue el de la Segunda Guerra Mundial entre la Alemania Nazi y el mundo Occidental. También  terminó con millones de muertos y de heridos, además de multimillonarias pérdidas materiales, para, finalmente, sentarse a convenir un tratado de paz.

¿Es que acaso la historia del mundo no basta con sus miles de ejemplos, para que en Venezuela se produzca el convencimiento de que aquí las diferencias políticas están conduciendo al país, con sus casi 32 millones de ciudadanos, por el  camino equivocado?.

El Gobierno, por supuesto, gestor, activador y motivador sistemático de lo que está sucediendo,  es quien hoy  tiene la mayor responsabilidad de impedir que ese equívoco  se convierta en tragedia histórica. Porque  fue electo por voluntad popular  con el mandato de gobernar para todos los venezolanos. Sin embargo, terminó atrincherándose como  grupo  para hacerse  del poder, y  arremeter con fuerza -y no con la razón- en contra de aquellos electores suyos  que demandan rectificaciones y disienten de la manera como ese hoy pequeño grupo, insiste en dirigir los destinos de la Nación.

Los voceros de ese grupo gubernamental, por otra parte, haciendo uso arbitrario de la ventaja del empleo monopólico de las armas de esa misma Nación, no deben amenazar y ordenar reprimendas cruentas contra la población civil.

En el país, las partes en discordia deben ser el Partido Socialista Unido de Venezuela  y la Mesa de la Unidad Democrática  y sus respectivos aliados. No el Gobierno y la ciudadanía.  Al Gobierno, le corresponde ejercer  la labor de conciliar y de impedir que la violencia se apodere y crezca permanentemente entre ambas partes.

Otra instancia institucional determinante en estos hechos, las Fuerzas Armadas, están  totalmente equivocadas en su proceder. No deben obedecer a parcialidades partidistas o a grupos interesados en usarlas con fines confesables o inconfesables.  No deben ser Chavistas ni revolucionarias, ni mucho menos socialistas; no deben actuar como apéndices políticos, ideológicos y sociales.  Tampoco se les debe permitir que pretendan juzgar a civiles en Tribunales Militares y, mucho menos, detenerlos en cárceles o recintos militares. ¿Acaso existe otra Constitución distinta a la conocida y que se ha convertido  en el principio y final de la actuación de esta institución?.

La única razón de ser de las Fuerzas  Armadas, como lo consagra la Constitución vigente desde 1999, es la defensa de todos los ciudadanos y del territorio nacional. Utilizar las armas para atacar al pueblo es su peor delito y vergüenza. Las armas que les ha entregado la Nación, son únicamente para la defensa de los ciudadanos y nunca jamás para atacarlos. Es un delito sin caducidad, repudiado y penalizado a nivel mundial y que asume personalmente el o los responsables que incurren en esa deleznable práctica que deshonra y desnaturaliza el comportamiento ético del uniformado.

La población civil, la misma que es constituida por ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos consagrados en la Constitución, definitivamente, tiene  todo el derecho de protestar cívicamente sin violencia, y no debe ser reprimida.

Venezuela vive difíciles momentos históricos. Y en ellos, los únicos llamados a definir su destino son los ciudadanos. No hay que buscar mediadores en ninguna parte. Es, además, un problema de los venezolanos. ¿Solución?: convocar a elecciones Presidenciales, con base en el uso de la doble vuelta electoral; solicitar a las organizaciones internacionales garantes de soluciones en condiciones racionales, que se instale  un organismo electoral que garantice  el desarrollo de una limpia, segura y transparente contienda electoral.

Acto seguido, después de la elección Presidencial, se deben instalar las nuevas autoridades, encargadas  de convocar la constitución de  un nuevo Proceso Electoral Constituyente Originario, de elección pública y directa, con sus respectivas bases comiciales, y todo apoyado en la consulta obligatoria al poder originario, como manda la Constitución.

Luego de haber sido elegida democráticamente e instalada la Asamblea Nacional Constituyente, representando a todos los venezolanos y a todos los sectores políticos debidamente electos, en forma consensuada, se debería proceder  a adecuar los términos de una nueva Constitución que haga posible la gobernanza para los ciudadanos y no para el Presidente de turno.

Importante recordar que ese proceso Constituyente y el “Proyecto País”, apegado estrictamente a lo que consagra la  Constitución, lo hizo público y entregó “La Alianza Nacional Constituyente”, un grupo de venezolanos provenientes de todos los sectores y regiones del país, que han trabajado en el mismo desde hace más de 10 años.

Es una propuesta del país y para el país que  está en manos del Gobierno, de la Asamblea Nacional,  de los gremios y de los sectores económicos para su estudio y perfectibilidad. No es un planteamiento espontáneo; mucho menos un razonamiento efectista. Y que ha sido  consignado  insistiéndose siempre en que  el único camino para lograr la paz y encausar nuevamente el país, es a partir de la realización   de una verdadera y legal convocatoria a una Asamblea Constituyente con estricto apego a la Constitución, y nunca respondiendo a los patrones y propósitos que distinguen a la actual convocatoria.

Definitivamente, a los venezolanos les llegó la hora de tomar decisiones.  Pero también de  hacerlo en respuesta a la exigente situación que se vive actualmente. En lo que eso se traduce, es en que los pasos que se deben dar tienen que producirse  dejando de lado los intereses personales y pensando en el futuro de millones de ciudadanos  que se resisten a envejecer a merced de la desesperanza. Sólo el país priva, cuenta e interesa. No hacerlo en obediencia a esa histórica necesidad, implica la posibilidad de seguir sembrando todo lo peor que concluya en la germinación de situaciones ideales para el nacimiento de una costosa ruptura de la convivencia ciudadana.

Egildo Luján Nava

Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)

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