Antonio Pérez Esclarín: Yo sí voy a ir el 23

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Voy a ir a la concentración, a la marcha, a la consulta o a lo que decida la legítima Asamblea Nacional porque, como ciudadano, tengo derecho a protestar y trabajar con coraje para que  Venezuela vuelva a  los caminos democráticos y constitucionales, y terminemos con esta pesadilla que sólo ha traído destrucción,  escasez, violencia y desesperanza.  La supuesta Revolución Bonita ha dejado al país tan feo y  destruido,  que millones huyen de él como de una peste.  Venezuela luce  sucia, saqueada,  destrozada. Las políticas de inclusión han resultado mecanismos eficaces para excluir a  los que no quieren doblegarse. La Revolución del Amor sembró la división y el odio y  terminó por  convertirnos en uno de los países más  inseguros del mundo, donde impera la violencia, la inseguridad, la impunidad.  La retórica anticorrupción sólo sirvió para alimentar las conductas inmorales, engordar las cuentas de muchos supuestos revolucionarios y convertirnos en uno de los países más corruptos del mundo. La propuesta  del hombre nuevo  ha multiplicado los pranes, los delincuentes, los especuladores, los bachaqueros, los colectivos y grupos guerrilleros y  paramilitares, que se han adueñado de nuestras fronteras y actúan con total impunidad.  La hiperinflación galopa desbocada y los precios se disparan sin control. De lo único que no hay inflación en  Venezuela es del valor de la vida  que cada día vale menos. Se puede matar por un celular, por un paquete de harina, por un pollo.

Las  expropiaciones en pro de la productividad y la soberanía alimentaria nos trajeron colas, escasez, desabastecimiento, hambre y unos claps ineficientes y utilizados fundamentalmente para comprar conciencias y fomentar la dependencia y el espíritu de mendigos. ¿Dónde quedaron las empresas estatizadas,  los fundos zamoranos, los gallineros verticales, las areperas socialistas, los huertos hidropónicos, la ruta de la empanada, las cooperativas productivas, el bolívar fuerte y el bolívar soberano? La PDVSA del pueblo terminó como  una empresa semiquebrada,que lo único que ha logrado aumentar considerablemente es la nómina de sus empleados, a pesar de que su producción sigue cayendo en picada.

¿Cómo explicar ese afán enfermizo  de mantenerse como sea en el poder que, a juzgar por los resultados, no supieron ejercer  y sólo ha   traído caos y destrucción? Poder que hoy, además, es ilegítimo.  Por eso, y por otras muchísimas razones, voy a asistir el 23  e invito a asistir a todos los que queremos salir de este desgobierno. Llenemos las calles y plazas  de Venezuela con nuestras banderas y nuestras consignas  que expresen nuestros deseos de cambio  de un modo constitucional y pacífico.  Superemos nuestra desesperanza y nuestros miedos  para transformarlos en un enorme griterío valiente que llene los corazones de esperanza y de valor. Demostremos al mundo que somos una inmensa mayoría los que queremos un cambio profundo de gobierno y de políticas. Contamos con nuestra fuerza y con el respaldo de la gran mayoría de los países verdaderamente democráticos del mundo que consideran que el actual gobierno carece de legitimidad y respaldan un cambio democrático. Pasemos de los lamentos y críticas a la organización y la acción.

pesclarin@gmail.com

@pesclarin

 

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Ibsen Martínez: Las calles de enero

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Esta columna comenzó el año lúgubremente inclinada a creer, por muchas razones y al igual que una gran mayoría de los venezolanos, que la sanguinaria dictadura de Nicolás Maduro podría sostenerse aún mucho más tiempo en el poder.

Pero los primeros días de enero trajeron noticias que han devuelto el ánimo combativo a una población que llegó a sentirse resignada a sucumbir ante el designio tiránico de una camarilla criminal que hasta ahora se ha mostrado invencible.

Un joven nacido en La Guaira, Juan Guaidó, para muchos de sus compatriotas casi un desconocido, aunque fuese ya muy curtido por más de una década de lucha contra la dictadura que Hugo Chávez delegó en Nicolás Maduro, asumió la presidencia de la asediada, pero nunca disuelta, Asamblea Nacional.

En cualquier país de régimen democrático, esta asunción de funciones directivas por un diputado electo, prevista en nuestras leyes y sancionada por un pacto de funcionamiento entre los partidos de oposición que integran mayoritariamente el Legislativo, habría sido cosa cotidiana, mero asunto de trámite y ceremonial.

Pero en la Venezuela actual, la designación de Guaidó como presidente del único organismo del Estado verdaderamente legítimo a los ojos de los ciudadanos de mi país y de muchos Gobiernos del mundo, desató un vendaval de suspicacias y recriminaciones.

Al parecer, una interpretación del libro de reglas recomienda que, puesto que, en virtud de una elección a todas luces fraudulenta, Maduro usurpa la presidencia, toca a la cabeza de la Asamblea Nacional asumir inmediatamente las máximas funciones del Ejecutivo y convocar a nuevas elecciones, libres y transparentes.

Sin embargo, Guaidó se ha guardado muy bien hasta ahora —muy atinadamente, digo yo— de incurrir en el error de creerse diputado del cantón de Neuchâtel, en Suiza. Sabe muy bien que preside el último bastión de legitimidad que le queda a un país asolado por un Gobierno forajido y asesino capaz de cualquier desafuero.

Acusado de ambiguo y vacilante, el diputado se ha conducido según la máxima atribuida a Richelieu: “No me saquen de mi ambigüedad que me confunden”. Y en lugar de decir “yo soy el presidente”, se ha dado a la tarea de promover cabildos abiertos a todo lo largo y ancho de Venezuela.

Lo esencial del mensaje de Guaidó en esos cabildos es la necesidad de subir a los militares al tren del descontento y lograr que el grueso de ellos dejen de obedecer a los narcogenerales. Ello explica el anuncio de un proyecto de ley que yo llamaría de “amnistía prepagada” ofreciendo garantías a los oficiales que ayuden a restituir la Constitución.

Los cabildos han tenido un éxito abrumador. La población se ha volcado hacia esta forma de deliberación activa que es a la vez un acto de desafío político masivo, consumado perfectamente dentro de la ley. Todo ello ha galvanizado a la masa opositora tan rápidamente que ha logrado dejar atrás a los contradictores más veloces del planeta Twitter.

Los esbirros de Maduro y Cabello obraron instintivamente y llegaron al extremo de secuestrar al diputado para impedir su asistencia a un cabildo en Vargas, su Estado natal. La cúpula chavista-madurista se retrajo del error poniendo en libertad a Guaidó y echando la culpa del atropello a los esbirros. No está mal como síntoma de una seria fractura en la cadena de mando.

Guaidó ha convocado para el miércoles 23 de enero un gran cabildo nacional que repudie al usurpador y, al mismo tiempo, exija su renuncia.

Habrá, también es seguro, una exhortación a los militares a desobedecer al usurpador y ponerse al lado de la Constitución. Es un inescapable y prudente paso político previo a la juramentación de Guaidó como presidente interino de Venezuela.

La fecha tiene para los venezolanos el valor simbólico de una efeméride fundacional: el 23 de enero de 1958 una insurrección popular, apoyada por un pronunciamiento militar, derrocó —al precio de trescientos muertos en las calles— al general Marcos Pérez Jiménez, el último dictador del siglo XX que padeció mi país.

No es agorero vaticinar que Maduro querrá de nuevo ensangrentar nuestras calles. ¿Viviremos esa fecha como el primer día del comienzo del fin?

Me respondo con la frase de Benjamin Constant: “Soy demasiado escéptico para ser, además, incrédulo”.

