El martes 13 en “Los verdes” de El Paraíso; por Marcy Rangel // #EnPrimeraPersona

Por Marcy Alejandra Rangel | 14 de junio, 2017

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Fotografía de Marcy Rangel

1

El estruendo fue corto, suficiente para entender que habían llegado. “Recuerda los tips”, fue lo último que leí en el Whatsapp antes de guardar el teléfono. Estábamos refugiados en el cuarto más distante a la entrada para alejarnos de cualquier realidad que, literalmente, nos tocara la puerta. Al abrir, dos hombres de 1.75 metros cubiertos de negro hasta los ojos saludaban en tono “amable” a los tres apartamentos que abrieron a la vez:

—Buenas noches, mi gente.

(Temblor).

—Vamos a revisar un momento los apartamentos.

—¿Traen alguna orden? –alcancé a decir.

—No, pero esto va a ser muy rápido –asintió.

Abrimos la reja y, sin mirarnos, cada vecino entró a su casa para custodiar lo que hacían los funcionarios. Era la primera vez, en dos horas, que prendíamos alguna de las luces del apartamento, que habíamos apagado para dejar el menor rastro posible de habitantes. Solo veíamos, de vez en cuando, la luz del celular.

Cada funcionario portaba un arma que se extendía desde el hombro hasta la rodilla. No apuntaban, solo caminaban en esa posición incómoda. Veía fijamente la cantidad de municiones que tenían en el pecho, como si pudieran ser a la vez kamikazes de guerra. Entraron a uno solo de los tres cuartos, sin ver más que la cama y apenas el baño interno, con el casco puesto y sin identificación.

—¿De cuál organismo vienen?

—Policía Nacional-titubeó uno.

—Estamos blindados y somos del operativo–le tapó el otro.

—No le abran la puerta a más nadie, porque ya encontramos un señor de 70 años secuestrado en el piso 14. Si alguien les toca la puerta, les dicen que no.

—¿Y cómo hacemos si viene alguien más con un arma larga?

—Nosotros estamos asignados por edificio y no salimos menos de 100 funcionarios juntos. Así que no te van a volver a tocar-intentó tranquilizarnos.

Ambos resultaron educados y cuidaron sus palabras con cierta simpatía. No les éramos atractivos. En nuestro piso solo viven parejas de personas adultas, dos abuelas, una señora en cama con sus cuidadoras. La intuición nos dijo que sabían a quiénes y dónde buscar. Por eso, antes de seguir, se sumaron a los otros cuatro funcionarios que estaban en el apartamento contiguo. Le pidieron agua a la vecina y aprovecharon de tomarse una pastilla para el dolor de cabeza. El único signo de humanidad que tuvieron esta noche.

Los funcionarios fueron por cada apartamento de los 12 edificios que conforman el Conjunto Residencial El Paraíso, conocidos por su color verde, que se divisa inconfundible desde la autopista. Todo un universo que contiene, al menos, 1200 familias y 5000 personas que no se han salvado del terror en dos meses de protesta continua que lleva la oposición en contra del régimen de Nicolás Maduro, en Venezuela.

La señora Luisa, por ejemplo, es sobreviviente de cáncer y celebraba su cumpleaños con 15 personas incluidos tres de sus nietos que no pasan de los 3 años. Desde las ocho de la mañana escuchó las primeras detonaciones y, como su ventana no da hacia la autopista, no podía ver qué pasaba en el transcurso del día. Cuando divisaron a una tanqueta negra del Comando Nacional de Antiextorsión y Secuestro derribar de un soplo el portón del estacionamiento de visitantes, resguardaron a los niños en el baño. Pero casi no dio tiempo. Sonó el teléfono: “Están en el pasillo” dijo la vecina. Y, con el miedo de que pudieran llevarse a sus hijos varones, sacó la torta de la nevera y puso la mesa para cantar cumpleaños. En eso tocaron la puerta: “No me preguntes qué me dijeron, porque de los nervios me puse sorda. Yo abrí y les dije ‘pasen adelante’”.

Pero tampoco hicieron nada allí, más que amedrentar. En cambio, a uno de los señores de la tercera etapa, le robaron sus ahorros: “Mis hijos me habían mandado mil dólares para que me fuera a Chile con ellos. Ya estaba por dejar el país” dijo.

Las redes se movían al mismo ritmo de las bombas lacrimógenas que no pararon hasta bien entrada la noche. Decían que no había luz, que disparaban en las cerraduras de los vecinos que no abrieran la puerta, que les habían disparado a las mascotas, que se habían llevado a unos muchachos presos, que había un grupo de personas que filtraba la información a los cuerpos de seguridad. Al ángulo perpendicular de mi ventana llegaron unas camionetas pickup blancas que sacaron grupos de ocho muchachos con las manos atadas y la franela de capucha. El procedimiento se repitió al menos cuatro veces: eran de “La Resistencia”.

A medianoche llovía en El Paraíso. A esa hora se fueron y ésta no parecía una metáfora casual.

2

El Conjunto Residencial El Paraíso fue concebido a finales de los años 70 a semejanza de los superbloques que le hacían juego a la modernidad por la que apostaba el país. Además de los 12 edificios, la planta baja aún está llena de negocios que comprenden desde frigoríficos y farmacias, clínicas, bancos, una oficina del seguro social y hasta un preescolar. Su parque, un área común que otrora albergaba a niños en bicicleta y otros en columpio, fue mutando hasta convertirse en una plaza con pocas atracciones. Esta razón, aunada a la inseguridad, fue mermando la cantidad de niños que visitaban las áreas comunes en cualquier tarde a la semana.

