“Me hace falta su desorden”; por Roberto Mata

Por Roberto Mata | 25 de mayo, 2017

Fotografía de Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

“—¿Tú eres la hermana de Miguel Castillo?

—Sí, ¿qué pasa?

—Lo hirieron y lo están llevando a la Policlínica Las Mercedes.

Nunca supe quién me llamó. Era una muchacha que estaba en la manifestación.

En la clínica no me decían nada ni me dejaban entrar. A mis tíos tampoco. Yo no era el familiar más directo y mi mamá estaba en camino, un asunto de protocolo. Cuando ella llegó y la dejaron pasar, un médico la agarró los brazos por si se desmayaba y le dijo: ‘Él murió’.

Yo estaba afuera, rodeada de camarógrafos y ella se asomó por un ventanal.

Pude leer sus labios. ‘Murió’. E hizo el gesto de la mano de manera horizontal de izquierda a derecha a la altura del cuello. Ninguno de los periodistas vio ese momento, y yo quería equivocarme, anunciar su muerte y luego decir que era un error, que me había equivocado. Estaba en shock. Estaba y no estaba.

Éramos tres. Miguel, de 27 años, era el chiquito, yo la del medio, con 33 y Juan, mi hermano mayor, de 35, que vive en Chile desde hace año y medio. Cuando Juan se fue le dijo a Miguel: ‘Te prometo que te voy a cuidar toda la vida’. Juan era el héroe de Miguel, la figura paterna. El rol a seguir. Estudió la misma carrera (Comunicación Social), y decía que quería hacer familia como su hermano mayor. Juan se enteró de que mataron a mi hermano por las redes.

‘Le fallé a Miguel. No me he debido ir nunca’, me dijo llorando por teléfono.

La casa ahora nos queda grande. Estamos mi mamá, mi abuela y yo. Mi abuela no entiende. Tiene 90 años. Juan ya volvió a Chile, con su esposa y su bebé. Miguel ocupaba tanto en casa, la bulla, las puertas batidas. Me hace falta su desorden y el reguero de ropa por todos lados.

Lo mataron el miércoles 10 de mayo, y el miércoles 3 de mayo había cargado del piso a un muchacho que dijo: ‘¡Me dieron, me dieron!’, igual que él una semana después. Al quitarle la máscara reconoció a un compañero de futbolito de la Concha Acústica de Bello Monte. Era Armando Cañizales, de 18 años, tocaba viola en el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.

Protestaba cuando podía faltar al trabajo, no siempre. Con máscara, casco y sin escudo pero con un brazo muy potente por el béisbol y el softball. Quería que jóvenes de bajos recursos obtuvieran becas de estudio. Manifestaba por convicción, para tener lo que no había logrado tener hasta ese momento, una Venezuela libre. Su sueño era ser comentarista deportivo. Tenía en mente un posgrado en el área en Argentina.

Miguel y yo éramos compinches, gemelos de alma. Era su alcahueta, me contaba todo, aunque lo regañara. Le ordené su cuarto y me quedé con dos franelas, de esas que nunca se quitaba. Los perros de mi casa lloran todas las noches, el veterinario me dijo que les diera algo de su ropa, de su olor, que así se van a tranquilizar.

Yo soñé con él:

—¿Negrito, cómo fue?

—Tranquila, bebé. Fue un solo dolor, cuando entró y ya. Deja la lloradera”.

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