@ibsenmartinez

Colapsa la “Distopía socialista” de Maduro

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Trump, Maduro y el impeachment

1. Avanza ofensiva final

El asalto final del Imperio avanza rápidamente. En su primera semana, Maduro ha sufrido cuatro graves derrotas consecutivas: 1. no logró evitar el ultimátum del Grupo de Lima (5.1.); 2. no pudo neutralizar el nombramiento de su sustituto, el “presidente interino” Juan Guaidó 11.1.); 3. no consiguió bloquear el cabildo abierto, donde Guaidó trazó públicamente la ruta de su remoción; 4. fracasó en su criminal intento de secuestro de Guaidó por su Gestapo tropical, el SEBIN. La camarilla madurista ha perdido la iniciativa estratégica en esta última Batalla por Caracas y no volverá a recuperarla, porque ya no tiene fuerza de resistencia.

2. Colapso político-mental en Miraflores

Cada una de esas derrotas, a las cuales hay que agregar el fallido intento de tiranicidio –desde el cual Maduro tiene miedo de estar en la calle- ha mermado el escaso capital político de negociación del régimen. Pero, más importante, ha producido un colapso político-mental en la mafia de Maduro-Cabello-Padrino López, que se refleja en su total incapacidad de defensa estratégica y táctica. Más allá de las habituales amenazas terroristas del Torquemada anti-comunista Diosdado Cabello y los delirantes y quijotescos discursos de Maduro –cuyo paroxismo es el último panfleto que aparece con su nombre, “Distopía Socialista”— no hay estratagema visible que impresione a aliados y opositores. Hasta en el lenguaje corporal de sus bufones civiles y armados, que apenas se molestan en ocultar su desmoralización cuando escuchan a sus “líderes”, se refleja la agonía final del régimen.

3. El Fuehrer en su Bunker

La actuación de la camarilla, basada en la conciencia, de que finalmente le ha llegado su hora y que es inevitable su capitulación incondicional ante la orden de regime change (cambio de régimen) de Washington –ejecutada en cooperación con sus sátrapas monroeistas en Bogotá, Brasilia, Buenos Aires y Santiago– es comparable a la de Hitler en la Batalla de Berlin, después del inicio de la ofensiva final soviética (16.4.1945). Al igual que Hitler en su Bunker, la troika usurpadora hace grandes movimientos salvadoras con ejércitos fantasmas: dos millones de milicianos estarán listos en abril (Maduro); inversiones fantasmas: “las mejores empresas de EEUU van a venir a invertir aquí”, y monedas fantasmas, como el petro. Son los Geisterarmeen de Hitler en Berlin y las quimeras de mentes delirantes que no van a salvar a los usurpadores. Como tampoco les va a salvar su febril esperanza de que Rusia o China pueden rescatar su distopía contra la voluntad del Imperio. En el fondo saben, que la Madre de todas las Batallas de la mafia burguesa usurpadora de Miraflores está por terminar. Por eso, el indigno Maduro ya se arrastró ante Trump, mandando un “mensaje muy humano” vía Fox News, pidiendo desesperadamente negociar, porque “somos gente humana”; somos personas con las que “se puede negociar”.

4. Ho Chi Min y Maduro

En su repugnante rendición televisiva ante Trump, Maduro tiene el descaro de insinuar que como Washington negoció con Vietnam, igualmente puede negociar con Caracas. No hay mayor manifestación de su falta de dignidad y de su incultura, que ésta. El heroico pueblo de Vietnam, conducido por su vanguardia comunista bajo Ho Chi Minh y el apoyo solidario de los países socialistas del mundo, derrotó en treinta años de guerra a Japón, Francia y Estados Unidos, para conquistar su independencia. Más de tres millones de vietnamitas pagaron con su vida la “osadía” geoestratégica, de defender la soberanía nacional ante Washington. Fue la derrota militar, con sesenta mil agresores militares gringos muertos, que obligó al Imperio a negociar la paz y establecer relaciones diplomáticas. Es decir, Hanoi habló de vencedor a vencido con Washington. En Venezuela, la situación es al revés. Maduro está vencido y Washington está en condiciones de dictar unilateralmente la capitulación incondicional y las condiciones de post-guerra. Por eso, pedir negociaciones “con mucho respeto”, cuando no se tiene ningún poder de negociación real, es simplemente un acto de postración y delirio más de este lumpen gobierno burgués.

5. La Solución sandinista

El principal problema del futuro venezolano, aparte de la reconstrucción económica, es la paz interna. Es decir, impedir que el modelo de asesinato político selectivo del régimen colombiano se aplique en Venezuela. Si a Maduro y su camarilla le quedara un ápice de responsabilidad y patriotismo, negociaría con los gringos y su ficha Guaidó la solución sandinista de 1989: gobierno transitorio, elecciones libres y el reemplazo de la corrupta cúpula militar de Padrino López, Nestor Reverol y del SEBIN, por los militares patrióticos chavistas, como los generales Rodríguez Torres, Raúl I. Baduel y Cliver Alcalá. Esta es la única forma, en la cual se puede proteger la vida de los militantes chavistas y abrir cauces pacíficos para el futuro del país. En contrapartida, se permitiría a la camarilla burguesa madurista exiliarse en un país que la quiera aceptar.

6. Trump, Maduro y el impeachment

La política exterior de Estados Unidos está en manos de los neofascistas gubernamentales, encabezados por John Bolton y Mike Pompeo, de los neofascistas (neoconservadores) republicanos y demócratas del Congreso, de la mafia anti-comunista de Miami y de la derecha israelí. Trump ya no es más que un bufón distractor, que pierde cada vez más poder de decisión y terminará probablemente destituido por un impeachment (juicio político), durante el año en curso. Si se da este escenario, seguirá el vicepresidente Mike Pence en la Casa Blanca: un oportunista teocrático como Bolsonaro, que es aún más reaccionario que Trump. De ahí, que aún un cambio de este tipo en la Casa Blanca no modificaría esencialmente la política monroeista frente a América Latina, porque Washington necesita el subcontinente esclavizado, como peón geoestratégico frente a China, Rusia y la Unión Europea.

7. Revolución rusa en Caracas

La nueva situación venezolana puede resumirse en tres características: 1. Una dualidad de poder reminiscente a la descrita por Lenin en la Revolución Rusa de 1917. Por supuesto, que el conflicto en Venezuela no es una guerra de clases entre un poder obrero revolucionario (soviets) y la burguesía nacional, sino entre dos fracciones de la burguesía, que luchan por el control monopólico del Estado. Esa dualidad de poder compite por la legalidad, legitimidad y el control efectivo de cuatro áreas claves del aparato burgués de dominación estatal: en lo legislativo, la Asamblea Nacional (AN) vs. la Asamblea Nacional Constituyente (ANC); en lo judicial, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) vs. el TSJ en el exterior; en lo ejecutivo, Maduro vs. el presidente “interino” Juan Guaidó y en lo electoral, el Instituto Nacional Electoral (INE) vs. la AN.

8. ¿Quién liquida a quién?

Por su propia naturaleza, una situación política dual o contradictoria es inestable y, por lo tanto, transitoria, Ambas facciones, en pugna, procuran acumular fuerzas para liquidar al rival y quedarse con el poder único. En Venezuela se trata, en esencia, de un conflicto hegemónico intra-burgués sobre las rentas extractivas, que se ha internacionalizado por afectar los intereses geopolíticos del centro de gravitación continental, Washington. Por lo mismo, Washington decide el conflicto por los medios imperiales que vea oportuno y en el momento oportuno. Ese momento oportuno ha llegado y terminará pronto en el colapso del régimen. El efecto geopolítico Saddam Husseín y Muhamar Gaddafi se impondrá en el hemisferio. La lección fundamental para las auténticas fuerzas bolivarianas, chavistas y progresistas del país, que se deriva de esta lógica imperial en la actual fase de transición, es clara: no darle un cheque en blanco al joven y carismático Guaidó, porque, al fin y al cabo, es la carta de Washington. Sólo con acuerdos públicos férreos, como la solución sandinista, debería apoyárselo, si no se quiere entregar el país incondicionalmente a los neofascistas en Washington, Miami, Bogotá, Brasilia y Buenos Aires, cuyos verdugos están listos para la venganza.