Sin embargo, este año las cosas cambiaron. El 19 de abril de 2017 fue la primera vez que –en esta jornada de protestas– una marcha de la oposición fue convocada con un punto de salida a cuatro cuadras del conjunto, a pesar de que El Paraíso ha sido una parroquia opositora por tradición. En las elecciones de 2015 logró su máximo porcentaje de votos, con 70% a favor de la Mesa de la Unidad Democrática.

Desde esa marcha, que también ha significado el punto de no retorno para quienes manifiestan en las demás calles de Venezuela, los Guardias Nacionales Bolivarianos establecieron unos nuevos piquetes en el Puente 9 de Diciembre, que están permanentemente en la salida de la residencia.

Los vecinos, en respuesta, amarraron con cadenas todos los portones que daban acceso a los carros y se restringió el paso peatonal, entre 5:30 am y 9:00 pm. Esto ha significado menor clientela y mercancía en los negocios, mayor control y seguridad interna y el espacio de reunión de vecinos por las tardes en los estacionamientos de visitantes que ahora se utilizan como áreas comunes. Hay abuelos que pasean con sus nietos, adolescentes sin clases que juegan en esa nueva gran cancha de fútbol asfaltada, mujeres que hacen pancartas o pintan paredes con mensajes en contra del gobierno y un grupo de muchachos de más o menos 20 años de edad que, preocupados por la creciente dictadura, se enfrenta a los piquetes de la guardia que, especialmente, ataca con gases lacrimógenos contra los edificios.

Su estrategia es la misma de otros grupos similares que operan de manera espontánea desde 2014: torso descubierto, rostro tapado con una franela, escudo de cartón y un depósito de objetos que incluyen desde electrodomésticos hasta troncos de árboles para formar barricadas y objetos contundentes para lanzarle a la policía. En dos meses la dinámica se ha vuelto una rutina: el encendido de la barricada provoca una ira desmedida en los guardias que hace que cada vez repriman más cerca del conjunto, incluso desde la madrugada y hasta la noche del día siguiente.

Los vecinos siempre tuvieron miedo de que ese enfrentamiento pudiera darse dentro de la residencia. Así la comunidad se ha reencontrado en la zozobra.

3

En la tarde de un martes 13 lo lograron. Fue un día entero de primera veces: la primera vez que el grupo de “La Resistencia” llegó a más de 100; la primera vez que el combate ocupó un tramo de la autopista en sentido este y la primera vez que el Puente 9 de Diciembre lo ocupaban tantos cuerpos de seguridad a la vez, una similitud sospechosa con los Operativos de Liberación y Protección del Pueblo (OLP) que se dan en los barrios populares de Caracas.

Estos operativos son redadas en las comunidades populares, donde participan las fuerzas de seguridad que incluyen a la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana, el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas y las policías estatales, con el fin de combatir bandas criminales que han contribuido a aumentar los niveles de violencia desmedida en Venezuela. Sin embargo, “algunos funcionarios se han referido a la OLP en términos más bien políticos, señalando que forma parte de un esfuerzo por liberar al país de grupos armados que, según ha sostenido el gobierno, mantienen vínculos con ‘paramilitares’ colombianos y políticos de derecha”. (Human Rights Watch, 2016)

Dos tanquetas blancas, dos negras del CONAS y una ballena subieron por el elevado que está en dirección opuesta hacia la autopista y se encontraron de frente con los portones encadenados que habían cuidado los vecinos con tanto celo. Lo hicieron con una precisión tal que tumbaron las barricadas y los portones en segundos, como si fuesen piedras de dominó.

Los pocos negocios que estaban abiertos pese al gas, tuvieron que bajar su santamaría y resguardarse; otros subieron por las escaleras tocándoles el timbre a los vecinos para que les dieran refugio. Mientras tanto, en los edificios que están más cerca de las áreas verdes entraron los efectivos rompiendo todos los vidrios a su paso, incluyendo carteleras, salones de fiesta y espejos de ascensores. Incluso llegaron hasta los primeros dos sótanos y partieron los vidrios de la mayoría de los carros de esa zona, arrancándoles retrovisores, faros, equipos de sonido, baterías y cauchos. Pero eso no fue suficiente.

El paso en la autopista seguía interrumpido. De a poco dejaban atravesar el puente a quienes llegaban de sus trabajos. Pero los detenían a la mitad y unos civiles con chaleco negro conversaban con ellos, les tomaban fotos, los grababan. Los tweets de Vladimir Padrino confirmaban a 23 jóvenes detenidos, mientras seguían robando celulares, dinero, tabletas, computadoras en algunos apartamentos. Destrozaron las puertas de las escaleras de emergencia con disparos, al igual que desencajaron las puertas de varios de los ascensores, el techo de las áreas comunes, las cámaras de seguridad y la bomba que racionaba el agua en una de las etapas.

Las cacerolas sonaron tímidas después de la barbarie. Algunos gritos de medianoche acusaban a vecinos de haber dicho con exactitud los apartamentos en los que se resguardaban los manifestantes. Pero ganó la banda sonora de la indignación. Aun en la mañana siguiente, la lluvia mostraba sus rastros. No era casual.

4

La zozobra suena en los grillos que arropan la noche, en la tos que expulsa los restos del gas acumulado en el día, en la valeriana que intenta calmar los nervios, en los tweets de quienes se preguntan qué puede venir ahora. En las lágrimas.

Un perro ladra de vez en cuando y alguna puerta se cierra con el golpe de un ventarrón.

¿Podrían ser ellos? Pueden volver.

Pueden volver.

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