De las dinámicas que nos habitan

Violencia

14-06-2017
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE @miglatouche

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Es claro que el gobierno tiene una responsabilidad superlativa en la situación que padecemos, pero debemos reconocer que todos somos responsables de las dinámicas perversas que nos habitan


Mientras el país se cae a pedazos, unos tipos, dueños de un sitio de moda, colocan en su página web un anuncio en el que solicitan mesoneros que deben ser blancos y medir más de un metro setenta. ¿Se trata, acaso, de una broma de mal gusto? ¿Acaso un ‘web master’ perverso quiere hacernos pasarla mal por un rato? ¿Es un recordatorio de esas diferencias sociales de las que nadie habla pero que siempre han estado presentes entre nosotros? La verdad es que no hay peor racismo que ese del que nadie habla.

Este es un país con una larga historia de exclusiones, de diferencias que pasan desapercibidas, de miradas de reojo. Se trata de una más de esas perversiones sociales que creíamos resueltas y que la estupidez de alguien deja colar entre los bastidores como cualquier cosa. Acá siempre ha habido una situación de distancia social entre unos y otros que se exacerba cada vez que la crisis económica nos golpea los bolsillos, cuando se acaban los subsidios, cuando nos encontramos en las colas, cuando desmejora la calidad de nuestra vida.

Cualquiera diría que se trata de un hecho menor, que el país tiene demasiados problemas para gastar tinta reflexionando sobre ese hecho en particular. A mí me parece un síntoma más de la situación de ruptura normativa en la cual nos movemos. Esta sociedad no sólo no ha resuelto el problema de la exclusión, lo ha exacerbado a fuerza de desconfianza mutua. Ese empeño en mostrar nuestras diferencias no ha hecho más que acrecentar el resentimiento y el odio colectivo, dividirnos geográfica, ideológica y moralmente. Separarnos artificialmente en los términos de una otredad que no queremos entender o reconocer, que termina deshumanizándonos, que nos coloca al borde de una confrontación aún mayor.

Quizás eso explica las valoraciones diversas que se hacen acerca de las muertes violentas que se han producido en los últimos tiempos. Es horrible eso de andar reivindicando muertos como si de un juego se tratase. Pero mucho peor es darle un peso distinto al dolor que causa una muerte u otra según en el sitio en el cual uno se encuentre. Así, nos encontramos con un culto perverso a la muerte de nuestros correligionarios, al levantamiento de altares y a los discursos grandilocuentes para los nuestros y con el olvido, la descalificación o el desprecio por la muerte del otro, del que no consideramos que nos pertenece.

Eso nos lleva a la deshumanización del otro, a la desconfianza, al odio. Eso pone de manifiesto nuestra incapacidad para dialogar de manera constructiva, para encontrarnos, para definir puntos de encuentro. Estamos atrapados en medio de un discurso con el que nos descalificamos, dejamos de reconocernos, establecemos una división marcada entre nosotros. Uno se pregunta a qué jugamos y cuáles son las consecuencias de ese juego perverso en el que nos entramos. Uno se asombra de la fragilidad de nuestros juicios morales, de nuestra incapacidad para reconocernos en el otro, para aceptar las diferencias, para recoger los demonios que estos tiempos aciagos han desatado.

Alguien podría decir que uno puede contratar en su negocio a quien uno quiera, pero seguramente algo está muy mal en una sociedad en la cual se marca una diferencia fenotípica entre aquellos que pueden entrar a trabajar y quiénes no. Aun si se tratase de un error humano como la gente de Cine Citta ha dicho, la verdad es que el asunto sirve de pretexto para que nos preguntemos si existe una relación directa entre la destrucción de nuestros referentes morales y la pretensión de segregar por el color de la piel o la condición económica de cada quien o por el lugar donde se vive.

Estamos atrapados entre los extremos y los extremistas, en actitudes excluyentes y peligrosamente destructivas. Navegamos en la lógica de las exclusiones mutuas y en un ambiente profundamente peligroso. Es claro que el gobierno tiene una responsabilidad superlativa en la situación que padecemos, pero debemos reconocer que todos somos responsables de las dinámicas perversas que nos habitan. La debilidad de nuestra ciudadanía, nuestra irresponsabilidad congénita, nuestra incapacidad para el diálogo constructivo, nuestra frivolidad y nuestra pretensión de merecerlo todo hacen parte de este rompecabezas del terror que nos caracteriza como sociedad. Mientras tanto sepa usted que hay sitios en los cuales no puede buscar empleo si está un poco más tostado por el sol de lo que para algunos es aceptable.

Este medio no se hace responsable por las opiniones emitidas por sus colaboradores

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