9. Ajedrez geopolítico de la Patria Grande

Los imperialistas washingtonianos han declarado públicamente que quieren destruir a los actuales gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Es probable, que el gobierno de Maduro caiga hasta mediados de 2019. El gobierno de Daniel Ortega, que repite la misma política ciega de Maduro, tendrá un espacio de vida más largo. Pero, a lo máximo, hasta las elecciones del 2022. El futuro de Cuba depende, esencialmente, de la voluntad de China y Rusia, de proporcionar los medios de una simbiosis económica y un Plan Marshall, para dar un salto cualitativo en su desarrollo económico y resistir la intensificación de la agresión gringa.

De este primer grupo de gobiernos, al cual pertenece también la Bolivia de Evo, hay que diferenciar los grandes vasallos latinoamericanos, que han aceptado el quid pro quo imperial monroeísta: comprar la protección de la mayor organización delincuencial de la historia, la OTAN, pagando con la entrega de las regiones estratégicas del subcontinente: Macri, la Patagonia y el acceso a la Antártida; Bolsonaro, la Amazonia y el Pantanao del Matto Grosso; Uribe, Santos, Duque el “portaaviones terrestre” de Colombia para el control bi-oceánico y el Canal de Panamá y Paraguay, el acuífero del Guaraní.

10. México en el gran tablero de ajedrez

Es obvio, que México no encaja en ninguno de los dos grupos: ni en el “socialista”, ni en el entreguista. Y también es obvio, que hay varios puntos de contención estratégicos con el Imperio. Por ejemplo, la Doctrina Estrada de política exterior, fundada en el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la soberanía nacional, nunca será respetada por el Imperio gringo en proceso de ocaso. De ahí, qué con el neofascismo estadounidense, hegemónico en este momento, difícilmente habrá coexistencia duradera. Una versión más preclara de la dominación imperialista, como la que ejecutó Obama, en cambio, puede priorizar la estabilidad interna de México y la tranquilidad en la frontera, que garantiza el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Siendo AMLO un genio político y, sin duda, el hombre de Estado más talentoso del continente americano, puede ser posible, que con la caída de Trump y su equipo de walking dead neofascistas, logre establecer una cohabitación viable con el futuro gobierno de los demócratas.

Puede parecer poco dentro de una perspectiva maximista. Pero, para los pueblos de la Patria Grande sería una avenida hacia la paz y la prosperidad. Una luz de esperanza en la noche de los Maduro, Macri, Duque y Bolsonaro. De hecho, la única luz visible en el firmamento del Sur.



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Heinz Dieterich


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Luis Fuenmayor Toro: Precisemos algo

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La situación venezolana es muy difícil, no sólo política sino de todo tipo. Las cosas se agravan hora a hora. El gobierno, o el régimen como les gusta decir a los opositores viscerales ignorantes, que se olvidaron del castellano, es totalmente incapaz de enfrentar esta crisis, incluso si lo quisiera, pues por sus declaraciones pareciera que también busca un desenlace violento rápido. Su ignorancia es tan grande, sus confusiones ideológicas son tan gigantescas y sus ambiciones tan generalizadas, que no dan ni darán pie con bola. La corrupción está tan extendida, que les impide poner en práctica, con mínima eficiencia, programas de asistencia social que lleguen a los más vulnerables. Pero es que también los más vulnerables ahora son muchísimos, pues las capas medias se han depauperizado de forma increíble.

Llegó la dolarización y se está imponiendo a golpes, en la forma más salvaje, generando mayor deterioro y confusión en el país. El incremento salarial reciente impactó los precios desde antes de su anuncio, por lo que el nuevo salario ya ha perdido un 20 por ciento de su poder adquisitivo. Y en todo este estado de cosas, el alto gobierno parece vivir en Disneylandia, concretamente en el mundo de la fantasía, o con mayor seguridad en el del cinismo y la indolencia. Me da curiosidad saber qué pasa por la mente de los asistentes a los discursos del Presidente, perdón del usurpador, cuando escuchan la serie de disparates que pronuncia, cada uno peor que el anterior, dichos además con un énfasis y orgullo que nos habla muy mal de quien los pronuncia. Me refiero a los pocos que piensan y que no están encandilados con la propaganda o pendientes de las prebendas del enchufe.

La Asamblea Nacional no se queda atrás en sus intentos por igualar las locuras del ejecutivo, aunque afortunadamente se ven algunos pequeños resquicios de cierta sensatez. Guaidó, a pesar de su juventud y su procedencia de Voluntad Popular, no está entre los más extremistas, aunque su discurso es muchas veces de tono muy subido, pero se entiende que él, como todos los políticos venezolanos, tienen una perorata dirigida a sus seguidores y una arenga motivadora, que le es muy necesaria en este momento. No hay dudas que tienen sus acciones centradas en el sector militar venezolano, tratando de romper su aparente monolitismo, y en la necesidad de ir incorporando cada vez más a la población en movilizaciones de calle.

En el primer aspecto, el militar, es imposible, por lo menos para mí, decir si está teniendo éxito en su cometido. Pero en su segundo objetivo pareciera que la gente está de nuevo comenzando a movilizarse y a salir a las calles en acciones de protesta pacífica. Independientemente que lo que llaman cabildos abiertos no lo son, pues la convocatoria corresponde más a unas asambleas de ciudadanos, las mismas han venido concentrando un importante número de participantes, sobre todo en el interior del país. Este hecho es políticamente positivo, pues sin calor de masas es difícil que otros proyectos puedan avanzar. La duda que me asalta es si la inmediatez no va a volver a apoderarse de la dirigencia opositora, como ocurrió en 2002, cuando las manifestaciones de calle de ambos sectores polarizados llegaron a ser las más concurridas en la historia de los últimos 70 años.

En aquel momento, esas movilizaciones fueron manipuladas con una agenda golpista simultánea, que era desconocida para la gente y que llevó al “Carmonazo” del 12 de abril, el cual terminó en un rotundo fracaso. Otro tanto ocurrió con las movilizaciones reiniciadas en 2016, catorce años más tarde, que comenzaron a aglutinar cada vez más gente, pero que luego en forma irresponsable, yo diría hasta criminal, fueron sustituidas por enfrentamientos violentos de baja intensidad de pequeños grupos con las fuerzas de seguridad del Estado, donde murieron muchos venezolanos, principalmente jóvenes, sin lograrse el cometido que tenían. El “Maduro vete ya” de este momento, al igual que el “Chávez vete ya” de comienzos de siglo, no sólo fueron inútiles y desmovilizadores sino que ayudaron al régimen a consolidar sus posiciones.

Bienvenidas todas las movilizaciones de calle. Es un derecho constitucional de la gente y una necesidad ante la situación que se vive. El gobierno tratará de evitar estas concentraciones populares por distintos medios, la respuesta no puede ser violenta pues ello le haría el juego en sus planes desmovilizadores. Hay que abandonar el inmediatismo del “Maduro vete ya” y la sustitución de la gente por grupos vanguardistas. Éstos también aparecerán, reclamando su participación sobre la base de la valentía de sus integrantes, y serán un peligro para el desarrollo pacífico, democrático y constitucional de una salida a la crisis. Presionemos en el sentido de ir conquistando victorias, de ir recuperando posiciones perdidas, de mejorar las posibilidades de movilización y participación popular y de seguir acumulando fuerzas. Este tipo de luchas no son cortas, pero se vuelven interminables cuando la desesperación cunde. Corazón caliente pero cabeza fría.

