Nos tocará decir como Tito Andrónico

opinión

Humberto Seijas Pittaluga

Humberto Seijas Pittaluga

1 Agosto, 2017

Una apreciada amiga que reside en Tenerife y a quien debo eterno agradecimiento porque desde hace no-sé-cuántos-años ha sido la proofreader de todo lo que escribo —Cristina Chepalich— me manda el trozo que sigue y que fue escrito a mediados del siglo XIX por Juan Bautista Alberdi, un argentino que fue jurista, estadista, diplomático, escritor y autor intelectual de la Constitución Argentina de 1853 — ocupaciones, todas ellas, en las que fue exitoso. Si donde dice “argentinos”, ponemos venezolanos, podremos ver una radiografía de lo que acontece actualmente en nuestra patria. Lean. “Los argentinos hemos sido ociosos por derecho y holgazanes legalmente. Se nos alentó a consumir sin producir. Nuestro pueblo no carece de alimentos, sino de educación, y por eso tenemos pauperismo mental. En realidad, nuestro pueblo argentino se muere de hambre de instrucción, de sed de saber, de pobreza de conocimientos prácticos y de ignorancia en el arte de hacer bien las cosas. Sobre todo, se muere de pereza, es decir de abundancia. Quieren pan sin trabajo, viven del maná del Estado, y eso les mantiene desnudos, ignorantes y esclavos de su propia condición. El origen de la riqueza son el trabajo y el capital, ¿qué duda cabe de que la ociosidad es el manantial de la miseria? La ociosidad es el gran enemigo del pueblo…”

Lo triste es que Alberdi sigue teniendo razón a más de siglo y medio después, en ambos países. Argentina, de ser el pueblo más educado y culto de los hispanoamericanos hasta mediados del siglo XX, por culpa del peronismo, la corrupción y la sobadera de egos que son intrínsecas al populismo, ha llegado a la casi postración actual, en la cual ladrones como los Kirchner, Julio De Vido, Lázaro Báez et al siguen aspirando a cargos de elección popular y donde matones como D’Elia y los de La Cámpora son figuras públicas. Unos y otros tiroteando los esfuerzos que hace la actual administración para sanear las arcas públicas y poner entre rejas a los sisadores del erario. Venezuela —apenas sobreviviendo a los más de dieciocho años de robo descarado, ineptitud galopante y marramucias a granel (como las que vimos el domingo)— no se encuentra mejor. Aquí, por el afán de seguir pegados a la teta de la res pública, se sacaron de la manga una fulana constituyente (minúsculas ex profeso) sin preguntarle al soberano si la querían o no, y a quien solo lo pusieron en el disparadero de tener que marcar los números que identifican a unos asambleístas que ya el régimen había escogido a dedo. Para luego, sin importar qué porcentaje de la población hubiese en realidad sufragado, elegir unos “diputados” cuya misión es volver añicos la vida republicana y convertir al país en una suma de soviets.

Es que, aunque se jactan de bolivarianos, se hacen los locos con aquello que dijo el Libertador en Angostura: “nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

Todos nos acostamos el domingo 30 con la sensación de que Tibi y sus tres comadres nos volvieron a engañar, que es mentira eso de los ocho millones de votos. Y cuando digo “todos” digo “todos”, oficialistas y opositores. Porque el conjunto entero de los venezolanos (y de los extranjeros que vieron por los noticiarios en sus respectivos países) la soledad de los centros de votación; más el añadido de que aquí se burló el principio de “un ciudadano, un voto”, que algunos votos pesaban más que otros y que, seré repetitivo, no se consultó al pueblo si quería una constituyente: se lo puso en el disparadero maduriano de: “yo ya decidí que va una constituyente; a ti solo te dejo la libertad para escoger cuál, de los designados por mí, va a representar tu circunscripción, no a ti.” O sea, recordando una vieja cuña de cuando había aceite en el país: “¿Con qué quieres que te fría, mi pescado?”

La gente más sencilla de la nación no está consciente de las graves consecuencias con las cuales nuestra patria está constreñida. Nos toca, a quienes tenemos un poco de más ilustración y de años de vida, convertirnos en misioneros, predicadores, para abrirles los ojos. Y para que, provistos con ese conocimiento, traten de frenar a los asambleístas. Tarea ímproba pero, como decía el policía de mi pueblo: “cuando toca, toca”.

Entre tanto — y para compensar con un culteranismo el par de coloquialismos que se me colaron antes— nos tocará recitar aquello del cuarto acto del Titus Andronicus de Shakespeare: “…Yet wrung with wrongs more than our backs can bear; / And, sith there’s no justice in earth nor hell, / We will solicit heaven and move the gods / To send down Justice for to wreak our wrongs”. (…sin embargo, aherrojado con males, más que los que la espalda resiste; / Y ya que no hay justicia ni en la tierra ni en el infierno, / Solicitaremos al cielo y moveremos a los dioses / Para que envíen la Justicia a vengar nuestros agravios”.

Bolívar no estaba equivocado cuando sentenció: “Un pueblo ignorante es el instrumento ciego de su propia destrucción”…

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