¿Quién puede negar que el poder corrompe?

26.06.17, 6:05 am / Editor /

Antonio Ricóveri

Desde Puerto La Cruz.- La tranca con obstáculos, trocos y piedras en el poblado de Cerezal, estado Sucre, ya rondaba las 4 horas. El motivo era la falta de gas doméstico. Quien a todas las claras coordinaba “el trancazo” era un hombre humilde, de aspecto afable y vestir muy sencillo. Ante la solicitud de paso eventual que le hacíamos quienes nos encontrábamos en ese trance, el hombre se transformaba al mejor estilo del monstruo verde Hulk… El rostro se le avinagraba, sus ademanes se tornaban amenazantes y alzaba la voz a decibeles casi inhumanos: ¡Nadie pasa hasta que yo diga! ¡No me importa que la mujer esté embarazada, ese carro se queda allí!… El sujeto actuaba así porque se sentía “empoderado” de la situación…
Recuerdo entonces al especialista en historia de la iglesia y católico de ideas liberales del siglo XIX, John Emerich Dalkberg Acton, mejor conocido como Lord Acton, quien al oponerse a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano I, envió una carta al obispo Mandell Creighton en los siguientes términos:

“No puedo aceptar su doctrina de que no debemos juzgar al Papa o al Rey como al resto de los hombres con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. La responsabilidad histórica tiene que completarse con la búsqueda de la responsabilidad legal. Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Y esto lo traigo a colación, porque pareciera que no todos los seres humanos están preparados para tener poder, para tener ascendencia sobre otros, para ostentar mando, poderío, dominio, autoridad, potestad, supremacía sobre sus iguales, porque, más temprano que tarde se envilecen.

Casos sobran sobre personas que por diversas circunstancias o juegos del destino (amén de sus propias condiciones) se han visto con poder (poco o mucho) en un momento determinado. Dichos ejemplos van desde el humilde campesino artífice de la referida tranca en Cerezal, pasando por quien coordinar un simple departamento en alguna empresa, hasta quien ostenta de manera transitoria un cargo político, develando que en la mayoría de los casos la verdadera personalidad de los sujetos, sus complejos, rencores, inseguridades, salga a flote, haciendo que pierdan el contacto con la realidad y muestren lo más negativo de sí mismos.

Vemos entonces a seres “empoderados” que incurren en graves muestras de abuso de poder, que dejan de lado la persuasión, la explicación, la cooperación paciente con las personas de su entorno, para dar paso a la imposición de sus conceptos, al mal trato y a la exigencia de obediencia absoluta a su opinión. Y quien se opone a ello, queda execrado, excluido, sentenciado, y hasta aniquilado moralmente.

En el caso político el asunto es aún más intenso por ser “el ejercicio del poder mismo” lo que está en juego… Por lo tanto, y en procura de ese ansiado objetivo, el accionar del dirigente va orientado a la búsqueda de una disciplina férrea que a veces ralla en el autoritarismo, a la aniquilación de la disidencia (hasta lograr minimizar a sus adversarios) y en los casos extremos, a la imposición de una hegemonía política.

Pero es, sin lugar a dudas, en la actual gestión madurista donde todas las deformaciones, defectos y pecados mortales que el poder concede han sido cometidos.
Y con esto, hasta el mismísimo Lord Acton estaría de acuerdo.

Así de simple.

Diario El Tiempo
Author: Antonio Ricóveri

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