 

Una historia del 23 de Enero

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POR Alonso Moleiro

22/01/2019
A la memoria de Moisés Moleiro (1937-2002)

I

Una tumultuosa manifestación pidiendo libertades públicas y democracia, encabezada por Jóvito Villalba, tuvo lugar en la Plaza Bolívar de Caracas el 14 de febrero de 1936. Juan Vicente Gómez acababa de morir y una enorme expectativa se abría en aquella sociedad adormecida, recién despertando de un largo medioevo de tiranías.

Presenciando a distancia a la  muchachada exaltada, el viejo Moisés Moleiro Sánchez, entonces con 32 años, no estaba especialmente eufórico. Lo único que había descubierto entonces era que toda su juventud se había disuelto dentro de una dictadura.

Había llegado a Caracas en 1928 procedente de Zaraza, su pueblo natal, para cursar estudios musicales; llegó a amenizar sesiones de cine mudo e incidentales de radio en vivo. En los años 30 comenzó a trabajar en sus primeras composiciones. Más adelante se ganaría la vida como profesor de piano.

Casi 20 años después, como funcionario administrativo del Ministerio de Relaciones Interiores, masticaba entre los dientes un odio sordo en contra del perezjimenismo. Ese nuevo capítulo de la larga hegemonía andina que toda la vida, desde que tuviera memoria, había condicionado su felicidad y aplastado la voluntad de la ciudadanía. La Venezuela del pánico.

Algunas tardes, de regreso del trabajo, seguro de que nadie lo estaba viendo, mientras se quitaba el saco y los zapatos, al viejo Moleiro se le iban las lágrimas. Nada bien estaban las cosas por su casa. La Seguridad Nacional la había allanado dos veces buscando a su hijo mayor. Como no lo encontraron, terminaron llevándose a su hermano Federico.  Dos espías parados en la puerta, custodiando la entrada, enviaban un mensaje explícito a todos los vecinos y quedaban como evidencia de la traumática experiencia. Frente a su mujer y a sus hijos.

“¿A quién se le ocurre ponerse a hacer política en este país?”, se decía. “Los gobiernos no se tumban tirando papelitos: en Venezuela los dictadores se mueren en su cama. Se lo dije a Moisesito millones de veces: lo único que iba a lograr con esa ociosidad era traerle una desgracia a su familia.” Ahí estaban las consecuencias; ese era el precio de andar metiéndose a redentor. Todos la estaban pagando.

II

“Moisesito” era Moisés Rafael, su ingobernable hijo mayor. A diferencia de sus hermanos, no tenía ninguna aptitud para la música. No tenía ni nueve años cuando su padre había resuelto no darle más clases. Se concentraría en su hija, Carmencita, en quién descubrió un diamante en bruto en materia de talento. Especie de “oveja sorda” en una familia en la cual siempre ha gobernado el culto por la apreciación musical, era un sujeto zarpado y atrabiliario, deliberadamente plebeyo y mal educado, que se devoraba libros enteros y se formó en la calle por cuenta propia.

Ya había caído preso: dos años antes, en 1955, comenzando su militancia en la juventud de Acción Democrática, asistió con algunos de sus amigos al entierro de Andrés Eloy Blanco. Hely Colombani, el orador designado, había terminado su estremecedora proclama: “En Venezuela el hijo ilustre se muere afuera, y el hijo vil le vive aún dentro”. Los restos del poeta ya estaban en la fosa, mientras la concurrencia era secuestrada por el silencio, y a él se le ocurrió gritar unas consignas en contra de la dictadura.

La era de “El General” estaba entonces en su apogeo: había progreso económico, mucho miedo y sobre Venezuela no se movía una hoja sin su permiso. No tenia muy claro Moisés Rafael el tamaño de la barbaridad que acababa de cometer en aquella ceremonia deprimida y asustadiza. No dio mucho más allá de veinte pasos para salir cuando lo interceptaron los omnipresentes espías de la Seguridad Nacional. Estaba preso, y con él sus amigos, por andar gritando cosas en contra de el gobierno.

Fueron recibidos en la sede de la Seguridad Nacional por una línea de espías que reventaron sus costillas a patadas, y luego colocados provisoriamente en formación. Miguel Silvio Sanz, el jefe de la Brigada Política de la Seguridad Nacional, mano derecha de Pedro Estrada, pasaría revista a los más comprometidos para ser interrogados o trasladados a otros calabozos.

Varias horas después, sin derecho a ir al baño ni a comer, Sanz preguntó en voz alta “¿quién es Moleiro acá?”. Unos minutos más tarde, pensando que lo iban a matar, estaba éste sentado frente al escritorio del policía. “Le debo un favor a un tío suyo y por eso, por esta vez, lo voy a dejar irse. Ustedes son unos muchachos. Eso sí: tenga mucho cuidado con volver a pasar por aquí. Lo vamos a estar vigilando”. No sabía Moleiro que, tiempo atrás, un familiar que simpatizaba con el perezjimenismo le consiguió trabajo a Sanz cuando llegaba a Caracas procedente de Maracaibo. Este inusual gesto de largueza incluyó a José Luis Ruggeri y Rafael José Rodríguez, los dos amigos de San Bernardino enrolados en aquella tremendura.

El viejo Moleiro fue a buscar a su hijo, acompañado de los padres de los otros muchachos, esperando que aquel susto constituyera un expediente lo suficiente concluyente como para que todo el mundo quedara aleccionado. La conversación posterior incluyó algunas restricciones: todos a estudiar; está prohibido meterse en política y mucho menos andar juntándose con el indeseable Américo. “Ese muchacho vive todo el día con cuatro espías detrás”, no paraba de repetirle.

III

“Américo” era Américo Martín, ya por entonces unos de sus amigos más cercanos. Las tardías disposiciones del viejo Moleiro no tuvieron ningún efecto en su hijo. Hace rato que Américo había reclutado a Moisés Rafael en el Liceo Aplicación para integrar una de las  células de la resistencia en Caracas. Este a su vez entró a Acción Democrática de la mano de Rómulo Henríquez.

Ellos, junto a Héctor Pérez Marcano, Simón Sáez Mérida y otros jóvenes comprometidos de AD y el Partido Comunista, integraron una compacta y exigente logia, endurecida por el cemento de una fortísima amistad personal. Pasaron muchas horas juntos, en la legalidad y luego en la clandestinidad, llevando adelante encomiendas cada vez más arriesgadas, organizando círculos de lectura y devorando clásicos en busca de inspiración. Muy especialmente “Sacha Yegulev” de Leonid Andreyev. La proclama era santo y seña: “cuando el alma de un pueblo sufre, solo los puros de corazón van al sacrificio”.

Algunos profesores amigos que conocían sus andanzas se animaban a aconsejarles en voz baja que abandonaran aquel despropósito inconducente y se dedicaran a vivir la vida. En política era mejor no meterse. La vida era para viajar, hacer dinero, buscar la paz interior y la felicidad. Irse de Venezuela. Ver mundo, disfrutar de los pequeños placeres. Lo más importante de todo era la calidad de vida.  La gente estaba asustada, pero también estaba contenta: a Caracas le estaba cambiando el rostro, había seguridad y trabajo. No debían engañarse: este era un pueblo de mierda y habría dictadura para rato.

Aunque no decían nada, estos consejos, bien intencionados después de todo, eran habitualmente recibidos con mucho malestar. Una crepitante lava de ira, apenas contenida por los modales, subía al rostro de aquellos muchachos, y se desactivaba conforme la tertulia concluía. En Venezuela estaban torturando personas, arrodillando a familias enteras, poniendo a desfilar a los empleados públicos de forma obligada. Pero el único consejo disponible era que lo mejor era irse de Venezuela a vivir la vida.

Aquel disparatado y disciplinado grupo de carboneros, harto de escuchar consejitos sobre la importancia de la felicidad, tomo en 1957 dos draconianas decisiones: aquel que pidiera asilo político, se fuera de Venezuela o delatara a algún compañero en caso de caer preso, quedaba expulsado de la juventud de Acción Democrática.

