Pompeyo

opinión

Carolina Jaimes Branger

26 Junio, 2017

Se fue tranquilo, en paz con su vida inquieta. Pompeyo Márquez fue un hombre de una verticalidad como pocas, consecuente en pensamiento y acción. Cuando creyó en el comunismo fue comunista aguerrido y combatiente. Cuando se dio cuenta de que el comunismo no servía, fue su más fiero adversario. Tuvo el coraje que les falta a muchos para reconocer públicamente que se había equivocado y con la sencillez que lo caracterizaba, dio un giro de ciento ochenta grados y tomó la ruta de regreso. Su experiencia de vida lo convenció de que no había mejor modelo que la democracia y por ella luchó hasta el último día, cuando su pensamiento fue para y por la democracia en Venezuela.

Conocí a Pompeyo hace muchos años. Su aspecto y su voz de hombre enfurruñado no concordaban con el ser encantador que era. Inteligente, culto, aseguraba que su universidad había sido la cárcel, porque había tenido tiempo para leer. Fue valiente como el que más. No sólo cuando participó en la lucha armada, sino ya mayor, cuando todavía estaba dispuesto a jugárselas todas. Yo lo vi en acción. Por eso y en su memoria, quiero compartir con ustedes una anécdota del año 2003, una mañana que lo invité a mi programa en Radio Caracas Radio.

2003 fue un año muy convulso, que empezó con el paro petrolero. Cuando el paro se debilitó, Hugo Chávez recobró fuerzas y los llamados círculos bolivarianos estaban –como precursores de los colectivos de hoy- haciendo de las suyas. Estábamos en la cabina conversando cuando nos vinieron a avisar que había una turba en la puerta exigiendo que saliera Pompeyo. Amenazaban con entrar por la fuerza si él no salía. A mí me temblaban las piernas y el corazón lo sentía como a mil latidos por minuto. Sin embargo, me tragué mi miedo y acompañé a Pompeyo, quien iba con paso firme y decidido delante de mí. Abrió la puerta que daba hacia la calle. Le gritaron de todo. Lo que más le decían era “traidor”. Eso lo descompuso. “¡Aquí el único traidor se llama Hugo Chávez!”, les respondió con su voz ronca y vigorosa. El jefe del grupete arengó para que “le cayeran”.

Hasta el día de hoy, cuando vemos a los “súper machos” envalentonados porque andan armados o en grupo, estos chavistas no han cambiado nada. Mejor dicho, sí han cambiado: se han puesto peor. Aquel día no pudo ir uno a buscar a Pompeyo a decirle lo que querían decirle. No, fueron en grupo y dispuestos a caerle a golpes a un anciano. Dicen que los peores hombres resultan siendo también los más cobardes.

Pero como Pompeyo de cobarde no tenía ni un pelo, los enfrentó: “Vengan, aquí nos caeremos a coñazos hasta que uno salga muerto. Tengo ochenta y un años pero todavía peleo con fuerza y bríos… Eso sí, ¡no sean cobardes! (aquí soltó un estruendoso “carajo”). ¡Vienen uno por uno!”. Acto seguido se quitó los lentes y me los dio.

No tengo que decir que los “gallitos” que estaban tan dispuestos a lincharlo en cambote, se fueron volteando y se retiraron en menos de un minuto, empezando por el jefe. Pompeyo los llamaba: “¿Y entonces, qué les pasó, me cogieron miedo?”…

Se volteó hacia mí. “¿Te asustaste, mija?”, me preguntó. Yo me reí. Todavía estaba asustada. “Lástima que se fueron”, me dijo. “me los hubiera volado a toditos”. Ése era Pompeyo. Siempre lo recordaré. Con cariño, con respeto, con admiración.

Para su familia, en particular para su hijo Iván, mi amigo, mis palabras de afecto y condolencia. No sé por qué, pero pareciera que los únicos que se mueren son los buenos, los valientes, los íntegros…

@cjaimesb

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