¿Cómo ganar el juego de la gallina?

BY POLITIKA UCAB ON JUNIO 17, 2017 • ( DEJA UN COMENTARIO )

carta-del-director

Caracas, 16 de junio de 2017

Aumentar la participación en las movilizaciones tiene que ser planteado como uno de los objetivos vitales y más importantes de la oposición.

En los años 50 y 60 se puso de moda un tipo de desafío entre los jóvenes, y no tan jóvenes, de esa época que en ocasiones, afortunadamente muy pocas, terminaba con un resultado fatal: la muerte de los contrincantes. A tal desafío se le conocía como el juego de la gallina y consistía en que quienes asumían el reto, normalmente producto de una apuesta, se colocaban con sus vehículos en los extremos opuestos de una calle para enfilar, a toda velocidad, ambos vehículos, uno contra el otro, en una prueba irracional de valor que solo podía terminar con dos posibles resultados, ambos contrincantes ilesos porque uno o ambos decidieron doblar el volante antes de colisionar o con la muerte, o al menos heridas muy serias para los dos, si ninguno decidía cambiar el rumbo.

En un juego de gallina solo puede ganarse si uno solo de los contrincantes decide doblar el volante, quien terminaría siendo la gallina, mientras el otro mantiene el rumbo a riesgo de su propia vida. Otro resultado probable, aunque menos frecuente, era que ambos contrincantes doblaran el volante para evitar el desenlace fatal, lo que terminaba con ambos siendo gallinas, pero vivas. Y decimos que menos frecuente porque, como nos dice la teoría de juegos, el equilibrio de este juego está en que uno sea el que desvía el rumbo mientras el otro lo mantiene. Pero, ¿por qué este juego, que luce irracional desde su mismo planteamiento, terminaba normalmente con un resultado racional en el que ambos conductores preservaban la vida? Simplemente, porque ambos conductores, como sucede con la gran mayoría de los seres humanos, eran racionales y valoraban la vida por encima de cualquier otra cosa, y en base a ello alguien terminaba el juego al ser quien doblaba el volante primero, con lo cual definía la acción de ambos y el resultado final.

En la vida suelen darse confrontaciones similares a las de un juego de gallina, la que vive hoy nuestro país es una de ellas. Cabe preguntarse entonces si hay algo que se pueda hacer para ganar un conflicto planteado en tales términos.

Volviendo a nuestro ejemplo, existe en principio una sola forma de ganar un juego de gallina, y es convenciendo de alguna forma a la contraparte de su imposibilidad de ganarlo aun cuando ello pueda significar un desenlace fatal para ambos. En este caso tal certeza o incluso la incertidumbre sobre el resultado final de una colisión es lo único que puede modificar la decisión de la otra parte.

La imposibilidad de ganar el juego para el otro puede implicar la evidencia de que alguna de las partes tiene una ventaja obvia sobre el otro, cuando por ejemplo una de ellas maneja una gandola y el otro un vehículo 10 veces menor. También podría darse porque una de las partes convence a la otra de su irracionalidad, por ejemplo porque en desafíos anteriores ya se ha estrellado frontalmente contra otro vehículo, lo cual le da la ventaja de una reputación comprobada sobre su disposición a un desenlace fatal. Una tercera opción que puede generar una ventaja para una de las partes es la renuncia a controlar el vehículo, por ejemplo lanzando el volante por la ventana, lo cual deja la decisión sobre un desenlace fatal en las manos del segundo conductor. Si colocamos a la oposición democrática al volante de un juego de gallina en donde su contraparte es el régimen, ¿qué puede hacer la oposición para convencer al régimen de su imposibilidad de ganar el juego y aumentar sus posibilidades de ganarlo?

Evidentemente, el juego de la irracionalidad no parece ser el movimiento estratégico adecuado para darle una ventaja a la oposición, en primer lugar porque la oposición ha demostrado en varias ocasiones, al haber doblado el volante, ser un actor racional que valora la vida propia y la sus seguidores por lo que ha estado dispuesta a renunciar a marchas a Miraflores y a un revocatorio a costa de sus propio capital político. Con tal precedente es predecible que cualquier movimiento en la dirección de convencer al régimen de la disposición a una jugada irracional, además de irresponsable, no tendría ninguna credibilidad, lo cual podría terminar con un resultado fatal si ambos conductores deciden mantener el rumbo convencidos de que será el otro quien doble el volante para evitar la colisión.

Una segunda alternativa es aumentar el tamaño del vehículo en el que la oposición asume el desafío, lo que permitiría enviar la señal al otro de que no podría ganar en caso de colisión porque el vehículo propio es mucho más grande, o al menos generar la incertidumbre sobre el resultado final en caso de colisión, lo que aumentaría las probabilidades de éxito de la oposición democrática.