A causa de sus actividades y sus posturas excesivas, en consecuencia, con “los flacos de Derecho”, en la UCV nadie quería juntarse.

IV

Capturado finalmente cuando regresaba a su casa por aquellos espías que decía el viejo Moleiro que siempre tenía atrás, Américo Martín fue enviado a prisión no mucho antes de la decisiva huelga estudiantil de 1957.

La conflictividad social estaba aumentando; el régimen comenzaba a sentirse acorralado y la represión se endurecía. Todos los días caían nuevos activistas. La bienvenida a Américo se la dieron “Torrecito”, “Suelaespuma”, Braulio Barreto, el indio Borges, Colmenares, entre otros temidos esbirros presididos por Sanz. Eran los integrantes del posteriormente célebre “Gang de la muerte”. Si lograban alguna delación, la información era reportada al exquisito Pedro Estrada, “Don Pedro”, el jefe de la Seguridad Nacional y el hombre más poderoso de la Venezuela de los años 50.

“Cuando Moleiro caiga va a dejar las bolas en este mecate”, le decía un iracundo Sanz al nuevo prisionero Martín. Sanz buscaba su rostro entre las decenas de capturados nuevos, viendo con quien saciar su furia, presionado por sus superiores, que tenían demasiada prisa por desactivar los complots en camino, sediento de venganza ante la deslealtad. Despreciando sus advertencias y su magnanimidad, Moleiro estaba a la fecha terriblemente comprometido y para Sanz el atrevimiento se pagaría caro. Lo estaba esperando con impaciencia.

Raciones de corriente en los dientes y las costillas, cigarrillos apagados en la piel, golpes en los testículos, cachiporras con fondo de hierro, raciones de hielo seco: Américo Martín tuvo que pasar, incluso, dos días parado, esposado y descalzo en el filo del ring de un automóvil. Nada de eso le impidió cumplir la encomienda: resistió como un valiente las torturas para no delatar a su amigo.

V

Al viejo Moleiro no le gustaba llorar en público. A esas alturas, sin embargo, el abatimiento ya era imposible de disimular. Con casi tres meses sin saber de él, estaba seguro de que a su hijo lo habían matado y que muy pronto se enterarían.

En los últimos días, cuando las “conchas” escaseaban, perseguidos por una desesperada policía política, los dirigentes estudiantiles se colaban debajo de los carros  en las residencias privadas para poder dormir algunas horas en la madrugada. Temerosos de que los capturaran con la propaganda de agitación que portaban, se comían los papeles sobrantes.

Con el pronunciamiento de la aviación y la marcha de Pedro Estrada, el tumultuoso enero de 1958 insinuaba que los días en el poder del omnipotente general parecían contados. La mañana del 23, confirmada la huida del dictador por La Carlota, en la casa de la avenida Avila de San Bernardino había alegría, pero también una profunda ansiedad. Ya comenzaba la tarde y Moisés Rafael no aparecía.

Quedó interrumpida la angustia de manera súbita cuando se apareció entonces, recibido como un héroe por sus vecinos, ahogado de la emoción y la euforia, entonando desafinadamente el himno nacional, con una bandera en la mano, mal bañado y sin afeitarse, díscolo y gargantúa como siempre fue.

Les traía a todos, especialmente a su padre, una gran noticia: se acabó el miedo. Se acabaron los chácharos, las charreteras, los esbirros, los espías, la censura, la obligación de adular, los desfiles, la humillación.  Les traía a todos la noticia de la libertad. El, con sus hermanos y su madre, se abrazaron y lloraron para celebrar el fin de la tiranía. El 23 de enero llegó, y con él, por primera vez en la historia, de forma irreversible, una nueva relación del ciudadano con el poder político. Resultó que con papeles sí se tumban gobiernos.

Unos cuantos meses después, junto a sus compañeros, aquellos con los cuales nadie quería juntarse, eran recibidos con ovaciones a donde quiera que iban. Vivieron un 1958 enloquecidamente feliz. Ninguno de ellos pasaba de los 23 años. La de ellos es la historia de la Generación del 58. La única que pudo participar en la caída una dictadura sin terminar en grilletes o en el exilio.

El viejo Moleiro era un llanero nacido en 1904, acostumbrado a escuchar y relatar con fascinación historias de alzamientos y generales, machetes y duelos personales. Aunque era obvio que jamás en su vida había siquiera empuñado un machete, se ofendía majestuosamente si se le insinuaba que provenía de una pacífica familia de intelectuales; “patiquines” que no sabían nada de guerras ni de revoluciones.

Pasó el resto de su vida muy orgulloso de su hijo, un insurrecto con un nulo talento para la música que le había dado una inconcebible lección de civismo y arrojo, y que, luego de haberlo obligado a votar por Rómulo Betancourt en 1959, se estaría reuniendo a conspirar en los años sesenta para discutir la necesidad de superar el orden democrático-burgués, entre otros términos extraños que él no comprendía bien.

23E: Una revolución sin caudillos

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POR Sinar Alvarado

22/01/2019

El 23 de enero de 1958 no hubo héroes individuales. Tampoco capataces ni predestinados. Hace cincuenta y cuatro años miles de estudiantes, obreros, profesionales y amas de casa abrazaron su derecho a la participación y acabaron con la última dictadura venezolana.

Usted, que lee la prensa en la tarde del 3 de febrero de 1958, abre las páginas de información nacional para enterarse de uno más de los detalles rocambolescos que giraban alrededor de la vida del depuesto dictador, el general Marcos Pérez Jiménez. Viendo la portada del diario, usted, que sigue en aquella lejana tarde, intenta tragarse la indignación al conocer la nueva noticia. El abogado José Antonio Carrasquero embargó las cuentas del tirano y las de sus socios en el National City Bank de Caracas por un monto de diez millones de dólares, pero la realidad le estalló en la cara: sólo 289 bolívares dejaron los funcionarios en su fuga.

Durante las semanas que siguieron a la caída de Pérez Jiménez, los venezolanos acudieron boquiabiertos al obsceno espectáculo de su vida de jeque, pero, a la vez, degustaron complacidos las incidencias de su avergonzado periplo de rey derrocado.

Se llamaba SN

Ahora, mientras usted confirma que sus 0,25 céntimos fueron bien invertidos en este periódico, puede explayarse en la lectura de otro dato de vértigo: cincuenta mil bolívares de presupuesto mensual y ochenta espías dedicaba la temida Seguridad Nacional a las labores de espionaje que mantenía sobre los líderes del partido Copei. Entre los nombres de los activistas observados resaltan Rafael Caldera, Lorenzo Fernández, Carlos Arcaya, Pedro del Corral, Ezequiel Monsalve y Antonio Carrera Civila.

Usted verifica la extensa lista y una corriente fría le sube por la espalda. Inevitablemente recuerda la peligrosa estampa de Miguel Silvio Sanz, antiguo jefe de la sección política de la SN, quien, al tiempo que usted pasea por la nota, brinca de guarida en guarida, de noche preferiblemente, huyendo de las autoridades y afinando a un ritmo demencial los detalles de sus múltiples negocios para que éstos no caigan en manos del Estado.

Tres semanas más tarde, en la mañana del 26 de febrero, se sabrá por las noticias cómo Sanz redactó su testamento. Aliviado, usted bajará un poco la mirada y, feliz, constatará el precio justo del juego de comedor que tanto ha deseado: 650 bolívares.

El gran Loui

Transcurre el agitado año de 1957. Aún Pérez Jiménez no ha convocado el amañado plebiscito que encendió la mecha de su caída. En la casa presidencial de La Orchila los invitados a una fiesta se mecen con la azucarada melodía de una trompeta. Detrás de ella soplan los labios de Louis Armstrong, quien amenizó la noche pagado por la gobernación del Distrito Federal.

