Rubén Monasterios: La pelea más dura

16.06.17, 5:21 am / NoticieroDigital.com /

opinión

16 Junio, 2017

Siento el más profundo respeto por esta generación a la que ha correspondido enfrentar la dictadura castrochavista; y es porque creo que les ha tocado el hueso más duro de roer en los últimos sesenta y pico de años de nuestra Historia Política. En efecto, una generación combatió ─con toda justicia─ a Pérez Jiménez; las siguientes, alucinadas por el canto de sirena marxista nos enfrentamos ─desde la acera equivocada de la Historia─ a gobiernos que intentaban darle forma a una democracia; en ambos períodos los gobiernos respondieron con dureza, y en ambas situaciones: derrota de la dictadura en el 58 y triunfo de la democracia sobre la subversión animada por el castrismo, el factor clave fue la Fuerza Armada. Hablemos sin ambages: eso de que “la pluma es más fuerte que la espada” es elucubración poética; sin estar respaldado por una base de poder sustantiva no hay discurso que valga.

Ahora bien, en esos tiempos idos, como lo dice con sencilla sinceridad Astrid Natera de Furiati, “los militares eran gente decente”; vale decir, tenían valores morales positivos concernientes a su sentido del honor y a su papel en la dinámica de la sociedad; de aquí que la comunidad civil podía contar con ellos a propósito de respaldar sus aspiraciones de libertad. El estamento militar estaba considerablemente menos corrompido y al margen de la delincuencia organizada internacional.

Me arriesgaría a afirmar que los militares de entonces tenían buena imagen social, en particular la armada y la aviación, cuyos elementos despiertan simpatía en la gente a causa de la mitología de audacia y aventura que envuelve a marinos y pilotos. Esa percepción favorable llegó a su punto máximo y se acentúo en la cultura popular con la emergencia de un personaje entre folclórico y romántico, el almirante Wolfgang Larrazábal.

La presencia y privilegios de los militares se veían como algo normal en el ambiente. Pero esa buena imagen se fue empañando con el correr del tiempo y acabó volviéndose polvo con la rápida degeneración del castrochavismo. Actualmente, desde el punto de vista ético, todo militar resulta sospechoso, por decir lo menos; y si es de la GN y de sus cómplices en la represión de pueblo y el saqueo, los paramilitares Policía Nacional y colectivos, esa noción deja de sospecha para volverse convicción. Desde luego, es una apreciación no del todo justa; datos confiables informan de docenas de oficiales en el exilio, de unos cuantos presos, de cientos de dados de baja ilegalmente, de oficiales altamente capaces marginados.

Sin embargo, es lógico preguntarse: ¿Por qué la armada y la aviación militar no corresponden al afecto de su pueblo y reaccionan ante los atropellos a que somos sometidos civiles y militares? Dos factores encierran la respuesta: la complicidad de sus jefes y el espionaje implacable de la inteligencia castrista con el beneplácito de esos altos mandos y del gobierno. El G2 es una siniestra y eficiente organización, implantada en Cuba por los soviéticos e integrada por criminales peligrosos, sin escrúpulos (estos sí de verdad con “licencia para matar”), indoctrinados en el comunismo hasta la médula. De hecho, es el instrumento más efectivo en el propósito cubano de expandir el castrocomunismo en América Latina; varios países del continente están penetrados a fondo por el G2; Florida está plagada de sus efectivos; en Venezuela se cree que hay más de cuatro mil agentes operando bajo diferentes aspectos.

El hecho es que según observadores bien informados, un sector importante del estamento militar se siente humillado, frustrado y ebullente de ira impotente por los desafueros de toda índole cometidos por la GN y sus complementos; pero, para bien o para mal, los estereotipos se forman a partir de los rasgos más resaltantes de la conducta de las personas y colectividades, y, tratándose del cuerpo castrence, estos son represión, muerte, tortura, contrabando y tráfico de drogas, robo descarado, respaldo a delincuentes, saqueo, sadismo.

Desde la perspectiva política, la esperanza de una presión militar a favor de los derechos de la ciudadanía es débil. Lo que está en juego va mucho más allá de los beneficios que las cúpulas castrences siempre han obtenido por respaldar gobiernos más o menos corruptos; ahora son las incalculables fortunas del tráfico de drogas y las oscuras alianzas impuestas por tal ganancia con carteles internacionales, movimientos armados subversivos, dictaduras salvajes y el terrorismo islámico.

Con todo, la descomposición del espíritu militar no es el único obstáculo impuesto a la libertad. La dictadura montada en nuestra yugular dispone de bases sustantivas de poder: capital suficiente para comprar voluntades y armas represivas, que son puestas en manos de al menos siete cuerpos entrenados en su uso e indoctrinados para aplicarlos implacablemente en la acción coactiva: el G2, la ignominiosa Guardia Nacional a la cabeza, y los paramilitares Sebín, colectivos, Policía Nacional, milicia… y una posible reserva: la Farc.

Es la primera vez que la protesta en Venezuela se encara a una dictadura nacional envuelta en una trama de tal naturaleza, con tanto poder y con tan definida inclinación perversa. Por eso veo en esta la lucha más dura por la libertad habida en nuestra Historia Patria.

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