En el actual momento, el único movimiento estratégico que permitiría a la oposición tener alguna oportunidad de ganar este juego es conduciendo un vehículo mucho mayor, y la única forma de lograrlo se materializa en generar la capacidad de convocar a protestas con una participación mayor a la que hasta el momento hemos visto. Lamentablemente, esta semana hemos finalizado una encuesta a nivel nacional que, tal como sospechábamos y veníamos advirtiendo desde hace semanas a través de esta columna, evidencia que la protesta esta muriendo como resultado de la violencia que eleva progresivamente las barreras a la participación. Hoy, casi el 78% de las personas que están de acuerdo con la protesta reconocen no participar porque temen o rechazan desde la violencia gubernamental hasta las guarimbas opositoras.

Pero la situación es aún salvable si se reconduce la protesta con el objetivo de elevar los niveles de participación, lo que implica hacerlo de manera tal de erradicar o reducir al mínimo posible la violencia. En este sentido, el objetivo de la oposición debe ser aumentar la participación de la gente en las manifestaciones, evitando estrellar una protesta menguante contra el muro de los piquetes de la policiales y de la Guardia Nacional.

Cada vez que la oposición enfrenta una protesta de dimensiones discretas y desarmada contra el muro represivo del régimen, estamos haciendo lo equivalente a aceptar el desafío irracional de entrar en un juego de gallina con una bicicleta cuando nuestra contraparte maneja un camión. El resultado sobre quien doblará el volante es predecible y el desenlace fatal si no lo hace por irracional también lo es.

Reducir la violencia para aumentar la participación en la protesta implica evadir la represión, y para ello, en un primer momento, será necesario convocar de manera mucho más selectiva, no todos los días, y con una mejor planificación, de manera tal de concentrar en un solo punto a la mayor cantidad de gente posible para hacer mucho más difícil la represión. Hoy de lo que se trata es de recuperar la capacidad de convocatoria para aumentar el tamaño del vehículo, no de plantear desafíos infructuosos desde grupos relativamente pequeños y fácilmente reprimibles que, lejos de aumentar la participación la van menguando día a día. No importa que la oposición tenga hoy de su lado a la mayoría del país, si esa mayoría hoy no puede expresarse electoralmente y tampoco lo hace a través de otros mecanismos como la protesta. Ello equivale a ir a un juego de gallina en bicicleta, porque tenemos un camión pero esta accidentado.

Solo cuando nos presentemos a este juego de gallina con el régimen conduciendo a millones de personas estaremos en condiciones de plantear y ganar este desafío. En esas circunstancias el régimen comprenderá que ganar no es posible y tomará una de dos decisiones, doblar el volante o tratar de negociar el desenlace del juego. En ambos casos, la oposición democrática estará en una posición de ventaja, o al menos simétrica, en la que tendrá la oportunidad real de lograr un resultado favorable. Y para quienes piensan en nombres y apellidos del lado del régimen que jamás estarían dispuestos a doblar el volante por sus altos costos, es importante recordar que en ese autobús el chofer no va solo. Con él viajan otros que no están dispuestos a dejar sus vidas en manos de un conductor chiflado, y seguramente tomarán el control del volante para evitar un desenlace fatal.

Es de vital importancia para la oposición lograr la reorientación de la protesta en los próximos días, antes de que se produzca la elección de la mentada Asamblea Nacional Constituyente, y para ello cuenta con varias opciones. Una es la reconducción de la agenda de protestas de manera que haya objetivos mucho más claros y un diseño que permita concentraciones más numerosas en condiciones de mayor seguridad, y la organización de algún evento, como un consulta, previa a la fecha fijada para la elección de los constituyentistas, que facilite la participación y permita materializar la expresión de la voluntad de los millones de venezolanos que se oponen a la propuesta presidencial.

Finalmente, la jugada del día de ayer de parte del Consejo Nacional Electoral, convocando a la inscripción en agosto de los candidatos a las elecciones regionales busca, evidentemente, generar un nuevo debate en la oposición para dividirla entre quienes están de acuerdo o no en participar, y entre estos últimos por el reparto geográfico de las candidaturas. Si bien participar o no en estas elecciones regionales es un tema debatible que da para más de un artículo, la necesidad de la oposición de mantener el respaldo de la calle es un tema que no tiene discusión. Quienes hoy pretenden renunciar a la protesta alegando que no ha llevado o no nos llevará a nada, poco o nada entienden sobre esas dinámicas o actúan de mala fe. En un caso o en el otro, lo que sí es cierto es que estos son los liderazgos que podemos ir desechando porque de no hacerlo serán los que terminaran doblando el volante de la oposición y harán que todo un país se pierda en el desafío de recuperar la libertad y la democracia.

Benigno Alarcón Deza

Director

Centro de Estudios Políticos

Universidad Católica Andrés Bello

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