Pérez Jiménez departía lleno de confianza entre sus huéspedes aquella madrugada. Un año más tarde, perseguido y lejos de la gloria, reservaba un “modesto” apartamento en Nueva York.

Sopa en botella

Usted, en plena década del cincuenta, ha dejado atrás las noticias. Ahora se esmera en su apariencia, y tiene razones para hacerlo, pues esta noche Celia Cruz cantará en Caracas, y a su llegada a Maiquetía ha anunciado su éxito para el año que comienza:
“Sopa en botella”. Usted ha seleccionado su mejor traje y no llegará a pie; para eso mantiene en el garage su última adquisición: un Buick Limited del año. Para semejante inversión, ha necesitado de un respaldo, y lo ha conseguido en el Banco de Comercio, donde cualquiera podía abrir una cuenta con cinco bolívares.

Pero ahora su atención está puesta en la diversión. El país entero está de fiesta y hay que acompañarlo. La juventud no tiene nada qué temer y plena las calles en un abrazo total. Hasta los estudiantes presos brillan de felicidad: libres, también ellos podrán inscribirse en la Universidad Central de Venezuela. La ciudad universitaria de Caracas, junto a edificaciones como el Hotel Humboldt, el teleférico del Ávila, los bloques multifamiliares luego llamados “23 de Enero”, la autopista Caracas-La Guaira y tantas obras más quedaron para el disfrute de la población, en recuerdo de un presidente obsesionado por erigir lo que él mismo llamó “El nuevo ideal nacional”.

Punto Fijo

Usted no es un ferviente militante político, pero tampoco permanece inmune al sentimiento que acompaña a los líderes de la oposición, quienes, mientras usted compra en Sears, permanecen en su mayoría exiliados en distintos países de América. Otros, menos afortunados, están presos. Pero la guerra no se ha perdido.

En las calles, ahora que ha llegado la navidad del 57, casi se puede tocar el ánimo liberador. La huelga general es inminente, el gobierno luce nervioso y más despótico que nunca. Temas como el polémico bebé de probeta, la retirada del corredor Juan Manuel Fangio, los éxitos de Luis Aparicio y el Kid Chocolate, y las películas de Kirk Douglas pasan a un segundo plano. La política domina y hasta las piedras conspiran.
Pero usted, más bien distraído, se deja llevar escuchando un discurso de Eisenhower.

El primero de enero del 58 usted se ha levantado tarde. Un dolor de cabeza y un impertinente sabor a óxido le nublan el criterio. Sin embargo, el ruido que llega de la calle lo mantiene alerta. La mecha está prendida y no hay quien la apague. Se habla de golpe y trinan los sables. Maracay está inquieto; la sublevación es inminente. Desde el exterior los Rómulo, los Jóvito y los Caldera alistan maletas para el regreso. En Guasina y otros presidios los torturados huelen el fin. Mientras tanto, usted, que ha tenido tiempo de darle la vuelta al mundo a través de las noticias, piensa en la atrevida explosión que acaba de mancillar las piernas de Sofía Loren.

El 23 de enero o los problemas en torno a una fecha

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ENSAYO

POR Edgardo Mondolfi Gudat

22/01/2019

A diferencia de otras, el 23 de Enero no es –al menos en apariencia- una fecha que se preste al desahogo de las pasiones, como podría serlo el 4 de Febrero o, dentro del calendario de las remembranzas, el más o menos remoto 18 de Octubre. Tanto así que, a diferencia del 27 de Abril guzmancista, el 23 de Mayo castrista, el 19 de Diciembre gomecista o el 2 de Diciembre perezjimenista que le sirvieron en su momento de caja de resonancia a una determinada parcela, se trata de una fecha celebrada hasta ahora, casi con igual grado de celo, por tirios y troyanos. Ahora bien, mientras se trate de comprender que esto se debe a que se trató de una insurrección popular frente a un régimen pretoriano –para decirlo en palabras de Guillermo Aveledo- marchamos sin mayores tropiezos. Lo problemático del asunto tal vez se planteé a partir de lo que comporta esta fecha más allá de lo que permiten apreciarlo las apariencias o, incluso, de lo que dicta su pareja celebración por parte de todos los bandos.

Aclarado esto, lo que sí podría darle entonces una connotación polémica al asunto tendría su asiento, por ejemplo, en la siguiente pregunta: ¿qué significó, a la larga, el 23 de Enero para unos y otros? Para los propulsores del ensayo de recuperación democrática significó simplemente lo que habría de cumplirse a partir de entonces luego de una década de aprendizajes y rectificaciones. Para la izquierda significó en cambio la posibilidad de excusar, en nombre del 23 de Enero, los desaciertos de su recorrido armado a partir del año 62. Dicho de otro modo: el origen de su actitud hacia el 23 de Enero, su empeño por celebrarlo y, a la vez, su idéntico empeño por cuestionar que sus adversarios lo hiciesen, estriba en que se trató de una fecha “secuestrada” o –lo cual es casi lo mismo- arteramente traicionada. A partir de este modo tan particular de entender las consecuencias de lo actuado, el 23 de Enero se convirtió así, para la izquierda, en una Arcadia perdida: significó lo que no pudo lograrse o lo que, sencillamente, se dejó abandonado a mitad del camino por causa de intereses vinculados a los más importantes núcleos de poder local y foráneo a partir de la adopción del Pacto de Puntofijo en octubre de ese mismo año 58. No hay mayor prueba de lo que pretendo decir que el tono plañidero con que esa izquierda, que estaba pronto a escoger la vía insurreccional y dar sus primeros pasos en dirección a la guerra, insistiría en que se hacía necesario recobrar el “clima fundacional”, es decir, el extraviado “espíritu del 23 de Enero”. Ahora bien, visto incluso más allá de lo que presuponía este ejercicio de prestidigitación, semejante plañido redundaba también en una forma de reprocharles a los otros su éxito como motores del sistema; pero más significativo aún (puesto que el lamento tendrá larga vida) sería que, luego de extraviarse en los vericuetos de la violencia, ese mismo lamento le sirviera a la izquierda para hacer a los otros responsables de sus propios fracasos y exigirles cuentas de esta forma a los partidos que, en cambio, sí terminaron consolidando su primacía al concluir el proceso insurreccional.

Por tal razón convendría, a partir de este punto, abundar un poco más en lo que, tanto para los promotores de la recuperación democrática como para sus antagonistas, significó la reivindicación más general del 23 de Enero. Conviene hacerlo así puesto que, como se ha hecho cargo de aclararlo el propio Aveledo- la segunda República liberal democrática no inició sus pasos sin contrincantes ni tampoco sin una buena dosis de escepticismo acerca de sus objetivos y propósitos.

Comencemos por los triunfadores quienes harían mucho más que celebrar el hecho –ya de por sí relevante – de que se regresase a la política por la vía del voto. En este sentido, el 23 de Enero habrá de significar también un acto de voluntad política negociadora. Lo más importante a subrayar -si se atiende a lo alcanzado en 1958- es que hablamos de acuerdos convenidos entre fuerzas políticas heterogéneas y las cuales, por si fuera poco, traían a sus espaldas, hasta un pasado muy reciente, un largo historial de animosidades, desconfianza, recelo y pugnacidad. Este dato es lo que de entrada invalida la común y falaz creencia –propulsada precisamente por la izquierda a partir de su alienación radical del sistema- de que se trató de un negociado a las sombras entre los principales partidos promotores del acuerdo -AD, COPEI y URD- y aquellos actores cuyos intereses sectoriales habrían de imbricarse también dentro de tales acuerdos de gobernabilidad (el empresariado nacional, la Iglesia y las Fuerzas Armadas). Lo que la izquierda no veía –o, dicho mejor, se empeñaba en no querer ver- es que se trataba de un acto de conciliación y compromiso entre adversarios de vieja data. Y, en este caso, el problema no se contraía sólo a un avenimiento de puntos de vista entre partidos que habían hecho del canibalismo y la auto-depredación uno de los signos más distintivos del primer ensayo democrático entre 1945 y 1948 sino de conciliar los peculiares puntos de vista de tres actores que, como el sector empresarial, la Iglesia y las FF.AA., habían sido percibidos previamente como escépticos y que ahora, en 1958, eran juzgados como elementos potencialmente adversos a lo que podía significar la construcción de un consenso político nacional básico, concebido sobre la base de un programa mínimo, en torno a la gramática democrática.

Existe, de paso, otro elemento que desmiente el hecho de que lo alcanzado a partir de 1958 fuera simplemente un pacto concebido a las sombras; pero, en todo caso, se trata de un elemento que se desprende directamente de lo anterior: si 1958 significó la voluntad de construir un sistema sobre la base de lo que habría de implicar la conciliación de una pluralidad de intereses (en algunos casos, contradictorios), ¿cómo puede dársele curso a la elemental creencia de que lo que tuvo lugar fue un “pacto” turbio cuando esa “pluralidad” (que ya de por sí comportaba dificultades y miradas diversas) era precisamente el factor que, por su propia naturaleza, estaría presente en todo momento para fiscalizar los acuerdos, para disentir, cuestionar e introducir modificaciones a lo que se venía actuando?

A estas alturas resulta tan fácil como erróneo suponer entonces que lo acordado en 1958 dejó de entrañar enormes complejidades y tensiones. Pongo por caso un ejemplo: lo que habría de significar el hecho de que los principales partidos se inclinaran fundamentalmente por privilegiar la distribución del ingreso descuidando de este modo las exigencias que comportaba la eficacia económica. A tal punto ello será así que, inclusive, cuando se planteé la necesidad de introducir cambios ante la capacidad de respuesta que había comenzado a perder el Estado al iniciarse ya la década de 1980, los principales partidos se avendrían a la idea de acogerse a tales reformas, siempre y cuando éstas no sacrificasen los objetivos “históricos” de tipo progresista alcanzados a partir de 1958 (lo cual es demostrativo del difícil tránsito que habría de suponer pasar de la complacencia a la racionalidad programática durante la segunda Presidencia de Carlos Andrés Pérez).

Así, pues, si lo primero fue la naturaleza de tales acuerdos –los cuales implicaron una alta dosis de concesiones mutuas-, lo segundo sería la necesidad de brindarle la mayor estabilidad posible a dicho ensayo. Ciertamente, quienes tuvieron a su cargo la restauración de la experiencia democrática le dieron de manera consciente un peso mucho más significativo al factor “estabilidad” que al factor “participación”. Además –como se ha hecho cargo de precisarlo Andrés Stambouli- esa “estabilidad política”, como objetivo principal, definiría los parámetros de la formación y ejecución del tipo de políticas públicas que habría de instrumentarse a partir de entonces. Ahora bien, que este requisito perdurase en el tiempo y que, de manera casi inercial, hiciese que la participación continuara viéndose restringida pese a la estabilidad alcanzada, es harina de otro costal y, sin duda, puede anotarse dentro del inventario de escenarios deficitarios que caracterizó el desarrollo del ensayo democrático hacia la década de 1980 cuando el sistema intentó poner en práctica un programa de reforma institucional (es decir, de oxigenación, auto-corrección o de corrección no traumática, aunque tardía) a partir de las recomendaciones formuladas por la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). Pero, por lo pronto, conviene poner el énfasis en lo dicho acerca del requisito de estabilidad y acudir, como aval de ello, a lo observado también por Stambouli:

 El objetivo nacional prioritario que se plantearon [quienes tuvieron a su cargo la restauración del ensayo democrático], a partir de la evaluación del fracaso de la primera experiencia democrática, entre 1945 y 1948, fue el de lograr la estabilización a corto plazo del nuevo régimen. Esto puede parecer en principio una afirmación perogrullesca, dado que todo régimen debería tender a su auto-preservación como un objetivo fundamental. Sin embargo, al revisar las peculiaridades de la primera experiencia democrática, nos damos cuenta de que no es totalmente perogrullesco el que identifiquemos la estabilidad como objetivo prioritario y consciente del sistema que nacía en 1958. En 1945, el objetivo prioritario fue la aplicación de un programa partidista de reformas institucionales, políticas y sociales, sin concesiones, sin una clara idea de que podía [tratarse de] un programa auto-desestabilizador, dado el tipo de sociedad en la cual se estaba aplicando.

Lo tercero que cabe destacar era la modalidad decisoria de tipo concertacionista que caracterizara al ensayo y que, por ello mismo, exigía un grado de tecnología política tal como jamás se había visto en Venezuela. Se trataba, para decirlo en palabras de Oscar Vallés, de diseñar un orden técnicamente eficaz para el manejo de situaciones complejas que permitiese superar el tipo de déficit que había hecho prácticamente imposible la resolución más o menos óptima de conflictos en el pasado inmediato. En este sentido, la formulación consensuada de las reglas del juego exigiría un enfoque instrumental de los procesos decisorios y, por tanto, un tono menos ideologizado del debate político que ayudase a dejar atrás los extremos. Sin embargo, aquí tropezamos con otra artimaña propia de la izquierda a la hora de contribuir, mediante un peldaño más, a construir un pésimo cartel en torno a la experiencia que habría de desarrollarse a partir del año 58. “Desideologizar” la política no implicaba necesariamente desdibujar el perfil propio que caracterizara a cada partido; de lo que se trataba más bien era de actuar en beneficio de una dinámica funcional, de mínimos entendimientos, que evitase un recrudecimiento de las posiciones defensivas de cada partido producidas en el pasado justamente a causa de la acentuación ideológica que impidió la concreción de acuerdos.

Dicho de otro modo: el reto consistía en darle curso a una tregua y procurar la eliminación de la violencia interpartidista a favor de entendimientos prácticos. Esto presuponía el establecimiento de un nivel de confianza en el sistema que condujese a un mínimo de compromisos que permitiese a su vez –como no había ocurrido en el pasado- elevar todo cuanto fuere posible el nivel de comunicación política orientado a la negociación. El hecho de que se tratara de una apuesta lo suficientemente frágil hasta entre los propios socios firmantes del acuerdo es fácil demostrarlo puesto que el desafío no sólo apuntaba hacia la necesidad de moldear una colaboración “puntual” con quienes resultaren favorecidos en los comicios sino –más importante aún- de construir una oposición “leal” al sistema en su conjunto. El caso de URD ilustra bien este punto en la medida en que las heridas mal restañadas del pasado, por un lado, y el deslumbramiento que experimentaran algunos de sus cuadros con el fenómeno de la Revolución cubana, por el otro, llevaron a esta organización a convertirse en un aliado ambiguo e impredecible a partir de 1960.

Si acaso hiciere falta advertirlo, no fue sólo en Venezuela donde se hizo preciso adoptar una plataforma técnicamente elaborada que permitiese dejar atrás una reciente y traumática experiencia política. En otras palabras: lo actuado así, en 1958, no fue una ocurrencia nacida de la más absoluta originalidad venezolana. En tal sentido podría citarse lo que significó esa misma necesidad de carácter instrumental en el caso de la vecina Colombia donde la experiencia del llamado “Frente Nacional” –justamente en 1958- también marcó el fin de la violencia bipartidista. Pero podrían citarse experiencias acaso más sensibles y que antedataban por más de una década los acuerdos de gobernabilidad alcanzados por Venezuela o Colombia hacia finales de 1950. Tal es el caso de Alemania, donde, a partir de 1945, la moderación se convirtió en una nueva virtud y donde se entendió, sobre la base de debates de tipo instrumental, que sólo de esta forma era posible no recaer de nuevo en la depredación y el extremismo ideológico que caracterizó la dinámica planteada entre los partidos políticos durante las décadas de 1920 y 1930, y que tanto debilitaron al régimen parlamentario al punto de asfaltarle el camino al hitlerismo. Además, la propia dinámica de la Guerra Fría y la proximidad soviética se harían cargo del resto a la hora de explicar la moderación que se impuso en el caso de Alemania.

Un último punto en esta enumeración tiene que ver con lo que significara la forma más racional que cobraran los términos que le darían sentido al llamado Pacto de Puntofijo. Me refiero en este caso a la Constitución de 1961. Hace ya unos cuantos años, Luis Castro Leiva había observado que ese paso tan importante entre cualquier resabio de voluntarismo que hubiese quedado en pie del pasado y el funcionamiento de un modelo consensuado, como lo consagraba la breve letra del Pacto de Puntofijo, tendría su base normativa en la Constitución que habría de adoptarse a partir de entonces y que exhibiría una particularidad muy valiosa, tal como lo anotara por su parte Ramón Guillermo Aveledo: me refiero al hecho de que se tratara de una Constitución plural, concebida para que gobernasen grupos distintos y contrarios, y no hecha a la medida de aspiraciones personalistas (esto dicho tal vez con la sola excepción de lo que supuso la lamentable cláusula que hacía posible optar de nuevo a la Presidencia al cabo de dos quinquenios, como lo prescribía el artículo 185).

Veamos el tema ahora desde los predios de la izquierda, comenzando por el nada desdeñable dato de que dicha Constitución contara entre sus co-redactores con tres miembros del PCV que actuaron en el seno de la amplia Comisión Bicameral designada con el fin de preparar el proyecto. Esto quiere decir, ni más ni menos, que si el PCV no formaba parte del gobierno (al cual tenía todo el derecho de cuestionar) sí formaba parte en cambio de ese sistema contra el cual resolvió irrumpir y alzarse en armas, junto al entonces neonato MIR, a partir de 1962. Sin embargo aún falta agregar algo que haría mucho más curiosa –y, por tanto, menos justificable- la decisión, puesto que parecía como si el PCV hubiese querido disfrutar, ni más ni menos, que de lo mejor de dos mundos. El caso es que decidió ir a la guerra queriendo preservar a todo trance sus espacios parlamentarios y hacer alarde de las inmunidades que presuponía tal condición.

Aparte de lo que significara semejante desconocimiento del sistema al optar por la vía armada, el segundo asunto es igualmente sensible y redunda en una pregunta que algunos han querido formular casi con un dejo de culpa: ¿Acaso no operó la exclusión del PCV, a nivel de del Ejecutivo, como un problema de gobernabilidad añadido que pudo, a fin de cuentas, evitarse? Puede que la pregunta esté plagada de remordimiento; pero, de todos modos, resulta engañosa formularla. En primer lugar, porque el PCV conocía sus propios límites dentro de esa etapa de “colaboración” con la democracia recuperada puesto que, doctrinalmente hablando, no se trataba de un partido que comulgase con un proyecto de democracia de partidos. En segundo lugar, los testimonios más confiables de la época ponen en evidencia que el PCV no rechistó ni pataleó siquiera frente al hecho de no participar como partido-socio a nivel del gobierno. En este caso, la conducta asumida tampoco era novedosa dentro de las tácticas implementadas por los partidos comunistas a nivel mundial. Esto, dicho así, tiene que ver con que la actitud asumida por el PCV en 1958 respondía directamente a la política frentista retomada por la Unión Soviética (al darse la muerte de Stalin y el advenimiento del primado de Nikita Jrushok) y recomendada a fin de que fuese adoptada de nuevo por los distintos PC en América Latina. E, incluso, si de experiencias históricas se trata, cabe recordar que en 1936, al darse la formación y triunfo del Frente Popular en Francia, el PC francés acompañó el ensayo pero se cuidó todo lo posible de no formar parte del gobierno a sabiendas de que, dentro de la dinámica del etapismo, la Revolución social aún debía esperar. Volviendo específicamente al caso venezolano en 1958 se tenía claro entonces que el Pacto de Puntofijo no significaba dejar de ser parte del sistema en la medida en que, quienes no gobernaban (como el PCV), sí tenían en cambio el derecho y la obligación de participar desde otras instancias decisorias.

Así, pues, el hecho de haber actuado como co-redactor de la Constitución del 61 y de tener una presencia parlamentaria acorde con los números que obtuvo ese partido en los comicios de diciembre de 1958 llevaba por fuerza a que el PCV reconociese –aunque no tuviese por qué compartir plenamente- las reglas del juego y que, en consecuencia, se viera obligado a actuar  en defensa de ese sistema. Como quiera vérsele, el suyo fue un caso de “auto-exclusión”, por mucho que se insista desde esos predios en la tesis de que la violencia “betancourista” fue lo que, al fin y al cabo, empujó a sus militantes hacia el terreno de la guerra.

Con todo, merece subrayarse lo siguiente al concluir este breve recorrido por la fecha y sus implicaciones. En primer lugar que, a la hora de medir sus pasos, los promotores de tales acuerdos hicieron todo menos alarde de extravagancia. En segundo lugar, Puntofijo fue un pacto “a cielo abierto” que produjo una serie de entendimientos que trascienden la caricatura que de él han querido hacer quienes antagonizaron el experimento desde la primera hora o que, por extravíos y confusiones, se sumaron a hacerlo en el camino. Lejos de tratarse, pues, de la hechura de un exclusivo club de selectos, los acuerdos tejidos en 1958 se convirtieron en epítome de una alta ingeniería política. Como parte del esfuerzo por anatematizar lo actuado a partir de entonces está sin duda lo que ya señalé: el empeño de la izquierda, y de quienes ambiguamente la acompañaron a la hora de bailar el merecumbé del proyecto insurreccional, de achacarle a los principales partidos –AD y COPEI- el pecado de su éxito; y, tanto como ello, pretender hacerlos culpables del origen de sus propios fracasos (es decir, de los de la izquierda) luego de haber transitado la vía insurreccional. Precisemos, además, lo siguiente: nada estaba pre-determinado para que esos dos partidos fuesen los que, a fin de cuentas, cosecharan los mayores triunfos electorales o concitaran la simpatía de la mayoría de votantes. Tengamos claro el punto: lo que ocurrió con los partidos, y la suerte que habrían de correr, será producto de las preferencias directas del electorado o, también –si cabe decirlo así- de la desconfianza que podía generar la oferta proveniente de otras organizaciones (por caso, las de la izquierda).

Ese eventual predominio de algunos partidos –y cabe subrayarlo- se derivó de preferencias particulares de los electores y no de un sentido hereditario del poder. Si algo demuestra por cierto el carácter altamente competitivo que supuso la dinámica pos-58 fue la suerte que experimentaron otros partidos –como los de la izquierda, al regresar fragmentados de la guerra-, o las organizaciones poco estructuradas al estilo del MEP, o de raigambre personalista como URD, o “fenómenos electorales” como lo encarnó Arturo Uslar Pietri en 1963.

Un pacto, como lo supusieron los acuerdos del 58, precisa ser estimado como ejemplo de la más alta racionalidad política, especialmente frente a quienes jamás dejaron de calificarlo como un sórdido negociado. Lo curioso es que muchos de quienes así lo hicieron, como tenaces y engañosos adversarios que fueron del ensayo durante sus primeras horas, habrían de verse plenamente incorporados más tarde a la dinámica democrática, al verificarse la derrota del proyecto insurreccional y, por tanto, estimulados a competir en la formación y distribución del poder público. Sin embargo, nada exime a muchos de ellos de haber contribuido desde entonces, y por distintas razones, a construir la desmemoria en torno a los éxitos alcanzados a partir del 23 de Enero y, por supuesto, a pavimentarle el camino a lo que fuera la solución salvífica que se planteó en 1998, y cuyas largas consecuencias aún padecemos hasta el día de hoy.